Mientras que Tranquilo se ocupaba en preparar convenientemente un lomo

de bisonte, el negro y el piel roja se examinaban con una curiosidad

que se revelaba por mutuas exclamaciones de sorpresa.

El negro se reía como un loco considerando el aspecto singular

del guerrero indio, cuyo rostro estaba pintado de cuatro colores

diferentes, y que llevaba un traje tan raro en concepto del buen

Quoniam, quien, según ya hemos dicho, nunca se había encontrado con

indios.

El jefe manifestaba su sorpresa de diferente manera. Después de haber

permanecido mucho tiempo inmóvil mirando al negro, se acercó a él, y

sin decir una palabra le cogió de un brazo y comenzó a frotarle con

toda su fuerza con una punta de su manto de piel de bisonte.

El negro, que al pronto se había prestado gustoso al capricho del

indio, no tardó en impacientarse; al pronto procuró desasirse, pero no

lo pudo conseguir, pues el jefe le sujetaba con fuerza y procedía de

una manera concienzuda a su operación singular. Entre tanto, Quoniam, a

quien aquel frote continuo comenzaba no solo a incomodar, sino a hacer

sufrir en extremo, principió a lanzar gritos horribles, haciendo los

mayores esfuerzos para librarse de su impasible verdugo.

Los gritos de Quoniam llamaron la atención de Tranquilo; levantó la

cabeza y acudió presuroso a libertar al negro, que lanzaba miradas

extraviadas, saltaba a uno y otro lado, y aullaba como un condenado.

--¿Por qué atormenta mi hermano así a ese hombre? preguntó el

canadiense interponiéndose.

--¿Yo? repuso el jefe con sorpresa; no le atormento; su disfraz no es

necesario y se lo quito.

--¿Cómo, mi disfraz? exclamó Quoniam.

Tranquilo le impuso silencio con un gesto, y prosiguió diciendo:

--Ese hombre no está disfrazado.

--¿A qué pintarse así todo el cuerpo? repuso obstinadamente el jefe;

los guerreros no se pintan más que el rostro.

El cazador no pudo contener una carcajada, y tan luego como recobró su

seriedad, dijo:

--Mi hermano se equivoca; ese hombre pertenece a otra raza. El Wacondah

le ha hecho la piel negra, así como ha hecho roja la de mi hermano

y blanca la mía. Todos los hermanos de ese hombre son de su color;

el Gran Espíritu lo ha querido así, a fin de no confundirlos con las

naciones de los pieles rojas y de los rostros pálidos; mire mi hermano

su manto de piel de bisonte y verá que no se le ha pegado el más mínimo

átomo negro.

--¡Oeht! dijo el indio bajando la cabeza como un hombre que se halla

colocado ante un problema insoluble; el Wacondah todo lo puede.

Y obedeció maquinalmente al cazador, dirigiendo una mirada distraída a

la punta de su manto, que aún no había pensado en soltar.

--Ahora, continuó diciendo Tranquilo, sírvase V., jefe, considerar a

este hombre como a un amigo, y hacer por él lo que en caso necesario

haría V. por mí; pues se lo agradeceré en extremo.

El jefe se inclinó con gracia, y tendiendo la mano al negro, le dijo:

--Las palabras de mi hermano el cazador resuenan en mi oído con

la dulzura del canto del _cenzontle_. El _Wah-rush-ar-menec_ (el

Ciervo-Negro) es un sachem en su nación, su lengua no está partida,

y las palabras que sopla su pecho son claras, porque proceden de su

corazón; el Cara-Negra tendrá su puesto en el fuego del consejo de los

Pawnees, porque desde este momento es amigo de un jefe.

Quoniam saludó al indio y correspondió cordialmente a su apretón de

mano, diciéndole:

--No soy más que un pobre negro; pero mi corazón es puro, y mi sangre

corre tan roja por mis venas como si yo fuese blanco o indio. Ambos

tenéis derecho para pedirme mi vida; os la daré con alegría.

Después de este mutuo cambio de seguridades amistosas, los tres hombres

se sentaron en el suelo y se dispusieron para almorzar.

