partida, el Jaguar inauguró una táctica que hasta entonces había
triunfado siempre. Lo que se necesitaba era ganar tiempo y perpetuar la
guerra, aunque se sostuviese una lucha desigual. Para esto era preciso
envolver en el misterio su debilidad, mostrarse en todas partes, no
detenerse en ninguna, encerrar al enemigo en una red de adversarios
invisibles, obligarle a mantenerse de continuo con la bayoneta cruzada
en el vacío, con los ojos inútilmente fijos en todos los puntos del
horizonte, hostigado sin cesar, aunque sin ser nunca atacado en
realidad ni formalmente por fuerzas respetables: éste fue el plan que
el Jaguar inauguró contra los mejicanos, a quienes enervó así en esa
fiebre de la ansiedad y de lo desconocido, que es la enfermedad más
temible para los que tienen de parte suya a la fuerza.
Por eso el Jaguar y los cincuenta o sesenta jinetes que tenía bajo su
mando eran más temidos por el gobierno mejicano que todas las demás
fuerzas reunidas de los insurgentes.
Así pues, un prestigio inaudito rodeaba al jefe temible de aquellos
hombres a quienes era imposible coger; un temor supersticioso les
precedía, y su sola aproximación introducía el desorden entre las
tropas enviadas contra ellos.
El Jaguar aprovechaba hábilmente sus ventajas para intentar las
expediciones más aventuradas y los golpes de mano más temerarios.
El que en aquel momento meditaba era uno de los más atrevidos que
había concebido hasta entonces: trataba nada menos que de arrebatar
la conducta de plata y coger prisionero al capitán Melendez, oficial
a quien con razón consideraba como a uno de sus adversarios más
temibles, y con el cual, por esto mismo, ardía en deseos de medir sus
fuerzas, comprendiendo que si lograba vencerle, esta acción audaz daría
al instante mucho lauro a la insurrección y le atraería numerosos
partidarios.
El Jaguar, después de haber dejado detrás de sí a John Davis, se
adelantó con rapidez hacia un poblado bosque que se destacaba en
el horizonte con un color oscuro, y en el cual se proponía acampar
aquella noche, pues no podía llegar a la barranca del Gigante hasta
el siguiente día muy tarde. Además, quería quedarse cerca de los dos
hombres que había destacado como exploradores, con el fin de hallarse
más pronto al corriente del resultado de sus operaciones.
Un poco antes de la puesta del sol los insurgentes llegaron al bosque y
desaparecieron inmediatamente bajo la enramada.
Cuando el Jaguar hubo llegado a la cumbre de una pequeña colina que
dominaba el paisaje, mandó hacer alto y echar pie a tierra, y dio la
orden de acampar.
En el desierto se organiza muy pronto un campamento.
A fuerza de hachazos se desembaraza un espacio suficiente, se encienden
hogueras de trecho en trecho para alejar a las fieras, se manean los
caballos, se colocan los centinelas para velar por la común seguridad,
luego cada cual se tiende delante de la lumbre, se envuelve en sus
mantas y todo está dicho. Aquellas rudas naturalezas, acostumbradas a
arrostrar la intemperie de las estaciones, duermen tan profundamente
bajo la celeste bóveda como los habitantes de las ciudades en el seno
de sus suntuosas moradas.
Cuando cada cual se hubo entregado al descanso, el joven hizo una ronda
con el fin de cerciorarse de que todo estaba en orden, y luego volvió a
sentarse junto al fuego y quedó sumido en serias meditaciones.
Trascurrió la noche entera sin que hiciese el movimiento más leve, y
sin embargo no dormía; sus ojos estaban abiertos y fijos en los tizones
de la hoguera que acababa de consumirse lentamente.
¿Cuáles eran los pensamientos que arrugaban su frente y le hacían
fruncir el entrecejo?
Nadie hubiera podido decirlo.
¡Quizás viajaba por la región de las quimeras, quizás soñaba despierto,
halagándose con una de esas hermosas ilusiones de los veinte años, que
son tan embriagadoras y tan engañosas!
De pronto se estremeció y se enderezó como si le hubiese impulsado un
resorte.
En aquel momento aparecía el sol en el horizonte y comenzaba a disipar
lentamente las tinieblas.
El joven inclinó el cuerpo hacia adelante y escuchó.
