estado de abierta rebelión contra las instituciones de hombres que,
a pesar de habernos separado de ellos, no por eso han dejado de ser
hermanos nuestros, y a quienes continuamos perteneciendo por nuestro
color, nuestra religión, nuestro nacimiento y los vínculos de familia
que nos unen con ellos y que no hemos podido romper.
--Corriente, admito en cierta manera la exactitud del raciocinio de V.;
pero suponiendo que los hombres que tengo bajo mi mando sean realmente
bandidos, merodeadores de fronteras, como V. los llama, ¿sabe V. cuál
es el móvil que les impulsa a obrar? ¿Puede V. formular contra ellos
alguna acusación?
--Paciencia, que aún no he concluido.
--Pues entonces continúe V.
--Luego, además de esa partida de bandidos de la cual es V. el jefe
ostensible, ha formado usted alianza con los pieles rojas, con los
Apaches entre otros, que son los ladrones más descarados de la pradera;
¿es verdad, sí o no?
--Sí y no, amigo mío, pues la alianza que V. me echa en cara nunca
ha existido hasta ahora; pero en esta misma mañana ha debido ser
estipulada entre dos amigos míos y el Zorro-Azul, que es uno de los
jefes apaches más afamados.
--¡Ah! He ahí una coincidencia desgraciada.
--¿Por qué?
--¿Sabe V. lo que han hecho en la pasada noche sus nuevos aliados?
--¿Cómo he de saberlo, si ignoro donde están, y ni siquiera he recibido
todavía la noticia oficial del tratado ajustado con ellos?
--Pues bien, voy a decírselo a V.: han atacado la venta del Potrero y
han robado cuanto en ella había.
Las oscuras pupilas del Jaguar lanzaron un relámpago de furor; se
levantó de un salto, y cogiendo con mano convulsa su rifle, exclamó con
voz estridente:
--¡Vive Dios! ¿De veras han hecho eso?
--Lo han hecho, y aún se supone que ha sido por instigación de V.
--El Jaguar se encogió de hombros con desdén, y dijo:
--¿Con qué objeto? Pero, y doña Carmela, ¿qué ha sido de ella?
--¡Se ha salvado, a Dios gracias!
El joven lanzó un suspiro de desahogo.
--¿Y ha creído V. tal infamia por parte mía? dijo en seguida en tono de
reconvención.
--Ya no lo creo, respondió el cazador.
--¡Gracias! ¡Gracias! Pero, ¡vive Dios! juro a usted que esos demonios
han de pagar muy caro el crimen que han cometido. Ahora continúe V.
--Desgraciadamente, si ha conseguido V. sincerarse de mi primer cargo,
dudo que le sea posible hacer otro tanto respecto del segundo.
--No importa, dígalo V.
--Está en camino para Méjico una conducta de plata mandada por el
capitán Melendez.
El joven se estremeció levemente y dijo con breve acento.
--Lo sé.
El cazador fijó en él una mirada interrogadora, y repuso con cierta
vacilación:
--Se dice...
--Se dice, replicó el Jaguar interrumpiéndole con energía, que yo sigo
el rastro de esa conducta de plata, y que cuando llegue el momento
propicio, la atacaré al frente de mis bandidos, y me apoderaré del
dinero, ¿no es cierto?
--Sí.
--Tienen razón, respondió fríamente el joven; esa es, en efecto, mi
intención. ¿Qué más?
Al oír tan cínica respuesta, Tranquilo se estremeció de sorpresa y de
indignación.
--¡Oh! exclamó con dolor, ¿con que es cierto lo que de V. se cuenta?
¿Es V. realmente un bandido?
El joven se sonrió con amargura, y dijo con voz sorda:
--¡Puede ser! Tranquilo, tiene V. doble edad que yo; su experiencia es
grande: ¿por qué juzgar temerariamente fiado en apariencias?
--¡Cómo fiado en apariencias! ¿No lo ha confesado V. mismo?
--Sí, lo he confesado.
--¿Con que medita V. un robo?
--¡Un robo! exclamó el Jaguar ruborizándose lleno de indignación.
Pero serenándose en seguida, añadió:
--¡Es verdad! ¡Debe V. suponerlo así!
--¿Qué otro nombre puede darse a una acción tan infame? exclamó el
cazador con violencia.
El Jaguar levantó la cabeza con viveza, como si hubiese tenido
intención de responder; pero sus labios permanecieron mudos.
