sin sacudidas, subió hasta la cúpula, salió por el mayor ventanal, y más
rápida que el ave más rápida, hendió el espacio con maravillosa
regularidad, y en menos tiempo que el necesario para orinar los depositó
en Iskandaria.
Y en el instante mismo en que se apeaban, vieron llegar con dirección á
ellos á un hombre vestido á la moda de Bagdad, á quien conoció en
seguida Grano-de-Belleza: era el jefe de los guardias. Acababa de
desembarcar en aquel momento para ponerse en busca del sentenciado. Se
echaron uno en brazos de otro, y el jefe de los guardias anunció á
Grano-de-Belleza la noticia del descubrimiento del culpable y de su
ejecución, le contó todos los sucesos que habían pasado en Bagdad
durante catorce años, y también le comunicó el nacimiento de su hijo
Aslán, que había llegado á ser el caballero más hermoso de Bagdad.
Y Grano-de-Belleza, por su parte, refirió al jefe de los guardias todas
sus aventuras desde el principio hasta el fin. Y aquello asombró en
extremo al jefe de la guardia, que, cuando se le calmó algo la emoción,
le dijo: «¡El Emir de los Creyentes desea verte cuanto antes!» El otro
contestó: «¡Cierto que sí! Pero permíteme primero ir al Cairo á besar la
mano á mi padre Schamseddin y á mi madre, y á decidirlos á que vengan
con nosotros á Bagdad.»
Entonces el jefe de los guardias subió con ellos á la cama, que en un
momento les transportó al Cairo, precisamente á la calle Amarilla, en
donde estaba la casa de Schamseddin. Y llamaron á la puerta. Y la madre
bajó á ver quién llamaba así, y preguntó: «¿Quién llama?» Y él contestó:
«¡Soy yo, tu hijo Grano-de-Belleza!»
El júbilo de la madre fué inmenso, pues desde hacía muchos años se había
puesto de luto, y cayó desmayada en brazos de su hijo. Y al venerable
Schamseddin le pasó lo propio.
Cuando hubieron descansado tres días en la casa, subieron todos juntos á
la cama, que por orden de la princesa Hosn-Mariam les transportó sanos y
salvos á Bagdad, en donde el califa recibió á Grano-de-Belleza,
abrazándole cual á un hijo, y le colmó de empleos y honores, así como á
su padre Schamseddin y á su hijo Aslán.
Después de lo cual, Grano-de-Belleza se acordó de que en resumen el
primer promotor de su fortuna era Mahmud-el-Bilateral, que al principio
le había obligado con tanto ingenio á viajar, y más tarde le había
recogido desprovisto de todo en la plataforma de la fuente pública. Y
mandó buscarle por todas partes, y acabó por encontrarlo sentado en un
jardín en medio de muchachos, con los cuales cantaba y bebía. Y le rogó
que fuera á palacio y le hizo nombrar, por muy bilateral que fuera, jefe
de vigilancia de Bagdad, en lugar de Ahmed-la-Tiña.
Cumplido este deber, Grano-de-Belleza, dichoso al encontrar un hijo tan
hermoso y valiente como el joven Aslán, dió gracias á Alah por sus
favores. Y vivió años y años en Bagdad en el colmo de la ventura, entre
sus tres esposas, Zobeida, Yazmina y Hosn-Mariam, hasta que fué visitado
por la Destructora de delicias y Separadora de amigos. ¡Alabado sea el
Inmutable, en el cual convergen todas las cosas creadas!»
Y Schahrazada, al concluir de contar esta historia, se sintió algo
cansada, y se calló.
Entonces, el rey Schahriar, que había permanecido inmóvil de
atención todo aquel tiempo, exclamó: «Esa historia de
Grano-de-Belleza, ¡oh Schahrazada! es realmente extraordinaria, y
la de Mahmud-el-Bilateral y la de Sésamo el corredor, con su receta
para calentar los compañones fríos, me han gustado en extremo. Pero
he de expresarte mi asombro al ver tan pocos poemas en esta
historia, pues ya estaba acostumbrado á los versos espléndidos. Y
además he de decirte que las cosas del Bilateral todavía son para
mí algo oscuras, y me encantaría que me dieras una explicación más
clara de ellas, si es que puedes.»
