azul oscuro aparecía entonces tachonada por innumerables estrellas
en cuyo centro aparecía la Cruz del Sur: la luna derramaba sus rayos
blanquecinos que prestaban a los objetos una apariencia fantástica;
la noche tenía esa transparencia suave peculiar de los resplandores
crepusculares; a cada ráfaga de la brisa, los árboles sacudían sus
húmedas copas y hacían llover perlas que esmaltaban los arbustos.
El río corría tranquilo entre sus fragosas orillas, extendiéndose
a lo lejos como una ancha cinta de plata y reflejando en su serena
superficie los rayos temblorosos de la luna, que había llegado casi a
los dos tercios de su carrera.
Tal era el silencio que reinaba en aquel desierto que en él se oía la
caída de una hoja seca o el estremecimiento de la rama agitada por el
paso de un reptil.
Los dos cazadores hablaban en voz baja; pero, ¡cosa singular en hombres
tan acostumbrados a la vida de los bosques! Su campamento nocturno, en
vez de estar establecido en la cumbre de una altura, según las reglas
invariables de la pradera, se hallaba, por el contrario, situado en el
borde de un talud que bajaba por una pendiente suave hasta el río y en
cuyo barro se veían impresas numerosas huellas más que sospechosas,
pues en su mayor parte eran de grandes fieras carnívoras.
A pesar del frío bastante penetrante de la noche y del abundante y
helado rocío, los cazadores no habían encendido lumbre; sin embargo,
era evidente que les hubiera agradado mucho calentarse a la llama
ardiente de una hoguera; el negro, sobre todo, que estaba vestido muy
ligeramente con un calzón que dejaba sus piernas descubiertas y con un
pedazo de zarapé lleno de agujeros, tiritaba dando diente con diente.
Tranquilo, que estaba mejor abrigado con el traje de los campesinos
mejicanos, parecía que no reparaba en el frío; con su rifle entre
las piernas, sondeando de vez en cuando las tinieblas con su mirada
infalible, o prestando atento oído a algún ruido que solo a él le era
dado percibir, hablaba con el negro sin dignarse parar mientes en sus
muecas ni en sus tiritones.
--¿Con que hoy no ha visto V. a la niña, Quoniam? dijo.
--No, hace ya dos días que no la veo, respondió el negro.
El canadiense suspiró y repuso:
--Yo debía de haber ido allá. Esa niña está muy aislada en la venta,
sobre todo ahora que la guerra ha desencadenado hacia aquella parte
a todas las gentes de mal vivir y a todos los merodeadores de las
fronteras.
--¡Bah! Carmela no es tonta y no se verá apurada para defenderse si la
insultan.
--¡Voto a bríos! exclamó el canadiense oprimiendo con ambas manos su
carabina, si alguno de esos malvados se atreviese con ella...
--No se atormente V. de esa manera, Tranquilo; ya sabe V. que si
alguien se atreviese a insultarle, la niña querida no carecería de
defensores. Además, Lanzi no se separa de ella un solo instante, y ya
sabe V. que es fiel.
--Sí, murmuró el cazador, pero al fin Lanzi no es más que un hombre.
--Es V. atroz con las ideas que se le meten en la cabeza sin razón.
--¡Quiero mucho a esa niña, Quoniam!
--¡Pardiez! ¡Vaya una cosa! Yo también la quiero. Mire V., si V.
quiere, en cuanto matemos al jaguar iremos al Potrero: ¿le conviene?
--Está muy lejos de aquí.
--¡Bah! Tres horas de marcha todo lo más. Diga V., Tranquilo, ¿sabe
V. que hace mucho frío y que materialmente me estoy helando? ¡Maldito
animal! ¿Qué estará haciendo ahora? De seguro anda rondando por ahí en
vez de venirse aquí en derechura.
--Para que le maten, ¿verdad? dijo Tranquilo sonriendo. ¿Quién sabe?
