--¡Tiene V. razón! ¿Por qué no he de decirle lo que mi corazón

siente? Si en el mundo hoy un hombre que se interese por mí, es V.,

sin disputa; por lo tanto, más vale que sepa yo en seguida a qué

atenerme. La única profesión que me conviene es la de cazador de

los bosques. A ella me impulsan mis instintos y mis inspiraciones.

Todas mis tentativas de evasión, cuando yo era esclavo, tendían a ese

objeto. No soy más que un pobre negro con un talento muy limitado y una

inteligencia muy corta, que no podrían servirme de un modo conveniente

en las ciudades, en donde al hombre no se le aprecia por lo que vale,

sino únicamente por lo que parece. ¿Para qué me serviría esa libertad,

con la que tanto me envanezco, en una ciudad en donde, para mantenerme

y vestirme, al instante me vería obligado a sacrificarla en provecho

del primero que se dignase procurarme los recursos más necesarios

de que me hallo completamente privado? Solo habría reconquistado mi

libertad para convertirme yo mismo de nuevo en esclavo. Así pues, solo

en el desierto es en donde puedo aprovechar ese beneficio que debo

a V., sin temer nunca que la miseria me arrastre a cometer acciones

indignas de un hombre que tiene el convencimiento de lo que vale. Por

eso, solo en el desierto es donde puedo vivir en lo sucesivo, sin

volver a acercarme a las ciudades más que para cambiar las pieles de

los animales que yo haya cazado por balas, pólvora y ropa. Soy joven y

vigoroso: ¡Dios, que me ha protegido hasta ahora, no me abandonará!

--Quizás tenga V. razón: yo, para quien la vida que llevo es preferible

a cualquiera otra, no puedo censurar a V. porque quiera seguir mi

ejemplo. ¡Bueno! Ahora que todo está arreglado y convenido a gusto de

V., vamos a separarnos, mi buen Quoniam. Dios le dé a V. buena suerte,

y quizás nos encontremos algún día en el territorio indio.

El negro se echó a reír, enseñando dos hileras de dientes blancos como

la nieve, pero no respondió.

Tranquilo se echó su rifle al hombro, le hizo una seña postrera de

amistosa despedida, y se volvió para dirigirse a su piragua.

Quoniam cogió la escopeta que el cazador le había dejado, se puso el

cuchillo de monte en el cinto, del cual colgó también los dos cuernos

llenos de pólvora y balas, y luego, habiendo dirigido una mirada en

torno suyo para cerciorarse de que nada dejaba olvidado, siguió al

cazador, que le había tomado ya una delantera bastante considerable.

Le alcanzó en el momento en que llegaba junto a la piragua y se

disponía a ponerla a flote. Al oír el cazador el ruido de los pasos, se

volvió y dijo:

--¡Calle! ¿Es V. todavía, Quoniam?

--¡Sí! contestó el negro.

--¿Qué motivo le trae a V. hacia este lado?

--¡Ah! dijo Quoniam metiéndose los dedos entre su encrespada cabellera

y rascándose con furor, es que ha olvidado V. una cosa.

--¿Yo?

--Sí Señor, respondió el negro con cierto embarazo.

--¿Qué es?

--El llevarme con V.

--Es verdad, dijo el cazador tendiéndole la mano; perdóneme V., hermano.

--Según eso, ¿consiente V.? exclamó Quoniam con una alegría mal

contenida.

--Sí.

--¿Ya no nos separaremos?

--Eso dependerá de la voluntad de V.

--¡Oh! Entonces, exclamó lanzando una carcajada alegre, viviremos mucho

tiempo juntos.

--¡Pues bien! ¡Corriente! respondió el cazador; venga V.: dos hombres,

cuando tienen completa fe el uno en el otro, son muy fuertes en el

desierto. Sin duda Dios ha querido que nos encontremos. En adelante

seremos hermanos.

Quoniam saltó a la barca y cogió alegremente los remos.

El pobre esclavo nunca había sido tan feliz, nunca había encontrado

el aire tan puro, la naturaleza tan bella; le parecía que todo le

sonreía y le festejaba; desde aquel momento iba a comenzar realmente

a vivir con la existencia de los demás hombres, sin ninguna traba

amarga; lo pasado no era ya más que un sueño. Había encontrado en su

defensor lo que tantos hombres buscan en vano durante el curso de una

larga existencia, un amigo, un hermano, en quien podría confiar por

completo, y para el cual no tendría secretos.