Merced a las emociones sufridas durante la mañana, los aventureros

tenían un apetito feroz; devoraron el lomo de bisonte, que desapareció

casi por completo bajo sus reiterados ataques, y que regaron con

algunos cuernos de agua mezclada con ron, del cual llevaba Tranquilo

una pequeña provisión en una calabaza colgada de su cintura.

Cuando el almuerzo hubo terminado, encendiéronse las pipas, y cada cual

se puso a fumar silenciosamente y con esa gravedad propia de las gentes

que viven en los bosques.

Cuando la pipa del jefe se hubo apagado, sacudió sus cenizas

golpeándola sobre la uña del dedo pulgar de la mano izquierda, se la

colocó en el cinto, y volviéndose hacia Tranquilo, le dijo:

--¿Quieren mis hermanos celebrar consejo?

--Sí, respondió el canadiense. Cuando me separé de V. en el Alto

Misuri, a fines de la luna de _Mikini-Quisis_ (mes de las frutas

quemadas, julio), me citó V. para la caleta de los sauces secos

del Río del Alce, para el diez de setiembre, día de la luna de

_Inaqui-Quisis_ (mes de las hojas que caen, setiembre), dos horas antes

de la salida del sol. Ambos hemos sido exactos. Ahora aguardo a que se

sirva V. explicarme, jefe, por qué me ha dado esta cita.

--Tiene razón mi hermano: el Ciervo-Negro hablará.

Después de haber pronunciado estas palabras, el semblante del indio

pareció que se oscurecía, y quedó sumido en una meditación profunda que

sus compañeros respetaron, aguardando con paciencia a que volviese a

tomar la palabra.

Por fin, al cabo de un cuarto de hora el jefe indio se pasó la mano

por la frente varias veces, levantó la cabeza, dirigió en torno suyo

una mirada investigadora, y se decidió a hablar, pero en voz baja

y contenida, como si aún en aquel desierto hubiese temido que sus

palabras fuesen escuchadas por oídos enemigos.

--Mi hermano el cazador me conoce desde mi infancia, dijo, puesto que

ha sido criado por los sachems de mi nación; así pues, nada le diré

de mí. El gran cazador pálido tiene en su pecho un corazón indio; el

Ciervo-Negro le hablará como a un hermano. Hace tres lunas el jefe

estaba cazando con su amigo a los alces y los gamos en las praderas del

Misuri, cuando un guerrero Pawnee llegó a rienda suelta, llamó al jefe

aparte y habló en secreto con él durante largas horas. ¿Recuerda eso mi

hermano?

--Perfectamente, jefe: recuerdo que, después de aquella conversación

prolongada, el Zorro-Azul, que así se llamaba el guerrero Pawnee,

partió con la misma rapidez con que había llegado; y mi hermano, que

hasta aquel momento había estado alegre y gozoso, se tornó triste de

improviso. A pesar de las preguntas que dirigí a mi hermano, no quiso

revelarme la causa de aquella tristeza súbita, y al día siguiente, al

salir el sol, se separó de mí citándome para hoy aquí.

--Sí, respondió el indio, eso es exacto, así pasó todo; pero lo que

entonces no podía yo decir, se lo voy a manifestar ahora a mi hermano.

--Mis oídos están abiertos, respondió el cazador inclinándose; temo

que mi hermano no tenga que comunicarme desgraciadamente sino malas

noticias.

--Mi hermano juzgará, dijo el indio: he aquí las noticias que me trajo

el Zorro-Azul. Un día llegó a las orillas del Río del Elk, en donde

se alzaba la aldea de los Pawnees-Serpientes, un rostro pálido de los

Cuchillos Largos del oeste, seguido de unos treinta guerreros de los

rostros pálidos, de varias mujeres y de grandes casas de medicina

arrastradas por bisontes rojos sin joroba y sin crin. Aquel rostro

pálido se detuvo a dos tiros de flecha de la aldea de mi nación, en

la orilla opuesta del río, encendió hogueras y acampó. Mi padre, como

sabe mi hermano, era el primer sachem de la tribu; montó a caballo, y

seguido de algunos guerreros, pasó el río y se presentó al extranjero

con el fin de darle la bienvenida a su llegada al territorio de caza

de nuestra nación y ofrecerle los refrescos que pudiese necesitar.

