Al día siguiente, Grano-de-Belleza, á quien su esposa había aconsejado

repetidamente que fuera á palacio, eligió las cosas más preciosas de las

que le había llevado el pequeño abisinio Salim, las encerró en un

lindísimo cofrecillo, y colocó éste en la cabeza del hermoso esclavo; y

después de que le vistió y arregló con esmero su esposa Zobeida, se

dirigió hacia el diván, acompañado del esclavo con su carga. Y subió al

diván, y poniendo el cofrecillo á los pies del califa, le dirigió un

cumplimiento en versos bien rimados, y le dijo: «¡Oh Emir de los

Creyentes! Nuestro bendito Profeta (¡sean con Él la plegaria y la paz!)

aceptaba los regalos para no causar pena á quienes se los ofrecían. ¡Tu

esclavo sería también muy feliz si quisieras recibir este cofrecillo

como señal de mi gratitud!»

Encantado el califa de la atención del joven, le dijo: «¡Demasiado

regalo es, ¡oh Grano-de-Belleza! pues tu persona supone ya un perfecto

presente! Sé bien venido á mi palacio; hoy mismo te conferiré un buen

empleo.» E inmediatamente destituyó de su cargo al síndico de los

mercaderes de Bagdad, y nombró para tal puesto á Grano-de-Belleza.

Después, para que todo el mundo se enterara del nombramiento, el califa

escribió un firmán con el decreto correspondiente, y lo mandó entregar

al walí, el cual se lo dió á un pregonero, que lo promulgó por todos los

zocos y calles de Bagdad.

En cuanto á Grano-de-Belleza, desde aquel día empezó á ver con

regularidad al califa, que ya no podía pasarse sin él. Y como no tenía

tiempo para vender personalmente sus mercancías, mandó abrir una hermosa

tienda, á cuyo frente puso al esclavillo moreno, que desempeñó á

maravilla tan delicado oficio.

Apenas habían transcurrido dos ó tres días, cuando fueron á anunciar al

califa la súbita defunción de su gran copero. Y el califa nombró

inmediatamente á Grano-de-Belleza gran copero, y le regaló un ropón de

honor, apropiado para tan alto cargo, y le asignó suntuosos emolumentos.

Y de esta manera ya no se separaba de él.

A los dos días, y estando Grano-de-Belleza al lado del califa, entró el

gran chambelán, besó la tierra delante del trono, y dijo: «¡Conserve

Alah los días del Emir de los Creyentes, y los aumente en otros tantos

como la muerte acaba de arrebatar al gobernador de palacio!» Y añadió:

«¡Oh Emir de los Creyentes, el gobernador de palacio acaba de fallecer!»

El Emir de los Creyentes dijo: «¡Téngale Alah en su misericordia!» Y en

el acto nombró á Grano-de-Belleza gobernador de palacio en vez del

difunto, y le asignó emolumentos más suntuosos todavía. Y de esta manera

Grano-de-Belleza tenía que estar continuamente al lado del califa. Hecho

este nombramiento y comunicado á todo el palacio, el califa levantó la

sesión, agitando el pañuelo como de costumbre...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 267.ª NOCHE_

Ella dijo:

...el califa levantó la sesión, agitando el pañuelo como de costumbre, y

se quedó solo con Grano-de-Belleza.

Y desde entonces Grano-de-Belleza pasó todos los días en palacio, y no

volvía á su casa hasta bien entrada la noche, y se acostaba feliz con su

esposa, á quien contaba todos los sucesos del día.

