recordaba como si le hubiese abandonado la víspera, viéndole, por
decirlo así, hasta en sus más mínimos pormenores. Esta obstinación
de su memoria para representarle de continuo aquel rincón de tierra,
concluyó por fascinar en tal manera la mente del capitán, que, cuando
hubo adoptado la resolución de abandonar el servicio y solicitar una
concesión, fue allí, y no a ninguna otra parte, a donde resolvió
retirarse.
Jaime Watt tenía numerosos protectores en las oficinas de la
Presidencia; además, los servicios de su padre y los suyos hablaban muy
alto en su favor, y por lo tanto no experimentó dificultad alguna para
obtener la concesión que solicitaba.
Le presentaron varios planos levantados anteriormente y mandados
copiar hacía mucho tiempo por el gobierno, diciéndole que escogiese
el territorio que mejor le conviniese; pero el capitán hacía mucho
tiempo que había escogido el que quería. Rechazó los planos que le
presentaban, sacó de su bolsillo un gran pedazo de piel de alce
curtida, le desdobló y se le enseñó al comisario encargado de las
concesiones, diciéndole que no quería más que aquella.
El comisario frunció el entrecejo: era amigo del capitán, y no pudo
contener un gesto de espanto al oír su petición.
Aquel terreno estaba situado en medio del territorio indio, a más
de cuatrocientas millas de la frontera americana. Era una locura,
un suicidio, lo que quería cometer el capitán; le sería imposible
mantenerse en medio de las tribus belicosas, que le envolverían por
todas partes. No trascurriría un mes sin que fuese desapiadadamente
asesinado con toda su familia, y los criados tan faltos de juicio que
se atreviesen seguirle.
A todas las objeciones que su amigo aglomeraba sin cesar para hacerle
variar de idea, el capitán solo respondía con un movimiento de cabeza
acompañado de esa sonrisa propia de los hombres que han adoptado una
resolución irrevocable.
Al fin, el comisario, perdiendo toda esperanza de convencerle, y
apurados ya sus argumentos, concluyó por decirle de una manera
terminante que era imposible darle tal concesión, porque aquel
territorio pertenecía a los indios, y además una de sus tribus tenía
allí una aldea desde tiempo inmemorial.
El comisario había guardado este argumento para lo último, convencido
de que el capitán nada podría oponerle y se vería obligado a modificar,
cuando menos, sus proyectos.
El buen comisario se había equivocado: no conocía tan bien como se lo
figuraba el carácter de su amigo.
Este, sin alterarse por el gesto triunfante con que el comisario había
acompañado su peroración, sacó fríamente de otro bolsillo un segundo
pedazo de piel de alce curtida, y sin decir una palabra, se lo presentó
a su amigo.
El comisario lo cogió dirigiéndole una mirada interrogadora; el capitán
le hizo una seña con la cabeza, indicándole que lo examinase con la
vista.
El comisario lo desdobló vacilando. Teniendo en cuenta el modo de
proceder del veterano, sospechaba que aquel documento contenía una
respuesta perentoria.
En efecto, apenas le hubo examinado un instante, le tiró encima de la
mesa con un gesto violento de mal humor.
Aquella piel de alce contenía la venta del valle y de todo el
territorio circunvecino, hecha por _Itsichaiché_ o Cara de Mono, uno
de los sachems principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes, en
su nombre y en el de los demás jefes de la nación, mediante cincuenta
fusiles, catorce docenas de cuchillos de desollar, sesenta libras
de pólvora, sesenta libras de balas, dos barriles del licor llamado
_whiskey_, y veintitrés uniformes completos de soldados de la milicia.
Cada uno de los jefes había puesto su jeroglífico al pie del acta de
venta y debajo del de Cara de Mono.
Diremos al instante que aquel documento era falso, pues en este asunto
el capitán había sido completamente engañado por Cara de Mono.
Este jefe, expulsado de la tribu de los Pawnees-Serpientes por varias
causas que revelaremos cuando sea ocasión oportuna, había falsificado
aquel documento, primero con el objeto de robar al capitán, y después
con el fin de vengarse de sus compatriotas, porque sabía muy bien
que si Watt obtenía la autorización del gobierno, no vacilaría para
apoderarse del valle, fuesen las que quisieran las consecuencias de
esta expoliación; el capitán solo había exigido que el piel roja le
sirviese de guía, en lo cual consintió el indio sin dificultad alguna.