Acaso sospeche lo que le estamos preparando.
--Es muy posible: ¡esos diablos de animales son tan astutos! Mire V.,
ya se estremece el potro: de seguro ha olfateado algo.
El canadiense volvió un poco la cabeza y dijo:
--No, todavía no.
--¡Pues ya tenemos para toda la noche! murmuró el negro haciendo un
gesto de mal humor.
--¡Qué siempre ha de ser V. el mismo, Quoniam! ¡Impaciente y testarudo!
Por más que le digo, se ha de obstinar siempre en no entender: ¿cuántas
veces le he repetido que el jaguar es uno de los animales más astutos
que existen? Aunque nos hayamos colocado en dirección contraria al
viento, para mí es evidente que nos ha olfateado. Anda rondando
cautelosamente en torno nuestro, temiendo acercarse demasiado a nuestro
puesto; como V. dice, anda de un lado para otro sin objeto aparente.
--¡Ah! ¿Y cree V. que todavía durará mucho tiempo esta broma?
--No, porque ya debe comenzar a tener sed; en este momento lucha él con
tres sentimientos: el hambre, la sed y el miedo; esté V. seguro de que
este último será el más débil, no es más que cuestión de tiempo.
--Ya lo veo; hace cerca de cuatro horas que estamos aquí de plantón.
--Paciencia, que lo más ya está hecho, y estoy seguro de que no
tardaremos en tener noticias suyas.
--Dios le oiga a V., porque me estoy muriendo de frío. ¿Es grande al
menos el jaguar?
--Sí, sus huellas son anchas; pero, o mucho me engaño, o está apareado.
--¿Lo cree V.?
--Casi me atrevería a apostarlo. Es imposible que un solo jaguar haga
tantos destrozos en menos de ocho días. Según me lo ha asegurado don
Hilario, han desaparecido diez cabezas de ganado.
--¡Oh! exclamó Quoniam restregando alegremente las manos, entonces
vamos a hacer buena cacería, es evidente que tiene cría.
--Eso mismo he supuesto yo: preciso es que tengan hijuelos cuando tanto
se acercan a las haciendas.
En aquel momento, un rugido ronco que se parecía algún tanto al
maullido lastimero de un gato, turbó el silencio profundo del desierto.
--He ahí su primera voz de alarma, dijo Quoniam.
--Todavía está lejos.
--¡Oh! No tardará en acercarse.
--Todavía no; no es a nosotros a quienes quiere atacar en este momento.
--¡Calle! ¿Pues a quién?
--¡Escuche V.!
En aquel momento resonó a poca distancia un grito semejante al primero,
pero que procedía del lado opuesto.
--¡Cuando yo decía que estaba apareado! repuso pacíficamente el
canadiense.
--Yo no lo ponía en duda. Si V. no conoce las costumbres de los tigres,
¿quién va a saberlas?
El pobre potro se había levantado y todo su cuerpo temblaba; medio
muerto de miedo, con la cabeza oculta entre sus patas delanteras, se
mantenía firme sobre sus cuatro remos lanzando una especie de quejido.
--¡Pobre animal inocente! dijo Quoniam, comprende que está perdido.
--Espero que no.
--El jaguar le ahogará.
--Sí, si no le matamos antes.
--Confieso a V., dijo el negro, que me alegraría mucho de que ese
desgraciado potro pudiese librarse.
--Se librará, dijo el cazador; le he escogido para Carmela.
--¡Bah! Entonces ¿para qué le ha traído V. aquí?
--Para acostumbrarle al tigre.
--¡Calle! Es buena idea esa; entonces ¿no tengo yo que cuidarme de ese
lado?
--No; piense V. tan solo en el jaguar que ha de venir por su derecha,
que yo me encargo del otro.
--Queda convenido.
Casi al mismo tiempo resonaron otros dos rugidos más poderosos.
