Llegados á Ayas, cuidaron de confiar sus mulas al propietario del khan

en que pararon para descansar, encargándole que las cuidase mucho, y al

día siguiente buscaron juntos un barco que saliera para Iskandaria.

Acabaron por encontrar uno que estaba á punto de darse á la vela.

Entonces, el jefe de los guardias, después de dar á Grano-de-Belleza

todo el oro arrebatado á los judíos, le aconsejó vehementemente que

aguardara en Iskandaria con toda serenidad las noticias que no dejaría

de enviarle desde Bagdad, y hasta que esperase su llegada á Iskandaria,

desde donde le volvería á llevar á Bagdad cuando se descubriera al

culpable. Luego le abrazó, llorando, y le dejó cuando ya el navío

henchía las velas. Y se volvió á Bagdad.

Y véase lo que averiguó.

Al día siguiente de ahorcar al supuesto Grano-de-Belleza, el califa, muy

trastornado todavía, llamó á Giafar y le dijo: «¿Has visto, ¡oh mi

visir! cómo ha agradecido ese Grano-de-Belleza mis bondades y el abuso

de confianza que ha cometido conmigo? ¿Cómo un ser tan hermoso podía

tener un alma tan fea?» El visir Giafar, hombre de admirable cordura,

que no podía apreciar los motivos de una conducta tan ilógica, se

contentó con responder: «¡Oh Emir de los Creyentes! Las acciones más

raras sólo son raras porque no comprendemos sus causas. De todos modos,

lo único que podemos juzgar es el efecto del acto. ¡Y ese efecto ha sido

bien lastimoso para el autor, puesto que le llevó á la horca! ¡No

obstante, ¡oh Príncipe de los Creyentes! el egipcio Grano-de-Belleza

tenía en los ojos tal reflejo de bondad espiritual, que mi entendimiento

se niega á creer en el hecho comprobado por mis sentidos visuales!»

Oídas estas palabras, el califa estuvo una hora reflexionando, y después

dijo á Giafar: «De todas maneras, quiero ir á ver el cuerpo del

culpable balanceándose en la horca.» Y se disfrazó y salió con Giafar, y

llegó al sitio en que el falso Grano-de-Belleza colgaba entre el cielo y

la tierra.

El cuerpo estaba envuelto en un sudario que lo tapaba por completo. Y

Giafar le quitó el sudario, y el califa miró, pero retrocedió en

seguida, estupefacto, exclamando: «¡Oh Giafar! ¡ese no es

Grano-de-Belleza!» Giafar examinó el cuerpo, y conoció que,

efectivamente, no era Grano-de-Belleza; pero no lo dió á entender, y

preguntó con calma: «¿Pues en qué conoces, ¡oh Emir de los Creyentes!

que no es Grano-de-Belleza?» El califa contestó: «En que era más bien

bajo de estatura, y éste es alto.» Giafar contestó: «Esa no es prueba.

Los ahorcados se alargan.» El califa dijo: «¡El gobernador de palacio

tenía dos lunares en las mejillas, y éste no los tiene!» Giafar explicó:

«¡La muerte transforma y varía la fisonomía!» Pero el califa dijo:

«Fíjate bien, ¡oh Giafar! y observa las plantas de los pies de este

ahorcado: llevan tatuadas, según costumbre de los herejes sectarios de

Alí, el nombre de los dos grandes jeques. ¡Y bien sabes que

Grano-de-Belleza no era chiita, sino sunnita!» Ante tal comprobación,

Giafar dijo: «¡Sólo Alah conoce el misterio de las cosas!» Después

regresaron ambos á palacio, y el califa mandó que se enterrara aquel

cuerpo. Y desde aquel día desterró de su memoria hasta el recuerdo de

Grano-de-Belleza.

