El indio se puso derecho, y acercándose a su interlocutor bastante

cerca para tocarle, le lanzó una mirada de cólera y de reto, y le dijo:

--¿Y si me niego a contestar?

--¡Si te niegas, miserable, te prohíbo que vuelvas a presentarte

delante de mí en tiempo alguno; y si te atreves a desobedecerme, te

castigaré con el látigo con que pego a mis perros!

Apenas hubo pronunciado el capitán estas palabras insultantes cuando ya

se arrepintió: estaba solo y sin armas con el hombre a quien acababa de

inferir una injuria mortal, y por lo tanto trató de arreglar el asunto

diciendo:

--Pero Cara de Mono es un jefe, es prudente, y me responderá, porque

sabe que le estimo.

--¡Mientes! Perro de los rostros pálidos, exclamó el indio rechinando

los dientes con rabia; ¡me odias casi tanto como yo te odio!

El capitán, exasperado, levantó la fusta que llevaba en la mano; pero

en el mismo instante, el indio, saltando como una pantera, se lanzó

sobre la grupa del caballo, levantó de la silla al capitán, le arrojó

rudamente al suelo, y cogiendo las riendas, le dijo:

--Los rostros pálidos son unas viejas cobardes; los guerreros Pawnees

los desprecian y les enviarán unas sayas.

Después de haber pronunciado estas palabras con un tono de amargo

sarcasmo, que sería imposible reproducir, el indio se inclinó sobre el

cuello del caballo, aflojó las riendas, lanzó una carcajada estridente

y partió a escape tendido, sin cuidarse del capitán a quien abandonó

medio aturdido y contuso por su caída.

Jaime Watt no era hombre capaz de sufrir un trato semejante sin

procurar vengarse; se levantó tan de prisa como pudo, y llamó a gritos

para que acudiesen junto a él los cazadores y los leñadores diseminados

por la llanura.

Algunos vieron una parte de lo ocurrido y se precipitaron presurosos

para auxiliar a su capitán; pero mientras llegaban a donde él estaba y

les explicaba el suceso dándoles sus órdenes para que persiguiesen de

una manera encarnizada al fugitivo, éste había desaparecido ya en medio

de la selva, que era a donde había dirigido su rápida carrera.

Sin embargo, los cazadores, a cuyo frente se había puesto el sargento

Bothrel, se precipitaron en persecución del indio jurando cogerle vivo

o muerto.

El capitán les siguió con la mirada hasta que los hubo visto internarse

unos después de otros entre los árboles; en seguida regresó a la

colonia con paso lento, reflexionando acerca de la escena que acababa

de mediar entre el piel roja y él, y con el corazón oprimido por un

presentimiento sombrío. Un instinto secreto le decía que, para que Cara

de Mono, por lo general tan prudente y circunspecto, hubiese obrado de

aquel modo, era preciso que se juzgase muy fuerte y muy seguro de la

impunidad.

VIII.

LA DECLARACIÓN DE GUERRA.

Hay un hecho incomprensible que muchas veces, durante el curso

accidentado de nuestras largas peregrinaciones por América, hemos

tenido ocasión de comprobar, y es que con frecuencia, sin que sea

posible explicar el sentimiento que se experimenta, se adivina, por

decirlo así, la aproximación de una desgracia; se sabe que se está

amenazado, aunque sin poder fijar cuando ni como llegará el peligro;

el día parece que se pone más sombrío; los rayos del sol pierden su

brillo; los objetos exteriores toman una apariencia lúgubre; hay en el

aire estremecimientos singulares; en fin, parece que todo se resiente

de la impresión de una inquietud indefinida y vaga.

Sin que nada hubiese llegado a justificar los temores del capitán

después de su altercado con el Pawnee, no solo él, sino la población

entera de la colonia se encontraba, en la misma noche de aquel día,

bajo la influencia de un terror secreto.

A las seis, como de costumbre, habían tocado la campana para llamar

a los leñadores y los ganaderos; todos habían regresado, las reses

habían sido encerradas en sus respectivos establos, y en la apariencia,

al menos, nada extraordinario parecía que había de turbar la vida

tranquila de los colonos.

El sargento Bothrel y sus compañeros habían perseguido durante varias

horas a Cara de Mono; pero solo encontraron el caballo de que tan

audazmente se apoderó el indio, y que probablemente abandonó después

para ocultar sus huellas con más facilidad.

