contemplar el espectáculo horrible que se ofrecía ante su vista.
La torre y los edificios principales estaban ardiendo; a la claridad de
las llamas se veía a los indios saltar como demonios persiguiendo a los
defensores de la colonia que, agrupados en varios puntos, intentaban
todavía una resistencia casi imposible.
He aquí lo que había sucedido.
Mientras que el Ciervo-Negro, el Zorro-Azul y los demás jefes
principales de los Pawnees intentaban el ataque por el frente de la
colonia, Tranquilo, seguido de Quoniam y de unos cincuenta guerreros
escogidos, se embarcó en unas piraguas de piel de bisonte, bajó
silenciosamente por el río y fue a desembarcar en la misma colonia sin
dar la más leve alarma, por la sencilla razón de que los americanos no
podían temer de ningún modo una sorpresa por la parte del Misuri.
Sin embargo, debemos hacer al capitán la justicia de decir que no
había dejado indefenso aquel punto; colocó allí centinelas, pero
desgraciadamente, en el desorden que siguió a la última carga de los
indios, los centinelas, creyendo que nada tenían que temer por aquella
parte, habían abandonado su puesto para acudir a donde juzgaban que el
peligro era más apremiante, y ayudar a sus compañeros a rechazar al
enemigo.
Esta falta imperdonable perdió a los defensores de la colonia.
Tranquilo desembarcó sin disparar un tiro.
Los Pawnees, tan luego como hubieron entrado en la colonia, arrojaron
teas incendiarias a los edificios construidos todos con madera, y
lanzando su grito de guerra, se precipitaron sobre los americanos, a
quienes cogieron por retaguarda colocándolos así entre dos fuegos.
Tranquilo, Quoniam y algunos guerreros que no se habían separado de
ellos, se dirigieron a la torre.
Mistress Watt, aunque atacada por sorpresa, se dispuso para defender
valerosamente el puesto confiado a su custodia.
El canadiense se acercó a ella con las manos alzadas al cielo en señal
de paz y exclamó:
--Ríndanse VV., en nombre del cielo, o quedan perdidas: la colonia ha
caído en nuestro poder.
--¡No! respondió la joven resueltamente; no me rendiré a un villano que
hace traición a sus hermanos para abrazar el partido de los indios.
--Es V. injusta para conmigo, replicó el cazador con tristeza; vengo a
salvar a V.
--No quiero ser salvada por V.
--¡Mujer desventurada! Si no lo hace V. por sí, hágalo al menos por sus
hijos; mire V., ya está ardiendo la torre.
La joven alzó los ojos, lanzó un grito de horror y se precipitó llena
de desconsuelo en el interior del edificio.
Las demás mujeres, fiando en la palabra del cazador, no intentaron
resistirse y entregaron sus armas.
Tranquilo confió la custodia de aquellas pobres mujeres a Quoniam,
agregándole algunos guerreros, y se alejó rápidamente con la intención
de hacer cesar la carnicería que continuaba en todos los puntos de la
colonia.
Quoniam entró en la torre, en donde encontró a mistress Watt medio
asfixiada y estrechando a sus hijos en sus brazos con inaudita fuerza.
El buen negro cargó a la joven sobre sus robustos brazos; y reuniendo a
todas las mujeres y los niños, los condujo a las orillas del Misuri, a
fin de ponerlos fuera del alcance del fuego y esperar a que el combate
concluyese, sin exponer a las prisioneras al furor de los vencedores.
A la sazón, aquello no era ya un combate sino una carnicería, a la que
aún hacían más espantosa los bárbaros refinamientos de los indios que
se encarnizaban con indecible rabia contra sus desventurados enemigos.
El capitán, Bothrel, Bob y unos veinte americanos, los únicos colonos
que aún estaban vivos, reunidos en el centro de la explanada, se
defendían con la energía de la desesperación contra una nube de indios,
resueltos a dejarse matar antes que caer en manos de los feroces
Pawnees.
Sin embargo, Tranquilo, a fuerza de súplicas y arrostrando mil
peligros, consiguió hacer que depusiesen las armas y que cesase por fin
la carnicería.
De pronto se oyeron gritos, llantos y súplicas hacia la parte del río.
El cazador se lanzó rápidamente hacia allá, agitado por un
presentimiento sombrío.
El Ciervo-Negro y sus guerreros le seguían. Cuando llegaron al sitio en
que Quoniam había reunido a las mujeres, se ofreció ante su vista un
espectáculo espantoso.