--Tiene sed, observó Tranquilo; se despierta su cólera y comienza a
acercarse.
--¡Bueno! ¿Debernos prepararnos ya?
--Aguarde V. todavía, que nuestros enemigos vacilan; aún no han llegado
al parasismo de la rabia que les hace olvidar toda prudencia.
El negro que se había levantado volvió a sentarse filosóficamente.
Así trascurrieron algunos minutos. De vez en cuando, una ráfaga
de viento nocturno, cargada de rumores vacilantes, pasaba como un
torbellino por encima de las cabezas de los cazadores y se perdía a lo
lejos como un suspiro.
Los dos hombres estaban serenos e inmóviles, con los ojos fijos en el
espacio, con el oído atento a los ruidos del desierto, con el dedo en
el gatillo del rifle, dispuestos a hacer frente a la primera señal al
enemigo invisible todavía, pero cuya aproximación y ataque inminentes
adivinaban instintivamente.
De pronto el canadiense se estremeció y se inclinó con viveza hacia el
suelo.
--¡Oh! exclamó enderezándose con ademan de terrible ansiedad, ¿qué
sucede en el bosque?
Los rugidos del tigre estallaron como un trueno.
A ellos contestó un grito terrible, y se oyó el galope furibundo de un
caballo que se acercaba con vertiginosa rapidez.
--¡Alerta! ¡Alerta! exclamó Tranquilo; alguien se halla en peligro de
muerte, el tigre le persigue.
Los dos cazadores se lanzaron intrépidamente en dirección del sitio en
que sonaban los rugidos.
El bosque entero parecía que se estremecía; ruidos inexplicables
salían de las ignoradas guaridas, asemejándose unas veces a carcajadas
burlonas, y otras a gritos de angustia.
Los roncos maullidos de los jaguares continuaban sin interrupción. El
galope del caballo que los cazadores oyeron primero parecía que se
había convertido en múltiple, y resonaba en puntos opuestos.
Los cazadores, anhelosos y fuera de sí, seguían corriendo en línea
recta, saltando barrancos y zanjas con una rapidez aterradora; el
terror que experimentaban por los desconocidos a quienes querían
socorrer les prestaba alas.
De pronto, un grito de angustia más estridente, más desesperado que el
primero, se oyó a corta distancia.
--¡Oh! ¡Es ella! ¡Es Carmela! exclamó Tranquilo poseído de una especie
de vértigo.
Y saltando como una fiera, se lanzó hacia adelante seguido de Quoniam,
quien durante toda aquella loca carrera no se había separado de él ni
una línea.
De pronto reinó en el desierto un silencio de muerte; todo ruido,
todo rumor había cesado como por encanto; solo se oía la respiración
anhelosa de los cazadores que seguían corriendo.
Alzóse un rugido de furor lanzado por los tigres; un crujido de ramas
agitó unos matorrales próximos, y una masa enorme, saltando desde lo
alto de un árbol, pasó por encima del canadiense y desapareció; en el
mismo instante un relámpago rasgó las tinieblas y sonó un tiro, al cual
respondieron casi en seguida un rugido de agonía y un grito de espanto.
--¡Ánimo, niña! ¡Ánimo! exclamó una voz varonil y acentuada a poca
distancia; ¡está V. salvada!
Los cazadores, por medio de un esfuerzo supremo de energía, apresuraron
más aún la rapidez casi increíble ya de su carrera, y al fin
desembocaron en el teatro de la lucha.
Entonces se ofreció ante su aterrada vista un espectáculo singular y
terrible.
En una explanada bastante pequeña, una mujer desmayada estaba tendida
en el suelo junto a un caballo herido que se agitaba en las últimas
convulsiones de la agonía.
Aquella mujer estaba inmóvil, como muerta.
