sala, se acercó á ella afablemente y le preguntó: «¿Quién eres, ¡oh
extranjera! á quien no conozco? ¿Por qué llevas echado el velo en el
harén, donde nadie puede verte?» Pero Feliz-Bello, que se había
apresurado á ponerse en pie, no se atrevió á pronunciar palabra y tomó
la determinación de fingirse mudo. Y Sett Zahia le preguntó: «¡Oh joven
de ojos hermosos! ¿por qué no me contestas? Si por casualidad eres
alguna esclava despedida de palacio por mi hermano el Emir de los
Creyentes, date prisa á decírmelo, é iré á interceder por ti, pues nunca
me niega nada.» Pero Feliz-Bello no se atrevió á contestar. Y Sett Zahia
se figuró que aquel silencio de la joven obedecía á la presencia de la
esclavita que estaba allí con los ojos muy abiertos, mirando con asombro
á aquella persona tapada y tan tímida. Sett Zahia le dijo entonces: «Ve,
querida, y quédate detrás de la puerta para impedir que entre nadie en
la sala.» Y cuando salió la esclava, se colocó junto á Feliz-Bello, que
tuvo deseos de apretarse más el velo, y le dijo: «¡Oh joven! Dime ahora
quién eres, y tu nombre, y el motivo de tu venida á esta sala, en la
cual sólo entramos el Emir de los Creyentes y yo. Puedes hablarme con el
corazón en la mano, pues te encuentro encantadora y tus ojos me gustan
mucho. ¡Verdaderamente, te encuentro deliciosa, hija mía!» Y Sett Zahia,
que gustaba en extremo de las vírgenes blancas y delicadas, antes de que
le contestara cogió á la joven por la cintura, atrayéndola hacia sí, y
le puso la mano en los pechos para acariciárselos, mientras le
desabrochaba el vestido con la otra mano. ¡Pero se quedó estupefacta al
observar que el pecho de la joven era tan liso como el de un muchacho! Y
primero retrocedió, pero después se acercó y le quiso levantar la falda
para aclarar tal asunto.
Cuando Feliz-Bello adivinó aquella intención, juzgó más prudente hablar,
y cogió la mano á Sett Zahia, y llevándosela á los labios, dijo: «¡Oh mi
señora, me entrego enteramente á tu bondad, y me coloco bajo tus alas
pidiéndote protección!» Sett Zahia dijo: «Te la otorgo por completo.
Habla.» Y él dijo: «¡Oh mi señora! No soy una mujer. Me llamo
Feliz-Bello, y soy hijo de Primavera, de Kufa. Y si he llegado hasta
aquí arriesgando mi vida, ha sido para volver á ver á mi esposa
Feliz-Bella, la esclava que el gobernador de Kufa me robó para enviarla
como regalo al Emir de los Creyentes. ¡Por la vida de nuestro Profeta,
¡oh señora mía! apiádate de tu esclavo y de su esposa!» Y Feliz-Bello se
echó á llorar.
Sett Zahia se apresuró á llamar á la esclava y le dijo: «¡Corre en
seguida á la habitación de Feliz-Bella, y dile: «Mi ama Zahia te llama.»
Después se volvió...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 247.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Después se volvió hacia Feliz-Bello y le dijo: «¡Calma tu espíritu,
¡oh joven! ¡No te pasarán mas que cosas felices!»
Y mientras tanto, la buena anciana había ido á buscar á Feliz-Bella y le
había dicho: «¡Sígueme aprisa, hija mía! ¡Tu esposo querido está en la
habitación que le he reservado!» Y la guió, pálida de emoción, al
aposento en donde creía encontrar á Feliz-Bello. Y su dolor fué muy
grande, y no menor su terror, al no verle allí; y la vieja dijo:
«¡Seguramente se habrá extraviado por los pasillos! ¡Vuelve, hija mía, á
tu habitación, mientras yo voy en busca suya!»