En cuanto á la esclava, segunda esposa de Grano-de-Belleza, fué llevada

por el emir Khaled á su hijo Gordo-Hinchado. Y éste, que no se había

movido de la cama desde el día de la venta, se levantó resollando y

quiso acercarse á ella y cogerla en brazos. Pero la bella esclava,

irritada y asqueada por el aspecto horrible del idiota, sacó

inmediatamente un puñal del cinturón, y exclamó, levantando el brazo:

«¡Apártate, ó te mato con este puñal y en seguida me lo clavo en el

pecho!» Entonces la madre de Gordo-Hinchado se adelantó, alargando los

brazos, y gritó: «¿Cómo te atreves á resistir á los deseos de mi hijo,

¡oh esclava insolente!?» Pero la joven dijo: «¡Oh traidora! ¿qué ley

permite á una mujer pertenecer á dos hombres á un tiempo? Y dime, ¿desde

cuándo pueden vivir los perros en la morada de los leones?»

Al oir estas palabras, la madre de Gordo-Hinchado dijo: «¡Bueno! ¡Si así

es, ya verás qué vida te daremos aquí!» Y la joven replicó: «¡Prefiero

morir á renunciar al cariño de mi amo, vivo ó muerto!» Entonces la

esposa del walí la mandó desnudar, y le quitó los buenos trajes de seda

y las alhajas, y le puso encima del cuerpo una mala y vieja falda de

pelo de cabra, y la mandó á la cocina, diciendo: «¡En adelante, tus

funciones de esclava en esta casa consistirán en pelar cebollas, poner

las cazuelas á la lumbre, exprimir el jugo de los tomates y hacer la

masa para el pan!» Y la joven dijo: «¡Prefiero ese oficio de esclava á

verle la cara á tu hijo!»

Y desde aquel día trabajó en la cocina; pero no tardó en granjearse las

simpatías de las demás esclavas, que no la dejaban ocuparse en nada y le

hacían todo el trabajo.

En cuanto á Gordo-Hinchado, al ver que no podía conseguir á la hermosa

esclava Yazmina, se metió otra vez en el lecho y no se volvió á

levantar.

Hay que recordar que Yazmina, la primera noche de bodas, quedó fecundada

por Grano-de-Belleza. Y á los pocos meses de su llegada á la casa del

walí, dió á luz un niño varón, tan bello como la luna, al cual llamó

Aslán, llorando á lágrima viva, tanto ella como las otras esclavas,

porque no estaba allí el padre para dar nombre á su hijo.

Su madre amamantó dos años á Aslán, que llegó á ser robusto y muy

hermoso. Y cuando ya sabía andar solo, quiso su destino que un día,

mientras su madre estaba ocupada, subiera los peldaños de la escalera de

la cocina y llegase á la sala, en donde se hallaba rezando su rosario de

ámbar el emir Khaled, padre de Gordo-Hinchado.

Al ver al pequeño Aslán, cuya semejanza con su padre Grano-de-Belleza

era absoluta, el emir Khaled sintió que se le arrasaban los ojos en

lágrimas, y llamó al niño, y se lo puso en las rodillas, y empezó á

acariciarlo enternecido, y dijo para sí: «¡Bendito sea Aquel que crea

objetos tan hermosos y les da alma y vida!»

Entretanto, la esclava Yazmina se enteró de la ausencia de su hijo;

buscóle por todas partes enloquecida, y á pesar de las costumbres, se

decidió á entrar, con la mirada extraviada, en la sala en que se

encontraba el emir Khaled. Y vió al niño Aslán en las rodillas del walí,

entreteniéndose en meter los deditos por entre las barbas venerables del

emir. Pero al percibir á su madre, el chiquitín se echó hacia adelante

tendiendo los brazos, y el emir Khaled le sujetó, y dijo á Yazmina con

bondad: «¡Acércate, ¡oh esclava! ¿Es hijo tuyo este niño?» Ella

respondió: «¡Sí, mi amo, es el fruto de mi corazón!» Y él preguntó: «¿Y

quién es su padre? ¿Es alguno de mis servidores?» Y la esclava dijo,

entre un torrente de lágrimas: «Su padre es mi esposo, Grano-de-Belleza.

¡Pero ahora, ¡oh mi amo, es hijo tuyo!» Y el walí, muy conmovido, dijo á

la esclava: «¡Por Alah! ¡Tú lo has dicho! ¡Desde ahora es hijo mío!» E

inmediatamente lo adoptó, y dijo á su madre: «¡Desde hoy tienes que

considerar á tu hijo como mío, y cuando esté en edad de comprender, dale

á entender que nunca tuvo otro padre que yo!» Y Yazmina contestó:

«¡Escucho y obedezco!»