Ningún rastro de indio existía en los alrededores de la colonia. Sin

embargo, el capitán, más inquieto de lo que aparentaba, había doblado

los centinelas destinados a velar por la común seguridad, y mandó al

sargento que cada dos horas patrullase por los atrincheramientos.

Luego que se hubieron adoptado estas diferentes precauciones, la

familia y los criados se reunieron en la sala baja de la torre para

la velada, según la costumbre establecida desde los primeros días de

residencia.

El capitán, sentado en un gran sillón junto al fuego, porque las noches

comenzaban a ser frescas, solía leer en algún libro antiguo de teoría

militar, mientras que mistress Watt se ocupaba con sus criadas en

repasar la ropa de la casa.

En aquella noche, el capitán, en vez de leer, permanecía con los brazos

cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en el fuego, y parecía que

reflexionaba profundamente.

Al fin levantó la cabeza, y volviéndose hacia su mujer, le dijo:

--¿No oyes cómo lloran los niños?

--En verdad que no sé que tienen hoy, respondió la joven; no se les

puede acallar. Hace lo menos una hora que Betzy está con ellos, y no

consigue dormirlos.

--Ve allá, hija mía, quizás sea eso más conveniente que dejarlos

confiados así al cuidado de una criada.

Mistress Watt salió sin responder, y muy luego se oyó su voz en el piso

superior, que era donde estaba situado el cuarto de los niños.

El capitán se dirigió entonces al viejo sargento que estaba en un

rincón de la sala ocupado en componer un yugo, y le dijo:

--¿Con que según eso, Bothrel, les ha sido a VV. imposible alcanzar a

ese maldito indio que tan rudamente me tiró al suelo esta tarde?

--Ni hemos podido verle, mi Capitán, respondió el sargento; esos indios

parecen culebras; por todas partes se deslizan. Afortunadamente he

encontrado a Boston; el pobre animal parecía que se alegraba mucho de

vernos.

--Sí, sí, Boston es un noble animal, y hubiera sido para mí un gran

sentimiento el perderle. ¿No le ha herido el indio? Ya sabe V. que esos

demonios tienen la costumbre de tratar bastante mal a los caballos.

--Nada tiene según he podido ver. Probablemente el indio se habrá visto

obligado a abandonarle al conocer que le íbamos persiguiendo.

--Así debe ser. ¿Ha examinado V. cuidadosamente las cercanías?

--Con el mayor esmero, mi Capitán, y nada sospechoso he visto. Los

pieles rojas se han de mirar mucho antes de atacarnos; les sacudimos

demasiado de firme para que lo hayan olvidado.

--No opino como V., Bothrel; los indios son muy vengativos. Estoy

convencido de que querrán vengarse de nosotros, y de que algún día,

quizás muy próximo, les oiremos lanzar su grito de guerra en el valle.

--No lo deseo, si he de decir la verdad; pero creo que si se aventuran

a hacerlo, se encontrarán con la horma de su zapato.

--También yo lo creo; pero sería una triste sorpresa la que nos diesen,

sobre todo ahora que, merced a nuestros trabajos y cuidados, nos

hallamos próximos a recibir el premio de nuestras fatigas y a obtener

ya algún resultado.

--Es verdad, sería sensible, porque un ataque de esos bandidos nos

causaría pérdidas incalculables.

--Desgraciadamente no podemos hacer más que mantenernos alerta, sin que

nos sea dado prevenir los proyectos que sin duda están formando contra

nosotros esos diablos rojos. ¿Ha colocado V. bien los centinelas según

se lo encargué, Bothrel?

--Sí, mi Capitán, y sobre todo les he mandado que estén muy vigilantes.

No creo que los Pawnees, por muy astutos que sean, logren sorprendernos.

--No hay que asegurar nada, Bothrel, respondió el capitán moviendo la

cabeza con aire de duda.

En el mismo instante, y como si la casualidad hubiese querido darle la

razón, se agitó con fuerza la campana situada en el recinto exterior

y que servía para avisar a los habitantes de la colonia que alguien

solicitaba entrar.

--¿Qué significa eso? exclamó el capitán mirando a un reloj colgado de

la pared en frente de él; son cerca de las ocho de la noche: ¿quién

puede venir tan tarde? ¿No ha regresado ya toda nuestra gente?