El afecto del califa á Grano-de-Belleza fué acrecentándose diariamente,

hasta el punto de que lo habría sacrificado todo antes que dejar sin

satisfacer el menor deseo del joven, como lo demuestra el hecho

siguiente:

El califa daba un concierto, al cual asistían sus íntimos amigos de

siempre: Giafar, el poeta Abu-Nowas, Massrur y Grano-de-Belleza. Detrás

del tapiz cantaba la propia favorita del califa, la más bella y perfecta

de sus concubinas. Pero de pronto el califa miró fijamente á

Grano-de-Belleza, y le dijo: «Amigo, estoy leyendo en tus ojos que te

gusta mi favorita.» Y Grano-de-Belleza contestó: «¡Lo que gusta al amo

debe gustar al esclavo!» Pero el califa exclamó: «¡Por mi cabeza y por

la tumba de mis antepasados! ¡Grano-de-Belleza, te pertenece mi favorita

desde este momento!» Y llamó en seguida al jefe de los eunucos, y le

dijo: «¡Transporta á casa del gobernador de palacio todo el ajuar y las

cuarenta esclavas de mi favorita Delicia-de-los-Corazones, y después

llévala también á su casa en una silla de manos!» Pero Grano-de-Belleza

dijo: «¡Por tu vida, ¡oh Príncipe de los Creyentes! dispensa á tu

indigno esclavo de tomar lo que le pertenece al amo!» Entonces el califa

comprendió la idea de Grano-de-Belleza, y le dijo: «¡Razón tienes! ¡Es

probable que tu esposa tenga celos de mi ex favorita! ¡Quédese ésta,

pues, en palacio!» Después se volvió hacia su visir Giafar, y le dijo:

«¡Oh Giafar! Tienes que ir inmediatamente al zoco de los esclavos, pues

hoy es día de mercado, y comprar en diez mil dinares la esclava más

bella de todo el zoco. ¡Y la mandarás llevar en seguida á casa de

Grano-de-Belleza!»

Giafar se levantó en el acto, fué al zoco de los esclavos, y rogó á

Grano-de-Belleza que le acompañara para indicarle la que prefiriese.

Y el walí de la ciudad, emir Khaled, había ido también al zoco aquel día

á comprar una esclava para su hijo, que acababa de llegar á la edad de

la pubertad.

Porque el walí de la ciudad tenía un hijo. Pero este hijo era un

muchacho tan feo, que haría abortar á una parturienta, contrahecho,

hediondo, de aliento fétido, de ojos atravesados y de boca tan ancha

como la vulva de una vaca vieja. Por eso le llamaban Gordo-Hinchado.

Precisamente la víspera por la noche había cumplido Gordo-Hinchado los

catorce años, y su madre estaba alarmada hacía algún tiempo por no

observar en él ningún síntoma de virilidad real. Pero no tardó en

tranquilizarse al notar, la mañana de aquel día, que su hijo

Gordo-Hinchado había copulado en sueños en la cama, dejando en ella

huellas evidentes.

Tal observación había entusiasmado en extremo á la madre de

Gordo-Hinchado, y la había hecho ir corriendo á ver á su esposo, al cual

había comunicado la feliz nueva, obligándole á marchar inmediatamente al

zoco, acompañado de su hijo, para comprarle una hermosa esclava que le

conviniera.

Y el Destino, que está en manos de Alah, quiso que aquel día se

encontraran en el zoco Giafar y Grano-de-Belleza con el emir Khaled y su

hijo Gordo-Hinchado.

Después de las zalemas acostumbradas, se reunieron en un grupo y

ordenaron que desfilaran por delante de ellos los corredores, cada cual

con las esclavas blancas, morenas ó negras de que dispusiese.

Así vieron cantidad innumerable de muchachas griegas, abisinias, chinas

y persas; y ya se iban á retirar sin haber elegido ninguna, cuando el

mismo jefe de los corredores pasó el último, llevando de la mano á una

joven con la cara destapada, más hermosa que la luna llena del mes de

Ramadán.

Al verla, Gordo-Hinchado empezó á resollar con fuerza para expresar su

deseo, y le dijo á su padre, el emir Khaled: «¡Esa es la que necesito!»

Y por su parte, Giafar preguntó á Grano-de-Belleza: «¿Te conviene esa?»

Y el otro respondió: «Es la que elijo.»

