La preñez siguió su curso normal, y á los nueve meses, día por día, la

mujer parió con felicidad, pero con muchas dificultades, porque el niño

que nació era tan grande como si tuviera un año. Y la comadrona

declaró, tras las invocaciones acostumbradas, que en su vida había visto

niño tan fuerte ni hermoso. Lo cual no es de asombrar si se recuerda la

pasta maravillosa de Sésamo.

La comadrona recogió al niño y lo lavó invocando el nombre de Alah, de

Mohammad y de Alí, y le recitó al oído el acto de fe musulmán. Le

envolvió y se lo dió á la madre, que le amamantó hasta que quedó saciado

y dormido. Y la comadrona pasó otros tres días junto á la madre, y no se

fué hasta no estar segura de que todo iba bien y después de haberse

repartido entre las vecinas las golosinas preparadas con tal motivo.

Al séptimo día echaron sal en la habitación, y entonces entró el síndico

á felicitar á su esposa. Luego le preguntó: «¿En dónde está el don de

Alah?» En seguida ella le mostró el recién nacido. Y el síndico

Schamseddin quedó maravillado de la hermosura de aquel niño de siete

días, que parecía tener un año, y cuya cara era más brillante que la

luna llena al salir. Y preguntó á su esposa: «¿Cómo le vas á llamar?»

Ella contestó: «Si fuera una niña ya le habría puesto nombre. Pero como

es un niño, á ti te corresponde.»

Y en aquel momento una de las esclavas que envolvían al niño lloró de

emoción y placer al advertir en la nalga izquierda del chico una linda

mancha oscura como un grano de almizcle, que resaltaba por su forma y

color encima de la blancura de lo demás. Y en cada una de las dos

mejillas del niño también había un bonito lunar negro y aterciopelado.

Y el digno síndico, inspirado por aquel descubrimiento, exclamó: «¡Le

llamaremos Alaeddin Grano-de-Belleza!»

Llamóse, pues, al niño Alaeddin Grano-de-Belleza; pero como tal nombre

resultaba muy largo, nunca le llamaban mas que Grano-de-Belleza. Y á

Grano-de-Belleza le amamantaron durante cuatro años dos nodrizas

distintas y su madre; así es que llegó á ser fuerte como un leoncillo, y

blanco como el jazmín, y sonrosado como las rosas. Y era tan hermoso,

que todas las niñas de parientes y vecinos le querían con locura, y él

aceptaba sus homenajes, pero nunca consentía que le besaran, y las

arañaba cruelmente cuando se le acercaban demasiado; así es que las

niñas y hasta las jóvenes se aprovechaban de su sueño para ir á cubrirle

de besos impunemente y á maravillarse de su hermosura y lozanía.

Cuando el padre y la madre de Grano-de-Belleza vieron cuán admirado y

mimado era su hijo, temieron al mal de ojo, y resolvieron sustraerle á

tan maligno influjo. Y con tal fin, en vez de hacer como otros padres,

que dejan que las moscas y la suciedad cubran la cara de sus hijos, para

que parezcan menos guapos y no atraigan al mal de ojo, los padres de

Grano-de-Belleza encerraron al niño en un subterráneo situado debajo de

la casa y le criaron allí, lejos de todas las miradas. Y

Grano-de-Belleza crióse de aquel modo ignorado de todos, pero rodeado

de los cuidados incesantes de esclavos y eunucos. Y cuando fué mayor le

dieron maestros instruidísimos, que le enseñaron el Korán, las ciencias

y escribir bien. Y llegó á ser tan sabio como hermoso y bien formado. Y

sus padres resolvieron no sacarle del subterráneo hasta que las barbas

le crecieran tanto que le arrastraran...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 253.ª NOCHE_

Ella dijo:

...hasta que las barbas le crecieran tanto que le arrastraran.

