--¡Oh! dijo Carmela haciendo un movimiento de terror, juro a V. que no

me volverá a suceder.

--Muy bien; pero me parece que oigo los pasos de Lanzi.

La joven se asomó a la puerta y dijo:

--Sí, ahí viene.

En efecto, en aquel momento entró el hombre de quien habían hablado.

Era un individuo de unos cuarenta años, de fisonomía inteligente y

audaz; llevaba sobre sus hombros un magnífico gamo atado, sobre poco

más o menos, del mismo modo que los cazadores suizos acostumbran a

llevar las gamuzas. Su mano derecha empuñaba una escopeta.

Hizo un gesto de disgusto al ver al Jaguar; sin embargo le saludó y

puso su gamo encima de la mesa.

--¡Hola! ¡Hola! dijo el Jaguar en tono de buen humor, parece que ha

hecho V. buena cacería, Lanzi; los gamos no escasean en la llanura, ¿eh?

--He conocido un tiempo en que abundaban más, respondió Lanzi en tono

brusco; pero ahora, añadió moviendo tristemente la cabeza, apenas

puede un pobre hombre matar un par de ellos en todo un día.

El joven se sonrió y dijo:

--Ya volverán.

--No, no, replicó Lanzi; los gamos, una vez espantados, nunca vuelven a

las comarcas que abandonaron, por grande interés que tengan en hacerlo.

--Pues entonces, amigo mío, es preciso que se resigne V. y se consuele.

--¡Eh! ¡No hago otra cosa! murmuró Lanzi volviendo la espalda con

aspecto descontento.

Y después de esta réplica volvió a cargar el gamo sobre sus hombros y

entró en otra habitación.

--Lanzi no está hoy muy amable, dijo el Jaguar cuando se hubo vuelto a

quedar solo con Carmela.

--Le disgusta encontrar a V. aquí.

El Jaguar frunció el entrecejo y preguntó:

--¿Por qué es eso?

Carmela se ruborizó y bajó los ojos sin responder; el Jaguar la examinó

un momento con una mirada penetrante.

--Ya lo entiendo, dijo por fin; mi presencia en esta hostería desagrada

a alguien, quizás a él.

--¿Por qué ha de desagradarle? Me parece que él no es el amo.

--¡Es cierto! Entonces es al padre de V. a quien le desagrada, ¿verdad?

La joven hizo una seña afirmativa.

El Jaguar se levantó con violencia y se paseó presuroso por la sala

de la venta, con la cabeza baja y los brazos a la espalda. Al cabo de

algunos minutos de este paseo, que Carmela observaba con una mirada

inquieta, el Jaguar se paró bruscamente delante de ella, levantó la

cabeza, y mirándola con fijeza preguntó:

--Y a V., Carmela, ¿le desagrada mi presencia en este sitio?

La joven permaneció silenciosa.

--¡Responda V.! repuso el Jaguar.

--No he dicho eso, murmuró Carmela vacilando.

--No, repuso el Jaguar con una sonrisa amarga; pero lo piensa V.,

Carmela, solo que no tiene V. valor suficiente para confesármelo cara a

cara.

La joven levantó la cabeza con viveza y respondió con febril animación:

--Es V. injusto para conmigo, injusto y malo. ¿Por qué he de desear que

V. se aleje? Nunca me ha hecho V. daño; al contrario, siempre le he

encontrado dispuesto a defenderme. Hoy mismo, todavía, no ha vacilado

V. para librarme del mal trato de los miserables que me insultaban.

--¡Ah! ¿Lo confiesa V.?

--¿Por qué no he de confesarlo, si es cierto? ¿Tan ingrata me juzga V.?

--No, Carmela; solo que al fin es V. mujer, repuso el Jaguar con

amargura.

