Hacía más de veinte años que no había vuelto a ver aquel valle, y le

recordaba como si le hubiese abandonado la víspera, viéndole, por

decirlo así, hasta en sus más mínimos pormenores. Esta obstinación

de su memoria para representarle de continuo aquel rincón de tierra,

concluyó por fascinar en tal manera la mente del capitán, que, cuando

hubo adoptado la resolución de abandonar el servicio y solicitar una

concesión, fue allí, y no a ninguna otra parte, a donde resolvió

retirarse.

Jaime Watt tenía numerosos protectores en las oficinas de la

Presidencia; además, los servicios de su padre y los suyos hablaban muy

alto en su favor, y por lo tanto no experimentó dificultad alguna para

obtener la concesión que solicitaba.

Le presentaron varios planos levantados anteriormente y mandados

copiar hacía mucho tiempo por el gobierno, diciéndole que escogiese

el territorio que mejor le conviniese; pero el capitán hacía mucho

tiempo que había escogido el que quería. Rechazó los planos que le

presentaban, sacó de su bolsillo un gran pedazo de piel de alce

curtida, le desdobló y se le enseñó al comisario encargado de las

concesiones, diciéndole que no quería más que aquella.

El comisario frunció el entrecejo: era amigo del capitán, y no pudo

contener un gesto de espanto al oír su petición.

Aquel terreno estaba situado en medio del territorio indio, a más

de cuatrocientas millas de la frontera americana. Era una locura,

un suicidio, lo que quería cometer el capitán; le sería imposible

mantenerse en medio de las tribus belicosas, que le envolverían por

todas partes. No trascurriría un mes sin que fuese desapiadadamente

asesinado con toda su familia, y los criados tan faltos de juicio que

se atreviesen seguirle.

A todas las objeciones que su amigo aglomeraba sin cesar para hacerle

variar de idea, el capitán solo respondía con un movimiento de cabeza

acompañado de esa sonrisa propia de los hombres que han adoptado una

resolución irrevocable.

Al fin, el comisario, perdiendo toda esperanza de convencerle, y

apurados ya sus argumentos, concluyó por decirle de una manera

terminante que era imposible darle tal concesión, porque aquel

territorio pertenecía a los indios, y además una de sus tribus tenía

allí una aldea desde tiempo inmemorial.

El comisario había guardado este argumento para lo último, convencido

de que el capitán nada podría oponerle y se vería obligado a modificar,

cuando menos, sus proyectos.

El buen comisario se había equivocado: no conocía tan bien como se lo

figuraba el carácter de su amigo.

Este, sin alterarse por el gesto triunfante con que el comisario había

acompañado su peroración, sacó fríamente de otro bolsillo un segundo

pedazo de piel de alce curtida, y sin decir una palabra, se lo presentó

a su amigo.

El comisario lo cogió dirigiéndole una mirada interrogadora; el capitán

le hizo una seña con la cabeza, indicándole que lo examinase con la

vista.

El comisario lo desdobló vacilando. Teniendo en cuenta el modo de

proceder del veterano, sospechaba que aquel documento contenía una

respuesta perentoria.

En efecto, apenas le hubo examinado un instante, le tiró encima de la

mesa con un gesto violento de mal humor.

Aquella piel de alce contenía la venta del valle y de todo el

territorio circunvecino, hecha por _Itsichaiché_ o Cara de Mono, uno

de los sachems principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes, en

su nombre y en el de los demás jefes de la nación, mediante cincuenta

fusiles, catorce docenas de cuchillos de desollar, sesenta libras

de pólvora, sesenta libras de balas, dos barriles del licor llamado

_whiskey_, y veintitrés uniformes completos de soldados de la milicia.

Cada uno de los jefes había puesto su jeroglífico al pie del acta de

venta y debajo del de Cara de Mono.

Diremos al instante que aquel documento era falso, pues en este asunto

el capitán había sido completamente engañado por Cara de Mono.

Este jefe, expulsado de la tribu de los Pawnees-Serpientes por varias

causas que revelaremos cuando sea ocasión oportuna, había falsificado

aquel documento, primero con el objeto de robar al capitán, y después

con el fin de vengarse de sus compatriotas, porque sabía muy bien

que si Watt obtenía la autorización del gobierno, no vacilaría para

apoderarse del valle, fuesen las que quisieran las consecuencias de

esta expoliación; el capitán solo había exigido que el piel roja le

sirviese de guía, en lo cual consintió el indio sin dificultad alguna.