Oyóse a corta distancia el ruido seco que producen los muelles de un
fusil al montarse, y un centinela oculto entre los matorrales, gritó
con voz breve y acentuada.
--¿Quién vive?
--¡Amigo! respondió otra voz desde más lejos.
El Jaguar se estremeció, y hablando consigo mismo, murmuró:
--¡Tranquilo aquí! ¿Por qué razón me buscará?
En seguida se lanzó en la dirección en que suponía que había de
encontrar al cazador de tigres.
XXII.
EL ZORRO-AZUL.
Volveremos ahora al Zorro-Azul y a sus dos compañeros, a quienes en un
capítulo anterior abandonamos en el momento en que, oyendo silbar una
bala junto a sus oídos, se atrincheraron instintivamente detrás de unas
rocas y unos troncos de árbol.
Tan luego como hubieron adoptado esta precaución indispensable contra
sus invisibles agresores, los tres hombres examinaron sus armas
con cuidado a fin de hallarse dispuestos al combate, y en seguida
aguardaron con el dedo apoyada en el gatillo y dirigiendo a todas
partes una mirada investigadora.
Así permanecieron durante un espacio de tiempo bastante largo, sin que
nada llegase a turbar de nuevo el silencio de la pradera, sin que el
más leve indicio les hiciera sospechar que el ataque dirigido contra
ellos hubiese de reproducirse.
Poseídos de la más viva inquietud, sin saber a qué atribuir aquella
agresión ni qué enemigos tendrían que temer, los tres hombres ignoraban
qué partido deberían adoptar, y cómo podrían salir de una manera
honrosa de la posición apurada en que la casualidad les había colocado
de improviso de una manera tan singular, cuando el Zorro-Azul se
resolvió por fin a ir de descubierta.
Sin embargo, como el jefe temía, y con razón, caer en algún lazo
hábilmente preparado para apoderarse de él y de sus compañeros
sin disparar un tiro, antes de alejarse juzgó prudente adoptar las
precauciones más minuciosas.
Los indios tienen merecida nombradía por su astucia. Obligados, por
razón de la vida que llevan desde su nacimiento, a servirse de continuo
de las facultades físicas con que les ha dotado la Providencia,
su oído, su olfato, y sobre todo su vista se han perfeccionado de
tal manera y han adquirido tan gran desarrollo, que pueden luchar
ventajosamente con las fieras, de las cuales son, en verdad, unos
plagiarios. Pero como tienen a su disposición, en ventaja sobre los
animales, la inteligencia que les permite combinar sus acciones y
prever las consecuencias probables, han adquirido una ciencia felina,
si nos es lícito emplear esta expresión, que les hace ejecutar cosas
sorprendentes, y de las cuales solo pueden formarse una idea exacta
aquellos que les han visto trabajar, tanto es lo que su habilidad
excede de los límites de lo posible.
Cuando se trata de seguir un rastro sobre todo, es cuando esa astucia
de los indios y ese conocimiento que poseen de las leyes de la
naturaleza adquieren proporciones extraordinarias. Por mucho cuidado
que haya tenido su enemigo, por grandes que sean las precauciones que
haya adoptado para ocultar sus huellas y hacerlas invisibles, siempre
concluyen por descubrirlas. Para ellos, el desierto no ha conservado
secretos; para ellos, esa naturaleza virgen y majestuosa es un libro
cuyas páginas todas conocen y en el cual leen de corrido sin que nunca
se equivoquen ni siquiera vacilen.
El Zorro-Azul, aunque era todavía muy joven, había adquirido ya
merecida nombradía de astucia y de sagacidad; por eso en la ocasión
presente, rodeado, según toda probabilidad, de enemigos invisibles
cuyos ojos fijos sin cesar en el sitio que le servía de escondite
vigilaban atentamente todos sus movimientos, se preparó con mayor
prudencia que nunca para frustrar sus maquinaciones y contrarrestar sus
proyectos.
Después de haber convenido con sus dos compañeros una señal para el
caso probable en que le fuese necesario su auxilio, se desembarazó de
su manto de piel de bisonte, cuyos anchos pliegues hubieran podido
entorpecer sus movimientos, se despojó de todos los adornos que cubrían
su cabeza, su cuello y su pecho, y no conservó más que su _mitasse_,
especie de calzón de dos pedazos que baja hasta los tobillos, está
cosido de trecho en trecho con pelo, y se halla sujeto en las caderas
por medio de una correa de piel de gamo sin curtir.
