tribu a los americanos, y causando así la ruina de los que le habían
castigado. Pero tan luego como hubo conseguido esa venganza que por
tanto tiempo anhelara, se verificó una trasformación singular en el
corazón de aquel hombre. La vista de aquella comarca en que él nació y
en donde descansaban las cenizas de sus padres despertó en él, con suma
intensidad, el sentimiento de la patria, sentimiento que juzgaba ya
muerto y que solo estaba adormecido en el fondo de su corazón.
La vergüenza por la acción odiosa que había cometido entregando a
los enemigos de su raza los territorios de caza que él mismo había
recorrido con plena libertad durante tanto tiempo, el encarnizamiento
con que los americanos se ocupaban en variar el aspecto de la comarca
y en destruir sus árboles seculares, cuya sombra había cobijado los
consejos celebrados por su nación, todas estas razones reunidas le
habían hecho reflexionar; y desesperado por el sacrilegio que el odio
le impulsara a cometer, procuró acercarse de nuevo a sus compatriotas
con el fin de ayudarles a recobrar lo que por su culpa habían perdido.
Es decir resolvió hacer traición a los amigos nuevos en provecho de los
antiguos.
Aquel hombre se hallaba desventuradamente lanzado a una senda fatal en
la que cada paso que daba debía ser señalado por un crimen.
Le fue más fácil de lo que pensaba el ponerse de nuevo en contacto con
sus compatriotas. Estos vagaban dispersos y llenos de desesperación por
los bosques inmediatos a la colonia.
Cara de Mono se presentó audazmente a ellos; se guardó muy bien
de revelarles que él era la única causa de las desgracias que les
abrumaban. Por el contrario, les expuso como un mérito su regreso,
diciéndoles que la noticia de las calamidades que de improviso habían
caído sobre ellos era la causa exclusiva de su llegada; que si hubiesen
continuado siendo felices, nunca le habrían visto; pero que ante
una catástrofe tan espantosa como la que les había abrumado, todo
sentimiento debía desaparecer y ceder el puesto a la venganza común que
era preciso tomar de los rostros pálidos, esos implacables y eternos
enemigos de la raza roja.
En resumen, supo hacer tan bello alarde de buenos sentimientos,
supo presentar bajo un aspecto tan favorable el paso que daba en
aquel momento, que consiguió engañar completamente a los indios,
y persuadirles de la pureza de sus intenciones y de su buena fe.
Entonces, con la diabólica inteligencia de que se hallaba dotado,
urdió una vasta trama contra los americanos, trama en la cual tuvo
la habilidad de hacer que entrasen otros pueblos indios aliados de
su tribu, y al paso que en la apariencia seguía siendo amigo de los
colonos, organizó y preparó silenciosamente su completa ruina.
La influencia que en poco tiempo había logrado adquirir sobre su tribu
era inmensa; solo tres hombres conservaban contra él una desconfianza
instintiva, y vigilaban con el mayor cuidado todos sus actos: estos
tres hombres eran el cazador canadiense Tranquilo, el Ciervo-Negro y el
Zorro-Azul.
Tranquilo no acertaba a explicarse la conducta del jefe: le parecía
extraordinario que este hombre hubiese llegado a ser tan amigo de los
americanos: varias veces le había pedido explicaciones acerca de esto;
pero Cara de Mono nunca le respondió sino de una manera ambigua, o bien
eludió la cuestión.
Tranquilo, cuyas sospechas se acrecentaban de día en día, y que tenía
empeño en saber de un modo positivo a que atenerse respecto de aquel
hombre cuyos manejos le parecían cada vez más sospechosos, consiguió
que en el gran consejo de la nación le designasen con el Ciervo-Negro
para ir a llevar la declaración de guerra al capitán Watt.
A Cara de Mono le disgustó la elección de los enviados, pues sabía que
eran secretamente enemigos suyos; pero disimuló su resentimiento con
tanto más motivo, cuanto que las cosas estaban demasiado adelantadas ya
para retroceder, y todo se hallaba dispuesto para la expedición.
Así pues, Tranquilo y el Ciervo-Negro partieron con el encargo de
declarar la guerra a los rostros pálidos.
--O mucho me equivoco, decía el canadiense a su amigo mientras iban
andando, o estoy seguro de que vamos a saber algo nuevo acerca de Cara
de Mono.