Entonces el emir Khaled se encargó, como verdadero padre, del hijo de

Grano-de-Belleza, y le dió una educación esmeradísima, y lo puso en

manos de un maestro muy sabio, que era un calígrafo de primer orden, y

le enseñó á escribir muy bien, el Korán, la geometría y la poesía. Y

cuando el joven Aslán fué mayor, su padre adoptivo, el emir Khaled, le

enseñó personalmente á montar á caballo, á manejar las armas, á justar

con la lanza y á luchar en los torneos. Y de tal modo, al cumplir los

catorce años era un caballero consumado, y fué elevado por el califa al

título de emir, como su padre el walí.

Y el Destino dispuso un día que se encontraran el joven Aslán y

Ahmed-la-Tiña á la puerta de la tienda del judío Abraham. Y

Ahmed-la-Tiña convidó al hijo del emir á tomar un refresco.

Cuando se hubieron sentado, Ahmed-la-Tiña empezó á beber, como de

costumbre, hasta emborracharse. Entonces se sacó del bolsillo la

lamparita de oro adornada con pedrería que había robado en otro tiempo,

y la encendió, porque había oscurecido. En seguida Aslán le dijo: «¡Ya

Ahmed! Esa lámpara es muy hermosa. ¡Dámela!» El jefe de vigilancia

replicó: «¡Alah me libre! ¿Cómo voy á darte un objeto que ha perdido ya

tantas almas? Sabe, en efecto, que esta lámpara ha sido causa de la

muerte de un gobernador de palacio, de cierto egipcio llamado

Grano-de-Belleza.» Y Aslán, muy interesado, exclamó: «¡Cuéntame eso!»

Entonces Ahmed-la-Tiña le contó toda la historia desde el principio

hasta el fin, jactándose en medio de su borrachera de haber sido el

autor de la proeza.

Cuando el joven Aslán volvió á su casa, contó á su madre Yazmina la

historia que había oído referir á Ahmed-la-Tiña, y le dijo que la

lámpara estaba todavía en poder de aquel malvado.

Al oir aquello, Yazmina exhaló un grito agudo y cayó desmayada...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 269.ª NOCHE_

Ella dijo:

Al oir aquello, Yazmina exhaló un grito agudo y cayó desmayada. Y cuando

volvió en sí, prorrumpió en sollozos y se echó al cuello de su hijo

Aslán, y le dijo entre lágrimas: «¡Oh hijo mío, Alah acaba de hacer

brillar la verdad! ¡No puedo callar ya mi secreto! Sabe ¡oh mi Aslán!

que el emir Khaled no es mas que tu padre adoptivo; tu padre por la

sangre es mi amado esposo Grano-de-Belleza, que fué castigado, según

ves, en lugar del culpable. Por consiguiente, hijo mío, tienes que ir á

buscar en seguida á un antiguo amigo íntimo de tu padre, el venerable

jefe de la guardia del califa, y contarle lo que acabas de descubrir. Y

después le dirás: «¡Te ruego por Alah que me vengues del matador de mi

padre Grano-de-Belleza!»

Inmediatamente el joven Aslán fué á buscar al jefe de los guardias de

palacio, el mismo que había salvado la vida á Grano-de-Belleza, y le

dijo lo que Yazmina le había encargado que le dijera.

Entonces, el jefe de los guardias, en el colmo de la sorpresa y de la

alegría, dijo á Aslán: «¡Bendito sea Alah, que desgarra los velos y

hace brotar la claridad entre las tinieblas!» Y añadió: «¡Mañana mismo,

¡oh hijo mío! Alah te vengará!»

En efecto, aquel día el califa daba un gran torneo en que debían justar

todos los emires y los mejores jinetes de Bagdad, y se había de

organizar una partida de pelota á caballo. Y el joven Aslán estaba entre

los jugadores de pelota. Y se había puesto su cota de malla y cabalgaba

el mejor caballo de las cuadras de su padre adoptivo el emir Khaled. Y

realmente estaba espléndido, y hasta el califa se prendó en extremo de

su continente y de su vigorosa juventud. Y quiso que fuera su compañero.