Mistress Watt y otras tres mujeres yacían sin movimiento en el suelo en
medio de un charco de sangre. Quoniam estaba tendido delante de ellas,
con dos heridas, una en la cabeza y otra en el pecho.
Fue imposible obtener de las demás mujeres ningún dato acerca de lo que
había pasado, porque estaban casi locas de terror.
¡Los hijos del capitán habían desaparecido!
XI.
LA VENTA DEL POTRERO.
Usando ahora de nuestro privilegio de novelistas, trasladaremos la
escena de nuestro relato al Texas, y volveremos a tomar nuestra
historia unos dieciséis años después de los acontecimientos referidos
en el capítulo anterior.
El alba comenzaba a teñir las nubes con sus nacaradas tintas,
las estrellas se apagaban unas en pos de otras en las sombrías
profundidades del cielo; y en la última línea azul del horizonte,
un reflejo de un color rojo vivo, precursor de la salida del sol,
anunciaba que tardaría muy poco en ser de día. Los millares de pájaros
invisibles, frioleramente cobijados en la enramada, se despertaban de
repente y entonaban alegres su melodioso concierto matutino, mientras
que los aullidos de las fieras, al retirarse de beber y regresar con
lento paso a sus inexploradas guaridas, se iban tornando cada vez más
sordos y oscuros.
En aquel momento se levantó la brisa; se engolfó en la densa nube de
vapores que, a la salida del sol, se exhalan de la tierra en aquellas
regiones intertropicales, la hizo revolotear un instante, la desgarró
y la disipó por el espacio, haciendo aparecer sin transición, cual una
decoración de teatro, el paisaje más delicioso que puede imaginar el
alma soñadora de un pintor o de un poeta.
En América, sobre todo, es donde parece que la Providencia se ha
complacido en prodigar los efectos más imponentes de paisaje, variando
hasta lo infinito los contrastes y las armonías de aquella naturaleza
poderosa que solo allí se encuentra.
En el seno de una inmensa llanura, rodeada completamente por la poblada
enramada de una selva virgen, se dibujaban los caprichosos giros de
un camino arenoso, cuyo color amarillento se destacaba de un modo
agradable sobre el verde oscuro de las crecidas yerbas y el blanco
plateado del agua de un río angosto al que los primeros rayos del
sol hacían resplandecer cual un conjunto de pedrería. Cerca del río,
próximamente en el centro de la llanura, se alzaba una casa blanca con
columnas que formaban un pórtico, y con un tejado encarnado.
Esta casa, coquetamente tapizada con plantas trepadoras que se
extendían en anchos mechones por sus paredes, era una venta u hostería,
edificada en lo alto de una leve eminencia. Llegábase a ella por una
pendiente insensible, y merced a su posición, dominaba aquel paisaje
inmenso y grandioso, como el que abarca con su vista el cóndor cuando
se cierne cerca de las nubes.
Delante de la puerta de la venta, unos veinte vagones, pintorescamente
agrupados, acababan de ensillar sus caballos, mientras que unos
arrieros se ocupaban presurosos en cargar siete u ocho mulas.
En el camino, algunas millas más allá de la venta, se veían, como
puntos negros casi imperceptibles, varios jinetes que se alejaban con
rapidez, y estaban próximos a internarse en la selva de que hemos
hablado, selva que se elevaba gradualmente y estaba dominada por
una faja de altas montañas, cuyas cumbres fragosas y escarpadas se
confundían casi con el azul del cielo.
Se abrió la puerta de la venta, y un oficial joven salió tarareando; le
acompañaba un fraile gordo y rollizo, provisto de un voluminoso abdomen
y de una cara muy alegre; detrás de ellos apareció en el umbral de la
puerta una encantadora joven de dieciocho a diecinueve años, rubia y
delgada, con los ojos azules y los cabellos dorados, linda y graciosa.
--Vamos, vamos, dijo el capitán, porque el oficial llevaba las
insignias de aquel grado, a caballo, que ya hemos perdido demasiado
tiempo.
--¡Hum! dijo el fraile, apenas hemos tenido tiempo para desayunarnos.
¿Por qué diablos tiene V. tanta prisa, Capitán?
--Santo varón, repuso el capitán en tono irónico, si quiere V.
quedarse, es muy dueño de hacerlo.
--¡No, no, me voy con V.! exclamó el fraile haciendo un gesto de
espanto; ¡cáspita! Quiero aprovechar la escolta de V.
