Al concluir el primer acto, y cuando aún no habían comenzado los poetas
a recitar sus versos, sorprendí a Isidoro en conversación muy viva
con Lesbia. Aunque hablaban en voz baja, me pareció oír en boca del
actor algunas recriminaciones y preguntas del tono más enérgico, y
creí advertir en el rostro de la dama cierta confusión o aturdimiento.
Cuando se separaron, mi desgracia quiso que Lesbia encarase conmigo,
interpelándome de este modo:
--¡Ah, Gabriel! Buena ocasión de hablarte a solas. Ya podrás figurarte
para qué. He estado llena de inquietud desde que supe que había sido
presa la persona...
--¡Ah! usía se refiere a la carta --dije atusándome los bigotes
postizos para disimular mi turbación.
--Supongo que no iría a manos extrañas. Supongo que la guardarías, y
que la habrás traído esta noche para devolvérmela.
--No señora, no la he traído; pero la buscaré... es decir...
--¡Cómo! --exclamó con mucha inquietud--, ¿la has perdido?
--No señora... quiero decir. La tengo allí... solo que yo... --fue la
única respuesta que se me vino a las mientes.
--Confío en tu discreción y en tu honradez --dijo con mucha seriedad--,
y espero la carta.
Sin añadir una palabra más se retiró, dejándome entristecido por
el grave compromiso en que me encontraba. Hice propósito de pedir
nuevamente a mi ama que me devolviese la carta, y con esta idea la
llamé aparte como si fuese a confiarle un secreto, y le supliqué del
modo más enfático que me diese aquel malhadado objeto, cuya devolución
era para mí un caso de honra. Ella se mostró sorprendida, y luego se
echó a reír, diciendo:
--Ya no me acordaba de tu carta. No sé dónde está.
Comenzó el segundo acto, que no me ocupaba más que durante una escena,
y concluida esta, me retiré al interior del teatro resuelto a poner
en práctica un atrevido pensamiento. Consistía este en hacer una
requisa en el cuarto de mi ama, mientras esta se hallase fuera. Cuando
la González me quitó la carta, recién venido del Escorial, advertí
que la guardó en el bolsillo de su traje. Aquel traje era el mismo
que había traído a casa de la marquesa; mas habiéndose mudado para
la representación de la tonadilla, se lo quitó, y estaba colgado con
otras muchas prendas, tales como mantón, chal, enaguas, etc., en una
percha puesta al efecto sobre la pared del fondo. Era preciso registrar
aquellas ropas. Mi ama, que dirigía la escena, y era la que indicaba
las salidas, disponiéndolo todo, no vendría. Yo había quedado libre por
todo el acto segundo. Tenía tiempo y coyuntura a propósito para lograr
mi objeto, y semejante acción no me parecía muy vituperable, porque mi
fin era recobrar por sorpresa, lo que por sorpresa se me había quitado.
Hícelo así, y con tanta cautela como rapidez registré los bolsillos
del traje, de los cuales saqué mil baratijas, aunque no lo que tan
afanosamente buscaba. Ya había perdido la esperanza de conseguir mi
objeto, y casi estaba dispuesto a creer que la carta no volvía a mis
manos por hallarse demasiado guardada o quizás rota y perdida, cuando
sentí acelerados pasos que se acercaban al cuarto. Temiendo que ella
me sorprendiera en tan fea ocupación, y no siéndome posible escapar,
me oculté bajo la percha y tras los vestidos, cuyas faldas me ofrecían
el más seguro escondite. Casi en el mismo instante entraron Lesbia e
Isidoro. Aquella cerró la puerta y ambos se sentaron.
Desde mi escondrijo les veía perfectamente. Máiquez en su traje de
Otelo parecía una figura antigua, que animada por misterioso agente, se
había desprendido del cuadro en que la grabara con los más calientes
colores el pincel veneciano. La tinta oscura con que tenía pintado
el rostro fingiendo la tez africana, aumentaba la expresión de sus
grandes ojos, la intensidad de su mirada, la blancura de sus dientes,
y la elocuencia de sus facciones. Un airoso turbante blanco y rojo,
sobre cuya tela se cruzaban filas de engastados diamantes, le cubría la
cabeza. Collares de ámbar y de gruesas perlas daban vueltas en su negro
cuello y desde los hombros hasta el tobillo le cubría un luengo traje
talar de tisú de oro, ceñido a la cintura y abierto por los costados
para dejar ver las calzas de púrpura estrechamente ajustadas. Alfanje y
daga, ambos con riquísima empuñadura, cuajada de pedrerías pendían del
tahalí, y en los brazos desnudos, que imitaban el matiz artificial de
la cara con una finísima calza de punto color de mulato, y terminada
en guante para disfrazar también la mano, lucían dos gruesas esclavas
de bronce en figura de sierpe enroscada. Dábale la luz de frente,
haciendo resplandecer las facetas de las mil piedras falsas, y el
tornasol del tisú verdadero con que se cubría, y añadidas a estos
efectos la animación de su fisonomía, la nobleza de sus movimientos,
presentaba el más hermoso aspecto de figura humana que es posible
imaginar.
