Ya hemos visto de qué manera se vengó vendiendo el territorio de su

tribu a los americanos, y causando así la ruina de los que le habían

castigado. Pero tan luego como hubo conseguido esa venganza que por

tanto tiempo anhelara, se verificó una trasformación singular en el

corazón de aquel hombre. La vista de aquella comarca en que él nació y

en donde descansaban las cenizas de sus padres despertó en él, con suma

intensidad, el sentimiento de la patria, sentimiento que juzgaba ya

muerto y que solo estaba adormecido en el fondo de su corazón.

La vergüenza por la acción odiosa que había cometido entregando a

los enemigos de su raza los territorios de caza que él mismo había

recorrido con plena libertad durante tanto tiempo, el encarnizamiento

con que los americanos se ocupaban en variar el aspecto de la comarca

y en destruir sus árboles seculares, cuya sombra había cobijado los

consejos celebrados por su nación, todas estas razones reunidas le

habían hecho reflexionar; y desesperado por el sacrilegio que el odio

le impulsara a cometer, procuró acercarse de nuevo a sus compatriotas

con el fin de ayudarles a recobrar lo que por su culpa habían perdido.

Es decir resolvió hacer traición a los amigos nuevos en provecho de los

antiguos.

Aquel hombre se hallaba desventuradamente lanzado a una senda fatal en

la que cada paso que daba debía ser señalado por un crimen.

Le fue más fácil de lo que pensaba el ponerse de nuevo en contacto con

sus compatriotas. Estos vagaban dispersos y llenos de desesperación por

los bosques inmediatos a la colonia.

Cara de Mono se presentó audazmente a ellos; se guardó muy bien

de revelarles que él era la única causa de las desgracias que les

abrumaban. Por el contrario, les expuso como un mérito su regreso,

diciéndoles que la noticia de las calamidades que de improviso habían

caído sobre ellos era la causa exclusiva de su llegada; que si hubiesen

continuado siendo felices, nunca le habrían visto; pero que ante

una catástrofe tan espantosa como la que les había abrumado, todo

sentimiento debía desaparecer y ceder el puesto a la venganza común que

era preciso tomar de los rostros pálidos, esos implacables y eternos

enemigos de la raza roja.

En resumen, supo hacer tan bello alarde de buenos sentimientos,

supo presentar bajo un aspecto tan favorable el paso que daba en

aquel momento, que consiguió engañar completamente a los indios,

y persuadirles de la pureza de sus intenciones y de su buena fe.

Entonces, con la diabólica inteligencia de que se hallaba dotado,

urdió una vasta trama contra los americanos, trama en la cual tuvo

la habilidad de hacer que entrasen otros pueblos indios aliados de

su tribu, y al paso que en la apariencia seguía siendo amigo de los

colonos, organizó y preparó silenciosamente su completa ruina.

La influencia que en poco tiempo había logrado adquirir sobre su tribu

era inmensa; solo tres hombres conservaban contra él una desconfianza

instintiva, y vigilaban con el mayor cuidado todos sus actos: estos

tres hombres eran el cazador canadiense Tranquilo, el Ciervo-Negro y el

Zorro-Azul.

Tranquilo no acertaba a explicarse la conducta del jefe: le parecía

extraordinario que este hombre hubiese llegado a ser tan amigo de los

americanos: varias veces le había pedido explicaciones acerca de esto;

pero Cara de Mono nunca le respondió sino de una manera ambigua, o bien

eludió la cuestión.

Tranquilo, cuyas sospechas se acrecentaban de día en día, y que tenía

empeño en saber de un modo positivo a que atenerse respecto de aquel

hombre cuyos manejos le parecían cada vez más sospechosos, consiguió

que en el gran consejo de la nación le designasen con el Ciervo-Negro

para ir a llevar la declaración de guerra al capitán Watt.

A Cara de Mono le disgustó la elección de los enviados, pues sabía que

eran secretamente enemigos suyos; pero disimuló su resentimiento con

tanto más motivo, cuanto que las cosas estaban demasiado adelantadas ya

para retroceder, y todo se hallaba dispuesto para la expedición.

Así pues, Tranquilo y el Ciervo-Negro partieron con el encargo de

declarar la guerra a los rostros pálidos.

--O mucho me equivoco, decía el canadiense a su amigo mientras iban

andando, o estoy seguro de que vamos a saber algo nuevo acerca de Cara

de Mono.