Al oir lo dicho por el rey Schahriar, Schahrazada sonrió
ligeramente y miró á su hermana Doniazada, á la cual encontró muy
divertida, y después dijo al rey: «Ahora que esta niña lo puede oir
todo, ¡oh rey afortunado! quiero contarte una ó dos de las
AVENTURAS DEL POETA ABU-NOWAS, el más delicioso y encantador é
ingenioso de todos los poetas del Irán y de la Arabia.
Y la pequeña Doniazada se levantó de la alfombra en que estaba
acurrucada, y corrió á lanzarse en los brazos de su hermana, á
quien abrazó tiernamente, y le dijo: «¡Oh, por favor, Schahrazada,
empieza en seguida! ¡Serías muy amable si así lo hicieses, ¡oh
hermana mía!» Y dijo Schahrazada: «¡Con mucho gusto, y como debido
homenaje á este rey dotado de tan buenos modales!»
Pero como viese aparecer la mañana, Schahrazada, siempre discreta,
aplazó el relato para el siguiente día.
[Illustration]
_CUANDO LLEGÓ LA
270.ª NOCHE_
La pequeña Doniazada esperó á que Schahrazada hubiese terminado su
cosa con el rey Schahriar, y levantando la cabeza, exclamó: «¡Oh
hermana mía! ¿qué aguardas para contarnos esas anécdotas del
delicioso poeta Abu-Nowas, amigo del califa y el más encantador
entre todos los poetas del Irán y de la Arabia?» Y Schahrazada
sonrió á su hermana y le dijo: «¡Sólo espero el permiso del rey
para narrar algunas aventuras de Abu-Nowas, que, efectivamente, era
un exquisito poeta, pero un grandísimo libertino!»
Entonces la pequeña Doniazada se levantó de un salto y corrió á
abrazar á su hermana, diciéndole: «¡Te ruego que nos enteres de lo
que hizo! ¡Cuéntanoslo en seguida!»
Y el rey Schahriar, volviéndose hacia Schahrazada, le dijo:
«Verdaderamente, Schahrazada, me agradará oir una ó dos de esas
aventuras, que preveo son deliciosas. Pero he de hacerte observar
que esta noche me atraen más elevados pensamientos y me hallo
predispuesto á oir de tu boca algunas palabras de sabiduría. ¡Así,
pues, si te acuerdas de cualquier historia que pueda adiestrarme en
el conocimiento de los preceptos buenos y haga que mi espíritu se
aproveche de la experiencia de los prudentes y los sabios, no creas
que dejaría de interesarme! ¡Al contrario! Luego, si no se acaba mi
paciencia, podrás, Schahrazada, entretenerme con esas aventuras de
Abu-Nowas.»
Al oir tales palabras del rey Schahriar, Schahrazada apresuróse á
responder: «Precisamente, ¡oh rey afortunado! durante todo el
pasado día medité sobre la historia de una joven admirable de
belleza y de sabiduría y á quien llamaban SIMPATÍA. ¡Y estoy pronta
á comunicarte cuanto sé de su conducta y de sus maravillosos
conocimientos!»
Y exclamó el rey Schahriar: «¡Por Alah! ¡no tardes más en ponerme
al corriente de lo que me anuncias! Porque nada me es tan grato
como escuchar doctas palabras dichas por jóvenes hermosas. Y anhelo
mucho que la historia prometida me satisfaga por completo, y á la
vez me sea provechosa y me sirva cual ejemplo de la instrucción que
debe poseer todo buen musulmán.»
Entonces Schahrazada reflexionó un instante, y después de levantar
un dedo, dijo:
[Illustration]
[Illustration]
[Illustration]
HISTORIA DE LA DOCTA SIMPATÍA
[Illustration]
Se cuenta--pero Alah está mejor instruído en todas las cosas--que había
en Bagdad un comerciante muy rico, cuya casa sostenía un tráfico
inmenso. Gozaba de honores, de consideración, de prerrogativas y
privilegios de todas clases; pero no era dichoso porque Alah no extendía
sobre él su bendición hasta el punto de concederle un descendiente,
aunque fuera del sexo femenino. A causa de ello había llegado á viejo
sumido en la tristeza, y veía cómo poco á poco sus huesos se volvían
transparentes y curvábase su espalda, sin poder obtener de alguna de sus
numerosas esposas un resultado consolador. Pero un día en que había
distribuído muchas limosnas, y visitado á los santones, y ayunado y
rezado fervorosamente, se acostó con la más joven de sus esposas, y
merced al Altísimo, aquella vez la dejó fecundada en tal hora y tal
instante.
