confiada a mi cuidado en una emboscada preparada por V., y en la que
en este momento nos aguardan sus dignos secuaces para robarnos y
asesinarnos. ¿Qué responde V. a eso?
--¡Nada! dijo el fraile con sequedad.
--Hace V. bien, porque sus negativas no serían aceptadas. Solo que,
ahora que está V. confeso y convicto, no se me escapará sin que le deje
un recuerdo eterno de nuestro encuentro.
--Cuidado con lo que va V. a hacer, Señor Capitán, que pertenezco a la
Iglesia, y este hábito me hace ser inviolable.
Una sonrisa burlona arqueó los labios del capitán, y dijo en tono
irónico:
--No quede por eso: le quitarán a V. el hábito.
La mayor parte de los soldados y los arrieros, despertados por las
voces que daban el fraile y el oficial, se habían ido acercando poco a
poco, y seguían atentamente el curso de la discusión.
El capitán señaló al fraile con el dedo, y dirigiéndose a los soldados,
les dijo:
--Quiten VV. el hábito a ese hombre, átenle a un árbol y aplíquenle
doscientos chicotazos.
--¡Miserables! gritó el fraile fuera de sí, a aquel de vosotros que
se atreva a tocarme le maldigo: ¡por haber puesto la mano sobre un
ministro del altar, estará condenado eternamente!
Los soldados se detuvieron asustados ante este anatema.
El fraile se cruzó de brazos, y desafiando al oficial con aspecto
triunfante, le dijo:
--¡Desventurado insensato! Podría castigarte por tu audacia, pero te
perdono. Dios se encargará de mi venganza. Él será quien te castigue
cuando haya sonado la hora. Adiós. ¡Vamos! Abridme camino, vosotros.
Los dragones, confundidos y atemorizados, se apartaron lentamente y
vacilando ante él; el capitán, obligado a reconocer su impotencia,
apretaba los puños y dirigía miradas coléricas en torno suyo.
El fraile había salido casi de entre las filas de los soldados cuando
de pronto sintió que le detenían de un brazo; se volvió con la
intención evidente de reprender severamente al individuo bastante audaz
para atreverse a tocarle; pero la expresión de su rostro varió de
improviso al conocer al que le detenía mirándole con aspecto burlón,
pues no era sino el prisionero desconocido, causa primera del insulto
que se le había inferido.
--Aguarde V. un momento, padre, dijo el cazador. Comprendo que esos
hombres, que son católicos, teman la maldición de V. y no se atrevan
a ponerle la mano encima por miedo a las llamas eternas; pero yo, es
muy diferente; soy hereje, como V. sabe, y por lo tanto nada aventuro
desembarazándole de su hábito. Así pues, si V. lo permite, voy a
hacerle ese pequeño favor.
--¡Oh! dijo el fraile rechinando los dientes, ¡te mataré, John; te
mataré, miserable!
--¡Bah! ¡Bah! La gente amenazada vive mucho tiempo, repuso John
obligándole a despojarse del hábito de fraile que vestía.
Después añadió:
--¡Eso es! Ahora, amigos míos, podéis ejecutar con entera seguridad las
órdenes de vuestro capitán: ese hombre es ya, para vosotros, lo mismo
que cualquier otro.
La acción atrevida del cazador había roto súbitamente el encanto que
contenía a los soldados. Tan luego como el temido hábito dejó de cubrir
los hombros del fraile, sin escuchar ya los ruegos ni las amenazas se
apoderaron del reo, a pesar de sus gritos le ataron con solidez a un
árbol, y le administraron concienzudamente los doscientos chicotazos
decretados por el capitán, mientras que los cazadores presenciaban la
ejecución, contando con sorna los golpes y riéndose a carcajadas al
ver las contorsiones del miserable a quien el dolor hacía retorcerse
como una serpiente.
Al llegar al latigazo ciento veintiocho, el fraile calló: el sistema
nervioso, completamente trastornado, le dejó insensible; sin embargo
no se había desmayado, sus dientes estaban apretados, una espuma
blanquecina se escapaba de sus labios; miraba con fijeza delante de sí
sin ver, sin dar más pruebas de que existía que los profundos suspiros
que de vez en cuando agitaban su poderoso pecho.