--Pues entonces dese V. prisa, porque dentro de cinco minutos voy a dar
la orden de marcha.
El oficial, después de haber dirigido una mirada a la llanura, hizo
seña a su asistente para que le acercase el caballo y montó con
ligereza y con esa gracia peculiar de los jinetes mejicanos. El fraile
ahogó un suspiro de sentimiento, pensando probablemente en la suculenta
hospitalidad que abandonaba para correr los peligros de un viaje largo,
y ayudado por los arrieros consiguió subirse a duras penas sobre una
mula, cuyo lomo se dobló al recibir aquel peso enorme.
--¡Uf! murmuró, ya estoy.
--¡A caballo! gritó el capitán.
Los dragones obedecieron en seguida, y durante algunos segundos se oyó
un golpeteo de hierro.
La joven de quien hemos hablado había permanecido hasta entonces
inmóvil y silenciosa en el umbral de la puerta, al parecer poseída por
una agitación secreta y dirigiendo en torno suyo miradas inquietas, que
fijaba en dos o tres campesinos que, recostados con indolencia en las
tapias de la venta, observaban los movimientos de la caravana con una
mirada a la vez indiferente y curiosa; pero en el momento en que el
capitán iba a dar la orden de marcha, la joven se acercó resueltamente
a él, y presentándole un mechero, le dijo con voz dulce y melodiosa:
--Señor Capitán, se le ha apagado a V. el cigarro.
--¡Es verdad! respondió el oficial, e inclinándose con galantería hacia
ella, cogió el mechero, se sirvió de él, y se lo devolvió diciendo:
--Gracias, hermosa niña.
La joven aprovechó el momento en que el rostro del oficial se
aproximaba al suyo para decirle rápidamente y en voz muy baja estas
palabras:
--¡Tenga V. cuidado!
--¿Cómo? dijo el oficial mirándola fijamente.
La joven, sin contestar, puso el dedo índice en sus rosados labios, y
volviéndose con viveza, entró corriendo en la venta.
El capitán se enderezó sobre la silla, frunció su negro entrecejo y
dirigió una mirada amenazadora a los dos o tres individuos que estaban
recostados en la tapia; pero muy luego sacudió la cabeza y murmuró con
desdén:
--¡Bah! No se atreverían.
Entonces desenvainó su sable, cuya hoja lanzó un relámpago deslumbrador
al ser herida por los rayos del sol, y poniéndose a la cabeza de la
escolta dijo:
--¡En marcha!
Partieron.
Las mulas siguieron el esquilón de la _nena_ o mula que sirve de guía,
y los dragones, dispuestos en torno de la recua, la encerraron en su
centro.
Durante algunos instantes, los pocos campesinos que habían presenciado
la partida de la tropa siguieron con la vista su marcha por las
sinuosidades del camino; luego entraron en la venta uno tras otro.
La joven estaba sola sentada sobre un escaño, y al parecer ocupándose
con actividad en componer un vestido. Sin embargo, por el temblor casi
imperceptible que agitaba su cuerpo, por el rubor de su frente y por la
mirada tímida que dejó filtrar bajo sus largos párpados al ver entrar a
los campesinos, era fácil adivinar que la calma que fingía estaba muy
lejos de su corazón, y que, por el contrario, la atormentaba un temor
secreto.
Los campesinos eran tres, todos ellos hombres en la fuerza de la edad,
de facciones duras y acentuadas, de mirada torva y de modales bruscos y
brutales.
Llevaban el traje mejicano de las fronteras, e iban bien armados.
Se sentaron en un banco colocado delante de una mesa tosca, y uno de
ellos dio un puñetazo fuerte sobre la tabla y se volvió hacia la joven
diciéndola bruscamente:
--¡Queremos beber!
La joven se estremeció y levantó la cabeza en seguida.
--¿Qué desean VV., caballeros? preguntó.
--Mezcal.
La joven se levantó y se apresuró a servirles. El que había hablado
la agarró del vestido y la detuvo en el momento en que se disponía a
alejarse, diciéndola:
--Aguarde V. un momento, Carmela.
--Deje V. mi vestido, Ruperto, dijo Carmela haciendo un gestecito de
mal humor; me le va V. a rasgar.
--¡Bah! repuso Ruperto riéndose con insolencia, ¿tan torpe me juzga V.?
--No, pero no me convienen esos modales.
--¡Oh! ¡Oh! No está V. siempre tan arisca, mocita.