Al llegar el noveno mes, día tras día, la esposa del comerciante parió
felizmente un niño varón, tan bello, que se diría era un trozo de luna.
En su gratitud hacia el Donador, no se olvidó á la sazón el comerciante
de cumplir las promesas que hizo, y durante siete días enteros socorrió
con largueza á pobres, viudas y huérfanos; después, en la mañana del
séptimo día, pensó dar un nombre á su hijo, y le llamó Abul-Hassán.
El niño se crió en brazos de nodrizas y en brazos de bellas esclavas, y
como á cosa preciosa le cuidaron mujeres y criados hasta que estuvo en
edad de estudiar. Entonces se le confió á los maestros más sabios, que
le enseñaron á leer las palabras sublimes del Korán y le adiestraron en
la escritura hermosa, en la poesía, en el cálculo, y sobre todo en el
arte de disparar el arco. Por tanto, su instrucción superó á la que en
su generación y su siglo era corriente. Pero no fué esto todo.
Porque á sus diversos conocimientos añadía un encanto mágico y era
perfectamente bello. He aquí en qué términos los poetas de su tiempo
describieron sus gracias juveniles, la frescura de sus mejillas, las
flores de sus labios y el naciente bozo que los adornaba:
_¿Ves en el jardín de sus mejillas esos botones de rosa que
intentan entreabrirse, aunque la primavera pasó ya por los
rosales?_
_¿No te asombra ver todavía florecer la rosa y apuntar el bozo en
el hoyo sombrío de sus labios, como las violetas bajo las hojas?_
El joven Abul-Hassán fué, pues, la alegría de su padre y la delicia de
sus pupilas durante el tiempo que el Destino le marcó de antemano. Pero
cuando el anciano sintió acercarse el término que le estaba fijado, hizo
sentarse á su hijo entre sus manos un día entre los días, y le dijo:
«Hijo mío, se aproxima mi fin, y ya sólo me resta prepararme á
comparecer ante el Dueño Soberano. Te lego grandes bienes, muchas
riquezas y propiedades, poblados enteros y fértiles tierras y abundosos
huertos, que os bastarán para vivir, no sólo á ti, sino también á los
hijos de tus hijos. ¡Únicamente te recomiendo que sepas aprovecharte de
ello sin abusar y dando gracias al Retribuidor y con el respeto que le
es debido!» Luego murió de su enfermedad el viejo comerciante, y
Abul-Hassán se afligió en extremo, y cuando terminaron las exequias
fúnebres estuvo de duelo y se encerró con su dolor.
Pero no tardaron sus camaradas en distraerle y alejarle de sus penas,
obligándole á entrar en el hammam para que se refrescara y á cambiar de
trajes luego; y le dijeron, á fin de consolarle por completo: «¡Quien se
reproduce en hijos como tú, no muere! ¡Aleja la tristeza, pues, y piensa
en aprovecharte de tu juventud y de tus bienes!»
De modo que Abul-Hassán olvidó poco á poco los consejos de su padre, y
acabó por persuadirse de que eran inagotables la dicha y la fortuna.
Así, pues, no dejó de satisfacer todos sus caprichos, entregándose á
todos los placeres, visitando á las cantarinas y tañedoras de
instrumentos, comiendo todos los días una cantidad enorme de pollos,
porque le gustaban los pollos, complaciéndose en destapar las botellas
añejas de licores enervantes y en oir el tintineo de las copas que se
entrechocan, deteriorando lo que pudo deteriorar, arruinando lo que pudo
arruinar y trastornando lo que pudo trastornar, hasta tal punto, que á
la postre se despertó un día sin nada entre las manos, á no ser su
persona. Y de cuantos servidores y mujeres le hubo legado su difunto
padre, no le quedaba mas que una sola esclava entre las numerosas
esclavas.
Pero aún tuvo que admirar la continuidad dichosa de la suerte, que quiso
fuese precisamente la propia maravilla de todas las esclavas de las
comarcas de Oriente y de Occidente la que habitaba en la casa, ya sin
lustre, del pródigo Abul-Hassán, hijo del difunto comerciante.
