Durante algunos minutos el indio permaneció como atontado, dirigiendo

en torno suyo miradas de asombro, sin conocer la situación en que se

encontraba ni los objetos que le rodeaban.

John le examinaba con sumo cuidado, dispuesto a auxiliarle si llegaba a

necesitarlo de nuevo, pero no fue preciso. Poco a poco pareció que el

piel roja se reanimaba; sus ojos perdieron la expresión de extravío que

tenían. Se incorporó, y pasándose la mano por la frente bañada en frío

sudor, dijo:

--¿Ha concluido ya el combate?

--Sí, respondió John, porque nuestra derrota es completa. ¡Bonita idea

fue la que se nos ocurrió de apoderarnos de ese demonio!

--Según eso, ¿se ha escapado?

--Sí por cierto, y sin ninguna herida, después de dar muerte a diez

guerreros de los de V., por lo menos, y partir el cráneo hasta los

hombros a mi pobre compañero Sam.

--¡Oh! murmuró sordamente el indio, ¡eso no es un hombre, es el

espíritu del mal!

--Que sea lo que quiera, ¡voto al diablo! exclamó John enérgicamente,

yo no he de quedarme con la duda, porque espero que algún día he de

volver a encontrarme con ese demonio.

--¡Que el Wacondah libre a mi hermano de ese encuentro, porque el

demonio le mataría!

--Puede ser; por cierto que si no lo ha hecho hoy, no ha sido por culpa

suya; pero ¡que se ande con cuidado! Quizás algún día nos encontraremos

frente a frente, con armas iguales, y entonces...

--¿Qué le importan a él las armas? ¿No ha visto V. que nada pueden

hacerle y que su cuerpo es invulnerable?

--¡Eh! Es muy posible. Pero por ahora dejemos eso para cuidarnos de

asuntos que nos atañen más de cerca. ¿Cómo se encuentra V.?

--Mejor, mucho mejor, el remedio que me ha aplicado V. me ha hecho

mucho bien. Siento un bienestar indecible.

--Tanto mejor; ahora procure V. descansar dos o tres horas mientras yo

velo su sueño, y luego discurriremos los medios para salir del mal paso

en que nos hemos metido.

El piel roja se sonrió al oír estas palabras y dijo:

--El Zorro-Azul no es una vieja cobarde a quien un dolor de muelas o de

oídos le incapacita de moverse.

--Ya sé que es V. un guerrero valiente, jefe; pero la naturaleza tiene

sus límites de los cuales no puede pasar; y por grandes que sean el

valor y la voluntad de V., la hemorragia abundante que le ha ocasionado

su herida debe haberle reducido a una debilidad extremada.

--Doy gracias a mi hermano, esas palabras son las de un amigo; pero el

Zorro-Azul es un sachem en su nación, y solo la muerte debe dejarle

inmóvil. Juzgue mi hermano la debilidad del jefe.

El indio, al pronunciar estas palabras, hizo un esfuerzo supremo;

resistiéndose al dolor, con esa energía y ese desprecio al sufrimiento

que caracterizan a la raza roja, consiguió levantarse, y no solo se

mantuvo firme sobre sus pies, sino que anduvo algunos pasos sin auxilio

ajeno y sin que en su rostro se revelase la más leve emoción.

El americano le miraba con profunda admiración; él, que con justa razón

disfrutaba cierta nombradía de valiente, no podía imaginar que fuese

posible llevar tan lejos el triunfo de la fuerza moral sobre la fuerza

física.

El indio se sonrió con orgullo al leer en los ojos del americano la

sorpresa que le causaba su acción.

--¿Sigue creyendo mi hermano que el Zorro-Azul esté tan débil? le

preguntó.

--¡En verdad, jefe, que ya no sé qué pensar! Lo que le veo a V. hacer,

me confunde; me hallo dispuesto a suponerle capaz de ejecutar las cosas

más imposibles.

--Los jefes de mi nación son guerreros afamados que se ríen del dolor,

y para quienes no existe el sufrimiento, dijo el piel roja con orgullo.

--Me hallo inclinado a creerlo así, según el modo de proceder de V.

--Mi hermano es un hombre, me ha comprendido. Examinaremos juntos a los

guerreros tendidos en el suelo, y después pensaremos en nosotros.

--En cuanto a sus pobres compañeros, jefe, me veo obligado a confesarle

que ya no tenemos que cuidarnos de ellos, pues todo auxilio les sería

inútil: están muertos.

