su poder, no abusaba de él, y que su mayor alegría consistía en verse
rodeada por aquellos tres corazones que le eran tan fieles.
Ahora que hemos dado ya estos datos, muy incompletos sin duda alguna,
pero los únicos que nos es posible suministrar, volveremos a tomar
nuestro relato en el punto en que lo dejamos en nuestro penúltimo
capítulo.
XIV.
LA CONDUCTA DE PLATA.
Volveremos ahora a la caravana que vimos salir de la venta del Potrero
al amanecer, y por cuyo jefe parecía que tanto se interesaba Carmela.
Este oficial era un joven de unos veinticinco años, de facciones finas
y distinguidas, de semblante audaz; llevaba con suprema elegancia el
uniforme brillante de capitán de dragones.
D. Juan Melendez de Góngora, aunque pertenecía a una de las familias
más nobles y más antiguas de Méjico, había querido deber tan solo a sí
mismo sus ascensos en el ejército, pretensión singular en un país en
que el honor militar es considerado casi como nada, y en donde solo
los grados superiores dan a los que los disfrutan una consideración
que, por parte de la población, es más bien efecto del miedo que de la
simpatía.
Sin embargo, D. Juan había perseverado en sus ideas excéntricas, y cada
grado que obtenía era, no la recompensa de un pronunciamiento bien
hecho en favor de tal o cual general ambicioso, sino el premio por
alguna acción brillante. D. Juan pertenecía a esa clase de verdaderos
mejicanos que aman realmente a su país, y que, celosos de su honra,
sueñan para él una rehabilitación, si no imposible, al menos, muy
difícil de conseguir.
Es tan grande la fuerza de la virtud, aún sobre las naturalezas
degeneradas, que el capitán don Juan Melendez de Góngora era respetado
por todos los hombres que se ponían en contacto con él, y aún por
aquellos que menos lo querían.
Por lo demás, la virtud del capitán nada tenía de austera ni exagerada;
era un militar franco, alegre, servicial, valiente como un león, y
siempre dispuesto a auxiliar, con su brazo o con su bolsillo, a todos
aquellos que a él recurrían, ya fuesen amigos o enemigos. He ahí como
era, física y moralmente considerado, el hombre que mandaba la escolta
y que había concedido su protección al fraile que cabalgaba al lado
suyo.
Este digno fraile, de quien ya hemos tenido ocasión de decir algunas
palabras, merece una descripción especial.
En cuanto a su físico, era un hombre de unos cincuenta años, casi tan
alto como ancho, bastante parecido a un tonel al cual se le hubiesen
puesto pies y cabeza, y sin embargo dotado de una fuerza y una agilidad
poco comunes; su nariz amoratada, sus labios abultados y su rostro
colorado le daban una fisonomía jovial a la que hacían aparecer
irónica y burlona dos ojillos grises y hundidos, llenos de fuego y de
resolución.
En cuanto a su parte moral, en nada se diferenciaba de la generalidad
de los frailes mejicanos, es decir, que era en extremo ignorante,
glotón, borracho, muy aficionado a mujeres, y supersticioso en sumo
grado; en fin, el mejor compañero de bromas que pudiera imaginarse,
ocupando bien su puesto en todas las reuniones y diciendo siempre algún
sabroso chiste.
¿Qué singular casualidad podía haberle llevado tan lejos hacia la
frontera? Esto era lo que nadie sabía y de lo que nadie se cuidaba,
pues todos conocían el carácter vagabundo de los frailes mejicanos que
pasan toda su vida corriendo de continuo de una parte para otra sin
objeto y sin interés alguno las más veces, y solo con arreglo a su
capricho.
En aquella época, el Tejas, reunido con la provincia de Coahuila,
formaba todavía un solo estado con el nombre de Tejas y Coahuila.
La caravana mandada por el capitán D. Juan Melendez había salido ocho
días antes de Nacogdoches para trasladarse a Méjico; solo que el
capitán, con arreglo a instrucciones que recibiera, había abandonado el
camino ordinario, que estaba inundado de gavillas de bandidos de todas
clases, y había dado un gran rodeo para evitar ciertos pasos peligrosos
de la sierra de San Sabas, que sin embargo tenía que cruzar, pero por
la parte de las praderas altas, es decir, por el sitio en que las
elevadas mesetas, bajándose gradualmente, no ofrecen ya esos accidentes
de terreno tan temibles para los viajeros.