Y empezó el juego. Y por una y otra parte los jugadores desplegaron gran

arte en sus movimientos y maravillosa destreza para despedir la pelota

con el mazo á todo galope de sus caballos.

Pero de pronto, uno de los jugadores del bando opuesto al que dirigía el

califa en persona lanzó la pelota derechamente contra la cara del

califa, con golpe tan diestro y certero, que infaliblemente el califa

habría perdido un ojo y acaso la vida, si el joven Aslán, con admirable

maestría, no hubiera parado la pelota al vuelo con su mazo. Y la

devolvió tan terriblemente en dirección contraria, que alcanzó en la

espalda al jinete que la había lanzado, y le hizo perder los estribos y

le rompió el espinazo.

Vista tan brillante acción, el califa miró al joven, y le dijo: «¡Vivan

los valientes, ¡oh hijo del emir Khaled!» Y el califa se apeó en

seguida, después de dar fin al torneo, y reunió á los emires y á todos

los jinetes que habían tomado parte en el juego, y llamó al joven Aslán,

y ante todos los circunstantes le dijo: «¡Oh valeroso hijo del walí de

Bagdad, quiero oirte á ti mismo calcular la recompensa que merece una

hazaña como la tuya! ¡Estoy dispuesto á acceder á todas tus peticiones!

¡Habla!»

Entonces el joven Aslán besó la tierra entre las manos del califa, y le

dijo: «¡Pido la venganza al Emir de los Creyentes! ¡La sangre de mi

padre aún no ha sido rescatada y vive el matador!»

Al oir tales palabras, el califa llegó al límite del asombro, y exclamó:

«¿Qué dices, ¡oh Aslán! de vengar á tu padre? ¡Pero si tu padre el emir

Khaled está á mi lado, bien vivo, gracias á Alah!» Y Aslán contestó:

«¡Oh Emir de los Creyentes! ¡El emir Khaled ha sido para mí el mejor de

los padres adoptivos! ¡Sabe, en efecto, que no soy su hijo por la

sangre, pues mi padre fué Grano-de-Belleza, el gobernador de palacio.»

Cuando el califa oyó aquellas palabras, vió que la luz se convertía en

tinieblas delante de sus ojos, y dijo con voz alterada: «Hijo mío, ¿no

sabes que tu padre fué traidor al Príncipe de los Creyentes?» Pero Aslán

exclamó: «¡Preserve Alah á mi padre de haber sido el autor de la

traición! ¡El traidor está á tu izquierda, ¡oh Emir de los Creyentes!

¡Es el jefe de vigilancia, Ahmed-la-Tiña! ¡Manda que lo registren, y en

su bolsillo se encontrarán las pruebas de su traición!»

Al oir aquello, el califa mudó de color y se puso amarillo como el

azafrán, y con voz espantable llamó al jefe de la guardia y le dijo:

«¡Registra delante de mí al jefe de vigilancia!» Entonces el jefe de los

guardias, el íntimo amigo de Grano-de-Belleza, se acercó á Ahmed-la-Tiña

y le registró los bolsillos en un momento, y sacó de pronto la lámpara

de oro robada al califa.

Entonces éste, sin poder apenas reprimirse, dijo á Ahmed-la-Tiña: «¡Ven

acá! ¿De dónde te ha venido esa lámpara?» El otro contestó: «¡La compré,

¡oh Príncipe de los Creyentes!» Y el califa dijo á los guardias: «¡Dadle

ahora mismo de palos hasta que confiese!» Y en seguida Ahmed-la-Tiña fué

apresado por los guardias, desnudado, y apaleado, y acribillado á

golpes, hasta que confesó y contó toda la historia desde el principio

hasta el fin.

El califa se volvió entonces hacia el joven Aslán, y le dijo: «¡Ahora te

toca á ti! ¡Lo vas á ahorcar con tus propias manos!» Y en seguida los

guardias echaron la cuerda al cuello de Ahmed-la-Tiña, y Aslán la cogió

con ambas manos, y ayudado por el jefe de los guardias, izó al bandido

hasta lo más alto de la horca, levantada en medio del campo de carreras.