«Aquel rostro pálido era un hombre de elevada estatura, de facciones

duras y acentuadas. La nieve de varios inviernos había blanqueado su

cabellera. Al oír las palabras de mi padre, se echó a reír, y respondió:

--»¿Es V. el jefe de los pieles rojas de esa aldea?

--»Sí, dijo mi padre.

»Entonces el rostro pálido sacó un gran _collar_ (carta) en el cual

estaban dibujadas figuras singulares, y enseñándosele a mi padre, le

dijo:

--»Vuestro abuelo pálido de los Estados Unidos me ha concedido la

propiedad de todas las tierras que se extienden desde la cascada del

Antílope hasta el lago de los Bisontes. He aquí, añadió dando con el

dorso de su mano sobre el collar, lo que prueba mi derecho.

»Mi padre y los guerreros que le acompañaban se echaron a reír.

--»Nuestro abuelo pálido, respondió mi padre, no puede dar lo que no

le pertenece; esas tierras de que V. habla constituyen el territorio de

caza de mi nación desde que la gran tortuga salió del seno del mar para

sostener al mundo sobre su concha.

--»No entiendo lo que V. dice, repuso el rostro pálido; solo sé que

esas tierras me han sido dadas, y que, si no consiente V. en retirarse

y dejarme su libre goce, yo sabré obligarte a ello.»

--Sí, dijo Tranquilo interrumpiéndole; he ahí el sistema de esos

hombres: ¡el asesinato y la rapiña!

--Mi padre se retiró al oír aquella amenaza, continuó diciendo el

indio; inmediatamente tomaron las armas los guerreros, las mujeres

fueron escondidas en unas cuevas, y la tribu entera se dispuso para la

resistencia. Al día siguiente, al amanecer, los rostros pálidos pasaron

el río y atacaron la aldea. El combate fue largo y encarnizado; duró

todo el espacio de tiempo comprendido entre dos soles; pero ¿qué podían

hacer unos pobres indios contra los rostros pálidos armados con rifles?

Fueron vencidos y obligados a emprender la fuga. Dos horas después

la aldea estaba reducida a cenizas, y los huesos de los antepasados

desparramados en todas direcciones. Mi padre había sido muerto en la

batalla.

--¡Oh! exclamó el canadiense lleno de dolor.

--Aún no es eso todo, repuso el jefe; los rostros pálidos descubrieron

la cueva en que se habían refugiado las mujeres de la tribu, y todas,

o al menos casi todas, porque solo diez o doce lograron escaparse

llevándose sus niños, ¡fueron asesinadas a sangre fría con todo el

refinamiento de la más horrible barbarie!

El jefe, después de haber pronunciado estas palabras, ocultó el rostro

en su manto de piel de bisonte, y sus compañeros oyeron los sollozos

que en vano procuraba ahogar.

--He ahí, repuso al cabo de un momento, las noticias que me comunicó el

Zorro-Azul: mi padre había muerto en sus brazos legándome su venganza;

mis hermanos, perseguidos como fieras por sus feroces enemigos,

obligados a esconderse en el fondo de las selvas más impenetrables,

me habían elegido para ser jefe suyo: acepté haciendo jurar a los

guerreros de mi nación que, en los rostros pálidos que se apoderaron de

nuestra aldea y asesinaron a nuestros hermanos, habían de vengar todo

el mal que nos hicieron. Desde nuestra separación no he desperdiciado

un solo instante para reunir todos los elementos de mi venganza. Hoy

todo se halla dispuesto; los rostros pálidos se han adormecido en una

seguridad engañosa: su despertar será terrible. ¿Me seguirá mi hermano?

--¡Sí, vive Dios! Le seguiré a V., jefe, y le ayudaré con todo mi

poder, respondió Tranquilo resueltamente; porque su causa es muy justa.

Pero impongo una condición.

--Hable mi hermano.

--La ley del desierto dice: ojo por ojo, diente por diente, es verdad;

pero puede V. vengarse sin deshonrar su victoria con crueldades

inútiles. No siga V. el ejemplo que le han dado; sea V. humano, jefe, y

el Grande Espíritu sonreirá a sus esfuerzos y le será propicio.

--El Ciervo-Negro no es cruel, respondió el jefe; deja eso para los

rostros pálidos; no quiere más que la justicia.