Cuando estuvo así, casi desnudo, se revolcó varias veces en la arena
para hacer que su cuerpo tomase un color terroso; en seguida se colgó
del cinto su _tomahawk_ y su cuchillo de desollar, armas de que nunca
se separa un indio; cogió su rifle con la mano derecha, y después
de haber hecho una seña postrera de despedida a sus compañeros que
observaban atentamente estos diferentes preparativos, se tendió en el
suelo y comenzó a arrastrarse como una culebra por entre la crecida
yerba.
Aunque hacía ya mucho tiempo que había salido el sol y derramaba con
profusión sobre la pradera torrentes de luz deslumbradora, la partida
del Zorro-Azul se efectuó con tanto cuidado, que ya estaba lejos en
la llanura cuando sus compañeros le juzgaban todavía muy cerca; ni
un átomo de yerba se había agitado con su paso, ni un guijarro había
rodado bajo sus pies.
De vez en cuando el piel roja se detenía, exploraba los alrededores
con una mirada penetrante, y luego, cuando creía hallarse cerciorado
de que todo estaba tranquilo, de que nada había revelado su presencia,
comenzaba de nuevo a arrastrarse sobre las rodillas y las manos en
dirección a la espesura del bosque, a cuyas cercanías llegó muy pronto.
Así consiguió situarse en un sitio enteramente desprovisto de árboles,
en donde la yerba, levemente pisoteada en varios puntos, le hizo
suponer que se aproximaba al paraje en que debían estar emboscados los
que habían hecho fuego.
El indio se detuvo con el objeto de estudiar cuidadosamente las huellas
que acababa de descubrir.
Aquellas huellas parecía que pertenecían a un solo individuo;
eran pesadas, anchas, hechas sin precaución alguna, y parecía que
pertenecían a un hombre blanco que ignorase los usos de la pradera, más
bien que a un cazador o a un indio.
Los matorrales estaban aplastados como si la persona que había cruzado
por ellos lo hubiese hecho a viva fuerza y corriendo, sin tomarse el
trabajo de apartar las ramas; la tierra estaba pisoteada, y en algunos
sitios empapada en sangre.
Él Zorro-Azul no alcanzaba a comprender aquel rastro singular, que en
nada se parecía a los que estaba acostumbrado a seguir.
¿Era aquello una ficción empleada por sus enemigos para engañarle con
mayor facilidad, dejándole ver un rastro tosco destinado a ocultar el
verdadero? ¿Era realmente, por el contrario, el rastro de un hombre
blanco perdido en el desierto, cuyas costumbres ignoraba?
El indio no sabía en qué opinión fijarse, y su perplejidad era
extremada. Para él era evidente que de aquel sitio había salido el tiro
con que fue saludado en el momento en que iba a comenzar su discurso;
pero ¿con qué interés el hombre, quién quiera que fuese, que había
escogida aquella emboscada, había dejado huellas tan manifiestas de su
paso? Desde luego debía suponer que su agresión no quedaría impune,
y que aquellos a quienes había querido tomar por blanco se lanzarían
inmediatamente en persecución suya.
En fin, después de haber buscado durante mucho tiempo en su mente
la solución de aquel problema y haberse devanado en balde los sesos
para obtener una conclusión probable, el piel roja, apuradas ya todas
las suposiciones, se fijó en la primera que se le había ocurrido, a
saber: que aquel rastro era ficticio y destinado tan sola a ocultar el
verdadero y a desorientar a los que les siguiesen.
El gran defecto de las gentes acostumbradas a proceder con ardides y
estratagemas es el de suponer que todos los hombres son como ellos,
y que no emplean más que la astucia para combatirlos; por eso se
engañan con frecuencia, y la franqueza de los medios empleados por
sus adversarios les desorienta por completo, y con frecuencia les hace
perder una partida que en cualquiera otra ocasión habrían ganado.
El Zorro-Azul observó muy luego que su suposición era errónea, que
había atribuido a su enemigo mucha más astucia y sagacidad de la que en
realidad poseía; y que donde creyó ver un ardid en extremo complicado,
con el objeto de engañarle, no existía en realidad sino lo que desde
luego había visto, es decir, únicamente el paso de un hombre.