Entonces Giafar preguntó á la joven: «¿Cómo te llamas, ¡oh esclava

gentil!?» Ella contestó: «¡Oh mi señor! Yazmina.» Y el visir preguntó al

corredor: «¿En cuánto está tasada Yazmina?» El corredor dijo: «En cinco

mil dinares, ¡oh mi amo!» Y Gordo-Hinchado gritó: «¡Ofrezco seis mil!»

En aquel momento se adelantó Grano-de-Belleza, y dijo: «¡Ofrezco ocho

mil!» Entonces Gordo-Hinchado resolló con rabia, y exclamó: «¡Ocho mil

un dinares!» Giafar dijo: «¡Nueve mil uno!» Pero Grano-de-Belleza dijo:

«¡Diez mil dinares!»

Y el corredor, temiendo que se arrepintiera alguno, dijo: «¡Adjudicada

en diez mil dinares la esclava Yazmina!» Y se la entregó á

Grano-de-Belleza.

Al ver aquello, Gordo-Hinchado se cayó, azotando el aire con pies y

manos, y desconsolando á su padre el emir Khaled, que no le había

llevado al zoco mas que por complacer á su esposa, pues le detestaba por

idiota y feo.

En cuanto á Grano-de-Belleza, tras de dar las gracias al visir Giafar,

se llevó á Yazmina, y la amó, y ella le amó también. Y después de

haberla presentado á su esposa Zobeida, que la encontró simpática y le

felicitó por su elección, se unió con ella legítimamente, tomándola como

segunda esposa. Y durmió con ella aquella noche, y la fecundó, como se

demostrará más adelante.

Y vamos ahora con Gordo-Hinchado.

Cuando á fuerza de promesas y mimos lograron llevarle á su casa, se tiró

sobre el diván, y no quiso levantarse para comer ni beber, y por otra

parte, casi había perdido la razón.

Mientras todas las mujeres de la casa, consternadas, rodeaban á la madre

de Gordo-Hinchado, que había llegado á los límites de la perplejidad,

entró una vieja, que era la madre de un ladrón famoso, sentenciado

entonces á prisión perpetua, y conocido de toda Bagdad con el

sobrenombre de Ahmed-la-Tiña.

Este Ahmed-la-Tiña era tan diestro en el arte de robar, que para él

constituía cosa de juego apoderarse de una puerta en las narices del

portero y hacerla desaparecer en un momento como si se la tragase,

perforar las paredes delante de un casero fingiendo orinar, arrancarle

las pestañas á un individuo sin que lo notara, y limpiar de kohl los

ojos de una mujer sin que se enterase ella.

La madre de Ahmed-la-Tiña entró en el aposento de la de Gordo-Hinchado,

y después de las zalemas, le preguntó: «¿Cuál es la causa de tu

aflicción, ¡oh mi señora!? ¿Y qué mal padece mi joven amo, tu hijo, á

quien Alah conserve?» Entonces la madre de Gordo-Hinchado contó á

aquella vieja, que hacía tiempo la proveía de criadas, la contrariedad

que les ponía á todos en tal estado. Y la madre de Ahmed-la-Tiña

exclamó: «¡Oh mi señora! Únicamente mi hijo os puede sacar del paso; ¡lo

juro por tu vida! Trata de lograr que le suelten, y ya sabrá inventar un

medio de traer á la bella Yazmina á los brazos de nuestro joven amo, tu

hijo. Porque ya sabes que mi pobre hijo se halla encadenado y tiene en

los pies una argolla de hierro, en la cual están grabadas estas

palabras: «Cadena perpetua.» ¡Y todo por haber fabricado moneda falsa!»

Y la madre de Gordo-Hinchado prometió protegerle.