Ante el acta de venta que tenía a la vista, el comisario hubo de
confesarse vencido y dar, de buen o mal grado, la autorización tan
pertinazmente solicitada por el capitán.
Tan luego como todos los documentos estuvieron registrados en debida
forma, firmados y autorizados con el gran sello, el capitán comenzó los
preparativos de su viaje sin perder un solo instante.
Mistress Watt quería demasiado a su marido para oponer la más leve
observación a sus proyectos: habiéndose criado ella también en un
desmonte poco lejano de la frontera, estaba casi familiarizada con
los indios, y la costumbre de verlos le había enseñado a no temerlos.
Además, le importaba muy poco el lugar de su residencia con tal que
tuviese consigo a su marido.
El capitán, tranquilo por parte de su mujer, puso manos a la obra con
la actividad febril que le caracterizaba.
La América es la tierra de los prodigios, es quizás el único país
del mundo en que se pueden encontrar, en el espacio de veinticuatro
horas, los hombres y las cosas indispensables para la ejecución de los
proyectos más excéntricos y descabellados.
El capitán no se hacía ilusiones en manera alguna acerca de las
consecuencias probables de la determinación que había adoptado;
y por lo tanto, quería precaverse en lo posible contra todas las
eventualidades, y procurar la seguridad de las personas que habían de
acompañarle al terreno de la concesión, especialmente la de su mujer y
sus hijos.
Por lo demás, no tardó mucho en hacer su elección. Entre sus antiguos
compañeros, es decir, entre sus antiguos soldados, había muchos que
deseaban en extremo seguirle, y sobre todo un sargento viejo, llamado
Walter Bothrel, que había servido bajo sus órdenes durante cerca de
quince años, y que a la primera noticia que tuvo de la declaración de
retiro de su jefe, fue a buscarle y le dijo que, puesto que abandonaba
el servicio, era inútil que él permaneciese en las filas, y que estaba
seguro de que su capitán no le negaría el favor de permitirle que le
siguiese.
La oferta de Bothrel fue aceptada con júbilo por el capitán, que
conocía a fondo a su sargento, especie de perro por lo fiel, hombre de
un valor a toda prueba, y con el cual podía contar por completo.
Al sargento fue a quien el capitán confió el encargo de organizar
el destacamento de cazadores que se proponía llevar consigo para
defenderse, si a los indios se les antojaba atacar a la nueva colonia.
Bothrel cumplió la orden que había recibido con esa conciencia
inteligente que empleaba en todas las cosas, y muy luego encontró en la
misma compañía del capitán treinta hombres resueltos y fieles que se
alegraron infinito de seguir la fortuna de su ex-jefe y unirse a él.
El capitán, por su parte, había enganchado unos quince obreros de todas
clases, herreros, carpinteros, etc., que le firmaron un compromiso por
cinco años, con arreglo al cual, trascurrido este espacio de tiempo, y
mediante un ligero censo, serían dueños del terreno que el capitán les
concediese, y en el cual se establecerían con sus familias. Aún este
mismo censo había de caducar al cabo de cierto tiempo.
Estando ya terminados, por fin, todos los preparativos, los colonos,
en número de cincuenta hombres y unas doce mujeres próximamente, se
pusieron en marcha para dirigirse al territorio de la concesión. Era
a mediados de mayo, y llevaban consigo una larga hilera de carros
cargados con géneros de todas clases y un numeroso rebaño de reses
destinadas a alimentar a la colonia y a dar crías.
Cara de Mono servía de guía, según se había convenido. Haciendo al
indio la justicia debida, diremos que desempeñó concienzudamente la
misión de que se había encargado, y que durante un largo viaje de cerca
de tres meses, atravesando desiertos infestados de fieras de todas
clases y surcados en todas direcciones por hordas de indios salvajes,
logró librar a aquellos a quienes dirigía de la mayor parte de los
peligros que a cada paso les amenazaban.
VII.
CARA DE MONO.