Efectivamente, esta esclava se llamaba Simpatía, y en verdad que jamás
nombre alguno cuadró mejor á las cualidades de la que lo llevaba. La
esclava Simpatía era una adolescente tan derecha como la letra aleph, de
estatura proporcionada, y tan esbelta y delicada que podía desafiar al
sol á que prolongase en el suelo su sombra; maravillosas eran la belleza
y la lozanía de su rostro; todas sus facciones ostentaban con claridad
la huella de la bendición y el buen augurio; su boca parecía sellada
con el sello de Soleimán, como para guardar preciosamente el tesoro de
perlas que encerraba; eran sus dientes collares dobles é iguales; las
dos granadas de su seno aparecían separadas por el intervalo más
encantador, y su ombligo era lo suficiente ancho y profundo para
contener una onza de manteca moscada. En cuanto á su grupa monumental,
remontaba dignamente la finura de su talle, y dejaba profundamente
impreso en divanes y colchones el hueco creado por la importancia de su
peso. Y á ella se refería esta canción del poeta:
_¡Es solar, es lunar, es vegetal como el tallo del rosal; está tan
lejos del color de la tristeza cual lo están el sol, la luna y el
tallo del rosal!_
_¡Cuando aparece, conmueve profundamente los corazones su
presencia, y cuando se aleja, los corazones quedan aniquilados!_
_¡El cielo está en su rostro; sobre su túnica se extienden las
grandezas del Edén, entre las cuales corre el arroyo de la vida, y
la luna brilla bajo su manto!_
_¡En su cuerpo encantador se armonizan todos los colores: el
encarnado de las rosas, la blancura resplandeciente de la plata, el
negro de la baya madura y el color del sándalo! ¡Y es tan grande su
belleza, que hasta el deseo la defiende!_
_¡Bendito sea Quien desplegó sobre ella la hermosura! ¡Feliz el
amante que pueda saborear las delicias de sus palabras!_
Tal era la esclava Simpatía, único tesoro que poseía aún el pródigo
Abul-Hassán...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 272.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Tal era la esclava Simpatía, único tesoro que poseía aún el pródigo
Abul-Hassán.
Y he aquí que, al percatarse de que su patrimonio habíase disipado
irremediablemente, Abul-Hassán quedó sumido en un estado de desolación
tan grande, que le robó el sueño y el apetito; y permaneció tres días y
tres noches sin comer, ni beber, ni dormir, alarmando á la esclava
Simpatía, que creyó verle morir, y resolvió salvarle á toda costa.
Se atavió con sus trajes más dignos de exhibirse y con las joyas y
adornos que le quedaban, y se presentó á su amo, diciéndole, mientras
mostraba en sus labios una sonrisa de buen augurio: «Por mi causa va á
hacer cesar Alah tus tribulaciones. Para ello bastará que me conduzcas
ante nuestro señor el Emir de los Creyentes, Harún Al-Rachid, quinto
descendiente de Abbas, y me vendas á él, pidiéndole como precio diez mil
dinares. Si encontrara este precio demasiado caro, dile: «¡Oh Emir de
los Creyentes! Esta adolescente vale más todavía, como podrás advertir
mejor tomándola á prueba. ¡Entonces se realzará á tus ojos, y verás que
no tiene par ni rival y que verdaderamente es digna de servir á nuestro
amo el califa!» Después, la esclava, insistiendo mucho, le recomendó que
se guardase de rebajar el precio.
Abul-Hassán, que hasta aquel momento, por negligencia, no se había
preocupado de observar las cualidades y talentos de su hermosa esclava,
no estaba en situación para apreciar por sí mismo los méritos que
pudiese ella poseer. Solamente le pareció que la idea no era mala y que
tenía probabilidades de éxito. Se levantó, pues, en seguida, y llevando
á Simpatía tras sí la condujo ante el califa, á quien repitió las
palabras que ella le había recomendado que dijese.
Y el califa volvióse hacia la esclava y le preguntó: «¿Cómo te llamas?»