Efectivamente, aquella misma noche, cuando su esposo el walí, de regreso

en su casa, fué á buscarla después de cenar, se había ella arreglado y

perfumado, adoptando un aspecto amable. Y el emir Khaled, que era un

hombre muy bueno, no pudo resistir el deseo que provocaba en él la

contemplación de su mujer, y quiso poseerla; pero ella se resistió,

diciendo: «¡Júrame por el divorcio, que me concederás lo que te pida!» Y

se lo juró. Entonces ella le enterneció hablándole de la desgracia de la

anciana madre del ladrón, y logró de él la promesa de que le soltarían.

Y entonces dejó que la montara el esposo.

Y á la mañana siguiente, el emir Khaled, después de las abluciones y la

oración, se fué á la cárcel en que estaba encerrado Ahmed-la-Tiña, y le

preguntó: «¿Y qué, bandido, te arrepientes de tus pasadas fechorías?» Y

el otro contestó: «Me arrepiento, y lo proclamo con la palabra como lo

pienso con el corazón.» Entonces el walí le sacó de la cárcel y le llevó

ante el califa, que se quedó asombrado al verle vivo todavía, y le

preguntó: «¿Y cómo no te has muerto aún, bandido?» El otro contestó:

«¡Por Alah, oh Emir de los Creyentes, la vida de los malos es muy dura

de pelar!» Entonces el califa se echó á reir á carcajadas, y dijo:

«¡Manden venir al herrero para que le quite la argolla!» Y luego dijo:

«Como estoy enterado de tus hazañas, voy á ayudarte ahora á persistir en

tu arrepentimiento, y como eres el que más conoce á los ladrones, te

nombro jefe de vigilancia de Bagdad.» Y en seguida el califa mandó

promulgar un edicto nombrando á Ahmed-la-Tiña jefe de vigilancia.

Entonces Ahmed besó la mano al califa y en seguida empezó á ejercer sus

funciones.

Y para festejar alegremente su libertad y su nuevo cargo, principió por

ir á la taberna regida por el judío Abraham, testigo de sus pasadas

hazañas, vaciando dos ó tres frascos de su bebida favorita, vino jónico

excelente. Y cuando su madre fué á buscarle para hablarle de la gratitud

qne debía manifestar siempre á la esposa del emir Khaled y madre de

Gordo-Hinchado, que había sido la causante de su libertad, le encontró

medio borracho y tirándole de las barbas al judío, que no se atrevía á

protestar por respeto al cargo temible del antiguo Ahmed-la-Tiña, actual

jefe de vigilancia.

De todos modos, la vieja logró sacarle de allí, y hablándole

reservadamente, le contó cuantas incidencias motivaron su libertad, y le

dijo que había que discurrir inmediatamente algo para quitar la esclava

á Grano-de-Belleza, gobernador de palacio.

Oídas estas palabras, Ahmed-la-Tiña dijo á su madre: «Se hará esta misma

noche, pues es facilísimo.» Y la dejó para ir á preparar el golpe...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 268.ª NOCHE_

Ella dijo:

...Y la dejó para ir á preparar el golpe.

Y hay que advertir que aquella noche el califa había entrado en el

aposento de su esposa porque era el primer día del mes, y reservaba con

regularidad aquel día para hablar con ella de los asuntos corrientes y

preguntarle su opinión sobre todas las cuestiones generales y

particulares del Imperio. Efectivamente, cifraba en ella una confianza

ilimitada, y la quería por su cordura y su belleza inextinguible. Pero

también hay que advertir que antes de entrar en la habitación de su

esposa el califa tenía la costumbre de dejar en el vestíbulo, encima de

un velador especial, un rosario de cuentas alternadas de ámbar y

turquesas, su alfanje recto, con empuñadura de jade incrustada de rubíes

gordos como huevos de paloma, su sello regio y una lamparita de oro

adornada con pedrería, que le alumbraba cuando por las noches

inspeccionaba secretamente el palacio.

