XXIII

Al concluir el primer acto, y cuando aún no habían comenzado los poetas

a recitar sus versos, sorprendí a Isidoro en conversación muy viva

con Lesbia. Aunque hablaban en voz baja, me pareció oír en boca del

actor algunas recriminaciones y preguntas del tono más enérgico, y

creí advertir en el rostro de la dama cierta confusión o aturdimiento.

Cuando se separaron, mi desgracia quiso que Lesbia encarase conmigo,

interpelándome de este modo:

--¡Ah, Gabriel! Buena ocasión de hablarte a solas. Ya podrás figurarte

para qué. He estado llena de inquietud desde que supe que había sido

presa la persona...

--¡Ah! usía se refiere a la carta --dije atusándome los bigotes

postizos para disimular mi turbación.

--Supongo que no iría a manos extrañas. Supongo que la guardarías, y

que la habrás traído esta noche para devolvérmela.

--No señora, no la he traído; pero la buscaré... es decir...

--¡Cómo! --exclamó con mucha inquietud--, ¿la has perdido?

--No señora... quiero decir. La tengo allí... solo que yo... --fue la

única respuesta que se me vino a las mientes.

--Confío en tu discreción y en tu honradez --dijo con mucha seriedad--,

y espero la carta.

Sin añadir una palabra más se retiró, dejándome entristecido por

el grave compromiso en que me encontraba. Hice propósito de pedir

nuevamente a mi ama que me devolviese la carta, y con esta idea la

llamé aparte como si fuese a confiarle un secreto, y le supliqué del

modo más enfático que me diese aquel malhadado objeto, cuya devolución

era para mí un caso de honra. Ella se mostró sorprendida, y luego se

echó a reír, diciendo:

--Ya no me acordaba de tu carta. No sé dónde está.

Comenzó el segundo acto, que no me ocupaba más que durante una escena,

y concluida esta, me retiré al interior del teatro resuelto a poner

en práctica un atrevido pensamiento. Consistía este en hacer una

requisa en el cuarto de mi ama, mientras esta se hallase fuera. Cuando

la González me quitó la carta, recién venido del Escorial, advertí

que la guardó en el bolsillo de su traje. Aquel traje era el mismo

que había traído a casa de la marquesa; mas habiéndose mudado para

la representación de la tonadilla, se lo quitó, y estaba colgado con

otras muchas prendas, tales como mantón, chal, enaguas, etc., en una

percha puesta al efecto sobre la pared del fondo. Era preciso registrar

aquellas ropas. Mi ama, que dirigía la escena, y era la que indicaba

las salidas, disponiéndolo todo, no vendría. Yo había quedado libre por

todo el acto segundo. Tenía tiempo y coyuntura a propósito para lograr

mi objeto, y semejante acción no me parecía muy vituperable, porque mi

fin era recobrar por sorpresa, lo que por sorpresa se me había quitado.

Hícelo así, y con tanta cautela como rapidez registré los bolsillos

del traje, de los cuales saqué mil baratijas, aunque no lo que tan

afanosamente buscaba. Ya había perdido la esperanza de conseguir mi

objeto, y casi estaba dispuesto a creer que la carta no volvía a mis

manos por hallarse demasiado guardada o quizás rota y perdida, cuando

sentí acelerados pasos que se acercaban al cuarto. Temiendo que ella

me sorprendiera en tan fea ocupación, y no siéndome posible escapar,

me oculté bajo la percha y tras los vestidos, cuyas faldas me ofrecían

el más seguro escondite. Casi en el mismo instante entraron Lesbia e

Isidoro. Aquella cerró la puerta y ambos se sentaron.

Desde mi escondrijo les veía perfectamente. Máiquez en su traje de

Otelo parecía una figura antigua, que animada por misterioso agente, se

había desprendido del cuadro en que la grabara con los más calientes

colores el pincel veneciano. La tinta oscura con que tenía pintado

el rostro fingiendo la tez africana, aumentaba la expresión de sus

grandes ojos, la intensidad de su mirada, la blancura de sus dientes,

y la elocuencia de sus facciones. Un airoso turbante blanco y rojo,

sobre cuya tela se cruzaban filas de engastados diamantes, le cubría la

cabeza. Collares de ámbar y de gruesas perlas daban vueltas en su negro

cuello y desde los hombros hasta el tobillo le cubría un luengo traje

talar de tisú de oro, ceñido a la cintura y abierto por los costados

para dejar ver las calzas de púrpura estrechamente ajustadas. Alfanje y

daga, ambos con riquísima empuñadura, cuajada de pedrerías pendían del

tahalí, y en los brazos desnudos, que imitaban el matiz artificial de

la cara con una finísima calza de punto color de mulato, y terminada

en guante para disfrazar también la mano, lucían dos gruesas esclavas

de bronce en figura de sierpe enroscada. Dábale la luz de frente,

haciendo resplandecer las facetas de las mil piedras falsas, y el

tornasol del tisú verdadero con que se cubría, y añadidas a estos

efectos la animación de su fisonomía, la nobleza de sus movimientos,

presentaba el más hermoso aspecto de figura humana que es posible

imaginar.