Y cierto día, un esclavo que llevaba á Grano-de-Belleza unas fuentes con

manjares no se acordó de cerrar al salir la puerta del subterráneo; y

Grano-de-Belleza, al ver abierta aquella puerta, en la cual nunca se

fijó, dado lo amplio que era el subterráneo aquel, lleno de tapices y

cortinajes, se apresuró á salir y á subir al piso en que se encontraba

su madre rodeada por diversas damas aristocráticas que habían ido á

visitarla.

A la sazón, Grano-de-Belleza habíase convertido en un maravilloso y

arrogante joven de catorce años, hermoso como un ángel, con las

mejillas aterciopeladas como un fruto, y sus lunares á ambos lados de

los labios, sin contar el que no se le veía.

De modo que cuando las damas vieron entrar de pronto á aquel hermoso

joven, á quien no conocían, apresuráronse muy asustadas á taparse el

rostro con los velos, y dijeron á la esposa de Schamseddin: «¡Por Alah!

¿No te avergüenzas de traer junto á nosotras á un extraño? ¿No sabes que

el pudor es uno de los dogmas esenciales de la fe?»

Pero la madre de Grano-de-Belleza contestó: «¡Invocad el nombre de Alah,

¡oh invitadas mías! pues el que veis no es otro que mi hijo amado, fruto

de mis entrañas, el hijo del síndico de los mercaderes del Cairo, el que

ha sido criado por los pechos de nodrizas generosas y en brazos de

hermosas esclavas, y en hombros de vírgenes escogidas, y en el pecho de

las más puras y nobles! ¡Es el ojo de su madre y el orgullo de su padre!

¡Es Grano-de-Belleza! ¡Invocad el nombre de Alah, ¡oh mis convidadas!»

Y las esposas de los emires y de los mercaderes ricos contestaron: «¡El

nombre de Alah sobre ti y á tu alrededor! Pero ¡oh madre de

Grano-de-Belleza! ¿cómo es que nunca hasta hoy nos enseñaste á tu hijo?»

Entonces la esposa de Schamseddin empezó por levantarse, y besó á su

hijo en los ojos, y le despidió para que no estorbase más á las

invitadas, y después les dijo: «Su padre mandó criarle en el

subterráneo de nuestra casa, para librarle del mal de ojo. Y ha

resuelto no enseñarle hasta que le haya crecido la barba, por lo mucho

que teme llamar sobre él peligros y malos influjos. Y si ha salido

ahora, debe ser por culpa de algún eunuco que se habrá olvidado de

cerrar la puerta.»

Oídas estas palabras, las convidadas felicitaron mucho á la esposa del

síndico por tener un hijo tan hermoso, y le desearon las bendiciones del

Altísimo, y luego se fueron.

Entonces Grano-de-Belleza volvió junto á su madre, y al ver que los

esclavos enjaezaban una mula, preguntó: «¿Para quién es esa mula?» Ella

contestó: «Para ir á buscar á tu padre al zoco.» Él preguntó: «¿Y cuál

es el oficio de mi padre?» Ella dijo: «Tu padre, ¡ojos míos! es un gran

comerciante y síndico de todos los mercaderes del Cairo, y proveedor del

sultán de los árabes y de todos los reyes musulmanes. Y para que te

formes idea de la importancia de tu padre, sabe que los compradores no

se dirigen á él mas que para grandes negocios, cuyo importe pase de mil

dinares; pero si el negocio es menos, aunque se trate de novecientos

noventa y nueve dinares, se ocupan de ello los empleados de tu padre,

sin molestarle. Y no hay mercancía ni cargamento que pueda entrar en El

Cairo ni salir sin que antes se entere tu padre y le pidan parecer. Alah

ha otorgado á tu padre ¡oh hijo mío! riquezas incalculables. ¡Démosle

gracias!»

