A estas palabras, Feliz-Bello contestó: «Pero ¿y qué sé yo dónde está la

vieja? ¿Vendría aquí si supiera dónde está?» El jefe de la guardia mudó

de postura, colocando las piernas en sentido inverso, y dijo: «¡Hijo

mío, únicamente Alah el Omnisciente es capaz de descubrir las cosas

invisibles!» Entonces, Feliz-Bello, irritado hasta el límite, exclamó:

«¡Por el Profeta! ¡A ti solo te haré responsable de esto! Y en caso

necesario iré á ver al gobernador, y hasta al Emir de los Creyentes,

para que sepan quién eres!» El otro contestó: «¡Puedes ir adonde te

parezca! ¡No he estudiado hechicería, para adivinar las cosas ocultas!»

En seguida Feliz-Bello volvió á casa del gobernador, y le dijo: «¡He ido

á ver al jefe de la guardia y ha pasado tal y cual cosa!» Y el

gobernador dijo: «¡No es posible! ¡Hola, guardias! ¡Id á buscar á ese

hijo de perro!» Y cuando llegó el jefe, el gobernador dijo: «¡Te mando

que hagas las pesquisas más minuciosas para encontrar á la esclava de

Feliz-Bello, hijo de Primavera! Envía á tus jinetes en todas

direcciones. Corre tú también, y busca por todas partes. ¡Pero tienes

que encontrarla!» Y al mismo tiempo le guiñó el ojo para que no hiciera

nada. Después se volvió hacia Feliz-Bello, y le dijo: «¡En cuanto á ti,

hijo mío, no quiero que tengas que reclamar en adelante esa esclava mas

que á mí! ¡Y si por acaso (pues todo puede suceder) no se encontrara á

la esclava, yo mismo te daré en su lugar diez vírgenes de la edad de las

huríes, de pechos turgentes y nalgas duras y firmes como cubos de

granito! ¡Y obligaré también al jefe de la guardia á darte de su harén

diez esclavas jóvenes tan intactas como mis ojos! Pero tranquiliza tu

alma, pues sabe que el Destino te otorgará siempre lo que te esté

reservado, y por otra parte, nunca lograrás lo que no te haya destinado

la suerte...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 242.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...nunca lograrás lo que no te haya destinado la suerte.»

Entonces Feliz-Bello se despidió del gobernador, y volvió desesperado á

su casa, después de haber vagado toda la noche en busca de Feliz-Bella.

Y á la jornada siguiente tuvo que guardar cama, presa de una extrema

debilidad y de una calentura que creció de día en día, según perdía la

esperanza que le quedaba respecto á las pesquisas ordenadas por el

gobernador. Y los médicos consultados contestaron: «¡Su enfermedad no

tiene otro remedio que el regreso de su esposa!»

A todo esto, llegó á la ciudad de Kufa un persa muy versado en medicina,

arte de drogas, ciencia de las estrellas y arena adivinatoria. Y el

mercader Primavera se apresuró á llamarle á casa de su hijo. Entonces,

el sabio persa, después de haber sido tratado por Primavera con los

mayores miramientos, se acercó á Feliz-Bello y le dijo: «¡Dame la

mano!» Y le cogió la mano, le tomó el pulso un buen rato, le miró con

atención la cara, después sonrió, y se volvió hacia el mercader

Primavera, diciéndole: «¡La enfermedad de tu hijo reside en su corazón!»

Y Primavera respondió: «¡Por Alah! Verdad dices, ¡oh médico!» El sabio

prosiguió: «Y la causa de esa enfermedad es la desaparición de una

persona querida. ¡Pues bien! ¡Os voy á decir, con ayuda de los poderes

misteriosos, el sitio en que se encuentra esa persona!»

Y dichas tales palabras, el persa se acurrucó, sacó de un talego un

paquete de arena, que desató y extendió delante de él; luego puso en

medio de la arena cinco guijarros blancos y tres guijarros negros, dos

varitas y una uña de tigre; los colocó en un plano, después en dos

planos, y luego en tres planos; los miró, pronunciando algunas frases en

lengua persa, y dijo: «¡Oh vosotros que me oís! ¡Sabed que la persona se

encuentra en este momento en Bassra!» Después reflexionó, y dijo: «¡No!

Los tres ríos que ahí veo me han engañado. ¡La persona se encuentra en

este momento en Damasco, dentro de un gran palacio, y en el mismo estado

de languidez que tu hijo, ¡oh ilustre mercader!»