En pocos minutos llegaron al sitio en que el canadiense había reparado

al llegar; aquel punto, claramente designado por los dos sauces caídos

en cruz el uno sobre el otro, formaba una especie de promontorio de

arena muy favorable para establecer un campamento por la noche, porque

desde allí se dominaba, no solo el curso del río hasta una distancia

muy larga por ambos lados, sino que también era fácil vigilar las dos

orillas y evitar una sorpresa.

--Aquí es donde pasaremos la noche, dijo Tranquilo; trasportemos a

tierra la piragua para guarecer nuestra hoguera.

Quoniam cogió la ligera embarcación, la levantó en alto, y colocándola

sobre sus robustos hombros, la llevó al sitio que su compañero le había

designado.

Había trascurrido ya un espacio de tiempo considerable desde que el

canadiense y el negro se encontraron de un modo tan milagroso. El sol,

que estaba ya bastante bajo en el horizonte en el momento en que el

cazador dobló el promontorio y cazó los flamantes, se hallaba a la

sazón próximo a desaparecer; anochecía con rapidez, y los segundos

términos del paisaje comenzaban a perderse entre las sombras del

crepúsculo que se condensaba cada vez más.

El desierto despertaba; los roncos rugidos de las fieras se oían por

intervalos, mezclándose con los maullidos de los carcayús y con los

violentos aullidos de los lobos rojos.

El cazador escogió la leña más seca que pudo hallar para encender la

lumbre, a fin de que el humo fuese poco, y la llama, por el contrario,

iluminase los alrededores de modo que denunciase inmediatamente la

aproximación de los terribles vecinos cuyos gritos oía, y a los que la

sed tardaría muy poco en llevar hacia aquel sitio.

Los flamantes asados y algunos puñados de _pennekann_ (carne picada y

reducida a polvo) constituyeron la cena de los aventureros, cena muy

sobria, regada tan solo con agua del río; pero que comieron con buen

apetito y como hombres que saben apreciar el valor de los manjares que

les depara la Providencia, sean los que quieran.

Cuando hubieron comido el último bocado, el canadiense partió

fraternalmente su provisión de tabaco con su nuevo compañero, y

encendió su pipa india, que saboreó como un verdadero aficionado,

ejemplo seguido concienzudamente por Quoniam.

--Ahora, dijo Tranquilo, bueno será que sepa V. que un antiguo amigo

mío hará como tres meses que me dio una cita para este sitio. Es un

jefe indio, y debe llegar aquí mañana al amanecer. Aunque es muy joven,

ya goza de gran nombradía en su tribu. Le quiero como a un hermano, y

casi puede decirse que nos hemos criado juntos. Me alegraré de ver que

simpatice con V. Es un hombre entendido y experimentado, para quien la

vida del desierto no tiene secretos. La amistad de un jefe indio es

cosa preciosa para un cazador de los bosques; piense V. en eso. Por lo

demás, estoy convencido de que convendrá V. en ello al primer golpe de

vista.

--Haré todo lo que sea necesario para conseguir su amistad. Basta

que ese jefe sea amigo de V. para que yo desee que lo sea mío

también. Hasta ahora, aunque como esclavo fugitivo he vagado durante

mucho tiempo por los bosques, todavía no he visto nunca a un indio

independiente; así pues, es muy posible que, contra mi voluntad, cometa

alguna torpeza. Crea V., sin embargo, que no será por culpa mía.

--Estoy convencido de ello; tranquilícese V. respecto de eso: advertiré

al jefe, quien creo que quedará tan sorprendido como V., porque

supongo que V. será el primer negro a quien haya encontrado en toda

su vida. Ea, ya ha anochecido por completo; debe V. estar cansado por

la obstinada persecución que ha sufrido durante todo el día y por las

emociones fuertes que ha experimentado; duerma V., que yo velaré por

los dos, pues mañana, probablemente, tendremos que hacer una marcha muy

larga, es preciso que esté V. ágil y dispuesto.

El negro comprendió lo justas que eran las observaciones de su amigo,

con tanto más motivo, cuanto que estaba abrumado de cansancio; los

sabuesos de su antiguo amo le habían perseguido tan de cerca, que

en las cuatro últimas noches no había podido dormir. Así pues,

prescindiendo de toda vergüenza mal entendida, se tendió en el suelo

con los pies junto al fuego, y se durmió casi al momento.