--¡Bueno! Han sucumbido noblemente peleando. El Wacondah les recibirá

en su seno y les hará cazar con él en las praderas bienaventuradas.

--¡Amén!

--Ahora, ante todo, terminemos el asunto de que habíamos comenzado a

hablar esta mañana y que fue interrumpido tan fortuitamente.

John Davis, no obstante su hábito de la vida del desierto, estaba

confundido al ver la sangre fría de aquel hombre que, habiéndose

librado milagrosamente de la muerte, sufriendo el dolor producido por

una herida espantosa, y haciendo apenas algunos minutos que había

recobrado el uso de sus facultades intelectuales, parecía que ya no

pensaba en lo que había ocurrido, no consideraba los sucesos de que

estuvo próximo a ser víctima sino como accidentes muy naturales de la

existencia que llevaba, y con la más entera libertad de ánimo proseguía

una conversación interrumpida por un combate terrible, tomándola

precisamente en el punto en que la había dejado. Era porque el

americano, no obstante lo mucho que hasta entonces había frecuentado el

trato de los pieles rojas, nunca se había tomado el trabajo de estudiar

seriamente su carácter, pues se hallaba persuadido, como la mayor

parte de los blancos, de que los indios son seres casi desprovistos

de inteligencia, y de que la vida que llevan les rebaja casi hasta

el nivel de los animales, mientras que, por el contrario, esa vida

de libertad y de riesgos incesantes hace que el peligro les sea tan

familiar que han llegado a despreciarle y a no concederle sino una

importancia muy secundaria.

--Corriente, dijo al cabo de un instante, puesto que V. lo desea, jefe,

le trasmitiré el mensaje que me han confiado.

--Siéntese mi hermano a mi lado.

El americano se sentó en el suelo junto al jefe, no sin cierta

preocupación por motivo del aislamiento en que se encontraba en aquel

campo de batalla sembrado de cadáveres; pero el indio parecía tan

sereno y tan tranquilo que a John Davis le dio vergüenza mostrar su

inquietud; y fingiendo una indiferencia que se hallaba muy lejos de su

corazón, tomó la palabra en estos términos:

--Soy enviado cerca de mi hermano por un gran guerrero de los rostros

pálidos.

--Le conozco: se llama el Jaguar. Su brazo es fuerte y su ojo brilla

como el del animal cuyo nombre lleva.

--Bien. El Jaguar desea enterrar el hacha entre sus guerreros y los de

mi hermano a fin de que la paz los reúna y que, en vez de pelear, unos

contra otros, persigan a los bisontes en los mismos territorios de caza

y se venguen de sus enemigos comunes. ¿Qué respuesta llevaré al Jaguar?

El indio permaneció silencioso durante mucho tiempo; al fin levantó la

cabeza y dijo:

--Abra mi hermano los oídos: un sachem va a hablar.

--Ya escucho, respondió el americano.

El jefe repuso:

--Las palabras que sopla mi pecho son sinceras, el Wacondah me las

inspira; los rostros pálidos, desde que fueron traídos por el genio

del mal en sus grandes _barcas-medicinas_ a las tierras de mis padres,

siempre han sido enemigos encarnizados de los hombres rojos, invadiendo

sus territorios de caza más ricos y fértiles, persiguiéndolos como

fieras en cuantas partes los encontraban, incendiando sus _callis_

(aldeas) y dispersando los huesos de sus antepasados a los cuatro

vientos del cielo. ¿No ha sido esa la conducta observada constantemente

por los rostros pálidos? Responda mi hermano.

--¡Eh! dijo el americano con cierto embarazo, no puedo negar, jefe,

que hay algo de verdad en lo que V. dice; sin embargo, no todos los

hombres de mi color se han portado mal con los pieles rojas; muchos

han procurado hacerles bien.

--¡Ooah! Dos o tres todo lo más; pero eso no hace sino probar lo que yo

digo. Vengamos ahora a la cuestión que nos proponemos discutir.

--Sí, creo que será lo mejor, respondió el americano muy contento

interiormente, por no tener que sostener una discusión en la que sabía

que no había de llevar la mejor parte.

--Mi nación aborrece a los rostros pálidos, repuso el jefe; el cóndor

no hace su nido con el _mawkawis_, y el oso gris no acompaña al

antílope; yo mismo profeso a los rostros pálidos un odio instintivo.