--¿Lo cree V. así?

--Apostaría cualquier cosa. Estoy convencido de que el muy tuno juega

con dos barajas, y nos está engañando a todos en provecho suyo.

--No tengo gran confianza en él; pero no puedo creer que lleve tan

lejos su descaro.

--Muy pronto sabremos a que atenernos; pero en todo caso prométame V.

una cosa.

--¿Cuál es?

--La de que solo yo he de hablar. Sé mejor que V. la manera en que es

preciso obrar con los rostros pálidos del Oeste.

--Corriente, respondió el Ciervo-Negro, obrará V. como mejor le plazca.

Cinco minutos después llegaron a la colonia. Ya hemos referido en el

capítulo precedente la manera en que fueron recibidos, y lo que pasó

entre ellos y el capitán Watt.

Esa costumbre de declarar la guerra a sus enemigos, establecida entre

los indios a quienes en Europa se acostumbra a considerar como salvajes

estúpidos, puede parecer extraordinaria; pero no hay que equivocarse:

los pieles rojas tienen un carácter eminentemente caballeresco, y a no

ser que se trate de una _razzia_, es decir, de un robo de caballos o

de ganados, nunca atacarán a un enemigo sin habérselo advertido con

anticipación a fin de que esté en guardia.

Por lo demás, ese espíritu caballeresco hábilmente explotado por los

norteamericanos, quienes, debemos confesarlo para su vergüenza eterna,

carecen por completo de él, es él que ha valido a los blancos la mayor

parte de las victorias conseguidas sobre los pieles rojas.

A poca distancia de la colonia encontraron los dos hombres sus

caballos, que habían dejado maneados. Montaron y se alejaron con

rapidez.

--¡Vamos! dijo Tranquilo, ¿qué piensa V. de todo esto?

--Mi hermano tenía razón: Cara de Mono siempre nos ha hecho traición;

es evidente que ese documento emana de él.

--¿Qué piensa V. hacer?

--Todavía no lo sé; quizás sería peligroso arrancarle la máscara en

este momento.

--No opino como V., jefe; la presencia de ese traidor entre nosotros no

puede menos de perjudicar a nuestra causa.

--Veámosle venir ante todo.

--Corriente, pero permítame V. una observación.

--Ya escucho a mi hermano.

--¿Cómo es que, después de haber conocido la falsedad del acta de

venta, se ha obstinado V. en declarar la guerra a ese Cuchillo Largo

del Oeste, puesto que está probado que ha sido engañado por Cara de

Mono?

El jefe se sonrió de una manera astuta, y dijo:

--El rostro pálido se ha dejado engañar porque le convenía.

--No le entiendo a V., jefe.

--Voy a explicarme. ¿Sabe mi hermano como se hace una venta de terreno?

--En verdad que no. Confieso que, como por mi parte hasta ahora nunca

he tenido ningún terreno que vender ni comprar, no me he cuidado de eso

en manera alguna.

--¡Ooah! Entonces voy a decírselo a mi hermano.

--Me alegro mucho. Lo que más deseo es instruirme, y luego eso podrá

servirme en alguna ocasión, dijo el canadiense riendo.

--Cuando un rostro pálido quiere comprar el territorio de caza de una

tribu, va a buscar a los sachems principales de la nación, y después

de haber fumado en el consejo la pipa de paz, les expone su petición:

las condiciones son discutidas: si las dos partes contratantes se

ponen de acuerdo, el brujo principal de la nación dibuja un plano del

territorio; el rostro pálido entrega las mercancías; todos los jefes

ponen su jeroglífico al pie del plano; los árboles son señalados con el

hacha; se establecen las fronteras, e inmediatamente toma posesión el

comprador.

--Vamos, dijo Tranquilo, eso es muy sencillo.

--¿En qué consejo ha fumado la pipa el jefe de la Cabeza Gris? ¿Dónde

están los sachems que han tratado con él? Que me enseñe los árboles que

han sido señalados.

--En efecto, creo que eso le sería difícil, repuso el cazador.

--Cabeza Gris, continuó diciendo el jefe, sabía que Cara de Mono le

engañaba; pero el territorio le convenía y contaba con la fuerza de las

armas para mantenerse en él de buen o mal grado.

--Es probable.