--No entiendo lo que quiere V. decir, no quiero entenderlo. Aquí,

cuando mi padre, o Quoniam, o cualquier otro, acusa a V., solo yo soy

quien le defiende. ¿Es culpa mía si, por su carácter y por la vida

misteriosa que hace, está V. colocado fuera de la existencia común?

¿Soy responsable acaso del silencio que se obstina V. en guardar acerca

de cuanto le concierne personalmente? V. conoce a mi padre, y sabe cuan

bueno, franco y valiente es; muchas veces y por medios indirectos, ha

procurado arrastrar a V. a una explicación leal, y siempre ha rechazado

V. sus tentativas. Así pues, a nadie culpe V. más que a sí mismo por el

aislamiento en que se encuentra y por la soledad que se establece en

torno de V.; y no dirija reconvenciones a la única persona que hasta

ahora se ha atrevido a sostenerle y defenderle contra todos.

--¡Es verdad! respondió el Jaguar con amargura: soy un loco y reconozco

mis errores para con V., Carmela, porque dice V. muy bien: entre toda

esa gente, solo V. ha sido buena y compasiva para con el réprobo, para

con el hombre a quien persigue el odio general.

--Odio tan estúpido como injusto.

--Y del cual no participa V., ¿verdad? preguntó el joven con viveza.

--No, no participo de él; pero padezco al ver la obstinación de V.,

porque, a pesar de todo lo que cuentan, le juzgo bueno.

--¡Gracias, Carmela! Quisiera poder probar inmediatamente que tiene

V. razón y dar un mentís a los que me insultan de un modo cobarde

cuando estoy ausente, y tiemblan cuando me presento delante de ellos.

Desgraciadamente, eso es imposible por ahora; pero tengo la esperanza

de que llegará un día en que me será lícito darme a conocer tal como en

realidad soy, y arrancarme la máscara que ya me pesa; entonces...

--¿Entonces? preguntó Carmela viendo que se interrumpía.

El Jaguar vaciló un instante, y después dijo con voz ahogada:

--Entonces tendré que hacer a V. una pregunta y dirigirle una petición.

La joven se ruborizó levemente; pero reponiéndose en seguida, murmuró

en voz baja:

--Me encontrará V. dispuesta a responder a ambas cosas.

--¿De veras? exclamó el Jaguar con alegría.

--Se lo juro a V.

Un relámpago de felicidad iluminó, cual un rayo de sol, la fisonomía

del joven.

--¡Bien, Carmela! dijo con profundo acento. Cuando llegue el momento

oportuno, recordaré su promesa.

Carmela bajó la cabeza haciendo una seña de mudo asentimiento.

Hubo un momento de silencio. La joven se dedicaba a los quehaceres

de la casa con esa gracia y esa ligereza de pájaro, propias de las

mujeres; el Jaguar se paseaba por la sala con aspecto preocupado; al

cabo de algunos instantes se acercó a la puerta y miró hacia fuera.

--Es preciso que me marche, dijo.

--¡Ah! exclamó Carmela fijando en él una mirada escudriñadora.

--Sí; tenga V. la bondad de mandar a Lanzi que prepare mi caballo;

quizás si se lo dijese yo mismo, lo haría de mala gana; me ha parecido

ver que no soy santo de su devoción.

--Voy allá, respondió la joven sonriendo.

--El Jaguar la miró alejarse y ahogó un suspiro.

--¿Qué es esto que siento? murmuró apoyando la mano con fuerza sobre

su corazón, como si acabase de sufrir un dolor repentino; ¿será por

ventura lo que llaman amor? ¡Estoy loco! repuso al cabo de un instante;

¿acaso puedo yo amar? ¡El Jaguar! ¿Acaso se puede amar al réprobo?

Una sonrisa amarga contrajo sus labios; su entrecejo se frunció, y

murmuró con voz sorda:

--Cada cual tiene su misión en este mundo, ¡y yo sabré cumplir la mía!