Así pues, esta mañana hubiera yo rechazado perentoriamente las

proposiciones del Jaguar: ¿qué nos importan a nosotros las guerras que

los rostros pálidos sostienen entre sí? Cuando los coyotes se devoran

unos a otros, los gamos se regocijan; es para nosotros una alegría el

ver a nuestros opresores destrozarse recíprocamente. En los momentos

presentes, aunque mi odio continúa igualmente vivo, debo encerrarlo

en el fondo de mi corazón. Mi hermano me ha salvado la vida, me ha

socorrido cuando yo me hallaba tendido en el suelo exánime y el genio

del mal se cernía sobre mi cabeza; la ingratitud es un vicio blanco,

el agradecimiento es una virtud roja. Desde hoy mismo queda enterrada

el hacha entre el Jaguar y el Zorro-Azul por el espacio de cinco lunas

consecutivas. Durante esas cinco lunas, los enemigos del Jaguar lo

serán también del Zorro-Azul; los dos jefes pelearán uno junto al otro

como dos hermanos queridos; dentro de tres soles, el sachem se reunirá

con el jefe pálido a la cabeza de quinientos guerreros afamados, cuyos

talones están adornados con numerosas colas de coyotes, y que forman la

parte más escogida de la nación. ¿Qué hará el Jaguar por el Zorro-Azul

y por sus guerreros?

--El Jaguar es un jefe generoso; si bien es terrible para con sus

enemigos, su mano está siempre abierta para sus amigos; cada guerrero

apache recibirá un rifle, cien cargas de pólvora y un cuchillo de

desollar cráneos. El sachem, además de estos regalos, recibirá dos

pieles de vicuña llenas de agua de fuego.

--¡Ooah! exclamó el jefe con marcada satisfacción, mi hermano ha

hablado bien, el Jaguar es un jefe generoso. He aquí mi _tótem_ en

señal de alianza, así como mi pluma de mando.

Al decir esto, el jefe sacó de su morral o saco de medicina, que

llevaba colgado de los hombros, un pedazo cuadrado de pergamino, en

el cual se veía toscamente trazado el _tótem_ o animal emblema de la

tribu, se lo entregó al americano, que lo guardó en seguida, y luego,

quitándose la pluma de águila hincada en su moño de guerra, se la dio

también.

--Doy gracias a mi hermano el sachem, dijo entonces John Davis, porque

ha accedido a mi proposición, y no se arrepentirá de haberlo hecho.

--Un jefe ha dado su palabra. Pero ya prolonga el sol las sombras de

los árboles; el mawkawis hará resonar muy pronto su canto de la noche;

ha llegado la hora de tributar los últimos honores a los guerreros que

han muerto, y de separarnos para ir a incorporarnos con nuestros amigos

respectivos.

--A pie, según estamos, me parece que eso será bastante difícil,

observó John.

El indio se sonrió y dijo:

--Los guerreros del Zorro-Azul velan por él.

En efecto, apenas hubo hecho el jefe por dos veces una seña particular,

cuando unos cincuenta guerreros apaches invadieron la explanada y

fueron a formarse silenciosos en torno suyo.

Los fugitivos que consiguieron librarse del temible brazo del

Desollador-Blanco tardaron muy poco en reunirse; regresaron al

campamento y dieron a sus compañeros la noticia de la derrota

sufrida; entonces se envió un destacamento de jinetes, mandado por un

jefe subalterno, a buscar al sachem; pero estos jinetes, viendo al

Zorro-Azul en conferencia con un rostro pálido, permanecieron en la

espesura aguardando con paciencia a que quisiese llamarlos.

El sachem mandó enterrar los muertos. Entonces comenzó la ceremonia de

los funerales, ceremonia que las circunstancias exigían se apresurase

algún tanto.

Los cadáveres fueron lavados cuidadosamente y envueltos en mantos

nuevos de piel de bisonte; en seguida se los colocó sentados en unas

zanjas abiertas para cada uno de ellos, con sus armas, los frenos de

sus caballos y víveres, a fin de que de nada careciesen durante su

viaje hasta las praderas bienaventuradas, y que cuando llegasen junto

al Wacondah, pudiesen inmediatamente montar a caballo y cazar.

Cuando se hubieron verificado estas diferentes ceremonias, se llenaron

las zanjas y encima se colocaron piedras voluminosas para que las

fieras no pudiesen desenterrar los cadáveres y devorarlos.

