Si en vez de referir una historia verídica, inventásemos una novela,

de seguro nos guardaríamos muy bien de introducir en nuestro relato

personajes como el que en este momento nos ocupa; desgraciadamente nos

vemos obligados a seguir la línea que ya de antemano se halla trazada

ante nosotros, y a describir a nuestros personajes tales como son,

tales como han existido y como todavía existen en su mayor parte.

Algunos años antes de la época en que comienza la primera parte de esta

narración, comenzó a circular casi súbitamente un rumor que al pronto

fue sordo, pero que muy luego adquirió cierta consistencia y grande

notoriedad en los vastos desiertos de Tejas, helando de espanto a los

indios bravos y a los aventureros de diferentes clases que recorren en

todos sentidos aquellas soledades inmensas.

Decíase que un hombre que tenía la apariencia de un blanco recorría

hacía algún tiempo el desierto en persecución de los pieles rojas, a

quienes parecía que había declarado una guerra encarnizada; acerca de

aquel hombre que, según decían, caminaba siempre solo, se referían

actos de una crueldad horrible y de una audacia inaudita. Dondequiera

que encontraba a los indios, fuera el que quisiese su número, los

atascaba; a los que caían en sus manos les desollaba el cráneo, les

arrancaba el corazón del pecho, y a fin de que se conociese que habían

sucumbido bajo sus golpes, aquel hombre les hacía sobre el estómago

una gran incisión en forma de cruz. Algunas veces, atravesando el

desierto en toda su extensión, aquel enemigo implacable de la raza roja

se deslizaba dentro de las aldeas, las incendiaba durante la noche

cuando cada cual se hallaba entregado al sueño, y entonces hacía una

matanza espantosa asesinando a cuantos encontraba: mujeres, niños,

ancianos, nadie quedaba exceptuado.

No era solo a los indios a quienes aquel sombrío enderezador

de entuertos perseguía con odio implacable; los mestizos y los

cuarterones, los contrabandistas, los piratas, en fin todos esos

atrevidos merodeadores de las fronteras acostumbrados a vivir a costa

de la sociedad, tenían que arreglar con él una estrecha cuenta, solo

que a éstos no les desollaba el cráneo: se contentaba con atarlos

sólidamente a un árbol, en donde los condenaba a morirse de hambre y a

ser presa de las fieras.

Durante los primeros años, los aventureros y los pieles rojas,

impulsados por el sentimiento de un peligro común, se coaligaron

varias veces para concluir con aquel enemigo feroz, apoderarse de él

e imponerle la pena del talión; pero aquel hombre parecía que estaba

protegido por un encanto que le hacía librarse de cuantos lazos se le

tendían, y adivinar cuantas emboscadas se le preparaban. Era imposible

alcanzarle: sus movimientos eran tan rápidos e imprevistos, que con

frecuencia aparecía a una distancia considerable del sitio en que se

le aguardaba, y en cuyas cercanías se le había visto poco antes. Al

decir de los indios y de los aventureros, era invulnerable, y su pecho

rechazaba las balas y las flechas; aquel hombre, merced a la continua

fortuna que protegía todas sus empresas, llegó a ser muy luego un

objeto de universal terror en la pradera. Sus enemigos, convencidos

de que cuanto intentasen contra él sería inútil, renunciaron a una

lucha que juzgaron se dirigía contra un poder superior; circularon

acerca de él las leyendas más singulares; cada cual le temió como un

ser maléfico; los indios le denominaron _Kiéin-Stomann_, es decir, el

Desollador-Blanco, y los aventureros le designaron con el epíteto de

_Sin Piedad._

Como se ve, estos dos nombres habían sido aplicados con razón a aquel

hombre para quien el asesinato y la carnicería parecía que eran el goce

supremo; tanto era el placer que experimentaba al sentir a sus víctimas

palpitar bajo su mano teñida en sangre y al arrancarles el corazón

del pecho. Por eso, su solo nombre pronunciado en voz baja helaba de

espanto a los más valientes.

Pero ¿quién era aquel hombre?

¿De dónde procedía?

¿Qué catástrofe espantosa le había lanzado al horrible género de vida

que llevaba?

Nadie había podido responder a estas preguntas. Aquel individuo era un

enigma aterrador que nadie podía descifrar.

¿Era por ventura una de esas organizaciones monstruosas que, bajo la

exterioridad de un hombre, encierran un corazón de tigre?