Tranquilo le miró un instante con cierta mezcla de compasión y de
cariño; y luego, volviéndose hacia Corazón Leal, dijo:
--Venga V., amigo mío, que ya hemos permanecido demasiado tiempo aquí.
--¡Deténgase V.! exclamó el joven; no me condene V. así; ¡repito que V.
ignora los motivos que me impulsan a obrar!
--Esos motivos, sean los que quieran, no pueden ser honrosos; no veo en
ellos más que el asesinato y el robo.
--¡Oh! dijo el joven ocultando con dolor su rostro entre ambas manos.
--Vámonos, repuso Tranquilo.
Corazón Leal había examinado atenta y fríamente aquella escena singular.
--Aguarde V. un momento, dijo, y adelantándose algunos pasos, puso una
mano sobre el hombro del Jaguar.
Éste levantó la cabeza, y le preguntó:
--¿Qué me quiere V.?
--Escuche V., caballero, respondió Corazón Leal con voz profunda; no sé
por qué, pero un presentimiento secreto me dice que la conducta de V.
no es infame, aunque todo induce a suponerlo, y que llegará un día en
que le sea a V. lícito explicarla y disculparse a los ojos de todos.
--¡Oh! ¡Si me fuese posible hablar!
--¿Durante cuánto tiempo cree V. que se verá obligado todavía a guardar
silencio?
--¿Qué sé yo? Eso depende de circunstancias independientes de mi
voluntad.
--Según eso, ¿no puede V. fijar una época?
--Me es imposible: he hecho un juramento y debo cumplirle.
--Bien: prométame V. tan solo una cosa.
--¿Cuál es?
--El no atentar a la vida del capitán Melendez.
El Jaguar vaciló.
--¿Qué dice V.? repuso Corazón Leal.
--Que haré todo lo posible por librar su vida.
--¡Gracias! exclamó Corazón Leal.
En seguida, volviéndose hacia Tranquilo que permanecía inmóvil junto a
él, le dijo:
--Vuelva V. a ocupar su asiento, hermano, y almuerce con el Jaguar
sin escrúpulo alguno, pues yo respondo de él con mi cabeza. Si dentro
de dos meses contados desde hoy, no le da a V. una explicación
satisfactoria acerca de su conducta actual, yo, que no me hallo
ligado por juramento alguno, revelaré a V. ese misterio que le parece
inexplicable y que en efecto lo es.
El Jaguar se estremeció, lanzando a Corazón Leal una mirada penetrante,
pero que se estrelló en el rostro plácidamente indiferente del cazador.
El canadiense vaciló algunos instantes; pero al fin volvió a ocupar su
asiento delante del fuego murmurando:
--Corriente, ¡dentro de dos meses!
Y añadió mentalmente:
--Pero hasta entonces yo le vigilaré.
XXVI.
EL PARTE.
El capitán Melendez tenía prisa de atravesar el peligroso desfiladero
junto al cual había hecho establecer el campamento. Sabía cuán grande
era la responsabilidad con que había cargado al aceptar el mando de la
escolta, y no quería que, si llegaba a suceder una desgracia, tuviesen
que reconvenirle por incuria o descuido.
La suma que trasportaba la recua de mulas era importante. El gobierno
de Méjico, que siempre estaba apurado para procurarse dinero, la
aguardaba con impaciencia. No se le ocultaba al capitán que harían
pesar desapiadadamente sobre él la responsabilidad de un ataque, y que
sufriría todas sus consecuencias, fuera él que quisiera el resultado de
un combate con los merodeadores de fronteras.
Por eso su inquietud y su ansiedad crecían por momentos; la infamia
evidente de fray Antonio aumentaba más aún sus recelos, haciéndole
sospechar una traición probable. Sin que le fuese posible adivinar por
qué lado vendría el peligro, puede decirse que le sentía acercarse paso
a paso, estrecharle por todas partes, y a cada momento aguardaba una
explosión terrible.
Esta intuición secreta, este presentimiento providencial que desde
el fondo de su corazón le gritaba que anduviese con cuidado, le
ponía en un estado de sobreexcitación indescriptible, y le colocaba
en una situación intolerable, de la cual quería salir a toda costa,
prefiriendo ver por fin el peligro y combatirle frente a frente, a
permanecer por más tiempo recelando en el vacío.