Preciso era que las diez mulas escolladas por el capitán estuviesen
cargadas con una mercancía muy preciosa para que el gobierno federal, a
pesar de las pocas tropas que tenía en el Estado, se hubiese decidido
a hacerlas acompañar por cuarenta dragones mandados por un oficial
tan afamado como D. Juan, cuya presencia en aquellas circunstancias,
sin duda alguna habría sido muy necesaria, si no indispensable, en
el interior del Estado, para reprimirlas tentativas revolucionarias y
mantener a los habitantes en la senda del deber.
En efecto, aquellas mercancías eran muy preciosas: aquellas mulas
conducían tres millones de duros que de seguro habrían sido una buena
presa para los insurgentes si hubiesen caído en sus manos.
Estaba ya lejano el tiempo en que, bajo la dominación de los virreyes,
el pabellón español, enarbolado a la cabeza de un convoy de cincuenta
o sesenta mulas cargadas de oro, bastaba para proteger eficazmente
una conducta de dinero y hacerla atravesar sin el más leve riesgo el
territorio de Méjico en toda su anchura; tan grande era el terror
inspirado por el solo nombre de la España.
A la sazón no eran ciento, ni siquiera sesenta mulas, sino solo diez
las que cuarenta hombres resueltos parecía que no habían de bastar para
proteger.
El gobierno había juzgado oportuno emplear la mayor prudencia para
expedir aquella conducta de dinero, esperada en Méjico hacia mucho
tiempo; habíase guardado el más profundo silencio acerca del día y la
hora de la partida y del camino por donde se dirigiría.
Los fardos fueron hechos de modo que ocultaban lo mejor posible el
género de mercancía que contenían; las mulas, enviadas una después de
otra en medio del día, y confiadas únicamente a sus arrieros, solo a
quince leguas de la ciudad se habían reunido con la escolta que, bajo
un pretexto plausible, hacía un mes que estaba acantonada en un antiguo
presidio.
Así pues, todo se había previsto y calculado con el mayor esmero y la
mayor inteligencia para hacer llegar con seguridad aquella mercancía
preciosa; los arrieros, que eran los únicos que conocían el valor de su
cargamento, tenían buen cuidado de no revelar el secreto, puesto que lo
poco que poseían servía de fianza para la seguridad de su flete, y para
ellos era cuestión de verse completamente arruinados si los robaban en
el camino.
La conducta de plata avanzaba en el mejor orden al ruido del esquilón
de la _nena_: los arrieros cantaban alegremente arreando a cada momento
a sus mulas.
Las banderolas de las largas lanzas de los dragones flotaban con
gracia, agitadas por la matutina brisa, y el capitán escuchaba con
indiferencia la charla del fraile, al paso que de vez en cuando dirigía
a la desierta llanura una mirada escudriñadora.
--Vamos, vamos, fray Antonio, dijo a su obeso compañero, ahora ya no
debe V. sentir el haberse puesto en camino tan temprano; la mañana está
magnífica, y todo nos anuncia un buen día.
--Sí, sí, respondió el fraile riendo, gracias a Nuestra Señora de la
Soledad, Señor Capitán, estamos en las mejores condiciones que pueden
imaginarse para hacer un viaje.
--Vaya, me alegro de ver a V. tan contento; temí que el despertar algo
brusco de esta mañana le hubiese puesto de mal humor.
--¡A mí! Válgame Dios, Señor Capitán, respondió el fraile con fingida
humildad, nosotros, indignos miembros de la Iglesia, debemos someternos
sin murmurar a todas las tribulaciones que el Señor tenga a bien
enviarnos, y luego la vida es tan corta, que más vale no ver más que su
lado bueno, a fin de no perder en vanos pesares los pocos momentos de
alegría a que podemos tener derecho.
--¡Bravo! He ahí una filosofía que me gusta. Es V. un buen compañero,
padre, y espero que viajaremos mucho tiempo juntos.
--Eso dependerá algún tanto de V., Señor Capitán.
--¡De mí! ¿Cómo es eso?
--¡Pardiez! Será según la dirección que se proponga V. seguir.
--¡Ya! dijo D. Juan; ¿pues hacia dónde va usted, padre?
Esta antigua táctica de responder a una pregunta con otra es excelente,
y casi siempre da buen resultado. Esta vez el fraile quedó cogido;
pero, siguiendo la costumbre de sus colegas, su respuesta fue lo que
debía ser, es decir, evasiva.