Ya hemos visto de qué modo se apoderó el capitán del territorio que le
había sido concedido. Ahora vamos a explicar cómo se estableció en él y
qué precauciones adoptó para no ser molestado por los indios a quienes
tan brutalmente había desposeído, y que, según el carácter vengativo
que ya les conocía, probablemente no se darían por vencidos y no
dejarían de probar fortuna de un momento a otro para tomar una revancha
sangrienta y una venganza terrible por el insulto que recibieron.
El combate contra los indios fue rudo y encarnizado; pero, merced a
Cara de Mono, que había revelado al capitán los puntos más débiles del
_Atepelt_ (aldea), y merced sobre todo a la superioridad de las armas
de fuego de los americanos, los indios se habían visto fatalmente
obligados a emprender la fuga y abandonar a los vencedores cuanto
poseían, triste botín que solo consistía en pieles de animales y en
algunas vasijas hechas con tosca arcilla.
El capitán, tan luego como fue dueño de la plaza, comenzó su obra y
principió a fundar la nueva colonia. Comprendía la necesidad de ponerse
lo más pronto posible al abrigo de un golpe de mano.
El sitio que ocupaba la aldea fue completamente desembarazado de las
ruinas que le obstruían; luego los jornaleros se pusieron a nivelar el
suelo y a abrir un foso circular de seis metros de anchura y cuatro de
profundidad, al que, por medio de un canal, se puso en comunicación con
el afluente del Misuri por un lado, y por el otro con el mismo río.
Detrás de este foso, y en lo alto del talud formado por las tierras
extraídas y allí amontonadas, plantaron una hilera de estacas de cuatro
metros de altura unidas unas a otras por medio de fuertes garfios de
hierro, cuidando de dejar intervalos casi invisibles por los cuales
era fácil pasar el cañón de un rifle y hacer fuego a cubierto. En este
atrincheramiento se practicó una puerta bastante ancha para que por
ella pudiese pasar un carro cargado, y que comunicaba con el exterior
por medio de un puente levadizo echado sobre el foso y que se alzaba
todos los días al ponerse el sol.
Una vez adoptadas estas precauciones preliminares, una extensión de
terreno de cuatro mil metros cuadrados próximamente quedó rodeada de
agua y defendida en todos sus puntos por una empalizada, excepto en la
parte que daba al Misuri, en donde se había considerado que la anchura
y la profundidad del río ofrecían suficientes garantías de seguridad.
En el espacio libre que quedaba dentro de la empalizada fue donde el
capitán se dispuso a construir los edificios y dependencias de la
colonia.
Al principio, y como se practica en todos los desmontes, los edificios
habían de ser tan solo de madera, es decir, construidos con troncos de
árboles a los cuales se les dejaba la corteza; la madera no escaseaba,
merced al bosque situado cuando más a cien metros de distancia de la
colonia.
Los trabajos fueron impulsados con tal actividad, que dos meses después
de la llegada del capitán a aquel sitio, todos los edificios estaban
terminados y la distribución interior casi completa.
En el centro de la colonia y sobre una eminencia formada al efecto,
habían construido una especie de torre octógona de unos veinticinco
metros de altura, cuyo techo formaba terrado, y dividida en tres pisos:
en el bajo estaban la cocina y las habitaciones comunes; los cuarto
superiores estaban destinados a los individuos de la familia y de su
servidumbre, es decir, al capitán, a su mujer, a sus dos hijos, a las
dos criadas de estos, muchachas jóvenes y vigorosas del Kentucky, de
mejillas rosadas y abultadas, y cuyos nombres eran Betzy y Emmy; a
la cocinera mistress Margaret, respetable matrona que entraba ya en
su noveno lustro, aunque solo confesaba treinta y cinco años de edad
y todavía tenía pretensiones de belleza, y por último, al sargento
Bothrel. Aquella torre estaba cerrada con una puerta muy sólida,
forrada de hierro, y en cuyo centro se abría un postigo para reconocer
a los que llamaban.
A diez metros próximamente de la torre, y comunicando con ella por
medio de un pasadizo subterráneo, estaban la habitación de los
cazadores, la de los obreros de todas clases, y por último, la de los
pastores y labradores.
Después se veían las cuadras para los caballos y los establos para las
reses.