Ante el acta de venta que tenía a la vista, el comisario hubo de

confesarse vencido y dar, de buen o mal grado, la autorización tan

pertinazmente solicitada por el capitán.

Tan luego como todos los documentos estuvieron registrados en debida

forma, firmados y autorizados con el gran sello, el capitán comenzó los

preparativos de su viaje sin perder un solo instante.

Mistress Watt quería demasiado a su marido para oponer la más leve

observación a sus proyectos: habiéndose criado ella también en un

desmonte poco lejano de la frontera, estaba casi familiarizada con

los indios, y la costumbre de verlos le había enseñado a no temerlos.

Además, le importaba muy poco el lugar de su residencia con tal que

tuviese consigo a su marido.

El capitán, tranquilo por parte de su mujer, puso manos a la obra con

la actividad febril que le caracterizaba.

La América es la tierra de los prodigios, es quizás el único país

del mundo en que se pueden encontrar, en el espacio de veinticuatro

horas, los hombres y las cosas indispensables para la ejecución de los

proyectos más excéntricos y descabellados.

El capitán no se hacía ilusiones en manera alguna acerca de las

consecuencias probables de la determinación que había adoptado;

y por lo tanto, quería precaverse en lo posible contra todas las

eventualidades, y procurar la seguridad de las personas que habían de

acompañarle al terreno de la concesión, especialmente la de su mujer y

sus hijos.

Por lo demás, no tardó mucho en hacer su elección. Entre sus antiguos

compañeros, es decir, entre sus antiguos soldados, había muchos que

deseaban en extremo seguirle, y sobre todo un sargento viejo, llamado

Walter Bothrel, que había servido bajo sus órdenes durante cerca de

quince años, y que a la primera noticia que tuvo de la declaración de

retiro de su jefe, fue a buscarle y le dijo que, puesto que abandonaba

el servicio, era inútil que él permaneciese en las filas, y que estaba

seguro de que su capitán no le negaría el favor de permitirle que le

siguiese.

La oferta de Bothrel fue aceptada con júbilo por el capitán, que

conocía a fondo a su sargento, especie de perro por lo fiel, hombre de

un valor a toda prueba, y con el cual podía contar por completo.

Al sargento fue a quien el capitán confió el encargo de organizar

el destacamento de cazadores que se proponía llevar consigo para

defenderse, si a los indios se les antojaba atacar a la nueva colonia.

Bothrel cumplió la orden que había recibido con esa conciencia

inteligente que empleaba en todas las cosas, y muy luego encontró en la

misma compañía del capitán treinta hombres resueltos y fieles que se

alegraron infinito de seguir la fortuna de su ex-jefe y unirse a él.

El capitán, por su parte, había enganchado unos quince obreros de todas

clases, herreros, carpinteros, etc., que le firmaron un compromiso por

cinco años, con arreglo al cual, trascurrido este espacio de tiempo, y

mediante un ligero censo, serían dueños del terreno que el capitán les

concediese, y en el cual se establecerían con sus familias. Aún este

mismo censo había de caducar al cabo de cierto tiempo.

Estando ya terminados, por fin, todos los preparativos, los colonos,

en número de cincuenta hombres y unas doce mujeres próximamente, se

pusieron en marcha para dirigirse al territorio de la concesión. Era

a mediados de mayo, y llevaban consigo una larga hilera de carros

cargados con géneros de todas clases y un numeroso rebaño de reses

destinadas a alimentar a la colonia y a dar crías.

Cara de Mono servía de guía, según se había convenido. Haciendo al

indio la justicia debida, diremos que desempeñó concienzudamente la

misión de que se había encargado, y que durante un largo viaje de cerca

de tres meses, atravesando desiertos infestados de fieras de todas

clases y surcados en todas direcciones por hordas de indios salvajes,

logró librar a aquellos a quienes dirigía de la mayor parte de los

peligros que a cada paso les amenazaban.

VII.

CARA DE MONO.