Ahmed-la-Tiña conocía todos estos pormenores, que le sirvieron para

realizar su proyecto. Aguardó las tinieblas de la noche y el sueño de

los esclavos para colgar una escala de cuerda á lo largo del muro del

pabellón que servía de aposento á la esposa del califa, trepar por ella

y penetrar silencioso como una sombra en el vestíbulo. Llegado allí, se

apoderó en un momento de los cuatro objetos preciosos, y se apresuró á

bajar por donde había subido.

Desde allí corrió á casa de Grano-de-Belleza, y por el mismo medio

penetró en el patio, y sin hacer el menor ruido quitó uno de los

baldosines de mármol del pavimento, abrió rápidamente un hoyo y allí

metió los objetos robados. Y después de haberlo dejado todo en orden,

desapareció para seguir bebiendo en la taberna del judío Abraham.

Sin embargo, Ahmed-la-Tiña, á fuer de perfecto ladrón, no había podido

resistir al deseo de apropiarse uno de los objetos preciosos. Por lo

tanto, había separado la lamparita de oro, y en vez de enterrarla con lo

demás en el hoyo, se la había metido en el bolsillo, diciendo para sí:

«¡No acostumbro á dejar de cobrar la comisión! ¡Me pagaré á mí mismo!»

Volviendo al califa, grande fué su sorpresa cuando por la mañana ya no

encontró en el velador los cuatro objetos preciosos. Y cuando,

interrogados los eunucos, se tiraron de bruces al suelo, protestando de

su ignorancia, le entró al califa una cólera sin límites, de tal modo,

que se puso inmediatamente el terrible ropón del furor. El tal ropón era

todo de seda roja, y cuando el califa se lo ponía era señal de seguro

desastre y de calamidades espantosas sobre la cabeza de cuantos le

rodeaban.

Revestido el califa con el ropón rojo, entró en el diván y se sentó en

el trono, solo en el salón. Y todos los chambelanes y visires entraron

uno por uno y se prosternaron con la cara contra el suelo, y

permanecieron en tal postura, menos Giafar, que, aunque muy pálido,

estaba erguido, con los ojos fijos en los pies del califa.

Pasada una hora de espantable silencio, el califa miró á Giafar

impasible, y le dijo con voz sorda: «¡La copa hierve!» Giafar contestó:

«¡Alah evite todo mal!»

Pero en aquel momento entró el walí acompañado de Ahmed-la-Tiña. Y el

califa le dijo: «¡Acércate, emir Khaled! Dime cómo está la tranquilidad

pública en Bagdad.» El walí, padre de Gordo-Hinchado, contestó: «La

tranquilidad es perfecta en Bagdad, ¡oh Emir de los Creyentes!» El

califa exclamó: «¡Mientes!» Y como el walí, trastornado, aún no sabía el

origen de aquella ira, Giafar, que estaba á su lado, le deslizó al oído

en dos palabras el motivo, acabando de consternarle. Después le dijo el

califa: «¡Si antes de esta noche no has podido dar con los objetos

preciosos que me son más queridos que mi reino, colgaremos tu cabeza á

la puerta de palacio!»

Oídas estas palabras, el walí besó la tierra entre las manos del califa,

y exclamó: «¡Oh Emir de los Creyentes! El ladrón debe ser alguien de

palacio, porque el vino que se agria lleva en sí su propio fermento. Y

además, permite decir á tu esclavo que el único responsable ha de ser el

comandante especial encargado de esta vigilancia, y que además conoce

uno por uno á todos los ladrones de Bagdad y del Imperio. Su muerte

habría de preceder por lo tanto á la mía, si no parecieran los objetos

perdidos.»

Entonces se adelantó Ahmed-la-Tiña, comandante de vigilancia, y después

de los homenajes debidos, dijo al califa: «¡Oh Emir de los Creyentes!