--Sí, mi Capitán, nadie ha quedado fuera. Jaime Watt se levantó; cogió

su rifle, y haciendo una seña al sargento para que le siguiese, se

dispuso a salir.

--¿A dónde quieres ir, amigo mío? le preguntó una voz inquieta y dulce.

El capitán se volvió y se encontró con su mujer, que había entrado de

nuevo en la sala sin que él la viese.

--¿No has oído la campana? le dijo. Alguien solicita entrar.

--Sí, ya lo he oído; ¿pero eres tú quien debe ir a abrir la puerta a

estas horas?

--Mistress Watt, respondió el capitán con frialdad pero con energía,

soy el jefe de esta colonia, y precisamente a estas horas es cuando

debo ir a abrir la puerta, porque puede ser peligroso hacerlo, y me

corresponde dar a todos ejemplo de valentía y de la manera en que se ha

de cumplir el deber.

En aquel momento sonó por segunda vez la campana.

--¡Partamos! añadió el capitán volviéndose hacia el sargento.

La joven no contestó y se dejó caer sobre un sillón, muy pálida y

estremeciéndose de inquietud.

Entre tanto el capitán había salido, seguido de Bothrel y de cuatro

cazadores, armados todos con rifles.

La noche estaba oscura, no había ni una sola estrella en el cielo, que

estaba muy negro; era imposible distinguir los objetos a la distancia

de dos pasos; una brisa fría bramaba sordamente. Bothrel había cogido

una linterna para alumbrar el camino.

--¿Cómo es que el centinela colocado en el puente levadizo no ha dado

el quién vive? preguntó el capitán.

--Quizás habrá temido dar la alarma, sabiendo que desde la torre

oiríamos el sonido de la campana.

El capitán murmuró algunas palabras de disgusto y continuaron

avanzando. Muy luego oyeron un ruido sordo de voces, y prestaron atento

oído. Era el centinela quien hablaba.

--Paciencia, decía; ya vienen; veo brillar una linterna, y solo tendrán

VV. que aguardar algunos minutos. Únicamente les aconsejo, por su

propio interés, que no se muevan, pues de lo contrario les planto a VV.

un balazo.

--¡Diablo! respondió desde fuera una voz burlona, entienden VV. ahí

dentro la hospitalidad de una manera singular. No importa; aguardaré, y

puede V. levantar el cañón de su rifle, pues no tengo la pretensión de

lanzarme yo solo a dar el asalto.

En aquel momento llegó el capitán a los atrincheramientos.

--¿Qué hay, Bob? preguntó al centinela.

--A la verdad que no lo sé a punto fijo, mi Capitán, respondió Bob.

Allí, en la orilla del foso, hay un individuo que se ha empeñado en

entrar.

--¿Quién es V. y qué quiere? gritó el capitán.

--Y V., ¿quién es? replicó el desconocido.

--Soy el capitán Jaime Watt, y le advierto que la entrada en la

colonia les está vedada, a estas horas, a los vagabundos desconocidos.

Vuelva V. a la salida del sol, y quizás entonces consentiré en dejarle

penetrar en el interior de mi posesión.

--Tenga V. cuidado con lo que va a hacer, respondió el forastero; su

obstinación en dejarme en la orilla de este foso podrá costarle cara.

--Tenga V. cuidado a su vez, replicó el capitán con impaciencia, que no

estoy de humor para escuchar amenazas.

--No le amenazo a V., solo le advierto. Hoy ha cometido V. ya una falta

grave; no vaya V. a cometer otra más grave esta noche obstinándose en

no recibirme.

Esta respuesta sorprendió al capitán y le hizo reflexionar.

Al cabo de un instante dijo:

--Pero, si yo consiento en dejarle a V. entrar, ¿quién me garantiza que

no me hará V. traición? La noche está oscura, y puede V. tener consigo

una tropa numerosa sin que yo la vea.

--No tengo conmigo más que un solo compañero de quien respondo con mi

cabeza.

--¡Ya! dijo el capitán cada vez más indeciso; y de V. ¿quién me

responde?

--¡Yo!

--¿Quién es V. que habla nuestra lengua con tal perfección que se le

podría tomar por un compatriota nuestro?

--Poca es la diferencia: soy canadiense y me llamo Tranquilo.

--¡Tranquilo! exclamó el capitán. ¿Es V. entonces ese celebre cazador

de los bosques a quien apellidan el Cazador de tigres?