--Lo que dice V. está muy bien, jefe, y me alegro de oírle hablar

así. ¿Pero ha tomado V. bien sus medidas? ¿Son sus fuerzas bastante

considerables para asegurarle el triunfo? Ya sabe V. que los rostros

pálidos son numerosos, y que nunca dejan impune una agresión; suceda lo

que quiera, debe V. prepararse para ver represalias terribles.

El indio se sonrió con desdén y respondió:

--Los Cuchillos Grandes del Oeste son unos perros y unos conejos

cobardes; las mujeres de los Pawnees les darán unas sayas; el

Ciervo-Negro irá con su tribu a establecerse en las grandes praderas

de los Comanches, quienes les recibirán como hermanos, y los rostros

pálidos no sabrán donde encontrarlos.

--Eso está bien pensado, jefe. Pero desde que fue V. expulsado de su

aldea, ¿no ha mantenido V. espías cerca de los americanos para que le

tengan al corriente de todas sus acciones? Eso era muy importante para

el buen éxito de sus proyectos posteriores.

El Ciervo-Negro se sonrió, pero no contestó, de lo cual dedujo el

canadiense que el piel roja, con esa sagacidad y esa paciencia que

caracterizan a los hombres de su raza, había adoptado todas las

precauciones necesarias para asegurar el buen éxito del golpe de mano

que quería intentar contra los nuevos colonos.

Tranquilo, por la educación semi-india que había recibido, y por el

odio hereditario que, como verdadero canadiense, profesaba a la raza

anglo-sajona, se hallaba del todo dispuesto a ayudar al jefe Pawnee a

tomar sobre los norteamericanos una venganza terrible por los insultos

que de ellos había recibido: pero con esa rectitud que constituía el

fondo de su carácter, no quería dejar que los indios cometiesen con sus

enemigos esas crueldades espantosas a que con sobrada frecuencia se

dejan arrastrar en la primera embriaguez de la victoria. Por eso la

determinación que había adoptado tenía doble objeto: primero asegurar,

si era posible, el triunfo de sus amigos, y después emplear toda su

influencia sobre ellos para contenerlos terminado el combate, e impedir

que saciasen su rabia sobre los vencidos, y especialmente sobre las

mujeres y los niños.

Para esto no se ocultó del Ciervo-Negro, y, según hemos visto, impuso

como condición expresa de su cooperación, que de seguro no era cosa de

desdeñar por los indios, que no se cometiese ninguna crueldad inútil.

Quoniam, por su parte, no anduvo con tantos escrúpulos. Enemigo

natural de los blancos, y sobre todo de los norteamericanos, aprovechó

presuroso la ocasión que se le presentaba para hacerles todo el daño

posible y vengarse de los malos tratos que había sufrido, sin tomarse

la molestia de reflexionar que las gentes contra quienes iba a pelear,

eran completamente inocentes respecto de las injurias que él había

recibido. Aquellos individuos eran norteamericanos, y esta razón

bastaba en demasía para justificar a los ojos del vengativo negro la

conducta que se proponía observar cuando llegase el momento oportuno.

Al cabo de algunos instantes el canadiense volvió a tomar la palabra.

--¿Dónde están los guerreros de V.? preguntó al jefe.

--Los he dejado a tres soles de marcha del sitio en que nos hallamos:

si mi hermano no tiene ya nada que le detenga aquí, nos pondremos en

marcha al instante, a fin de reunirnos con ellos lo más pronto posible,

pues mis guerreros aguardan mi regreso con impaciencia.

--Entonces marchemos, dijo el canadiense; el día aún no está muy

adelantado, pero es inútil que perdamos el tiempo en charlar como

viejas curiosas.

Los tres hombres se levantaron, se abrocharon los cintos, se echaron

los rifles al hombro, se internaron presurosos por la senda que

la manada de los bisontes había trazado en la selva, y muy luego

desaparecieron bajo la enramada.

VI.

LA CONCESIÓN.

Abandonaremos durante algún tiempo a nuestros tres viajeros, y usando

de nuestro privilegio de narrador, trasportaremos la escena de nuestro

relato a algunos centenares de millas más lejos, a un fértil y verde

valle del alto Misuri, ese río majestuoso de aguas claras y limpias,

en cuyas orillas se alzan hoy tantas ciudades y pueblos prósperos y

florecientes, cuya corriente surcan en todas direcciones los magníficos

vapores americanos, pero que, en la época en que pasaba nuestra

historia, era todavía casi desconocido, y no reflejaba en sus profundas

aguas más que los corpulentos y frondosos árboles de las misteriosas

selvas vírgenes que cubrían sus bordes.