--¿Lo cree V. así?
--Apostaría cualquier cosa. Estoy convencido de que el muy tuno juega
con dos barajas, y nos está engañando a todos en provecho suyo.
--No tengo gran confianza en él; pero no puedo creer que lleve tan
lejos su descaro.
--Muy pronto sabremos a que atenernos; pero en todo caso prométame V.
una cosa.
--¿Cuál es?
--La de que solo yo he de hablar. Sé mejor que V. la manera en que es
preciso obrar con los rostros pálidos del Oeste.
--Corriente, respondió el Ciervo-Negro, obrará V. como mejor le plazca.
Cinco minutos después llegaron a la colonia. Ya hemos referido en el
capítulo precedente la manera en que fueron recibidos, y lo que pasó
entre ellos y el capitán Watt.
Esa costumbre de declarar la guerra a sus enemigos, establecida entre
los indios a quienes en Europa se acostumbra a considerar como salvajes
estúpidos, puede parecer extraordinaria; pero no hay que equivocarse:
los pieles rojas tienen un carácter eminentemente caballeresco, y a no
ser que se trate de una _razzia_, es decir, de un robo de caballos o
de ganados, nunca atacarán a un enemigo sin habérselo advertido con
anticipación a fin de que esté en guardia.
Por lo demás, ese espíritu caballeresco hábilmente explotado por los
norteamericanos, quienes, debemos confesarlo para su vergüenza eterna,
carecen por completo de él, es él que ha valido a los blancos la mayor
parte de las victorias conseguidas sobre los pieles rojas.
A poca distancia de la colonia encontraron los dos hombres sus
caballos, que habían dejado maneados. Montaron y se alejaron con
rapidez.
--¡Vamos! dijo Tranquilo, ¿qué piensa V. de todo esto?
--Mi hermano tenía razón: Cara de Mono siempre nos ha hecho traición;
es evidente que ese documento emana de él.
--¿Qué piensa V. hacer?
--Todavía no lo sé; quizás sería peligroso arrancarle la máscara en
este momento.
--No opino como V., jefe; la presencia de ese traidor entre nosotros no
puede menos de perjudicar a nuestra causa.
--Veámosle venir ante todo.
--Corriente, pero permítame V. una observación.
--Ya escucho a mi hermano.
--¿Cómo es que, después de haber conocido la falsedad del acta de
venta, se ha obstinado V. en declarar la guerra a ese Cuchillo Largo
del Oeste, puesto que está probado que ha sido engañado por Cara de
Mono?
El jefe se sonrió de una manera astuta, y dijo:
--El rostro pálido se ha dejado engañar porque le convenía.
--No le entiendo a V., jefe.
--Voy a explicarme. ¿Sabe mi hermano como se hace una venta de terreno?
--En verdad que no. Confieso que, como por mi parte hasta ahora nunca
he tenido ningún terreno que vender ni comprar, no me he cuidado de eso
en manera alguna.
--¡Ooah! Entonces voy a decírselo a mi hermano.
--Me alegro mucho. Lo que más deseo es instruirme, y luego eso podrá
servirme en alguna ocasión, dijo el canadiense riendo.
--Cuando un rostro pálido quiere comprar el territorio de caza de una
tribu, va a buscar a los sachems principales de la nación, y después
de haber fumado en el consejo la pipa de paz, les expone su petición:
las condiciones son discutidas: si las dos partes contratantes se
ponen de acuerdo, el brujo principal de la nación dibuja un plano del
territorio; el rostro pálido entrega las mercancías; todos los jefes
ponen su jeroglífico al pie del plano; los árboles son señalados con el
hacha; se establecen las fronteras, e inmediatamente toma posesión el
comprador.
--Vamos, dijo Tranquilo, eso es muy sencillo.
--¿En qué consejo ha fumado la pipa el jefe de la Cabeza Gris? ¿Dónde
están los sachems que han tratado con él? Que me enseñe los árboles que
han sido señalados.
--En efecto, creo que eso le sería difícil, repuso el cazador.
--Cabeza Gris, continuó diciendo el jefe, sabía que Cara de Mono le
engañaba; pero el territorio le convenía y contaba con la fuerza de las
armas para mantenerse en él de buen o mal grado.
--Es probable.