--Vencido por la evidencia y conociendo demasiado tarde que ha obrado

de una manera inconsiderada, ha creído resolver todas las dificultades

ofreciéndonos algunos bultos más de mercancías. ¿Cuándo han tenido los

rostros pálidos una lengua recta y honrada?

--Gracias, dijo el cazador riendo.

--No hablo de la nación de mi hermano, que nunca he tenido que

quejarme de ella: solo me refiero a los Cuchillos Largos del Oeste.

¿Sigue creyendo mi hermano que he hecho mal en dejar caer las flechas

ensangrentadas?

--Quizás en esta ocasión, jefe, haya V. sido un poco precipitado y se

habrá dejado arrebatar por la cólera; pero tiene V. tantos motivos para

aborrecer a los norteamericanos que no me atrevo a censurarle.

--Según eso, ¿puedo contar con la cooperación de mi hermano?

--¿Por qué se lo he de negar a V., jefe? Su causa sigue siendo la que

era, es decir, justa. Es deber mío ayudarle, y lo haré, suceda lo que

quiera.

--¡Och! Doy gracias a mi hermano; su rifle nos será muy útil.

--Hemos llegado: ya es tiempo de adoptar una determinación respecto de

Cara de Mono.

--Ya está tomada, respondió el jefe lacónicamente.

En aquel momento desembocaron en una vasta explanada en cuyo centro

había varias hogueras encendidas.

Quinientos guerreros indios, pintados y arpados como para entrar en

combate, estaban tendidos sobre la yerba en diferentes puntos, mientras

que sus caballos, enjaezados y preparados, estaban maneados y comían su

pienso.

En torno de la hoguera principal se hallaban colocados varios jefes que

fumaban silenciosamente.

Los dos jinetes que llegaban echaron pie a tierra y se dirigieron con

rapidez hacia aquella hoguera, por delante de la cual se paseaba con

agitación Cara de Mono.

Ambos se colocaron junto a los demás jefes y encendieron sus pipas;

aunque todos aguardaban su llegada con impaciencia, nadie les

interrogó, pues la etiqueta india se opone a que un jefe tome la

palabra antes de acabar de fumar su pipa.

Cuando el Ciervo-Negro hubo concluido, sacudió las cenizas de la pipa,

se la puso al cinto y dijo:

--La orden de los sachems está cumplida; las flechas ensangrentadas han

sido entregadas a los rostros pálidos.

Al oír esta noticia, los jefes inclinaron la cabeza en señal de

satisfacción.

Cara de Mono se acercó y preguntó:

--¿Ha visto mi hermano el Ciervo-Negro a Cabeza Gris?

--Sí, respondió el jefe secamente.

--¿Qué piensa mi hermano? repuso Cara de Mono insistiendo.

El Ciervo-Negro le dirigió una mirada torva: y replicó:

--¿Qué importa en este momento el pensamiento del jefe, puesto que el

consejo de los sachems ha resuelto la guerra?

--Las noches son largas, dijo entonces el Zorro-Azul; ¿se van a quedar

mis hermanos aquí fumando?

Tranquilo tomó la palabra y dijo:

--Los Grandes Cuchillos están sobre aviso, en este momento velan;

vuelvan mis hermanos a montar a caballo y retírense, que la hora no es

propicia.

Los jefes hicieron un ademán de asentimiento.

--Iré de descubierta, dijo Cara de Mono.

--¡Bueno! respondió el Ciervo-Negro con una sonrisa feroz, mi hermano

es hábil, ve muchas cosas y nos dará noticias.

Cara de Mono se dispuso a montar en un caballo que un guerrero le

llevaba; pero de improviso el Ciervo-Negro se levantó, se precipitó

sobre él, y apoyándole rudamente una mano en un hombro, le obligó a

caer de rodillas en el suelo.

Los guerreros, sorprendidos por esta agresión súbita, cuyo motivo no

adivinaban, cambiaban entre sí miradas de sorpresa, aunque sin hacer el

más leve movimiento para interponerse entre los dos jefes.

Cara de Mono levantó bruscamente la cabeza, e intentando desembarazarse

de la férrea presión que le tenía clavado al suelo, dijo:

--¿Turba por ventura el Espíritu del mal el cerebro de mi hermano?

El Ciervo-Negro se sonrió de una manera siniestra, y sacando de su

cinto el cuchillo de desollar cráneos, dijo con voz sombría:

--Cara de Mono es un traidor: ha vendido sus hermanos a los rostros

pálidos y va a morir.