Cuando se hubo concluido la ejecución y le desataron, cayó y permaneció
en el suelo como una masa inerte.
Le volvieron a poner su hábito y le dejaron allí, sin cuidarse de lo
que pudiese acontecerle.
Los dos cazadores se habían alejado después de hablar algunos instantes
en voz baja con el capitán.
El resto de la noche trascurrió sin incidente alguno.
Algunos minutos antes de salir el sol, los soldados y los arrieros se
levantaron para cargar las mulas y preparar lo todo para continuar el
viaje. Luego se dio la orden para ponerse en marcha.
--¿Dónde está el fraile? exclamó de pronto el capitán; no podemos
abandonarle así. Tenderle sobre una mula, y le dejaremos en el primer
rancho que encontremos.
Los soldadas se apresuraron a obedecer y a buscar a fray Antonio; pero
todas las pesquisas fueron inútiles: había desaparecido sin dejar
rastro alguno de su fuga.
D. Juan frunció el entrecejo al recibir esta noticia; pero después
de un momento de reflexión, movió la cabeza a uno y otro lado con
indiferencia y dijo:
--Me alegro, porque nos hubiera estorbado en el camino.
La conducta de plata se puso en marcha y continuó su viaje.
XVI.
RESUMEN POLÍTICO.
Antes de ir más lejos, diremos en pocas palabras cual era la situación
política de Tejas en el momento en que pasa la historia que hemos
acometido la empresa de referir.
Desde el tiempo de la dominación española los habitantes de Tejas
revindicaron su libertad con las armas en la mano; pero después de
varios triunfos y reveses, fueron definitivamente derrotados en la
batalla de Medina, dada el 15 de agosto de 1813, fecha nefasta, por el
coronel Arredondo, jefe del regimiento de Extremadura, al cual se había
agregado la milicia del estado de Coahuila. Desde aquella época hasta
la segunda revolución mejicana, el Tejas permaneció humillado bajo el
intolerable yugo del régimen militar, y entregado sin defensa a los
incesantes ataques de los indios Comanches.
En varias ocasiones habían formulado pretensiones los Estados Unidos
respecto de aquel país, sosteniendo que las fronteras naturales de
Méjico y de la confederación eran el Río Bravo. Pero obligados en 1819
a reconocer ostensiblemente que sus pretensiones eran infundadas,
buscaron un medio indirecto para apoderarse de aquel rico territorio y
enclavarle en sus fronteras.
Entonces fue cuando desplegaron esa política astuta y pacientemente
maquiavélica que al fin había de hacerles triunfar.
En 1821, los primeros emigrados americanos hicieron su aparición
tímidamente y casi de incógnito en los _brazos_, desmontando las
tierras, colonizando a la sordina, y tornándose en pocos años tan
poderosos que en 1824 habían hecho ya progresos bastante grandes para
formar una masa compacta de cerca de cincuenta mil individuos. Los
mejicanos, ocupados incesantemente en luchar unos contra otros en sus
interminables guerras civiles, no comprendieron la trascendencia de la
emigración americana que ellos mismos habían estimulado en su principio.
Apenas habían trascurrido ocho años desde la llegada de los primeros
americanos a Tejas, y ya éstos componían casi toda su población.
El gabinete de Washington no ocultaba ya sus proyectos y hablaba
claramente de comprar a Méjico el territorio de Tejas, en el cual había
desaparecido casi por completo el elemento español para ceder el puesto
al espíritu emprendedor y mercantil de los anglo-sajones.
El gobierno mejicano, despertando por fin de su prolongado letargo,
comprendió el peligro que le amenazaba de la doble invasión de los
habitantes del Misuri y del Tejas en el estado de Santa Fe. Quiso
contener la emigración americana; pero era demasiado tarde: la ley
promulgada por el congreso de Méjico fue impotente, y no se detuvo
la colonización a pesar de los puestos mejicanos diseminados por la
frontera, y encargados de detener a los emigrados y obligarles a
retroceder.
El general Bustamante, presidente de la república, comprendiendo
que muy pronto tendría que luchar con los americanos, se preparó
silenciosamente para el combate, y bajo diferentes pretextos fue
dirigiendo al Río Rojo y a la Sabina varios cuerpos de tropas que no
tardaron en formar un contingente de mil doscientos hombres.