Luego, diseminados en varios puntos, extensos cobertizos, grandes
talleres y vastos almacenes destinados a guardar los productos de la
colonia.
Pero estos diferentes edificios habían sido construidos de modo que
estaban aislados y bastante lejos unos de otros para que, en caso de
incendio (y esto era lo que se había tenido presente para colocarlos
así), la pérdida de un edificio no produjese irremisiblemente la de
otro. De trecho en trecho se habían abierto varios pozos, con el fin
de distribuir agua abundante por todas partes sin necesidad de ir a
buscarla al río.
En fin, para resumir, diremos que el capitán, como soldado viejo,
experimentado y acostumbrado a todos los ardides de la guerra de las
fronteras, había adoptado las precauciones más minuciosas para precaver
un ataque, y sobre todo para evitar una sorpresa.
Habían trascurrido tres meses desde que se establecieron allí los
norteamericanos. Aquel valle, en otro tiempo inculto y cubierto de
bosques, se hallaba ya labrado en su mayor parte; los desmontes,
verificados en grande escala, habían llevado los linderos de la selva
a cerca de dos kilómetros de la colonia; todo ofrecía la imagen de la
prosperidad y del bienestar en aquel sitio en que tan poco tiempo antes
la incuria de los pieles rojas dejaba que la naturaleza produjese con
entera libertad los pocos pastos indispensables para sus ganados.
En el interior de la colonia, todo ofrecía el espectáculo más vivo
y animado, mientras que fuera, las reses pastaban bajo la custodia
de algunos ganaderos montados y bien armados; los árboles seculares
caían bajo los repetidos hachazos de los jornaleros; dentro, todos los
talleres estaban en plena actividad, densas columnas de humo se alzaban
de las fraguas, el ruido de los martillazos se mezclaba con el rechinar
de las sierras; en las orillas del río, enormes pilas de tablas se
alzaban a poca distancia de otros rimeros de leña; varias embarcaciones
estaban amarradas en la playa, y de vez en cuando se oían resonar a lo
lejos los tiros de los cazadores que ejecutaban una batida en el bosque
con el fin de proveer de caza a la colonia.
Eran próximamente las cuatro de la tarde. El capitán, montado en un
magnífico caballo negro y cuatralbo, cruzaba al paso una pradera
recientemente desmontada.
Una sonrisa de satisfacción íntima animaba el rostro severo del
antiguo soldado al ver el cambio prodigioso que su voluntad y su
febril actividad habían verificado en tan poco tiempo en aquel rincón
de tierra ignorado, llamado en un porvenir no lejano, según toda
probabilidad, a adquirir una gran importancia comercial debida a su
posición tan ventajosa. Acercábase a la colonia, cuando un hombre,
oculto hasta entonces detrás de un montón de cepas y raíces de árboles
colocadas allí para secarse, apareció súbitamente junto a él.
El capitán reprimió un gesto de mal humor al ver a aquel hombre, que
era Cara de Mono.
Diremos aquí algunas palabras acerca de este personaje, que está
llamado a representar un papel bastante importante en la presente
narración.
_Itsichaiché_ era un hombre de unos cuarenta años, de elevada estatura
y bien formado; tenía un rostro astuto y ratero, animado por dos
ojos muy pequeños; su nariz encorvada en forma de pico de papagayo,
y su boca grande, con labios delgados y comprimidos, le daban una
expresión ladina y malvada que, no obstante la obsequiosidad cautelosa
y zalamera de sus modales y la dulzura calculada de su voz, inspiraba
una repulsión instintiva e invencible a todos aquellos a quienes la
casualidad ponía en contacto con él.
Al revés de lo que por lo general suele suceder, la costumbre de
verle, en vez de disminuir y desterrar esta impresión desagradable, la
acrecentaba más y más.
Había cumplido honrada y concienzudamente sus deberes de guía
conduciendo a los norteamericanos sin tropiezo alguno hasta el sitio a
donde se dirigían; pero desde aquella época se había quedado con ellos,
y por decirlo así, se había avecindado en la colonia en donde andaba de
un lado para otro a su antojo, sin que nadie se cuidase de lo que hacía.