Grano-de-Belleza contestó: «¡Sí! ¡Loor á Alah, que me ha hecho nacer

hijo del síndico de los mercaderes! ¡Por eso ya no quiero pasar la vida

encerrado, lejos de todas las miradas, y desde mañana tengo que ir al

zoco con mi padre!» Y la madre contestó: «¡Alah te oiga, hijo mío! En

cuanto vuelva tu padre se lo diré.»

Y en cuanto Schamseddin volvió, su esposa le refirió lo que acababa de

ocurrir, y le dijo: «Ya es tiempo de que nuestro hijo vaya al zoco

contigo.» El síndico respondió: «¡Oh madre de Grano-de-Belleza! ¿Ignoras

que el mal de ojo es una realidad de las más amargas y lamentables y que

no se pueden gastar bromas con cosas tan serias? ¿Olvidaste la suerte

del hijo de nuestro vecino y la de otros muchos, víctimas del mal de

ojo? ¡Te prevengo que la mitad de los muertos que están enterrados han

perecido del mal de ojo!»

La mujer del síndico contestó: «¡Oh padre de Grano-de-Belleza!

¡Realmente el destino del hombre está sujeto á su cuello! ¿Cómo ha de

poder librarse de él? Y la cosa escrita no puede borrarse, y el hijo

seguirá el mismo camino que su padre en vida y en muerte. ¡Y lo que

existe hoy ya no existirá mañana! ¡Y piensa en las consecuencias

funestas de que nuestro hijo sea víctima algún día por culpa tuya!

Efectivamente, cuando, después de una vida que te deseo larga y siempre

bendita, te hayas muerto, nadie querrá reconocer á nuestro hijo por

heredero legítimo de tus riquezas y propiedades, puesto que hasta hoy

todo el mundo ignora su existencia. Y de tal suerte, el Tesoro del

Estado se apoderará de todos tus bienes y desposeerá á tu hijo sin

remedio. Y por mucho que yo invoque el testimonio de los ancianos, los

ancianos tendrán que decir: «Nunca nos hemos enterado de que el síndico

Schamseddin tuviera ningún hijo ni hija.» Palabras tan sensatas hicieron

reflexionar al síndico, que contestó al cabo de un rato: «¡Por Alah!

¡Tienes razón, ¡oh mujer! Mañana mismo llevaré conmigo á

Grano-de-Belleza, y le enseñaré á vender y comprar, y las negociaciones,

y todos los elementos del oficio.» Después se volvió hacia

Grano-de-Belleza, transportado de alegría por aquella noticia, y le

dijo: «Ya sé que te encanta ir conmigo. ¡Pero sabe, hijo mío, que en el

zoco hay que ser muy formal y tener los ojos bajos con modestia!

¡Espero, pues, que pongas en práctica las sabias lecciones de tus

maestros y los buenos principios en que te has criado!»

Al día siguiente, el síndico Schamseddin, antes de llevar á su hijo al

zoco, le hizo entrar en el hammam...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 254.ª NOCHE_

Ella dijo:

...le hizo entrar en el hammam, y después del baño lo vistió con un

traje de raso blanco, el mejor que tenía en el almacén, y le ciñó la

frente con un turbante ligero de tela con rayas finas de seda dorada.

Después de lo cual, ambos tomaron un bocado y bebieron un vaso de

sorbete, y ya refrescados, salieron del hammam. El síndico cabalgó en la

mula blanca que sujetaban los esclavos y puso á la grupa á su hijo

Grano-de-Belleza, cuya frescura de tez se había hecho todavía más

notable y cuyos brillantes ojos habrían seducido á los mismos ángeles.

Después, montados ambos en la mula y seguidos por los esclavos, que

llevaban ropón nuevo, emprendieron el camino del zoco.

Al verles, todos los mercaderes del zoco y todos los compradores y

vendedores quedaron maravillados, y se decían unos á otros: «¡Ya Alah!

¡Mirad al muchacho! ¡Es como la luna en la noche décimacuarta!» Y otros

decían: «¿Quién será ese niño delicioso que está detrás del síndico

Schamseddin? ¡Nunca le habíamos visto!»