--Vencido por la evidencia y conociendo demasiado tarde que ha obrado
de una manera inconsiderada, ha creído resolver todas las dificultades
ofreciéndonos algunos bultos más de mercancías. ¿Cuándo han tenido los
rostros pálidos una lengua recta y honrada?
--Gracias, dijo el cazador riendo.
--No hablo de la nación de mi hermano, que nunca he tenido que
quejarme de ella: solo me refiero a los Cuchillos Largos del Oeste.
¿Sigue creyendo mi hermano que he hecho mal en dejar caer las flechas
ensangrentadas?
--Quizás en esta ocasión, jefe, haya V. sido un poco precipitado y se
habrá dejado arrebatar por la cólera; pero tiene V. tantos motivos para
aborrecer a los norteamericanos que no me atrevo a censurarle.
--Según eso, ¿puedo contar con la cooperación de mi hermano?
--¿Por qué se lo he de negar a V., jefe? Su causa sigue siendo la que
era, es decir, justa. Es deber mío ayudarle, y lo haré, suceda lo que
quiera.
--¡Och! Doy gracias a mi hermano; su rifle nos será muy útil.
--Hemos llegado: ya es tiempo de adoptar una determinación respecto de
Cara de Mono.
--Ya está tomada, respondió el jefe lacónicamente.
En aquel momento desembocaron en una vasta explanada en cuyo centro
había varias hogueras encendidas.
Quinientos guerreros indios, pintados y arpados como para entrar en
combate, estaban tendidos sobre la yerba en diferentes puntos, mientras
que sus caballos, enjaezados y preparados, estaban maneados y comían su
pienso.
En torno de la hoguera principal se hallaban colocados varios jefes que
fumaban silenciosamente.
Los dos jinetes que llegaban echaron pie a tierra y se dirigieron con
rapidez hacia aquella hoguera, por delante de la cual se paseaba con
agitación Cara de Mono.
Ambos se colocaron junto a los demás jefes y encendieron sus pipas;
aunque todos aguardaban su llegada con impaciencia, nadie les
interrogó, pues la etiqueta india se opone a que un jefe tome la
palabra antes de acabar de fumar su pipa.
Cuando el Ciervo-Negro hubo concluido, sacudió las cenizas de la pipa,
se la puso al cinto y dijo:
--La orden de los sachems está cumplida; las flechas ensangrentadas han
sido entregadas a los rostros pálidos.
Al oír esta noticia, los jefes inclinaron la cabeza en señal de
satisfacción.
Cara de Mono se acercó y preguntó:
--¿Ha visto mi hermano el Ciervo-Negro a Cabeza Gris?
--Sí, respondió el jefe secamente.
--¿Qué piensa mi hermano? repuso Cara de Mono insistiendo.
El Ciervo-Negro le dirigió una mirada torva: y replicó:
--¿Qué importa en este momento el pensamiento del jefe, puesto que el
consejo de los sachems ha resuelto la guerra?
--Las noches son largas, dijo entonces el Zorro-Azul; ¿se van a quedar
mis hermanos aquí fumando?
Tranquilo tomó la palabra y dijo:
--Los Grandes Cuchillos están sobre aviso, en este momento velan;
vuelvan mis hermanos a montar a caballo y retírense, que la hora no es
propicia.
Los jefes hicieron un ademán de asentimiento.
--Iré de descubierta, dijo Cara de Mono.
--¡Bueno! respondió el Ciervo-Negro con una sonrisa feroz, mi hermano
es hábil, ve muchas cosas y nos dará noticias.
Cara de Mono se dispuso a montar en un caballo que un guerrero le
llevaba; pero de improviso el Ciervo-Negro se levantó, se precipitó
sobre él, y apoyándole rudamente una mano en un hombro, le obligó a
caer de rodillas en el suelo.
Los guerreros, sorprendidos por esta agresión súbita, cuyo motivo no
adivinaban, cambiaban entre sí miradas de sorpresa, aunque sin hacer el
más leve movimiento para interponerse entre los dos jefes.
Cara de Mono levantó bruscamente la cabeza, e intentando desembarazarse
de la férrea presión que le tenía clavado al suelo, dijo:
--¿Turba por ventura el Espíritu del mal el cerebro de mi hermano?
El Ciervo-Negro se sonrió de una manera siniestra, y sacando de su
cinto el cuchillo de desollar cráneos, dijo con voz sombría:
--Cara de Mono es un traidor: ha vendido sus hermanos a los rostros
pálidos y va a morir.