¿Era más bien un alma ulcerada por alguna desgracia terrible y cuyas

facultades todas se hallaban tendidas hacia un solo objeto, él de la

venganza?

Estas dos hipótesis eran tan posibles la una como la otra, y aún acaso

ambas eran ciertas.

Sin embargo, como toda medalla tiene su reverso, y el hombre nunca es

completo para el bien ni para el mal, aquel individuo tenía algunas

veces ciertas ráfagas, no de compasión, sino quizás de cansancio,

momentos en que la sangre le subía a la garganta, le ahogaba y le hacía

ser un poco menos cruel, un poco menos implacable, casi humano en

una palabra; pero aquellos momentos eran breves, aquellos _accesos_,

según él mismo los llamaba, muy escasos: casi al momento prevalecía su

naturaleza, y entonces se tornaba tanto más terrible cuanto más próximo

se había hallado a enternecerse.

He aquí cuanto se sabía acerca de aquel individuo en el momento en

que le hemos puesto en escena de un modo tan singular; el auxilio que

había prestado al fraile era tan ajeno a todos sus hábitos que por

fuerza debía hallarse entonces en uno de sus mejores accesos para haber

consentido, no solo en prodigar cuidados tan solícitos a uno de sus

semejantes, sino también en perder tanto tiempo escuchando sus ruegos y

lamentaciones.

Para concluir los datos que debemos dar acerca de tal personaje,

añadiremos que nadie sabía si tenía una residencia habitual; que no

se le conocía ninguna afección, ningún partidario; que siempre se le

había visto solo, y que en los diez años, que hacía estaba recorriendo

el desierto en todas direcciones, su fisonomía no había sufrido

alteración alguna: siempre había tenido la misma apariencia de vejez y

de fuerza; siempre la barba igualmente larga y blanca, y la cara llena

de arrugas.

Según dijimos, el Desollador-Blanco se había lanzado a los matorrales

con el fin de descubrir quien hizo aquella señal que le dio la alarma;

sus pesquisas fueron minuciosas, pero no obtuvieron más resultado

que el de hacerle descubrir que no se había equivocado, y que, en

efecto, un espía oculto en la espesura había visto cuanto pasaba en la

explanada y oído cuanto en ella se decía.

El Zorro-Azul, después de haber llamado a sus compañeros, se había

echado hacia atrás con prudencia y viveza, convencido de que, a pesar

de todo su valor, si caía en manos del Desollador-Blanco, era hombre

perdido.

El Desollador se volvió muy pensativo junto al fraile, cuya oración

duraba todavía y adquiría tales dimensiones que amenazaba con llegar a

ser interminable.

El Desollador miró un momento al fraile, mientras que una sonrisa

irónica vagaba por sus pálidos labios; en seguida, aplicándole un

vigoroso culatazo entre los dos hombros, le dijo rudamente:

--¡Arriba!

El fraile cayó sobre las manos y permaneció inmóvil: creyendo que el

otro tenía intención de asesinarle, se resignaba con su suerte, y

aguardaba el golpe de gracia que, en concepto suyo, no debía tardar en

recibir.

--¡Vamos, arriba, fraile del diablo! repuso el Desollador; ¿no has

mascullado bastante tus oraciones?

Fray Antonio levantó muy despacio la cabeza: comenzaba a vislumbrar

alguna esperanza.

--Perdone V., respondió, he concluido; ahora estoy a sus órdenes: ¿qué

desea V. de mí?

Y en seguida se puso de pie como impulsado por un resorte, tanto

adivinó por la expresión sombría de la mirada de su interlocutor que

una derrota, por buena que fuese, no sería admitida.

--Está bien, tuno: me parece que eres tan diestro para disparar un

tiro como para decir una oración; carga tu rifle, porque ha llegado el

momento de batirte como un hombre, si no quieres ser muerto como un

perro.

El fraile dirigió una mirada de terror en torno suyo y dijo vacilando:

--¡Señor! ¿Con que me es preciso batirme?

--Sí, a menos que no tengas empeño en conservar intacta tu piel, en

cuyo caso puedes quedarte quieto.

--Pero acaso haya algún otro medio...

--¿Cuál?

--La fuga, por ejemplo, dijo el fraile con tono insinuante.

--Prueba ese medio, dijo el otro con tono burlón.

El fraile, alentado por esta semi-concesión, continuó diciendo con un

poco más de atrevimiento:

--Tiene V. un caballo hermoso.