Mientras surgían tales exclamaciones al paso de la mula montada por el

síndico y Grano-de-Belleza, acertó á pasar el corredor Sésamo por el

zoco, y vió asimismo al muchacho. Y Sésamo, á fuerza de libertinaje y de

excesos de opio y haschich, había acabado por perder completamente la

memoria, y ni siquiera se acordaba de la curación que había logrado en

otro tiempo por medio de la milagrosa mixtura á base de almizcle,

copaiba y tantas cosas excelentes.

Y al ver al síndico en compañía de aquel hermoso joven, empezó á

sonreírse con socarronería y á gastar bromas picantes acerca de ellos,

diciendo á los mercaderes que le oían: «¡Mirad al viejo de barbas

blancas! ¡Es lo mismo que el perro! ¡Blanco por fuera y verde por

dentro!» E iba de un mercader á otro, repitiendo á todos sus chanzas y

chistes, hasta que no quedó uno en el zoco que no tuviera la certeza de

que el síndico Schamseddin tenía en su tienda á un joven mameluco para

su placer.

Cuando estos rumores llegaron á oídos de los notables y de los

principales mercaderes, se celebró una reunión de los de más edad y más

respetados entre ellos, para juzgar el caso de su síndico. Y en medio de

la asamblea peroraba Sésamo y hacía grandes ademanes de indignación, y

decía: «¡Ya no queremos tener en adelante á nuestra cabeza, como síndico

del zoco, á esa barba viciosa que se roza en secreto con los

muchachitos! Y desde hoy vamos á abstenernos de ir á recitar antes de

abrir las tiendas, según solíamos hacer por las mañanas, los siete

versículos sagrados de la Fatiha en presencia del síndico. ¡Y no

terminará el día sin que elijamos otro síndico que sea un poco menos

aficionado á los muchachos que ese viejo!»

En cuanto al buen Schamseddin, cuando vió que pasaba la hora sin que los

mercaderes y corredores fuesen á recitar delante de él los versículos

rituales de la Fatiha, no supo á qué atribuir aquel descuido tan grave y

tan contrario á la tradición. Y como viese al famoso Sésamo, que le

miraba con el rabillo del ojo, le hizo seña de que se acercara para

decirle dos palabras. Y Sésamo, que sólo aguardaba aquella seña, se

acercó, pero lentamente y tomándose tiempo, arrastrando los pies, y no

sin dirigir á derecha é izquierda sonrisas de inteligencia á los

tenderos, que no le quitaban ojo, pues la curiosidad les tenía suspensos

y hacíales desear la solución de aquel asunto que para ellos era muy

capital.

Y Sésamo, al ver que en él convergían todas las miradas y la atención

general, llegó contoneándose, hasta apoyarse en el mostrador de la

tienda; y Schamseddin le preguntó: «Dime, Sésamo, ¿cómo es que los

mercaderes, con el jeque á la cabeza, no han venido á recitar delante de

mí los versículos del primer capítulo del Korán?» Sésamo contestó:

«¡Así, de pronto, no lo sé! ¡Hay rumores que corren por el zoco,

rumores... ¿cómo te lo explicaría yo?... rumores!... ¡De todos modos, lo

que sé muy bien es que se ha formado un partido compuesto por los

principales jeques, que ha resuelto destituirte y dar á otro el cargo de

síndico!»