Sin embargo, todo estaba tranquilo en la apariencia; nada hacía prever
la época en que comenzaría la lucha, cuando una perfidia del gobernador
de las provincias orientales la hizo estallar de repente en el momento
en que menos se pensaba.
He aquí el hecho:
El comandante de Anáhuac, sin ningún motivo plausible, mandó arrestar y
meter en la cárcel a varios colonos americanos.
Los habitantes de Tejas habían aguantado hasta entonces, sin quejarse,
las innumerables vejaciones que les hacían sufrir los oficiales
mejicanos; pero al ver este último abuso de fuerza, se alzaron como
de común acuerdo y se presentaron armados delante del comandante,
exigiendo con amenazas y gritos de cólera que inmediatamente se
pusiese en libertad a sus conciudadanos.
El comandante, harto débil para resistirse abiertamente, fingió
conceder lo que le pedían; pero hizo presente que necesitaba dos días
para llenar cierta formalidad y poner a cubierto su responsabilidad.
Los insurgentes accedieron a concederle aquel plazo; y el oficial
lo aprovechó para hacer que a toda prisa acudiese a auxiliarle la
guarnición de Nacogdoches.
Esta guarnición llegó en el momento en que los insurgentes, fiando en
la palabra del gobernador, se retiraban a sus casas.
Furiosos por haber sido burlados tan pérfidamente, volvieron atrás e
hicieron una demostración tan enérgica, que el oficial mejicano se
consideró muy dichoso con evitar el combate y restituir los prisioneros.
En este intermedio, un pronunciamiento hecho en favor de Santa Anna
derribó del poder al general Bustamante a los gritos de «¡Viva la
Federación!»
Lo que más temía Tejas era el sistema del centralismo, del cual nunca
habría obtenido su reconocimiento como Estado separado, y por lo tanto
la población de Tejas se mostró unánime en favor del federalismo.
Los colonos se sublevaron, y uniéndose a los insurgentes de Anáhuac,
que aún estaban con las armas en la mano, marcharon resueltamente sobre
el fuerte Velasco, al cual pusieron sitio.
El grito seguía siendo «¡Viva la Federación!» pero esta vez ocultaba
el grito de «¡Viva la Independencia!» que los de Tejas, harto
débiles, no se atrevían a lanzar aún.
El fuerte Velasco estaba defendido por una reducida guarnición
mejicana, mandada por el valiente oficial llamado Ugartechea.
En aquel sitio extraordinario, en el que los sitiadores no respondían
a los cañonazos de la fortaleza sino con tiros de carabina, los de
Tejas y los mejicanos hicieron prodigios de valor, y mostraron inaudito
encarnizamiento.
Los colonos, diestros tiradores, emboscados detrás de enormes
trincheras, tiraban como al blanco y cortaban a balazos las manos de
los artilleros mejicanos cada vez que se disponían a cargar sus piezas.
A tal extremo llegaron las cosas, que el comandante Ugartechea, viendo
caer mutilados a sus soldados más valientes, se sacrificó y él mismo
puso manos a la obra. Los de Tejas, que cien veces hubieran podido dar
muerte al valeroso comandante, sorprendidos al ver tan heroico valor,
cesaron el fuego, y Ugartechea se rindió por fin, renunciando a una
defensa que era ya imposible.
Este triunfo llenó de júbilo a los colonos; pero Santa Anna no se dejó
engañar por el objeto de la insurrección de Tejas; comprendió que el
federalismo encubría un movimiento revolucionario muy pronunciado;
y lejos de fiarse de las apariencias de adhesión de los colonos, en
cuanto su poder se hubo consolidado lo suficiente para permitirle obrar
con energía contra ellos, despachó a toda prisa al coronel Mejía con
cuatrocientos hombres para que restableciese en Tejas la autoridad
mejicana ya muy debilitada.
Después de muchas vacilaciones y manejos diplomáticos, sin resultado
posible entre gentes cuya arma principal por ambas partes era la
perfidia, estalló por fin la guerra con furor; se organizó en San
Felipe una comisión permanente de seguridad pública, y se llamó al
pueblo a tomar parte en la lucha.
Sin embargo, la guerra civil no había estallado todavía oficialmente,
cuando al fin apareció el hombre que debía decidir la suerte de Tejas y
a quien estaba reservada la gloria de hacerle ser libre: nos referimos
a Samuel Houston.