El Ciervo-Negro, a más de ser un guerrero afamado, tenía en la tribu
una merecida reputación de sabiduría y de lealtad; nadie puso en duda
la acusación que acababa de pronunciar, pues además hacía mucho tiempo
que conocían a Cara de Mono, desgraciadamente para él.
El Ciervo-Negro alzó su cuchillo, cuya hoja azulada, herida por los
reflejos de la llama de la hoguera, produjo un relámpago siniestro;
pero Cara de Mono, haciendo un esfuerzo supremo, logró desembarazarse,
saltó como una fiera y desapareció entre los matorrales, lanzando una
carcajada estridente.
El cuchillo había resbalado, y solo cortó un poco las carnes sin causar
herida grave al astuto y diestro indio.
Hubo un momento de estupor, y luego todos se levantaron tumultuosamente
para lanzarse en persecución del fugitivo.
--¡Deteneos! exclamó Tranquilo con voz fuerte; ahora es ya demasiado
tarde. Apresuraos a atacar a los rostros pálidos antes de que ese
miserable haya tenido tiempo para avisarlos, porque sin duda medita ya
nuevas traiciones.
Los jefes reconocieron la conveniencia de este consejo, y los indios se
prepararon para el combate.
X.
LA BATALLA.
Entre tanto, según dijimos anteriormente, el capitán Watt había reunido
delante de la torre a todos los individuos de la colonia.
El número de los combatientes ascendía a sesenta y dos, comprendidas
las mujeres.
A las señoras europeas puede parecerles singular que contemos a las
mujeres en el número de los combatientes; en efecto, en el viejo mundo
ha pasado para siempre, por fortuna, el tiempo de las Marfisas y las
Bradamantas, y merced al creciente progreso de la civilización, el
bello sexo no se ve reducido a competir en valor con los hombres.
En la América septentrional, en la época en que pasaba nuestra
historia, y aún hoy en día en las praderas y en los desmontes, no
sucede así: muchas veces, cuando el grito de guerra de los indios llega
a resonar súbitamente en los oídos de los colonos, las mujeres se ven
obligadas a abandonar las labores propias de su sexo para coger un
rifle con sus manos delicadas y consagrarse con resolución a la común
defensa.
En caso necesario podríamos citar muchas de esas heroínas de dulce
mirada y ojos de ángel que, en ocasiones dadas, han cumplido
valerosamente con su deber de guerreras, y han peleado como verdaderos
diablillos contra los indios.
Mistress Watt no era una heroína, ni con mucho, pero era hija y
mujer de militares; había nacido y se había criado en la frontera
india; varias veces olió la pólvora y vio correr la sangre, y además
era madre. Se trataba de defender a sus hijos; toda su timidez había
desaparecido para ser sustituida por una resolución enérgica y fría.
Su ejemplo había electrizado a las demás mujeres de la colonia, y todas
se habían armado, resueltas a combatir al lado de sus maridos y de sus
padres.
Repetimos, pues, que, entre hombres y mujeres, el capitán tenía en
torno suyo sesenta y dos combatientes.
Intentó disuadir a su mujer de que tomase parte en la lucha; pero
aquella dulce criatura, a quien hasta entonces había visto tan tímida
y obediente, se negó terminantemente a renunciar a su propósito, y el
capitán se vio precisado a dejarla obrar a su antojo.
Entonces adoptó sus disposiciones de defensa. Veinticinco hombres
fueron distribuidos por los atrincheramientos bajo las órdenes de
Bothrel. El capitán se reservó el mando de una partida de veinticuatro
cazadores, destinada a acudir a los puntos que se hallasen más
expuestos. Las mujeres, bajo las órdenes de mistress Watt, quedaron
custodiando la torre, en donde fueron colocados los enfermos y los
niños. Luego aguardaron la llegada de los indios.
Era próximamente la una de la madrugada cuando el cazador canadiense
y el jefe Pawnee se marcharon de la colonia. A las dos y media todo
estaba ya dispuesto para la defensa.
El capitán hizo su última ronda en torno de los atrincheramientos
para cerciorarse de que todo se hallaba en orden; y después de haber
mandado apagar todos los fuegos, salió secretamente de la colonia por
una puertecita practicada en los atrincheramientos, y que solo él y el
sargento Bothrel conocían.