Al oir estas palabras, Primavera exclamó: «¿Y qué hemos de hacer, ¡oh

venerable médico!? Por favor, ilumínanos, y no habrás de quejarte de la

avaricia de Primavera. Pues ¡por Alah! te daré con qué vivir en la

opulencia durante el espacio de tres vidas humanas.» Y el persa

contestó: «¡Tranquilizad ambos vuestras almas, y que se refresquen

vuestros párpados cubriendo vuestros ojos sin inquietud! ¡Pues yo me

encargo de reunir á los dos jóvenes, y eso es más fácil de hacer de lo

que tú te figuras!» Después añadió, dirigiéndose á Primavera: «¡Saca del

bolsillo cuatro mil dinares!» Y Primavera se desató inmediatamente el

cinturón, y colocó delante del persa cuatro mil dinares y otros mil. Y

el persa dijo: «¡Ahora que tengo con qué cubrir gastos, voy á ponerme al

momento en camino para Damasco, llevando conmigo á tu hijo! ¡Y si Alah

quiere, regresaremos con su amada!» Después se volvió hacia el joven

tendido en la cama, y le preguntó: «¡Oh hijo del distinguido Primavera!

¿Cómo te llamas?» El otro respondió: «Feliz-Bello.» El persa dijo:

«¡Pues bien, Feliz-Bello, levántate, y que tu alma se vea en adelante

libre de toda inquietud, pues desde este momento puedes dar por seguro

que has recobrado á tu esclava!» Y Feliz-Bello, súbitamente movido por

el buen influjo del médico, se levantó y se sentó. Y el médico

prosiguió: «Afirma tus ánimos y tu valor. No te preocupes por nada.

¡Come, bebe y duerme! Y dentro de una semana, en cuanto recuperes las

fuerzas, volveré á buscarte para hacer el viaje contigo.» Y se despidió

de Primavera y Feliz-Bello, y se fué á hacer también sus preparativos

para el viaje.

Entonces Primavera dió á su hijo otros cinco mil dinares, y le compró

camellos, que mandó cargar de ricas mercaderías y de aquellas sedas de

Kufa de colores tan hermosos, y le dió caballos para él y para su

acompañamiento. Y al cabo de la semana, como Feliz-Bello había seguido

las prescripciones del sabio y se había repuesto admirablemente,

Primavera supuso que su hijo podía emprender sin inconveniente el viaje

á Damasco. De modo que Feliz-Bello se despidió de su padre, de su madre,

de Prosperidad y del portero, y acompañado de todos los buenos deseos

que los brazos de los suyos invocaban sobre su cabeza, salió de Kufa con

el sabio persa.

Y Feliz-Bello había llegado en aquellos instantes á la perfección de la

juventud, y sus diez y siete años habían dado un sedoso vello á sus

mejillas levemente sonrosadas, lo cual hacía más seductores todavía sus

encantos, de modo que nadie le podía mirar sin pararse extático. Y el

sabio persa no tardó en experimentar el efecto delicioso de los hechizos

del joven, y le quiso con toda su alma, muy de veras, y se privó durante

todo el viaje de todas las comodidades á fin de que él las aprovechara.

Y cuando le veía contento, se alegraba hasta el límite de la alegría...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 243.ª NOCHE_

Ella dijo:

...se alegraba hasta el límite de la alegría.

En estas condiciones, el viaje fué agradable y nada fatigoso, y así

llegaron á Damasco.

Inmediatamente el sabio persa fué al zoco con Feliz-Bello, y alquiló en

el acto una gran tienda, que restauró por completo: Después mandó hacer

anaquelerías tapizadas de terciopelo, y en ellas colocó por orden sus

frascos de valor, sus dictamos, sus bálsamos, sus polvos, sus jarabes

exquisitos, sus triacas finas conservadas en oro puro, sus tarros de

porcelana persa con reflejos metálicos, en donde maduraban las añejas

pomadas compuestas con el jugo de trescientas hierbas raras, y entre los

frascos grandes, los alambiques y las retortas colocó el astrolabio de

oro.

Tras de lo cual se puso su traje de médico y el gran turbante de siete

vueltas, y preparó también á Feliz-Bello, que había de ser su ayudante,

despachando las recetas, machacando en el mortero, haciendo los

saquillos y escribiendo los remedios que él le dictara. Para ello le

vistió con una camisa de seda azul y un chaleco de casimira, y le pasó

alrededor de las caderas un mandil de seda de color de rosa con franjas

de oro. Después le dijo: «¡Oh Feliz-Bello! ¡Desde este momento tienes

que llamarme padre, y yo te llamaré hijo, pues si no, los habitantes de

Damasco creerán que hay entre los dos lo que tú comprendes!» Y

Feliz-Bello dijo: «¡Escucho y obedezco!»