Algunas veces desaparecía sin decir una palabra, permanecía ausente
durante algunos días, y luego volvía de improviso, sin que fuese
posible arrancarle ningún dato, ni saber lo que había hecho, ni a donde
había ido.
Sin embargo, había una persona a quien el semblante sombrío del indio
había causado constantemente un terror vago, y que nunca pudo dominar
la repulsión que le inspiraba, sin que le fuese dado explicar en qué
se fundaba aquel sentimiento que experimentaba: aquella persona era
mistress Watt. El amor maternal hace ser muy perspicaz: la joven
adoraba a sus hijos, y cuando algunas veces el piel roja fijaba por
casualidad una mirada indiferente en las inocentes criaturas, la pobre
madre sentía un estremecimiento en todos sus miembros, y se apresuraba
a apartar de la vista de aquel hombre a los dos tiernos seres que eran
todo para ella en este mundo.
Algunas veces había procurado hacer que su marido compartiese sus
temores; pero a todas sus observaciones contestaba tan solo el capitán
encogiéndose de hombros de un modo significativo, suponiendo que con el
tiempo se debilitaría aquella impresión y concluiría por desaparecer.
Sin embargo, como mistress Watt volvía de continuo a la carga con
la perseverancia y la obstinación de una persona cuyas ideas están
positivamente fijadas y no han de variar, el capitán, impacientado y no
teniendo razón alguna plausible para proteger contra su mujer, a quien
amaba y respetaba, a un hombre hacia el cual no sentía la más leve
estimación ni simpatía, le prometió por fin que la desembarazaría de
él; y como en aquel momento hacía algunos días que el indio se hallaba
ausente de la colonia, formó el propósito de verle en cuanto volviese y
pedirle una explicación de su conducta misteriosa: en el caso de que el
indio no le diese una respuesta categórica y satisfactoria, le diría de
una manera terminante que no quería volverle a ver en la colonia, y que
por lo tanto se alejase al momento y para siempre.
He ahí en que disposición de ánimo se hallaba el capitán respecto de
Cara de Mono, cuando la casualidad colocó a éste en su camino, en el
momento en que menos lo esperaba.
Al ver al indio, el capitán paró a su caballo.
--¿Está mi padre visitando el valle? le dijo el Pawnee.
--Sí, contestó el capitán.
--¡Oh! repuso el indio dirigiendo una mirada en torno suyo, todo ha
variado mucho: ahora las reses de los Grandes Cuchillos del Oeste
pastan tranquilamente en el territorio de que fueron, desposeídos los
Pawnees-Serpientes.
El indio pronunciaba estas palabras con una voz triste y melancólica
que dio en que pensar al capitán, y le inspiró cierta inquietud.
--¿Es pesar lo que quiere V. manifestar, jefe? le preguntó. Me
parecería eso muy inoportuno, sobre todo en boca de V., que fue quien
me vendió el territorio que ocupo.
--Es verdad, dijo el indio moviendo la cabeza; Cara de Mono no tiene
derecho para quejarse: él fue quien vendió a los rostros pálidos del
Oeste el terreno en que descansan sus padres, y en donde él mismo y sus
hermanos han cazado tantas veces el elk y el jaguar.
--Vamos, jefe, le encuentro a V. lúgubre hoy: ¿qué tiene V? ¿Estaba
V. acostado esta mañana sobre el lado izquierdo al despertar? dijo el
capitán aludiendo a una de las supersticiones más acreditadas entre los
indios.
--No, repuso el indio, el sueño de Cara de Mono ha estado exento de
malos pronósticos, nada ha venido a alterar la tranquilidad de su alma.
--Felicito a V. por ello, jefe.
--Mi padre dará tabaco a su hijo a fin de que fume la pipa de la
amistad a su regreso.
--Puede ser, pero antes tengo que hacer a V. una pregunta.
--Mi padre puede hablar, los oídos de su hijo están abiertos.
--Hace ya mucho tiempo, jefe, que nos hallamos establecidos aquí.
--Sí, está comenzando la cuarta luna.
--En efecto, desde nuestra llegada nos ha dejado V. muchas veces sin
avisarnos.
--¿Para qué? Supongo que el aire y el espacio no pertenecen a los
rostros pálidos, el guerrero Pawnee es dueño de ir a donde mejor le
parezca. Era un jefe afamado en su tribu.
