XXV

Dio principio el último acto, donde ocurren las principales escenas

del drama. En él Pésaro despierta poco a poco los celos en el alma

del crédulo moro hasta que engañándole con cruel y mañosa calumnia,

precipita el trágico desenlace. La importancia de mi papel, me

obligaba, pues, a fijar en él toda mi atención apartándola de las

impresiones recientemente recibidas. Durante mi primera escena con

Otelo, advertí que Máiquez inquieto y receloso, dirigía sus miradas

al joven Mañara, sentado muy cerca del escenario: a causa de la

ansiedad de su alma, el gran histrión desatendía impensadamente la

representación. A veces algunas de mis frases se quedaban sin réplica;

también suprimía él bastantes versos, y hasta llegó a trabarse su

expedita lengua en uno de los pasajes donde acostumbraba hacerse

aplaudir más. El auditorio estaba descontento, pues aunque conocía

las genialidades de Isidoro, no creía natural que se permitiera tales

descuidos en una representación de confianza y amistad, verificada ante

lo más selecto de sus admiradores. El silencio reinaba en la sala, y

solo un sordo murmullo de sorpresa o enfado acogía los versos, mal

sentidos y fríamente dichos por el príncipe de nuestros actores.

Mas se esperaba verle repuesto en la segunda escena entro Otelo y

Pésaro. Este, urdiendo muy bien la trama que ideó contra Edelmira su

diabólica astucia, adquiere al fin las pruebas materiales que Otelo le

exige para creer en la infidelidad de la veneciana. Aquellas pruebas

son una diadema entregada por Edelmira a Loredano, y cierta carta que

su padre le obligó a firmar, amenazándola con matarse si no lo hacía.

Ni la entrega de la diadema, ni la carta firmada por fuerza, eran

pruebas que ante la fría razón comprometerían el honor de la esposa

de Otelo: pero este, en su ciego arrebato y salvaje impetuosidad, no

necesitaba más para caer en la trampa.

Antes de comenzar esta escena, y hallándome entre bastidores, oí a

los concurrentes quejarse de la torpeza de Isidoro, y alguno achacó

este defecto no al gran actor, sino a mí, por haberle irritado con

mi detestable declamación. Esto me ofendió, y creyéndome autor del

deslucimiento de la pieza, resolví hacer todos los esfuerzos de que era

capaz para arrancar algún aplauso.

Mi ama, como he dicho, dirigía la escena; indicaba las entradas y

salidas, cuidando de entregar a cada actor los objetos de que debía

hacer uso durante la representación. Diome la diadema y la carta y

salí en busca de Otelo que estaba solo en las tablas concluyendo su

monólogo. Entonces empecé aquella grandiosa escena, que es patética,

sublime y arrebatadora aun después de haber sido tamizada por el romo

ingenio de D. Teodoro La Calle.

--¿Sabes tú padecer?

--le dije--, y al punto Isidoro, mirándome sombríamente, repuso:

--Me han enseñado.

--Y sin agitación --_dije yo_--, ¿el triste aviso

de un infortunio grande escuchar puedes?

--Hombre soy.

--respondió con calma.

Continuó el diálogo, y parecía que Isidoro recobraba todo su genio,

pues los versos, inspirados por el recelo y la ansiedad le salían del

fondo del alma. Cuando dijo:

¡Infiel! ¡La prueba necesito!

¡Conque dámela luego!

me apretó tan fuertemente la muñeca y sus rabiosos ojos me miraron con

tanta furia, que perdí la serenidad, y por un instante los versos que

seguían a aquella demanda, huyeron de mi memoria. Pero no tardé en

reponerme: le di la diadema, y poco después la carta.

Mas en el momento en que vi en sus manos el fatal papel, un súbito

estremecimiento sacudió todo mi ser, y me quedé mudo de espanto. En

el color y en los dobleces del papel, en la forma de la letra, que

distinguí claramente cuando él fijó en ella la vista, reconocí la carta

que Lesbia me había dado en el Escorial para Mañara, y que después mi

ama sustrajo de mis ropas al llegar a Madrid.