En el extremo de una especie de horquilla formada por dos afluentes

bastante considerables del Misuri, se extiende un ancho valle cerrado

en un lado por montañas escabrosas, y en el otro por una prolongada

cordillera de altas y fragosas colinas.

Este valle, cubierto casi en toda su extensión por poblados bosques

llenos de caza de todas clases, era un sitio de reunión predilecto

de los indios Pawnees, de los que una tribu numerosa, la de las

Serpientes, se había establecido por completo en el ángulo de la

horquilla con el fin de hallarse más cerca de su territorio de caza

favorita. La aldea de los indios era bastante considerable: contaba

unos trescientos cincuenta hogares, lo cual es enorme para los pieles

rojas, quienes generalmente no gustan de reunirse en gran número en

un mismo sitio, por temor de tener que sufrir el hambre; pero la

posición de la aldea estaba tan bien escogida que esta vez los indios

prescindieron de su costumbre. En efecto, por un lado el bosque les

suministraba más caza de la que podían consumir; por otro el río

abundaba en peces de todas clases y de un sabor delicioso; y las

praderas que les rodeaban estaban cubiertas todo el año de una yerba

crecida y sustanciosa que ofrecía excelente pasto para los caballos.

Hacía varios siglos quizás que los Pawnees-Serpientes se habían fijado

definitivamente en aquel bienaventurado valle que, merced a su posición

abrigada por todas partes, disfrutaba de un clima dulce y exento de

esas grandes perturbaciones atmosféricas que con tanta frecuencia

trastornan las altas latitudes americanas. Los indios vivían allí

tranquilos e ignorados, ocupándose en cazar y pescar, enviando a lo

lejos todos los años reducidas expediciones de jóvenes a seguir el

sendero de la guerra bajo las órdenes de los jefes más afamados de la

nación.

De improviso aquella existencia pacífica fue turbada para siempre;

el asesinato y el incendio se habían extendido cual un sudario

siniestro por todo el valle; la aldea fue destruida por completo, y sus

habitantes muertos sin compasión.

Los norteamericanos habían llegado a tener noticia por fin de aquel

Edén ignorado, y su presencia en aquel rincón de tierra, nuevo para

ellos, y su toma de posesión, se habían señalado, como siempre, con el

robo, el rapto y el asesinato.

No reproduciremos aquí el relato hecho al canadiense por el

Ciervo-Negro; nos limitaremos tan solo a consignar que aquel relato era

exacto y fiel en todas sus partes, y que el jefe, al hacerle, lejos

de recargarle con enfáticas exageraciones, le había suavizado por el

contrario con una justicia y una imparcialidad poco comunes.

Penetraremos en el valle unos tres meses después de la llegada de los

americanos, tan fatal para los pieles rojas, y describiremos en pocas

palabras la manera en que los nuevos colonos se habían establecido

en el territorio de donde tan cruelmente expulsaron a los legítimos

propietarios.

Tan luego como los norteamericanos fueron dueños absolutos del terreno,

comenzaron lo que llaman un desmonte.

Hace unos treinta años, el gobierno de los Estados Unidos tenía, y

probablemente tendrá aún en la actualidad, la costumbre de recompensar

los servicios de sus antiguos oficiales haciéndoles concesiones

de terrenos en las fronteras de la República más amenazadas por

los indios. Esta costumbre ofrecía la doble ventaja de extender

paulatinamente los límites del territorio americano; rechazando a los

pieles rojas a los desiertos, y de no abandonar sin recursos, en su

vejez, a unos soldados valientes que, durante la mayor parte de su

vida, habían derramado noblemente su sangre por la patria.

El capitán Jaime Watt era hijo de un oficial distinguido de la guerra

de la Independencia: el coronel Lionel Watt, ayudante de campo de

Washington, había asistido, al lado de este celebre fundador de la

República americana, a todas las batallas dadas a los ingleses: herido

de gravedad en el sitio de Boston, con gran sentimiento suyo se vio

obligado a volver a la vida privada; pero fiel a sus principios de

lealtad, tan luego como su hijo Jaime llegó a los veinte años, le hizo

ocupar su puesto bajo las banderas.