Y apenas se abrió la tienda que el persa destinaba á consulta, acudieron

de todas partes en tropel los vecinos, unos para exponer lo que les

pasaba, otros nada más que para admirar la belleza del joven, y todos

para quedar estupefactos y encantados á un tiempo al oir á Feliz-Bello

conversar con el médico en lengua persa, que ellos no conocían, y les

parecía deliciosa en labios del joven ayudante. Pero lo que llevó hasta

el límite extremo el asombro de los habitantes fué el modo de adivinar

las enfermedades el médico persa.

Efectivamente, el médico miraba á lo blanco de los ojos durante algunos

minutos al enfermo que recurría á él, y luego le presentaba una gran

vasija de cristal y le decía: «¡Mea!» Y el enfermo meaba en la vasija, y

el persa elevaba la vasija hasta la altura de sus ojos y la examinaba, y

después decía: «¡Te pasa tal y cual cosa!» Y el enfermo exclamaba

siempre: «¡Por Alah! ¡Verdad es!» Con lo cual todo el mundo levantaba

los brazos, diciendo: «¡Ya Alah! ¡Qué prodigioso sabio! ¡Nunca hemos

oído cosa parecida! ¿Cómo podrá conocerse por la orina la enfermedad?»

No es, pues, de extrañar que el médico persa adquiriera fama en pocos

días por su ciencia extraordinaria entre todas las personas notables y

acomodadas, y que el eco de todos sus prodigios llegase á los mismos

oídos del califa y de su hermana Sett Zahia.

Y un día que el médico estaba sentado en medio de la tienda y dictaba

una receta á Feliz-Bello, que se hallaba á su lado con el cálamo en la

mano, una respetable dama, montada en un borrico con silla de brocado

rojo y adornos de pedrería, se paró á la puerta, ató la rienda del burro

á la argolla de cobre que coronaba el armazón de la silla, y después

hizo seña al sabio para que la ayudase á bajar. El persa se levantó en

seguida solícito, corrió á darle la mano, y le rogó que se sentase, al

mismo tiempo que Feliz-Bello, sonriendo discretamente, le presentaba un

almohadón.

Entonces la dama sacó de debajo de su vestido un frasco lleno de orines,

y preguntó al persa: «¿Eres realmente tú ¡oh venerable jeque! el médico

procedente de Irak-Ajami, que hace esas curas admirables en Damasco?» Él

contestó: «Soy el mismo, y tu esclavo.» Ella dijo: «¡Nadie es esclavo

mas que de Alah! Sabe, pues, ¡oh maestro sublime de la ciencia! que este

frasco contiene lo que comprenderás, y su propietaria, aunque virgen

todavía, es la favorita de nuestro soberano el Emir de los Creyentes.

Los médicos de este país no han podido acertar la causa de la enfermedad

que la tiene en cama desde el día de su llegada á palacio. Y por eso

Sett Zahia, hermana de nuestro señor, me ha enviado á traerte este

frasco, para que descubras esa causa desconocida.»

Oídas estas palabras, dijo el médico: «¡Oh mi señora! ¡Has de decirme el

nombre de la enferma, para que yo pueda hacer mis cálculos y saber

precisamente la hora más favorable para hacerle tomar las medicinas!» La

dama respondió: «Se llama Feliz-Bella.»

Entonces el médico se puso á trazar en un pedazo de papel que tenía en

la mano numerosísimos cálculos, unos con tinta roja y otros con tinta

verde. Después sumó los guarismos verdes y los guarismos rojos, y dijo:

«¡Oh mi señora! ¡he descubierto la enfermedad! Es una afección conocida

con el nombre de temblor de los abanicos del corazón.» A tales palabras,

la dama contestó: «¡Por Alah! ¡Es verdad! ¡Pues los abanicos de su

corazón tiemblan tanto, que los oímos!» El médico prosiguió: «Pero antes

de prescribir los remedios he de saber de qué país es ella. Y esto es

muy importante, porque así averiguaré, en cuanto haga mis cálculos, el

influjo de la ligereza ó de la pesadez del aire en los abanicos de su

corazón. Además, para juzgar el estado en que se conservan esos abanicos

delicados, tengo que saber asimismo el tiempo que hace que está en

Damasco y su edad exacta.» La dama contestó: «Se ha criado, según

parece, en Kufa, ciudad del Irak; y tiene diez y seis años, pues nació,

según nos ha dicho, el año del incendio del zoco de Kufa. En cuanto á su

residencia en Damasco, es cosa de pocas semanas nada más...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 244.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...pocas semanas nada más.»