Carmela volvió a entrar y dijo:

--El caballo estará pronto dentro de un momento. Tome V. sus botas

vaqueras que Lanzi me ha encargado le entregue.

--Gracias, dijo el Jaguar.

Y se puso a atar a sus piernas esos dos pedazos de cuero labrado que

en Méjico hacen próximamente las veces de las polainas y sirven para

librar al jinete de los golpes del caballo.

Mientras que el Jaguar, con un pie apoyado en el banco y el cuerpo

inclinado hacia adelante, se ocupaba en atarse sus botas, Carmela le

examinaba atentamente con una expresión de vacilación tímida.

El Jaguar reparó en ello y le preguntó:

--¿Qué tiene V.?

--Nada, dijo la joven balbuceando.

--Me engaña V., Carmela. Vamos, el tiempo urge, dígame V. la verdad.

--Pues bien, respondió la joven con una vacilación cada vez más

marcada, tengo que pedir a V. un favor.

--¿A mí?

--Sí.

--Hable V. pronto, niña; ya sabe que, sea lo que quiera, se lo concedo

de antemano.

--¿Me lo jura V.?

--¡Lo juro!

--Pues bien, suceda lo que quiera, deseo que si encuentra V. al capitán

de dragones que estaba aquí esta mañana, le conceda V. su protección.

El joven se enderezó como si le hubiese impulsado un resorte.

--¡Ah! exclamó, ¿con que es cierto lo que me han dicho?

--No sé a qué alude V.; pero le reitero mi súplica.

--No conozco a ese hombre, puesto que he llegado aquí después que él se

marchó.

--Sí, le conoce V., repuso Carmela con acento resuelto; ¿a qué buscar

un efugio si desea V. falsear la promesa que me ha hecho? Vale más

obrar con entera franqueza.

--Está bien, respondió el Jaguar con voz sombría y con un tono de

ironía mordaz; tranquilícese V., Carmela; defenderé a su amante.

Y se lanzó precipitadamente fuera de la sala poseído de la más violenta

cólera.

--¡Oh! ¡Qué bien hacen en llamar el Jaguar a ese demonio! exclamó la

joven dejándose caer sobre un banco y prorrumpiendo en llanto. ¡Es un

corazón de tigre lo que su pecho encierra!

Ocultó su rostro entre ambas manos y prorrumpió en sollozos.

En el mismo instante se oyó fuera el galope rápido de un caballo que se

alejaba.

XIII.

CARMELA.

Ahora, antes de continuar nuestra narración, es preciso que demos a

nuestros lectores ciertos detalles importantes e indispensables para

los hechos que van a seguir.

Entre las provincias del vasto territorio de Nueva España, hay una,

la más oriental de todas, cuyo valor verdadero ignoró constantemente

el gobierno de los virreyes, ignorancia continuada por la república

mejicana que, en la época de la proclamación de la independencia, no

la juzgó digna de formar un Estado separado; y sin calcular lo que

más tarde pudiera suceder, con la mayor indolencia la dejó colonizar

por los norteamericanos, quienes ya en aquellos tiempos parece que

estaban atormentados por esa fiebre de invasión y de ensanche que hoy

ha llegado a ser una especie de locura endémica para aquellos dignos

ciudadanos. La provincia a que nos referimos es la de Tejas.

Aquella comarca magnífica es una de las mejor situadas que hay en

Méjico; bajo el punto de vista territorial es inmensa; ningún país

tiene mejor riego: nueve ríos considerables llevan al mar sus aguas

aumentadas por las innumerables corrientes que en todas direcciones

surcan y fertilizan aquella tierra: estos ríos, profundamente

encajonados en terrenos movedizos, nunca forman, desparramándose a

lo lejos, esas inundaciones tan comunes en otros países y que se

convierten en fétidos pantanos.

El clima de Tejas es sano y se halla exento de esas enfermedades

espantosas que han dado una celebridad tan siniestra a ciertas comarcas

del Nuevo Mundo.