¡descubriremos al ladrón! Pero ruego al califa me facilite un firmán que

me permita hacer pesquisas en casa de todos los habitantes de palacio y

en las de todos los que entran aquí, sin excluir la del kadí, ni la del

gran visir Giafar, ni la de Grano-de-Belleza, gobernador de palacio.» Y

el califa mandó que se le facilitara en el acto el firmán pedido, y

dijo: «De todos modos, he de cortar la cabeza á alguien, ó á ti ó al

ladrón. ¡Escoge! ¡Y juro por mi vida y por la tumba de mis antepasados,

que aunque el ladrón fuera mi hijo, el heredero de mi trono, mi decisión

será la misma: la muerte por horca en la plaza pública!»

Oídas estas palabras, Ahmed-la-Tiña, con el firmán en la mano, se retiró

y fué á buscar á dos guardias del kadí y á otros dos del walí, y empezó

inmediatamente sus pesquisas visitando la casa de Giafar y la del kadí y

la del walí, y llegó después á la de Grano-de-Belleza, que todavía

ignoraba cuanto acababa de ocurrir.

Ahmed-la-Tiña, con el firmán en una mano y una pesada vara de cobre en

la otra, entró en el vestíbulo y enteró de la situación á

Grano-de-Belleza, y le dijo: «Yo me guardaría muy bien, señor, de llevar

á cabo pesquisas en la casa del fiel confidente del califa. ¡Permíteme,

pues, que me retire como si lo hubiera hecho!» Grano-de-Belleza dijo:

«¡Alah me libre de ello, ¡oh jefe de vigilancia! ¡Tienes que cumplir tu

deber hasta el fin!» Entonces Ahmed-la-Tiña dijo: «Voy á hacerlo sólo

por fórmula.» Y con aspecto negligente salió al patio y empezó á darle

la vuelta, golpeando en cada baldosín de mármol con la pesada vara de

cobre, hasta que llegó al baldosín consabido, que al recibir el golpe,

sonó á hueco.

Al oir este sonido, Ahmed-la-Tiña exclamó: «¡Oh señor, por Alah! ¡Se me

figura que aquí debajo debe de haber algún subterráneo que encierra un

tesoro de pasados siglos!» Y Grano-de-Belleza dijo á los cuatro

guardias: «Tratad, pues, de quitar el baldosín, para que veamos lo que

hay debajo.» Y en seguida los guardias hicieron penetrar sus

instrumentos en las junturas del baldosín de mármol y lo levantaron. Y á

la vista de todos aparecieron tres de los objetos robados: el alfanje,

el sello y el rosario.

Al verlos, gritó Grano-de-Belleza: «¡En nombre de Alah!», y cayó

desmayado.

Entonces Ahmed-la-Tiña mandó llamar al kadí, y al walí, y á los

testigos, que levantaron inmediatamente acta del descubrimiento; y todos

pusieron su sello en el documento, y el kadí en persona fué á

entregárselo al califa, mientras los guardias se apoderaban de

Grano-de-Belleza.

Cuando el califa tuvo entre las manos los tres objetos robados, menos la

lámpara, y se enteró de que se habían encontrado en la casa de aquel á

quien consideraba como su más fiel confidente é íntimo amigo, á quien

había colmado de mercedes, depositando en él ilimitada confianza,

permaneció durante una hora sin decir palabra, y después se volvió hacia

el jefe de los guardias y dijo: «¡Que le ahorquen!»

Inmediatamente salió el jefe de los guardias y mandó pregonar la

sentencia por todas las calles de Bagdad, y fué á la casa de

Grano-de-Belleza, al cual prendió, y cuyos bienes y mujeres confiscó en

el acto. Los bienes ingresaron en el Tesoro público y las mujeres iban á

ser subastadas en el mercado como esclavas; pero entonces, el walí,

padre de Gordo-Hinchado, declaró que se llevaba una, que era la esclava

comprada por Giafar, y el jefe de los guardias hizo llevar á su propia

casa á la otra, que era Zobeida, la de la voz hermosa.

