en la puerta de la venta algunos golpes precipitados, y el mestizo
aprovechó esta demostración de los indios para cerrar la puerta del
corral.
--He jurado a Tranquilo protegerla, suceda lo que quiera, murmuró, y no
puedo salvarla sino muriendo por ella. Pues bien, ¡moriré! Pero vive
Dios que he de hacerme unos funerales magníficos.
Llamaron de nuevo en la puerta; pero esta vez con tal violencia, que
era fácil prever que no resistirían por mucho tiempo las tablas.
--¿Quién está ahí? preguntó el mestizo con voz serena.
--Gente de paz, respondieron desde fuera.
--¡Cáspita! dijo Lanzi, para ser gente de paz tienen VV. una manera
singular de anunciarse.
--¡Abra V.! ¡Abra V.! repuso la voz desde fuera.
--Con mucho gusto; pero ¿quién me asegura que no quieren VV. hacerme
daño?
--Abra V. o echamos la puerta abajo. Y se repitieron los golpes.
--¡Oh! ¡Oh! dijo el mestizo, ¡no se andan ustedes en chiquitas! Ea, no
se cansen más, que allá voy.
Cesaron los golpes.
El mestizo desatrancó la puerta y abrió.
Los indios se precipitaron dentro de la casa lanzando gritos y aullidos
de alegría.
Lanzi se había apartado para dejarles franco el paso. Hizo un gesto de
alegría al oír el galope de un caballo que se alejaba con rapidez.
Los indios no pararon mientes en aquel incidente.
--¡Queremos beber! exclamaron.
--¿Qué quieren VV. que les dé? preguntó el mestizo, quien procuraba
ganar tiempo.
--¡Agua de fuego! gritaron los indios.
Lanzi se apresuró a servirles. Comenzó la orgía.
Los pieles rojas, sabiendo que nada tenían que temer por parte de
los habitantes de la venta, tan luego como se abrió la puerta, se
precipitaron en tropel dentro de la sala, juzgando innecesario el
colocar centinelas: este descuido, con el cual contaba Lanzi, facilitó
a Carmela el que se alejase sin ser vista ni molestada.
Los indios, y sobre todo los Apaches, tienen una pasión desenfrenada
por los licores fuertes: entre todos ellos, solo los Comanches tienen
una sobriedad a toda prueba. Hasta ahora han sabido librarse de esa
tendencia funesta a la embriaguez, que diezma y embrutece a sus
compatriotas.
Lanzi observaba con sorna las evoluciones de los pieles rojas que,
aglomerados en torno de las mesas, bebían sendos tragos y vaciaban
a porfía las botas colocadas delante de ellos; los ojos de los
indios comenzaban a brillar; sus facciones se animaban; hablaban
desaforadamente todos a un tiempo sin saber ya lo que decían y sin
pensar más que en emborracharse.
De pronto el mestizo sintió que le ponían una mano en el hombro.
Se volvió.
Un indio estaba de pie en frente de él con los brazos cruzados sobre el
pecho.
--¿Qué quiere V.? le preguntó.
--El Zorro-Azul es un jefe, respondió el indio, y tiene que hablar con
el rostro pálido.
--¿No está satisfecho el Zorro-Azul acaso de la manera en que le he
recibido, así como a sus compañeros?
--No es eso; los guerreros beben, el jefe quiere otra cosa.
--¡Ah! dijo el mestizo, lo siento mucho, porque he dado cuanto tenía.
--No, respondió secamente el indio.
--¿Cómo que no?
--¿Dónde está la joven de cabellos de oro?
--No le entiendo a V., jefe, dijo el mestizo, quien, por el contrario,
comprendía perfectamente.
El indio se sonrió.
--Mire el rostro pálido al Zorro-Azul y verá que es un jefe y no un
niño a quien se puede entretener con mentiras. ¿Qué se ha hecho la
joven de cabellos de oro, la que habita aquí con mi hermano?
--La mujer de quien V. habla, si es la joven a quien pertenece esta
casa a la que V. se refiere...
--Sí.
--Pues bien, no está aquí.
El jefe le dirigió una mirada penetrante y dijo:
--El rostro pálido miente.
--Búsquela V.
--Estaba aquí hace una hora.
--Es muy posible.
--¿Dónde está?
--Búsquela V.
--El rosto pálido es un perro cuya cabellera he de arrancar.
--Buen provecho le haga a V., respondió el mestizo en tono de burla.