Las fronteras naturales de Tejas son la Sabina al este, el Río Rojo

al norte, al oeste una cordillera de altas montañas que ciñe vastas

praderas y el Río Bravo del Norte; y por último, desde la embocadura de

este río hasta el de la Sabina, el golfo de Méjico.

Ya hemos dicho que los españoles ignoraban casi por completo el valor

verdadero del Tejas, aunque hacía mucho tiempo que le conocían, porque

es casi seguro que en 1536 Cabeza de Vaca cruzó por él cuando desde la

Florida se trasladó a las provincias septentrionales de Méjico.

Sin embargo, la honra del primer establecimiento que se intentó formar

en aquel hermoso país pertenece sin disputa a la Francia.

En efecto, el infortunado y célebre Roberto de la Salle, encargado por

el marqués de Seignelay de descubrir la embocadura del Misisipí en

1684, se equivocó y entró en el Río Colorado, por el cual bajó con suma

dificultad hasta la laguna de San Bernardo, en donde tomó posesión del

país y construyó un fuerte entre Velasco y Matagorda. No entraremos

aquí en mayores detalles acerca de aquel explorador audaz que por dos

veces intentó trasladarse a las tierras desconocidas situadas al este

de Méjico, y que en 1687 fue cobardemente asesinado por unos malvados

que formaban parte de su tropa.

Un recuerdo más reciente nos une de nuevo a Tejas, porque allí fue

donde en 1817, y bajo el nombre de _Campo de Asilo_, intentó el

general Lallemand fundar una colonia de franceses refugiados, restos

desventurados de los invencibles ejércitos del primer imperio. Esta

colonia, situada a unas diez leguas de Galveston, fue completamente

destruida por orden del virrey Apodaca, en virtud del sistema despótico

observado siempre en el Nuevo Mundo por los españoles de aquel tiempo,

y que consistía en no dejar bajo ningún pretexto que se estableciesen

extranjeros en punto alguno de su territorio.

Se nos perdonará que hayamos dado estos pormenores prolijos cuando se

reflexione que aquel país, libre tan solo de veinte años a esta parte,

de una superficie de cerca de cuarenta y dos millones de hectáreas,

habitado cuando más por doscientos mil individuos, ha entrado sin

embargo en una era de prosperidad y de progreso que inevitablemente ha

de llamar la atención de los gobiernos europeos y excitar las simpatías

de los hombres inteligentes de todas las naciones.

En la época en que pasan los hechos que nos hemos propuesto referir, es

decir, en la segunda mitad del año de 1812, el Tejas pertenecía todavía

a Méjico; pero había comenzado ya su gloriosa revolución, y luchaba

valerosamente para sacudir el vergonzoso yugo del gobierno central y

proclamar su independencia.

Pero antes de volver a tomar el hilo de nuestra historia, necesitamos

explicar cómo Tranquilo el cazador canadiense y Quoniam el negro, que

le debía su libertad, esos dos hombres a quienes dejamos en el alto

Misuri haciendo la vida libre de cazadores de los bosques, se hallaban

establecidos, por decirlo así, en el Tejas, y cómo el cazador tenía una

hija, o al menos llamaba así al precioso ángel rubio y sonrosado que

hemos presentado al lector bajo el nombre de Carmela.

Unos doce años antes del día en que comienza nuestro relato en la

venta del Potrero, Tranquilo había llegado a aquella misma hostería

seguido de dos compañeros y una niña de cinco a seis años, de cara

despabilada, ojos azules, labios rosados y cabellera dorada, que no era

sino Carmela; en cuanto a sus compañeros, uno era Quoniam, y el otro un

mestizo indio que atendía al nombre de Lanzi.

El sol se hallaba ya próximo a ocultarse cuando la reducida caravana

paró delante de la venta.