--No sé si soy célebre, Capitán; de lo que me hallo persuadido es de

que soy el hombre a quien V. se refiere.

--Si en efecto es V. Tranquilo, le dejaré entrar; pero ¿quién es el

hombre que le acompaña y de quién me responde?

--El Ciervo-Negro, primer sachem de los Pawnees-Serpientes.

--¡Oh! ¡Oh! murmuró el capitán, ¿y qué viene a hacer aquí?

--Ya lo sabrá V. si quiere abrirnos la puerta.

--¡Corriente! exclamó el capitán; pero tenga V. en cuenta que, a la

más leve apariencia de traición, V. y su compañero serán muertos sin

misericordia.

--Y hará V. muy bien si falto a la palabra que le doy.

El capitán, después de haber encomendado a sus compañeros que se

mantuviesen dispuestos para cualquier evento, mandó que bajasen el

puente levadizo.

Tranquilo y el Ciervo-Negro entraron.

Ambos iban sin armas, O al menos no las llevaban a la vista.

Ante una prueba tan grande de confianza, el capitán se avergonzó de sus

sospechas, y después que se hubo vuelto a alzar el puente levadizo,

despidió a su escolta y solo conservó junto a sí a Bothrel.

--Síganme VV., dijo a los dos forasteros.

Estos se inclinaron sin responder, y caminaron junto a él.

Llegaron a la torre sin haber pronunciado una palabra.

El capitán los introdujo en la sala en que mistress Watt se hallaba

sola y poseída de la más viva inquietud.

Su marido le hizo una seña para que se retirase; ella le dirigió una

mirada suplicante que el capitán comprendió, porque no insistió, y la

joven permaneció silenciosa en el sitio en que se hallaba.

Tranquilo tenía la misma expresión de fisonomía serena y franca que

ya le conocemos; nada en su aspecto parecía demostrar que tuviese

intenciones hostiles respecto de los colonos.

El Ciervo-Negro, por el contrario, estaba, sombrío y severo.

El capitán ofreció asientos junto al fuego a sus huéspedes.

--Siéntense VV., Señores, les dijo, que deben tener necesidad de

calentarse. ¿Vienen VV. a verme como amigos o como enemigos?

--Es más fácil hacer esa pregunta que contestar a ella, dijo el cazador

con tono bonachón; hasta ahora nuestras intenciones son buenas: V.

mismo, Capitán, decidirá la manera en que hemos de separarnos.

--En todo caso, ¿no se negarán VV. a aceptar algún refresco?

--Por ahora ruego a V. que nos dispense, respondió Tranquilo, quien

parecía hallarse encargado de llevar la voz por sí y por su compañero;

creo que vale más resolver desde luego la cuestión que aquí nos trae.

¡Ya! dijo el capitán, disgustado interiormente por aquella negativa que

nada bueno le presagiaba; entonces hable V., que ya le escucho, y no

dependerá de mí que no quede todo arreglado entre nosotros.

--Lo deseo de todo corazón, Capitán, y con tanto más motivo cuanto que

si estoy aquí, solo puede ser con el objeto de evitar las consecuencias

de una mala inteligencia o de un momento de arrebato.

El capitán se inclinó en señal de agradecimiento, y el canadiense

volvió a tomar la palabra diciendo:

--Es V. un antiguo militar, caballero, y con V. los discursos más

cortos deben ser los mejores. He aquí, en dos palabras, el motivo que

nos trae: los Pawnees-Serpientes acusan a V. de haberse apoderado, por

traición, de su aldea, y de haber asesinado a la mayor parte de sus

parientes y amigos. ¿Es cierto?

--Es cierto que me he apoderado de la aldea; pero tenía derecho para

hacerlo, puesto que los pieles rojas se negaban a entregármela; pero

niego que lo haya hecho por traición: por el contrario, los Pawnees

fueron quienes se condujeron traidoramente conmigo.

--¡Oh! exclamó el Ciervo-Negro levantándose con viveza, ¡el rostro

pálido tiene en la boca una lengua embustera!

--¡Silencio! gritó Tranquilo obligándole a ocupar de nuevo su puesto;

déjeme V. desenredar esta madeja, que me parece está bastante

embrollada. Perdone V. si insisto, caballero, repuso dirigiéndose al

capitán; pero la cuestión es grave y la verdad debe ser conocida.