Desgraciadamente, Lanzi, al decir estas palabras, había dirigido una
mirada triunfante hacia la parte del corral; el jefe cogió esta mirada
al vuelo, se precipitó hacia el corral, abrió la puerta y lanzó un
grito de furor al ver la brecha practicada en el cercado: acababa de
comprender la verdad.
--¡Perro! exclamó, y cogiendo del cinto su cuchillo de desollar, lo
lanzó con rabia hacia su enemigo.
Pero el mestizo, que le vigilaba, esquivó el golpe, y el cuchillo fue a
clavarse en la pared a pocas pulgadas de su cabeza.
Lanzi se enderezó, y saltando por encima del mostrador, se precipitó
hacia el Zorro-Azul.
Los indios se levantaron tumultuosamente, y cogiendo sus armas saltaron
como fieras en persecución del mestizo.
Este, cuando hubo llegado al umbral de la puerta del corral, se volvió,
descargó sus pistolas en medio de la multitud, montó precipitadamente a
caballo, y clavándole las espuelas en los ijares, le hizo trasponer el
boquerón del cercado.
En el mismo instante se oyó detrás de él un estrépito terrible; tembló
la tierra, y una masa confusa de piedras, vigas y escombros de todas
clases fue a caer en derredor del jinete y de su caballo.
La venta del Potrero acababa de volarse, sepultando bajo sus ruinas a
los Apaches que la habían invadido.
He ahí la mala pasada que Lanzi se había propuesto jugar a los indios.
Ahora se comprenderá por qué había insistido para que Carmela se
alejase tan pronto.
Por una felicidad singular, ni el mestizo ni su caballo estaban
heridos; el _mustang_, con el hocico humeante, volaba por la pradera
como si hubiese tenido alas, hostigado de continuo por su jinete que le
estimulaba con el ademán y con la voz, porque le parecía oír a poca
distancia detrás de sí el galope de otro caballo que parecía que le
perseguía.
Desgraciadamente la noche estaba demasiado oscura para que le fuese
posible cerciorarse de que no se equivocaba.
XIX.
LA CAZA.
Según toda probabilidad, el lector juzgará que el medio empleado por
Lanzi para desembarazarse de los Apaches era un poco violento, y que
acaso no debiera haber recurrido a él sino en el último extremo.
La justificación del mestizo es tan sencilla como fácil de exponer:
los indios bravos, cuando pasan la frontera mejicana, se entregan sin
compasión a todo género de desórdenes, empleando la mayor crueldad
para con los desventurados blancos que caen en sus manos y a quienes
profesan un odio que nada puede saciar.
La posición de Lanzi, solo, sin poder esperar auxilio de nadie en
un sitio tan aislado, en poder de unos cincuenta demonios sin fe ni
ley, era en extremo crítica, y mucho más si se tiene en cuenta que
los Apaches, tan luego como hubiesen estado excitados por los licores
fuertes, cuyo abuso les produce una especie de locura furiosa, no
habrían reconocido ya freno alguno; su carácter sanguinario hubiera
prevalecido, y entonces se habrían entregado a las crueldades más
injustificables por el solo placer de hacer sufrir a un enemigo de su
raza.
Además, el mestizo tenía una razón perentoria para no guardar
consideración alguna: a toda costa era preciso asegurar, fuera como
quisiera, la salvación de Carmela; pues había hecho a Tranquilo el
juramento solemne de defenderla aún con peligro de su propia existencia.
En el caso presente sabía que su vida o su muerte dependían tan solo
del capricho de los indios, y por lo tanto no tenía que guardar
consideración alguna.
Lanzi era un hombre frío, positivista y metódico, que nunca obraba
sin haber reflexionado previamente y con madurez acerca de las
eventualidades probables del buen o mal éxito. En aquella ocasión el
mestizo nada aventuraba, pues sabía que de antemano estaba sentenciado
por los indios: si su proyecto alcanzaba buen éxito, quizás conseguiría
escaparse; si no, moriría, pero como un valiente habitante de las
fronteras, arrastrando consigo a la tumba a un número considerable de
sus implacables enemigos.
Una vez adoptada su resolución, la llevó a cabo con la sangre fría que
hemos referido; merced a su presencia de ánimo, había tenido suficiente
tiempo para saltar sobre su caballo y fugarse.