Dos tigrecillos jóvenes, acurrucados como gatos, fijaban en ella sus
ojos ardientes y se disponían a atacarla; a pocos pasos de allí un
tigre herido se revolcaba en el suelo rugiendo con furor, y procuraba
arrojarse sobre un hombre que, con una rodilla en tierra, con el brazo
izquierdo envuelto en los numerosos pliegues de un zarapé, echado
hacia adelante y empuñando con la mano derecha un machete, esperaba
resueltamente su ataque.
Detrás de aquel hombre, un caballo, con el cuello estirado, el hocico
humeante y las orejas: tendidas hacia atrás, se estremecía lleno de
terror afirmándose en sus cuatro remos; otro tigre, encaramado en la
rama más fuerte de un árbol, fijaba una mirada ardiente en el jinete
desmontado, azotando el aire con su poderosa cola y lanzando sordos
maullidos.
Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir lo vieron los cazadores
de una sola ojeada: con la rapidez del rayo y con un gesto de sublime
sencillez se repartieron los puestos los atrevidos aventureros.
Mientras Quoniam se precipitaba sobre los dos cachorros, y cogiéndolos
del cuello les estrellaba la cabeza en una roca, Tranquilo se echaba
el rifle a la cara y derribaba de un tiro a la hembra del tigre
precisamente en el momento en que desde el árbol se arrojaba sobre el
jinete; luego, volviéndose con extremada viveza, mató de un culatazo al
segundo tigre y lo tendió a sus pies.
--¡Ah! dijo el cazador con un sentimiento de orgullo, poniendo su rifle
en el suelo y enjugándose la frente bañada en sudor frío.
--¡Vive! exclamó Quoniam, quien comprendió toda la angustia que
encerraba la exclamación de su amigo; solo el terror la ha hecho
desmayarse; pero está salvada.
El cazador se quitó lentamente el gorro, y alzando los ojos al cielo,
murmuró con acento de indescriptible gratitud:
--¡Gracias! Dios mío.
Entre tanto, el jinete tan milagrosamente salvado por Tranquilo se
adelantó hacia él, y tendiéndole la mano, le dijo:
--A cargo de revancha.
--Yo soy quien quedo en deuda con V., respondió con franqueza el
cazador: a no ser por la sublime abnegación de V., hubiéramos llegado
demasiado tarde.
--No he hecho más de lo que hubiera ejecutado cualquier otro en mi
lugar.
--Puede ser. ¿El nombre de V., hermano?
--Corazón Leal[1]. ¿Y el de V.?
--Tranquilo. Desde hoy seremos amigos hasta la muerte.
--Acepto, hermano. Ahora pensemos en esa pobre joven.
Los dos hombres se estrecharon otra vez la mano y se acercaron a
Carmela, a quien Quoniam prodigaba todos los auxilios imaginables sin
lograr sacarla del profundo desmayo en que se hallaba sepultada.
Mientras Corazón Leal y Tranquilo sustituían a Quoniam junto a la
joven, el negro se apresuró a reunir leña seca y encender fuego.
Sin embargo, al cabo de algunos minutos Carmela entreabrió los ojos,
y muy luego se encontró bastante bien para explicar las causas de su
presencia en aquel bosque, en vez de estar tranquilamente dormida en la
venta del Potrero.
Este relato que, por razón de la debilidad de la joven y de las fuertes
emociones que había experimentado, exigió varias horas, se le haremos
nosotros al lector en breves palabras en el capítulo siguiente.
[1] Véanse los _Tramperos del Arkansas._
XVIII.
LANZI.
Carmela siguió con la vista durante mucho tiempo la carrera desordenada
del Jaguar por el campo. Cuando por fin le vio desaparecer a lo lejos
en medio de un bosque, bajó tristemente la cabeza y volvió a entrar en
la venta con lento paso y muy pensativa.
--Le aborrece, murmuró en voz baja y muy conmovida; le aborrece;
¿querrá salvarle?
Se dejó caer sobre un asiento, y durante algunos momentos quedó sumida
en profundas reflexiones.