--¿Verdad que sí?

--¡Magnífico! repuso fray Antonio extasiándose.

--Sí, y no te pesaría que yo te dejase montar en él a fin de huir más

pronto, ¿verdad?

--¡Oh! No lo crea V., dijo el fraile con un gesto negativo.

--¡Basta! repuso el Desollador interrumpiéndole con rudeza; piensa en

ti que tus enemigos llegan.

De un salto se puso en la silla, hizo dar una vuelta a su caballo y se

emboscó detrás del tronco enorme de un roble.

Fray Antonio, estimulado por la aproximación del peligro, cogió con

viveza su rifle y se colocó también detrás del árbol.

En el mismo instante se oyó en los matorrales un crujido muy fuerte, se

apartaron las ramas y aparecieron unos quince hombres: eran guerreros

apaches, y en medio de ellos se hallaban el Zorro-Azul, John Davis y su

compañero.

El Zorro-Azul, aunque nunca se había encontrado frente a frente con

el Desollador-Blanco, había oído hablar de él muchas veces, tanto a

los indios como a los cazadores. Por eso cuando le oyó pronunciar su

nombre, una angustia inexplicable le oprimió el corazón recordando

todas las crueldades de que sus hermanos habían sido víctimas por parte

de aquel hombre, y se le ocurrió el pensamiento de apoderarse de él.

Se apresuró a hacer la señal convenida con los cazadores, y lanzándose

por entre los jarales con esa velocidad singular que caracteriza a los

indios, fue al sitio que le aguardaban sus guerreros y les mandó que

le siguiesen; al volver atrás encontró a los dos cazadores, quienes

habían oído su señal y acudían a auxiliarle.

En breves palabras les enteró el Zorro-Azul de lo que pasaba: para ser

verídicos nos vemos obligados a confesar que esta confidencia, lejos de

excitar el ánimo de los guerreros y los cazadores, calmó de una manera

singular su ardor, revelándoles que iban a exponerse a un peligro

terrible luchando con un hombre tanto más de temer cuanto que ninguna

arma podía herirle, y que los que hasta entonces se habían atrevido a

atacarle, habían sido víctimas de su temeridad.

Sin embargo, era demasiado tarde para retroceder, ya no había

posibilidad de fugarse, y los guerreros, aunque de mala gana, se

decidieron a avanzar.

En cuanto a los dos cazadores, si bien no compartían por completo

la ciega credulidad y los temores supersticiosos de sus compañeros,

aquella lucha estaba muy lejos de agradarles. Sin embargo, contenidos

por la vergüenza de abandonar a unos hombres a quienes se juzgaban muy

superiores en inteligencia y aún en valor, se decidieron a seguirlos.

--¡Señor! exclamó el fraile con voz lamentable cuando vio aparecer a

los indios, ¡no me abandone V.!

--No, si no te abandonas a ti mismo, perillán, respondió el Desollador.

Los apaches, cuando hubieron llegado al lindero del bosque, siguiendo

su táctica habitual se guarecieron detrás de los troncos de los

árboles, y tan bien lo hicieron que aquella explanada angosta en

la que tantos hombres se disponían a empeñar un combate encarnizado

parecía que se hallaba completamente desierto.

Hubo un momento de silencio y de vacilación.

El Desollador se decidió a ser el primero en hacer uso de la palabra y

gritó:

--¡Eh! ¿Qué quieren VV. aquí?

El Zorro-Azul iba a contestar, pero John Davis se lo impidió,

diciéndole:

--Déjeme V. a mí.

Separándose entonces del tronco del árbol que le guarecía, se adelantó

resueltamente algunos pasos, y parándose hacia el centro de la

explanada, dijo en voz alta y firme:

--¿Dónde está V., él que habla? ¿Teme V. darse a luz?

--Yo no temo nada, respondió el Desollador.

--Entonces déjese V. ver para que le conozcan, repuso John en tono de

zumba.

El Desollador, tan luego como se vio interpelado de este modo, hizo

saltar a su caballo y fue a parar a dos pasos del cazador, diciendo,

--Heme aquí: ¿qué me quiere V.?

Davis había dejado llegar el caballo sin hacer ningún movimiento para

huir de él, y dijo.

--¡Eh! Tenía ganas de ver a V.

--¿Es eso todo lo que tenía V. que decirme? repuso el otro con tono

brusco.

--¡Vamos! ¡Mucha prisa tiene V., que diablo! Déjenos siquiera tiempo

suficiente para tomar resuello.