Otelo debía leer en voz alta la carta, que según el drama decía:

«Padre mío: conozco la sinrazón con que os he ultrajado. Vos solo

tenéis derecho de disponer de vuestra hija, --_Edelmira_.»

Pero el pliego que la pícara Pepa había hecho llegar a sus manos, decía:

«Amado Juan: Te perdono la ofensa y los desaires que me has hecho;

pero si quieres que crea en tu arrepentimiento, pruébamelo viniendo

a cenar conmigo esta noche en mi cuarto, donde acabaré de disipar

tus infundados celos, haciéndote comprender que no he amado nunca,

ni puedo amar a Isidoro, ese salvaje y presumido comiquillo, a quien

solo he hablado alguna vez deseando divertirme con su necia pasión.

No faltes, si no quieres enfadar a tu --_Lesbia_.--P.D. No temas que

te prendan. Primero prenderán al Rey.»

Ocurrió una cosa singular. Isidoro leyó el papel en silencio; sus

labios secos y lívidos temblaron, y como si aún creyera que era ilusión

lo que veía, lo leyó y releyó de nuevo, mientras el público, ignorando

la causa de aquel silencio, mostró su asombro en un sordo murmullo.

Isidoro al fin alzó la vista, se pasó las manos por la frente; parecía

despertar de un sueño; balbuceó algunas voces terribles, cerró los

ojos, como tratando de serenarse y reanudar su papel; dio algunos

pasos hacia el público y retrocedió luego. Los rumores aumentaron: el

apuntador le llamó repitiendo con fuerza los versos, hasta que al fin

Isidoro se estremeció todo, su semblante se encendió vivamente, cerró

los puños, agitó los brazos, golpeó el suelo, y declamó los terribles

versos siguientes:

Mira: ves el papel, ves la diadema;

pues yo quiero empaparlos, sumergirlos,

en la sangre infeliz y detestable,

en esa sangre impura que abomino.

¿Concibes mi placer, cuando yo vea

sobre el cadáver, pálido, marchito,

de ese rival traidor, de ese tirano,

el cuerpo de su amante reunido?

Jamás estos versos se habían declamado en la escena española con tan

fogosa elocuencia, con tan aterradora expresión. El artificio del drama

había desaparecido, y el hombre mismo, el bárbaro y apasionado Otelo

espantaba al auditorio con las voces de su inflamada ira. Un aplauso

atronador y unánime estremeció la sala, porque nunca los concurrentes

habían visto perfección semejante.

Después las facciones del moro se alteraron; su rostro palideció:

oprimiose el pecho con ambas manos, y su voz, trocando el áspero tono

en otro desgarrador y patético, dijo:

Las recias tempestades

el viento anuncia con terrible ruido;

el rayo con relámpagos avisa

su golpe destructor, y los rugidos

del león su presencia nos advierten;

mas la mujer con ánimo tranquilo

y aparentes halagos nos destroza

el corazón cual pérfido asesino.

Nueva explosión de entusiastas aplausos. Las mujeres lloraban, algunos

hombres no podían conservar su entereza y lloraban también. La

concurrencia estaba estremecida, atónita, electrizada, y cada cual,

suspensa y postergada su propia naturaleza, vivía momentáneamente con

la naturaleza y las pasiones de Otelo.

La representación seguía: fuese Otelo, cambió la escena y apareció la

cámara de Edelmira. Entre tanto, todos me preguntaban la causa de la

turbación y desasosiego de Isidoro; mas yo no sabía qué responder.

Entre bastidores le buscamos con inquietud, pero no le podíamos

ver por ninguna parte, ni nadie se daba razón de dónde pudiera

encontrarse. Edelmira dijo los versos de su monólogo con extraordinaria

sensibilidad: no cesaba de mirar a Mañara, y la vanidosa coquetería de

sus ojos parecía decir: «¡qué bien represento!» mientras el afortunado

amante, embebecido en contemplarla, parecía contestarle: «¡qué guapa

estás!»