En la época en que le ponemos en escena, Jaime Watt era un hombre de

unos cuarenta y cinco años, aunque representaba diez más por lo menos,

por las innumerables fatigas de la dura vida militar en que había

trascurrido su juventud.

Era un hombre de cinco pies y ocho pulgadas de estatura, robusto

y vigoroso, ancho de hombros, seco, nervioso y dotado de una

constitución de hierro; su rostro, cuyas líneas eran de extremada

rigidez, tenía impresa esa expresión de enérgica voluntad mezclada

con indiferencia, rasgo peculiar de la fisonomía de los hombres cuya

existencia no ha sido sino una serie continua de peligros vencidos.

Su cabellera corta y canosa, su tez tostada, sus ojos negros y

penetrantes, su boca bien rasgada, pero de labios algo delgados, daban

a su semblante un aspecto de severidad inflexible que no carecía de

grandeza.

El capitán Watt, casado hacía dos años con una preciosa joven a quien

adoraba, era padre de dos hijos, un niño y una niña.

Su mujer, llamada Fanny, era parienta suya lejana. Era morena, con unos

ojos azules encantadores, y tenía un carácter dulce y modesto. A pesar

de ser mucho más joven que su marido, puesto que aún no tenía veintidós

años, Fanny le profesaba el más puro y acendrado cariño.

Cuando el veterano militar vio que era padre, cuando comenzó a

experimentar las alegrías íntimas de la familia, se verificó en él una

revolución completa; le inspiró súbita repugnancia la carrera militar,

y ya no deseó más que los goces tranquilos del hogar.

Jaime Watt era uno de esos hombres para quienes la concepción de un

proyecto va seguida inmediatamente después de su ejecución. Por eso,

tan luego como se le ocurrió la idea de retirarse del servicio la

realizó, resistiéndose a todas las reflexiones y objeciones que sus

amigos le hacían.

Sin embargo, aunque el capitán deseaba volver a la vida privada, no

era su intención en manera alguna abandonar el uniforme para vestirse

el traje de paisano. La vida monótona de las ciudades de la Unión nada

agradable podía ofrecer para un antiguo soldado cuyo estado normal,

durante todo el curso de su existencia, había sido, por decirlo así, la

agitación y el movimiento.

Por consiguiente, después de haberlo reflexionado maduramente, se fijó

en un término medio que, a su modo de ver, debía salvar lo que la vida

civil pudiese tener de demasiado sencilla y tranquila para él.

Este medio era él de solicitar una concesión de territorio en la

frontera india, desmontar aquel terreno con sus enganchados y sus

criados, y vivir allí feliz y ocupado, como un señor de la edad media,

en medio de sus vasallos.

Este pensamiento le halagaba tanto más al capitán, cuanto que

le parecía que de este modo continuaba en cierto modo sirviendo

activamente a su país, puesto que plantaba los primeros jalones de una

prosperidad futura, y hacía surgir los primeros resplandores de la

civilización en unas tierras entregadas todavía a todos los horrores de

la barbarie.

El capitán había estado ocupado durante mucho tiempo con su compañía en

defender las fronteras de la Unión contra las depredaciones continuas

de los pieles rojas, y en oponerse a sus incursiones. Así pues, tenía

un conocimiento superficial, si se quiere, pero suficiente, de las

costumbres indias y de los medios que era preciso emplear para no ser

hostigado por aquellos vecinos turbulentos.

En el curso de las numerosas expediciones que su servicio le obligó a

hacer, el capitán visitó muchas llanuras fértiles, muchos territorios

cuyo aspecto le había agradado; pero había uno, sobre todo, cuyo

recuerdo quedaba pertinazmente grabado en su memoria: era él de un

valle delicioso que vislumbró un día como en un sueño, después de una

cacería verificada en compañía de un habitante de los bosques, cacería

que duró más de tres semanas y que le llevó insensiblemente más lejos

de lo que ningún hombre civilizado había visitado hasta entonces en el

desierto.

Los Merodeadores de Fronteras · 第 3 / 20 段