Y entonces fué cuando la esclava entró en el aposento de Feliz-Bella, á
la cual encontró toda trémula y muy pálida, y le dijo: «¡Oh Feliz-Bella!
Mi ama Sett Zahia te llama.» Entonces Feliz-Bella ya no tuvo duda de su
perdición y de la de su amado, y tambaleándose siguió á la gentil
esclava que le indicaba el camino.
Pero apenas había entrado en la sala, cuando la hermana del califa se
acercó á ella con la sonrisa en los labios, la cogió de la mano y la
llevó junto á Feliz-Bello, que seguía con el velo puesto, diciéndoles á
ambos: «¡He aquí la dicha!» Y los dos jóvenes se conocieron al momento,
y cayeron desmayados uno en brazos de otro.
Entonces la hermana del califa, ayudada por la esclava, les roció con
agua de rosas, les hizo recobrar el conocimiento y les dejó solos.
Volvió al cabo de una hora, y los encontró sentados, abrazándose
estrechamente y con los ojos llenos de lágrimas de ventura y gratitud
por su bondad. Entonces les dijo: «¡Ahora tenemos que festejar vuestra
unión bebiendo juntos por la eterna duración de vuestra felicidad!» Y en
seguida, á una seña suya, la risueña esclava llenó de vino exquisito las
copas y se las presentó. Y bebieron, y Sett Zahia les dijo: «¡Cuánto os
amáis, hijos míos! Debéis de saber versos admirables sobre el amor y
canciones muy bellas acerca de los amantes. ¡Me gustaría que cantaseis
algo! ¡Tomad este laúd y haced resonar con vuestro arte el alma de su
madera melodiosa!»
Entonces Feliz-Bello y Feliz-Bella besaron las manos de la hermana del
califa, y templando el laúd, cantaron alternativamente estas
maravillosas estrofas:
--_¡Te traigo hermosas flores bajo mi velo de Kufa, y frutas
todavía empolvadas con el oro del sol!_
--_¡Todo el oro del Sudán está en tu piel, amada mía! ¡Los rayos
del sol están en tus cabellos, y el terciopelo de Damasco en tus
ojos!_
--_¡Heme aquí! ¡Vengo á buscarte durante la hora en que las noches
tibias son propicias!... ¡El aire es leve, la noche se hace sedosa
y transparente, y hacia nosotros llega el murmullo de las hojas y
del agua!_
--_¡Aquí me tienes, ¡oh mi gacela de las noches! ¡Tus ojos han
deslumbrado á todas las tinieblas! ¡Quiero sumergirme en tus ojos,
como el ave que se embriaga sobre el mar!_
--_¡Acércate más, y toma en mis labios sus rosas! ¡Déjame después
salir lentamente de mi cáliz, y acabar de desnudarme para ti desde
los hombros hasta los tobillos!_
--_¡Oh mi muy amada!_
--_¡Heme aquí! ¡El secreto fruto de mi carne de luna tiene la forma
del dátil maduro! ¡Ven!... ¡Se te aparecerá todo el mar, el mar
lleno de olas, en que las aves se embriagan!_
Apenas habían expirado las últimas notas de aquel canto en los labios de
Feliz-Bella, desfallecida de felicidad, cuando súbitamente se
descorrieron las cortinas y el califa en persona entró en la sala.
Al verle, se levantaron los tres apresuradamente y besaron la tierra
entre sus manos. Y el califa les sonrió á todos, y fué á sentarse en
medio de ellos en la alfombra, y mandó á la esclava que trajera vino y
llenara las copas. Después dijo: «¡Vamos á beber para festejar la vuelta
de Feliz-Bella á la salud!» Y levantó la copa de oro y dijo: «¡Por amor
á tus ojos, ¡oh Feliz-Bella!» Y bebió lentamente. Dejó entonces la
copa, y notando la presencia de aquella esclava á quien no conocía,
preguntó á su hermana: «¿Quién es esa joven que está ahí, y cuyas
facciones me parecen tan bellas bajo el velo ligero?» Sett Zahia
contestó: «¡Es una compañera sin la cual no le es posible vivir á
Feliz-Bella, pues no puede comer ni beber á gusto si no la tiene cerca!»