Y así era. Lesbia estaba encantadora, con los cabellos sueltos sobre

la espalda, y el ligero vestido blanco, que le ceñía el cuerpo

indolente. Entró luego Hermancia, la fiel amiga, y Edelmira le contó

sus tristes presentimientos. ¡Qué tono tan melancólico y dulce tenía su

voz al expresar el temor de una muerte funesta! ¡Cuán grande interés

despertaba su pena! Aunque yo había visto muchas veces la misma

tragedia, dentro de la escena, y había perdido toda ilusión, en aquella

noche sentía un terror inexplicable, y me conmovía la suerte de la

infeliz e inocente Edelmira.

La esposa de Otelo, ansiando desahogar la sofocante angustia de su

pecho, toma el arpa y entona la canción de Laura al pie del sauce,

cuyos lastimeros quejidos son la voz de la misma muerte. Edelmira, a

quien Manuel García había enseñado la hermosa estrofa, cantó con dulce

y poética expresión. Su voz parecía que nos penetraba hasta los huesos,

y nos hacía estremecer con horripilante escalofrío, como el contacto de

una hoja de acero.

Cesó la canción y sonó la tempestad en el interior del teatro. El

público estaba tan impresionado, que ni siquiera aplaudía. Acostose

Edelmira y todo quedó en profundo silencio. Otelo debía aparecer, y en

el breve momento en que estuvo la escena muda profundísimo silencio

reinaba en la sala. Yo creí sentir el palpitar de los corazones; pero

solo escuchaba las oscilaciones del mío. La más ardorosa inquietud

se había apoderado de mí, y miré en torno buscando una persona de

confianza a quien comunicar mis recelos; pero no vi sino el pálido

semblante de mi ama que se esforzaba en reír, diciendo:

--¡Qué bien ha hecho Lesbia su papel! Me confieso derrotada, pues

representa mil veces mejor que yo. Pero ahora verán ustedes a Isidoro.

Esta noche está más inspirado que nunca.

Observé a Máiquez que ya decía los primeros versos de la escena

junto al lecho de la veneciana. Su rostro aparentaba una serenidad

meditabunda. Cuando alzó las cortinas del lecho y dijo con voz calmosa

No... tú no morirás... ¡cuánto realzan

su hermosura estas lúgubres antorchas!

un rumor confuso surgió del apiñado auditorio; lloraban casi todas

las mujeres, y los hombros se esforzaban en sostener el decoro de la

insensibilidad. Otelo acerca su rostro al de Edelmira, y dice con

extasiado amor:

¡Con qué pureza respirar la siento!

¿Qué poderoso hechizo es el que arrastra

mi persona a la suya con tal fuerza?

Edelmira despierta con sobresalto. Otelo disimula al principio; mas

luego no oculta el objeto que le trae, y Edelmira, aterrada y confusa,

jura que es inocente. Nada convence al terrible moro, que mudando

de improviso la expresión de su fisonomía, exclama con ferocidad y

descompuestos ademanes:

Mírame, ¿me conoces... me conoces...?

El auditorio se estremeció de terror. Algunas señoras se desmayaron, y

oyéronse voces acongojadas que decían: «Piedad, piedad para Edelmira...

es inocente... ese infame Pésaro tiene la culpa... que traigan a

Pésaro.»

Isidoro sacó el papel y lo mostró con fiero ademán a Lesbia, quien

lanzó un grito terrible, sin decir los versos que correspondían en

aquel momento. Otelo se acercó más a Edelmira, y Edelmira hizo un

movimiento para saltar del lecho. Se le habían olvidado los versos;

pero al fin, dominando un poco su turbación recordó algo, y el diálogo

siguió así:

La corte de Carlos IV · 第 39 / 47 题