Tranquilo permaneció sentado sobre la piragua, con su rifle entre las

piernas, a fin de estar dispuesto para cualquier alarma, y quedó

sumido en profundas reflexiones, al paso que vigilaba con el mayor

cuidado los alrededores y prestaba atento oído al ruido más leve.

[1] Nada hay que nos parezca tan ridículo como ese lenguaje

extravagante que se atribuye a los negros, lenguaje que, en primer

lugar, tiene la desventaja de hacer más lenta la narración, y que

además es falso, doble razón que nos induce a no emplearle aquí, aunque

en concepto de algunos perjudique al colorido local. _(N. del A.)._

IV.

LA MANADA.

La noche estaba espléndida. El cielo, de un azul oscuro, se veía

tachonado por millones de estrellas que derramaban una luz dulce y

misteriosa.

El silencio del desierto era interrumpido por mil ruidos melodiosos

y animados; leves resplandores que se filtraban por entre las hojas

de los árboles corrían sobre la fina yerba a manera de fuegos fatuos.

En la orilla opuesta del río algunos robles secos y carcomidos se

alzaban cual fantasmas, y la brisa agitaba sus largas ramas cubiertas

de plantas trepadoras; mil rumores cruzaban el espacio; gritos

incalificables salían de las madrigueras invisibles de la selva; se

oían los suspiros ahogados del viento entre las hojas, el murmullo del

agua sobre los guijarros de la playa, y ese ruido, en fin, inexplicable

de las oleadas de la vida, ruido que procede de Dios, y al que hace ser

aún más imponente la soledad majestuosa de las llanuras americanas.

El cazador se dejaba arrastrar, a pesar suyo, por la omnipotente

influencia de aquella naturaleza primitiva que le rodeaba: al

encontrarse aislado así en ella, por todos los poros percibía su savia

fortalecedora; todo su ser se estremecía y se identificaba con la

escena sublime a que asistía; apoderábase de él una melancolía dulce

y serena: tan lejos de los hombres y de su mezquina civilización, se

sentía más cerca de Dios, y su fe cándida se aumentaba con toda la

admiración que le causaban los secretos medio revelados de los grandes

arcanos de la naturaleza, secretos que sorprendía, por decirlo así, en

el acto.

Y es que el alma se engrandece, y los pensamientos se ensanchan con

el contacto de esa vida nómada, en la que cada minuto que trascurre

produce peripecias nuevas e imprevistas, en la que a cada paso ve el

hombre el dedo de Dios señalado de una manera evidente en los paisajes

ásperos y grandiosos que le rodean.

Así esa existencia de peligros y de privaciones tiene, para los que la

han ensayado una vez siquiera, encantos y embriagueces inexplicables,

alegrías incomprensibles, que hacen que siempre se las eche de menos,

porque solo en el desierto es donde el hombre siente que vive, donde

tiene la medida de sus fuerzas, y donde se le revela el secreto de su

poder.

Así trascurrían las horas con rapidez para el cazador, sin que el

sueño llegase todavía a cerrar sus párpados; ya la fresca brisa de la

mañana hacía estremecer las altas copas de los árboles y rizaba la

tersa superficie del río, en cuyas aguas plateadas se reflejaban las

grandes sombras de sus accidentadas orillas. En el horizonte, anchas

fajas rosadas anunciaban la próxima salida del sol; el búho, oculto en

la enramada, había saludado por dos veces con su grito melancólico la

vuelta del día: eran próximamente las tres de la madrugada.

Tranquilo abandonó el rústico asiento en que hasta entonces había

permanecido en completa inmovilidad, sacudió el entorpecimiento que se

había apoderado de él, y dio algunos paseos por la playa con el fin de

restablecer la circulación de la sangre en todos sus miembros.

Cuando un hombre, no diremos se despierta, porque el buen canadiense

ni un solo instante había cerrado los ojos durante el trascurso de

aquella larga velada, pero sacude el entorpecimiento en que le han

sumido el silencio, las tinieblas y sobre todo el frío penetrante de

la noche, necesita algunos minutos antes de que consiga entrar de

nuevo en posesión de todas sus facultades y restablecer el equilibrio

en su cerebro: esto fue lo que le sucedió al cazador. Sin embargo,

acostumbrado hacía muchos años a la vida del desierto, aquel espacio

de tiempo fue menos largo para él que para cualquier otro, y muy luego

recobró la plenitud de su inteligencia, sintiéndose tan despejado, y

con la mirada tan penetrante y el oído tan sutil, como en la noche

anterior. Disponíase, por lo tanto, a despertar a su compañero, que

seguía durmiendo con ese sueño bueno y reparador que en este mundo solo

disfrutan los niños y los hombres cuya conciencia está pura de todo mal

pensamiento, cuando de improviso se paró, prestando atento oído con

marcada inquietud.