Al oir estas palabras, el sabio persa dijo á Feliz-Bello, cuyo corazón

se agitaba como un molino: «¡Hijo mío, prepara los remedios tal y cual,

según la fórmula de Ibn-Sina, artículo séptimo.»

Entonces la dama se volvió hacia el adolescente, al cual empezó á mirar

con mayor atención, para decirle á los pocos momentos: «¡Por Alah! ¡La

enferma se te parece mucho, y su rostro es tan hermoso y dulce como el

tuyo!» Después le dijo al sabio: «Dime, ¡oh noble persa! ¿este joven es

hijo ó esclavo tuyo?» El otro contestó: «¡Es mi hijo ¡oh respetable! y

tu esclavo!» Y la anciana dama, muy halagada con tanta consideración,

respondió: «¡Verdaderamente, no sé qué admirar más aquí, si tu ciencia

¡oh médico sublime! ó tu descendencia!» Y siguió conversando con el

sabio, mientras Feliz-Bello acababa de arreglar los paquetitos de los

remedios y los colocaba en una caja, en la cual deslizó una esquela para

enterar á Feliz-Bella de su llegada á Damasco con el médico persa.

Después de lo cual selló la caja y escribió en la tapadera su nombre y

las señas de su casa en caracteres cúficos, ilegibles para los

habitantes de Damasco, pero descifrables para Feliz-Bella, que conocía

muy bien la escritura cúfica, lo mismo que la árabe corriente. Y la dama

cogió la caja, dejó diez dinares de oro en el mostrador del médico, se

despidió de los dos, y salió para irse directamente á palacio y

apresurarse á subir á la habitación de la enferma.

La encontró con los ojos medio cerrados y bañados de llanto, como

siempre estaban. Se acercó á ella, y le dijo: «¡Ah hija mía! ¡Ojalá

estos remedios te alivien tanto como he gozado al ver al que los ha

hecho! ¡Es un joven tan hermoso como un ángel, y la tienda en que se

encuentra es un lugar delicioso! He aquí la caja que me ha dado para

ti.» Entonces Feliz-Bella, por no rechazar la oferta, cogió la caja, y

con una mirada indiferente examinó la tapadera; pero de pronto se le

mudó el color al ver en la tapa estas palabras escritas en cúfico: «Soy

Feliz-Bello, hijo de Primavera, de Kufa.» Sin embargo, tuvo bastante

dominio de sí misma para no desmayarse ni descubrirse. Y sonriendo,

preguntó á la anciana: «¿De modo, que se trata de un hermoso joven? ¿Y

cómo es?» La dama contestó: «¡Es un conjunto de delicias, que me resulta

imposible describirlo! ¡Tiene unos ojos! ¡Y unas cejas! ¡Ya Alah! ¡Pero

lo que arrebata el alma es un lunar que tiene en la comisura izquierda

de los labios, y un hoyuelo que al sonreir se le forma en la mejilla

derecha!»

Cuando oyó estas palabras, Feliz-Bella ya no tuvo duda de que era aquél

su dueño querido, y dijo á la anciana dama: «¡Ya que es así, ojalá sea

de buen agüero ese rostro! Dame los remedios.» Y los cogió, y sonriendo

se los tomó de una vez. Y en aquel momento vió la esquela, que abrió y

leyó. Entonces saltó de la cama, y exclamó: «¡Mi buena madre, comprendo

que estoy curada! Estos remedios son milagrosos. ¡Oh, qué bendito día!»

Y la dama exclamó: «¡Sí, por Alah! ¡Esto es una bendición del Altísimo!»

Y Feliz-Bella añadió: «¡Por favor, tráeme de comer y beber, pues me

siento morir de hambre, ya que hace cerca de un mes que no puedo tragar

la comida!»

Entonces la anciana, después de haber mandado á los esclavos que

sirviesen á Feliz-Bella fuentes cargadas de toda clase de asados, frutas

y bebidas, se apresuró á visitar al califa, para anunciarle la curación

de su esclava por la ciencia inaudita del médico persa. Y el califa

dijo: «¡Ve pronto á llevarle mil dinares de mi parte!» Y la anciana se

apresuró á ejecutar la orden, no sin haber pasado por el aposento de

Feliz-Bella, que le entregó otro regalo para Feliz-Bello en una caja

precintada.