El Ciervo-Negro, a más de ser un guerrero afamado, tenía en la tribu

una merecida reputación de sabiduría y de lealtad; nadie puso en duda

la acusación que acababa de pronunciar, pues además hacía mucho tiempo

que conocían a Cara de Mono, desgraciadamente para él.

El Ciervo-Negro alzó su cuchillo, cuya hoja azulada, herida por los

reflejos de la llama de la hoguera, produjo un relámpago siniestro;

pero Cara de Mono, haciendo un esfuerzo supremo, logró desembarazarse,

saltó como una fiera y desapareció entre los matorrales, lanzando una

carcajada estridente.

El cuchillo había resbalado, y solo cortó un poco las carnes sin causar

herida grave al astuto y diestro indio.

Hubo un momento de estupor, y luego todos se levantaron tumultuosamente

para lanzarse en persecución del fugitivo.

--¡Deteneos! exclamó Tranquilo con voz fuerte; ahora es ya demasiado

tarde. Apresuraos a atacar a los rostros pálidos antes de que ese

miserable haya tenido tiempo para avisarlos, porque sin duda medita ya

nuevas traiciones.

Los jefes reconocieron la conveniencia de este consejo, y los indios se

prepararon para el combate.

X.

LA BATALLA.

Entre tanto, según dijimos anteriormente, el capitán Watt había reunido

delante de la torre a todos los individuos de la colonia.

El número de los combatientes ascendía a sesenta y dos, comprendidas

las mujeres.

A las señoras europeas puede parecerles singular que contemos a las

mujeres en el número de los combatientes; en efecto, en el viejo mundo

ha pasado para siempre, por fortuna, el tiempo de las Marfisas y las

Bradamantas, y merced al creciente progreso de la civilización, el

bello sexo no se ve reducido a competir en valor con los hombres.

En la América septentrional, en la época en que pasaba nuestra

historia, y aún hoy en día en las praderas y en los desmontes, no

sucede así: muchas veces, cuando el grito de guerra de los indios llega

a resonar súbitamente en los oídos de los colonos, las mujeres se ven

obligadas a abandonar las labores propias de su sexo para coger un

rifle con sus manos delicadas y consagrarse con resolución a la común

defensa.

En caso necesario podríamos citar muchas de esas heroínas de dulce

mirada y ojos de ángel que, en ocasiones dadas, han cumplido

valerosamente con su deber de guerreras, y han peleado como verdaderos

diablillos contra los indios.

Mistress Watt no era una heroína, ni con mucho, pero era hija y

mujer de militares; había nacido y se había criado en la frontera

india; varias veces olió la pólvora y vio correr la sangre, y además

era madre. Se trataba de defender a sus hijos; toda su timidez había

desaparecido para ser sustituida por una resolución enérgica y fría.

Su ejemplo había electrizado a las demás mujeres de la colonia, y todas

se habían armado, resueltas a combatir al lado de sus maridos y de sus

padres.

Repetimos, pues, que, entre hombres y mujeres, el capitán tenía en

torno suyo sesenta y dos combatientes.

Intentó disuadir a su mujer de que tomase parte en la lucha; pero

aquella dulce criatura, a quien hasta entonces había visto tan tímida

y obediente, se negó terminantemente a renunciar a su propósito, y el

capitán se vio precisado a dejarla obrar a su antojo.

Entonces adoptó sus disposiciones de defensa. Veinticinco hombres

fueron distribuidos por los atrincheramientos bajo las órdenes de

Bothrel. El capitán se reservó el mando de una partida de veinticuatro

cazadores, destinada a acudir a los puntos que se hallasen más

expuestos. Las mujeres, bajo las órdenes de mistress Watt, quedaron

custodiando la torre, en donde fueron colocados los enfermos y los

niños. Luego aguardaron la llegada de los indios.

Era próximamente la una de la madrugada cuando el cazador canadiense

y el jefe Pawnee se marcharon de la colonia. A las dos y media todo

estaba ya dispuesto para la defensa.

El capitán hizo su última ronda en torno de los atrincheramientos

para cerciorarse de que todo se hallaba en orden; y después de haber

mandado apagar todos los fuegos, salió secretamente de la colonia por

una puertecita practicada en los atrincheramientos, y que solo él y el

sargento Bothrel conocían.