Desde las escondites profundidades del bosque que formaba un espeso

cortinaje detrás de su campamento, el canadiense había oído alzarse un

ruido inexplicable que aumentaba por momentos, y que muy luego adquirió

las proporciones de los violentos estampidos del trueno.

Este ruido se acercaba cada vez más: eran patadas secas, fuertes y

apresuradas, estremecimientos y roces de árboles y de ramas, mugidos

sordos que parecían sobrehumanos, en fin, un rumor incalificable,

espantoso, indefinible, que, acercándose ya bastante, resonaba como el

ruido sordo y continuo de una gran masa de agua cuando va a producir

una inundación.

Quoniam, que había despertado sobresaltado por aquel tumulto singular,

estaba de pie, con su rifle en la mano y la vista fija en el cazador,

dispuesto a obrar a la primera señal, aunque sin adivinar lo que

pasaba, con la imaginación embotada todavía por la pesadez del sueño, y

poseído de ese terror instintivo que se apodera del hombre más valiente

cuando comprende que le amenaza un peligro terrible y desconocido.

Así trascurrieron algunos minutos.

--¿Qué haremos? murmuró Tranquilo con vacilación, procurando, aunque

inútilmente, explorar con la mirada las profundidades de la selva y

adivinar lo que ocurría.

De pronto resonó a corta distancia un silbido agudo.

--¡Ah! exclamó Tranquilo haciendo un movimiento de alegría y alzando

súbitamente la cabeza, por fin voy a saber a qué atenerme.

Y llevándose los dedos a la boca, imitó el grito de la garza. En el

mismo instante se precipitó un hombre fuera de la selva, y dando dos

saltos de tigre llegó junto al cazador.

--¡Ooah! exclamó; ¿Qué hace aquí mi hermano?

Aquel hombre era el Ciervo-Negro.

--Le estaba a V. aguardando, jefe, respondió el canadiense.

El piel roja era un hombre de veintiséis a veintisiete años, de

estatura mediana, pero muy bien proporcionada; llevaba el gran traje

de guerra de su nación, y estaba pintado y armado como para ir a una

expedición. Su semblante era hermoso; su fisonomía inteligente y leal

revelaba valor y bondad, y en todas sus facciones se reflejaba una

majestad suprema.

En aquel momento parecía que se hallaba poseído de una agitación tanto

más extraordinaria, cuanto que los pieles rojas consideran como punto

de honra el no dejarse conmover nunca por suceso alguno, por terrible

que sea; sus ojos lanzaban relámpagos, sus palabras eran breves, su voz

tenía un acento metálico.

--¡Pronto! dijo, hemos perdido ya demasiado tiempo.

--Pues ¿qué sucede? preguntó Tranquilo.

--¡Los bisontes! dijo el jefe.

--¡Oh! ¡Oh! exclamó Tranquilo con terror.

Había comprendido: aquel ruido que estaba oyendo hacía algún tiempo,

le producía una manada de bisontes que venía del este, y se dirigía

probablemente a las praderas altas del oeste.

Lo que el cazador había adivinado tan pronto necesita serle explicado

brevemente al lector, a fin de que pueda comprender el peligro terrible

a que de improviso se hallaban expuestos nuestros personajes.

Llámese manada, en las antiguas posesiones españolas, a una reunión

de varios millares de animales salvajes. Los bisontes, en sus

emigraciones periódicas durante la estación de los amores, se reúnen

algunas veces en manadas de quince o veinte mil cabezas, que forman

una tropa compacta, y viajan juntos; aquellas reses caminan siempre en

derechura delante de sí, oprimiéndose unas contra otras, trasponiendo

y derribando cuantos obstáculos se oponen a su paso. Desgraciado el

temerario que intentase detener O variar la dirección de su furibunda

carrera, porque sería destrozado y molido como paja bajo los pies de

aquellos animales estúpidos, que pasarían por cima de su cuerpo sin tan

siquiera verle.

Así pues, la posición de nuestros personajes era muy crítica, porque la

casualidad les había colocado precisamente en frente de una manada que

llegaba sobre ellos con la rapidez del rayo.

Toda fuga era imposible; no había que pensar en ello, y la resistencia

era aún más imposible.