Cuando la dama llegó á la tienda, entregó los mil dinares al médico de

parte del califa y la caja á Feliz-Bello, que la abrió y leyó su

contenido. Pero entonces fué tal su emoción, que rompió en sollozos y

cayó desmayado, pues Feliz-Bella en su esquela le relataba toda su

aventura, y su rapto por orden del gobernador, y su envío como regalo al

califa Abd El-Malek, de Damasco.

Al ver aquello, la buena anciana dijo al médico: «¿Por qué se ha

desmayado de pronto tu hijo, después de romper en llanto?» El médico

contestó: «¿Cómo no va á ser así, ¡oh venerable! cuando la esclava

Feliz-Bella, á quien he curado, es propiedad de este al que crees mi

hijo, y que no es otro que el hijo del ilustre mercader Primavera, de

Kufa? Y nuestra venida á Damasco no ha tenido más objeto que buscar á la

joven Feliz-Bella, que había desaparecido un día, arrebatada por una

maldita vieja de ojos traidores. Así es ¡oh madre nuestra! que desde

ahora ciframos en tu benevolencia nuestra esperanza más querida, y no

dudamos de que nos ayudarás á recobrar el más sagrado de los bienes.»

Después añadió: «Y en prenda de nuestro agradecimiento, he aquí, para

empezar, los mil dinares del califa. ¡Tuyos son! ¡Y el porvenir te

demostrará que la gratitud por tus beneficios ocupa en nuestro corazón

un sitio de honor!...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 245.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...la gratitud por tus beneficios ocupa en nuestro corazón un sitio de

honor!» Entonces la buena señora empezó por apresurarse á ayudar al

médico para que Feliz-Bello, desmayado, recobrara el conocimiento, y

después dijo: «Podéis contar con el fervor de mi buena voluntad y mi

abnegación.» Y les dejó para ir en seguida junto á Feliz-Bella, á la

cual encontró con el rostro radiante de júbilo y salud. Y se acercó á

ella sonriente, y le dijo: «Hija mía, ¿por qué no has tenido desde el

principio confianza en tu madre? De todos modos, ¡cuánta razón te

asistía para llorar todas las lágrimas de tu alma al verte separada de

tu dueño, el hermoso y dulce Feliz-Bello, hijo de Primavera, de Kufa!» Y

al ver la sorpresa de la joven, se dió prisa á añadir: «Puedes contar,

hija mía, con toda mi discreción y mi voluntad maternal para contigo.

¡Te juro que te reuniré con tu amado, aunque me costara la vida!

¡Tranquiliza, pues, tu alma, y deja que la anciana trabaje para tu bien,

según su saber!»

Abandonó entonces á Feliz-Bella, que le besaba las manos llorando de

alegría, y fué á hacer un paquete, en el cual puso ropas de mujer,

alhajas y todos los accesorios necesarios para un completo disfraz, y

volvió á la tienda del médico, é hizo seña á Feliz-Bello para hablar

aparte con él. Entonces Feliz-Bello la llevó á la trastienda, detrás de

una cortina, y se enteró por ella de sus proyectos, que le parecieron

perfectamente combinados, y se dejó guiar por el plan que ella le

sometió.

Con lo cual la buena dama vistió á Feliz-Bello con ropas de mujer que

había llevado, y le alargó los ojos con kohl, y agrandó y ennegreció el

lunar de la mejilla, y después le puso brazaletes en las muñecas y le

colocó alhajas en la cabellera, cubierta con un velo de Mosul; y hecho

esto, dirigió la última ojeada á su tocado, y le pareció que estaba

encantador así y mucho más hermoso que todas las mujeres juntas del

palacio del sultán. Entonces le dijo: «¡Bendito sea Alah en sus obras!

Ahora, hijo mío, tienes que andar como las jóvenes todavía vírgenes,

yendo á pasitos cortos, moviendo la cadera derecha y enarcando hacia

atrás la izquierda, sin dejar de dar ligeras sacudidas á tus nalgas

sabiamente. ¡Haz un corto ensayo de esas maniobras antes de salir!»

Entonces Feliz-Bello se puso á ensayar en la tienda los ademanes

consabidos, y lo hizo tan bien, que la buena dama exclamó: «¡Maschalah!