--¡Oh! Para mí, dijo con fingida indiferencia, todos los caminos son
casi iguales; mi hábito me asegura buena cara y buena acogida en todos
los puntos a donde la casualidad me lleve.
--Es verdad, y por lo mismo debe sorprenderme la pregunta que me
dirigió V. hace un momento.
--¡Oh! No merece la pena de que piense V. en eso, Señor Capitán;
sentiría en el alma haberle incomodado, y le pido humildemente que me
dispense.
--No me ha incomodado V. en manera alguna, padre; ninguna razón tengo
para ocultar el camino que me propongo seguir; esa recua de mulas que
voy escoltando no me interesa lo más mínimo; mañana o pasado, a más
tardar, pienso separarme de ella.
El fraile no pudo reprimir un gesto de sorpresa.
--¡Ah! ¿De veras? dijo lanzando una mirada penetrante a su interlocutor.
--Sí por cierto, continuó diciendo con indiferencia el capitán; esos
pobres hombres me han rogado que les acompañe durante algunos días, por
temor de las gavillas que infestan los caminos. Según parece, llevan
mercancías de bastante valor y no les gustaría ser robados.
--¡Ya lo creo!
--Así pues, no he querido negarles ese favor insignificante que no me
causaba sino muy poca molestia; pero tan luego como se juzguen seguros,
los abandonaré para internarme en las praderas con arreglo a las
instrucciones que he recibido, porque ya sabe V. que los indios bravos
comienzan a agitarse.
--No, no lo sabía.
--Pues sí, así sucede. He ahí una ocasión magnífica que se le presenta
a V., fray Antonio; no debe desperdiciarla.
--¡Que se me presenta una ocasión magnífica! repuso el fraile con
sorpresa; ¿quiere V. decirme cuál es, Señor Capitán?
--La de predicar a los infieles y enseñarles las dogmas de nuestra
santa fe, dijo D. Juan con imperturbable sangre fría.
Al oír tan, singular proposición, el fraile hizo una mueca espantosa, y
dando un estallido con los dedos, exclamó:
--¡Vaya al diablo la ocasión! Quédese para otros necios, que yo no
tengo la más leve vocación para el martirio.
--Como V. padre; y sin embargo, hace V. mal.
--Es muy posible, Señor Capitán; pero lléveme el diablo si le acompaño
a V. a ver esos perros infieles; dentro de dos días me separo de V.
--¿Tan pronto?
--¡Ya lo creo! Puesto que se dirige V. a las praderas y abandonará a la
recua que va escoltando en el rancho de San Jacinto, que es el último
punto de las posesiones mejicanas en la frontera del desierto.
--Es muy probable.
--Pues bien, yo continuaré caminando con los arrieros; como entonces
habremos pasado ya todos los sitios peligrosos, nada tendré que temer,
y mi viaje continuará de la manera más agradable que puede imaginarse.
--¡Ah! dijo el capitán dirigiéndole una mirada penetrante.
Pero no pudo continuar esta conversación, que parecía interesarle
mucho, porque un jinete de la vanguardia llegó a rienda suelta, se paró
junto a él, y acercándose a su oído, le dijo algunas palabras en voz
baja.
El capitán dirigió en torno suyo una mirada investigadora, se afirmó
en la silla, y dirigiéndose al soldado, dijo:
--Está bien. ¿Cuántos son?
--Dos, mi Capitán.
--Vigílelos V., aunque sin dejarles sospechar que van prisioneros;
cuando lleguemos al primer alto los interrogaré. Vaya V. a reunirse con
sus compañeros.
El soldado se inclinó respetuosamente sin responder, y se alejó al
mismo paso con que había llegado.
Hacía mucho tiempo que el capitán Melendez había acostumbrado a sus
subordinados a no discutir sus órdenes y a obedecerlas sin vacilar.
Hacemos notar este hecho, porque es muy raro en Méjico, en donde la
disciplina militar es casi nula y la subordinación casi desconocida.
D. Juan mandó a la escolta que estrechase sus filas y apresurase el
paso.
El fraile había visto con secreta inquietud el coloquio que medió entre
el oficial y el soldado, y del cual no pudo coger ni una palabra.