Entonces el califa levantó el velo de la supuesta esclava y se quedó
pasmado de su belleza. En efecto, Feliz-Bello todavía no tenía pelo en
las mejillas, sino tan sólo un leve bozo que daba una sombra adorable á
su blancura, sin contar con el lunar de almizcle que sonreía bellamente
en su barbilla.
Y el califa, muy apasionado, exclamó: «¡Por Alah! ¡Oh Zahia! ¡Desde esta
noche quiero también tomar por concubina á esta nueva adolescente, y le
reservaré, como á Feliz-Bella, una habitación digna de su hermosura y un
tren de casa como á mi esposa legítima!» Y Sett Zahia respondió: «¡Por
cierto ¡oh hermano mío! que esta joven es un bocado digno de ti!»
Después añadió: «Ahora precisamente recuerdo una interesante historia
que he leído en un libro escrito por uno de nuestros sabios.» Y el
califa preguntó: «¿Y cuál es esa historia?» Sett Zahia dijo:
«Sabe ¡oh Emir de los Creyentes! que hubo en la ciudad de Kufa un joven
llamado Feliz-Bello, hijo de Primavera...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 248.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...un joven llamado Feliz-Bello, hijo de Primavera. Era dueño de una
esclava muy hermosa, á la cual amaba, y que le amaba también, pues á
ambos les habían criado juntos en la misma cuna, y se habían poseído
desde los primeros tiempos de la pubertad. Y fueron dichosos años
enteros, hasta que un día el tiempo se volvió contra ellos,
arrebatándoles el uno al otro. Una vieja fué la que sirvió de
instrumento de desgracia al Destino feroz. Raptó á la esclava y se la
entregó al gobernador de la ciudad, que se apresuró á enviársela como
regalo al rey de aquel tiempo.
»Mas el hijo de Primavera, al saber la desaparición de la que amaba, no
descansó hasta que la encontró en el propio palacio del rey, en medio
del harén. Pero en el momento en que ambos se congratulaban de verse
reunidos y derramaban lágrimas de alegría, el rey entró en la sala en
que se encontraban y les sorprendió juntos. Su furor llegó al colmo, y
sin tratar de poner en claro el asunto, les mandó cortar la cabeza.
»Ahora bien--prosiguió Zahia--; como el sabio que escribió esta historia
no da su parecer sobre el procedimiento, quisiera preguntarte ¡oh Emir
de los Creyentes! tu opinión acerca del acto del rey, y saber lo que
habrías hecho en su lugar y en las mismas condiciones.»
El Emir de los Creyentes, Ab El-Malek ben-Meruán, respondió sin vacilar:
«Ese rey debió haberse guardado de obrar con tanta precipitación, y
mejor habría sido que perdonase á los dos jóvenes, por tres razones: la
primera, porque ambos se querían de veras y desde mucho antes; la
segunda, porque eran en aquel momento los huéspedes del rey, puesto que
estaban en su palacio; y la tercera, porque un rey no debe proceder sino
con prudencia y mesura. ¡Deduzco de todo esto que cometió un acto
indigno de un buen rey!»