¡Ya pueden dejar de alabarse las mujeres! ¡Qué maravillosos movimientos

de nalgas y qué meneo de riñones tan espléndido! Sin embargo, para que

la cosa resulte completamente admirable, es menester que des á tu cara

una expresión más lánguida, inclinando el cuello un poco más y mirando

con el rabillo del ojo... ¡Así! ¡Perfectamente! Ya puedes seguirme.» Y

se fué con él á palacio.

Cuando llegaron á la puerta de entrada del pabellón reservado al harén,

avanzó el jefe de los eunucos y dijo: «Ninguna persona extraña puede

entrar sin orden especial del Emir de los Creyentes. ¡Atrás, pues, con

esa joven, ó si quieres, entra tú sola!» Pero la anciana dama dijo:

«¿Qué has hecho de tu cordura, ¡oh corona de los guardianes!? ¡Tú, que

generalmente eres la misma delicia y la urbanidad, adoptas ahora un tono

que le sienta muy mal á tu aspecto exquisito! ¿No sabes ¡oh dotado de

nobles modales! que esta esclava es propiedad de Sett Zahia, hermana de

nuestro amo el califa, y que Sett Zahia, en cuanto sepa tu falta de

consideración respecto á su esclava preferida, no dejará de hacer que te

destituyan y hasta de mandar decapitarte? ¡Y tú mismo habrás sido de

esta manera el causante de tu infortunio!» Después la dama se volvió

hacia Feliz-Bello y le dijo: «¡Ven, esclava, olvida por completo esa

falta de miramiento de nuestro jefe, y sobre todo no le digas nada á tu

señora! ¡Anda, vamos ya!» Y le cogió de la mano y le hizo entrar,

mientras Feliz-Bello inclinaba mimosamente la cabeza á derecha é

izquierda, sonriendo con los ojos al jefe de los eunucos, que meneaba la

cabeza.

Ya en el patio del harén, la dama dijo á Feliz-Bello: «Hijo mío, te

hemos hecho reservar una habitación en el interior del harén, y allá vas

á irte en seguida tú solo. Para dar con el aposento, entras por esta

puerta, tomas la galería que encuentres delante, vuelves á la izquierda,

y después á la derecha, y otra vez á la derecha; cuentas en seguida

cinco puertas, y abres la sexta, que es la de la habitación que se te ha

reservado, y á la cual irá á buscarte Feliz-Bella, á quien voy á avisar.

Y yo me encargaré de que salgáis los dos de palacio sin llamar la

atención de guardias ni de eunucos.»

Entonces Feliz-Bello entró en la galería, y en su turbación se equivocó

de camino; volvió á la derecha, y después á la izquierda por un pasillo

paralelo al otro, y penetró en la sexta habitación...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 246.ª NOCHE_

Ella dijo:

...en la sexta habitación.

Así llegó á una sala alta, coronada por una hermosa cúpula, y cuyas

paredes estaban adornadas con versículos en caracteres de oro que

corrían por todas partes, enlazados en mil líneas perfectas; las

paredes estaban tapizadas con seda de color rosa; las ventanas tamizadas

con finas cortinas de gasa, y el suelo cubierto con inmensas alfombras

del Khorasán y Cachemira; en los taburetes aparecían colocadas copas con

frutas, y encima de las alfombras se extendían fuentes cubiertas con un

paño protector, que dejaba adivinar, por sus formas y sus perfumes

admirables, esa famosa pastelería, delicia de las gargantas más

descontentadizas, y que sólo Damasco, entre todas las ciudades de

Oriente y del universo entero, sabía dotar de sus cualidades tan

exquisitas.

Y Feliz-Bello estaba muy lejos de figurarse lo que le reservaban en

aquella sala los poderes desconocidos.

En medio de la estancia había un trono cubierto de terciopelo, único

visible; y Feliz-Bello, sin atreverse á retroceder, por temor á que le

encontraran vagando por los corredores, fué á sentarse en el trono, y

aguardó su destino.

Apenas llevaba allí algunos momentos, cuando llegó á sus oídos un rumor

de seda repercutido por la bóveda, y vió entrar por una de las puertas

laterales á una joven de aspecto regio, sin más ropa que la interior,

sin velo en la cara ni pañuelo en la cabellera, y la seguía una esclava

muy bella, con los pies descalzos, que llevaba flores en la cabeza y en

la mano un laúd de madera de sicomoro. Y aquella dama no era otra que

Sett Zahia, hermana del Emir de los Creyentes.

El libro de las mil noches y una noche; t. 7 · 第 4 / 13 段