Cuando se hubo hecho justicia, el califa dijo á Aslán: «¡Hijo mío,

todavía no me has pedido una merced por tu hazaña!» Y Aslán respondió:

«¡Oh Príncipe de los Creyentes! ¡ya que me permites una petición, te

ruego que me devuelvas á mi padre!»

Al oir aquello, el califa se echó á llorar, conmovidísimo, y después

murmuró: «Pero ¿no sabes, hijo mío, que tu pobre padre murió ahorcado en

virtud de una sentencia injusta? O más bien es probable que muriera,

pero no seguro. ¡Por esto, te juro por el valor de mis antepasados

otorgar el mayor favor á quien me anuncie que tu padre Grano-de-Belleza

no ha muerto!»

Entonces el jefe de los guardias se adelantó hasta la presencia del

califa, y dijo: «Dame la palabra de seguridad.» Y el califa respondió:

«¡La seguridad está contigo! ¡Habla!» Y el jefe de los guardias dijo:

«Te anuncio la buena nueva, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Tu antiguo y

fiel servidor Grano-de-Belleza está vivo!»

El califa exclamó: «¿Es cierto lo que dices?» El jefe de los guardias

contestó: «¡Por la vida de tu cabeza, te juro que es la verdad! ¡Yo fui

el que salvé á Grano-de-Belleza, mandando ahorcar en lugar suyo á un

sentenciado que se le parecía como un hermano se parece á un hermano! ¡Y

ahora él está seguro en Iskandaria, en donde supongo que será tendero

del zoco!»

Al oir aquello, el califa se puso contentísimo, y dijo al jefe de los

guardias: «¡Hay que ir á buscarle y traérmelo en brevísimo plazo!» Y el

jefe de los guardias contestó: «¡Escucho y obedezco!» Entonces el califa

mandó que le entregaran diez mil dinares para gastos de viaje, y el

jefe de los guardias se puso en camino para Iskandaria, donde le

encontraremos, si Alah quiere.

* * * * *

Y ahora verás lo que le pasó á Grano-de-Belleza.

El buque en que había tomado pasaje llegó á Iskandaria después de una

excelente travesía que le había destinado Alah (¡bendito sea!).

Grano-de-Belleza desembarcó en seguida y quedó encantado del aspecto de

Iskandaria, que nunca había visto á pesar de ser natural del Cairo. Y

fué en seguida al zoco, en donde alquiló una tienda ya preparada y que

se ponía á la venta en aquel estado, según anunciaba el pregonero. Era

una tienda cuyo amo acababa de morirse de repente. Estaba amueblada con

divanes, cual es costumbre, y sus mercancías consistían en objetos para

la gente de mar, como velas, cuerdas, cordeles, arcas sólidas, sacas

para pacotillas, armas de todas formas y precios, y sobre todo una

cantidad enorme de hierro y antigüedades, muy estimadas por los

capitanes de marina, que las compraban allí para venderlas á la gente de

Occidente, pues los de este país estiman en mucho las cosas antiguas, y

cambian sus mujeres é hijas por un pedazo de madera podrida, por

ejemplo, ó por una piedra talismánica, ó por un sable viejo y

enmohecido.

No es, pues, de asombrar que Grano-de-Belleza, durante los largos años

de su destierro de Bagdad, tuviera muy buena suerte en su comercio y

ganara diez por uno, ya que no hay nada más productivo que la venta de

antigüedades, que se compran, por ejemplo, en un dracma, y se revenden

en diez dinares.

Cuando Grano-de-Belleza hubo vendido todo lo que encerraba la tienda y

se disponía á revenderla vacía, vió de pronto en uno de los estantes,

que sabía estaban desguarnecidos, un objeto rojo y brillante. Lo cogió y

comprobó, en el límite del asombro, que era una gran gema talismánica,

tallada en seis facetas y colgada de una cadenilla de oro viejo. Y en

las facetas estaban grabados nombres con caracteres desconocidos, que se

parecían mucho á hormigas ó á insectos del mismo tamaño. Y la miraba con

extraordinaria atención, calculando lo que podría valer, cuando advirtió

delante de su tienda á un capitán mercante que se había parado para

poder ver de más cerca aquel objeto que distinguió desde la calle.