Cuando el capitán, después de vigilar atentamente la ejecución de las
órdenes que había dado, volvió a ocupar su puesto junto a fray Antonio,
este intentó chancearse acerca de lo que acababa de suceder y de la
expresión de gravedad que había oscurecido repentinamente el semblante
del oficial.
--¡Oh! ¡Oh! le dijo lanzando una carcajada ruidosa, ¡qué mal humorado
está V., Capitán! ¿Ha visto V. volar tres búhos por su derecha? Los
paganos aseguran que es mal presagio.
--¡Puede ser! respondió el capitán con sequedad.
El tono con que fueron pronunciadas estas palabras nada tenía de
amable ni amistoso, y el fraile comprendió que toda conversación sería
imposible en aquel momento. Se dio por advertido, se mordió los labios
y continuó caminando silencioso al lado de su compañero.
Una hora después llegaron al sitio en que debían acampar; ni el oficial
ni el fraile habían pronunciado una palabra: solo que, a medida que se
acercaban al paraje designado para hacer alto, uno y otro parecía que
iban estando más inquietos.
XV.
EL ALTO.
En el momento en que la caravana llegaba al sitio designado para hacer
alto, el sol había desaparecido por completo en el horizonte.
Aquel paraje, situado en la cumbre de una colina bastante escarpada,
había sido elegido con esa sagacidad que distingue a los arrieros del
Tejas o de Méjico; toda sorpresa era imposible, y los árboles seculares
que guarnecían la cresta de la colina podían ofrecer seguro abrigo
contra las balas en caso de un ataque.
Las mulas fueron descargadas; pero contra el uso consagrado en tales
casos, los fardos, en vez de servir de parapeto o atrincheramiento al
campamento, fueron amontonados y colocados fuera del alcance de los
merodeadores que la casualidad o la codicia pudiesen atraer hacia
aquella parte cuando fuesen más densas las tinieblas.
Encendiéronse en círculo siete u ocho hogueras grandes para alejar a
las fieras; las mulas recibieron su ración de maíz sobre unas mantas
tendidas en el suelo. Después, tan luego como se hubieron colocado los
centinelas en torno del campamento, los soldados y los arrieros se
ocuparon con actividad en preparar una cena frugal que las fatigas del
día hacían necesaria.
El capitán Melendez y el fraile, un poco retirados y colocados junto a
una hoguera encendida expresamente para ellos, comenzaron a fumar sus
pajillas, mientras que el asistente del oficial preparaba a toda prisa
la cena para su amo, cena que, debemos confesarlo, era tan sencilla
como la de los demás individuos de la caravana, pero que el hambre
tenía el privilegio de hacer que fuese, no solo apetitosa, sino también
casi suculenta, a pesar de que solo se componía de algunas lonchas de
tocino y de cuatro o cinco galletas.
El capitán terminó muy luego su cena. Se levantó, y como había
anochecido por completo, fue a recorrer los centinelas para cerciorarse
de que todo estaba en orden. Cuando hubo vuelto a ocupar su puesto
junto al fuego, fray Antonio, con los pies hacia la lumbre y
cuidadosamente envuelto en su mullido zarapé, dormía o al menos así lo
parecía.
D. Juan le examinó un instante con una expresión indescriptible de
odio y de desprecio, movió la cabeza dos o tres veces con aspecto
meditabundo, y llamando a su asistente que estaba de pie a pocos pasos
de él aguardando sus órdenes, le mandó que los dos prisioneros fuesen
conducidos a su presencia.
Estos prisioneros habían sido mantenidos hasta entonces en un sitio
apartado. Aunque se les trataba con suma consideración, les fue fácil
observar que se les custodiaba y vigilaba con el mayor cuidado; sin
embargo, ya fuese porque no les importase, o por cualquiera otra causa,
no dieron a entender que comprendiesen se les detenía como cautivos,
porque les habían dejado sus armas; y al ver sus formas musculosas y
sus facciones enérgicas, a pesar de que los dos tenían ya una edad
provecta, era de suponer que cuando llegase el momento en que quisiesen
recobrar su libertad, serían hombres muy capaces de reconquistarla por
la fuerza.
Sin hacer observación alguna siguieron al asistente del jefe, y muy
luego se hallaron delante de este.
La noche estaba oscura; pero las llamas de la hoguera derramaban una
claridad bastante viva para iluminar el rostro de los dos hombres.