Sin embargo, aún no había concluido todo: el galope que el mestizo oía
detrás de sí le causaba viva inquietud, probándole que su proyecto no
le había salido tan bien como él esperaba, y que alguno de sus enemigos
se había librado y lanzado en seguimiento suyo.
El mestizo aumentó la rapidez de su carrera, obligó a su caballo a dar
infinitos rodeos y vueltas, con el fin de hacer que el enemigo que se
encarnizaba en perseguirle perdiese su rastro; pero todo fue inútil,
pues siempre oía detrás de sí el galope obstinado de su desconocido
perseguidor.
Por muy valiente que sea un hombre, por grande que sea la energía
de que se halle dotado, nada embota tanto su valor como el verse
amenazado en medio de las tinieblas por un enemigo invisible, y por
esto mismo inatacable: la oscuridad de la noche, el silencio que reina
en el desierto, los árboles que, en una carrera desatentada, desfilan
por derecha e izquierda cual una legión de fantasmas siniestros y
amenazadores, todo se reúne para aumentar los terrores del desgraciado
que huye poseído de un vértigo incalificable, sumido en una pesadilla
tanto más horrible, cuanto que conoce el peligro y no sabe como
conjurarle.
Lanzi, con el entrecejo fruncido, los labios temblorosos, la frente
bañada en frío sudor, corrió así durante varias horas por medio del
campo, inclinado sobre el cuello de su corcel, sin seguir ninguna
dirección fija, perseguido siempre por el ruido del galope del caballo
lanzado en pos de él.
¡Cosa singular! Desde que aquel galope se oyó por primera vez, no
parecía haberse acercado mucho; pudiérase suponer que el desconocido
jinete, satisfecho con seguir la pista de aquel a quien perseguía, no
se cuidaba de alcanzarle.
Entre tanto la primera exaltación del mestizo se había calmado
gradualmente, el aire frío de la noche había ordenado algún tanto sus
ideas, recobraba su serenidad y con ella la lucidez necesaria para
juzgar bien su posición.
Lanzi se avergonzó de aquel terror pueril, indigno de un hombre como
él, que durante tanto tiempo y por interés de su seguridad personal
le hacía olvidar el deber sagrado que se había impuesto de proteger y
defender con riesgo de su vida a la hija de su amigo, o al menos a la
que consideraba como tal.
Al ocurrírsele este pensamiento, que hirió a su mente cual un rayo,
un rubor ardiente tiñó su rostro, surgió de sus ojos un relámpago, y
detuvo bruscamente su caballo, resuelto a concluir de una vez y a toda
costa con su perseguidor.
El caballo, detenido de pronto en su carrera, dobló sus temblorosas
piernas lanzando un relincho de dolor, y permaneció inmóvil. En el
mismo instante dejó de oírse también el galope del corcel invisible.
--¡Eh! ¡Eh! murmuró el mestizo, esto comienza a complicarse.
Y sacando de su cinto una pistola, la amartilló.
Inmediatamente oyó, cual un eco fúnebre, el ruido seco del muelle de
una pistola que también montaba su adversario.
Sin embargo, este ruido, en vez de aumentar los recelos del mestizo,
pareció que, por el contrario, los calmaba.
--¿Qué significa esto? dijo para sí, moviendo la cabeza con marcada
preocupación; ¿me habré equivocado? ¿No es con un apache, según eso,
con quien tengo que habérmelas?
Después de esta reflexión, durante la cual Lanzi había procurado en
vano distinguir a su enemigo desconocido, gritó con voz fuerte.
--¡Eh! ¿Quién es V.?
--¿Y V.? respondió una voz varonil que salía de en medio de las
tinieblas con un acento tan resuelto por lo menos como el del mestizo.
--¡He ahí una respuesta singular! repuso Lanzi.
--Ni más ni menos singular que la pregunta de V.
Estas palabras habían sido pronunciadas en el castellano más puro. El
mestizo, seguro ya de que tenía que habérselas con un blanco, desterró
todo temor, y desmontando su pistola, volvió a colocársela en el cinto,
diciendo en tono de buen humor:
--Lo mismo que yo, caballero, debe V. tener necesidad de tomar resuello
después de una carrera tan larga: ¿quiere V. que descansemos juntos?
--Con mucho gusto, respondió el otro.
--¡Calle! exclamó una voz que el mestizo conoció en seguida, es Lanzi.
--¡Sí por cierto! exclamó éste con júbilo, ¡voto a bríos! Doña Carmela,
¡no esperaba yo encontrar a V. aquí!
