Mientras se estaba haciendo la cura, el herido volvió en sí

LOS

MERODEADORES

DE FRONTERAS.

--NOVELA ESCRITA EN FRANCÉS POR--

MR. GUSTAVO AIMARD

TRADUCCIÓN DE

D. J.F. SAENZ DE URACCA.

MADRID

CARLOS BAILLY-BAILLIERE

LIBRERÍA EXTRANJERA Y NACIONAL, CIENTÍFICA Y LITERARIA

_--Plaza del Príncipe Don Alfonso, núm._.8.--

PARÍS - J. B. Bailliere e hijo. LONDRES - H. Bailliere.

NUEVA-YORK - Bailliere hermanos.

1863.

LOS MERODEADORES DE FRONTERAS

I.

EL FUGITIVO.

Las inmensas selvas vírgenes que cubrían el territorio de la América

septentrional tienden cada vez más a desaparecer bajo los hachazos

precipitados de los _squatters_ y de los desmontadores americanos,

cuya actividad insaciable hace que los límites de los desiertos vayan

retrocediendo de continuo hacia el Oeste.

Ciudades florecientes, campos bien labrados y cuidadosamente sembrados,

ocupan ahora las regiones en que, apenas hace diez años, se alzaban

bosques impenetrables cuyas ramas seculares, solo dejaban penetrar

a duras penas los rayos del sol, y cuyas inexploradas profundidades

cobijaban animales de todas clases, sirviendo al paso de guarida a

hordas de indios nómadas, cuyas costumbres belicosas hacían resonar

con frecuencia el grito de guerra bajo aquellas bóvedas majestuosas de

ramas y de hojarasca.

Hoy los bosques han caído; sus sombríos habitantes, rechazados

paulatinamente por la civilización que les persigue sin tregua ni

descanso, han huido paso a paso delante de ella; han ido a buscar

a lo lejos otros retiros más seguros, llevándose consigo los huesos

de sus padres a fin de que no fuesen desenterrados y profanados por

la desapiadada reja del arado de los blancos, que traza su largo y

productivo surco sobre sus antiguos territorios de caza.

Este desmonte continuo, incesante, del continente americano ¿será un

mal? No por cierto; al contrario, el progreso, que marcha a pasos

agigantados y tiende a trasformar antes de un siglo el suelo del

Nuevo Mundo, merece todas nuestras simpatías. Sin embargo, no podemos

menos de experimentar un sentimiento de dolorosa conmiseración hacia

esa raza infortunada puesta brutalmente fuera de la ley, acorralada

sin compasión por todos lados, que disminuye de día en día y se ve

condenada de un modo fatal a desaparecer muy pronto de aquella tierra,

cuyo inmenso territorio, hace todo lo más cuatro siglos, cubría con sus

innumerables masas.

Si el pueblo elegido por Dios para operar los cambios que señalamos

hubiese comprendido su misión, quizás a una obra de sangre y de

carnicería la hubiera convertido en una obra de paz y de paternidad; y

armándose con los divinos preceptos del Evangelio, en vez de cogerlos

rifles, las teas incendiarias y los sables, hubiera llegado, en un

tiempo dado, a verificar una fusión de las dos razas, blanca y roja,

y a obtener un resultado más provechoso para el progreso, para la

civilización, y sobre todo para esa gran fraternidad de los pueblos que

a nadie le es lícito despreciar, y de la que un día tendrán que dar

terrible y estrecha cuenta todos aquellos que, olvidan sus preceptos

divinos y sagrados.

No se convierte uno impunemente en asesino de una raza entera; no se

baña a sabiendas en la sangre inocente, sin que al fin esa sangre clame

venganza, sin que el día de la justicia brille y llegue bruscamente a

echar su espada en la balanza entre los vencedores y los vencidos.

En la época en que comienza nuestra historia, es decir, hacia fines

del año de 1812, la emigración no había adquirido todavía ese

acrecentamiento inmenso que muy luego debía llegar a tener; acababa

de comenzar, por decirlo así, y los vastos bosques que se extendían y

cubrían un espacio inmenso entre las fronteras de los Estados Unidos

y de Méjico, solo eran recorridos por los pasos furtivos de los

traficantes y de los cazadores de los bosques, o por los _mocasines_

silenciosos de los pieles rojas.

En medio de uno de los inmensos bosques que acabamos de mencionar, es

donde comienza nuestro relato, el 27 de octubre de 1812, hacia las tres

de la tarde.

El calor había sido sofocante bajo la enramada; pero en aquel momento

los rayos del sol, cada vez más oblicuos, alargaban la sombra de los

árboles, y la brisa de la tarde, que acababa de levantarse, refrescaba

la atmósfera y se llevaba a lo lejos las nubes de mosquitos que durante

toda la mañana habían estado zumbando y revoloteando encima de los

pantanos.

Era en las orillas de un afluente perdido del Arkansas: los árboles de

ambos lados, inclinados suavemente, formaban una espesa bóveda verde

sobre sus aguas apenas rizadas por el soplo inconstante de la brisa: en

algunas partes, flamantes de color de rosa, garzas blancas plantadas

sobre sus largas patas, pescaban su comida con esa mansedumbre

indolente que por lo general caracteriza a la raza de los grandes

zancudos; pero de improviso se pararon, tendieron el cuello hacia

adelante, como para escuchar algún ruido desusado, y echando a correr

repentinamente para olfatear en dirección del viento, emprendieron el

vuelo lanzando gritos de terror.

De pronto resonó un tiro, repetido por los ecos del bosque, y cayeron

dos flamantes.

En el mismo instante una piragua ligera dobló con rapidez un cabo

pequeño formado por manglares que se avanzaban sobre el lecho del

río, y comenzó a perseguir a los dos flamantes que habían caído al

agua: uno de ellos había quedado muerto en el acto, y era arrastrado

por la corriente; pero el otro, levemente herido al parecer, huía con

extremada rapidez y nadaba con vigor.

La embarcación de que hemos hablado era una piragua india construida

con corteza de abedul arrancada del tronco por medio de agua caliente.

En la piragua no había más que un solo hombre; su rifle, colocado en

la proa, y que todavía echaba humo, probaba que él era quien había

disparado el tiro.

Haremos el retrato de este personaje, que está llamado a representar un

papel importante en nuestra narración.

Según podía juzgarse en aquel momento por razón de su postura en la

piragua, era un hombre de estatura elevada; su cabeza, algo pequeña, se

hallaba unida por un cuello robusto a unos hombros de una anchura poco

común; músculos duros como cuerdas se destacaban en sus brazos a cada

movimiento que hacían; en resumen, todo el aspecto de aquel individuo

denotaba un vigor llevado a su último límite.

Su rostro, animado por unos ojos grandes y azules, chispeantes

de sagacidad, tenía una expresión de franqueza y de lealtad que

agradaba desde el primer momento, y que completaba el conjunto de sus

facciones regulares y de su ancha boca sobre la cual se deslizaba

una eterna sonrisa de buen humor. Tendría, cuando más, de veintitrés

a veinticuatro años, aunque su tez tostada por la intemperie de las

estaciones y la poblada barba de un rubio claro que cubría la parte

inferior de su cara, le hacían aparentar más edad.

Aquel hombre vestía el traje de cazador de las selvas; un gorro de

piel de castor, cuya cola colgaba sobre sus espaldas, sujetaba con

sumo trabajo los espesos rizos de su dorada cabellera, que caía en

desorden sobre sus hombros; una blusa de caza, de percal azul, oprimida

en las caderas por un cinturón de piel de gamo, le caía hasta cerca de

sus nervudas rodillas; unos _mitasses_ o especie de calzones ceñidos

cubrían sus piernas, y sus pies estaban guarecidos de las espinas y de

las picaduras de los reptiles por unos _mocasines_ indios.

Su morral, de cuero curtido, le colgaba del hombro izquierdo en forma

de bandolera, y, como sucede a todos los audaces cazadores de las

selvas vírgenes, sus armas consistían en un buen rifle, un cuchillo

de monte de hoja recta de diez pulgadas de longitud y dos de anchura,

y una hacha de hierro que brillaba como un espejo. Estas armas,

exceptuando naturalmente el rifle, estaban colgadas de su cinturón,

el cual sostenía además dos cuernos de bisonte llenos de pólvora y de

balas.

Equipado de este modo, navegando en aquella piragua rodeada por un

paisaje imponente, el aspecto de aquel hombre tenía algo de grandioso,

que imponía e inspiraba un respeto involuntario.

El cazador de los bosques, propiamente dicho, es uno de esos numerosos

tipos del Nuevo Mundo que no tardarán en desaparecer por completo ante

los progresos incesantes de la civilización.

Los cazadores de los bosques, esos atrevidos exploradores de los

desiertos, en los cuales trascurría su existencia entera, eran unos

hombres que, impulsados por un espíritu de independencia y un deseo

desenfrenado de libertad, sacudían, para no volver a someterse nunca a

ellos, los pesados vínculos con que la sociedad sujeta a sus miembros,

y que, sin más objeto que el de vivir y morir sin verse avasallados

por ninguna otra voluntad que no sea la suya, nunca impulsados por

la esperanza de ningún lucro, cosa que despreciaban por completo,

abandonaban las ciudades y se internaban resueltamente en las selvas

vírgenes; vivían al día, indiferentes respecto de lo presente, sin

cuidarse de lo porvenir, convencidos de que nunca les faltaría Dios

en un momento de necesidad, y colocándose así fuera de la ley común,

que desconocían, en el último límite que separa a la barbarie de la

civilización.

La mayor parte de los cazadores más afamados que vivían en los bosques

fueron canadienses. En efecto, en el carácter normando hay algo de

osado y aventurero, que es muy a propósito para ese género de vida

lleno de peripecias singulares y de sensaciones deliciosas cuyo encanto

embriagador solo pueden comprender aquellos que lo han disfrutado.

Los canadienses nunca han admitido como principio el cambio de

nacionalidad que los ingleses han intentado imponerles; se han

considerado siempre a sí mismos como franceses; sus ojos han quedado

constantemente fijos en esa ingrata madre patria que con tan cruel

indiferencia los abandonó.

Aún hoy en día, al cabo de tantos años, los canadienses continúan

siendo franceses; su fusión con la raza anglo-sajona solo es aparente,

y bastaría el pretexto más leve para producir un rompimiento definitivo

entre los ingleses y ellos.

El gobierno inglés lo sabe muy bien; y por eso emplea para con sus

colonias del Canadá una mansedumbre que se guarda muy bien de emplear

para con sus demás posesiones.

En los primeros tiempos de la conquista, esa repulsión (no nos

atrevemos: a decir odio), era tan pronunciada entre las dos razas, que

los canadienses emigraron en masa por no sufrir el yugo humillante que

se les quería imponer. Los que siendo demasiado pobres para abandonar

definitivamente su patria, se vieron obligados a continuar habitando en

aquella tierra envilecida ya por la ocupación extranjera, escogieron

la ruda profesión de cazadores de los bosques, y prefirieron adoptar

esa existencia de miserias y de peligros, a sufrir la vergüenza de

someterse a la ley de un vencedor aborrecido. Sacudiendo el polvo de

sus zapatos en los umbrales del paterno techo, se echaron la escopeta

al hombro, y ahogando un suspiro de pesadumbre, se alejaron para

no volver, internándose resueltamente en las selvas impenetrables

del Canadá, comenzando, sin saberlo, esa generación de intrépidos

exploradores de los que en el principio de nuestro relato hemos puesto

en escena a uno de los más hermosos y por desgracia últimos tipos.

El cazador continuaba remando vigorosamente; muy luego alcanzó el

primer flamante, que echó en el fondo de su piragua; pero el segundo le

dio más que hacer: durante algún tiempo hubo una lucha de rapidez entre

el pájaro herido y el cazador; sin embargo, el primero fue perdiendo

gradualmente sus fuerzas, sus movimientos se tornaron vacilantes, agitó

el agua de una manera convulsiva, un golpe de plano que le dio el

canadiense con un remo puso término a su agonía, y fue a reunirse con

su compañero en el fondo de la piragua.

Tan luego como el cazador hubo pescado su caza, retiró sus remos y se

puso a cargar su rifle con ese esmero que consagran a tal operación

los que saben que su vida puede depender de una carga de pólvora.

Cuando su arma se halló de nuevo en buen estado, el canadiense dirigió

en torno suyo una mirada exploradora.

--¡Eh! dijo al cabo de un instante hablando consigo mismo, hábito que

contraen por lo general los individuos cuya existencia es solitaria,

Dios me perdone, pero creo que, sin sospecharlo, he llegado al sitio

de la cita. No, no me engaño; allí a la derecha están los dos sauces

derribados y que han caído en cruz uno sobre otro, cerca de aquella

roca que avanza sobre el agua; pero ¡qué es eso! exclamó bajándose y

montando su rifle.

De pronto habían resonado en el bosque los ladridos furiosos de varios

perros; los matorrales se apartaron con violencia, y un negro apareció

súbitamente en la cumbre de la roca en que se fijaban en aquel momento

los ojos del canadiense.

Aquel hombre, cuando hubo llegado al extremo de la roca, se paró un

instante, pareció como que prestaba atento oído, dando muestras de la

más profunda agitación; pero aquella detención fue muy corta, pues

apenas hubo permanecido así algunos segundos cuando, alzando los ojos

hacia el cielo en ademan de desesperación, se precipitó al río y nadó

vigorosamente hacia la opuesta orilla.

Apenas se hubo apagado el ruido de la caída del negro al agua, cuando

varios perros llegaron corriendo a la plataforma y comenzaron un

concierto de ladridos espantosos.

Aquellos perros eran muy corpulentos, tenían la lengua colgando, los

ojos inyectados en sangre y el pelo erizado, como si acabasen de dar

una carrera larga.

El cazador movió varias veces la cabeza de uno a otro lado, fijando

una mirada de compasión en el desventurado negro, que nadaba con esa

energía de la desesperación que centuplica las fuerzas, y cogiendo los

remos, dirigió su piragua hacia él con el objeto evidente de prestarle

auxilio.

Apenas había comenzado a hacer esta maniobra, cuando se alzó en la

orilla una voz ronca que gritaba:

--¡Eh! ¡Eh! ¡Silencio, demonios! ¡Silencio, vive Dios!

Los perros lanzaron algunos aullidos lastimeros, y en seguida se

callaron.

Entonces el individuo que les había reñido gritó con voz aún más fuerte:

--¡Eh! ¡Él de la piragua! ¡Ohé!

El canadiense atracaba en aquel momento su embarcación a la otra

orilla; varó la piragua en la arena y se volvió con indolente

indiferencia hacia su interlocutor.

Éste era un hombre de mediana estatura, rechoncho, y vestía el traje

que suelen usar los labradores acomodados; su fisonomía era brutal

y repugnante; cuatro hombres, que parecían ser criados suyos, se

mantenían cerca de él: inútil será decir que cada uno de estos cinco

individuos se hallaba armado con una escopeta.

En aquel sitio el río era bastante ancho; tenía próximamente

cuarenta metros de orilla a orilla, lo cual establecía, al menos

provisionalmente, una barrera bastante respetable entre el negro y sus

perseguidores.

El canadiense se apoyó en el tronco de un árbol y replicó en tono

bastante despreciativo:

--¿Es a mí a quién se dirige V., por casualidad?

--¡Pues a quién ha de ser, vive Dios! respondió encolerizado el primer

interlocutor. Vamos, procure V. responder categóricamente a mis

preguntas.

--¿Y por qué he de responder a esas preguntas, si V. gusta? repuso el

canadiense riendo.

--¡Porque yo se lo mando, bergante! dijo el otro brutalmente.

El cazador se encogió de hombros desdeñosamente.

--¡Buenas tardes! dijo, e hizo un movimiento para alejarse.

--Estese V. ahí, ¡vive Dios! gritó el americano, o si no, tan cierto

como me llamo John Davis, le planto a V. una bala en la cabeza.

Y al proferir esta amenaza se echó la escopeta a la cara.

--¡Ja! ¡Ja! dijo el canadiense riéndose; ¿Es V. John Davis, el famoso

cazador de esclavos?

--Sí, yo soy: ¿y qué? dijo John con tono brusco.

--Perdone V., aún no le conocía más que de oídas; ¡pardiez! Celebro en

el alma haberle visto.

--Pues bien; ahora que ya me conoce V., ¿se halla dispuesto a responder

a mis preguntas?

--Falta saber de qué género serán: ¡veamos!

--¿Qué se ha hecho mi esclavo?

--¿De quién habla V.? ¿Del hombre que hace un momento se tiró al agua

desde la plataforma en la cual se halla V. ahora?

--Sí; ¿dónde está?

--Aquí, a mi lado.

En efecto, el negro, apurados su ánimo y su fuerza después de la lucha

desesperada que había sostenido durante la encarnizada persecución de

que fue objeto, se había arrastrado hasta el sitio en que estaba el

canadiense, y se había tendido a sus pies casi desmayado.

Al oír al cazador denunciar tan categóricamente su presencia, juntó las

manos con esfuerzo, y alzando hacia él su rostro inundado en llanto,

exclamó con indescriptible expresión de angustia:

--¡Oh! ¡Mi amo! ¡Sálveme V., por compasión!

--¡Hola! gritó John Davis en tono irónico; creo que podremos

entendernos, mocito, y que no le desagradará a V. ganar la

gratificación.

--En verdad, no me desagradaría saber en cuánto se tasa la carne

humana en vuestro país de tan decantada libertad. ¿Es muy crecida esa

recompensa?

--Veinte duros por un negro fugitivo.

--Eso es muy poco, dijo el canadiense haciendo una mueca desdeñosa

--¿Le parece a V. así?

--Sí por cierto.

--Y sin embargo, para hacerle a V. ganar ese dinero, solo le pido una

cosa muy fácil.

--¿Cuál es?

--Atar a ese negro, meterle en la piragua y traérmele.

--Muy bien; en efecto, no es difícil. Y cuando esté en poder de V.,

suponiendo que yo consienta en devolvérsele, ¿qué piensa V. hacer con

este pobre diablo?

--Eso no es cuenta de V.

--Es verdad; por eso no lo preguntaba sino como un simple dato.

--Vamos, decídase V., que no puedo perder tiempo en malgastar palabras.

¿Qué me responde V.?

--Lo que respondo, Señor John Davis, a V. que cara a los hombres con

perros menos feroces que V., y que al obedecerle no hacen más que lo

que su instinto les enseña, es esto: que es V. un miserable, y que si

no cuenta sino conmigo para restituirle su esclavo, puede considerar a

éste como perdido.

--¡Ah! ¿Esas tenemos? exclamó el americano rechinando los dientes con

rabia.

En seguida, volviéndose hacia sus criados, gritó:

--¡Fuego sobre él! ¡Fuego! ¡Fuego!

Y uniendo el ejemplo al precepto, se echó el rifle a la cara con

viveza, y disparó. Sus criados le imitaron: resonaron cuatro tiros,

y se confundieron en una sola explosión que los ecos de la selva

repitieron en un tono lúgubre.

II.

QUONIAM.

El canadiense no perdía de vista un solo movimiento de sus adversarios

mientras les estaba hablando; por eso, cuando estalló la descarga

mandada por John Davis, quedó ésta sin efecto; el joven se había

ocultado con rapidez detrás de un árbol, y las balas silbaron

inofensivas junto a sus oídos.

El mercader de esclavos estaba furioso por verse burlado así por el

cazador; profería contra él las amenazas más horribles, blasfemaba y

pateaba con rabia.

Pero de nada servían las amenazas y las blasfemias; a no ser que

atravesasen el río a nado, lo cual era impracticable en frente de un

hombre tan resuelto como parecía serlo el cazador, no había medio hábil

para vengarse de él, ni mucho menos para apoderarse del esclavo a quien

tan decididamente había tomado bajo su protección.

Mientras el americano se devanaba los sesos inútilmente para encontrar

un recurso que le procurase alguna ventaja, silbó una bala, y el rifle

que tenía en la mano quedó hecho astillas.

--¡Perro maldito! exclamó rugiendo de cólera; ¿Quieres asesinarme?

--Tendría derecho para hacerlo, respondió el canadiense; me hallo en

el caso de legítima defensa, puesto que también V. ha querido matarme;

pero prefiero tratar por buenas, aunque estoy firmemente persuadido de

que prestaría un gran servicio a la humanidad plantándole a V. un par

de postas en el cráneo.

Y en el mismo instante una segunda bala fue a romper la escopeta de uno

de los criados que se ocupaba en volverla a cargar.

--¡Ea! ¡Concluyamos! exclamó el americano exasperado. ¿Qué quiere V.?

--Ya lo he dicho; entrar pacíficamente en tratos con V.

--Pero ¿bajo qué condiciones? Dígamelas V. al menos.

--Dentro de un instante.

El rifle del segundo criado quedó roto de un balazo, como el primero.

De los cinco hombres, tres estaban ya desarmados.

--¡Maldición! gritó el mercader de esclavos; ¿Ha resuelto V. tomarnos a

todos por blanco unos después de otros?

--No; solo quiero igualar las probabilidades.

--Pero.

--Ya está hecho.

La cuarta escopeta quedó hecha astillas, como las demás.

--Ahora, añadió el canadiense apareciendo, hablemos.

Y saliendo de su escondite, se adelantó hasta la orilla del río.

--¡Sí, hablemos, demonio! exclamó el americano.

Con un movimiento tan rápido como el pensamiento se apoderó del último

rifle y se lo echó a la cara; pero antes de que hubiese podido soltar

el tiro, rodó por la plataforma lanzando un grito de dolor.

La bala del cazador le había roto un brazo.

--Espéreme V., que allá voy, repuso el canadiense, siempre con su tono

burlón.

Volvió a cargar su rifle, saltó a la piragua, y en breve espacio de

tiempo estuvo al otro lado del río.

--¡Vamos! dijo desembarcando y acercándose al americano, que se

retorcía como una culebra sobre la plataforma, aullando y blasfemando.

Ya se lo había a V. advertido; yo solo, quería igualar las

probabilidades, y no debe V. quejarse de lo que le sucede, amigo mío:

suya es toda la culpa.

--¡Cogedle! ¡Matadle! gritaba el miserable poseído de indecible rabia.

--¡Vaya, vaya, tranquilicémonos! En último resultado no tiene V. más

que un brazo roto; comprenda V. que me habría sido muy fácil matarle si

hubiese querido. ¡Qué diablos! Es preciso tener las cosas en cuenta; no

es V. razonable.

--¡Oh! ¡Yo te mataré! gritó John rechinando los dientes.

--No lo creo, al menos por ahora; más tarde no digo que no. Pero

dejemos eso; voy a examinar la herida de V. y a curarla mientras

charlamos.

--¡No me toques! ¡No te acerques! ¡O no sé lo que haré!

El canadiense se encogió de hombros y dijo:

--¡Está V. loco!

John Davis, no pudiendo soportar por más tiempo el estado de

exasperación en que se hallaba, y debilitado además por la sangre que

perdía, hizo un esfuerzo inútil para levantarse y precipitarse sobre su

enemigo; pero cayó de espaldas y se desmayó murmurando una imprecación

postrera.

Los criados se habían quedado aterrados, tanto por la destreza sin

igual de aquel hombre singular, como por la audacia con que, después

de haberlos desarmado, había atravesado el río para ir a entregarse en

sus manos, por decirlo así; pues si ya no tenían escopetas, en cambio

les quedaban sus pistolas y sus cuchillos de monte.

--¡Eh! Señores, dijo el canadiense frunciendo el entrecejo, ¡háganme

el favor de tirar el cebo de sus pistolas, pues, de lo contrario, vive

Dios que vamos a vernos las caras!

Los criados no tenían el más mínimo deseo de empeñar una lucha con

él; además, la simpatía que experimentaban hacia su amo no era muy

grande, mientras que, por el contrario, el canadiense, merced a la

manera expeditiva en que había obrado, les inspiraba un verdadero

terror supersticioso; obedecieron, pues, a su orden con una especie de

apresuramiento, y aún quisieron entregarle sus cuchillos de monte.

--No es necesario, dijo el cazador. Ahora ocupémonos en cuidar a este

buen hombre. Sería lástima privar a la sociedad de un personaje tan

digno de estimación y que constituye su más bello adorno.

En seguida puso manos a la obra ayudado por los criados, quienes

ejecutaban sus órdenes con una rapidez y un celo extraordinarios, tanto

era lo dominados que se sentían por aquel hombre.

Los cazadores de los bosques, obligados, por el género de vida que

llevan, a pasarse sin ningún auxilio ajeno, poseen todos, en cierto

grado, las nociones elementales de la medicina y sobre todo de la

cirugía; y en un caso dado, pueden curar una fractura o una herida

cualquiera como el primer doctor graduado en una facultad, y esto con

medios muy sencillos, y empleados generalmente con muy buen éxito por

los indios.

El cazador, con la destreza y la habilidad con que verificó la primera

cura del herido, probó que, si sabía hacer daño, también sabía

remediarlo perfectamente.

Los criados contemplaban con creciente admiración a aquel hombre

extraordinario que parecía haberse trasformado de improviso y procedía

con un aplomo, un golpe de vista y una mano tan ligera, que muchos

médicos le hubieran envidiado.

Mientras se estaba haciendo la cura, el herido volvió en sí y abrió

los ojos, pero permaneció silencioso: su furor se había calmado; su

carácter brutal se hallaba domado por la resistencia enérgica que el

canadiense le opusiera. Como sucede siempre cuando la primera cura está

bien hecha, al primitivo y violento dolor de la herida, había sucedido

un bienestar indefinible; por eso John, agradeciendo, a pesar suyo, el

alivio que experimentaba, sintió fundirse su odio y transformarse en un

sentimiento que aún no acertaba a comprender, pero que a la sazón le

hacía mirar a su adversario de un modo casi amistoso.

Para hacer a John Davis la justicia debida, diremos que no era mejor

ni peor que ninguno de sus colegas que, como él, traficaban en carne

humana: acostumbrado al dolor de los esclavos, a quienes no consideraba

sino como seres privados de razón, como una mercancía en fin, su

corazón se había embotado gradualmente hasta el extremo de no sentir

las emociones dulces: en un negro no veía más que el dinero que había

desembolsado y el que esperaba sacar vendiéndole; y como verdadero

comerciante, tenía mucho apego a su dinero: un esclavo fugitivo le

parecía un miserable ladrón contra el cual se podía emplear cualquier

medio para obligarle a restituirse a poder de su dueño.

Sin embargo, aquel hombre no era inaccesible a todo buen sentimiento,

y aún fuera de su comercio gozaba de cierta fama de bondadoso y pasaba

por un sujeto muy decente.

--Vamos, ya está hecho, dijo el canadiense dirigiendo una mirada de

satisfacción a las ligaduras; dentro de tres semanas ya no se conocerá

nada, si V. se cuida bien, con tanto más motivo cuanto que, por una

felicidad inaudita, la bala no ha tocado al hueso, y no ha hecho más

que atravesar las carnes. Ahora, amigo mío, si quiere V. que hablemos,

estoy dispuesto.

--Yo nada tengo que decir sino que se me devuelva el maldito negro que

ha sido causa de todo el mal.

--¡Vaya! Si continuamos así, creo que no llegaremos a entendernos. Ya

sabe V. que precisamente con motivo de la devolución del maldito negro,

como V. le llama, es como se ha suscitado la contienda.

--Sin embargo, no puedo perder mi dinero.

--¿Cómo su dinero?

--O mi esclavo, si V. prefiere que se diga así, representa para mí una

cantidad que no deseo perder en manera alguna, con tanto más motivo

cuento que hace algún tiempo que los negocios andan muy mal, y he

experimentado pérdidas considerables.

--Es muy sensible, le compadezco a V. sinceramente; sin embargo, yo

tendría empeño en arreglar este negocio por buenas, según lo comencé,

repuso el canadiense en tono bonachón.

El americano hizo una mueca y dijo:

--Rara manera tiene V. de tratar los negocios por buenas.

--Es culpa de V., amigo mío, si no nos hemos entendido desde luego; ha

estado V. un poco vivo de genio, confiéselo.

--En fin, no hablemos más de eso; lo hecho, hecho está.

--Tiene V. razón, volvamos a nuestro negocio; desgraciadamente soy

pobre; a no ser así, le daría a V. algunos centenares de duros, y todo

quedaría concluido.

El mercader se rascó la cabeza.

--Escuche V., dijo; no sé por qué, pero, a pesar de lo que ha pasado

entre nosotros y aún quizás por eso mismo, no quisiera que nos

separásemos incomodados, y tanto más cuanto que no tengo grande apego a

Quoniam.

--¿Qué es eso de Quoniam?

--Es el nombre del negro.

--¡Ah! Muy bien. Raro nombre ha ido V. a ponerle. En fin, no importa.

¿Con que dice V. que no tiene grande empeño en conservarle?

--A la verdad que no.

--Entonces, ¿por qué le daba V. caza de un modo tan encarnizado, con

acompañamiento de perros y rifles?

--Por amor propio.

--¡Ah! dijo el canadiense con un gesto de descontento.

--Escuche V., al fin y al cabo yo soy mercader de esclavos.

--Un oficio muy feo, sea dicho entre paréntesis, observó el cazador.

--Puede ser, no discuto acerca de eso. Hace un mes, en _Baton-Rouge_,

se anunció una gran venta de esclavos de ambos sexos pertenecientes a

un caballero muy rico que se había muerto de repente. Me trasladé al

instante a _Baton-Rouge._ Entre los esclavos expuestos se encontraba

Quoniam. Ese tuno es joven, bien formado, vigoroso; tiene un aspecto

audaz e inteligente. Como es natural, me agradó en cuanto lo vi, y

deseé comprarle. Me acerqué y le interrogué; el muy tuno me contestó

textualmente estas palabras con un descaro que al pronto me desconcertó:

--«Mi amo, no le aconsejo a V. que me compre, porque he jurado ser

libre o morir. Por más que haga V. para sujetarme, le advierto que me

escaparé. Ahora vea V. lo que ha de hacer.»

--Esta declaración tan explícita y tan perentoria picó mi amor propio.

«¡Allá veremos!» le dije, y fui a buscar al hombre encargado de la

venta. Este individuo, que era conocido mío, procuró disuadirme de

comprar a Quoniam, dándome una multitud de razones a cual más poderosas

para que no me obstinase en mi propósito. Pero me hallaba muy decidido

y me mantuve firme. Quoniam me fue entregado por el precio de noventa

duros, baratura fabulosa para un negro de su edad y de su corpulencia.

Pero nadie le quería por ningún precio. Le puse grillos y me le llevé

conmigo, no a mi casa, sino a la cárcel, con el fin de estar seguro de

que no se me escaparía. Al día siguiente, cuando entré en la cárcel,

Quoniam había cumplido su palabra: se había marchado.

Al cabo de dos días cayó de nuevo en mi poder; pero en aquella misma

noche volvió a marcharse sin que me fuese posible adivinar de que

medios se valía para frustrar las precauciones que yo empleaba para

detenerle. ¿Qué más diré? Hace un mes que esto dura; hace ocho días que

ha vuelto a escaparse: desde entonces ando persiguiéndole. Perdiendo

ya la esperanza de sujetarle, la cólera se ha apoderado de mí, y le he

seguido el rastro con esos sabuesos, resuelto esta vez a acabar a toda

costa con ese maldito negro que se me escapa continuamente de entre las

manos como una culebra.

--Es decir, observó el canadiense, quien había escuchado con marcado

interés la narración del mercader, que hallándose V. ya desesperado, no

habría vacilado en darle muerte.

--A la verdad que no, porque ese pícaro descarado es un extremo astuto.

Se ha burlado tanto de mí, que he concluido por cobrarle un odio

encarnizado.

--Escuche V. a su vez, Señor John Davis: no soy rico ni con mucho.

¿Para qué necesito oro ni plata, yo hombre del desierto, a quien Dios

depara tan generosamente el pan cuotidiano? Ese Quoniam, tan ávido de

libertad y de espacio, me inspira, a pesar mío, un interés muy vivo.

Quiero tratar de procurarle esa libertad a que aspira con tan marcada

constancia. He aquí lo que propongo a V. Tengo en mi piragua tres

pieles de jaguar y doce de castor que, vendidas en cualquiera ciudad de

los Estados Unidos, valdrán por lo menos ciento cincuenta o doscientos

duros. Tómelas V., y quede todo concluido.

El mercader le miró con una sorpresa mezclada con cierta benevolencia.

--Hace V. mal, dijo por fin; el trato que me propone es demasiado

ventajoso para mí, y a V. le perjudica en extremo. No es así como se

tratan los negocios.

--¿Qué le importa a V.? Se me ha puesto en la cabeza que ese hombre ha

de ser libre.

--No conoce V. el carácter ingrato de los negros, repuso John con

insistencia. Ese no agradecerá en manera alguna lo que hace V. por él;

al contrario, en la primera ocasión, quizás, le dará motivo para que se

arrepienta.

--Es muy posible; pero eso es cuenta suya, porque yo no le exijo

gratitud. Si me la demuestra, tanto mejor para él; si no, ¡sea lo que

Dios quiera! Obro según mi corazón me lo dicta, y mi recompensa está en

mi propia conciencia.

--¡Vive Dios! ¿Sabe V. que es V. un excelente muchacho? exclamó el

mercader sin poderse contener por más tiempo. Sería muy conveniente

que se encontrasen con más frecuencia hombres del temple de V. ¡Pues

bien! Quiero probarle que no soy tan malvado como tendría derecho para

suponerlo después de lo que ha pasado entre nosotros. Voy a firmar el

acta de venta de Quoniam; y en cambio no aceptaré más que una piel de

tigre como recuerdo de nuestro encuentro, aunque ya me deja V. otra

memoria, añadió señalando a su brazo y haciendo una mueca lastimera.

--¡Venga esa mano! exclamó el canadiense gozoso; solo que aceptará

V. dos pieles en vez de una, porque tengo intención de pedir a V. su

cuchillo de monte, una hacha y el rifle que aún le queda, para que el

pobre diablo a quien restituimos la libertad (porque ahora contribuye

V. ya en igual parte a mi buena acción) pueda procurarse su sustento.

--¡Corriente! exclamó el mercader en tono de buen humor. Puesto que

a toda costa quiere ese tuno ser libre, que lo sea, y que se vaya al

diablo.

Hizo una seña, y uno de los criados sacó de un morral tinta, plumas

y papel, y redactó en el acto, no un documento de venta, sino, con

arreglo al deseo del canadiense, un certificado de emancipación

perfectamente en regla, certificado que el mercader firmó lo mejor que

pudo, y que los criados firmaron también, después de él, como testigos.

--A la verdad, exclamó John Davis, es muy posible que, bajo el punto de

vista de los negocios, acabe yo de cometer una necedad; pero, que lo

crea V. o no, nunca me he sentido tan contento de mí mismo.

--Es porque hoy ha seguido V. los impulsos de su corazón, respondió el

canadiense con seriedad.

El cazador abandonó entonces la plataforma para ir a buscar las pieles.

Al cabo de un momento volvió con dos pieles de jaguar magníficas,

perfectamente intactas, que entregó al mercader. Este, según se había

convenido, le entregó las armas; pero entonces un escrúpulo se apoderó

del canadiense.

--Aguarde V. un momento, dijo; si me da V. esas armas, ¿cómo hará V.

para regresar a su casa?

--No tenga V. inquietud por eso, respondió John Davis. A unas tres

leguas de aquí, todo lo más, he dejado mis caballos y mi gente. Además,

tenemos nuestras pistolas, que nos podrán servir en caso de necesidad.

--Es verdad, observó el canadiense; de ese modo nada tiene V. que

temer; sin embargo, como la herida no le permitirá a V. que recorra a

pie una distancia tan larga, voy a construir unas parihuelas con el

auxilio de los criados.

Y con esa destreza de que ya había dado tan repetidas pruebas, en

un momento cortó el canadiense con su hacha unas ramas de árbol y

construyó unas parihuelas, sobre las cuales se tendieron las dos pieles

de tigre.

--Ahora, adiós, dijo. Quizás no volveremos a vernos nunca. Espero que

nos separamos en mejores términos que nos encontramos. Acuérdese V. de

que no hay oficio tan malo que un hombre de bien no pueda desempeñar

con decencia; cuando el corazón de V. le inspire una buena acción,

no se mantenga sordo, sino ejecútela sin pesadumbre, porque eso será

escuchar la voz de Dios.

--Gracias, respondió el mercader con cierta emoción. Una palabra

todavía antes de que nos separemos.

--Hable V.

--¡Dígame V. su nombre a fin de que, si algún día la casualidad hace

que volvamos a encontrarnos, pueda yo apelar a los recuerdos de V.,

como V. lo haría respecto de los míos!

--Es muy justo: me llamo _Tranquilo_, cazador de los bosques, y mis

compañeros me han apellidado el Cazador de tigres.

Y antes de que el mercader volviese en sí de la sorpresa que le causó

la súbita revelación del nombre de un hombre cuya fama era universal en

las fronteras, el cazador le hizo una seña postrera de despedida, saltó

de la plataforma a la playa, desató su piragua, y se alejó remando

vigorosamente en dirección a la orilla opuesta.

--¡Tranquilo, el Cazador de tigres! murmuró John Davis tan luego como

se hubo quedado solo. Sin duda alguna mi genio benéfico es el que me ha

inspirado la idea de granjearme un amigo en ese hombre.

Se tendió en las parihuelas, que dos criados cargaron sobre sus

hombros, y después de haber dirigido una mirada postrera al canadiense,

que en aquel momento desembarcaba en la otra orilla, dijo:

--En marcha.

Muy luego volvió a quedar solitaria la plataforma, pues el mercader

y sus criados habían desaparecido bajo la enramada, y ya no se oía

más que el ruido de los ladridos alegres de los sabuesos que corrían

delante de la reducida comitiva, ruido que se debilitaba cada vez más,

y que tardó muy poco en apagarse por completo.

III.

NEGRO Y BLANCO.

Entretanto el cazador canadiense, cuyo nombre por fin sabemos ya, según

dijimos, había llegado al otro lado del río en que dejara al negro

oculto entre los matorrales de la orilla.

Durante la prolongada ausencia de su defensor, el esclavo hubiera

podido fugarse con facilidad; y esto con tanta más razón, cuanto que

tenía casi la certidumbre de no ser perseguido antes de un espacio de

tiempo que le habría permitido tomar una delantera considerable sobre

los que con tanta obstinación se empeñaban en apoderarse de él.

Sin embargo, no había hecho tal cosa, ya fuese porque el pensamiento de

su fuga no le pareciera realizable, o porque estuviese muy cansado, o,

en fin, por cualquiera otra causa que ignoramos. No se había movido del

sitio en que buscó un refugio en el primer momento. Había permanecido

con los ojos pertinazmente fijos en la plataforma, siguiendo con una

mirada ansiosa los diferentes movimientos de los individuos que en ella

se encontraban.

John Davis no había ponderado en manera alguna al hacer su retrato al

cazador. Quoniam era realmente uno de los tipos más magníficos de la

raza africana. Tendría, a lo más, veintidós años; era alto, robusto y

bien formado; tenía los hombros anchos, el pecho muy desarrollado, los

miembros vigorosos; debía unir una destreza y una ligereza poco comunes

con una fuerza sin igual. Sus facciones eran astutas, expresivas;

su fisonomía respiraba franqueza; sus ojos grandes revelaban

inteligencia; en fin, aunque su tez era del negro más lustroso, y que

desgraciadamente en América, en ese _país clásico de libertad_, aquel

color sea una marca infamante, indeleble, de servidumbre, aquel hombre

no parecía haber nacido para la esclavitud, pues todo en él era una

aspiración a la libertad y a ese libre arbitrio que Dios ha dado a sus

criaturas, y que en vano ha intentado el hombre arrebatarles.

Cuando el canadiense volvió a embarcarse en su piragua y los americanos

abandonaron la plataforma, una sonrisa de satisfacción vagó por el

semblante del negro, porque, sin saber a punto fijo lo que había

ocurrido entre el cazador y su antiguo amo, puesto que se hallaba

demasiado lejos para oír lo que se decía, comprendió que, al menos

provisionalmente, nada tenía ya que temer del último, y aguardó con una

impaciencia febril el regreso de su generoso defensor, con el fin de

saber lo que en lo sucesivo podría esperar o temer.

En cuanto el canadiense hubo llegado a la orilla, varó su piragua en

la arena y se dirigió con paso firme y mesurado hacia el sitio en que

suponía que había de encontrar al negro.

No tardó en verle sentado, y casi en la misma postura en que le había

dejado.

El cazador no pudo contener una sonrisa de satisfacción y le dijo:

--¡Hola, amigo Quoniam! ¿Está V. aquí todavía?

--Sí, mi amo. ¿Le ha dicho a V. John Davis mi nombre?

--Ya lo ve V. Pero ¿qué hace V. ahí? ¿Por qué no se ha escapado durante

mi ausencia?

--Quoniam, dijo el negro, no es un cobarde que vaya a escaparse

mientras otro expone su vida por él. Aguardaba, dispuesto a entregarme,

si la seguridad del cazador blanco se veía amenazada[1].

Esto fue dicho con una sencillez llena de grandeza de alma, que

demostraba que tal había sido en efecto la intención del negro.

--Bien, respondió el cazador afectuosamente, le doy a V. gracias; la

intención era buena; por fortuna la intervención de V. ha sido inútil.

En fin, ha hecho V. bien en quedarse aquí.

--Suceda lo que quiera conmigo, mi amo, esté V. seguro de que le

conservaré una gratitud eterna.

--Tanto mejor para V., Quoniam; eso me probará que no es V. ingrato,

lo cual es uno de los vicios más feos que afligen a la humanidad. Pero

ante todo hágame el favor de no volverme a llamar _amo_, porque me

disgusta; esa palabra implica una condición de inferioridad degradante;

y además yo no soy para V. un amo, no soy más que un compañero.

--¿Qué otro nombre puede dar a V. un pobre esclavo?

--¡Pardiez! El mío. Llámeme V. Tranquilo, como yo le llamo Quoniam. Me

parece que Tranquilo no es un nombre muy difícil de conservar en la

memoria.

--¡No por cierto! dijo el negro riendo.

--Bueno, queda convenido. Ahora pasemos a otra cosa, y ante todo tome

V. esto.

El cazador sacó entonces un papel de su cinto y se lo dio al negro.

--¿Qué es esto? preguntó Quoniam fijando una mirada inquieta en el

papel que su ignorancia le impedía descifrase.

--¿Eso? repuso el cazador sonriendo, es un talismán precioso que le

convierte a V. en un hombre igual a todos los demás, y le borra del

número de los animales entre los cuales ha estado confundido hasta hoy;

en una palabra, es un documento por el cual John Davis, natural de la

Carolina del Sur, mercader de esclavos, restituye desde el día de hoy

a Quoniam, aquí presente, su libertad plena y completa, para que en

lo sucesivo la disfrute como mejor le parezca, o si V. prefiere que

se lo diga de otro modo, es el acta de la emancipación de V., escrita

por su antiguo amo y firmada por testigos competentes para que en caso

necesario le valga a V.

Al oír estas palabras, el negro se había tornado pálido en la manera

en que les sucede a los hombres de su color, es decir, su rostro se

había revestido de una tinta gris sucia, sus ojos se habían abierto de

un modo desmesurado, y durante algunos segundos permaneció inmóvil,

anonadado, sin poder pronunciar una palabra ni hacer un gesto.

Al fin lanzó una carcajada estridente, dio dos o tres saltos con una

agilidad de fiera, y de improviso prorrumpió en llanto.

El cazador observaba con la mayor atención los movimientos del negro,

sintiéndose sumamente interesado por lo que veía, y a cada momento

experimentaba mayor simpatía hacia aquel hombre.

--Con que ya soy libre, completamente libre, ¿no es verdad? dijo por

fin el negro.

--Completamente libre, contestó Tranquilo sonriéndose.

--¿Ahora puedo ir y venir, acostarme, trabajar y descansar sin que

nadie me lo impida, sin que tenga que temer los latigazos?

--Eso es.

--¿Me pertenezco, me pertenezco exclusivamente? ¿Puedo obrar y pensar

como los demás hombres? ¿Ya no soy un animal a quien se carga o se

engancha a pesar de mi color? ¿Soy lo mismo que cualquier otro hombre

blanco, amarillo o rojo?

--Exactamente lo mismo, respondió el cazador, a quien a la vez

entretenían e interesaban aquellas preguntas cándidas.

--¡Oh! dijo el negro cogiéndole la cabeza con ambas manos; ¡Oh, con que

soy libre, libre por fin!

Pronunció estas palabras con un acento singular que hizo estremecer al

cazador.

De improviso cayó de rodillas, juntó las manos, alzó los ojos al cielo,

y exclamó con un acento de inefable felicidad:

--¡Dios mío! ¡Tú, que todo lo puedes; tú, para quien todos los hombres

son iguales, y que no miras a su color para protegerlos y defenderlos;

tú, cuya bondad es sin límites, lo mismo que tu poder; gracias,

gracias, Dios mío, por haberme sacado de la esclavitud y restituido la

libertad!

Después de haber pronunciado esta oración, que era la expresión de los

sentimientos que se agitaban en el fondo de su corazón, el negro se

dejó caer al suelo, y durante algunos minutos quedó sumido en serias

reflexiones. El cazador respetó su silencio.

Por último, al cabo de algunos instantes el negro levantó la cabeza y

dijo:

--Escuche V., cazador; he dado gracias a Dios, como debía, por mi

emancipación. Ahora que me siento un poco tranquilo y comienzo a

acostumbrarme a mi nueva condición, tenga V. la bondad de referirme lo

que ha pasado entre usted y mi amo, a fin de que yo sepa de un modo

exacto lo que debo agradecer a V., y arregle según esa gratitud mi

conducta venidera. Hable V. que ya le escucho.

--¿Para qué he de hacer esa narración que tan poco le interesa a V.? Es

V. libre, y eso debe bastarle.

--No, no me basta. Soy libre, es cierto; pero ¿cómo he llegado a serlo?

--Esa narración, lo repito, no puede interesarle a V. mucho. Sin

embargo, como puede hacer que forme V. mejor opinión respecto del

hombre a quien antes pertenecía, no persistiré en callar. Escuche V.

pues.

Después de este exordio, Tranquilo refirió prolijamente los sucesos que

habían ocurrido entre el mercader de esclavos y él, y cuando por fin

hubo terminado, añadió:

--Vamos, ¿está V. satisfecho ahora?

--Sí, respondió el negro que le había escuchado con la atención más

sostenida; sé que, después de Dios, a V. es a quien debo todo, y

no lo olvidaré; sean las que quieran las circunstancias en que nos

encontremos el uno respecto del otro, nunca tendrá V. que reclamar el

pago de mi deuda.

--Nada me debe V., que ahora es ya libre; lo que le corresponde es

emplear esa libertad como debe hacerlo un hombre de corazón recto y

honrado.

--Procuraré no ser indigno de lo que Dios y V. han hecho por mí;

también agradezco sinceramente a John Davis el buen sentimiento que le

ha impulsado a prestar oído a las observaciones de V.: quizás me será

dado algún día mostrarle mi gratitud; y si tal ocasión se presentase,

no la desperdiciaré.

--¡Bien! Me gusta oírle a V. hablar así; eso me prueba que no me he

equivocado en el concepto que acerca de V. he formado. Y ahora, ¿qué se

propone V. hacer?

--¿Qué consejo me da V.?

--La pregunta es importante, y no sé a punto fijo cómo contestar: la

elección de una profesión cualquiera es siempre cosa muy difícil; antes

de adoptar una resolución de ese género, es necesario reflexionarlo

con madurez: a pesar de mi deseo de serle a V. útil, no quisiera darle

un consejo que, sin duda por consideración hacia mí, se apresuraría a

seguir, y más tarde podría causarle pesadumbre. Además, soy un hombre

cuya vida, desde la edad de siete años, ha trascurrido constantemente

en los bosques; y por lo tanto, tengo muy poca experiencia para

aventurarme a lanzarle a V. por una senda que yo mismo no conozco, y

cuyas ventajas e inconvenientes ignoro.

--Ese raciocinio me parece muy exacto; sin embargo, no puedo permanecer

así: tengo que adoptar un partido, sea el que quiera.

--Haga V. una cosa.

--¿Cuál es?

--Tome V. una escopeta, un cuchillo de monte, pólvora y balas; el

desierto está abierto delante de V. Márchese, ensaye durante algunos

días la Vida libre de las grandes soledades. Durante sus largas horas

de caza reflexionará con entero descanso acerca de la profesión a

que le conviene dedicarse; pesará V. en su mente las ventajas que de

ella espere obtener, y luego, cuando haya adoptado una determinación

irrevocable, vuelve V. la espalda al desierto, se encamina de nuevo

a los sitios habitados, y como es V. un hombre activo, inteligente y

honrado, estoy seguro de que alcanzará buen éxito, sea la que quiera la

profesión a que se dedique.

El negro movió la cabeza varias veces, y dijo:

--Sí, en lo que V. me propone hay bueno y hay malo; no es eso

completamente lo que yo quisiera.

--Explíquese V. claramente, Quoniam; adivino que quiere V. decirme algo

y no se atreve.

--Es verdad: no he sido franco con V., Tranquilo, y he hecho mal; ahora

lo conozco. En vez de pedirle hipócritamente un consejo que de ningún

modo tenía intención de seguir, debí decir a V. lealmente mi modo de

pensar, y eso siempre hubiera sido mejor.

--Veamos, dijo el cazador riendo, hable V.

Los Merodeadores de Fronteras · 第 1 / 20 段