Desde aquel momento la insurrección tímida y circunscrita de Tejas se
convertía en una revolución. Sin embargo, en la apariencia el gobierno
mejicano seguía siendo dueño legítimo del país, y a los colonos
naturalmente se les denominaba insurgentes y se les trataba como tales
cuando caían en manos de sus enemigos, lo cual equivale a decir, que
sin ninguna forma de proceso se les ahorcaba, ahogaba o fusilaba, según
el sitio en que eran cogidos se prestaba a uno de estos tres géneros de
muerte.
En el día en que comienza nuestra historia habían llegado a su colmo la
exasperación contra los mejicanos y el entusiasmo por la noble causa de
la independencia.
Unas tres semanas antes había tenido efecto un encuentro formal entre
la guarnición de Bejar y un destacamento de voluntarios de Tejas
mandado por Austin, que era uno de los jefes más afamados de los
insurgentes; los colonos, no obstante su ignorancia de la táctica
militar y su inferioridad numérica, se batieron con tanto valor y
manejaron tan bien su único cañón, que las tropas mejicanas, después
de haber sufrido pérdidas muy graves, se vieron obligadas a retirarse
precipitadamente sobre Bejar.
Este encuentro fue el primero que verificó en el oeste de Tejas
después de la toma del fuerte de Velasco, y decidió el movimiento
revolucionario, el cual se comunicó con la rapidez con que se incendia
un rastro de pólvora.
Entonces en todas partes alzaron tropas las ciudades para unirse al
ejército libertador, la resistencia se organizó en grande escala, y
algunos jefes de partida audaces comenzaron a recorrer el territorio en
todas direcciones, haciendo la guerra por su cuenta y sirviendo a su
manera la causa que abrazaban y que suponían defender.
El capitán D. Juan Melendez, rodeado por todas partes de enemigos tanto
más temibles cuanto que le era imposible conocer su número y adivinar
sus movimientos, encargado de una misión en extremo delicada, teniendo
a cada paso el presentimiento de una traición que le amenazaba sin
cesar, sin saber donde, como, ni cuando caería sobre él, tenía que
emplear precauciones extremas y una severidad implacable si quería
conducir a buen puerto la carga preciosa que le estaba confiada; por
eso no vaciló ante la necesidad de imponer un castigo ejemplar a fray
Antonio.
Hacía ya mucho tiempo, que pesaban graves sospechas sobre el fraile;
su conducta ambigua había producido inquietud y dado margen a sospechas
nada favorables para su honradez.
D. Juan; se había, propuesto aclarar sus dudas en la primera ocasión
que se le presentase. Ya hemos dicho de qué modo lo logró haciendo una
contra-mina, es decir haciendo espiar al espía por otros más diestros
que él, y colándole casi in fraganti.
Sin embargo, debemos hacer al digno fraile la justicia de decir
que para nada entraba la política en su modo de proceder; no, sus
pensamientos no se elevaban a tanta altura: sabiendo que el capitán
se hallaba encargado, de escoltar una conducta de plata, solo procuró
hacerla caer en un lazo para tener una parte en sus despojos y hacer su
fortuna de un solo golpe, con el fin, de procurarse los goces de que
hasta entonces había estado privado sus pensamientos, no habían ido más
lejos; el buen hombre era simplemente un ladrón en despoblado, pero
nada tenía de personaje político.
Le abandonaremos, por ahora, para seguir a los dos cazadores a quienes
debía el rudo castigo que recibió y que abandonaron el campamento tan
luego como hubo terminado la ejecución.
Estos dos hombres se habían alejado con presuroso paso, y, después de
bajar silenciosamente de la colina, se internaron en un poblado bosque
en donde les aguardaban, comiendo con la mayor tranquilidad su pienso,
dos magníficos caballos de las praderas, _mustangs_ medio salvajes, de
ojo vivo y remos finos y fuertes; estaban ensillados y dispuestos para
ser montados.
Después de haberles quitado las trabas con que estaban maneados,
los cazadores les pusieron los frenos, montaron, y clavándoles las
espuelas, partieron a rienda suelta.