Nuestros tres personajes se reunieron. Las explicaciones fueron breves.
El miedo no calcula ni reflexiona. Carmela por un lado, Lanzi por otro,
arrebatados por un vano terror, habían huido sin procurar enterarse
del sentimiento que les impulsaba, excitados tan solo por el interés de
la propia conservación, esa arma suprema dada por Dios al hombre para
hacerle evitar el peligro en los casos extremos.
La única diferencia consistía en que el mestizo se juzgaba perseguido
por los Apaches, mientras que Carmela creía tenerlos delante de sí.
Cuando la joven, cediendo a las instancias de Lanzi, salió de la venta,
se precipitó ciega por el primer sendero que se presentó delante de
ella.
Por fortuna suya, Dios había querido que, en el momento en que la venta
se volaba con terrible estrépito, Carmela, medio muerta de terror y
derribada del caballo, fuese hallada por un cazador blanco. Este, lleno
de compasión al oír el relato de las desgracias que la amenazaban, se
ofreció generoso a escoltarla hasta la hacienda del Mezquite, a donde
la joven deseaba ir para colocarse bajo la protección inmediata de
Tranquilo.
Carmela, después de haber examinado con la vista al cazador, cuya
mirada franca y rostro simpático revelaban lealtad, aceptó su oferta
con gratitud, temblando que las tinieblas la hiciesen caer en medio de
las partidas de indios que sin duda infestaban los caminos, y a las
cuales la habría entregado inevitablemente su ignorancia respecto de
los sitios circunvecinos.
Así pues, la joven y su guía se pusieron en marcha al instante en
dirección a la hacienda; pero, dominados por mil recelos, el galope
del caballo del mestizo les hizo creer en la presencia de una
partida enemiga delante de ellos. Por eso pusieron todo su cuidado
en mantenerse a una distancia bastante grande para volver riendas y
escaparse al más mínimo movimiento sospechoso de sus supuestos enemigos.
Esta explicación disipó toda inquietud entre los tres personajes;
Carmela y Lanzi se juzgaban muy felices por haberse encontrado de una
manera tan providencial.
Mientras el mestizo refería a su señorita la manera en que había
concluido con los Apaches, el cazador, como hombre prudente, cogió de
las riendas a los caballos y los condujo a unos matorrales espesos en
donde los escondió con el mayor cuidado; en seguida volvió junto a sus
nuevos amigos, quienes se habían sentado en el suelo para descansar un
poco.
En el momento en que el cazador volvía, Lanzi estaba diciendo a la
joven:
--¿Para qué se ha de cansar V. más esta noche, Señorita? Nuestro nuevo
amigo y yo construiremos en un momento una choza para V., bajo la cual
estará perfectamente resguardada; dormirá V. hasta la salida del sol,
y entonces nos encaminaremos a la hacienda. Por ahora no tiene V. que
temer ningún peligro, pues se halla protegida por dos hombres que no
vacilarán en sacrificar su vida por V. si es preciso.
--Le doy a V. gracias, mi buen Lanzi, respondió la joven: su cariño
y lealtad me son conocidos, y no vacilaría en confiarme a ellos si
en este momento me hallase atormentada por el temor de los Apaches.
Crea V. firmemente que la consideración de los peligros a que puedo
hallarme expuesta por parte de esos paganos no entra para nada en mi
determinación de ponerme en marcha lo más pronto posible.
--¿Pues qué otra consideración más importante puede obligarla a V,
Señorita? dijo el mestizo con sorpresa.
--Amigo mío, ese es asunto entre mi padre y yo. Bástele a V. saber que
es de absoluta precisión que yo le vea y hable con él esta misma noche.
--¡Corriente! Puesto que V. lo quiere, Señorita, consiento en ello,
respondió el mestizo moviendo la cabeza. De todos modos confiese usted
que es un capricho singular.
--No, mi buen Lanzi, repuso la joven con tristeza, no es un capricho:
cuando conozca V. las razones que me obligan a obrar así, estoy
convencida de que me dará la razón.
--Puede ser; pero entonces ¿por qué no me las dice V. al instante?
--Porque me es imposible.
--¡Silencio! exclamó el cazador interponiéndose bruscamente; toda
discusión es ociosa en este momento: es preciso marchar cuanto antes.
--¿Qué quiere V. decir? exclamaron Carmela y Lanzi haciendo un
movimiento de espanto.