Al oir estas palabras, el buen Schamseddin mudó de color, y en tono

mesurado y grave, preguntó: «¿Y puedes decirme siquiera en qué se

fundamenta esta decisión?» Sésamo le guiñó el ojo, movió las caderas, y

contestó: «¡Oh mi anciano jeque, no bromees! ¡Mejor lo sabes tú que

nadie! ¡Ese hermoso joven que tienes en la tienda no estará allí para

espantar las moscas! De cualquier modo, sabe que yo, á pesar de todo, he

sido el único que te defendió en la asamblea, y dije que no eras

aficionado á muchachos, cosa que habría sido yo el primero en saber,

pues tengo relaciones amistosas con todos los que se dedican con

preferencia á ese sexo ácido. Y además he añadido que este joven debería

ser algún pariente de tu esposa ó el hijo de alguno de tus amigos de

Tantah, Mansurah ó Bagdad, que había venido á tu casa para negocios.

Pero la asamblea entera se ha vuelto contra mí y ha votado tu

destitución. ¡Alah es el más grande, ¡oh jeque! Para consolarte te queda

ese joven, por lo cual, aquí para entre nosotros, te felicito.

¡Verdaderamente, es muy hermoso!...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 255.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...ese joven, por lo cual, aquí para entre nosotros, te felicito.

¡Verdaderamente, es muy hermoso!»

Al oir estas palabras de Sésamo, el síndico Schamseddin ya no pudo

reprimir su indignación, y exclamó: «¡Oh tú, el más corrompido de los

libertinos! ¿No sabes que es mi hijo? ¿Dónde está tu memoria, comedor de

haschich?» Pero Sésamo respondió: «¡A mí no me la das! ¿Es que va á

haber salido del vientre de su madre ahora y tal como está este muchacho

de catorce años?» Schamseddin replicó: «Pero ¡oh Sésamo! ¿ya no te

acuerdas de que tú mismo, hace catorce años, me trajiste aquella

milagrosa mixtura que espesa los compañones y concentra el jugo? ¡Por

Alah! ¡Gracias á ella pude conocer la fecundidad y Alah me ha dotado de

un hijo! Y tú nunca volviste á pedirme noticias de aquella curación. En

cuanto á mí, por temor al mal de ojo, he criado á este niño en el

subterráneo de nuestra casa, y esta es la primera vez que sale conmigo.

Pues aunque mi primera intención era que no saliera hasta que se hubiera

podido coger las barbas con las manos, su madre me ha decidido á

traerle conmigo para enseñarle el oficio y ponerle al corriente de los

negocios, en previsión del porvenir.» Después añadió: «¡En cuanto á ti,

Sésamo, me alegro de encontrarte, al fin y al cabo, para saldar mi

deuda! ¡Toma mil dinares por el favor que me hiciste gracias á tu droga

admirable!»

Cuando Sésamo oyó estas palabras, ya no dudó de la verdad, y corrió á

desengañar á todos los mercaderes del zoco, que en seguida se

apresuraron á acudir, primero para felicitar á su síndico, y después

para disculparse del retraso en la oración de apertura, que

inmediatamente recitaron entre sus manos.

Tras de lo cual, Sésamo tomó la palabra en nombre de todos, y dijo: «¡Oh

nuestro venerable síndico! ¡Conserve Alah para nuestro afecto el tronco

y las ramas! ¡Y florezcan las ramas á su vez, y den fruto oloroso y

dorado! Pero ¡oh nuestro síndico! generalmente, hasta los mismos pobres,

cuando les nace un hijo, mandan hacer dulces y los reparten entre amigos

y vecinos; ¡y nosotros no nos hemos endulzado el paladar con la pasta

amasada con manteca y miel, que es tan grato saborear, haciendo votos

por la felicidad del recién nacido! ¿Cuándo nos darás un caldero de esa

excelente assida?»

El síndico Schamseddin contestó: «¡De todo corazón, pues no deseo otra

cosa! ¡No os ofreceré sólo un caldero de assida, sino un gran festín en

mi casa de campo á las puertas del Cairo, en medio de los jardines! Os

invito á todos, amigos míos, á ir mañana á mi jardín, que ya conocéis.

¡Y allí, si Alah lo quiere, ganaremos el tiempo perdido!»