--Todo eso puede ser muy cierto, jefe, y no me importa en manera
alguna; pero lo que me importa mucho es la seguridad de mi familia y de
los hombres que me han acompañado hasta aquí.
--¿Pues en qué puede atentar Cara de Mono a esa seguridad? dijo el piel
roja.
--Voy a decírselo a V., jefe; escúcheme atentamente, pues lo que voy a
manifestarle es muy serio.
--Cara de Mono no es más que un pobre indio, respondió el piel roja con
ironía; el Gran Espíritu no le ha dado el talento claro y sutil de los
rostros pálidos; sin embargo, procurará comprender.
--No es V. tan sencillo como quiere aparentarlo en este momento, jefe.
Estoy seguro de que me comprenderá V. perfectamente si quiere tomarse
ese trabajo.
--El jefe procurará hacerlo.
El capitán contuvo a duras penas un movimiento de impaciencia, y
continuó diciendo:
--No estamos aquí en una de las grandes ciudades del interior de la
Unión americana, en donde la ley protege a los ciudadanos y garantiza
su seguridad; todo lo contrario, nos hallamos en el territorio de los
pieles rojas, alejados de toda protección que no sea la de nuestras
propias fuerzas; de nadie podemos aguardar auxilio, y estamos rodeados
de enemigos vigilantes que acechan el momento propicio para atacarnos
y asesinarnos si pueden; así pues, es deber nuestro velar con el mayor
cuidado por nuestra seguridad, que se vería gravemente comprometida por
la imprudencia más leve. ¿Comprende V. eso, jefe?
--Sí, mi padre ha hablado bien; su cabeza está cenicienta; su sabiduría
es grande.
--Así pues, repuso el capitán, debo vigilar con el mayor cuidado los
pasos de todas las personas que más o menos directamente pertenecen a
la colonia; y cuando su conducta me parezca sospechosa, debo pedirles
explicaciones que no tienen derecho para negarme. Ahora bien, jefe, me
veo obligado a confesar a V. con sumo sentimiento que la vida que lleva
V. de algún tiempo a esta parte me parece más que sospechosa, que ha
llamado mi atención, y que espero me dé V. una contestación que disipe
mis dudas.
El piel roja había permanecido impasible; ni un músculo de su rostro
se había movido. El capitán, que le examinaba atentamente, no pudo
sorprender en sus facciones la más leve huella de emoción. El indio
aguardaba ya la pregunta que en aquel momento le dirigían, y se hallaba
dispuesto a contestar.
--Cara de Mono ha conducido a mi padre y a sus hijos desde las grandes
aldeas de piedra de los Grandes Cuchillos del Oeste hasta aquí. ¿Ha
tenido mi padre que dirigir alguna reconvención al jefe?
--Ninguna, tengo que confesarlo, respondió el capitán con franqueza; ha
desempeñado V. su encargo honradamente.
---¿Por qué ahora cubre una piel el corazón de mi padre y se ha
introducido en su alma la sospecha respecto de un hombre contra el
cual confiesa él mismo que nunca ha podido formular la más leve
reconvención? ¿Es ésa, por ventura, la justicia de los rostros pálidos?
--No nos salgamos de la cuestión, jefe, y sobre todo no la alteremos,
si V. gusta, porque yo no podría seguirle en todos sus circunloquios
indios. Así pues, me limitaré a significarle a V. de una manera
explícita que, si no quiere decirme claramente el motivo de sus
reiteradas ausencias y darme una prueba positiva de su inocencia, no
volverá V. a poner los pies en el interior de la colonia, y le obligaré
a alejarse para siempre del territorio que ocupo.
Un relámpago de odio chispeó en los ojos del piel roja; pero apagando
instantáneamente la llama de su mirada, respondió con su voz más dulce:
--Cara de Mono es un pobre indio; sus hermanos le rechazaron por razón
de su amistad con los rostros pálidos, y esperaba encontrar entre los
Grandes Cuchillos del Oeste, ya que no cariño, al menos gratitud por
los servicios que les prestó. Se ha equivocado.
--No se trata ahora de eso, repuso el capitán impacientado; ¿quiere V.
contestar, sí o no?