El sol se hallaba próximo a desaparecer en el horizonte cuando los

Apaches concluyeron por fin de tributar los últimos honores a sus

hermanos. El Zorro-Azul se acercó entonces al cazador, que hasta aquel

momento había permanecido como espectador, si no indiferente, al menos

impasible, de la ceremonia, y le dijo:

--¿Va a volver mi hermano junto a los guerreros de su nación?

--Sí, respondió lacónicamente el americano.

--El rostro pálido ha perdido su caballo: que monte en el _mustang_ que

le ofrece el Zorro-Azul, y antes de dos horas se hallará de regreso

entre los suyos.

John Davis aceptó con gratitud el regalo que tan generosamente le

ofrecían, montó en seguida a caballo, y después de despedirse de los

indios, se separó de ellos y se alejó con rapidez.

Los Apaches, por su parte, a una señal del jefe se internaron en el

bosque, y la explanada en que habían acontecido tan terribles sucesos

volvió a quedar sumida en la soledad y en el silencio.

XXV.

UNA EXPLICACIÓN.

El Jaguar, como todos los hombres cuya existencia trascurre en su mayor

parte en el desierto, se hallaba dotado de una prudencia excesiva unida

a una circunspección extremada.

Aunque era muy joven todavía, su vida se había hallado mezclada con tan

singulares peripecias, había sido actor en escenas tan extraordinarias

que desde muy temprano se había acostumbrado a encerrar sus emociones

en su corazón y a conservar en su semblante, viera o experimentara lo

que quisiera, esa impasibilidad marmórea que caracteriza a los indios,

y que estos han convertido en una arma temible contra sus enemigos.

Al oír resonar de improviso en su oído la voz de Tranquilo, el joven

sintió que un estremecimiento interior agitaba todo su cuerpo, frunció

el entrecejo, y se preguntó a sí mismo mentalmente cómo sería que el

cazador le iba a perseguir así hasta en su campamento, y qué razón

bastante poderosa le impulsaría a obrar en tal manera, tanto más

cuanto que sus relaciones con el canadiense, sujetas a frecuentes

intermitencias, se hallaban en aquel momento en términos, si no del

todo hostiles, al menos muy lejos de ser amistosos.

Sin embargo, el Jaguar, en cuyo corazón el sentimiento del honor

hablaba siempre muy alto, y a quien el paso dado para con él por un

hombre del valor de Tranquilo halagaba mucho más de lo que aparentaba,

ocultó la preocupación que le agitaba, y se adelantó presuroso y con la

sonrisa en los labios al encuentro del cazador.

Éste no iba solo: le acompañaba Corazón Leal.

El aspecto del canadiense, sin ser altanero, era reservado; sus modales

eran fríos y su semblante estaba velado por una nube de tristeza.

--Sea V. muy bienvenido en mi campamento, cazador, le dijo

amistosamente el Jaguar tendiéndole la mano.

--Gracias, respondió lacónicamente el canadiense sin tocar la mano que

le presentaban.

--Me alegro mucho de ver a V., repuso el joven sin formalizarse. ¿Qué

casualidad le ha traído hacia esta parte?

--Mi compañero y yo estamos de caza hace mucho tiempo; nos abruma el

cansancio; el humo del campamento de V. nos ha atraído aquí.

El Jaguar fingió creer que aceptaba aquella derrota torpemente

imaginada por un hombre que se lisonjeaba con razón de ser uno de los

cazadores más robustos del desierto.

--Venga V., pues, a ocupar un puesto junto al fuego de mi tienda, y

sírvase considerar como suyo cuanto hay aquí, obrando en consecuencia.

El canadiense se inclinó sin responder, y con Corazón Leal siguió al

Jaguar, que les precedía y guiaba por las revueltas del campamento.

Cuando hubieron llegado junto a la hoguera, el joven echó en ella

algunos brazados de leña seca, los cazadores se sentaron sobre unos

cráneos de bisonte colocados allí a manera de escaños, y luego, sin

romper el silencio, llenaron sus pipas y se pusieron a fumar.

El Jaguar les imitó.

Los blancos que recorren las praderas y cuya vida trascurre cazando por

aquellas vastas soledades, han contraído, casi sin apercibirse de ello,

la mayor parte de los hábitos y costumbres de los pieles rojas, con

quienes de continuo les ponen en contacto las exigencias de su posición.