Ella contestó: «Me llamo Simpatía.» Él le dijo: «¡Oh Simpatía! ¿estás
versada en ciertos conocimientos y puedes enumerarme las diversas ramas
del saber que has cultivado?» Ella le contestó: «¡Oh señor! Estudié la
sintaxis, la poesía, el derecho civil y el derecho general, la música,
la astronomía, la geometría, la aritmética, la jurisprudencia desde el
punto de vista de las sucesiones, y el arte de descifrar las escrituras
mágicas y las inscripciones antiguas. Me sé de memoria el Libro Sublime
y puedo leerlo de siete maneras distintas; conozco exactamente el
número de sus capítulos, de sus versículos, de sus divisiones, de sus
diferentes partes y sus combinaciones, y cuántas líneas, palabras,
letras consonantes y vocales encierra; recuerdo con precisión qué
capítulos se inspiraron y escribieron en la Meca y cuáles otros se
dictaron en Medina; no ignoro las leyes y los dogmas, sé distinguirlos
con las tradiciones y diferenciar su grado de autenticidad; no soy una
profana en lógica, ni en arquitectura, ni en filosofía, como tampoco en
lo que afecta á la elocuencia, al lenguaje escogido, á la retórica y á
las reglas de los versos, los cuales sé ordenar y medir sin omitir
ninguna dificultad en su construcción; sé hacerlos sencillos y flúidos,
como también complicados y enrevesados para deleitar sólo á las gentes
delicadas; y si á veces pongo en ellos oscuridad, es para fijar más la
atención y halagar al espíritu, que despliega por último su trama sutil
y frágil; en una palabra, aprendí muchas cosas y retuve cuanto aprendí.
Además, sé cantar perfectamente y bailar cual un pájaro, y tocar el laúd
y la flauta, manejando asimismo todos los instrumentos de cuerda, y lo
hago de cincuenta modos diferentes. ¡Por tanto, cuando canto y bailo se
condenan quienes me ven y me oyen; si camino balanceándome, ataviada y
perfumada, les mato; si meneo mi grupa, les derribo; si guiño un ojo,
les traspaso; si agito mis brazaletes, les ciego; si toco, doy la vida,
y si me alejo, hago morir! ¡Estoy versada en todas las artes, y he
llevado mi saber á tal límite, que únicamente podrían llegar á
distinguir su horizonte los escasos seres cuyos años hubieran
transcurrido en el estudio de la sabiduría!»
Cuando el califa Harún Al-Rachid hubo oído estas palabras, se asombró y
entusiasmó de encontrar tal elocuencia unida á belleza tal, tanto saber
y juventud en la que frente á él se mantenía con los ojos
respetuosamente bajos. Se volvió hacia Abul-Hassán y le dijo: «Quiero
dar orden al instante para que vengan todos los maestros de la ciencia á
fin de poner á prueba á tu esclava, y asegurarme por medio de un examen
público y decisivo de si realmente es tan instruída como bella. ¡En caso
de que saliese victoriosa de la prueba, no sólo te daría diez mil
dinares, sino que te colmaría de honores por haberme traído semejante
maravilla! ¡De no ser así, no hay nada de lo dicho, y seguirá
perteneciéndote!»
Luego, acto continuo, el califa hizo llamar al sabio mayor de aquella
época, Ibrahim ben-Sayar, que había profundizado en todos los
conocimientos humanos; mandó que acudiesen también todos los poetas, los
gramáticos, los lectores del Korán, los médicos, los astrónomos, los
filósofos, los jurisconsultos y los doctores en teología. Y
apresuráronse á ir á palacio todos, y se reunieron en la sala de
recepción, sin saber por qué motivo se les convocaba.
Cuando lo ordenó el califa, todos se sentaron en corro sobre la
alfombra, en medio de la cual la adolescente Simpatía permanecía en una
silla de oro, donde el califa hízola colocarse, con el rostro cubierto
por un velo ligero, y á través de él brillaban sus ojos y sonreían con
su sonrisa los dientes...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 274.ª NOCHE_
Ella dijo:
...sonreían con su sonrisa los dientes.
Cuando en aquella asamblea se estableció un silencio tan completo que se
hubiera podido oir el ruido de una aguja que cayese al suelo, Simpatía
hizo á todos una zalema llena de gracia y dignidad, y con un modo de
hablar verdaderamente exquisito, dijo al califa:
«¡Oh Emir de los Creyentes, manda! Aquí estoy pronta á cuantas preguntas
quieran dirigirme los doctos y venerables sabios, lectores del Korán,
jurisconsultos, médicos, arquitectos, astrónomos, geómetras, gramáticos,
filósofos y poetas.»
Entonces el califa Arún Al-Rachid se encaró con todos aquéllos y les
dijo desde el trono en que estaba sentado: «¡Hice que os mandaran venir
aquí para, que examinéis á esta adolescente en lo que afecta á la
variedad y profundidad de sus conocimientos, y no perdonéis nada que
contribuya á que resalte á la vez vuestra erudición y su saber!» Y todos
los sabios respondieron, inclinándose hasta tierra y llevando las manos
á sus ojos y á su frente: «¡El oído y la obediencia á ti y á Alah, ¡oh
Emir de los Creyentes!»