Ya hemos visto de qué modo se apoderó el capitán del territorio que le

había sido concedido. Ahora vamos a explicar cómo se estableció en él y

qué precauciones adoptó para no ser molestado por los indios a quienes

tan brutalmente había desposeído, y que, según el carácter vengativo

que ya les conocía, probablemente no se darían por vencidos y no

dejarían de probar fortuna de un momento a otro para tomar una revancha

sangrienta y una venganza terrible por el insulto que recibieron.

El combate contra los indios fue rudo y encarnizado; pero, merced a

Cara de Mono, que había revelado al capitán los puntos más débiles del

_Atepelt_ (aldea), y merced sobre todo a la superioridad de las armas

de fuego de los americanos, los indios se habían visto fatalmente

obligados a emprender la fuga y abandonar a los vencedores cuanto

poseían, triste botín que solo consistía en pieles de animales y en

algunas vasijas hechas con tosca arcilla.

El capitán, tan luego como fue dueño de la plaza, comenzó su obra y

principió a fundar la nueva colonia. Comprendía la necesidad de ponerse

lo más pronto posible al abrigo de un golpe de mano.

El sitio que ocupaba la aldea fue completamente desembarazado de las

ruinas que le obstruían; luego los jornaleros se pusieron a nivelar el

suelo y a abrir un foso circular de seis metros de anchura y cuatro de

profundidad, al que, por medio de un canal, se puso en comunicación con

el afluente del Misuri por un lado, y por el otro con el mismo río.

Detrás de este foso, y en lo alto del talud formado por las tierras

extraídas y allí amontonadas, plantaron una hilera de estacas de cuatro

metros de altura unidas unas a otras por medio de fuertes garfios de

hierro, cuidando de dejar intervalos casi invisibles por los cuales

era fácil pasar el cañón de un rifle y hacer fuego a cubierto. En este

atrincheramiento se practicó una puerta bastante ancha para que por

ella pudiese pasar un carro cargado, y que comunicaba con el exterior

por medio de un puente levadizo echado sobre el foso y que se alzaba

todos los días al ponerse el sol.

Una vez adoptadas estas precauciones preliminares, una extensión de

terreno de cuatro mil metros cuadrados próximamente quedó rodeada de

agua y defendida en todos sus puntos por una empalizada, excepto en la

parte que daba al Misuri, en donde se había considerado que la anchura

y la profundidad del río ofrecían suficientes garantías de seguridad.

En el espacio libre que quedaba dentro de la empalizada fue donde el

capitán se dispuso a construir los edificios y dependencias de la

colonia.

Al principio, y como se practica en todos los desmontes, los edificios

habían de ser tan solo de madera, es decir, construidos con troncos de

árboles a los cuales se les dejaba la corteza; la madera no escaseaba,

merced al bosque situado cuando más a cien metros de distancia de la

colonia.

Los trabajos fueron impulsados con tal actividad, que dos meses después

de la llegada del capitán a aquel sitio, todos los edificios estaban

terminados y la distribución interior casi completa.

En el centro de la colonia y sobre una eminencia formada al efecto,

habían construido una especie de torre octógona de unos veinticinco

metros de altura, cuyo techo formaba terrado, y dividida en tres pisos:

en el bajo estaban la cocina y las habitaciones comunes; los cuarto

superiores estaban destinados a los individuos de la familia y de su

servidumbre, es decir, al capitán, a su mujer, a sus dos hijos, a las

dos criadas de estos, muchachas jóvenes y vigorosas del Kentucky, de

mejillas rosadas y abultadas, y cuyos nombres eran Betzy y Emmy; a

la cocinera mistress Margaret, respetable matrona que entraba ya en

su noveno lustro, aunque solo confesaba treinta y cinco años de edad

y todavía tenía pretensiones de belleza, y por último, al sargento

Bothrel. Aquella torre estaba cerrada con una puerta muy sólida,

forrada de hierro, y en cuyo centro se abría un postigo para reconocer

a los que llamaban.

A diez metros próximamente de la torre, y comunicando con ella por

medio de un pasadizo subterráneo, estaban la habitación de los

cazadores, la de los obreros de todas clases, y por último, la de los

pastores y labradores.

Después se veían las cuadras para los caballos y los establos para las

reses.