Hay una cosa digna denotarse, y es la tendencia que tienen los hombres

civilizados a volver a la vida salvaje, la facilidad con que los

cazadores, nacidos en su mayor parte en grandes centros de población,

olvidan sus cómodos hábitos, abandonan las costumbres de las ciudades y

renuncian a los usos con arreglo a los cuales se han manejado durante

la primera parte de su vida, para adoptar los usos y aún las costumbres

de los pieles rojas.

Muchos de los cazadores llevan tan lejos esta especie de manía que la

mayor lisonja que se les puede hacer es fingir que se les toma por

guerreros indios.

Debemos confesar que, en contraposición de esto, los pieles rojas no

desean en manera alguna nuestra civilización, de la cual se cuidan muy

poco, y que aquellos a quienes, la casualidad o algún motivo comercial

conducen a las ciudades populosas como Nueva York o Nueva Orleans,

lejos de mostrarse maravillados por lo que ven, dirigen en torno suyo

miradas de compasión, sin comprender que haya hombres que consientan

gustosos en encerrarse en una especie de jaulas ahumadas que denominan

casas, y en gastar su vida en trabajos ingratos, en vez de irse a vivir

al aire libre en soledades extensas, cazando los bisontes, los osos y

los jaguares bajo la mirada de Dios.

¿Se equivocan por completo los salvajes al pensar así?

¿Es falso su raciocinio?

No lo creemos.

La vida del desierto, para el hombre cuyo corazón está todavía

bastante abierto para comprender sus conmovedoras peripecias, tiene

encantos embriagadores que solo allí se sienten, y que la existencia

matemáticamente sujeta de las ciudades no puede hacer olvidar en manera

alguna si se llega a disfrutarlos una sola vez.

Con arreglo a los principios de la etiqueta india, muy estricta en

materias de urbanidad, ninguna pregunta debe dirigirse a los forasteros

que se sientan en el hogar del campamento mientras no entablan ellos

mismos la conversación.

Bajo la choza del indio, un huésped es considerado como si le enviase

el Gran Espíritu; es sagrado para aquél a quien visita durante todo el

tiempo que guste permanecer junto a él, aún cuando fuese su enemigo

mortal.

El Jaguar, muy enterado de las costumbres de los pieles rojas,

permaneció sentado silenciosamente junto a sus huéspedes, fumando,

reflexionando y aguardando con paciencia a que tuviesen a bien hacer

uso de la palabra.

Por fin, después de un espacio de tiempo bastante largo, Tranquilo

sacudió sobre la uña del dedo pulgar de su mano derecha la ceniza de su

pipa, y volviéndose hacia el joven, le dijo:

--No me aguardaba V., ¿verdad?

--En efecto, respondió el Jaguar. Sin embargo, crea que su visita, no

por ser inesperada, me es menos agradable.

El cazador arqueó los labios de una manera singular, y contestando más

bien a su pensamiento que a las palabras del Jaguar, murmuró:

--¿Quién sabe? Quizás sí y quizás no. El corazón del hombre es un libro

indescifrable, en el cual solo los locos son los que creen que pueden

leer.

--No sucede así con el mío, cazador: le conoce V. lo bastante para

saberlo.

El canadiense movió la cabeza y repuso:

--Es V. joven todavía; ese corazón de que me habla, hasta para V. mismo

es desconocido: en el corto periodo de existencia que hasta hoy cuenta,

el viento de las pasiones no ha soplado todavía sobre V., y no le ha

doblegado bajo su presión potente. Para responder con esa seguridad,

aguarde V. a haber amado y sufrido; entonces, si ha sostenido V.

valerosamente el choque, si ha resistido al huracán de la juventud, le

será lícito llevar erguida la frente.

Estas palabras fueron pronunciadas con acento severo; pero, sin

embargo, no revelaban la más leve amargura.

--Se muestra V. duro hoy para conmigo, Tranquilo, respondió el joven

con tristeza. ¿En qué puedo haber desmerecido a los ojos de V.? ¿Qué

acto reprensible he cometido?

--Ninguno, al menos me complazco en creerlo así; pero temo que muy

pronto...

Se detuvo y movió dolorosamente la cabeza.

--¡Acabe V.! exclamó el Jaguar con vehemencia.