Por eso aumentó su vigilancia, examinando por sí mismo los alrededores
del campamento, presenciando la operación de cargar las mulas que,
atadas unas detrás de otras en forma de reata, en caso de una alarma
debían ser colocadas en medio de los soldados más fieles y resueltos de
la escolta.
Mucho antes de la salida del sol, el capitán, cuyo sueño no había
sido más que una continuación de insomnios crueles, abandonó el duro
lecho de pieles y mantas, sobre el cual había buscado en vano algunas
horas de un reposo que hacía imposible el estado nervioso en que se
encontraba, y comenzó a pasearse con agitación por el angosto espacio
que había libre en el centro del campamento, envidiando a pesar suyo el
sueño descuidado y tranquilo de los soldados tendidos por el suelo y
envueltos en sus capotes.
Entre tanto iba amaneciendo gradualmente. El búho, cuyo canto matutino
anuncia la salida del sol, había lanzado ya al viento sus notas
melancólicas. El capitán dio con el pie al arriero principal que estaba
tendido junto al fuego, y le despertó.
El buen hombre se restregó los ojos varias veces, y cuando ya se
hubieron disipado las últimas nubes del sueño y comenzó a restablecerse
el orden en sus ideas, exclamó ahogando un bostezo postrero:
--¡Diantre! Capitán, ¿qué mosca le ha picado a V. para despertarme
sobresaltado tan temprano? Mire V., apenas blanquea el cielo en el
horizonte; déjeme dormir una horita más. ¡Es una cosa tan buena el
sueño!
El capitán no pudo menos de sonreírse al oírle; sin embargo, no
juzgó que debía acceder a la reclamación del arriero, pues las
circunstancias eran harto graves para desperdiciar el tiempo.
--¡Arriba! ¡Arriba! ¡Cuerpo de Cristo! exclamó; recuerde V. que no
estamos todavía en el Río Seco, y que si queremos atravesar ese paso
peligroso antes de la puesta del sol, tenemos que apresurarnos.
--Es verdad, respondió el arriero, quien en un momento estuvo de
pie, ágil y despabilado como si hubiese despertado una hora antes.
Perdóneme, capitán, ¡vive Dios! Tengo tanto interés como V. en no
tropezar con un mal encuentro. Con arreglo a la ley, mi fortuna
responde del cargamento que llevo, y si ocurriese una desgracia, me
vería reducido a la miseria con mi familia.
--Es muy cierto, no recordaba yo esa cláusula de su contrato.
--No es extraño, porque a V. no le interesa; en cuanto a mí, no me sale
de la cabeza, y le juro a V., Capitán, que desde que he emprendido este
malhadado viaje, me he arrepentido ya muchas veces de haber aceptado
las condiciones que me fueron impuestas: no sé por qué se me figura
que no hemos de llegar sanos y salvos al otro lado de esas malditas
montañas.
--¡Bah! Esos son locuras, Señor Bautista. Se halla V. en excelentes
condiciones, bien escoltado; ¿qué puede V. temer?
--Nada, ya lo sé, y sin embargo estoy convencido de que no me equivoco
y de que este viaje ha de serme fatal.
Los mismos presentimientos agitaban al oficial; sin embargo, delante
del arriero no debía dejar traslucir lo más mínimo de su inquietud
interior; por el contrario, necesitaba fortalecerle y restituirle el
valor que parecía próximo a abandonarle.
--¡Por mi alma que está V. loco! exclamó. ¡Vayan al diablo las ideas
descabelladas que se le han metido en la cabeza!
El arriero se revistió de una expresión grave y respondió:
--Es V. muy dueño de reírse de esas ideas, Señor D. Juan; es V. muy
instruido y naturalmente en nada cree. Pero yo no soy más que un pobre
indio ignorante, y tengo fe en todo lo que mis padres creyeron antes
que yo. Mire V., Capitán, nosotros los indios, ya seamos civilizados o
salvajes, tenemos la cabeza dura, y todas las ideas nuevas de VV. no
pueden atravesar nuestro duro cráneo.
--Veamos, explíquese V., repuso el capitán, quien quería concluir de
una vez, aunque sin lastimar las preocupaciones del arriero; ¿qué razón
le induce a V. a suponer que su viaje será desgraciado? No es V. hombre
capaz de asustarse de su sombra; hace mucho tiempo que conozco a V. y
sé que tiene probado valor.