Lesbia vestía de tisú de plata, con tanta elegancia como sencillez, y

sus cabellos de oro peinados a la antigua, obedeciendo más bien a la

moda coetánea que a la propiedad escénica, se entrelazaban con cintas y

rosarios de menudas perlas, no ciertamente falsas como las de Isidoro,

sino del más puro y fino oriente. El moro, apretando con sus negras

manos las de Lesbia blanquísimas y finas, le dijo:

--Aquí nos podemos hablar un instante.

--Sí, Pepa nos ha dicho que podríamos vernos en su cuarto --repuso

ella--: pero esta cita no ha de ser larga, porque la marquesa me

espera. Ya sabes que está ahí mi marido.

--¿A qué esa prisa? ¿Por qué no me escribiste desde el Escorial?

--No pude escribir --repuso ella con impaciencia--, pero cuando

hablemos despacio te explicaré...

--Ahora, ahora mismo has de contestar a lo que te pregunto.

--No seas tonto. Me prometiste no ser impertinente, curioso, ni pesado

--dijo con coquetería.

--Eso es lo mismo que prometer no amar, y yo te amo, Lesbia, te amo

demasiado por mi desgracia.

--¿Estás celoso, Otelo? --preguntó la dama, y luego tomando el tono

trágico, dijo entre burlas y veras:

¡Otelo mío! ¡Sí, para ti solo

mi corazón reserva su cariño!

--Déjate de bromas. Estoy celoso, sí, no puedo ocultártelo --exclamó el

moro con viva ansiedad.

--¿De quién?

--¿Y me lo preguntas? Piensas que no he visto a ese necio de Mañara,

puesto en primera fila, y mirándote como un idiota.

--¿Y no te fundas más que en eso? ¿No tienes otros motivos de sospecha?

--Pues si tuviera otros, desgraciada, ¿estarías con tanta calma delante

de mí?

--Poquito a poco, señor Otelo. ¿Sabes que te tengo miedo?

--En el Escorial ese joven se ha jactado públicamente de que le amas

--afirmó Isidoro, fijando tan terriblemente sus ojos en el rostro de

Lesbia, que parecía querer penetrar hasta el fondo del alma.

--Si te pones así, me marcho más pronto --dijo Lesbia algo

desconcertada.

--He recibido varios anónimos. En uno se me decía que ese joven te

escribió una carta el día de su prisión, y que tú le contestaste con

otra. Además yo sé que ese hombre te obsequia mucho, yo sé que te

visitaba en Madrid. ¿Querrás darme explicación sobre esto?

--¡Ah! tengo una grande y terrible enemiga, a quien supongo autora de

los anónimos que has recibido.

--¿Quién es?

--Ya te he hablado de esto en otra ocasión. Es Amaranta; y también te

he dicho que tras de la enemistad de la condesa, se esconde el odio de

otra persona más alta. Todas las damas que en otro tiempo le servimos

con fidelidad, estamos cansadas de presenciar las liviandades que

han manchado el trono, y no queremos asociarnos a los escándalos que

envilecen esta pobre nación. No te he contado el motivo de nuestra

querella; pero ahora mismo la vas a saber, y no te enfades si oyes el

nombre de ese mismo Mañara, a quien tanto temes. Parece que Mañara

rechazó, cual otro José, los halagos de la elevada persona, cuya

pasión se trocó con esto en odio vivísimo y deseo de venganza. Al

mismo tiempo ese joven dio en hacerme la corte, y la mujer ofendida

descargó sobre mí su rencor, cuando yo ni siquiera había advertido que

Mañara me amaba. Jamás me fijé en semejante hombre. Se emprendió contra

mí una guerra terrible y solapada: quitaron sus destinos a cuantos

habían sido colocados por mi mediación, y todo su afán se dirigía a

buscar los medios de deshonrarme. Viéndome perseguida sin motivo,

me hice partidaria del Príncipe de Asturias, ofrecí mi auxilio a los

conspiradores, y tengo la satisfacción de haber servido eficazmente tan

noble causa. A ti puedo revelártelo sin miedo: yo he sido depositaria

durante algún tiempo de la correspondencia establecida entre el

canónigo Escóiquiz y el embajador de Francia: en mi casa se reunieron

estos varias veces con otros personajes: yo sola tenía noticia de las

primeras conferencias celebradas en el Retiro; yo poseía el secreto de

todos los planes descubiertos por una simpleza del Príncipe; yo conocía

el proyecto de casar a este con una princesa imperial; sabía que el

duque del Infantado no esperaba más que la orden firmada por Fernando

para lanzar a la calle tropa y pueblo... en fin, lo sabía todo.