--¿Para qué? repuso Tranquilo. ¿Quién soy yo para imponer a V. una

moral que sin duda despreciaría, y unos consejos que serían mal

recibidos? Más vale guardar silencio.

--¡Tranquilo! respondió el joven con una emoción que no alcanzó a

dominar, hace mucho tiempo que nos conocemos, y sabe V. la estimación

y el respeto que le profeso; ¡hable V.! Sea lo que quiera lo que tenga

V. que decir, por rudas que sean las reconvenciones que me dirija, ¡le

juro a V. que le escucharé!

--¡Bah! Olvide V. lo que he dicho; he hecho mal en quererme mezclar en

sus asuntos. En la pradera cada cual debe pensar tan solo en sí, y por

lo tanto no hablemos más de ello.

El Jaguar le dirigió una mirada profunda, y respondió:

--¡Corriente! No hablemos más de ello.

Se levantó y dio algunos paseos con suma agitación; luego, volviendo

bruscamente junto al cazador, le dijo:

--Dispénseme V. si no he pensado todavía en ofrecerle algún refresco;

pero he aquí la hora del desayuno, y espero que V. y su compañero me

harán el favor de compartir mi frugal almuerzo.

Y el Jaguar, mientras hablaba así, fijaba en el canadiense una mirada

de singular expresión. Tranquilo vaciló un momento y al fin dijo:

--Esta mañana, al salir el sol, almorzamos mi compañero y yo algunos

minutos antes de entrar en el campamento de V.

--¡Estaba seguro de ello! exclamó el joven con vehemencia. ¡Oh! ¡Oh!

Ahora se han disipado ya mis dudas, cazador: ¡rehúsa V. aceptar el agua

y la sal en mi hogar!

--¡Yo! Se equivoca V...

--¡Oh! repuso el Jaguar interrumpiéndole con violencia, nada de

negativas, Tranquilo; no busque V. pretextos indignos de V. y de mí;

¡Cuerpo de Cristo! Es V. un hombre demasiado leal y sincero para no ser

franco. Lo mismo que yo conoce V. la ley de las praderas: no se rompe

el ayuno con un enemigo. Ahora, si le queda a V. en el fondo del alma

un solo y mínimo resto de esos sentimientos de benevolencia que tuvo V.

hacia mí en otra época, explíquese claramente sin ambages ni rodeos,

¡lo exijo!

El canadiense pareció que reflexionaba durante algunos instantes, y

luego exclamó de improviso con resolución:

--A la verdad, tiene V. razón, Jaguar; más vale explicarnos como

francos cazadores, que andar en raterías el uno con el otro como los

pieles rojas, y luego ningún hombre es infalible: puedo engañarme lo

mismo que cualquier otro, y bien sabe Dios que quisiera sucediese así.

--Le escucho a V., y le juro por mi honor que si las reconvenciones que

V. me dirige son fundadas, lo confesaré.

--Bueno, dijo el cazador con tono más amistoso del que hasta entonces

había empleado, habla V. como un hombre; pero acaso preferiría V. que

nuestra conversación fuese reservada, añadió señalando a Corazón Leal,

quien por discreción hacía el ademán de retirarse.

--Al contrario, respondió el Jaguar con viveza, ese cazador es amigo de

V., espero que muy pronto lo será mío, y nada quiero tener oculto para

él.

--Por mi parte, dijo Corazón Leal inclinándose, deseo ardientemente que

la ligera nube que se ha interpuesto entre V. y Tranquilo se disipe

cual el leve vapor que impulsa a lo lejos la brisa de la mañana, a fin

de que así nos conozcamos mejor, y puesto que V. lo quiere, asistiré a

la conferencia.

--Gracias, caballero. Ahora hable V., Tranquilo; estoy dispuesto a

escuchar los cargos que, según dice, tiene que formular contra mí.

--Desgraciadamente, dijo Tranquilo, la vida singular que V. lleva desde

su llegada a estas regiones se presta en sumo grado a las suposiciones

más desfavorables; ha alistado V. bajo sus órdenes a una turba de

gentes de mal vivir, merodeadores de fronteras, desterrados de la

sociedad y que viven completamente fuera de la ley común de los pueblos

civilizados.

--¿Pues qué, nosotros, hombres de los desiertos, habitantes de los

bosques y cazadores de las fronteras, estamos obligados a sujetarnos a

todas las mezquinas exigencias de las ciudades?

Los Merodeadores de Fronteras · 第 16 / 20 段