El ruido se acercaba con una rapidez espantosa; ya se oían clara y

distintamente los mugidos salvajes de los bisontes mezclados con

los aullidos de los lobos rojos y con los ásperos maullidos de los

jaguares, que iban saltando por los flancos de la manada y cazando a

los rezagados o a los que se apartaban imprudentemente a la derecha o a

la izquierda.

Con un cuarto de hora más que trascurriese, nuestros tres hombres

quedaban perdidos; pues la espantosa masa aparecía barriéndolo todo en

su paso con esa fuerza irresistible de la fiera, a la que nada puede

vencer.

Lo repetimos, la posición era crítica.

El Ciervo-Negro se dirigía al punto de cita que él mismo había

designado al cazador canadiense; ya no distaba más que tres o cuatro

leguas del sitio en que pensaba encontrar a su amigo, cuando su oído

ejercitado percibió el ruido de la furibunda carrera de los bisontes.

Cinco minutos le bastaron para comprender la inminencia del peligro

que amenazaba al cazador: con esa rapidez de decisión que caracteriza

a los pieles rojas en los casos apurados, resolvió avisar a su amigo y

salvarle o perecer con él; entonces se lanzó a la carrera, salvando con

vertiginosa rapidez el espacio que le separaba del sitio de la cita,

sin tener más que un pensamiento fijo, el de tomar una gran delantera a

la manada, de modo que el cazador pudiese salvarse: desgraciadamente,

por rápida que fuese su carrera, y los indios son afamados por su

fabulosa agilidad, no pudo llegar bastante a tiempo para poner en salvo

a aquel a quien quería librar.

Cuando el jefe, después de haber avisado al cazador, hubo reconocido la

inutilidad de sus esfuerzos; verificóse en él una reacción súbita; sus

facciones, animadas por la inquietud, recobraron su rigidez habitual;

una sonrisa triste arqueó sus labios desdeñosos, y se dejó caer al

suelo murmurando con voz sombría:

--¡Wacondah no ha querido!

Pero Tranquilo no aceptó la posición con igual resignación y fanatismo;

el cazador pertenecía a esa raza de hombres enérgicos cuyo carácter,

de un temple muy fuerte, nunca se deja abatir, y que luchan hasta el

último instante.

Cuando vio que el piel roja, con el fatalismo propio de su raza,

abandonaba la partida, resolvió hacer un esfuerzo supremo e intentar un

imposible.

A veinte pasos más allá del sitio en que el cazador había establecido

su campamento, había varios árboles derribados por el suelo, muertos de

vejez, y, por decirlo así, amontonados unos sobre otros; luego, detrás

de aquella especie de atrincheramiento natural, se alzaba un grupo de

cinco o seis robles aislados de todos los demás, y que formaban como un

oasis en medio de los arenales de la orilla del río.

--¡Alerta! gritó el cazador. Quoniam, recoja V. toda la leña seca que

pueda, y véngase acá; jefe, haga V. lo mismo.

Los dos hombres obedecieron sin comprender, pero tranquilizados por la

sangre fría de su compañero.

En pocos momentos quedó amontonada sobre los árboles derribados una

cantidad considerable de leña seca.

--¡Bueno! gritó el cazador; ¡Vive Dios! Aún no se ha perdido todo:

¡buen ánimo!

Llevando entonces a aquella hoguera improvisada los restos de la lumbre

que había encendido en su campamento para combatir el frío de la noche,

atizó y avivó el fuego con materias resinosas, y en menos de cinco

minutos una ancha llamarada se alzó oscilando hacia el cielo, y formó

una cortina espesa y de más de diez metros de extensión.

--¡En retirada! ¡En retirada! exclamó el cazador; ¡Seguidme!

El Ciervo-Negro y Quoniam se precipitaron en pos de él.

El canadiense no fue muy lejos; cuando hubo llegado al grupo de árboles

de que hemos hablado, trepó al más corpulento con sin igual destreza y

agilidad, y muy luego sus compañeros y él se encontraron encaramados

a cincuenta metros de altura, cómodamente establecidos sobre fuertes

ramas, y ocultos por completo entre las hojas.

--Así, dijo el canadiense con la mayor sangre fría; éste es nuestro

último recurso. En cuanto aparezca la columna, fuego sobre los

flanqueadores; si el resplandor de las llamas asusta a los bisontes,

nos salvamos; si no, no nos quedará más remedio que morir. Pero al

menos habremos hecho todo lo posible para salvar nuestras vidas.