Echaron una tabla sobre el foso, y el capitán pasó seguido tan solo de
Bothrel y de un cazador llamado Bob, mozo resuelto y robusto a quien ya
hemos tenido ocasión de mencionar.
La tabla fue escondida con el mayor cuidado a fin de que sirviese a la
vuelta, y los tres hombres se deslizaron como fantasmas en medio de la
oscuridad de la noche.
Cuando hubieron llegado a un centenar de metros de la colonia, el
capitán se detuvo.
--Señores, les dijo en voz tan baja, que tuvieron que inclinarse hacia
él para oírle, les he escogido a VV. porque la expedición que vamos a
intentar es peligrosa, y necesitaba tener conmigo hombres resueltos.
--¿De qué se trata? preguntó Bothrel.
--La noche está tan oscura, que esos malditos paganos, si quisieran,
podrían llegar hasta la misma orilla del foso sin que nos fuese dado
verlos. Así pues, he resuelto prender fuego a los árboles cortados y
amontonados de trecho en trecho, y a las raíces reunidas también en
montones. En ocasiones dadas es preciso saber hacer sacrificios. Esas
hogueras que arderán durante mucho tiempo, derramarán una claridad
resplandeciente que nos permitirá distinguir a nuestros enemigos a
gran distancia y dirigirles certeros tiros.
--La idea es excelente, respondió Bothrel.
--Sí, respondió el capitán; solo que no se nos debe ocultar que es
en extremo peligrosa. Es indudable que los exploradores indios se
hallan ya desparramados por la llanura, acaso muy cerca de nosotros; y
cuando estén ya encendidas dos o tres hogueras, si nosotros los vemos,
tampoco ellos dejarán de vernos. Cada uno de nosotros se va a proveer
de los objetos necesarios, y con la rapidez de nuestros movimientos
procuraremos frustrar las tretas de esos demonios. Acuérdense VV. de
que obraremos aisladamente, y de que cada uno de nosotros tiene que
encender cuatro o cinco hogueras; por lo tanto no debemos contar unos
con otros. ¡Manos a la obra!
Distribuyéronse entre los hombres los combustibles y las materias
inflamables, y se separaron.
Cinco minutos más tarde brilló una chispa, luego otra, después otra, al
cabo de un cuarto de hora había diez hogueras encendidas.
Débiles al pronto, pareció que vacilaban durante algunos instantes;
luego creció la llama, tomó consistencia, y muy pronto toda la llanura
se vio iluminada por el reflejo sangriento de aquellas antorchas
inmensas.
El capitán y sus compañeros habían sido más afortunados de lo que
esperaban en su expedición; pues consiguieron incendiar los montones de
madera desparramados por el valle sin llamar la atención de los indios.
Se apresuraron a regresar a todo correr a los atrincheramientos. Ya
era tiempo, porque de improviso resonó detrás de ellos un grito de
guerra terrible y apareció en el lindero del bosque una tropa numerosa
de guerreros indios que corrían a rienda suelta y blandían sus armas
cual una legión de demonios.
Pero llegaron demasiado tarde para apoderarse de los americanos, pues
estos habían pasado el foso y se hallaban al abrigo de sus golpes.
Una descarga de fusilería saludó la llegada de los indios: varios
cayeron del caballo y los demás volvieron grupas y se alejaron con
precipitación.
El combate estaba empeñado, pero ya le importaba muy poco al capitán:
merced a su feliz ocurrencia era imposible una sorpresa, porque se veía
como si fuese de día.
Hubo un momento de descanso, que los americanos aprovecharon para
volver a cargar sus armas.
Los colonos habían tenido un momento de inquietud al ver encenderse
unas en pos de otras, en la pradera, aquellas hogueras inmensas;
creyeron que era un ardid de los indios; pero muy luego quedaron
desengañados con el regreso del capitán; y al contrario, se felicitaron
por aquella inspiración magnífica que les permitía asestar tiros
certeros.
Sin embargo, los Pawnees no habían renunciado a su proyectado ataque, y
según toda probabilidad, solo se retiraban para deliberar.
El capitán, con un hombro apoyado en la empalizada, examinaba
atentamente la llanura desierta, cuando le pareció observar un
movimiento desusado en un sembrado de trigo bastante extenso situado a
unos dos tiros de fusil de la colonia.