--Basta de chanzas que podrían costarle a V. caras; dígame en seguida

cuáles son sus proposiciones, pues no tengo tiempo que perder en vanas

palabras.

--¡Eh! ¿Cómo diablos sabe V. si tengo que hacerle proposiciones?

--A no ser por eso, ¿estaría V. aquí?

--¿Y esas proposiciones, sin duda las conocerá V.?

--Es muy posible.

--Entonces ¿qué respuesta me da V.?

--Ninguna.

--¿Cómo, ninguna?

--Prefiero pelear con VV.

--¡Oh! ¡Oh! ¡Rudo trabajo es el que se prepara V. ahí! ¿Sabe V. que

somos dieciocho?

--Me importa muy poco el número. Aunque fuesen VV. ciento me batiría lo

mismo.

--¡Vive Dios! Por lo singular del hecho me gustaría ver ese combate de

un hombre solo contra veinte.

--No será muy largo.

Y al decir el Desollador estas palabras, hizo que su caballo

retrocediese algunos pasos.

--Aguarde V. un momento, ¡qué diablo! dijo el cazador con viveza,

déjeme V. decirle una palabra.

--Dígala V.

--¿Quiere V. rendirse?

--¿Cómo? ¿Qué es eso?

--Le pregunto a V si quiere rendirse.

--¡Vamos! ¡Está V. loco! repuso el Desollador con acento burlón.

Rendirme, ¡yo! V. será quien pedirá cuartel muy pronto.

--No lo creo, ¡vive Cristo! Aún cuando hubiese V. de matarme.

--Vamos, vuélvase V. pronto a su escondite, dijo el Desollador

encogiéndose de hombros; no quiero matarle a V. sin defensa.

--Pues Señor, tanto peor para V., dijo el cazador; le he advertido

lealmente, y ahora me lavo las manos, salga V. de su apuro como pueda.

--Gracias, repuso enérgicamente el Desollador, pero aún no me encuentro

en el extremo de apuro que V. supone.

John Davis se contentó con encogerse de hombros sin dar más respuesta,

y se volvió a guarecer detrás del árbol, caminando con lento paso y

silbando el _Yankee Doodle._

El Desollador no le había imitado: aunque sabía por demás que numerosos

enemigos le rodeaban y vigilaban sus movimientos, permaneció inmóvil y

firme en medio de la explanada.

--¡Hola! gritó con voz burlona, valerosos Apaches que os ocultáis como

conejos en las madrigueras, ¿será preciso que vaya yo a buscaros para

decidiros a daros a luz? Vamos, venid, si no queréis que crea que sois

unas viejas charlatanas y cobardes.

Estas palabras insultantes llevaron a su colmo la exasperación de los

guerreros Apaches, quienes respondieron con un prolongado grito de

furor.

--¿Dejarán mis hermanos por más tiempo que un solo hombre se esté

burlando de nosotros? exclamó el Zorro-Azul. Nuestra cobardía

constituye su fuerza. Precipitémonos con la rapidez del huracán sobre

ese genio del mal: no podrá resistir al choque de tantos guerreros

afamados. ¡Adelante, hermanos! ¡Adelante! Sea nuestro el honor de haber

vencido al enemigo implacable de nuestra raza.

Y el valiente jefe, lanzando su grito de guerra que fue repetido

por sus compañeros, se precipitó hacia el Desollador blandiendo

resueltamente su rifle por encima de su cabeza; todos los guerreros le

siguieron.

El Desollador les aguardó sin cejar, pero tan luego como los vio a su

alcance, recogiendo las riendas y oprimiendo las rodillas hizo saltar

al noble animal en medio de los indios, y cogiendo su rifle por el

cañón y sirviéndose de él como de una maza, comenzó a pegar a derecha e

izquierda con un vigor y una rapidez que tenían algo de sobrenatural.

Entonces comenzó una pelea espantosa; los indios se encarnizaban contra

aquel hombre que, como jinete hábil, hacía dar a su caballo las vueltas

y los giros más imprevistos, y por la rapidez de sus movimientos

impedía que agarrasen la brida y le parasen.

Los dos cazadores aguardaron al pronto con el arma descansada,

convencidos de que era imposible que un solo hombre pudiese, no ya

luchar, sino tan siquiera resistir dos minutos a unos enemigos tan

numerosos y tan valientes; pero muy luego conocieron con suma sorpresa

que se habían equivocado: ya varios indios yacían tendidos en el suelo

con el cráneo partido por la terrible maza del Desollador, que no

desperdiciaba un solo golpe.