--Que los Apaches han encontrado nuestro rastro y acuden con rapidez:
antes de veinte minutos estarán aquí; esta vez no ha lugar a
equivocarse, son ellos.
Hubo un momento de silencio.
Carmela y Lanzi prestaron atento oído.
--No oigo nada, dijo el mestizo al cabo de un instante.
--Ni yo tampoco, murmuró la joven.
El cazador se sonrió con dulzura y dijo:
--En efecto, nada deben VV. oír todavía, porque sus oídos no están
tan acostumbrados como los míos a percibir los rumores más leves del
desierto. Tengan VV. fe en mis palabras, fíen en una experiencia que
nunca me ha fallado: nuestros enemigos se acercan.
--¿Qué hacemos? murmuró Carmela.
--Huir, exclamó el mestizo.
--Escuchen VV., repuso el cazador impasible, los Apaches son numerosos,
son muy astutos, pero solo por medio de la astucia podemos vencerlos.
Si intentamos resistirles, somos perdidos; si huimos los tres juntos,
tarde o temprano caeremos en sus manos. Mientras yo me quedo aquí, V.
huirá con la señorita. Únicamente cuide V. de forrar los pies de los
caballos para ensordecer el ruido de sus pasos.
--Pero ¿y V.? exclamó la joven con viveza.
--¿No he dicho ya que me quedaré aquí?
--Sí, pero entonces caerá V. en sus manos y será V. asesinado
inevitablemente.
--¡Puede ser! respondió el cazador con inexplicable expresión de
melancolía; pero al menos mi muerte habrá servido para algo, puesto que
habrá salvado a VV.
--Muy bien, caballero, dijo Lanzi, doy a V. gracias por su oferta.
Desgraciadamente, ni puedo ni quiero aceptarla: las cosas no han
de pasar así. Yo he sido quien ha comenzado el negocio, y pretendo
terminarle yo solo a mi manera. Márchese V. con la señorita,
entréguela en manos de su padre, y si no me ve V. volver y él le
pregunta lo que ha pasado, diga V. sencillamente que he cumplido mi
promesa dando mi vida por doña Carmela.
--¡Nunca consentiré en ello! exclamó enérgicamente la joven.
--¡Silencio! dijo el mestizo interrumpiéndola bruscamente, márchense,
márchense, que no se puede perder un solo instante.
Y a pesar de la resistencia de la joven, la levantó en sus robustos
brazos y se la llevó corriendo hacia los matorrales.
Carmela comprendió que nada podría alterar la resolución del mestizo y
se resignó.
El cazador aceptó el sacrificio de Lanzi con la misma sencillez con
que había ofrecido el suyo, pues la conducta del mestizo le parecía
muy natural. Así pues, no opuso la más leve objeción y se ocupó con
actividad en preparar los caballos.
--Ahora márchense VV., dijo el mestizo tan luego como el cazador y la
joven estuvieron a caballo, márchense, ¡y sea lo que Dios quiera!
--¿Y V., amigo mío? dijo todavía Carmela.
--Yo, respondió el mestizo moviendo la cabeza con expresión
indiferente, aún no he caído en poder de esos diablos rojos. ¡Vamos, en
marcha!
Y en seguida, para cortar toda conversación, sacudió un zendo latigazo
a los caballos. Los nobles animales arrancaron a galope, y muy luego
desaparecieron de su vista.
El pobre hombre lanzó un suspiro tan luego como se hubo quedado solo.
--¡Ah! murmuró con tristeza, esta vez mucho me temo que todo haya
concluido para mí. Pero no importa, ¡qué diablo! Lucharé hasta el fin,
y si los indios me cogen, su trabajillo les ha de costar.
Después de haber adoptado esta determinación enérgica, que pareció le
restituía todo su valor, el buen mestizo montó a caballo y se mantuvo
dispuesto a obrar.
Los Apaches se acercaban con un ruido semejante al estampido de un
trueno prolongado.
Ya se podían distinguir vagamente sus negras siluetas que se perfilaban
en la sombra.
Lanzi cogió la brida con los dientes, agarró una pistola con cada mano,
y cuando juzgó propicio el momento, clavó las espuelas en los ijares
de su caballo y se lanzó a escape tendido al encuentro de los pieles
rojas, cortándolos en diagonal.
Cuando hubo llegado cerca de ellos, descargó sus armas en medio del
grupo, lanzó un grito de reto y continuó huyendo con creciente rapidez.