--¿Qué quiere V. decir? repuso Carmela ruborizándose.
--¡Basta! Yo me entiendo, pero por el momento no se trata de eso.
--¿Pues de qué se trata? preguntó la joven con fingida sorpresa; ¿no le
he servido a V. ya el mezcal que pidió?
--Sí, sí, pero tengo que decirla una cosa.
--Bueno, pues diga V. pronto y déjeme marchar.
--Mucha prisa tiene V. de escaparse. ¿Teme V. que su novio la sorprenda
hablando conmigo?
Los compañeros de Ruperto se echaron a reír, y la joven se quedó muy
cortada.
--No tengo novio, Ruperto, ya lo sabe V., contestó al fin con los ojos
arrasados en agua, y hace V. mal en insultar a una pobre muchacha
indefensa.
--¡Bueno, bueno! Yo no insulto a V., Carmela; ¿qué mal hay en que una
linda niña tenga un novio, y aunque sean dos?
--Déjeme V., exclamó la joven haciendo un movimiento brusco para
desembarazarse.
--No la dejo a V. hasta tanto que haya contestado a mi pregunta.
--Pues haga V. pronto esa pregunta y concluyamos.
--Pues bien, arisca niña, tenga V. la bondad de repetirme lo que dijo
en voz baja a ese almibarado capitán.
--¡Yo! respondió Carmela algo confusa; ¿qué quiere V. que le haya dicho?
--He ahí justamente el asunto, niña: no quiero que le haya V. dicho
cierta cosa, y por eso deseo saber que ha sido ello.
--Déjeme V. en paz, Ruperto, no está V. contento sino cuando me
atormenta.
El mejicano la miró fijamente y le dijo con sequedad:
--No cambie V. de conversación, Carmela; la pregunta que la dirijo es
muy grave.
--Es posible, pero nada tengo que contestar.
--Porque sabe V. que ha obrado mal.
--No entiendo.
--¡De veras! Pues bien, entonces voy a explicárselo. En el momento en
que el oficial iba a marchar le ha dicho V.: «¡Tenga V. cuidado!» ¿Se
atreverá V. a negarlo?
La joven se puso muy pálida, e intentando chancearse dijo:
--Puesto que me ha oído V., ¿por qué me lo pregunta?
Los otros dos campesinos habían fruncido el entrecejo al oír la
acusación de Ruperto; la posición iba siendo grave.
--¡Oh! ¡Oh! dijo uno de ellos levantando sabiamente la cabeza, ¿de
veras ha dicho eso?
--Así parece, puesto que yo lo oí, repuso brutalmente Ruperto.
La joven dirigió una mirada de espanto en torno suyo, como para
implorar una protección ausente.
--No está aquí, dijo Ruperto con malvada expresión, y por lo tanto es
inútil que le busque V.
--¿Quién? dijo Carmela vacilando entre lo vergonzoso de la suposición y
el espanto de su posición peligrosa.
--¡Él! respondió Ruperto con ironía. Escuche V., Carmela: varias veces
se ha enterado V. ya de nuestros negocios más de lo que convenía;
repetiré ahora las palabras que hace un instante, dijo V. al capitán:
¡tenga V. cuidado!
--Sí, dijo brutalmente el segundo interlocutor, porque podríamos
olvidar que no es V. más que una chiquilla y hacerla pagar muy caras
sus delaciones.
--¡Bah! dijo el tercero, que hasta entonces se había contentado con
beber sin tomar parte en la conversación, la ley debe ser igual para
todos: si Carmela nos ha vendido, es preciso que se la castigue.
--¡Bien dicho, Bernardo! exclamó Ruperto dando un puñetazo sobre la
mesa; justamente somos los suficientes para pronunciar la sentencia.
--¡Dios mío! gritó Carmela desembarazándose con viveza de la presión
del hombre que hasta entonces la había mantenido sujeta, ¡déjeme V.!
¡déjeme V.!
--¡Detenedla! exclamó Ruperto levantándose, pues de lo contrario va a
suceder alguna desgracia.
Los tres hombres se precipitaron hacia la joven; esta, medio muerta de
terror, hacía esfuerzos inútiles para abrir la puerta de la venta y
escaparse.
Pero de improviso, en el momento en que los tres hombres ponían sus
rudas y callosas manos sobre los hombros blancos y delicados de
Carmela, la puerta de la venta, que en vano procuraba abrir, se abrió
de par en par, y en sus umbrales apareció un hombre.