Lesbia vestía de tisú de plata, con tanta elegancia como sencillez, y
sus cabellos de oro peinados a la antigua, obedeciendo más bien a la
moda coetánea que a la propiedad escénica, se entrelazaban con cintas y
rosarios de menudas perlas, no ciertamente falsas como las de Isidoro,
sino del más puro y fino oriente. El moro, apretando con sus negras
manos las de Lesbia blanquísimas y finas, le dijo:
--Aquí nos podemos hablar un instante.
--Sí, Pepa nos ha dicho que podríamos vernos en su cuarto --repuso
ella--: pero esta cita no ha de ser larga, porque la marquesa me
espera. Ya sabes que está ahí mi marido.
--¿A qué esa prisa? ¿Por qué no me escribiste desde el Escorial?
--No pude escribir --repuso ella con impaciencia--, pero cuando
hablemos despacio te explicaré...
--Ahora, ahora mismo has de contestar a lo que te pregunto.
--No seas tonto. Me prometiste no ser impertinente, curioso, ni pesado
--dijo con coquetería.
--Eso es lo mismo que prometer no amar, y yo te amo, Lesbia, te amo
demasiado por mi desgracia.
--¿Estás celoso, Otelo? --preguntó la dama, y luego tomando el tono
trágico, dijo entre burlas y veras:
¡Otelo mío! ¡Sí, para ti solo
mi corazón reserva su cariño!
--Déjate de bromas. Estoy celoso, sí, no puedo ocultártelo --exclamó el
moro con viva ansiedad.
--¿De quién?
--¿Y me lo preguntas? Piensas que no he visto a ese necio de Mañara,
puesto en primera fila, y mirándote como un idiota.
--¿Y no te fundas más que en eso? ¿No tienes otros motivos de sospecha?
--Pues si tuviera otros, desgraciada, ¿estarías con tanta calma delante
de mí?
--Poquito a poco, señor Otelo. ¿Sabes que te tengo miedo?
--En el Escorial ese joven se ha jactado públicamente de que le amas
--afirmó Isidoro, fijando tan terriblemente sus ojos en el rostro de
Lesbia, que parecía querer penetrar hasta el fondo del alma.
--Si te pones así, me marcho más pronto --dijo Lesbia algo
desconcertada.
--He recibido varios anónimos. En uno se me decía que ese joven te
escribió una carta el día de su prisión, y que tú le contestaste con
otra. Además yo sé que ese hombre te obsequia mucho, yo sé que te
visitaba en Madrid. ¿Querrás darme explicación sobre esto?
--¡Ah! tengo una grande y terrible enemiga, a quien supongo autora de
los anónimos que has recibido.
--¿Quién es?
--Ya te he hablado de esto en otra ocasión. Es Amaranta; y también te
he dicho que tras de la enemistad de la condesa, se esconde el odio de
otra persona más alta. Todas las damas que en otro tiempo le servimos
con fidelidad, estamos cansadas de presenciar las liviandades que
han manchado el trono, y no queremos asociarnos a los escándalos que
envilecen esta pobre nación. No te he contado el motivo de nuestra
querella; pero ahora mismo la vas a saber, y no te enfades si oyes el
nombre de ese mismo Mañara, a quien tanto temes. Parece que Mañara
rechazó, cual otro José, los halagos de la elevada persona, cuya
pasión se trocó con esto en odio vivísimo y deseo de venganza. Al
mismo tiempo ese joven dio en hacerme la corte, y la mujer ofendida
descargó sobre mí su rencor, cuando yo ni siquiera había advertido que
Mañara me amaba. Jamás me fijé en semejante hombre. Se emprendió contra
mí una guerra terrible y solapada: quitaron sus destinos a cuantos
habían sido colocados por mi mediación, y todo su afán se dirigía a
buscar los medios de deshonrarme. Viéndome perseguida sin motivo,
me hice partidaria del Príncipe de Asturias, ofrecí mi auxilio a los
conspiradores, y tengo la satisfacción de haber servido eficazmente tan
noble causa. A ti puedo revelártelo sin miedo: yo he sido depositaria
durante algún tiempo de la correspondencia establecida entre el
canónigo Escóiquiz y el embajador de Francia: en mi casa se reunieron
estos varias veces con otros personajes: yo sola tenía noticia de las
primeras conferencias celebradas en el Retiro; yo poseía el secreto de
todos los planes descubiertos por una simpleza del Príncipe; yo conocía
el proyecto de casar a este con una princesa imperial; sabía que el
duque del Infantado no esperaba más que la orden firmada por Fernando
para lanzar a la calle tropa y pueblo... en fin, lo sabía todo.
--Todo cuanto me dices parece inverosímil --dijo Isidoro--. Si es
cierto, ¿cómo no te han perseguido abiertamente, cómo te pusieron en
libertad a la media hora de estar presa?
--Ya sabía yo que no sería molestada. Poseo un escudo terrible que me
defiende contra las asechanzas de la camarilla. Creo haberte contado
que cuando intervine en la primera reconciliación de Godoy, cuando
intenté por superior encargo, de atraerle de nuevo a palacio, fui
depositaria de secretos, cuya publicación haría estremecer de espanto
a ciertas personas. Poseo papeles que rebajan y envilecen del modo más
repugnante a quien los escribió, y conozco el secreto de la inversión
de ciertos fondos de obras pías que se emplearon en lo que no tiene
nada de piadoso. Esto pasó en una época en que hacíamos excursiones
clandestinas fuera de palacio, cuando Amaranta hizo que Goya la
retratase desnuda. Hacía un año que estaba viuda: fue cuando por una
coincidencia providencial descubrí el gran secreto de su juventud, que
me reveló una mujer desconocida que vive a orillas del Manzanares,
junto a la casa del pintor. Ya te lo he dicho, y pienso hacer de manera
que nadie lo ignore. De un desgraciado y oculto amor que padeció
Amaranta antes de su matrimonio con el conde, nació una criatura que no
sé si vive todavía.
--Nunca me hablaste eso.
--Los padres de Amaranta supieron disimular su deshonra: el joven
amante, que pertenecía a una noble familia de Castilla y había venido a
Madrid buscando fortuna, huyó a Francia y fue muerto en las guerras de
la República.
--Me has referido una curiosa novela --dijo Isidoro--; ¡pero con
cuánto arte has desviado la conversación del asunto principal! Al fin
confiesas que Mañara te ha hecho la corte.
--Sí; pero jamás he pensado en corresponderle: ni le trato, ni le veo,
ni le hablo. Tus celos harán que por primera vez me fije en semejante
hombre.
--No me convences, no: yo tengo indicios, tengo noticias de que tú amas
a ese hombre. ¡Oh! si mis sospechas se confirmaran... ¿Crees que no he
advertido el embobamiento con que atiende a tu declamación?
--Procuraré entonces hacerlo mal para no conmover al público.
--No, no intentes disculparte ni disimular. ¿Por qué aseguras que
no te fijas en él, si yo mismo, durante la escena del Senado, te he
sorprendido mirándole, y aun me parece que le hiciste alguna seña?
--¿Yo? ¡estás loco! ¡Ah! no sabes. Mi marido, que dejó sus cacerías
para asistir a esta representación, está ahí esta noche, y la pérfida
Amaranta, sentada a su lado, le habla con mucho interés. Si me ves que
miro al público es porque me inspiran mucha inquietud los coloquios
del duque con Amaranta. Temo que esta le haya dirigido también algún
anónimo. Su frialdad y ademán sombrío me indican que también sospecha.
--¿Lo ves...? Y con motivo fundado.
--Sí; porque sospecha de ti.
--No... no --exclamó Isidoro--. No trastornes la cuestión. Tú amas a
Mañara; con todos tus artificios no puedes arrancar esta sospecha de
mi ardiente cerebro. ¡Y ese necio está ahí, gozándose en los aplausos
que te prodigan, que adulan su amor propio porque se siente amado de la
gloriosa artista! ¡No, no quiero que representes más! ¡Cuando contemplo
desde arriba el entusiasmo de tus admiradores; cuando les veo con los
ojos fijos en ti, participando de la pasión que indican tus palabras,
saltaría del escenario para cerrarles a golpes los ojos con que te
miran!
--Me haces estremecer --dijo Lesbia--. No eres Isidoro, eres Otelo en
persona. Sosiégate, por Dios. Harto sabes lo mucho que te amo. ¿A qué
me mortificas con celos ilusorios?
--Disípalos tú.
--¿Cómo, si ninguna razón te convence? Tu violento carácter ha de
traerme algún compromiso. Modérate, por Dios, y no seas loco.
--Lo haré si me amas. Tú no sabes quién soy. Isidoro no consiente
rivales ni en la escena, ni fuera de ella. De Isidoro no se ha burlado
hasta ahora ninguna mujer, ni menos ningún hombre. Entiéndelo bien.
--Sí, señor mío, estoy en ello --contestó Lesbia en tono jovial y
levantándose para retirarse--. Pero aunque esta conversación me agrada
mucho, tengo que irme. ¿Sabes que te tengo miedo?
--Quizás con razón. ¿Pero te vas tan pronto? --dijo el moro intentando
detenerla aún.
--Sí; me voy --repuso Lesbia--. Ya ha concluido la tonadilla, y pronto
empezará el tercer acto.
Y ligera como una corza se marchó. En aquel instante se oyeron los
aplausos con que era saludada mi ama al acabar la tonadilla, y poco
después entró en su cuarto radiante de júbilo, con el rostro encendido
por la emoción, y tan sofocada que al punto dio con su cuerpo en un
sofá.