El ventero, que en aquel país desierto, situado en la frontera india,

estaba poco acostumbrado a ver viajeros, y sobre todo a una hora tan

avanzada, había cerrado y atrancado la puerta de su casa, y se disponía

a entregarse al descanso, cuando la llegada imprevista de nuestros

personajes le obligó a modificar sus intenciones por aquella noche.

Sin embargo, solo con marcada repugnancia y después de las repetidas

seguridades que le dieron los viajeros de que nada tenía que temer por

parte de ellos, fue como se decidió a abrir la puerta e introducirlos

en la casa.

Por lo demás, desde el momento en que se decidió a recibirlos, el

ventero fue lo que debía ser, es decir, tan atento y servicial como

puede permitirlo el carácter de los hosteleros mejicanos, que, sea

dicho entre paréntesis, son la raza menos hospitalaria que existe.

Éste era un hombrecito repleto, de modales zalameros y mirada astuta,

ya de cierta edad, pero todavía listo y vivo.

Cuando los viajeros hubieron instalado sus caballos en el corral

delante de una buena provisión de alfalfa, y que también ellos hubieron

cenado con el apetito propio de hombres que acaban de hacer una jornada

larga, se estableció cierta confianza entre el ventero y ellos, merced

a algunos tragos de refino de Cataluña, generosamente ofrecidos por

el canadiense, y la conversación se entabló bajo el pie de la más

franca cordialidad, mientras que la niña, cuidadosamente envuelta en

el mullido zarapé del cazador, dormía con esa tranquila y cándida

indiferencia peculiar de tan feliz edad, en la que lo presente es todo

y lo porvenir no existe todavía.

--¡Eh! Compadre, dijo Tranquilo alegremente al ventero, echándole otro

vaso de refino, ¿paréceme que lleva V. aquí una vida muy feliz?

--¡Yo!

--¡Pardiez! Se acuesta V. a la misma hora que las gallinas, y estoy

seguro de que se levantará tarde.

--¿Qué otra cosa puedo hacer en este maldito desierto en donde he

venido a perderme por mis pecados?

--Según eso, ¿escasean los viajeros?

--Sí y no; depende de la manera en que V. lo entienda.

--¡Diablo! Me parece que no hay dos maneras de entenderlo.

--Sí, hay dos y muy diferentes.

--¡Hombre! Me alegraría de conocerlas.

--Es muy fácil. No faltan en el país vagabundos de todos colores y

castas, y si yo quisiese llenarían mi casa todo el santo día; pero

lléveme el diablo si me dejarían ver el color de su dinero.

--¡Ah! Muy bien. Pero supongo que esos señores no constituirán

exclusivamente la parroquia de V.

--No; hay también los indios bravos, los Comanches, los Apaches, los

Pawnees, y qué sé yo cuantos más, que de vez en cuando vienen a rondar

por los alrededores.

--¡Vamos! Es mal vecindario; y si no tiene V. más que esos

parroquianos, comienzo a opinar como V.; sin embargo, algunas veces

debe V. recibir visitas más agradables.

--Sí, de tarde en tarde algunos viajeros extraviados, como V., sin

duda; pero los ingresos están siempre muy lejos de cubrir los gastos.

--Es claro. A la salud de V.

--A la de V.

--Pero entonces, permítame V. una observación que quizás le parecerá

indiscreta.

--Diga V., caballero; diga lo que guste; estamos hablando como buenos

amigos y no debemos contenernos.

--Tiene V. razón. Si se encuentra V. mal aquí, ¿por qué diablos

permanece en este sitio?

--¡Ah! He ahí la cuestión: ¿a dónde quiere usted que vaya?

--¡Pardiez! No lo sé, a cualquiera parte, en donde siempre estará V.

mejor que aquí.

--¡Ah! ¡Si solo dependiese de mi voluntad! dijo el ventero lanzando un

suspiro.

--¿Tiene V. a alguien consigo aquí?

--No, estoy solo.

--Pues bien, entonces ¿quién le detiene?