Al fin levantó la cabeza: un rubor febril teñía su rostro; sus ojos tan
dulces parecía que despedían relámpagos.
--¡Yo le salvaré! exclamó con soberana resolución.
Después de esta exclamación se levantó, y atravesando la sala con
presuroso paso, entreabrió la puerta del corral y gritó:
--¡Lanzi!
--¿Qué quiere V., niña? respondió el mestizo, que en aquel momento se
ocupaba en dar alfalfa a dos caballos de mucho precio pertenecientes a
la joven, y cuya custodia especial lo estaba confiada.
--Venga V.
--Allá voy al momento.
En efecto, al cabo de cinco minutos, todo lo más, apareció en la puerta
de la sala.
--¿Qué desea V., Señorita? dijo con esa obsequiosidad tranquila,
habitual en los criados mimados por sus amos; estoy muy ocupado en este
momento.
--Es muy posible, mi buen Lanzi, respondió Carmela con dulzura; pero lo
que tengo que decir a V. no admite dilación alguna.
--¡Oh! ¡Oh! dijo el mestizo con cierto tono de sorpresa, ¿pues qué
sucede?
--Nada de particular, amigo mío, todo está en orden en la venta, según
costumbre; solo que tengo que pedir a V. un favor.
--Un favor, ¿a mí?
--Sí.
--Hable V., Señorita; ya sabe V. que le pertenezco en cuerpo y alma.
--Va siendo tarde, y es probable que en una hora tan avanzada no se
detenga ningún viajero en la venta.
El mestizo levantó la cabeza, calculó mentalmente la marcha del sol, y
por fin dijo:
--No creo que vengan ya hoy viajeros; son cerca de las cuatro; sin
embargo, aún podría suceder que viniesen.
--No hay motivo alguno para suponerlo.
--Es verdad, Señorita.
--Pues bien, entonces quisiera que cerrase V. la venta.
--¡Que cierre la venta! ¿Por qué?
--Voy a decírselo a V.
--¿Es realmente muy importante?
--Sí por cierto.
--Entonces hable V., niña, soy todo oídos.
La joven lanzó una mirada profunda e interrogadora al mestizo, que
estaba de pie delante de ella, apoyó los codos con coquetería sobre una
mesa, y dijo con tono indiferente:
--Tengo inquietud, Lanzi.
--¡Inquietud! ¿Por qué?
--Por la prolongada ausencia de mi padre.
--¡Cómo! Pues si apenas hace cuatro días que estuvo aquí.
--Nunca me ha dejado sola tanto tiempo.
--Sin embargo... dijo el mestizo rascándose la cabeza algo confuso.
--En resumen, dijo la joven interrumpiéndole con resolución, tengo
inquietud por mi padre y quiero verle. Va V. a cerrar la venta y a
ensillar los caballos, y nos iremos a la hacienda del Mezquite; no está
lejos, y dentro de cuatro o cinco horas podremos hallarnos de regreso.
--Pero es muy tarde...
--Razón más para marcharnos al instante.
--Sin embargo...
--Nada de observaciones; haga V. lo que le mando.
El mestizo inclinó la cabeza sin responder; sabía que cuando su ama
hablaba así, era preciso obedecer.
La joven adelantó un paso, puso su mano blanca y delicada sobre el
hombro del mestizo, y acercándole su cara fresca y preciosa, añadió con
una sonrisa dulce que hizo estremecer de alegría al pobre diablo:
--No se incomode V. por este capricho, mi buen Lanzi: ¡sufro mucho!
--¡Incomodarme yo, niña! respondió el mestizo encogiéndose de hombros
de una manera significativa: ¡eh! ¿No sabe V. que yo me echaría al
fuego por V.? Con mayor motivo haré cuanto se le ponga en la cabeza.