Entonces sucedió lo que el mestizo había previsto. Sus tiros habían
sido certeros: dos Apaches cayeron con el pecho atravesado de parte a
parte. Los indios, furiosos al ver aquel ataque audaz que estaban muy
lejos de esperar por parte de un solo hombre, lanzaron un grito de
coraje y se precipitaron en seguimiento suyo.
Ya lo hemos dicho: esto era lo que quería Lanzi.
--¡Eso es! dijo al ver el buen éxito de su treta, ya están reunidos,
y no hay que temer que se desparramen por la llanura; los otros están
salvados. En cuanto a mí... ¡bah! ¿Quién sabe?
Carmela y el cazador solo se habían librado de los Apaches para caer en
medio de los jaguares; pero ya hemos visto como se salvaron, merced al
auxilio de Tranquilo.
XX.
CONFIDENCIAS.
Tranquilo había escuchado atentamente la narración de la joven, con la
cabeza baja y el entrecejo fruncido; cuando Carmela calló, la miró un
momento con expresión interrogadora.
--¿Y es eso todo? le preguntó.
--Todo, contestó Carmela con timidez.
--¿Y de Lanzi, de mi pobre Lanzi, no han tenido VV. más noticias?
--Ninguna. Hemos oído dos tiros, el galope furioso de varios caballos,
el grito de guerra de los Apaches, y luego todo ha vuelto a quedar
silencioso.
--¿Qué habrá sido de él? murmuró con tristeza el tigrero.
--Es un hombre resuelto, y me parece que conoce la vida del desierto,
repuso Corazón Leal.
--Sí, replicó Tranquilo; pero está solo.
--Es verdad, dijo el cazador, y solo contra cincuenta quizás.
--¡Oh! exclamó el canadiense, daría diez años de mi vida por tener
noticias suyas.
--¡Cáspita, compadre! exclamó una voz gozosa, yo se las traigo a V. muy
fresquitas, y nada le pido por ellas.
Los circunstantes no pudieron menos de estremecerse al oír aquella voz,
y se volvieron con viveza hacia el lado en que había sonado.
Apartáronse las ramas y apareció un hombre.
Era Lanzi.
El mestizo parecía estar tan tranquilo y tan descansado como si nada
le hubiese sucedido; solo que su semblante, por lo general frío y aún
de mal gesto, tenía una expresión de alegría burlona inexplicable, sus
ojos chispeaban, y una sonrisa irónica vagaba por sus labios.
--¡Pardiez! amigo mío, dijo Tranquilo tendiéndole la mano, sea V. mil
veces bienvenido entre nosotros: estábamos con suma inquietud por su
suerte.
--Doy a V. gracias, compadre; pero, afortunadamente para mí, el peligro
no era tan inminente como se hubiera podido suponer, y he conseguido
desembarazarme con bastante facilidad de esos demonios de Apaches.
--¡Tanto mejor! Importa muy poco la manera en que haya V. conseguido
escaparse. Está V. sano y salvo, y eso es lo principal. Ahora que
estamos reunidos, ya pueden venir si gustan, que encontrarán con quien
entenderse.
--No harán tal. Además, tienen otra cosa que hacer en este momento.
--¿Eso cree V.?
--Estoy seguro de ello. Han visto un campamento de soldados mejicanos
que van escoltando una conducta de plata, y como es natural, intentan
apoderarse de ella, tanto que a esa circunstancia enteramente fortuita
debo yo en parte mi salvación.
--¡Eh! Tanto peor para los mejicanos, dijo con indiferencia el
canadiense, cada cual para sí y Dios para todos. Que se arreglen como
puedan, que no nos importan sus asuntos.
--Eso mismo pienso yo.
--Todavía nos quedan tres horas de noche: aprovechémoslas para
descansar, con el fin de estar dispuestos para encaminarnos a la
hacienda en cuanto salga el sol.
--El consejo es bueno y debe seguirse, dijo Lanzi, quien se tendió
inmediatamente con los pies junto al fuego, se envolvió en su zarapé y
cerró los ojos.
Corazón Leal, que sin duda opinaba del mismo modo, siguió su ejemplo.
En cuanto a Quoniam, después de haber desollado concienzudamente los
tigres y sus cachorros, se había tendido delante del fuego, y hacía dos
horas que dormía con un sueño profundo y con esa indiferencia indolente
que caracteriza a la raza negra.