Y este jefe de los guardias era precisamente el mejor amigo de

Grano-de-Belleza, y le había consagrado un afecto paternal que nunca

habíase desmentido. Y aunque ejecutaba en público las terribles medidas

de rigor dictadas contra Grano-de-Belleza por la ira del califa, se

propuso salvar la cabeza de su hijo adoptivo, y empezó por poner en

seguridad dentro de su casa á una de sus esposas, á la bella Zobeida,

aniquilada por la desventura.

Aquella misma noche había de ser ahorcado Grano-de-Belleza, encadenado

por lo pronto en la cárcel. Pero el jefe de los guardias velaba por él.

Fué á buscar al carcelero mayor, y le dijo: «¿Cuántos presos hay

condenados á que les ahorquen esta semana sin remedio?» El otro

contestó: «Unos cuarenta, poco más ó menos.» El jefe de los guardias

dijo: «Quiero verlos á todos.» Y les pasó revista uno tras otro

repetidas veces, y acabó por escoger uno que se parecía de un modo

asombroso á Grano-de-Belleza, y dijo al carcelero: «¡Éste me va á

servir, como en otro tiempo la bestia sacrificada por el Patriarca padre

de Ismael en lugar de su hijo!»

Se llevó, pues, al preso, y á la hora señalada para el suplicio fué á

entregárselo al verdugo, que inmediatamente, y ante la muchedumbre

inmensa congregada en la plaza, y después de las formalidades piadosas

acostumbradas, echó la cuerda al cuello del supuesto Grano-de-Belleza, y

de un empujón lo lanzó, ahorcado, al espacio.

Hecho esto, el jefe de los guardias aguardó que oscureciera para ir á

sacar de la cárcel á Grano-de-Belleza y llevárselo ocultamente á su

casa. Y entonces le reveló lo que acababa de hacer por él, y le dijo:

«Pero, ¡por Alah! ¿cómo te dejaste tentar por esos objetos preciosos,

hijo mío, habiendo puesto el califa en ti toda su confianza?»

Al oir estas palabras, Grano-de-Belleza cayó desmayado de emoción, y

cuando recobró el sentido á fuerza de cuidados, exclamó: «¡Por el Nombre

augusto y por el Profeta, ¡oh padre mío! soy completamente ajeno á ese

robo y desconozco su causa y su autor!» Y el jefe de los guardias no

vaciló en creerlo, y le dijo: «¡Tarde ó temprano, hijo mío, se

descubrirá al culpable! Pero tú no puedes seguir un momento en Bagdad,

pues no en vano se tiene á un rey por enemigo. Por lo tanto, me voy á

marchar contigo, dejando en casa cerca de mi mujer á tu esposa Zobeida,

hasta que Alah, con su sabiduría, varíe tal estado de cosas.»

Después, sin dar tiempo siquiera á Grano-de-Belleza para despedirse de

su esposa Zobeida, se lo llevó, diciéndole: «Ahora mismo nos vamos al

puerto de Ayas, en el mar salado, para embarcarnos hacia Iskandaria[1],

en donde aguardarás los sucesos viviendo tranquilamente, pues esa ciudad

de Iskandaria, ¡oh hijo mío! es muy agradable de habitar y sus

alrededores son verdes y benditos.»

En seguida ambos se pusieron en camino, de noche, y pronto se vieron

fuera de Bagdad. Pero no tenían cabalgaduras, y ya no sabían cómo

proporcionárselas, cuando vieron á dos judíos cambistas de Bagdad,

hombres muy ricos y conocidos del califa. Entonces el jefe de los

guardias temió que fueran á contar al califa que le habían visto con

Grano-de-Belleza vivo. Se adelantó hacia ellos y les dijo: «¡Bajad de

las mulas!» Y los dos judíos se apearon, temblando, y el jefe de los

guardias les cortó la cabeza, les cogió el dinero y montó en una mula,

dándole la otra á Grano-de-Belleza; y ambos siguieron su camino hacia el

mar.

El libro de las mil noches y una noche; t. 7 · 第 9 / 13 段