En cuanto volvió á su casa, el buen síndico dispuso grandes preparativos

para la fiesta del día siguiente, y mandó al horno, para que los asaran,

carneros cebados durante seis meses con hojas verdes, y carneros enteros

con manteca abundante, y bandejas innumerables de pasteles y otras cosas

semejantes. Al efecto, utilizó á todas las esclavas de la casa expertas

en el arte de la dulcería, y á todos los pasteleros y confiteros de la

calle Zeini. Y la verdad es que el banquete, después de tanto trabajo,

nada dejaba que desear.

Al día siguiente, muy temprano, Schamseddin se dirigió al jardín con su

hijo Grano-de-Belleza, y mandó que los esclavos pusieran dos manteles

inmensos en dos sitios separados y distantes uno de otro. Luego llamó á

Grano-de-Belleza, y le dijo: «Hijo mío, he mandado poner, como ves, dos

manteles diferentes; uno está reservado á los hombres y el otro es para

los muchachos de tu edad que vengan con sus padres. Yo recibiré á los

hombres con barbas y tú te encargarás de recibir á los jóvenes

imberbes.» Pero Grano-de-Belleza, sorprendido, preguntó á su padre:

«¿Por qué semejante separación y dos servicios diferentes? Eso no suele

hacerse mas que entre hombres y mujeres. ¿Qué tienen que temer los

jóvenes como yo de los hombres barbudos?» El síndico respondió: «Hijo

mío, los jóvenes imberbes se encontrarán más libres solos y se

divertirán entre si mejor que encontrándose en presencia de sus padres.»

Y Grano-de-Belleza, que no era malicioso, se conformó con tal respuesta.

Al llegar los invitados, Schamseddin se dedicó á recibir á las personas

mayores, y Grano-de-Belleza á los niños y á los jóvenes. Y se comió, y

se bebió, y se cantó, y hubo la mayor diversión posible; y la alegría y

el júbilo brillaron en todas las caras, y se quemaron en los pebeteros

incienso y perfumes. Después, terminado el festín, los esclavos

repartieron entre los convidados copas llenas de sorbete á la nieve. Y

aquel fué para los hombres el momento de departir agradablemente,

mientras los muchachos, al otro lado, se entregaban á mil amenos juegos.

Y entre los convidados había cierto mercader que era uno de los mejores

parroquianos del síndico; pero también era un famoso pederasta, que no

había dejado indemne de sus hazañas á ningún hermoso joven del barrio.

Se llamaba Mahmud, pero no se le conocía mas que por el sobrenombre del

«Bilateral».

Cuando Mahmud-el-Bilateral oyó los gritos que daban los muchachos al

otro lado...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, é interrumpió el relato autorizado por el rey Schahriar.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 256.ª NOCHE_

Ella dijo:

...Cuando Mahmud-el-Bilateral oyó los gritos que daban los muchachos al

otro lado, se alborotó en extremo, y pensó: «¡Seguramente hay algo bueno

por allá!» Y aprovechándose del descuido general para levantarse y

fingir que iba á satisfacer una necesidad urgente, se deslizó

silenciosamente por entre los árboles hasta donde estaban los muchachos,

y se quedó en acecho de sus movimientos graciosos y lindas caras. No

tardó mucho en notar que el más hermoso indiscutiblemente entre los más

hermosos era Grano-de-Belleza. Y empezó á hacer mil proyectos para

poderle hablar y llevarle aparte, y pensó: «¡Ya Alah! ¡Con tal de que se

separe un poco de sus compañeros!» Y el Destino satisfizo sus deseos en

gran manera.