Al oir estas palabras, Sett Zahia se echó á los pies de su hermano, y
exclamó: «¡Oh Príncipe de los Creyentes! ¡sin saberlo, acabas de
juzgarte á ti mismo en el acto que vas á realizar! ¡Te conjuro, por la
sagrada memoria de nuestros antepasados y de nuestro augusto padre, el
íntegro, á que seas equitativo en el caso que voy á someterte!» Y el
califa, sorprendidísimo, dijo á su hermana: «¡Puedes hablar con toda
confianza! ¡Pero levántate!» Y la hermana del califa se levantó, y se
volvió hacia los dos jóvenes, y les dijo: «¡Poneos de pie!» Y se
pusieron de pie. Y Sett Zahia dijo á su hermano: «¡Oh Emir de los
Creyentes! Esta esclava tan dulce y tan bella, que está cubierta con el
velo, no es sino el joven Feliz-Bello, hijo de Primavera. Y Feliz-Bella
es la que se crió con él, y más adelante llegó á ser su esposa. Y su
raptor no es otro que el gobernador de Kufa, llamado Ben-Yussef
El-Thekafi. Ha mentido al decirte en su carta que había comprado la
esclava por diez mil dinares. Te pido que le castigues, y perdones á
estos dos jóvenes tan disculpables. ¡Otórgame su indulto, pensando en
que son tus huéspedes y les resguarda tu sombra!»
A estas palabras de su hermana, el califa respondió: «¡Cierto que sí!
¡No tengo costumbre de desdecirme!»
Después se volvió hacia Feliz-Bella y le pregunto: «¡Oh Feliz-Bella!
¿Declaras que ese es tu esposo Feliz-Bello?» Ella contestó: «¡Tú lo has
dicho, ¡oh Príncipe de los Creyentes!» Y el califa dijo: «¡Os devuelvo
el uno al otro!» Tras de lo cual miró á Feliz-Bello, y le preguntó:
«¿Puedes decirme siquiera cómo has podido penetrar aquí y enterarte de
la estancia de Feliz-Bella en mi palacio?» Feliz-Bello contestó: «¡Oh
Emir de los Creyentes! ¡Concede á tu esclavo algunos momentos de
atención, y te contará toda su historia!» Y en seguida puso al califa al
corriente de toda la aventura, sin omitir ni un detalle, desde el
principio hasta el fin.
El califa quedó en extremo asombrado, y quiso ver al médico de Persia
que había ejercido una intervención tan prodigiosa, y le nombró médico
de palacio en Damasco, y le colmó de honores y consideraciones. Después
albergó á Feliz-Bello y Feliz-Bella en su alcázar durante siete días y
siete noches, y dió en honor suyo grandes fiestas, y los mandó á Kufa
cargados de regalos y honores. Y destituyó al gobernador y nombró en su
lugar á Primavera, padre de Feliz-Bello. Y así todos vivieron en el
colmo de la felicidad durante larga y deliciosa vida.
Cuando Schahrazada acabó de hablar, exclamó el rey Schahriar: «¡Oh
Schahrazada! ¡Me encantó esa historia, y sobre todo, los versos me
han exaltado hasta el último límite! ¡Pero me sorprende mucho no
encontrar en ella los pormenores sobre aquella clase de amor que me
hiciste prever!»
Y Schahrazada sonrió levemente, y dijo: «¡Oh rey afortunado!
Precisamente esos pormenores están en la HISTORIA DE
GRANO-DE-BELLEZA, que me reservo contarte si es que lo autorizas.»
Y el rey Schahriar exclamó: «¿Qué dices, ¡oh Schahrazada!? ¡Por
Alah! Tengo un grandísimo interés por oir la HISTORIA DE
GRANO-DE-BELLEZA. ¡Apresúrate, pues, á contarla!»
* * * * *
Pero en aquel momento Schahrazada vió aparecer la mañana, y dejó la
historia para otro día.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 250.ª NOCHE_
Ella dijo:
[Illustration]
HISTORIA DE GRANO-DE-BELLEZA
[Illustration]
He llegado á saber ¡oh rey afortunado! que hubo en El Cairo un venerable
jeque, que era el síndico de los mercaderes de la ciudad. Todo el zoco
le respetaba por su honradez, por sus modales corteses y distinguidos,
por su lenguaje mesurado, por su riqueza y por el número de sus esclavos
y servidores. Se llamaba Schamseddin.