El indio, después de haber estado mucho tiempo vacilando y
tergiversando, se decidió por fin a continuar avanzando y a seguir
lo que juzgaba un rastro falso, convencido de que no tardaría en
descubrir el verdadero; solo que, como estaba persuadido de que tenía
que habérselas con gentes sumamente ladinas, aumentó su prudencia y
su precaución, sin avanzar sino paso a paso, explorando con el mayor
cuidado los matorrales y jarales, y sin aventurarse en ellos sino
cuando creía estar seguro de que no tenía que temer sorpresa alguna.
Este manejo duró bastante tiempo. Hacía cerca de dos horas que se había
separado de sus compañeros cuando de improviso se encontró en la errada
de una explanada bastante vasta de la cual no le separaba más que un
cortinaje de hojarasca.
El indio se detuvo, se incorporó muy despacio, apartó las ramas a
derecha e izquierda de modo que su vista pudiese examinar la explanada
sin que le descubriesen, y miró.
En los bosques americanos abundan mucha esas explanadas o plazoletas,
producidas unas veces por la caída de árboles que se mueren de viejos
y son materialmente deshechos por la acción del tiempo; y otras por
árboles heridos por el rayo y derribados a consecuencia de esos
huracanes terribles que tan a menudo trastornan por completo el suelo
del Nuevo Mundo. La explanada de que hablamos era bastante grande; un
ancho riachuelo la atravesaba en toda su longitud, y en el fango de sus
orillas se veían profundamente impresas las pisadas de las fieras, de
las cuales era aquel uno de los abrevaderos ignorados.
Un magnífico roble, cuya espléndida copa daba sombra a toda la
explanada, se alzaba próximamente en el centro de esta. Al pie de aquel
gigantesco huésped de los bosques había dos hombres.
El primero, vestido con un hábito de fraile, estaba tendido en el
suelo, con los ojos cerrados y el rostro cubierto de mortal palidez; el
segundo, arrodillado junto a él, parecía que le prodigaba los cuidados
más solícitos.
Merced a la posición que el piel roja ocupaba, le fue fácil distinguir
las facciones de este último personaje, que se hallaba en frente de él.
Era un hombre de elevada estatura, pero en extremo flaco; su semblante,
que sin duda por lo mucho que habría estado a la intemperie, según toda
probabilidad, había adquirido el color del ladrillo, estaba surcado por
arrugas profundas; una barba blanca como la nieve le caía sobre el
pecho, mezclada con los largos rizos de su cabellera también blanca,
que se extendía en desorden por sus hombros; vestía el traje de los
partidarios norteamericanos mezclado con el traje mejicano, pues un
sombrero de vicuña, guarnecido con una redecilla de oro, cubría su
cabeza; un zarapé le servía de capote, y su pantalón de pana de color
de violeta estaba estrechamente sujeto por unas largas polainas de ante
que le subían hasta la rodilla.
Era imposible calcular la edad de aquel hombre. Aunque sus facciones
sombrías y acentuadas, sus ojos oscuros en los cuales se reflejaban un
fuego sombrío y una expresión extraviada, revelaban que había llegado a
una vejez avanzada, ninguna señal de decrepitud se descubría en toda su
persona; su estatura parecía que no había perdido ni una sola pulgada
de altura, tanto era lo derecho que aún se mantenía su cuerpo; sus
miembros nudosos, provistos de músculos duros como cuerdas, parecía que
se hallaban dotados de extraordinaria fuerza y agilidad; en resumen,
tenía toda la apariencia de un partidario temible cuyo golpe de vista
debía ser tan seguro y el brazo tan fuerte como si solo hubiese tenido
cuarenta años.
En su cinto llevaba un par de pistolas de cañón largo y un machete
de hoja recta y ancha metido, sin vaina, en una anilla de hierro
colocada en su costado izquierdo. Dos rifles, uno de los cuales sin
duda era suyo, estaban apoyados en el tronco del árbol, y un magnífico
_mustang,_ maneado a pocos pasos de distancia, comía los retoños de los
árboles.
Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir, el indio lo vio de una
sola ojeada; pero, al parecer, aquella escena, que estaba muy lejos
de esperar, no le tranquilizó en manera alguna, porque su entrecejo
se frunció y contuvo a duras penas una exclamación de sorpresa y de
disgusto al ver a aquellos dos individuos.
Por un movimiento instintivo de prudencia amartilló su rifle, y después
que hubo adoptado esta precaución, comenzó a observar de nuevo lo que
hacían los dos personajes.