Así corrieron durante mucho tiempo, tendidos sobre el cuello de sus
caballos, sin seguir ningún camino trazado, pero siempre en línea
recta, sin cuidarse de los obstáculos que encontraban al paso y que
trasponían con inaudita destreza; por último, una hora antes de salir
el sol se detuvieron.
Habían llegado a la entrada de una garganta, flanqueada en ambos lados
por elevadas colinas, primeros estribos de las montañas cuyas fragosas
cumbres parecía que dominaban perpendicularmente la campiña.
Los cazadores echaron pie a tierra antes de internarse en la garganta,
y después de haber maneado sus caballos ocultándolos en unos
carrascales, comenzaron a explorar los alrededores con la sagacidad y
cuidado de los guerreros indios cuando buscan un rastro en el sendero
de la guerra.
Sus pesquisas fueron por mucho tiempo infructuosas, lo cual era fácil
conocer por las exclamaciones de disgusto que algunas veces proferían
en voz baja; por último, al cabo de más de dos horas, merced a los
primeros rayos del sol que, al salir, había disipado súbitamente las
tinieblas, vieron ciertas huellas casi imperceptibles que les hicieron
estremecerse de júbilo.
Libres ya, al parecer, de la preocupación que les atormentaba, fueron a
donde estaban sus caballos, se tendieron indolentemente en el suelo,
y buscando en sus alforjas sacaron de ellas todo lo necesario para un
modesto almuerzo que comieron con el apetito terrible propio de hombres
que habían pasado toda la noche cabalgando a escape tendido por montes
y valles.
Desde su partida del campamento mejicano, no había mediado una sola
palabra entre ambos cazadores, quienes parecía que obraban bajo
la influencia de una preocupación profunda que hacía inútil toda
conversación.
Por lo demás, es una cosa notable la mudez de los hombres acostumbrados
a la vida del desierto: pasan días enteros sin pronunciar una palabra;
no hablan sino cuando la necesidad les obliga a ello, y la mayor parte
de las veces sustituyen las palabras con la mímica, que tiene sobre
aquellas la incontestable ventaja de no denunciar la presencia de los
que de ella se sirven a los oídos de los enemigos invisibles que están
de continuo en acecho y dispuestos a precipitarse como aves de rapiña
sobre los imprudentes que se dejan sorprender.
Cuando el primer apetito de los cazadores se hubo aplacado algún tanto,
aquel a quien el fraile había llamado John encendió su corta pipa, la
colocó en un ángulo de su boca, y pasando a su compañero la bolsa del
tabaco, le dijo a media voz, como si hubiese temido que le oyesen:
--¿Qué tal, Sam? ¿Me parece que hemos salido bien, eh?
--En efecto, tal creo, John, respondió Sam inclinando afirmativamente
la cabeza. Es V. astuto como un diablo, amigo mío.
--¡Bah! dijo el otro con desdén, no hay mucho mérito en engañar a esos
brutos de mejicanos; son muy bestias.
--De todos modos el capitán ha caído en la red con una gracia
particular.
--¡Eh! No era al capitán a quien yo temía, porque hace mucho tiempo que
he sabido congraciarme con él, sino a aquel fraile maldito.
--Si no llegamos tan a tiempo, es muy probable que nos hubiese birlado
el negocio; ¿no es verdad, John?
--Tal creo, Sam. ¡Vive Dios! Me reía con toda mi alma al verle
retorcerse bajo los chicotazos.
--En efecto, era un espectáculo hermoso; pero ¿no teme V. que llegue a
vengarse? Esos frailes son rencorosos como demonios.
--¡Bah! ¿Qué podemos temer de semejante gusano? Nunca se atreverá a
mirarnos frente a frente.
--No importa; bueno es estar en guardia. Nuestro oficio es escabroso,
ya lo sabe V.; y puede suceder que algún día ese maldito animal nos
juegue una mala pasada.
--¡Bah! Déjese V. de eso, lo que hemos hecho ha sido propio de una
guerra de buena ley. Esté V. seguro de que el fraile, en una ocasión
análoga, no habría dejado de hacer lo propio con nosotros.
--Es verdad. Entonces, ¡vaya al diablo! y con tanto más motivo, cuanto
que la presa que codiciamos no podía llegar con más oportunidad para
nosotros. Nunca me hubiera perdonado el dejarla escapar.