Entonces se ocupó con la mayor celeridad en atrancar con cuidado las
puertas y las ventanas de la venta, y en seguida se volvió al corral a
ensillar los caballos, mientras que Carmela, poseída de una impaciencia
nerviosa, se quitaba el traje que tenía puesto y vestía otro más cómodo
para el viaje que proyectaba, porque había engañado al anciano criado:
no era al lado de Tranquilo a donde quería ir.
Pero Dios había resuelto que el proyecto que agitaba en su traviesa
cabeza rubia no alcanzase buen éxito.
En el momento en que Carmela, completamente vestida y dispuesta para
montar a caballo, entraba de nuevo en la sala, Lanzi apareció en la
puerta que daba al corral con el semblante trastornado por el terror.
Carmela corrió presurosa hacia él creyendo que se había hecho daño, y
le preguntó con interés:
--¿Qué tiene V.?
--¡Estamos perdidos! respondió Lanzi con voz sorda, dirigiendo en torno
suyo una mirada de espanto.
--¡Cómo, perdidos! exclamó la joven tornándose pálida como un cadáver;
¿qué quiere usted decir, amigo mío?
El mestizo apoyó un dedo en sus labios para: imponerla silencio; la
hizo seña de que le siguiese, y se deslizó al corral con cauteloso paso.
Carmela salió detrás de él.
El corral estaba rodeado por un cercado de tablas de unos dos metros de
altura. Lanzi se acercó a un sitio en que había una rendija bastante
ancha por donde se podía ver el campo, y señalándosela a su ama, le
dijo:
--¡Mire V.!
La joven obedeció y pegó su rostro a las tablas.
Comenzaba a anochecer, y las tinieblas, a cada momento más densas,
invadían rápidamente el campo. Sin embargo, la oscuridad no era todavía
suficiente para impedir que Carmela distinguiese a algunos centenares
de metros una tropa numerosa de jinetes que corrían a rienda suelta en
dirección a la venta.
Bastóle a la joven una simple ojeada para conocer que aquellos Jinetes
eran indios bravos.
Aquellos guerreros, en número de cincuenta, vestían su traje completo
de combate, e inclinados sobre el cuello de sus corceles, tan indómitos
como ellos, blandían sus largas lanzas por encima de sus cabezas en
señal de reto.
--¡Son los Apaches! exclamó Carmela retrocediendo llena de espanto.
¿Cómo es que han llegado hasta aquí sin que se haya tenido noticia de
su invasión?
El mestizo movió tristemente la cabeza, y dijo:
--Dentro de pocos minutos estarán aquí: ¿qué hacemos?
--¡Defendernos! exclamó resueltamente la joven. Parece que no tienen
armas de fuego; nosotros, guarecidos detrás de las paredes de nuestra
casa, podremos sostenernos fácilmente contra ellos hasta la salida del
sol.
--¿Y entonces? preguntó él mestizo en tono de duda.
--Entonces, repuso Carmela con exaltación, ¡Dios nos ayudará!
--¡Amén! respondió el mestizo menos convencido que nunca de la
posibilidad de tal milagro.
--Apresúrese V. a bajar a la sala todas las armas de fuego que hay en
casa, que quizás esos paganos retrocederán si se ven recibidos con
energía; además, ¿quién sabe si nos atacarán?
--¡Eh! Esos demonios son muy astutos, y saben muy bien la gente que hay
en la casa. No cuente V. con que se retiren sin haberse apoderado de la
venta.
--¡Pues bien! exclamó Carmela resueltamente, ¡sea lo que Dios quiera!
Moriremos peleando con valor, en vez de dejarnos coger cobardemente y
ser esclavos de esos miserables sin corazón y sin piedad.
--¡Corriente! respondió el mestizo electrizado por las palabras
entusiastas de su ama, ¡batalla! Ya sabe V., Señorita, que no me asusta
un combate; que se tengan firmes esos perros, porque si no se andan con
cuidado, ¡quizás les juegue yo una mala pasada de la cual se acuerden
durante toda su vida!