Luego, diseminados en varios puntos, extensos cobertizos, grandes

talleres y vastos almacenes destinados a guardar los productos de la

colonia.

Pero estos diferentes edificios habían sido construidos de modo que

estaban aislados y bastante lejos unos de otros para que, en caso de

incendio (y esto era lo que se había tenido presente para colocarlos

así), la pérdida de un edificio no produjese irremisiblemente la de

otro. De trecho en trecho se habían abierto varios pozos, con el fin

de distribuir agua abundante por todas partes sin necesidad de ir a

buscarla al río.

En fin, para resumir, diremos que el capitán, como soldado viejo,

experimentado y acostumbrado a todos los ardides de la guerra de las

fronteras, había adoptado las precauciones más minuciosas para precaver

un ataque, y sobre todo para evitar una sorpresa.

Habían trascurrido tres meses desde que se establecieron allí los

norteamericanos. Aquel valle, en otro tiempo inculto y cubierto de

bosques, se hallaba ya labrado en su mayor parte; los desmontes,

verificados en grande escala, habían llevado los linderos de la selva

a cerca de dos kilómetros de la colonia; todo ofrecía la imagen de la

prosperidad y del bienestar en aquel sitio en que tan poco tiempo antes

la incuria de los pieles rojas dejaba que la naturaleza produjese con

entera libertad los pocos pastos indispensables para sus ganados.

En el interior de la colonia, todo ofrecía el espectáculo más vivo

y animado, mientras que fuera, las reses pastaban bajo la custodia

de algunos ganaderos montados y bien armados; los árboles seculares

caían bajo los repetidos hachazos de los jornaleros; dentro, todos los

talleres estaban en plena actividad, densas columnas de humo se alzaban

de las fraguas, el ruido de los martillazos se mezclaba con el rechinar

de las sierras; en las orillas del río, enormes pilas de tablas se

alzaban a poca distancia de otros rimeros de leña; varias embarcaciones

estaban amarradas en la playa, y de vez en cuando se oían resonar a lo

lejos los tiros de los cazadores que ejecutaban una batida en el bosque

con el fin de proveer de caza a la colonia.

Eran próximamente las cuatro de la tarde. El capitán, montado en un

magnífico caballo negro y cuatralbo, cruzaba al paso una pradera

recientemente desmontada.

Una sonrisa de satisfacción íntima animaba el rostro severo del

antiguo soldado al ver el cambio prodigioso que su voluntad y su

febril actividad habían verificado en tan poco tiempo en aquel rincón

de tierra ignorado, llamado en un porvenir no lejano, según toda

probabilidad, a adquirir una gran importancia comercial debida a su

posición tan ventajosa. Acercábase a la colonia, cuando un hombre,

oculto hasta entonces detrás de un montón de cepas y raíces de árboles

colocadas allí para secarse, apareció súbitamente junto a él.

El capitán reprimió un gesto de mal humor al ver a aquel hombre, que

era Cara de Mono.

Diremos aquí algunas palabras acerca de este personaje, que está

llamado a representar un papel bastante importante en la presente

narración.

_Itsichaiché_ era un hombre de unos cuarenta años, de elevada estatura

y bien formado; tenía un rostro astuto y ratero, animado por dos

ojos muy pequeños; su nariz encorvada en forma de pico de papagayo,

y su boca grande, con labios delgados y comprimidos, le daban una

expresión ladina y malvada que, no obstante la obsequiosidad cautelosa

y zalamera de sus modales y la dulzura calculada de su voz, inspiraba

una repulsión instintiva e invencible a todos aquellos a quienes la

casualidad ponía en contacto con él.

Al revés de lo que por lo general suele suceder, la costumbre de

verle, en vez de disminuir y desterrar esta impresión desagradable, la

acrecentaba más y más.

Había cumplido honrada y concienzudamente sus deberes de guía

conduciendo a los norteamericanos sin tropiezo alguno hasta el sitio a

donde se dirigían; pero desde aquella época se había quedado con ellos,

y por decirlo así, se había avecindado en la colonia en donde andaba de

un lado para otro a su antojo, sin que nadie se cuidase de lo que hacía.