Echaron una tabla sobre el foso, y el capitán pasó seguido tan solo de

Bothrel y de un cazador llamado Bob, mozo resuelto y robusto a quien ya

hemos tenido ocasión de mencionar.

La tabla fue escondida con el mayor cuidado a fin de que sirviese a la

vuelta, y los tres hombres se deslizaron como fantasmas en medio de la

oscuridad de la noche.

Cuando hubieron llegado a un centenar de metros de la colonia, el

capitán se detuvo.

--Señores, les dijo en voz tan baja, que tuvieron que inclinarse hacia

él para oírle, les he escogido a VV. porque la expedición que vamos a

intentar es peligrosa, y necesitaba tener conmigo hombres resueltos.

--¿De qué se trata? preguntó Bothrel.

--La noche está tan oscura, que esos malditos paganos, si quisieran,

podrían llegar hasta la misma orilla del foso sin que nos fuese dado

verlos. Así pues, he resuelto prender fuego a los árboles cortados y

amontonados de trecho en trecho, y a las raíces reunidas también en

montones. En ocasiones dadas es preciso saber hacer sacrificios. Esas

hogueras que arderán durante mucho tiempo, derramarán una claridad

resplandeciente que nos permitirá distinguir a nuestros enemigos a

gran distancia y dirigirles certeros tiros.

--La idea es excelente, respondió Bothrel.

--Sí, respondió el capitán; solo que no se nos debe ocultar que es

en extremo peligrosa. Es indudable que los exploradores indios se

hallan ya desparramados por la llanura, acaso muy cerca de nosotros; y

cuando estén ya encendidas dos o tres hogueras, si nosotros los vemos,

tampoco ellos dejarán de vernos. Cada uno de nosotros se va a proveer

de los objetos necesarios, y con la rapidez de nuestros movimientos

procuraremos frustrar las tretas de esos demonios. Acuérdense VV. de

que obraremos aisladamente, y de que cada uno de nosotros tiene que

encender cuatro o cinco hogueras; por lo tanto no debemos contar unos

con otros. ¡Manos a la obra!

Distribuyéronse entre los hombres los combustibles y las materias

inflamables, y se separaron.

Cinco minutos más tarde brilló una chispa, luego otra, después otra, al

cabo de un cuarto de hora había diez hogueras encendidas.

Débiles al pronto, pareció que vacilaban durante algunos instantes;

luego creció la llama, tomó consistencia, y muy pronto toda la llanura

se vio iluminada por el reflejo sangriento de aquellas antorchas

inmensas.

El capitán y sus compañeros habían sido más afortunados de lo que

esperaban en su expedición; pues consiguieron incendiar los montones de

madera desparramados por el valle sin llamar la atención de los indios.

Se apresuraron a regresar a todo correr a los atrincheramientos. Ya

era tiempo, porque de improviso resonó detrás de ellos un grito de

guerra terrible y apareció en el lindero del bosque una tropa numerosa

de guerreros indios que corrían a rienda suelta y blandían sus armas

cual una legión de demonios.

Pero llegaron demasiado tarde para apoderarse de los americanos, pues

estos habían pasado el foso y se hallaban al abrigo de sus golpes.

Una descarga de fusilería saludó la llegada de los indios: varios

cayeron del caballo y los demás volvieron grupas y se alejaron con

precipitación.

El combate estaba empeñado, pero ya le importaba muy poco al capitán:

merced a su feliz ocurrencia era imposible una sorpresa, porque se veía

como si fuese de día.

Hubo un momento de descanso, que los americanos aprovecharon para

volver a cargar sus armas.

Los colonos habían tenido un momento de inquietud al ver encenderse

unas en pos de otras, en la pradera, aquellas hogueras inmensas;

creyeron que era un ardid de los indios; pero muy luego quedaron

desengañados con el regreso del capitán; y al contrario, se felicitaron

por aquella inspiración magnífica que les permitía asestar tiros

certeros.

Sin embargo, los Pawnees no habían renunciado a su proyectado ataque, y

según toda probabilidad, solo se retiraban para deliberar.

El capitán, con un hombro apoyado en la empalizada, examinaba

atentamente la llanura desierta, cuando le pareció observar un

movimiento desusado en un sembrado de trigo bastante extenso situado a

unos dos tiros de fusil de la colonia.