--Doy a V. gracias, Capitán, por la buena opinión que de mí tiene. Sí,
soy valiente y creo haberlo probado en varias ocasiones; pero ha sido
siempre ante los peligros que mi inteligencia comprendía, y no ante
unos peligros que se salen de las leyes naturales que nos rigen.
El capitán estaba mordiéndose los bigotes con impaciencia al ver la
molesta prolijidad del arriero; pero, como ya se lo había dicho,
conocía al buen hombre y sabía por experiencia que el procurar hacerle
abreviar un relato era perder lastimosamente el tiempo, y que era
preciso dejarle hablar a su manera.
Hay ciertos caracteres para los cuales, como sucede con la espuela
respecto de un caballo vicioso, el tratar de hacerlos adelantar
equivale, por el contrario, a llevarlos hacia atrás.
El joven dominó, pues, su impaciencia, y respondió fríamente:
--¿Tuvo V., sin duda, algún mal presagio en el momento de su salida?
--En efecto, capitán, así fue; y de seguro que ante lo que vi, me
hubiera guardado muy bien de ponerme en camino si hubiese sido hombre
fácil de asustar.
--¿Y cuál fue ese presagio?
--No se ría V., capitán: hasta la Sagrada Escritura dice que Dios,
en muchas ocasiones, se complace en dar a los hombres ciertos avisos
saludables a los que por desgracia no tienen suficiente juicio para dar
crédito.
Y al concluir estas palabras, lanzó un suspiro.
--Es verdad, murmuró el capitán a manera de asentimiento.
--Sepa V., pues, continuó diciendo el arriero, halagado al recibir
aquella aprobación por parte de un hombre como el oficial, que mis
mulas estaban aparejadas, aguardándome en el corral, custodiadas por
los peones, y me disponía para marchar. Sin embargo, como no quería
separarme de mi mujer, quizás para mucho tiempo, sin decirle adiós otra
vez, me dirigía hacia mi casa para darle otro abrazo, cuando al llegar
al umbral de la puerta levanté maquinalmente los ojos y vi posados en
la azotea dos búhos que clavaban en mí una mirada de infernal fijeza.
Al ver aquella aparición inesperada, me estremecí sin querer y miré a
otro lado. En aquel momento cruzaba por el camino un hombre moribundo,
llevado por dos soldados en una camilla y escoltado por un fraile que
le hacia recitar los salmos de la penitencia y le disponía con dulzura
para que muriese como buen cristiano; pero el herido, sin responder una
palabra, miraba al fraile sonriéndose sardónicamente: de pronto aquel
hombre se incorporó en la camilla, sus ojos se animaron, se volvió
hacia mí, me dirigió una mirada llena de sarcasmo y volvió a caer
murmurando estas dos palabras que sin duda se dirigían a mí: «¡Hasta
luego!»
--¡Ah! dijo el capitán.
--Esa especie de cita que me daba aquel individuo nada tenía de
agradable, ¿verdad? repuso el arriero. Aquellas palabras me afectaron
mucho y me precipité hacia él con la intención de dirigirle las
reconvenciones que me parecían oportunas: ¡había muerto!
--¿Y supo V. quién era aquel hombre?
--Sí, era un salteador que, en un encuentro con los cívicos, quedó
mortalmente herido por estos, y le trasladaban al atrio de la catedral
para que acabase de expirar allí.
--¿Y es eso todo? preguntó el capitán.
--Sí Señor.
--Pues bien, amigo mío, he hecho bien en insistir para averiguar los
motivos de la inquietud de V.
--¡Ah!
--Sí, porque el presagio que entonces le favoreció, le ha interpretado
V. de muy distinto modo del que debe hacerlo.
--¿Cómo así?
--Me explicaré: ese presagio significa, por el contrario, que con
prudencia y con una vigilancia incansable frustrará V. las traiciones y
derribará a sus pies a los bandidos que se atrevan a atacarle.
--¡Oh! exclamó el arriero con alegría, ¿está usted seguro de lo que me
dice?
--Tan seguro como de mi salvación en el otro mundo, respondió el
capitán santiguándose devotamente.
El arriero tenía una fe profunda en las palabras del capitán, a quien
profesaba suma estimación por su probada superioridad; así pues, ni
siquiera pensó en poner en duda la seguridad que le daba acerca del
error que había cometido en la interpretación del presagio que tanta
inquietud le causara. Recobró instantáneamente su buen humor, y pegando
un estallido con los dedos, dijo:
--¡Cáspita! Puesto que es así, a nada me expongo. ¿Entonces será
inútil que yo dé a Nuestra Señora de la Soledad el cirio que le había
prometido?