--¡Caramba! ¿Qué ha de ser? ¡El dinero! Todo cuanto yo poseía, y no era

mucho, lo invertí en edificar esta casa y establecerme en ella, y aún

eso gracias a los peones de la hacienda.

--¿Hay alguna hacienda por aquí?

--Sí, a unas cuatro leguas de distancia está la hacienda del Mezquite.

--¡Ah! dijo Tranquilo muy pensativo, está bien, continúe V.

--De ese modo ya comprende V. que si me voy, me veo obligado a

abandonarlo todo.

--¿Por qué no lo vende V.?

--¿Y quién lo compra? ¿Cree V. que sea fácil encontrar por aquí un

individuo que tenga cuatrocientos o quinientos duros en el bolsillo y

que esté dispuesto a hacer una tontería?

--¡Pardiez! No se sabe, acaso buscando podría encontrarse

--Vamos, caballero, ¡tiene V. gana de burlarse!

--En verdad que no, dijo Tranquilo variando de tono repentinamente, y

voy a probárselo a usted.

--Veamos.

--¿Dice V. que vende su casa en cuatrocientos duros?

--¿He dicho cuatrocientos?

--No andemos con tretas, lo ha dicho V.

--Muy bien, lo admito; ¿y qué más?

--¿Qué más? Que yo se la compro si V. quiere.

--¿Usted?

--¿Por qué no?

--¡Pardiez! Sería preciso verlo.

--Está visto: ¿quiere V., sí o no? Es cosa de tomarlo o dejarlo; quizás

dentro de cinco minutos habré variado de intención, con que decídase V.

El ventero fijó una mirada investigadora en el canadiense.

--¡Acepto! dijo.

--Corriente; solo que no le daré a V. cuatrocientos duros.

--¡Oh! entonces... dijo el ventero sobresaltado.

--Le daré a V. seiscientos.

El ventero se quedó estupefacto y en seguida dijo:

--No me parece mal.

--Pero con una condición, añadió Tranquilo.

--¿Cuál es?

--La de que mañana, tan luego como se haya efectuado la venta, montará

V. a caballo... ¿Supongo que tendrá V. un caballo?

--Sí Señor.

--Pues bien, montará V. en él, se marchará y no volverá a parecer por

aquí.

--¡Oh! De eso puede V. estar muy seguro.

--¿Queda convenido?

--Sí Señor.

--Entonces, mañana al salir el sol que estén preparados los testigos.

--Lo estarán.

En esto quedó la conversación. Los viajeros se envolvieron en sus

mantas y zarapés; se tendieron en el áspero suelo de la sala y se

durmieron. El ventero les imitó.

Según lo habían convenido, el ventero, un poco antes de amanecer,

ensilló su caballo y se ocupó en procurarse los testigos necesarios

para la validez de la transacción; con este objeto se fue a rienda

suelta a la hacienda del Mezquite, y al salir el sol estaba ya de

vuelta. Le acompañaban el mayordomo de la hacienda y siete u ocho

peones.

El mayordomo, que era el único que sabía leer y escribir, redactó una

escritura de venta; luego reunió a todos los circunstantes y la leyó en

alta voz.

Tranquilo sacó entonces de su cinto treinta y siete onzas y media de

oro, y las extendió sobre la mesa.

--Señores, dijo el mayordomo dirigiéndose a los circunstantes, sean

VV. testigos de que el señor Tranquilo ha pagado los seiscientos pesos

fuertes estipulados para la compra de la venta del Potrero.

--Somos testigos, respondieron todos.

Entonces todas las personas presentes, con el mayordomo a la cabeza,

pasaron al corral situado en la parte trasera de la casa.

Cuando Tranquilo hubo llegado al corral, arrancó un puñado de yerba y

le tiró por encima de su hombro; en seguida, cogiendo una piedra, la

tiró al otro lado de la tapia: con arreglo a la ley mejicana acababa de

tomar posesión de la finca.