Un viernes, antes de la plegaria, fué al hammam, y entró después en la
barbería, donde, según las prescripciones sagradas, mandó que le
cortaran los bigotes precisamente al ras del labio superior y que le
afeitaran con esmero la cabeza. Tras de lo cual, cogió el espejo que le
brindaba el barbero y se miró, no sin haber recitado el acto de fe, para
preservarse de una complacencia demasiado señalada por sus facciones. Y
comprobó con tristeza infinita que los pelos blancos de su barba eran
mucho más numerosos que los negros, y que se necesitaba fijar mucho la
atención para distinguir los negros, diseminados entre los mechones
blancos. Y pensó: «Las barbas canosas son indicio de vejez, y la vejez
es una advertencia de la muerte. ¡Pobre Schamseddin! ¡Hete ya próximo á
las puertas de la tumba, y todavía no tienes sucesión! ¡Te extinguirás
como si nunca hubieras existido!» Después, completamente preocupado con
tan desoladores pensamientos, se dirigió á la mezquita para orar, y
desde allí regresó á su casa, en donde su esposa, que sabía las horas
acostumbradas de su llegada, se había preparado á recibirle, bañándose,
y perfumándose, y cepillándose con mucho cuidado. Y le recibió con cara
sonriente, y le dió la buena acogida, diciéndole: «¡Que sea una noche
feliz para ti!»
Pero el síndico, sin devolver el saludo á su esposa, le dijo en tono
agrio: «¿De qué felicidad me hablas? ¿Puede haber felicidad para mí?» Su
esposa, asombrada, le dijo: «¡El nombre de Alah sobre ti y á tu
alrededor! ¿Por qué esas suposiciones nefastas? ¿Qué te falta para ser
feliz? ¿Y cuál es la causa de tu pesar?» Él contestó: «¡Tú sola eres tal
causa! ¡Escúchame, ¡oh mujer! ¡Piensa en la pena y amargura que
experimento siempre que voy al zoco! Veo en las tiendas á los mercaderes
sentados y teniendo al lado sus hijos, que crecen ante su vista, sean
dos ó sean cuatro. Y están aquéllos orgullosos de su posteridad. ¡Y yo
solo me veo privado de esa dicha! ¡Y á veces deseo la muerte, para
librarme de esta vida desconsolada! ¡Y ruego á Alah, que llamó á mis
padres á su seno, que escriba también un fin que ponga término á mis
tormentos!»
A estas palabras, contestó la esposa del síndico: «No te preocupen tan
aflictivos pensamientos, y ven á honrar el mantel que he puesto para
ti.» Pero el mercader gritó: «¡Jamás! ¡No quiero comer ni beber, y sobre
todo, no quiero aceptar desde ahora nada de tus manos! ¡Tú sola eres la
causante de nuestra esterilidad! ¡Ya han pasado cuarenta años desde que
nos casamos, y sin ningún provecho! ¡Y siempre me has impedido tomar
otras esposas, y como eres una mujer interesada, te aprovechaste de la
flaqueza de mi carne en la primera noche de nuestras bodas, para hacerme
jurar que no traería otra mujer á esta casa en tu presencia, y que ni
siquiera me acostaría mas que contigo! Y yo te lo prometí
candorosamente. Y lo peor es que he cumplido mi promesa, y que tú, al
ver que eres estéril, no has tenido la generosidad de relevarme de mi
juramento. Pero ¡por Alah! ahora te juro que prefiero cortarme el zib á
dártelo en adelante; ni siquiera he de acariciarte con él. Pues ya veo
que es tiempo perdido trabajar contigo. ¡Lo mismo sacaré hundiendo mi
herramienta en el agujero de una peña que tratando de fecundar una
tierra tan seca como la tuya! ¡Por Alah! ¡Han sido copulaciones perdidas
todas las que tan generosamente he desperdiciado en tu abismo sin
fondo!»
Cuando la mujer del síndico oyó tan agresivas palabras, vió la luz
convertirse ante sus ojos en tinieblas, y con el acento más agrio que le
pudo dar la ira, gritó á su esposo el síndico: «¡Ah viejo helado!