Algunas veces desaparecía sin decir una palabra, permanecía ausente

durante algunos días, y luego volvía de improviso, sin que fuese

posible arrancarle ningún dato, ni saber lo que había hecho, ni a donde

había ido.

Sin embargo, había una persona a quien el semblante sombrío del indio

había causado constantemente un terror vago, y que nunca pudo dominar

la repulsión que le inspiraba, sin que le fuese dado explicar en qué

se fundaba aquel sentimiento que experimentaba: aquella persona era

mistress Watt. El amor maternal hace ser muy perspicaz: la joven

adoraba a sus hijos, y cuando algunas veces el piel roja fijaba por

casualidad una mirada indiferente en las inocentes criaturas, la pobre

madre sentía un estremecimiento en todos sus miembros, y se apresuraba

a apartar de la vista de aquel hombre a los dos tiernos seres que eran

todo para ella en este mundo.

Algunas veces había procurado hacer que su marido compartiese sus

temores; pero a todas sus observaciones contestaba tan solo el capitán

encogiéndose de hombros de un modo significativo, suponiendo que con el

tiempo se debilitaría aquella impresión y concluiría por desaparecer.

Sin embargo, como mistress Watt volvía de continuo a la carga con

la perseverancia y la obstinación de una persona cuyas ideas están

positivamente fijadas y no han de variar, el capitán, impacientado y no

teniendo razón alguna plausible para proteger contra su mujer, a quien

amaba y respetaba, a un hombre hacia el cual no sentía la más leve

estimación ni simpatía, le prometió por fin que la desembarazaría de

él; y como en aquel momento hacía algunos días que el indio se hallaba

ausente de la colonia, formó el propósito de verle en cuanto volviese y

pedirle una explicación de su conducta misteriosa: en el caso de que el

indio no le diese una respuesta categórica y satisfactoria, le diría de

una manera terminante que no quería volverle a ver en la colonia, y que

por lo tanto se alejase al momento y para siempre.

He ahí en que disposición de ánimo se hallaba el capitán respecto de

Cara de Mono, cuando la casualidad colocó a éste en su camino, en el

momento en que menos lo esperaba.

Al ver al indio, el capitán paró a su caballo.

--¿Está mi padre visitando el valle? le dijo el Pawnee.

--Sí, contestó el capitán.

--¡Oh! repuso el indio dirigiendo una mirada en torno suyo, todo ha

variado mucho: ahora las reses de los Grandes Cuchillos del Oeste

pastan tranquilamente en el territorio de que fueron, desposeídos los

Pawnees-Serpientes.

El indio pronunciaba estas palabras con una voz triste y melancólica

que dio en que pensar al capitán, y le inspiró cierta inquietud.

--¿Es pesar lo que quiere V. manifestar, jefe? le preguntó. Me

parecería eso muy inoportuno, sobre todo en boca de V., que fue quien

me vendió el territorio que ocupo.

--Es verdad, dijo el indio moviendo la cabeza; Cara de Mono no tiene

derecho para quejarse: él fue quien vendió a los rostros pálidos del

Oeste el terreno en que descansan sus padres, y en donde él mismo y sus

hermanos han cazado tantas veces el elk y el jaguar.

--Vamos, jefe, le encuentro a V. lúgubre hoy: ¿qué tiene V? ¿Estaba

V. acostado esta mañana sobre el lado izquierdo al despertar? dijo el

capitán aludiendo a una de las supersticiones más acreditadas entre los

indios.

--No, repuso el indio, el sueño de Cara de Mono ha estado exento de

malos pronósticos, nada ha venido a alterar la tranquilidad de su alma.

--Felicito a V. por ello, jefe.

--Mi padre dará tabaco a su hijo a fin de que fume la pipa de la

amistad a su regreso.

--Puede ser, pero antes tengo que hacer a V. una pregunta.

--Mi padre puede hablar, los oídos de su hijo están abiertos.

--Hace ya mucho tiempo, jefe, que nos hallamos establecidos aquí.

--Sí, está comenzando la cuarta luna.

--En efecto, desde nuestra llegada nos ha dejado V. muchas veces sin

avisarnos.

--¿Para qué? Supongo que el aire y el espacio no pertenecen a los

rostros pálidos, el guerrero Pawnee es dueño de ir a donde mejor le

parezca. Era un jefe afamado en su tribu.