Al verlos, D. Juan no pudo contener un gesto de sorpresa; entonces
uno de los prisioneros se puso con viveza un dedo en los labios para
encomendarle la prudencia, y con una ojeada le designó al fraile
tendido cerca de ellos.
El capitán comprendió aquel aviso silencioso, al cual contestó con una
leve inclinación cabeza, y fingiendo la mayor indiferencia, se puso a
liar un cigarrillo y dijo:
--¿Quiénes son VV.?
--Unos cazadores, respondió uno de los prisioneros sin vacilar.
--Hace algunas horas se les encontró a VV. parados en la orilla del río.
--Es cierto.
--¿Qué hacían VV. allí?
El prisionero dirigió en torno suyo una mirada investigadora, y luego,
fijando de nuevo los ojos en su interlocutor, dijo:
--Antes de seguir contestando a las preguntas de V., desearía dirigirle
una a mi vez.
--¿Cuál es?
--¿Con qué derecho me interroga V.?
--Mire V. en torno suyo, respondió el capitán con ironía.
--Sí, entiendo, con el derecho de la fuerza, ¿verdad? Desgraciadamente
ese derecho no le reconozco yo. Soy un cazador libre, no reconozco
ningún dueño ni más ley que mi voluntad.
--¡Hola! ¡Hola! compañero, ¡muy orgulloso es su lenguaje!
--Es él de un hombre acostumbrado a no doblegarse ante ningún poder
arbitrario; para apoderarse de mí ha abusado V., no de su fuerza,
porque sus soldados me habrían muerto antes que obligarme a seguirles
si tal no hubiese sido mi intención, sino de la facilidad con que me
fie de ellos; así pues, protesto ante V. y reclamo que inmediatamente
se me ponga en libertad.
--Las palabras altaneras de V. no me imponen en manera alguna; y si se
me antojase hacerle a V. hablar, sabría obligarle a ello por medio de
ciertos argumentos irresistibles que tengo a mi disposición.
--Sí, dijo el prisionero con amargura, los mejicanos se acuerdan de sus
antepasados los españoles, y en caso necesario saben echar mano del
tormento. Pues bien, inténtelo V., Capitán, ¿quién se lo impide? Espero
que mis pobres canas no flaquearán ante el juvenil bigote de V.
--Dejemos eso, exclamó el capitán en tono de mal humor; si yo le
permitiese a V. marcharse, ¿libertaría a un amigo o a un enemigo?
--Ni lo uno ni lo otro.
--¡Calle! ¿Qué quiere V. decir?
--Me parece que mi respuesta es muy clara.
--Sin embargo, no la entiendo.
--Se la explicaré a V. en dos palabras.
--Hable V.
--Colocados ambos en posiciones diametralmente opuestas, la casualidad
se ha complacido hoy en reunirnos. Si ahora nos separamos, no
llevaremos en nuestros corazones ningún sentimiento de odio como
resultado de nuestro encuentro, puesto que ninguno de nosotros habrá
tenido motivo de queja del otro, y que probablemente no volveremos a
vernos.
--¡Ya! Sin embargo, es evidente que cuando mis soldados les
encontraron, aguardaban VV. a alguien en este camino.
--¿Por qué cree V. eso?
--¡Pardiez! Según V. me ha dicho, son VV. cazadores, y no veo la caza
que podían encontrar en la orilla del camino.
El prisionero se echó a reír, y marcando intencionalmente sus palabras,
repuso:
--¿Quién sabe? Acaso acechábamos una caza más preciosa de lo que V.
imagina y de la que querría V. tener su parte.
El fraile hizo un movimiento leve y abrió los ojos como si despertase
en aquel momento.
--Calle, dijo dirigiéndose al capitán y conteniendo un bostezo, ¿no
duerme V., Señor Don Juan?
--Todavía no, respondió este; estoy interrogando a los dos hombres de
que se apoderó mi vanguardia hace algunas horas.
--¡Ah! dijo el fraile dirigiendo a los desconocidos una mirada
desdeñosa, me parece que esos pobres diablos no son muy temibles.
--¿De veras?
--No sé; pero ¿qué puede V. recelar de esos dos hombres?
--¡Eh! Quizás sean espías.
Fray Antonio se revistió de un aire paternal y replicó:
--¡Espías! ¿Teme V. acaso una emboscada?
--En las circunstancias en que nos encontramos, creo que esa suposición
no sería muy inverosímil.