¡Perfúmate la boca para hablar conmigo! ¡El nombre de Alah sobre mí y á
mi alrededor! ¡Guárdeme de toda fealdad y falsa imputación! ¿Crees que
de los dos soy yo la culpable? ¡Desengáñate, infeliz viejo! ¡Échate la
culpa á ti y á tus fríos compañones! ¡Por Alah! ¡Tus compañones están
fríos y segregan un líquido demasiado claro y sin vigor! ¡Ve á comprar
algo con que espesar y calentar su jugo! ¡Y entonces verás si mi fruta
está llena de buena semilla ó es estéril!»
Estas palabras de su esposa irritada quebrantaron bastante las
convicciones del síndico, y con acento vacilante preguntó: «Y si es
cierto, como tú afirmas, que mis compañones están fríos y transparentes,
y su jugo es claro y falto de vigor, ¿podrías indicarme el sitio en que
se vende la droga capaz de espesar lo que no está espeso?» Su esposa le
contestó: «¡Encontrarás en casa de cualquier droguero la mixtura que
espesa los compañones de los hombres y les da aptitud para fecundar á la
mujer!...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 251.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...la mixtura que espesa los compañones de los hombres y les da aptitud
para fecundar á la mujer!»
Al oir estas palabras, el síndico pensó: «¡Por Alah! ¡Mañana mismo voy á
la droguería á comprar un poco de esa mixtura para espesar los
compañones!»
Y á la mañana siguiente, apenas se abrió el zoco, el síndico cogió un
tazón vacío, y fué á una droguería y le dijo al droguero: «¡La paz sea
contigo!» Y el droguero le devolvió la zalema y le dijo: «¡Oh mañana
bendita que te trae como primer parroquiano! ¡Manda!» El síndico dijo:
«Vengo á pedirte que me vendas una onza de la mixtura que espesa los
compañones del hombre.» Y le alargó el tazón de porcelana.
Cuando oyó estas palabras, el droguero no supo qué pensar, y se dijo:
«Nuestro síndico, generalmente tan formal, tiene ganas de broma; le
contestaré, pues, en el mismo tono.» Y le dijo: «¡Por Alah! Ayer sí que
me quedaba; pero se vende tanta mixtura de esa, que se me agotó la
provisión. Ve á pedírsela á mi vecino.»
Entonces el síndico fué á casa del segundo droguero, y después á casa
del tercero, y luego á todas las droguerías del zoco, y todos le
despedían con las mismas palabras, riéndose para sí de tan
extraordinaria petición.
Cuando el síndico vió que sus gestiones no le daban resultado, volvió á
su tienda, y se sentó, muy meditabundo y asqueado de la vida. Y mientras
pasaba tan mal rato, vió que parábase á su puerta el jeque de los
corredores, el mayor tragador de haschich, borracho, fumador de opio,
modelo de los perdidos y de la canalla del zoco, el cual se llamaba
Sésamo.
El corredor Sésamo respetaba mucho al síndico Schamseddin, y nunca
pasaba por delante de su tienda sin saludarle, inclinándose hasta el
suelo y usando las más corteses fórmulas. Y aquella mañana no dejó de
tributar las acostumbradas consideraciones al buen síndico, que no pudo
dejar de corresponder á su zalema en tono de mal humor. Y Sésamo, que lo
notó, le preguntó: «¿Qué gran desastre te ha ocurrido para perturbar así
tu alma, ¡oh venerable síndico nuestro!?» Éste contestó: «Mira, Sésamo,
ven á sentarte aquí y oye mis palabras. Y verás si tengo motivo para
afligirme. Considera, Sésamo, que hace cuarenta años que me casé, y
todavía no he tenido ni sombra de un niño. ¡Y han acabado por decirme
que la culpa es sólo mía, porque, al parecer, mis compañones son
transparentes y mi jugo harto claro y sin vigor! Y me han aconsejado que
busque en las droguerías la mixtura que espesa los compañones. Pero
ningún droguero la tiene en su tienda. ¡Y aquí me ves desesperado, por
no poder encontrar algo con que dar la consistencia necesaria al jugo
más preciado de mi individuo!»