El capitán, después de saludar, dijo á Grano-de-Belleza: «¡Oh mi dueño!

¿puedes cederme esa gema, si es que está á la venta?» El otro contestó:

«Todo está á la venta, hasta la tienda.» El capitán preguntó: «Entonces,

¿consientes en venderme esa gema por ochenta y cuatro mil dinares de

oro?»

Grano-de-Belleza, al oir aquello, pensó: «¡Por Alah! ¡Esta gema debe de

ser fabulosamente preciosa! ¡Me voy á hacer el descontentadizo!» Y

contestó: «¡Tú tienes ganas de broma, ¡oh capitán! ¡Pues ¡por Alah! á

mí me cuesta cien mil dinares!» El otro dijo: «Entonces, ¿quieres

dármela en cien mil?» Grano-de-Belleza dijo: «¡Bueno! ¡Pero es por ser

para ti!» Y el capitán le dió las gracias y le dijo: «No tengo encima

tanto dinero. Pero vendrás conmigo á bordo, y cobrarás el precio, y

además te haré un regalo de dos piezas de paño, dos de terciopelo y dos

de raso.»

Entonces Grano-de-Belleza se levantó, cerró con llave la puerta de la

tienda y siguió á bordo al capitán. Y éste le rogó que le esperara sobre

cubierta, y se marchó para buscar el dinero. Pero no volvió á parecer, y

de pronto las velas se desplegaron por completo y la nave hendió el mar

como un pájaro.

Cuando Grano-de-Belleza se vió prisionero en el agua, fué muy grande su

estupefacción. Pero á nadie podía recurrir, tanto menos cuanto que no

veía á ningún marinero á quien pedir explicaciones, y el barco volaba

por el mar como si lo impulsara una fuerza invisible.

Mientras se hallaba perplejo y asustado, vió por fin llegar al capitán,

que se acariciaba las barbas y le miraba con aspecto burlón, y acabó por

decirle: «¿Eres realmente musulmán, Grano-de-Belleza, hijo de

Schamseddin del Cairo, que has estado en Bagdad en el palacio del

califa?» El otro contestó: «Yo soy el hijo de Schamseddin.» Y el capitán

dijo: «¡Pues bien! ¡Dentro de pocos días llegaremos á Genoa, á nuestro

país cristiano! ¡Y ya verás, musulmán, la vida que allí te espera!» Y se

fué.

Y efectivamente, después de una feliz navegación, el barco llegó al

puerto de Genoa, ciudad de los cristianos de Occidente. Y en seguida una

vieja, acompañada por dos hombres, fué á bordo á buscar á

Grano-de-Belleza, que no sabía ya qué pensar de aquellos sucesos. No

obstante, fiándose del Destino bueno ó malo que le dirigía, siguió á la

vieja, la cual, atravesando la ciudad, le guió á una iglesia que

pertenecía á un convento de monjes.

Llegados á la puerta de la iglesia, la vieja se volvió hacia

Grano-de-Belleza, y le dijo: «En adelante debes considerarte como criado

de esta iglesia y de este convento. Tu servicio consistirá en

despertarte todos los días al amanecer, y empezar por ir al bosque á

buscar leña y volver lo antes posible para lavar el piso de la iglesia y

el convento, sacudir las esteras y barrerlo todo; después cribarás el

trigo, lo molerás, harás la masa del pan, la cocerás en el horno,

cogerás una medida de lentejas, las molerás, las guisarás, y llenarás

con ellas luego trescientas setenta escudillas, que habrás de entregar

una por una á los trescientos setenta monjes del convento; más tarde

vaciarás los orinales que están en las celdas de los monjes; por último,

acabarás la obra regando el jardín y llenando los cuatro estanques y los

toneles colocados á lo largo de la pared. Y este trabajo tiene que estar

acabado siempre antes de mediodía, pues has de consagrar todas las

tardes á obligar á los transeuntes á ir de buena ó mala gana á la

iglesia á oir el sermón, y si se niegan, ahí tienes una maza coronada

por una cruz de hierro, con la cual les matarás de orden del rey. Así no

quedarán en la ciudad mas que los cristianos fervientes, que vendrán

aquí á que los monjes los bendigan. ¡Y ahora empieza el trabajo y cuida

de no olvidar mis encargos!»