Cuando usted llegó, ¿no fue recibido como amigo por los jefes de la

tribu?

--En efecto, nuestras primeras relaciones fueron amistosas.

--Entonces, ¿por qué llegaron a ser hostiles?

--Ya se lo he dicho a V.: porque contra la fe jurada y la palabra dada

se negaron a cederme el terreno.

--¿Cómo? ¡Ceder el terreno!

--Seguramente, puesto que me habían vendido el territorio que ocupaban.

--¡Oh! ¡Oh! Capitán, eso exige explicación.

--Es muy fácil darla; y para probar la buena fe con que obro en este

asunto, voy a enseñar a V. el acta de venta.

El cazador y el Ciervo-Negro cambiaron una mirada de sorpresa.

--Pues ya no lo entiendo, dijo Tranquilo.

--Aguarde V. un instante, repuso el capitán, que voy a buscar ese

documento y se le enseñaré.

Y salió de la habitación.

--¡Oh! Caballero, exclamó mistress Watt juntando las manos en ademan

suplicante; trate V. de evitar una contienda.

--¡Ah! Señora, respondió el cazador con tristeza; según el aspecto que

van tomando las cosas, lo juzgo muy difícil.

--Vean VV., dijo el capitán entrando en la sala, y les enseñó el

documento.

A los dos hombres les bastó con dirigirle una mirada para conocer el

engaño.

--Ese documento es falso, dijo Tranquilo.

--¡Falso! Es imposible, exclamó el capitán lleno de estupor. Entonces

me han engañado de una manera odiosa.

--¡Es lo que por desgracia ha sucedido en el caso presente!

--¿Y qué hacemos? murmuró maquinalmente el capitán.

El Ciervo-Negro se levantó y dijo con majestuoso acento:

--Escuchen los rostros pálidos, que un sachem va a hablar.

El canadiense quiso interponerse; pero el jefe le impuso silencio con

un gesto, y prosiguió diciendo:

--Mi padre ha sido engañado; es un guerrero justo; su cabeza

está canosa; el Wacondah le ha dado la sabiduría; también los

Pawnees-Serpientes son justos, quieren vivir en paz con mi padre,

puesto que se halla inocente de la falta que se le imputa y de la cual

debe responder otro.

El principio de este discurso sorprendió agradablemente a los oyentes

del jefe; la joven sobre todo, al oír aquellas palabras, sintió que su

inquietud iba desapareciendo y que la alegría renacía en su corazón.

--Los Pawnees-Serpientes, continuó el sachem, restituirán a mi padre

todas las mercancías que le han sido estafadas; él, por su parte, se

comprometerá a abandonar los territorios de caza de los Pawnees y a

retirarse en compañía de todos los rostros pálidos que han venido con

él; los Pawnees renunciarán a la venganza que querían tomar por el

asesinato de sus hermanos, y el hacha de guerra será enterrada entre

los pieles rojas y los rostros pálidos del Oeste. He dicho.

Después de estas palabras hubo un momento de silencio.

Los circunstantes estaban llenos de estupor. Aquellas condiciones eran

inaceptables, y por lo tanto, la guerra llegaba a ser inminente.

--¿Qué responde mi padre? preguntó el jefe al cabo de un instante.

--¡Ay de mí! Jefe, respondió el capitán con dolor, no puedo aceptar

tales condiciones, es imposible. Lo más que puedo hacer es duplicar el

precio que antes pagué.

El jefe se encogió de hombros desdeñosamente y dijo con una sonrisa de

desprecio:

--El Ciervo-Negro se había equivocado; los rostros pálidos tienen

verdaderamente la lengua partida.

Fue imposible hacer comprender al sachem la verdadera situación de las

cosas: con esa obstinación ciega que caracteriza a su raza, nada quiso

oír, y cuanto más intentaron probarle que estaba equivocado, más se

convenció de que la razón estaba de su parte.

A una hora avanzada de la noche se retiraron el canadiense y el

Ciervo-Negro, acompañándoles el capitán hasta los atrincheramientos.

Cuando hubieron salido, Jaime Watt se volvió muy pensativo a la torre.

En el umbral de la puerta tropezó con un objeto bastante voluminoso y

se bajó para ver lo que era.

--¡Oh! exclamó al levantarse, ¿Con que realmente quieren la guerra?

¡Vive Dios! Ya aprenderán a conocerme.