Entretanto, el hombre vestido de fraile hizo un movimiento leve como
para levantarse y entreabrió los ojos; pero harto débil todavía,
probablemente, para soportar el resplandor de los rayos del sol, a
pesar de que solo se filtraban por entre las pobladas ramas, volvió
a cerrarlos en seguida; sin embargo, el individuo que le estaba
prodigando auxilios observó que había vuelto en sí, pues vio el
movimiento de sus labios que se agitaban como si hubiese murmurado una
oración en voz baja.
Juzgando entonces que, por el momento al menos, sus cuidados no le eran
ya necesarios a aquel a quien socorría, el desconocido se levantó,
cogió su rifle, apoyó las dos manos cruzadas sobre la boca del cañón, y
aguardó impasible, después de haber dirigido a la explanada una mirada
circular cuya expresión sombría y rencorosa hizo estremecer de espanto
al jefe indio en el fondo de los matorrales en que se hallaba oculto.
Trascurrieron algunos minutos durante los cuales no se oyó más ruido
que el murmullo continuo del agua del riachuelo y el no menos
misterioso de los insectos de todas clases ocultos entre la yerba.
Al fin, el hombre tendido sobre la yerba hizo otro movimiento más
pronunciado que el primero y abrió los ojos.
Después de haber dirigido en torno suyo una mirada extraviada, su
vista se fijó con una especie de fijeza singular en el anciano alto
que continuaba inmóvil junto a él y le examinaba con cierta mezcla de
compasión irónica y de melancolía sombría.
--Gracias, murmuró al fin el fraile con voz débil.
--Gracias, ¿por qué? respondió el desconocido con dureza.
--Porque me ha salvado la vida, hermano, repuso el herido.
--No soy hermano de V., fraile, exclamó el desconocido con tono burlón;
yo soy un hereje, un _gringo_, como a VV. les gusta llamarnos; míreme
V. bien, que no me ha examinado con cuidado: ¿no tengo yo cuernos en la
cabeza y pies de macho cabrío?
Estas palabras fueron pronunciadas con tal acento de sarcasmo, que el
fraile se quedó cortado durante un momento.
--¿Quién es V.? le preguntó por fin con cierto temor secreto.
--¿Qué le importa a V.? dijo el otro con una risa que nada bueno
presagiaba; el diablo quizás.
El herido hizo un movimiento brusco para levantarse, y se santiguó
repetidas veces balbuceando:
--¡Dios me libre de haber caído en manos del espíritu del mal!
--Vamos, ¡loco! tranquilícese V., repuso el desconocido encogiéndose
de hombros con desprecio; no soy el demonio, sino un hombre como V.,
quizás un poco menos hipócrita, y he ahí toda la diferencia.
--¿Dice V. la verdad? ¿Es V. realmente uno de mis semejantes dispuesto
a serme útil?
--¿Quién puede responder de lo porvenir? repuso el desconocido con una
sonrisa enigmática; hasta ahora al menos, creo que no haya usted tenido
motivo para quejarse de mí.
--No, ¡oh! no creo tal cosa, si bien desde que me desmayé, mis ideas se
han embrollado por completo y de nada me acuerdo.
--Poco me importa, eso no es cuenta mía y nada le pregunto a V.;
bastante tengo yo con mis propios negocios sin cuidarme de los asuntos
de los demás. Vamos a ver, ¿se siente V. mejor? ¿Está V. bastante
aliviado para continuar su camino?
--¡Cómo! ¿Continuar mi camino? preguntó el fraile aterrado; ¿Se propone
V. abandonarme solo aquí, por ventura?
--¿Por qué no? Demasiado tiempo he perdido ya al lado de V., y ahora
debo pensar en mis negocios.
--¡Ah! exclamó el fraile, después del interés, que tan bondadosamente
me ha demostrado V., ¿tendría valor suficiente para abandonarme así,
casi moribundo, sin cuidarse de lo que pudiera sucederme después de su
marcha?
--¿Por qué no? repito. No conozco a V.; ninguna necesidad tengo de
auxiliarle. Al cruzar casualmente por esta explanada, le vi a V.
tendido ahí sin aliento y pálido como un cadáver; le prodigué esos
cuidados que en el desierto a nadie se niegan: ahora ha vuelto V. en
sí, ya no le soy útil para nada, y me marcho. ¿Puede haber cosa más
sencilla ni más lógica? Adiós, y que el diablo, por quien me tomaba V.
hace un momento, le conceda su protección.