Y dichas estas palabras, la vieja le miró guiñándole el ojo, y se fué.

Entonces Grano-de-Belleza dijo para sí: «¡Por Alah! ¡Eso es imposible!»

Y no sabiendo qué decidir, entró en la iglesia, completamente desierta

en aquel momento, y se sentó en un banco para tratar de reflexionar

acerca de sucesos tan extraños como los que alternativamente iban

sucediéndole.

Allí llevaba una hora, cuando oyó llegar á él, por debajo de los

pilares, una voz tan dulce de mujer, que la escuchó en éxtasis,

olvidando sus tribulaciones. Y tanto le conmovió aquella voz, que todas

las aves de su alma se pusieron á cantar inmediatamente á un tiempo, y

notó que bajaba sobre él la frescura bendita que la melodía solitaria da

al espíritu. Y ya se levantaba para buscar la voz, cuando ésta se calló.

Pero de pronto, por entre las columnas apareció muy tapada una figura de

mujer que adelantóse hacia él, y le dijo con voz trémula: «¡Ah,

Grano-de-Belleza! ¡Cuánto tiempo hacía que pensaba en ti! ¡Bendito sea

Alah, que ha permitido por fin que nos juntemos! ¡En seguida vamos á

casarnos!»

Al oir semejantes palabras, Grano-de-Belleza exclamó: «¡No hay más Dios

que Alah! ¡Seguramente todo cuanto me ocurre es un sueño! ¡Y en cuanto

el sueño se disipe, me encontraré de nuevo en mi tienda de Iskandaria!»

Pero la joven dijo: «¡No, ¡oh Grano-de-Belleza! es una realidad! Estás

en la ciudad de Genoa, á la cual te he hecho transportar, á pesar tuyo,

por mediación del capitán de marina que está á las órdenes de mi padre,

el rey de Genoa. Sabe que, efectivamente, soy la princesa Hosn-Mariam,

hija del rey de esta ciudad. La hechicería, que aprendí de niña, me ha

revelado tu existencia y tu hermosura, y me he enamorado tanto de ti que

envié al capitán á buscarte á Iskandaria. Y aquí en mi cuello está la

gema talismánica que encontraste en tu tienda, y que había sido puesta

en un estante por el mismo capitán para atraerte á bordo de su nave. Y

dentro de pocos momentos verás claro el poder maravilloso que me da esta

gema. Pero ante todo has de casarte conmigo. Y entonces quedarán

satisfechos todos tus deseos.» Grano-de-Belleza le dijo: «¡Oh princesa!

¿me prometes siquiera volver á llevarme á Iskandaria?» Ella dijo: «Es lo

más fácil.» Y entonces consintió en casarse con ella.

En seguida la princesa Mariam le dijo: «¿De modo, que quieres volver

inmediatamente á Iskandaria?» Él contestó: «¡Sí, por Alah!» Ella dijo:

«¡Vamos allá!» Y cogió la cornalina y volvió hacia el cielo una de sus

caras, en que estaba grabada la imagen de una cama, y frotó rápidamente

aquella cara con el pulgar, diciendo: «¡Oh cornalina, en nombre de

Soleimán te ordeno que me proporciones una cama de viaje!»

Apenas pronunciadas tales palabras, se colocó delante de ellos un lecho

de viaje, con sus sábanas y almohadones. Lo ocuparon los dos y se

tendieron cómodamente. Entonces la princesa Mariam cogió entre los dedos

la cornalina, volvió hacia el cielo una de sus caras, en que estaba

grabado un pájaro, y dijo: «¡Cornalina, ¡oh cornalina! te ordeno, por el

nombre de Soleimán, que nos transportes sanos y salvos á Iskandaria por

la vía más directa!»

El libro de las mil noches y una noche; t. 7 · 第 10 / 13 段