Cuando el corredor Sésamo oyó las palabras del síndico, en vez de
asombrarse ó reirse, como los drogueros, alargó la mano con la palma
hacia arriba, y dijo: «Pon un dinar en esta mano y dame un tazón de
porcelana. Tengo lo que necesitas.» Y el síndico le preguntó: «¡Por
Alah! ¿Es posible? ¡Oh Sésamo! ¡sabe que si me ayudas en este trance
está hecha tu fortuna! ¡Te lo juro por la vida del Profeta! ¡Y para
empezar, toma dos dinares en lugar de uno!» Y le puso las dos monedas de
oro en la mano y le entregó el tazón.
Entonces, Sésamo, el borracho fabuloso, se mostró en aquella ocasión
bastante superior en ciencia á todos los drogueros del zoco.
Efectivamente, volvió á su casa, después de haber comprado en el zoco
cuanto le hacía falta, y en seguida se puso á preparar la siguiente
mixtura:
Tomó dos onzas de zumo de copaiba china, una onza de extracto graso de
cáñamo jónico, una de cariofilina fresca, una de cinamomo rojo de
Serendib, diez dracmas de cardamomo blanco de Malabar, cinco de jengibre
indio, cinco de pimienta blanca, cinco de pimentón de las islas, una
onza de bayas estrelladas de badián de la India y media onza de tomillo
de las montañas. Mezclólo todo diestramente, después de machacarlo y
pasarlo por el tamiz, le echó miel pura, y así formó una pasta muy
compacta, á la cual añadió cinco granos de almizcle y una onza de huevas
de pescado machacadas. Le añadió también un poco de julepe ligero de
agua de rosas, y lo puso todo en el tazón de porcelana.
Apresuróse entonces á llevar el tazón al síndico Schamseddin,
diciéndole: «¡He aquí la mixtura soberana que endurece los compañones
del hombre y espesa los jugos demasiado flúidos!...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 252.ª NOCHE_
Ella dijo:
«¡He aquí la mixtura soberana que endurece los compañones del hombre y
espesa los jugos demasiado flúidos!» Después añadió: «Es preciso tomar
esta pasta dos horas antes de la conjunción sexual. Pero los tres días
anteriores hay que limitarse á comer únicamente pichones asados muy
sazonados con especias, pescados machos con sus lechecillas, y por
último criadillas de carnero ligeramente asadas. Y si con todo eso no
llegas hasta atravesar las paredes y fecundar un peñasco pelado,
consiento en afeitarme la barba y los bigotes y te permito que me
escupas en la cara.» Y dichas estas palabras, entregó al síndico el
tazón de porcelana y se fué.
Entonces el síndico pensó: «¡Este Sésamo, que se pasa la vida en el
libertinaje, seguramente debe entender de drogas endurecedoras! ¡Voy á
poner mi fe en Alah y en él!» Y volvió á su casa y se reconcilió con su
esposa, á la cual, por otra parte, amaba, y ella le amaba á él, y ambos
se dieron mutuas explicaciones por su arrebato pasajero, y se hicieron
presente cuánta pena les había causado estar reñidos toda una noche por
palabras sin importancia.
Después de lo cual, Schamseddin siguió escrupulosamente durante tres
días el régimen prescrito por Sésamo, y acabó por comerse la consabida
pasta, que le pareció excelente.
Entonces notó que la sangre se le calentaba en extremo, como en los
tiempos de su infancia, cuando apostaba con chiquillos de su edad. Y se
aproximó á su esposa y la cabalgó; y ella le correspondió; y á ambos les
maravilló el resultado en cuanto á duración, repetición, calor, chorro,
intensidad y consistencia.
Y aquella noche la esposa del síndico quedó indiscutiblemente fecundada,
de lo cual tuvo la certeza completa cuando comprobó que se le pasaron
así tres meses.