Después de haber pronunciado estas palabras, con un tono de sarcasmo y
de ironía amarga, el desconocido se echó su rifle al hombro y anduvo
algunos pasos en dirección a su caballo.
--¡Deténgase V.! ¡En nombre del cielo! exclamó el fraile levantándose
con más presteza de lo que hubiera podido esperarse de su estado de
debilidad, pero impulsado poderosamente por el miedo. ¿Qué va a ser de
mí, solo, en este desierto?
--Me importa muy poco, repuso el desconocido desembarazando fríamente
la punta de su zarapé que el fraile había agarrado. ¿No dice por
ventura la máxima del desierto: Cada cual para sí?
--¡Escuche V.! replicó el fraile hablando muy de prisa, me llamo fray
Antonio y soy rico: si me protege V., le recompensaré generosamente.
El desconocido se sonrió con desdén y dijo: ¿Qué tiene V. que temer? Es
V. joven, robusto, y se halla bien armado: ¿no se encuentra, pues, en
estado de protegerse a sí mismo?
--No, porque me hallo perseguido por enemigos implacables. Esta noche
pasada me han impuesto un tormento horrible e infamante: a duras penas
he conseguido escaparme de entre sus manos. Esta mañana la casualidad
me puso en presencia de esos dos hombres. Al verlos, se apoderó de mí
una especie de locura furiosa, y se me ocurrió la idea de vengarme;
les apunté e hice fuego, y en seguida comencé a huir sin saber a
donde me dirigía, loco de cólera y de espanto; cuando llegué aquí,
caí anonadado, abrumado, tanto por los sufrimientos que padecí en la
pasada noche, como por el cansancio que me produjo una carrera larga y
precipitada por caminos endemoniados. Esos hombres, sin duda alguna, me
vienen persiguiendo; si me encuentran, lo cual conseguirán, porque son
unos cazadores de los bosques que conocen perfectamente el desierto,
me matarán sin compasión. No tengo más esperanza que en V.; ¡en nombre
de aquello que más quiera V. en este mundo le suplico que me salve!
¡Sálveme V. y mi gratitud no tendrá límites!
El desconocido había escuchado este largo y patético discurso sin que
se moviese un solo músculo de su rostro. Cuando el fraile se detuvo,
porque probablemente se le agotaron los argumentos y el aliento, el
otro apoyó en el suelo la culata de su rifle, y respondió con sequedad:
--Todo lo que está V. diciendo puede ser muy cierto, pero me importa
tan poco como una hoja que se lleva el viento; salga V. de su apuro
como mejor le parezca, sus ruegos son inútiles: si V. supiera quién
soy, se ahorraría el estarme calentando los oídos tanto tiempo.
El fraile fijaba en aquel hombre singular una mirada de espanto, sin
saber ya qué decirle ni qué medio emplear para ablandar su corazón.
--Pero ¿quién es V.? le preguntó, más bien por decir algo que para
obtener una respuesta.
--¿Quién soy? dijo el desconocido con una sonrisa irónica; ¿quiere V.
saberlo? ¡corriente! Escuche V. a su vez, pues tengo que pronunciar muy
pocas palabras, pero bastarán para helar de espanto la sangre en sus
venas: soy el hombre a quien llaman el; _¡Desollador-Blanco!_ el _¡Sin
piedad!_
El fraile retrocedió algunos pasos tambaleándose y juntando ambas manos
con esfuerzo.
--¡Dios mío! exclamó con terror, ¡Estoy perdido!
En aquel momento se oyó a corta distancia el grito del mochuelo.
El cazador se estremeció.
--¡Nos escuchaban! exclamó, y se precipitó con rapidez hacia el lado
en que acababa de oírse la seña, mientras que el fraile, medio muerto
de terror, se dejaba caer al suelo de rodillas y dirigía al cielo una
oración fervorosa.
XXIII.
EL DESOLLADOR-BLANCO.
Ahora tenemos que interrumpir durante algunos momentos nuestra
narración con el fin de dar al lector ciertos pormenores acerca
del hombre singular que hemos puesto en escena en nuestro capítulo
precedente, pormenores muy incompletos, sin duda alguna,
pero indispensables, sin embargo, para la inteligencia de los
acontecimientos sucesivos.