Los cazadores comenzaron entonces a variar de opinión acerca del

resultado de la lucha y quisieron acudir al auxilio de sus compañeros;

pero sus rifles les eran inútiles en el continuo movimiento del

combate cuyo terreno variaba a cada instante, sus balas hubieran

podido equivocarse fácilmente y herir a un amigo en vez del enemigo a

quien querían derribar; entonces tiraron sus rifles, desenvainaron sus

cuchillos y se lanzaron al auxilio de los Apaches, que comenzaban a

flaquear.

El Zorro-Azul, peligrosamente herido, estaba tendido en el suelo sin

sentido; los guerreros que aún se hallaban sanos comenzaban a pensar en

la retirada y a dirigir miradas ansiosas detrás de sí.

El Desollador seguía batiéndose con la misma furia, burlándose de sus

enemigos e insultándolos; su brazo se levantaba y se bajaba sin cesar.

--¡Ah! ¡Ah! exclamó al ver a los dos cazadores, ¿quieren VV. su parte?

¡Vengan, vengan acá!

Éstos no se lo hicieron repetir y se precipitaron ciegos sobre él; pero

en mala hora lo hicieron: John Davis recibió un golpe con el pecho del

caballo que le hizo ir rodando por el suelo a más de veinte pasos de

distancia, donde quedó tendido; en el mismo instante su compañero caía

con el cráneo roto y expiraba sin proferir ni una queja.

Esta última peripecia dio el golpe de gracia a los indios, que,

no pudiendo resistir ya el espanto que les inspiraba aquel hombre

extraordinario, comenzaron a huir en todas direcciones lanzando

aullidos de terror.

El Desollador dirigió a la ensangrentada plazoleta, en la que había

unos diez cuerpos tendidos, una mirada de triunfo y de odio satisfecho,

y lanzando su caballo hacia adelante alcanzó a uno de los fugitivos,

le levantó agarrándole por la cabellera, se le puso atravesado sobre

el arzón de su silla, y desapareció en el bosque profiriendo un grito

horrible.

Ya no quedaban en la plazoleta del bosque más que diez o doce cuerpos

tendidos en el suelo, de ellos solo dos o tres vivían aún, y los demás

no eran sino cadáveres.

También esta vez el Desollador-Blanco se había abierto paso de una

manera sangrienta.

En cuanto a fray Antonio, tan luego como vio empeñado el combate juzgó

inútil aguardar su resultado; aprovechó juiciosamente la ocasión, y

deslizándose con suavidad de árbol en árbol, llevó a cabo una retirada

muy bien entendida y huyó.

XXIV.

DESPUÉS DEL COMBATE.

Durante cerca de media hora, un silencio mortal reinó en la explanada

que, a consecuencia del combate que hemos descrito en el capítulo

anterior, ofrecía el aspecto más triste y lúgubre que puede imaginarse.

Sin embargo, John Davis, que en realidad no había recibido herida

alguna, puesto que su caída fue ocasionada tan solo por el choque del

poderoso caballo del Desollador, abrió los ojos y dirigió en torno suyo

una mirada sorprendida; la caída había sido bastante violenta para

causarle graves contusiones y sepultarle en un desmayo profundo; por

eso el americano, al volver en sí, muy aturdido todavía, no recordó en

el primer momento nada de lo que había pasado, y se puso a reflexionar

muy seriamente cómo, era que se hallaba en aquella postura singular.

Sin embargo, poco a poco se fueron aclarando sus ideas y se acordó

de aquella lucha extraordinaria y desproporcionada de un hombre solo

contra veinte, lucha de la cual salió victorioso el Desollador después

de haber muerto o puesto en fuga a sus agresores.

--¡Eh! murmuró, quien quiera que sea ese individuo, hombre o demonio,

¡vive Dios que es un mozo muy templado!

Se levantó con alguna dificultad, tentándose con cuidado sus miembros

doloridos; luego, cuando se hubo cerciorado de que no tenía lesión

alguna, repuso con evidente satisfacción:

--A Dios gracias, he salido mejor de lo que me hubiera atrevido a

suponer después de la manera en que fui derribado.