--¿Qué sucede aquí? preguntó con voz sombría; y cruzando los brazos
sobre el pecho, permaneció inmóvil en su sitio mirando alternativamente
a los circunstantes.
Era tan amenazador el acento de aquel hombre, sus ojos lanzaban unos
relámpagos tan sombríos, que los tres hombres, aterrados, retrocedieron
maquinalmente hasta la tapia de en frente, murmurando con espanto:
--¡El Jaguar! ¡El Jaguar!
--¡Sálveme V.! ¡Sálveme V.! exclamó la joven precipitándose hacia él
llena de desconsuelo.
--Sí, dijo el Jaguar con voz profunda; sí, te salvaré, Carmela, ¡y
desgraciado él que toque a un solo cabello tuyo!
Entonces, cociéndola suavemente en sus nervudos brazos, la colocó con
el mayor cuidado en una butaca, en donde la joven quedó medio desmayada.
El hombre a quien tan bruscamente acabamos de poner en escena, era muy
joven todavía; su rostro imberbe hubiera parecido el de un niño si sus
facciones correctas y de una belleza casi femenina no hubiesen estado
animadas por dos ojos grandes y negros, cuya mirada tenía un brillo
fulgurante y una fuerza magnética que pocos hombres se juzgaban capaces
de soportar.
Su estatura era alta, su cuerpo esbelto y elegante, sus miembros
bien proporcionados, su pecho ancho, sus cabellos, tan negros como
el azabache, se escapaban con profusión de su sombrero de vicuña,
guarnecido con una ancha redecilla de oro, y caían sobre sus hombros en
rizos numerosos.
Llevaba el vistoso y espléndido traje mejicano; sus calzoneras de
terciopelo de color de violeta, abiertas por encima de la rodilla y
guarnecidas con una gran cantidad de botones de oro cincelados, dejaban
ver sus piernas finas y nerviosas, elegantemente calzadas con unas
medias de seda de color de perla; su manga (especie de capote) echada
sobre su hombro, estaba guarnecida con un ancho galón de oro; una foja
de crespón blanco oprimía su cintura y sostenía un par de pistolas y
un machete sin vaina, de hoja ancha y brillante, colgado de una anilla
de acero bruñido; un rifle americano, adornado con embutidos de plata,
estaba colgado de su hombro por medio de un portafusil.
En el aspecto de aquel hombre, tan joven todavía, había una atracción
en tal manera poderosa, una fuerza dominadora tan singular, que no se
le podía ver sin quererle o aborrecerle, tal era la impresión profunda
que, sin querer, producía, sin excepción, sobre todos aquellos con
quienes la casualidad le ponía en contacto.
Nadie sabía quién era aquel hombre, ni de donde venía; hasta su nombre
era desconocido, puesto que se habían visto precisados a ponerle un
apodo al que él respondía por cierto sin mostrarse lastimado.
En cuanto a su carácter, las escenas que van a seguir, le darán a
conocer lo suficiente para que, por ahora, estemos exentos de dar
pormenores más detallados.
XII.
CONVERSACIÓN.
Habíase disipado gradualmente empero el primer impulso de terror que
obligara a los tres hombres a retroceder cuando apareció el Jaguar:
ante el aspecto inofensivo del hombre a quien hacía mucho tiempo que
estaban acostumbrados a temer, recobraron, ya que no el valor, por lo
menos el descaro.
Ruperto, el más bribón de los tres, fue quien primero recobró su sangre
fría, y reflexionando que el individuo que les había causado tanto
susto se hallaba solo, y que por lo tanto no podía tener la fuerza de
su parte, se adelantó con resolución hacia él y le dijo brutalmente:
--¡Rayo de Dios! Deje V. a esa remilgada; ha merecido, no solo lo que
le sucede, sino también el castigo que vamos a imponerle ahora mismo.
El joven se enderezó como si le hubiese picado una serpiente, y
lanzando a su interlocutor una mirada llena de amenazas, le dijo:
--¡Calle! ¿Es a mí a quien habla V. de ese modo?
--¿Pues a quién ha de ser? repuso Ruperto con insolencia, si bien
sentía cierta inquietud por la manera en que había sido acogida su
interpelación.
--¡Ah! dijo únicamente el Jaguar, y sin añadir una palabra se adelantó
con lento paso hacia Ruperto, a quien mantenía inmóvil con su mirada
fascinadora, y que le veía llegar con un espanto que iba creciendo por
instantes.