Efectivamente, en un momento dado, excitado Grano-de-Belleza por el

juego y coloradas las mejillas por el movimiento, experimentó la

necesidad de orinar. Y á fuer de muchacho bien educado, no quiso

acurrucarse delante de todo el mundo y se fué hacia los árboles. En

seguida dijo para sí el Bilateral: «Si me acercara á él ahora,

seguramente le asustaría. ¡Voy á probar de otro modo!» Y salió de

detrás del árbol que le ocultaba y se presentó en el corro de los

muchachos, que le conocían, y empezaron á silbarle corriendo por entre

sus piernas. Y él, muy contento, les dejaba hacer aquello sonriendo, y

después acabó por decirles: «¡Oídme, hijos míos! ¡Prometo daros mañana á

cada uno un traje nuevo y dinero para satisfacer todos vuestros

caprichos, si lográis despertar en Grano-de-Belleza la afición á los

viajes y el deseo de alejarse del Cairo!» Y los chicos le contestaron:

«¡Oh Bilateral, eso es muy fácil!» Entonces los dejó y volvió á sentarse

entre los hombres barbudos.

Cuando Grano-de-Belleza acabó de orinar y volvió á su sitio, sus

compañeros se guiñaron el ojo mutuamente, y el más elocuente del grupo

se dirigió á Grano-de-Belleza y le dijo: «Durante tu ausencia hemos

estado hablando de las maravillas de los viajes y de los magníficos

países lejanos, y de Damasco, y Alepo, y Bagdad. Tú, ¡oh

Grano-de-Belleza! siendo tu padre tan rico, le habrás acompañado muchas

veces en sus viajes con las caravanas. ¡Cuéntanos algo de lo mucho

maravilloso que hayas visto!» Pero Grano-de-Belleza contestó: «¿Yo? Pero

¿no sabéis que me han criado en un subterráneo y que hasta ayer no he

salido de él? ¿Cómo había de viajar en semejantes condiciones? ¡Y ahora,

todo lo más que mi padre me permite es acompañarle desde casa hasta la

tienda!»

Entonces el mismo muchacho replicó: «¡Pobre Grano-de-Belleza, te han

privado de las alegrías más deliciosas y de los placeres más puros! ¡Si

supieras ¡oh amigo mío! lo maravillosamente que saben los viajes, ya no

querrías pasar un momento más en casa de tu padre! Todos los poetas han

cantado á porfía las delicias del viajar; oye una muestra ó dos de los

versos que sobre el particular nos han transmitido:

_Viajar, ¿quién dirá tus maravillas? ¡Oh amigos míos, todas las

cosas bellas gustan de viajar! ¡Hasta las mismas perlas salen del

fondo oscuro del mar y atraviesan las inmensidades para colocarse

en la diadema de los reyes y en el cuello de las princesas!_

Al oir esta estrofa, Grano-de-Belleza dijo: «¡Así será! ¡Pero el reposo

en casa de uno también tiene sus encantos!» Entonces uno de los

muchachos se echó á reir y dijo á sus compañeros: «¡Mirad con lo que

sale Grano-de-Belleza! ¡Es como los pescados, que se mueren en cuanto

los sacan del agua!» Y otro más exagerado dijo: «¡Es que temerá

probablemente marchitar las rosas de sus mejillas!» Y un tercero añadió:

«¿No veis que es como las mujeres? ¡No pueden dar un paso solas en

cuanto salen á la calle!» Y otro, por último, exclamó: «¡Oh

Grano-de-Belleza! ¿no te avergüenzas de no ser hombre?»

Al oir todos aquellos apóstrofes, Grano-de-Belleza quedó tan mortificado

que abandonó inmediatamente á sus invitados, y cabalgando en la mula

emprendió el camino de la ciudad, y lleno de rabia el corazón y de

lágrimas los ojos, llegó junto á su madre, que se asustó al verle en tal

estado. Y Grano-de-Belleza le repitió las burlas de que había sido

víctima por parte de sus compañeros, y le declaró que quería marcharse

al momento á cualquier parte, con tal de partir. Y añadió: «¿Ves este

cuchillo? ¡Pues me lo clavaré en el pecho si no quieres dejarme viajar!»

El libro de las mil noches y una noche; t. 7 · 第 6 / 13 段