--Todo eso puede ser muy cierto, jefe, y no me importa en manera

alguna; pero lo que me importa mucho es la seguridad de mi familia y de

los hombres que me han acompañado hasta aquí.

--¿Pues en qué puede atentar Cara de Mono a esa seguridad? dijo el piel

roja.

--Voy a decírselo a V., jefe; escúcheme atentamente, pues lo que voy a

manifestarle es muy serio.

--Cara de Mono no es más que un pobre indio, respondió el piel roja con

ironía; el Gran Espíritu no le ha dado el talento claro y sutil de los

rostros pálidos; sin embargo, procurará comprender.

--No es V. tan sencillo como quiere aparentarlo en este momento, jefe.

Estoy seguro de que me comprenderá V. perfectamente si quiere tomarse

ese trabajo.

--El jefe procurará hacerlo.

El capitán contuvo a duras penas un movimiento de impaciencia, y

continuó diciendo:

--No estamos aquí en una de las grandes ciudades del interior de la

Unión americana, en donde la ley protege a los ciudadanos y garantiza

su seguridad; todo lo contrario, nos hallamos en el territorio de los

pieles rojas, alejados de toda protección que no sea la de nuestras

propias fuerzas; de nadie podemos aguardar auxilio, y estamos rodeados

de enemigos vigilantes que acechan el momento propicio para atacarnos

y asesinarnos si pueden; así pues, es deber nuestro velar con el mayor

cuidado por nuestra seguridad, que se vería gravemente comprometida por

la imprudencia más leve. ¿Comprende V. eso, jefe?

--Sí, mi padre ha hablado bien; su cabeza está cenicienta; su sabiduría

es grande.

--Así pues, repuso el capitán, debo vigilar con el mayor cuidado los

pasos de todas las personas que más o menos directamente pertenecen a

la colonia; y cuando su conducta me parezca sospechosa, debo pedirles

explicaciones que no tienen derecho para negarme. Ahora bien, jefe, me

veo obligado a confesar a V. con sumo sentimiento que la vida que lleva

V. de algún tiempo a esta parte me parece más que sospechosa, que ha

llamado mi atención, y que espero me dé V. una contestación que disipe

mis dudas.

El piel roja había permanecido impasible; ni un músculo de su rostro

se había movido. El capitán, que le examinaba atentamente, no pudo

sorprender en sus facciones la más leve huella de emoción. El indio

aguardaba ya la pregunta que en aquel momento le dirigían, y se hallaba

dispuesto a contestar.

--Cara de Mono ha conducido a mi padre y a sus hijos desde las grandes

aldeas de piedra de los Grandes Cuchillos del Oeste hasta aquí. ¿Ha

tenido mi padre que dirigir alguna reconvención al jefe?

--Ninguna, tengo que confesarlo, respondió el capitán con franqueza; ha

desempeñado V. su encargo honradamente.

---¿Por qué ahora cubre una piel el corazón de mi padre y se ha

introducido en su alma la sospecha respecto de un hombre contra el

cual confiesa él mismo que nunca ha podido formular la más leve

reconvención? ¿Es ésa, por ventura, la justicia de los rostros pálidos?

--No nos salgamos de la cuestión, jefe, y sobre todo no la alteremos,

si V. gusta, porque yo no podría seguirle en todos sus circunloquios

indios. Así pues, me limitaré a significarle a V. de una manera

explícita que, si no quiere decirme claramente el motivo de sus

reiteradas ausencias y darme una prueba positiva de su inocencia, no

volverá V. a poner los pies en el interior de la colonia, y le obligaré

a alejarse para siempre del territorio que ocupo.

Un relámpago de odio chispeó en los ojos del piel roja; pero apagando

instantáneamente la llama de su mirada, respondió con su voz más dulce:

--Cara de Mono es un pobre indio; sus hermanos le rechazaron por razón

de su amistad con los rostros pálidos, y esperaba encontrar entre los

Grandes Cuchillos del Oeste, ya que no cariño, al menos gratitud por

los servicios que les prestó. Se ha equivocado.

--No se trata ahora de eso, repuso el capitán impacientado; ¿quiere V.

contestar, sí o no?

Los Merodeadores de Fronteras · 第 4 / 20 段