Cuando el joven estuvo a dos pasos del campesino, se detuvo.
Esta escena, tan sencilla en la apariencia, debía tener, sin embargo,
una significación terrible para los circunstantes, porque todos los
pechos estaban anhelosos, todas las frentes pálidas.
El Jaguar, con el rostro lívido, las facciones crispadas, los ojos
inyectados en sangre y el entrecejo fruncido, adelantó el brazo para
coger a Ruperto, quien, vencido por el terror, no hizo el movimiento
más leve para librarse de aquella presión que, sin embargo, sabía que
debía ser mortal.
De improviso Carmela saltó como una corza asustada, y se arrojó entre
los dos hombres.
--¡Oh! exclamó juntando las manos; ¡tenga V. compasión de él, no le
mate V., por Dios!
El semblante del Jaguar varió súbitamente y se revistió de una
expresión de inefable dulzura.
--¡Corriente! dijo, puesto que tal es la voluntad de V., no morirá;
pero ha insultado a usted, Carmela, y debe ser castigado. De rodillas,
miserable, añadió dirigiéndose a Ruperto y apoyando pesadamente la
mano en su hombro; de rodillas y pide perdón a este ángel.
Ruperto, más bien que arrodillarse se dejó caer al sentir el peso de
aquella mano de hierro, y se arrastró hasta los pies de la joven,
murmurando con voz tímida:
--¡Perdón! ¡Perdón!
--¡Basta! dijo entonces el Jaguar con terrible acento; levántate y da
gracias a Dios porque todavía esta vez te has librado de mi venganza.
Abra V. la puerta, Carmela.
La joven obedeció.
--A caballo, prosiguió el Jaguar; id a esperarme al Río Seco, y sobre
todo, bajo pena de muerte, que nadie se mueva hasta mi llegada. ¡Id!
Los tres hombres bajaron la cabeza y salieron sin contestar: un momento
después se oyó resonar en el camino el galope de sus caballos que se
alejaban.
Los dos jóvenes quedaron solos en la venta.
El Jaguar se sentó delante de la mesa en que un momento antes estaban
bebiendo los tres hombres, apoyó la cabeza en ambas manos y pareció que
quedaba sepultado en serias reflexiones.
Carmela le miraba con una mezcla de interés y de temor, sin atreverse a
dirigirle la palabra.
Por último, cuando hubo trascurrido un espacio de tiempo bastante
largo, el joven levantó la cabeza y miró en torno suyo como si
despertase de un sueño profundo.
--¿Ha permanecido V. ahí? dijo a la joven.
--Sí, respondió Carmela con dulzura.
--Gracias, Carmela, es V. buena y solo V. me quiere, cuando todos me
aborrecen.
--¿No hago bien?
El Jaguar se sonrió con tristeza; pero respondió a esta pregunta
haciendo otra, táctica habitual de todo aquel que no quiere revelar su
pensamiento.
--Ahora, dijo, cuénteme francamente lo que ha pasado entre V. y esos
miserables.
La joven pareció como que vacilaba un instante; sin embargo, se decidió
y confesó las palabras que había dicho al capitán de dragones.
--Ha hecho V. mal, le dijo severamente el Jaguar; la imprudencia de
V. puede tener consecuencias muy graves; sin embargo, no me atrevo a
censurarla. Es V. mujer, y por consiguiente ignora muchas cosas. ¿Está
V. sola aquí?
--Enteramente sola.
--¡Qué imprudencia! ¿Cómo puede Tranquilo abandonar a V. de ese modo?
--Su deber le detiene actualmente en Mezquite; dentro de pocos días
debe dar una gran batida.
--Bien; pero al menos Quoniam debió quedar al lado de V.
--No ha podido, porque Tranquilo necesitaba su ayuda.
--Parece que el diablo se mezcla en todo esto, dijo el Jaguar en tono
de mal humor; es preciso estar loco para abandonar así a una joven
sola en una venta situada en medio de una comarca tan desierta, y eso
durante semanas enteras.
--No me hallaba sola, pues habían dejado conmigo a Lanzi.
--¡Ah! ¿Y qué se ha hecho?
--Un poco antes de salir el sol le envié a ver si traía alguna caza.
--Muy bien pensado, ¡por vida mía! Así ha permanecido V. expuesta a
las groserías y al mal trato del primer tuno a quien se le antojase
insultarla.
--No creí que hubiese peligro.
--¿Supongo que ahora estará V. ya desengañada?