La conversación quedó en esto por el momento, en atención a la
necesidad en que nuestros personajes se encontraban de preparar
sus medios de defensa, lo cual verificaron con una celeridad y una
inteligencia, que demostraban que no era aquella la primera vez que se
encontraban en tan crítica posición.
No se sorprenda el lector al ver el viril entusiasmo desplegado en
aquella ocasión por Carmela: en las fronteras, en donde de continuo se
hallan expuestos a las incursiones de los indios y de los merodeadores
de todas clases, las mujeres pelean al lado de los hombres, y olvidando
la debilidad de su sexo, cuando llega la ocasión, saben mostrarse tan
valientes como sus hermanos y sus maridos.
Carmela no se había equivocado: era un destacamento de indios bravos
el que llegaba a galope. Muy pronto estuvieron junto a la casa y la
rodearon por completo.
Generalmente, los indios, en sus expediciones, proceden con suma
prudencia, sin mostrarse nunca a descubierto ni avanzar sino con
extremada circunspección: en esta ocasión fácil era conocer que se
juzgaban seguros del triunfo y que sabían perfectamente que la venta se
hallaba desprovista de defensores.
Cuando hubieron llegado a unos veinte metros de la casa, se detuvieron,
echaron pie a tierra, y pareció que se consultaban unos a otros un
instante.
Lanzi había aprovechado aquellos instantes de tregua para amontonar
sobre la mesa de la sala todas las armas de la casa, es decir, unas
diez carabinas.
Aunque las puertas y las ventanas estaban sólidamente atrancadas,
merced a las numerosas aspilleras abiertas de trecho en trecho, era
fácil observar los movimientos del enemigo.
Carmela, armada con una carabina, se había colocado con intrepidez
delante de la puerta, mientras que el mestizo, con semblante
preocupado, andaba de un lado para otro, entraba y salía, y parecía que
daba la última mano a un trabajo importante y misterioso.
--Vamos, dijo al cabo de un instante, ya está todo corriente. Vuelva V.
a poner esa carabina sobre la mesa, Señorita: no es con la fuerza, sino
únicamente por medio de la astucia como podemos vencer a esos demonios.
Déjeme V. obrar.
--¿Cuál es el proyecto de V.?
--Ya lo verá V. He serrado dos tablas del cercado del corral; monte
V. a caballo, y tan luego como me oiga abrir la puerta de la venta,
márchese a escape tendido.
--Pero ¿y V.?
--No se cuide V. de mí, sino clave las espuelas a su caballo.
--No quiero abandonar a V.
--¡Bah! ¡Bah! No andemos en tonterías; soy viejo, mi vida está ya en
un hilo, la de V. es preciosa, es menester salvarla. Déjeme obrar a mi
antojo, le digo.
--No, a no ser que me diga V...
--No diré nada. Encontrará V. a Tranquilo en el Vado del Venado. ¡Ni
una palabra más!
--¡Ah! ¿De veras? dijo Carmela. ¡Pues bien! juro que no me moveré de
junto a V., suceda lo que quiera.
--¡Está V. loca! ¿No la he dicho que quiero jugar una mala pasada a los
indios?
--Sí.
--Pues bien, ya lo verá V.: solo que, como temo alguna imprudencia por
parte de V., deseo verla marchar delante. No hay más que eso.
--¿Me dice V. la verdad?
--¡Sí por cierto! Dentro de cinco minutos me reuniré con V.
--¿Me lo promete V.?
--No crea V. que me voy a entretener en quedarme aquí.
--Pero ¿qué se propone V. hacer?
--Ahí están los indios. Salga V. y no olvide marchar a escape tendido
en cuanto yo abra la puerta, y dirigirse al Vado del Venado.
--Pero cuento con que...
--Ande V., ande V.; queda convenido, dijo Lanzi interrumpiéndola
bruscamente y empujándola hacia el corral.