En seguida, dirigiendo una mirada de compasión a su compañero tendido

cerca de él, añadió:

--¡Ese pobre Sam no ha sido tan feliz como yo! Han concluido sus

correrías. ¡Qué rudo golpe ha recibido! ¡Bah! exclamó con esa filosofía

egoísta del desierto, todos somos mortales y a cada cual le toca su

vez. Hoy él, mañana yo; así va el mundo.

Entonces, apoyado en su rifle, porque todavía le costaba algún

trabajo moverse, anduvo algunos pasos por la explanada, tanto para

desentumecer sus miembros, como para cerciorarse, por medio de una

experiencia postrera, de que se hallaba en buen estado.

Al cabo de algunos momentos de un ejercicio que restableció la

circulación de la sangre y la elasticidad de las articulaciones,

completamente tranquilizado ya respecto de sí mismo, se le ocurrió la

idea de ver si entre los cuerpos tendidos en el suelo en torno suyo,

habría algunos que respirasen aún.

--No son más que indios, murmuró, pero en último resultado son hombres;

aunque se hallen casi privados de razón, la humanidad me impone el

deber de socorrerlos, sobre todo ahora que mi situación no es nada

agradable, y si logro salvar a algunos de ellos, su conocimiento del

desierto podrá serme de suma utilidad.

Esta última consideración le decidió a auxiliar a unos hombres a

quienes, a no ser por eso, según toda probabilidad, habría dejado

abandonados por completo a su suerte, es decir, entregados a los

dientes de las fieras que, en cuanto llegase la noche, atraídas por el

olor de la sangre, no habrían dejado de acudir a devorarlos.

Ahora es deber nuestro hacer al egoísta ciudadano de los Estados

Unidos la justicia de decir que, tan luego como hubo adoptado aquella

determinación, cumplió con sagacidad y conciencia el deber que se

había impuesto, empresa fácil para él, en último resultado, porque

los numerosos oficios que había ejercido durante el curso de su

azarosa existencia, le habían hecho adquirir una experiencia y unos

conocimientos médicos, que le ponían en el caso de prodigar a los

heridos los cuidados que su estado reclamaba.

Desgraciadamente la mayor parte de los individuos a quienes examinó

habían recibido heridas tan graves, que hacía mucho tiempo ya que se

hallaban sin vida, y todo socorro era inútil.

--¡Diablo! ¡Diablo! murmuraba el americano cada vez que se encontraba

con un cadáver, ¡estos pobres salvajes han sido muertos de mano

maestra! Al menos no han padecido mucho tiempo, porque con estas

heridas espantosas han debido entregar su alma al Creador casi

instantáneamente.

Así llegó hasta el sitio en que yacía el cuerpo del Zorro-Azul; una

ancha herida se abría en su pecho.

--¡Ah! He aquí al digno jefe, repuso; ¡vaya una herida! Veamos si

también él está muerto.

Se inclinó sobre el cuerpo inmóvil y puso la bruñida hoja de su

cuchillo delante de la boca del indio.

--No rebulle, continuó diciendo con tono de desaliento, y creo que me

costará trabajo sacarlo del estado en que se encuentra.

Sin embargo, al cabo de algunos instantes, miró a la hoja de su

cuchillo y vio que estaba levemente empañada.

--Vamos, aún no está muerto, y mientras el alma se halla agarrada al

cuerpo, todavía hay esperanza. Probemos.

Después de decir estas palabras, John Davis llenó de agua su sombrero,

le echó algunas gotas de aguardiente y comenzó a lavar cuidadosamente

la herida; cuando hubo hecho esto, la sondeó y vio que era poco

profunda; según toda probabilidad, la pérdida de sangre era la que

había producido el desmayo. Tranquilizado por esta reflexión muy

acertada, machacó entre dos piedras algunas hojas de orégano, hizo una

especie de cataplasma, la aplicó a la herida y la vendó sólidamente por

medio de una tira de corteza de árbol; en seguida, entreabriendo con

la hoja de su cuchillo los dientes del indio, introdujo en su boca el

cuello de su calabaza y le hizo beber un gran trago de aguardiente.

El buen éxito coronó casi al instante los esfuerzos del americano,

porque el jefe lanzó un suspiro profundo y abrió los ojos casi

inmediatamente.

--¡Bravo! exclamó John gozoso por el resultado inesperado que había

obtenido. Ánimo, jefe, que está V. salvado. ¡Vive Dios! ¡Bien puede V.

alabarse de haberse librado en una tabla!

Los Merodeadores de Fronteras · 第 15 / 20 段