--¡Alerta! dijo; el enemigo se acerca.

Cada cual puso el dedo en el gatillo.

De improviso se oyó un gran ruido, y la pila de madera más lejana se

hundió con estrépito lanzando millares de chispas.

--¡Vive Dios! exclamó el capitán, hay en eso alguna diablura india: es

imposible que esa pila enorme de leña esté ya consumida.

En el mismo instante se hundió otra, y después otra, y otra, hasta

cuatro.

Ya no quedaba duda alguna acerca de la causa de aquellos hundimientos

sucesivos: los indios, cuyos movimientos se hallaban neutralizados por

la luz que derramaban aquellos faros monstruosos, habían adoptado la

sencilla determinación de apagarlos, lo cual pudieron hacer con entera

seguridad porque aquellos fuegos estaban fuera del alcance de los tiros.

Apenas caía la leña al suelo, la dispersaban por todos lados y la

apagaban con bastante facilidad.

Esta medida había permitido a los indios que se acercasen algún tanto a

las empalizadas sin ser vistos.

Sin embargo, no todos los montones de leña estaban derribados; los que

aún quedaban se hallaban todos bastante próximos a la plaza para ser

defendidos por los fuegos de esta.

A pesar de todo, los Pawnees intentaron apagarlos.

Pero entonces comenzó de nuevo el fuego de fusilería, y las balas

cayeron como una granizada sobre los sitiadores, que después de

haberse sostenido durante algunos minutos, se vieron obligados al fin

a emprender la fuga, porque no puede darse el nombre de retirada a la

precipitación con que se alejaron.

Los americanos se echaron a reír y comenzaron a silbar a los fugitivos.

--Creo, observó Bothrel en tono de broma, que esas buenas gentes

encuentran nuestra sopa demasiado caliente y sienten haber venido a

probarla.

--En efecto, contestó el capitán, esta vez no parece que se hallen

dispuestos a volver.

El capitán se equivocaba, porque en aquel mismo instante los indios

volvían a rienda suelta.

Nada pudo contenerlos, y a pesar del fuego de fusilería, al cual

desdeñaron responder, llegaron hasta la orilla del foso.

Verdad es que, cuando hubieron llegado allí, volvieron grupas y se

marcharon con la misma rapidez con que habían venido, pero no sin dejar

sembrados en su camino numerosos cadáveres desapiadadamente derribados

por las balas americanas.

Pero el proyecto de los Pawnees había alcanzado buen éxito, y los

blancos observaron demasiado tarde, con gran disgusto, que se habían

apresurado por demás a alegrarse de su fácil triunfo.

Cada jinete Pawnee llevaba a la grupa un guerrero que, llegado al foso,

había echado pie a tierra, y aprovechando la confusión y el humo que

impedían fuese visto, se había guarecido más o menos bien detrás de

los troncos derribados y de los accidentes del terreno, tanto que,

cuando el humo se hubo disipado, en el momento en que los americanos se

inclinaban por encima de la empalizada para examinar los resultados de

la carga ejecutada por sus enemigos, fueron saludados a su vez por una

descarga de fusilería y de largas flechas acanaladas que derribaron a

quince hombres.

Hubo un movimiento de desatentado terror entre los blancos al sufrir

aquel ataque verificado por enemigos invisibles.

Quince hombres menos de un solo golpe eran una pérdida terrible para

los colonos; el combate adquiría serias proporciones que amenazaban

degenerar en derrota, porque los indios nunca habían desplegado tanta

energía ni encarnizamiento en un ataque.

No había medio de vacilar: a toda costa era preciso desalojar a

aquellos enemigos audaces del puesto en que tan temerariamente se

habían emboscado.

El capitán se decidió a hacerlo.

Reuniendo unos veinte hombres resueltos, mientras los demás vigilaban

en las empalizadas, mandó bajar el puente levadizo y se lanzó

intrépidamente fuera.

Entonces los enemigos se batieron al arma blanca y lucharon cuerpo a

cuerpo.

La pelea se tornó horrible: los blancos y los pieles rojas, enlazados

como serpientes, ebrios de coraje y cegados por el odio, procuraban

mutuamente darse de puñaladas.

De improviso una claridad inmensa iluminó aquella escena de carnicería,

y en la colonia resonaron gritos de terror.

Los Merodeadores de Fronteras · 第 6 / 20 段