--¿Permaneceremos emboscados aquí?
--Es lo más seguro. Siempre tendremos tiempo para reunirnos con
nuestros compañeros cuando veamos asomar la recua por la llanura.
Además, ¿no tenemos una cita en este sitio?
--Es verdad, ya no me acordaba.
--Y mire V., en hablando del lobo, ahí viene justamente nuestro hombre.
Los cazadores se levantaron con viveza; cogieron sus armas, y se
escondieron detrás de una roca con el fin de hallarse dispuestos para
cualquier evento.
Oíase el galope rápido de un caballo que se acercaba por momentos; muy
luego desembocó de la garganta un jinete, hizo saltar a su caballo
hacia adelante, y se detuvo tranquilo y altivo a dos pasos de distancia
de los cazadores.
Estos se lanzaron fuera de su escondite y se adelantaron hacia él con
el brazo derecho extendido y la mano abierta en señal de paz.
El jinete, que era un guerrero indio, correspondió a estas
demostraciones pacíficas haciendo flotar su manto de piel de bisonte;
en seguida echó pie a tierra, y sin más ceremonia fue a estrechar
amistosamente las manos que le tendían los cazadores.
--Bienvenido, jefe, dijo John; le aguardábamos a V. con impaciencia.
--Miren mis hermanos al sol, respondió el indio; el Zorro-Azul es
puntual.
--Es verdad, jefe, nada hay que decir: tiene usted una exactitud
notable.
--El tiempo a nadie aguarda; los guerreros no son mujeres: el
Zorro-Azul quisiera celebrar consejo con sus hermanos pálidos.
--Corriente, repuso John, la observación de V. es justa, jefe;
deliberemos. Anhelo ya entenderme definitivamente con V.
El indio saludó gravemente a su interlocutor, se sentó en el suelo,
encendió su pipa y comenzó a fumar con recogimiento; los cazadores se
colocaron a su lado, y como él permanecieron silenciosos todo el tiempo
que duró el tabaco contenido en sus pipas.
Al fin el jefe sacudió la ceniza de la suya en la uña del dedo pulgar y
se dispuso a hablar.
En el mismo instante se oyó una detonación, y una bala llegó silbando a
cortar una rama casi encima de la cabeza del jefe.
Los tres hombres se levantaron de un salto, y cogiendo sus armas
se dispusieron a rechazar valerosamente a los enemigos que tan de
improviso les atacaban.
XVII.
TRANQUILO.
Entre la hacienda del Mezquite y la venta del Potrero, próximamente a
mitad de camino entre aquellos dos puntos, es decir, a unas cuarenta
millas de uno y otro, en la noche del día en que comienza nuestra
historia, había dos hombres sentados a la orilla de un riachuelo
ignorado, y conversaban cenando un poco de carne tostada y manzanas
cocidas.
Aquellos dos hombres eran Tranquilo el canadiense y su amigo Quoniam el
negro.
A unos cincuenta pasos de ellos, en unos matorrales espesos, se veía un
potrillo de dos meses atado al pie de un catalpa gigantesco.
El pobre animal, después de haber hecho vanos esfuerzos para romper las
ligaduras que le sujetaban, concluyó por reconocer la inutilidad de sus
tentativas y se tendió tristemente en el suelo.
Los dos hombres a quienes dejamos jóvenes al fin de nuestro prólogo,
a la sazón habían llegado ya a la segunda mitad de su vida. Aunque
la edad había hecho poca impresión sobre sus cuerpos de hierro, sin
embargo algunas canas comenzaban a platear la cabellera del cazador, y
algunas arrugas precoces surcaban en varios puntos su rostro tostado
por la intemperie de las estaciones.
Sin embargo, fuera de estas leves señales que sirven como de sello a la
edad madura, nada denotaba en el canadiense la más mínima decadencia;
por el contrario, sus ojos seguían siendo vivos, su cuerpo estaba
derecho y sus miembros se mantenían tan musculosos como antes.
En cuanto al negro, nada, al parecer, había variado en su persona; no
había enrojecido lo más mínimo; solo que estaba bastante grueso y ya no
estaba esbelto, aunque nada había perdido de su sin igual agilidad.
El sitio en que se hallaban acampados los dos cazadores, de seguro era
uno de los más pintorescos de la pradera.