--Sean VV. testigos, Señores, volvió a decir el mayordomo, de que el

señor Tranquilo, aquí presente, toma legalmente posesión de esta finca.

¡Dios y libertad!

--¡Dios y libertad! exclamaron los circunstantes. ¡Viva el nuevo

huésped!

Habíanse llenado todas las formalidades. Volvieron a entrar en la casa

en donde Tranquilo suministró sendos tragos de vino a sus testigos, a

quienes esta munificencia inesperada colmó de alegría.

El antiguo ventero, fiel al convenio estipulado, dio un apretón de mano

al comprador, montó a caballo y se marchó deseándole buena suerte.

Desde aquel día no se volvió a oír hablar de él.

He ahí cómo había llegado el cazador a Tejas y cómo se estableció.

Dejó a Lanzi y a Quoniam en la venta con Carmela. En cuanto a él,

merced a la protección del mayordomo, que le recomendó a su amo D.

Hilario de Vaureal, entró en la hacienda del Mezquite en calidad de

tigrero o cazador de tigres.

Aunque la comarca escogida por el cazador para establecerse se hallaba

situada en los confines de la frontera mejicana, y que por esta razón

se hallaba casi desierta, de vez en cuando hubo ciertas suposiciones

entre los vaqueros y los peones acerca de las razones que podrían

haber inducido a un cazador tan audaz y tan diestro como el canadiense

a retirarse allí; pero todas las tentativas hechas por los curiosos

para averiguar aquellas razones, todas las preguntas que dirigieron,

quedaron sin resultado; los compañeros de Tranquilo y aún él mismo

permanecieron mudos; en cuanto a la niña, ella nada sabía.

Entonces los curiosos, frustrados en su esperanza y cansados de hacer

averiguaciones, renunciaron a encontrar la explicación de aquel enigma,

confiando en el tiempo, ese gran aclarador de misterios, para saber por

fin la verdad tan cuidadosamente encubierta.

Pero transcurrieron las semanas, los meses y los años sin que nada

fuese a levantar ni una punta del velo que ocultaba el secreto del

cazador.

Carmela había llegado a ser una joven deliciosa; la venta se había

hecho con una buena parroquia. Aquella frontera, tan tranquila hasta

entonces por razón de su alejamiento de las ciudades y pueblos, se

resintió del movimiento que las ideas revolucionarias imprimieron al

centro del país; los viajeros llegaron a ser más frecuentes, y el

cazador, que hasta entonces parecía que se había cuidado muy poco de

lo porvenir, fiando para su seguridad en el aislamiento de su morada,

comenzó a sentirse inquieto, no por sí, sino por Carmela, que se

hallaba expuesta, casi sin defensa, a las tentativas audaces, no solo

de los enamorados a quienes su hermosura atraía cual la miel a las

moscas, sino también de los hombres sin fe y sin conciencia que los

disturbios habían hecho surgir por todas partes, y que vagaban por los

caminos como coyotes, en busca de una presa que devorar.

El cazador, no queriendo dejar por más tiempo a la joven en la posición

peligrosa en que las circunstancias la colocaban, se ocupó activamente

en conjurar las desgracias que preveía, pues si bien por ahora es

imposible saber los vínculos que le unían con Carmela, quien le daba el

nombre de padre, diremos que en realidad la profesaba paternal cariño

y tenía para con ella una abnegación absoluta; en esto le imitaban

Quoniam y Lanzi. Para aquellos tres hombres, Carmela no era una mujer,

ni una niña, sino un ídolo a quien adoraban de rodillas y por el cual

habrían sacrificado con júbilo hasta sus vidas a la más leve indicación

suya.

Una sonrisa de Carmela les hacía felices, el más mínimo gesto de mal

humor suyo les ponía tristes.

Los Merodeadores de Fronteras · 第 8 / 20 段