--Completamente inútil, contestó el capitán.
El arriero enteramente tranquilizado ya, se apresuró a dedicarse a
sus faenas habituales. Así el capitán, fingiendo admitir las ideas
de aquel indio ignorante, había sabido arrastrarle suavemente a
abandonarlas.
Entre tanto todo estaba ya en movimiento en el campamento; los arrieros
aparejaban y cargaban las mulas, mientras que los dragones se ocupaban
con actividad en ensillar sus caballos y prepararlos todos para la
marcha.
El capitán vigilaba los movimientos de todos con una impaciencia
febril, metiendo prisa a unos, riñendo a otros y cerciorándose de que
sus órdenes se ejecutaban con puntualidad.
Cuando todos los preparativos hubieron terminado, el oficial mandó que
almorzasen de pie y con los caballos del diestro, a fin de perder menos
tiempo, y en seguida dio la orden de marcha.
Los soldados montaron a caballo; pero en el momento en que la escolta
se ponía en movimiento, oyóse un gran estrépito en los jarales, las
ramas se apartaron bruscamente, y de improviso apareció a corta
distancia un jinete que vestía el uniforme de dragón mejicano y que
corría a rienda suelta hacia la tropa.
Cuando hubo llegado cerca del capitán, por un prodigio de equitación
paró de golpe su caballo, hizo respetuosamente el saludo militar, y
dijo:
--Dios guarde a V. ¿Es al capitán D. Juan Melendez a quien tengo la
honra de hablar?
--Al mismo, respondió el oficial sorprendido. ¿Qué me quiere V.?
--Tengo que entregar a V. un pliego en mano propia, repuso el soldado.
--¡Un pliego! ¿De parte de quién?
--De parte del Excmo. Sr. General D. José María Rubio, y lo que
contiene este pliego debe ser importante, porque el general me mandó
que me diese mucha prisa, y he anclado cuarenta y siete leguas en
diecinueve horas.
--Bueno, démelo V., contestó el capitán.
El dragón sacó del pecho un pliego grande con un sello de lacre
encarnado, y se le presentó respetuosamente al capitán.
Éste lo cogió y lo abrió; pero antes de leerlo dirigió al soldado, que
estaba inmóvil e impasible delante de él, una mirada recelosa que el
dragón sostuvo con imperturbable aplomo.
Aquel hombre parecía que tenía a lo más treinta años; su estatura
era elevada y bien proporcionada; llevaba con cierto desembarazo el
uniforme que vestía; sus facciones inteligentes tenían cierta expresión
de astucia y de malicia, que hacían fuese aún más marcada sus ojos
negros y de continuo movimiento que no se fijaban en el capitán sino
con visible vacilación.
Aquel individuo se parecía en conjunto a todos los demás soldados
mejicanos, y nada había en él que pudiese llamar la atención ni excitar
sospechas.
Sin embargo, solo con suma repugnancia fue como el capitán consintió
en entablar relaciones con él. De seguro que le habría sido difícil,
ya que no imposible, explicar la razón de aquel sentimiento; pero hay
en la naturaleza ciertas leyes cuya fuerza no puede ponerse en duda, y
ellas hacen que desde luego, y solo con ver a una persona, aún antes
de dirigirle la palabra, esta persona nos sea simpática o antipática,
y que instintivamente lleguemos a sentirnos bien o mal predispuestos
respecto de ella. ¿De dónde procede esa especie de presentimiento
secreto que nunca se engaña en sus apreciaciones? No acertaríamos a
explicarlo; únicamente nos limitamos a consignar un hecho positivo, del
cual nosotros mismos con suma frecuencia, durante el curso de nuestra
azarosa vida, hemos sufrido la influencia y reconocido la eficacia.
Debemos confesar que el capitán no sentía la más leve simpatía hacia
el hombre de quien hablamos, y que, por el contrario, se hallaba muy
dispuesto a no tener la más mínima confianza en él.
--¿En qué paraje se separó V. del general? preguntó dando vueltas
maquinalmente al pliego que tenía abierto en la mano, pero en el cual
no había fijado aún la vista.
--En Pozo Redondo, mi Capitán, un poco antes de llegar a la Noria de
Guadalupe.
--¡Ah! ¿Quién es V.? ¿Cómo se llama V.?