A estas palabras, la adolescente Simpatía se mantuvo algunos instantes
con la cabeza baja, reflexionando; después alzó la frente y dijo: «¡Oh
vosotros todos, maestros míos! ¿cuál es primeramente el más versado
entre vosotros en el Korán y en las tradiciones del Profeta? (¡con Él la
paz y la oración!)» Entonces se levantó uno de los doctores, designado
por todos los dedos, y dijo: «¡Yo soy ese hombre!» Ella le dijo:
«¡Interrógame, pues, á tu sabor sobre tal punto!» Y demandó el sabio
lector del Korán:
«¡Oh joven, desde el momento en que estudiaste á fondo el santo Libro de
Alah, debes conocer el número de capítulos, palabras y letras que
encierra y los preceptos de nuestra fe! Dime, pues, para empezar, ¿quién
es tu Señor, quién es tu Profeta, quién es tu Imán, cuál es tu
orientación, cuál es tu norma de vida, cuál es tu guía en los caminos y
quiénes son tus hermanos?»
Ella contestó: «¡Mi Señor es Alah; mi Profeta es Mohamed (¡con Él la
oración y la paz!); mi ley, y por tanto mi Imán, es el Korán; mi
orientación es la Kaaba, la casa de Alah, levantada por Abraham en la
Meca; mi norma de vida es el ejemplo de nuestro santo Profeta; mi guía
en los caminos es la Sunna, recopilación de tradiciones, y mis hermanos
son todos los creyentes!»
Mientras comenzaba el califa á maravillarse de la claridad y precisión
de estas respuestas en boca de una joven tan gentil, añadió el sabio:
«¡Dime! ¿Cómo sabes que hay un Dios?»
Ella contestó: «¡Por la razón!»
Él preguntó: «¿Qué es la razón?»
Ella dijo: «La razón es un don doble: innato y adquirido. La razón
innata es la que puso Alah en el corazón de sus servidores escogidos,
para hacerles que caminen por la senda de la verdad. Y la razón
adquirida es en el hombre bien dotado fruto de la educación y de una
labor constante.»
Él añadió: «¡Muy bien! Pero ¿dónde reside la razón?»
Ella contestó: «¡En nuestro corazón! Y desde él se elevan sus
inspiraciones hacia nuestro cerebro, para establecer allí su domicilio.»
Él dijo: «¡Perfectamente! Pero ¿puedes decirme cómo aprendiste á conocer
al Profeta? (¡con Él la plegaria y la paz!)»
Ella contestó: «Por la lectura del Libro de Alah, por las sentencias que
contiene, por las pruebas y los testimonios de tal misión divina.»
Dijo él: «¡Muy bien! Pero ¿puedes decirme cuáles son los deberes
indispensables de nuestra religión?»
Ella contestó: «En nuestra religión hay cinco deberes indispensables:
la profesión de fe «¡No hay más Dios que Alah, y Mohamed es el enviado
de Alah!», la oración, la limosna, el ayuno del mes de Ramadán y la
peregrinación á la Meca cuando puede hacerse.»
Él preguntó: «¿Qué acciones pías son las más meritorias?»
Contestó ella: «Son seis: la plegaria, la limosna, el ayuno, la
peregrinación, la lucha contra malos instintos y cosas ilícitas, ¡y por
último, la guerra santa!»
Él dijo: «¡Bien contestado! Pero ¿qué objeto persigues con la plegaria?»
Ella replicó: «¡Sencillamente el de ofrecer al Señor el homenaje de mi
adoración, alabarle y levantar mi espíritu hacia las regiones serenas!»
Él exclamó: «¡Ya Alah! ¡Excelente es esta respuesta! Pero ¿no requiere
antes la oración preparativos indispensables?»
Ella contestó: «¡Ciertamente! ¡Es necesario purificarse por completo el
cuerpo con las abluciones rituales, vestir trajes sin mácula, escoger un
lugar limpio y claro, preservar la parte del cuerpo comprendida entre el
ombligo y las rodillas, abrigar intenciones puras y volverse hacia la
Kaaba, en dirección á la Meca santa!»
«¿Qué valor tiene la plegaria?»
«¡Es el sostén de la fe, en la que se basa!»
«¿Cuáles son los frutos de la oración? ¿Cuál es su utilidad?»