--¡Alerta! dijo; el enemigo se acerca.
Cada cual puso el dedo en el gatillo.
De improviso se oyó un gran ruido, y la pila de madera más lejana se
hundió con estrépito lanzando millares de chispas.
--¡Vive Dios! exclamó el capitán, hay en eso alguna diablura india: es
imposible que esa pila enorme de leña esté ya consumida.
En el mismo instante se hundió otra, y después otra, y otra, hasta
cuatro.
Ya no quedaba duda alguna acerca de la causa de aquellos hundimientos
sucesivos: los indios, cuyos movimientos se hallaban neutralizados por
la luz que derramaban aquellos faros monstruosos, habían adoptado la
sencilla determinación de apagarlos, lo cual pudieron hacer con entera
seguridad porque aquellos fuegos estaban fuera del alcance de los tiros.
Apenas caía la leña al suelo, la dispersaban por todos lados y la
apagaban con bastante facilidad.
Esta medida había permitido a los indios que se acercasen algún tanto a
las empalizadas sin ser vistos.
Sin embargo, no todos los montones de leña estaban derribados; los que
aún quedaban se hallaban todos bastante próximos a la plaza para ser
defendidos por los fuegos de esta.
A pesar de todo, los Pawnees intentaron apagarlos.
Pero entonces comenzó de nuevo el fuego de fusilería, y las balas
cayeron como una granizada sobre los sitiadores, que después de
haberse sostenido durante algunos minutos, se vieron obligados al fin
a emprender la fuga, porque no puede darse el nombre de retirada a la
precipitación con que se alejaron.
Los americanos se echaron a reír y comenzaron a silbar a los fugitivos.
--Creo, observó Bothrel en tono de broma, que esas buenas gentes
encuentran nuestra sopa demasiado caliente y sienten haber venido a
probarla.
--En efecto, contestó el capitán, esta vez no parece que se hallen
dispuestos a volver.
El capitán se equivocaba, porque en aquel mismo instante los indios
volvían a rienda suelta.
Nada pudo contenerlos, y a pesar del fuego de fusilería, al cual
desdeñaron responder, llegaron hasta la orilla del foso.
Verdad es que, cuando hubieron llegado allí, volvieron grupas y se
marcharon con la misma rapidez con que habían venido, pero no sin dejar
sembrados en su camino numerosos cadáveres desapiadadamente derribados
por las balas americanas.
Pero el proyecto de los Pawnees había alcanzado buen éxito, y los
blancos observaron demasiado tarde, con gran disgusto, que se habían
apresurado por demás a alegrarse de su fácil triunfo.
Cada jinete Pawnee llevaba a la grupa un guerrero que, llegado al foso,
había echado pie a tierra, y aprovechando la confusión y el humo que
impedían fuese visto, se había guarecido más o menos bien detrás de
los troncos derribados y de los accidentes del terreno, tanto que,
cuando el humo se hubo disipado, en el momento en que los americanos se
inclinaban por encima de la empalizada para examinar los resultados de
la carga ejecutada por sus enemigos, fueron saludados a su vez por una
descarga de fusilería y de largas flechas acanaladas que derribaron a
quince hombres.
Hubo un movimiento de desatentado terror entre los blancos al sufrir
aquel ataque verificado por enemigos invisibles.
Quince hombres menos de un solo golpe eran una pérdida terrible para
los colonos; el combate adquiría serias proporciones que amenazaban
degenerar en derrota, porque los indios nunca habían desplegado tanta
energía ni encarnizamiento en un ataque.
No había medio de vacilar: a toda costa era preciso desalojar a
aquellos enemigos audaces del puesto en que tan temerariamente se
habían emboscado.
El capitán se decidió a hacerlo.
Reuniendo unos veinte hombres resueltos, mientras los demás vigilaban
en las empalizadas, mandó bajar el puente levadizo y se lanzó
intrépidamente fuera.
Entonces los enemigos se batieron al arma blanca y lucharon cuerpo a
cuerpo.
La pelea se tornó horrible: los blancos y los pieles rojas, enlazados
como serpientes, ebrios de coraje y cegados por el odio, procuraban
mutuamente darse de puñaladas.
De improviso una claridad inmensa iluminó aquella escena de carnicería,
y en la colonia resonaron gritos de terror.