El objeto con que había tropezado el capitán era un haz de flechas

atadas con una piel de serpiente; los dos extremos de esta piel y las

puntas de las flechas estaban teñidas en sangre.

El Ciervo-Negro, al retirarse, había dejado caer detrás de sí la

declaración de guerra.

Toda esperanza de paz quedaba desvanecida, y era preciso disponerse

para combatir.

Pasado el primer momento de estupor, el capitán recobró su sangre fría,

y aunque todavía no había amanecido, hizo que despertasen a todos los

colonos y los reunió delante de la torre con el fin de celebrar consejo

y discurrir los medios de neutralizar el peligro que amenazaba a la

colonia.

IX.

LOS PAWNEES SERPIENTES.

Aclararemos ahora algunos puntos de esta narración que pueden parecerle

oscuros al lector.

Los pieles rojas, por grandes que sean sus defectos, profesan a las

comarcas en que han nacido un cariño que raya en fanatismo y al que

nada puede sustituir.

Cara de Mono no había mentido cuando dijo al capitán Jaime Watt que él

era uno de los jefes principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes:

esto era muy cierto; solo que se había guardado muy bien de revelarle

la razón por la cual le habían expulsado de la tribu.

Pero esta razón ha llegado ya el momento de decir cual fue.

Cara de Mono no solo se hallaba dotado de una ambición desenfrenada,

sino que también, cosa bastante extraordinaria en un indio, estaba

completamente desprovisto de creencias religiosas y de esas debilidades

y esa credulidad supersticiosa a que son por demás accesibles sus

compatriotas; además era un hombre sin fe, sin honor y de costumbres

más que de pravedad.

Habiendo sido llevado muy joven a las ciudades de la Unión americana,

tuvo ocasión de ver de cerca la civilización excéntrica de los

Estados Unidos: incapaz de comprender lo bueno y lo malo de aquella

civilización, y de mantenerse en un justo límite, como sucede siempre

en tales circunstancias, se había dejado seducir por lo que más

halagaba a sus inclinaciones y gustos, y de las costumbres de los

blancos solo había tomado lo que debía terminar y completar su precoz

depravación.

Por eso, cuando se halló de regreso en su tribu, sus costumbres y su

lenguaje estuvieron en tan total desacuerdo con lo que se hacía y se

decía en torno suyo, que no tardó en excitar el menosprecio y el odio

de sus compatriotas.

Sus enemigos más encarnizados fueron naturalmente los sacerdotes, es

decir, los brujos, a quienes en varias ocasiones había tratado de poner

en ridículo.

Desde el momento en que Cara de Mono se hubo malquistado con el

omnipotente partido de los brujos, se hundieron sus proyectos

ambiciosos; todas sus intrigas fracasaron, pues una oposición sorda

derribaba constantemente los proyectos que él formaba en el mismo

momento en que creía verlos alcanzar buen éxito.

Durante un espacio de tiempo bastante largo, el jefe, no sabiendo a

quien culpar, se mantuvo prudentemente en la defensiva, vigilando

de una manera activa los pasos de sus enemigos, y aguardando con la

paciencia astuta que constituía el fondo de su carácter a que la

casualidad llegase a revelarle el nombre del hombre en quien debía

recaer su venganza. Como todas sus medidas estaban muy bien tomadas,

no tardó en descubrir que aquel a quien debía atribuir los continuos

descalabros que sufría, no era sino el brujo principal de la tribu.

Este brujo era un anciano querido y respetado de todos por razón de

su sabiduría y su bondad. Cara de Mono disimuló su odio durante algún

tiempo; pero un día en pleno consejo, a consecuencia de una discusión

bastante fuerte, se dejó arrebatar por la ira, y precipitándose sobre

el desventurado anciano, le dio de puñaladas delante de todos los

jefes de su tribu, sin que los circunstantes pudiesen oponerse a la

realización de su intento.

El asesinato del brujo llevó a su colmo el horror que inspiraba aquel

miserable; en el acto los jefes le expulsaron del territorio de la

nación, negándole el fuego y el agua, y amenazándole con los mayores

castigos si se atrevía a presentarse delante de ellos.

Cara de Mono, harto débil para resistirse a la ejecución de esta

sentencia, se alejó con el corazón henchido de rabia y profiriendo las

amenazas más terribles.

Los Merodeadores de Fronteras · 第 5 / 20 段