--¡Bah! En un país como éste y con una escolta como la que V. lleva
bajo sus órdenes, sería cosa extraordinaria; además, según he oído
decir, esos dos hombres se han dejado coger sin la menor resistencia,
cuando les habría sido tan fácil escaparse.
--Es verdad.
--Por lo tanto es evidente que ninguna mala intención abrigaban. Si yo
me hallase en lugar de V., les dejaría que se marchasen a donde mejor
les pareciese.
--¿Es esa la opinión de V.?
--Sí por cierto.
--Mucho parece que se interesa V. por esos dos desconocidos.
--Nada de eso: digo a V. lo que me parece justo, y nada más. Ahora obre
V. como se le antoje, que yo me lavo las manos.
--Quizás tenga V. razón. Sin embargo, no pondré en libertad a estos dos
individuos, hasta tanto que me hayan dicho el nombre de la persona a
quien aguardaban.
--¿Aguardaban a alguien acaso?
--Al menos así lo dicen.
--Es verdad, Capitán, repuso el prisionero que había hablado hasta
entonces; pero, aunque sabíamos que V. venía, no era a V. a quien
esperábamos.
--Pues entonces ¿a quién era?
--¿Tiene V. absoluto empeño en saberlo?
--Sí por cierto.
--Pues entonces responda V., fray Antonio, dijo el prisionero en tono
zumbón; porque solo V. puede revelar el nombre que el señor capitán nos
exige.
--¡Yo! exclamó el fraile dando un salto, lleno de cólera y poniéndose
pálido como un cadáver.
--¡Hola! ¡Hola! dijo el capitán volviéndose hacia él, esto comienza a
ser interesante.
Era un espectáculo singular el que ofrecían aquellos cuatro hombres
de pie y frente a frente, en torno de aquella hoguera cuyas llamas
iluminaban sus rostros con reflejos fantásticos.
El capitán fumaba indolentemente su cigarrillo de papel, mirando con
expresión burlona, al fraile en cuyo rostro sostenían el miedo y
el descaro una lucha cuyas peripecias todas era fácil seguir. Los
dos cazadores, con las manos cruzadas sobre el extremo del cañón
de sus largos rifles, se sonreían con sorna y parecía que gozaban
interiormente con el embarazo y confusión del hombre a quien acababan
de poner en escena de una manera tan brusca y brutal.
--Vamos, no se muestre tan sorprendido, fray Antonio, dijo por fin el
prisionero, pues bien sabe V. que a V. era a quien esperábamos.
--¡A mí! repuso el fraile con voz ahogada, ¡por mi alma que ese
miserable está loco!
--No estoy loco, padre, y puede V. ahorrarse los epítetos con que se
complace en regalarme el oído, respondió el prisionero con sequedad.
--Vamos, resígnese V., dijo brutalmente el cazador que hasta entonces
había permanecido silencioso. No tengo ganas de bailar en el extremo de
una cuerda por darle a V. gusto.
--Lo cual sucederá sin duda alguna, observó tranquilamente el capitán,
si VV. no se deciden, Señores, a darme una explicación clara y
categórica acerca de su conducta.
--¡Eh! Ya lo ve V., fray Antonio, replicó el prisionero; la posición
principia a ser escabrosa para nosotros. Vamos, haga V. bien las cosas.
--¡Oh! exclamó el fraile ciego de rabia, ¡he caído en un lazo terrible!
--¡Basta! dijo el capitán con voz fuerte; está farsa ha durado
ya demasiado, fray Antonio. No es V. quien ha caído en un lazo
horrible; por el contrario, a mí era a quien quería V. poner en ese
caso: hace mucho tiempo que conozco a V. y tengo los pormenores más
circunstanciados acerca de sus proyectos. Era una partida peligrosa
la que estaba V. jugando hace mucho tiempo; no se puede servir a la
vez a Dios y al diablo sin que al fin y a la postre se descubra todo.
Únicamente he querido carear a V. con estas buenas gentes a fin de
confundirle y arrancarle la hipócrita máscara con que se encubre.
Al oír este rudo apostrofe, el fraile se quedó cortado por un momento,
doblegado ante la evidencia de los cargos que se le dirigían; al fin
levantó la cabeza, y volviéndose hacia el capitán, le dijo con tono
altanero:
--¿De qué se me acusa?
D. Juan se sonrió con desprecio, y respondió: