--¡Oh, Isidoro! ¿Por qué no has ido a oírme? --exclamó con
entrecortadas palabras--. Aseguran que lo he hecho muy bien. ¡Cuánto me
han aplaudido!
--¿Quieres dejarte de simplezas? --dijo Isidoro de muy mal talante.
--Y a propósito: dicen que Lesbia hace la Edelmira mejor que yo. ¡Lo
que puede la hermosura! Con su buen palmito trae sin seso a todos los
hombres que hay en la sala. Sobre todo, ahí está uno que no le quita la
vista de encima, y parece...
--¡Quieres callar! --exclamó bruscamente el moro.
Después, como hombre que toma repentina resolución, se disipó el
fruncimiento temeroso de sus negras cejas, y sentándose junto a la
González, le habló en estos términos:
--Pepa, espero de ti un favor.
--Mándame lo que quieras.
--Siempre te has mostrado muy agradecida por todo lo que he hecho en
beneficio tuyo. Varias veces has dicho: «¿Qué he de hacer, Isidoro,
para corresponder a lo que te debo...?» Pues bien, chiquilla, ahora
puedes prestarme un gran servicio, con lo cual quedará pagado
largamente el hombre que te sacó de la miseria, el que te enseñó el
arte escénico, dándote posición, gloria y fortuna.
--Mi agradecimiento durará mientras viva, Isidoro --respondió la cómica
con serenidad--. ¿Qué necesitas ahora de mí?
--Si la contrariedad que experimento afectara solo a mi corazón, la
resolvería fácilmente, porque sé padecer. Pero tal vez afecte a mi amor
propio, tal vez ponga en trance muy terrible mi dignidad, y me resigno
a sufrir los desengaños más crueles; pero de ningún modo consiento en
hacer ante mis amigos y el mundo un papel desairado y ridículo.
--Ya sé lo que quieres decir. Lesbia me ha dicho que estás celoso; ¡si
vieras cómo se ríe de ti, llamándote el _pobre Otelo_!
--No debemos fiarnos de la afición que alguna vez nos muestran esas
personas tan superiores a nosotros por su clase. Un abismo nos separa
de ellas, y si alguna vez deslumbramos con nuestro talento y nuestro
arte, la ilusión les dura poco tiempo, y concluyen despreciándonos,
avergonzadas de habernos amado. Todos los que hemos brillado en la
escena conocemos tan triste verdad. ¿No la conoces tú también?
--Sí --dijo mi ama--; y yo creí que tú estuvieras en esa parte más
aleccionado que todos los demás.
--Esas personas --prosiguió Isidoro--, nos contemplan desde sus
aposentos; su imaginación se trastorna viéndonos remedar los grandes
caracteres, las nobles y elevadas pasiones, el amor, el heroísmo, la
abnegación, y se enamoran de lo que ven, de un ser ideal en quien se
asocia y confunde con nuestra persona, la del héroe que representamos.
Con la imaginación excitada, nos buscan entre bastidores y fuera del
teatro; pero en cuanto nos tratan un poco y advierten que somos lo
mismo, si no peores que los demás, y que todas las sublimidades del
arte escénico desaparecen con el vestido y las piedras falsas que
arrojamos al concluir el drama, se disipa de un soplo su entusiasmo,
y no ven en nosotros más que a una turba de tramposos y embusteros
farsantes que apenas valen el partido con que se les paga. Hasta ahora,
Pepilla, no me habían afectado gran cosa los bruscos desenlaces de
las aventuras con que algunas ilustres personas han honrado nuestra
profesión; pero esta en que ahora me hallo, me afecta profundamente,
porque... te lo diré con toda franqueza.
--¿Amas verdaderamente a Lesbia?
--Sí, por mi desgracia; esta pasión no es de aquellas pasajeras y
superficiales, que pasan satisfaciendo el afán de un día. Esa mujer ha
tenido el arte de ahondar en mi corazón de tal modo, que hoy empiezo a
reconocer en mí el embrutecimiento que acompaña a los amores exaltados.
Sin duda su coquetería, su frivolidad, los mil artificios de su
voluble y alegre carácter han realizado en mí este trastorno, y para
acabarme de confundir, los celos, la desconfianza y el temor de ser
ridículamente suplantado por otro, agitan mi alma de tal modo, que no
respondo de lo que podrá pasar.
--¡Hola, hola! señor Otelo, ¿esas tenemos? --dijo mi ama
festivamente--. ¿A quién va usted a matar?
--No te rías, loca --continuó el moro--. ¿Has visto en el salón a ese
miserable Mañara?
--Sí, ocupa un sillón de primera fila, y no quita los ojos de la señora
Edelmira. Verdaderamente, chico, y sin que esto sea confirmar tus
sospechas, a todos los que están en el teatro ha llamado la atención
el exagerado entusiasmo de ese joven, y más de cuatro han sorprendido
las señas que hace a Lesbia durante la comedia. Y además... yo no lo he
visto; pero me han dicho que...
--¿Qué te han dicho?
--Que la duquesa le mira mucho también, y que parece representar solo
para él, pues todas las frases notables del drama las dice volviéndose
hacia el tal joven, como si quisiera arrojarse en sus brazos.
--¡Oh! Es cierto. ¡Ves! --exclamó Isidoro bramando de furor--. ¡Y
se reirán todos de mí! y ese vil currutaco... ¡Ah! Pepa... quiero
descubrir fijamente lo que hay en esto... quiero acabar de una vez
estas terribles dudas... Quiero desenmascarar a esa infame, y si me
engaña, si ha sido capaz de preferir al amor de un hombre como yo a
los necios galanteos de ese vil y despreciable mozuelo... ¡ah! Pepa,
Pepa, mi venganza será terrible. Tú me ayudarás en ella; ¿no es verdad
que me ayudarás? Tú me lo debes todo, yo te saqué de la miseria, tú
no puedes negar a Isidoro la ayuda de tu ingenio para este fin, y
proporcionándome placer tan inefable, quedarás descargada de la inmensa
deuda de gratitud que tienes conmigo.
Al decir esto, Isidoro se había levantado y daba vueltas en la pequeña
habitación como un león enjaulado, pronunciando con trémulo labio
palabras rencorosas. Lo raro fue que mi ama, ya porque tal fuera el
estado de su espíritu, ya porque creyera oportuno fingir en aquellos
momentos, lejos de amedrentarse al ver la ira de su amigo y maestro,
contestó con risas a sus ardientes palabras.
--Te ríes --dijo Máiquez deteniéndose ante ella--. Haces bien: ha
llegado el momento de que hasta los metesillas del teatro se rían
de Isidoro. Tú no comprendes esto, chiquilla --añadió sentándose de
nuevo--. Tú no tienes vehemencia ni fogosidad en tus sentimientos. En
esto te admiro, y quisiera imitarte, porque yo sé muy bien que en las
inclinaciones que hasta ahora se te han conocido, has jugado con el
amor, tomándolo como un pasatiempo divertido que entretiene a uno mismo
y hace rabiar a los demás; pero hasta ahora, y Dios te libre de ello,
no conoces el amor que ocasiona las mortificaciones propias, mientras
los demás se ríen a costa nuestra.
--¡Qué orgulloso eres! --contestó seriamente la González--. Hasta en
esto quieres saber más que todos.
--Pues si amas de veras, guárdate de enamorarte de esos usías
presumidos y orgullosos, que vendrán a ti para satisfacer su vanidad.
Ellos no te amarán con noble y desinteresado amor.
--No creo que jamás pueda amar sino al que siendo igual a mí, no se
avergüence de tenerme por compañero.
--¡Oh, qué buen sentido, Pepilla! ¿Dónde has aprendido eso? Pero te
aconsejo también que no ames a ningún hombre de teatro, si no quieres
tener rabiosos celos de todo el público femenino. ¿Sabes tú lo que es
eso?
--Harto lo sé.
--De modo que tu amor aún está dentro del teatro. Eso sí que es una
desgracia. Tu suerte consistirá en que el galán será de esos que, por
falta de genio, no excitan nunca la arrebatada admiración de las bellas
de la platea. Serás feliz, Pepilla; si quieres casarte, cuenta con mi
protección.
--Estoy muy lejos de aspirar a eso.
--¿Ese bruto será capaz de no amarte? ¿Acaso vale más que tú?
--Muchísimo más --dijo la González aparentando con grandes esfuerzos la
serenidad que no tenía.
--Apuesto a que es algún tenor de la compañía de Manolo García.
Déjalo por mi cuenta. Si es cierto lo que supongo, si ese loco no te
corresponde, y prefiere a tu sencillo cariño el falso amor de alguna
damisela de estas que arrastran su púrpura por entre los bastidores del
teatro, sabrás lo que son celos.
--Demasiado lo sé y demasiado padezco, Isidoro --dijo mi ama con tono
de cariñosa confianza--; pero yo tengo una ventaja sobre ti, que no
poseyendo aún la certeza de tu desgracia, ignoras qué partido tomar; yo
conozco ya sin género de duda que no soy amada, y las circunstancias se
han ordenado de tal modo que me presentan ocasión de tomar venganza.
--¡Oh!, Pepa, estás desconocida. No te creí capaz... --indicó Isidoro
con energía--. Tú tomarás venganza. Descuida, te ayudaré, si tú me
ayudas a mí en la averiguación y en el castigo de las infamias de
Lesbia. Pero dime, chiquilla, dime quién es ese hombre. Sé franca
conmigo: yo soy tu mejor amigo.
--Te lo diré más tarde, Isidoro. Por ahora me he propuesto guardar
secreto.
--Tú vales mucho, Pepilla --añadió el cómico con acento reflexivo--. No
esperaba encontrar en ti un eco tan fiel de lo que en mí está pasando.
¡Y ese miserable te desprecia por otra, ignorando las bondades de tu
fiel corazón! Dime quién es. ¿Será el mismo Manuel García? Por supuesto
chiquilla, ya sabrás cuánto padece la dignidad, el amor propio, al ver
que otra persona posee el afecto que nos pertenece. Te mortificará
horriblemente la idea de la triste figura que harás ante el mundo, el
pensamiento de los comentarios que hará sobre tu ridícula posición el
envidioso vulgo, y al considerar que tú, la persona acostumbrada a
rendir a tus pies los corazones, se ve menospreciada por uno solo,
rabiará tu orgullo herido y llorarás en silencio viéndote más baja de
lo que creías.
--En esto --contestó mi ama con patética voz-- no nos parecemos. Tú
estás frenético de celos; pero antes que al desaire de que ha sido
objeto tu corazón, atiendes a lo que sufre tu dignidad, la dignidad
del gran Isidoro, que siempre desprecia sin ser nunca despreciado;
te enfureces al considerar que se ríen de ti los envidiosos, y esas
terribles voces de venganza no las pronuncia tu amor sino tu orgullo.
Yo no soy así: amo el secreto; y si triunfara, gustaría de tener oculta
mi felicidad: nada me importaría que el hombre a quien amo aparentara
galantear a todas las mujeres de la tierra, con tal que en realidad a
ninguna amase más que a mí.
--Eres singular, Pepilla, y me estás descubriendo tesoros de bondad que
no sospechaba existiesen en tu corazón.
--Yo --continuó mi ama conmovida-- no vivo más que para él, y los demás
me importan poco. Contigo debo ser franca y decírtelo todo, menos su
nombre que nadie debe saber. Yo no sé cómo ni cuándo empezó mi funesto
amor, y me parece que nací con esta viva inclinación, más dominadora
cuanto más intento sofocarla. Por él sacrificaría gustosa mi vida. Tú
quizás no comprendas esto; ni menos que yo sacrifique mi reputación
de artista, el aprecio y la admiración de la multitud. ¿Qué importa
todo eso? Se ama a la persona por la persona y no por la vanidad de
poseerla.
--El que te ha inspirado tan noble cariño, sin corresponder a él --dijo
Isidoro con brío--, es un miserable que merece arrastrar su existencia
despreciado de todo el mundo. ¿No puedo saber tampoco quién es la mujer
preferida?
--Tampoco debes saberlo --repuso mi ama; y después, no pudiendo
contener el llanto, exclamó así--: Yo no soy cruel; yo no deseaba una
venganza que puede ser muy terrible; pero se me ha venido a las manos y
he de llevarla adelante.
--Haces bien --dijo Isidoro recreándose con pensamientos de
exterminio--. Véngate: yo también me vengaré. Nos ayudaremos el uno al
otro. ¿Puedo servirte de algo?
--De mucho --dijo mi ama secando sus lágrimas--. Espero que tu ayuda
será de la mayor eficacia.
--¿Y yo puedo contar contigo?
--¿Y me lo preguntas?
--Oye bien: Lesbia confía en tu amistad. ¿No ha celebrado en tu casa
entrevista alguna con ese joven?
--Hasta ahora no.
--Pues la celebrará. Si ella no te lo propone, propónselo tú con buenos
modos.
--¿Cuál es tu objeto?
--Sorprenderla en algún sitio con ese Mañara. Ella busca siempre las
casas de las amigas que no son de su clase, para evitar de este modo la
vigilancia de su familia y de su esposo.
--Entiendo.
--Confío en que no te dejarás sobornar por ella, y en que ante todas
las consideraciones, será para ti la primera el servicio que me
prestas, a mí, tu protector, tu amigo. Espero que te será muy fácil lo
que propongo. Si van a tu casa, les entretienes allí, y me avisas. Yo
haré de manera que ese joven se acuerde de mí para toda su vida.
--Ya tiemblas de gozo al pensar en tu venganza --dijo mi ama--. Lo
mismo me pasa a mí; pero con más motivo, porque la mía está más cercana.
--¿Puedo confiar en ti? ¿Me pondrás al corriente de todo cuanto veas?
--Puedes estar tranquilo, Isidoro. Tú no me conoces bien: en esta
ocasión sabrás lo que soy.
--¿Y tú que crees? --preguntó el moro con interés--. ¿Crees que tengo
razón? ¿Lesbia amará a ese hombre?
--Sí; creo que te engaña del modo más miserable; creo que todos los que
asisten a la representación se ríen de ti esta noche y el afortunado
amante no cabe en sí de satisfacción y orgullo.
--¡Rayos y centellas! --dijo Máiquez con más furia--. Le escupiré
la cara desde el escenario. ¡Oh! Pepilla: yo admiro y envidio tu
tranquilidad. No desees nunca parecerte a mí; ojalá no sepas nunca lo
que son estas culebras de fuego que se enroscan dentro de mi pecho y
desparraman por mis arterias su veneno. ¡Oh, qué gran talento tuvo
ese poeta inglés que inventó el Otelo! ¡Qué bien pintó la rabia del
celoso, la horrible fruición con que se recrea, pensando que ha de
poner el cuerpo inanimado y sangriento de su rival ante los ojos que le
cautivaron! ¡Qué razón tuvo al suponer el corazón de la mujer antro de
maldades y perfidias; qué bien se comprende la espantosa determinación
del moro, y el terrible placer de su alma, al considerarse sepultando
el cuchillo en los miembros palpitantes de quien le ofendió, y
arrastrar después su infame cadáver!
--¿Qué cadáver, Isidoro? ¿El de él o el de ella? --preguntó mi ama con
frialdad.
--El de los dos --contestó Otelo cerrando los puños--. ¿Conque dices
que se ríen de mí? ¡Y lo saben todos, y me observan, y estoy sirviendo
de espectáculo a ese miserable zascandil! De modo que Isidoro es el
hazme reír de las gentes, y tendrá que ocultarse y huir para evitar las
burlas de los envidiosos, y ya ninguna mujer se dignará mirarle a la
cara. Pero tú si sabías esto que pasa, ¿por qué no me lo dijiste? ¡Eres
tonta sin duda! ¡Oh! no tengo amigos verdaderos... nadie se interesa
por mi honor ni por mi decoro. ¡Estoy solo!... pero solo ¡vive Dios!
sabré volver al lugar que me corresponde.
Diciendo esto, se levantó con resuelto ademán. En aquel momento sonaron
algunos golpes en la puerta: era la señal que llamaba a todos los
actores para empezar el tercer acto. Máiquez iba a salir; pero al
dar los primeros pasos un objeto cayó de su cintura al suelo. Era la
daga con puño de metal y hoja de madera plateada: Pepa durante la
conversación había estado jugando con la larga cadena que la sostenía y
esta se rompió.
--Se ha saltado un eslabón --dijo mi ama recogiendo el arma--: yo te la
compondré enseguida atándola fuertemente.
Isidoro salió, y mi ama acercándose a una mesa arrimada a la pared
de enfrente, se entretuvo durante un rato y con mucha prisa en una
operación que no pude ver; pero presumí fuera la compostura de la
cadena rota. Al fin salió, y quedándome solo, pude dejar mi sofocante
escondite para correr a la escena.