--Soy asistente del señor General, y me llamo Gregorio Felpa.
--¿Conoce V. el contenido de este despacho?
--No; únicamente supongo que debe ser importante.
El soldado había respondido a las preguntas del capitán con entero
desembarazo y con una franqueza de buena ley. Era evidente que no
mentía.
D. Juan, después de vacilar todavía un momento, se decidió a leer; pero
muy luego se frunció su entrecejo, y una expresión de mal humor nubló
su semblante.
He aquí lo que contenía aquel despacho:
«POZO REDONDO, a.... de 18......
»El general D. José María Rubio, comandante general del
estado de Tejas, tiene la honra de poner en conocimiento
del capitán don Juan Melendez de Góngora que han estallado
nuevos disturbios en el Estado; varias gavillas de
ladrones y de merodeadores de fronteras, bajo las órdenes
de diferentes jefes, recorren el campo, saqueando e
incendiando las haciendas, deteniendo los convoyes e
interceptando las comunicaciones. Ante hechos tan graves,
que comprometen la fortuna pública y la seguridad de los
habitantes, el gobierno, según su deber se lo impone de una
manera imperiosa, ha tenido que adoptar medidas generales
en interés de todos con el fin de reprimir esos desórdenes
antes que se extiendan en mayor escala. Por consiguiente,
el estado de Tejas queda declarado en estado de sitio, etc.
(Aquí seguían las medidas adoptadas por el general para
sofocar la rebelión, y luego el despacho continuaba en
estos términos): El general D. José María Rubio, enterado
por algunos espías con cuya lealtad puede contar, de que
uno de los jefes principales de los insurgentes a quien sus
compañeros han puesto el sobrenombre de Jaguar, se dispone
a arrebatar la conducta de plata confiada a la custodia
del capitán D. Juan Melendez de Góngora, y de que con este
objeto el referido cabecilla se propone emboscarse en Río
Seco, paraje muy favorable para una sorpresa, el general
Rubio ordena al capitán Melendez que se deje guiar por el
portador del presente despacho, hombre seguro y fiel, quien
llevará la conducta de plata a la laguna del Venado, en
donde verificará su unión con un destacamento de caballería
enviado al efecto por el general, y cuya fuerza numérica
pondrá a la conducta de plata al abrigo de todo ataque.
El capitán Melendez tomará el mando superior de todas las
tropas, y en el más breve espacio de tiempo posible se
reunirá con el infrascrito en su cuartel general.
»¡Dios y libertad!
»_El Comandante general del estado de Tejas,_
«JOSÉ MARÍA RUBIO.»
El capitán, después de haber leído atentamente este despacho, levantó
la cabeza y examinó un instante al soldado con profunda y sostenida
atención.
El dragón, con la mano apoyada en la empuñadura de su sable, jugaba
indolentemente con la borla de su dragona, sin que al parecer se
cuidase en manera alguna de lo que pasaba en torno suyo.
--La orden es formal y terminante, murmuró por dos veces el capitán;
debo conformarme con ella, y sin embargo, todo me dice que este hombre
es un traidor.
Luego añadió en alta voz:
--¿Conoce V. bien esta comarca?
--Soy hijo del país, mi Capitán, respondió el dragón, y no hay por
aquí senda ni atajo que yo no recorriese cien veces siendo niño.
--¿Sabe V. que me tiene que servir de guía?
--El señor general me dispensó la honra de decírmelo.
--¿Y cree V. estar seguro de podernos conducir sanos y salvos al sitio
en que nos esperan?
--Al menos pondré cuanto esté de mi parte para conseguirlo.
--Bueno. ¿Está V. cansado?
--Mi caballo lo está más que yo. Si mandase usted que me diesen otro,
inmediatamente estaría en disposición de obedecer las órdenes de V.,
porque veo que tiene prisa de ponerse en marcha.
--Corriente. Escoja V. un caballo.
El soldado no dio lugar a que le repitiesen la orden. Varios caballos
de repuesto seguían a la escolta, y cogió uno de ellos sobre el cual
colocó el equipo del que dejaba. Al cabo de breves instantes estaba
hecho el cambio, y el jinete colocado en la silla.
--Estoy a las órdenes de V., mi Capitán, dijo el dragón.
--En marcha, respondió el oficial.
Y en seguida añadió mentalmente:
--¡No perderé de vista a este tuno!
XXVII.
EL GUÍA.