El fuego encendido por el cazador había tomado proporciones

gigantescas; se había ido extendiendo, inflamando las yerbas y los

arbustos, y aunque estaba demasiado lejos de la selva para poder

incendiarla, muy luego formó una cortina de llamas de cerca de un

cuarto de milla de longitud, y cuyos resplandores rojizos teñían a lo

lejos el cielo y daban al paisaje un aspecto de grandiosidad imponente

y salvaje.

Los cazadores, desde el sitio en que se habían refugiado, dominaban

aquel océano de llamas, que no podía alcanzarles, y se cernían, por

decirlo así sobre él.

De pronto se oyó un crujido horrible, y en el linde de la selva

apareció la vanguardia de la manada.

--¡Atención! exclamó el cazador echándose el rifle a la cara.

Los bisontes, sorprendidos de improviso por la vista de aquel muro

de llamas que se alzaba súbitamente ante ellos, deslumbrados por el

resplandor del fuego, y al mismo tiempo abrasados por aquel calor tan

fuerte, vacilaron por un instante como si se hubiesen consultado, y en

seguida se precipitaron hacia adelante con un furor ciego, lanzando

bramidos de cólera.

Sonaron tres tiros.

Los tres bisontes que iban más adelantados cayeron revolcándose en las

angustias de la agonía.

--Estamos perdidos, dijo Tranquilo fríamente.

Los bisontes seguían avanzando.

Pero muy luego el calor llegó a ser insoportable; el humo, lanzado por

la brisa en dirección de la manada, cegó a las reses, y entonces se

verificó una reacción; hubo un momento de parada, seguido muy pronto de

un movimiento de retroceso.

Los cazadores, con el pecho anheloso, seguían con una mirada ansiosa

las singulares peripecias de aquella escena terrible. Era una cuestión

de vida o muerte para ellos la que en aquel momento se decidía; su

existencia estaba colgada de un hilo, por decirlo así.

Entre tanto la imponente masa seguía avanzando. Los animales que

guiaban a la manada no pudieron resistir al empuje de los que les

seguían; fueron derribados y pisoteados por los que venían detrás;

pero estos, abrumados a su vez por el calor, quisieron también

retroceder; en aquel momento supremo algunos bisontes se desbandaron

a derecha e izquierda, y esto bastó para que los demás les siguiesen;

entonces se establecieron dos corrientes, una por cada lado del fuego,

y la manada, cortada en dos, pasó como un torrente que ha roto sus

diques, reuniéndose en la playa y vadeando el río en columna cerrada.

Era un espectáculo horrible el que ofrecía aquella manada huyendo

aterrada y lanzando gritos de terror, perseguida por las fieras y

encerrando en su centro el fuego encendido por el cazador, que parecía

un faro lúgubre destinado a iluminar el camino.

Muy luego se echaron los bisontes al río, que atravesaron en línea

recta, y su prolongada columna oscura serpenteó en la opuesta orilla,

en donde no tardó en desaparecer la cabeza de la manada.

Los cazadores estaban salvados, merced a la presencia de ánimo y sangre

fría del canadiense; sin embargo, todavía permanecieron ocultos durante

dos horas entre las ramas que les cobijaban.

Los bisontes continuaban pasando por derecha e izquierda. El fuego se

había apagado por falta de alimento; pero ya estaba dada la dirección a

las reses, y al llegar a la apagada hoguera, que no era ya más que un

montón de cenizas, la columna se dividía por sí sola y desfilaba por

ambos lados.

Al fin apareció la retaguardia, hostigada por los jaguares que

saltaban por sus flancos, y después todo concluyó. El desierto,

cuyo silencio había sido turbado por un instante, volvió a caer en

su habitual tranquilidad. Solo una ancha senda trazada en medio del

bosque y sembrada de árboles destrozados atestiguó el paso furibundo de

aquella tropa desordenada.

Los cazadores respiraron; a la sazón podían abandonar sin peligro su

fortaleza aérea y bajar de nuevo al suelo.

V.

EL CIERVO-NEGRO.

Tan pronto como nuestros tres personajes hubieron bajado del árbol,

reunieron los tizones desparramados de la hoguera casi apagada, con el

fin de encender el fuego para condimentar el almuerzo.

Los víveres no les escaseaban, y no se vieron obligados a recurrir a

sus provisiones particulares, pues varios bisontes tendidos sin vida

en el suelo les ofrecían con profusión el manjar más suculento del

desierto.

Los Merodeadores de Fronteras · 第 2 / 20 段