--Todo cuanto me dices parece inverosímil --dijo Isidoro--. Si es

cierto, ¿cómo no te han perseguido abiertamente, cómo te pusieron en

libertad a la media hora de estar presa?

--Ya sabía yo que no sería molestada. Poseo un escudo terrible que me

defiende contra las asechanzas de la camarilla. Creo haberte contado

que cuando intervine en la primera reconciliación de Godoy, cuando

intenté por superior encargo, de atraerle de nuevo a palacio, fui

depositaria de secretos, cuya publicación haría estremecer de espanto

a ciertas personas. Poseo papeles que rebajan y envilecen del modo más

repugnante a quien los escribió, y conozco el secreto de la inversión

de ciertos fondos de obras pías que se emplearon en lo que no tiene

nada de piadoso. Esto pasó en una época en que hacíamos excursiones

clandestinas fuera de palacio, cuando Amaranta hizo que Goya la

retratase desnuda. Hacía un año que estaba viuda: fue cuando por una

coincidencia providencial descubrí el gran secreto de su juventud, que

me reveló una mujer desconocida que vive a orillas del Manzanares,

junto a la casa del pintor. Ya te lo he dicho, y pienso hacer de manera

que nadie lo ignore. De un desgraciado y oculto amor que padeció

Amaranta antes de su matrimonio con el conde, nació una criatura que no

sé si vive todavía.

--Nunca me hablaste eso.

--Los padres de Amaranta supieron disimular su deshonra: el joven

amante, que pertenecía a una noble familia de Castilla y había venido a

Madrid buscando fortuna, huyó a Francia y fue muerto en las guerras de

la República.

--Me has referido una curiosa novela --dijo Isidoro--; ¡pero con

cuánto arte has desviado la conversación del asunto principal! Al fin

confiesas que Mañara te ha hecho la corte.

--Sí; pero jamás he pensado en corresponderle: ni le trato, ni le veo,

ni le hablo. Tus celos harán que por primera vez me fije en semejante

hombre.

--No me convences, no: yo tengo indicios, tengo noticias de que tú amas

a ese hombre. ¡Oh! si mis sospechas se confirmaran... ¿Crees que no he

advertido el embobamiento con que atiende a tu declamación?

--Procuraré entonces hacerlo mal para no conmover al público.

--No, no intentes disculparte ni disimular. ¿Por qué aseguras que

no te fijas en él, si yo mismo, durante la escena del Senado, te he

sorprendido mirándole, y aun me parece que le hiciste alguna seña?

--¿Yo? ¡estás loco! ¡Ah! no sabes. Mi marido, que dejó sus cacerías

para asistir a esta representación, está ahí esta noche, y la pérfida

Amaranta, sentada a su lado, le habla con mucho interés. Si me ves que

miro al público es porque me inspiran mucha inquietud los coloquios

del duque con Amaranta. Temo que esta le haya dirigido también algún

anónimo. Su frialdad y ademán sombrío me indican que también sospecha.

--¿Lo ves...? Y con motivo fundado.

--Sí; porque sospecha de ti.

--No... no --exclamó Isidoro--. No trastornes la cuestión. Tú amas a

Mañara; con todos tus artificios no puedes arrancar esta sospecha de

mi ardiente cerebro. ¡Y ese necio está ahí, gozándose en los aplausos

que te prodigan, que adulan su amor propio porque se siente amado de la

gloriosa artista! ¡No, no quiero que representes más! ¡Cuando contemplo

desde arriba el entusiasmo de tus admiradores; cuando les veo con los

ojos fijos en ti, participando de la pasión que indican tus palabras,

saltaría del escenario para cerrarles a golpes los ojos con que te

miran!

--Me haces estremecer --dijo Lesbia--. No eres Isidoro, eres Otelo en

persona. Sosiégate, por Dios. Harto sabes lo mucho que te amo. ¿A qué

me mortificas con celos ilusorios?

--Disípalos tú.

--¿Cómo, si ninguna razón te convence? Tu violento carácter ha de

traerme algún compromiso. Modérate, por Dios, y no seas loco.

--Lo haré si me amas. Tú no sabes quién soy. Isidoro no consiente

rivales ni en la escena, ni fuera de ella. De Isidoro no se ha burlado

hasta ahora ninguna mujer, ni menos ningún hombre. Entiéndelo bien.

--Sí, señor mío, estoy en ello --contestó Lesbia en tono jovial y

levantándose para retirarse--. Pero aunque esta conversación me agrada

mucho, tengo que irme. ¿Sabes que te tengo miedo?

--Quizás con razón. ¿Pero te vas tan pronto? --dijo el moro intentando

detenerla aún.

--Sí; me voy --repuso Lesbia--. Ya ha concluido la tonadilla, y pronto

empezará el tercer acto.

Y ligera como una corza se marchó. En aquel instante se oyeron los

aplausos con que era saludada mi ama al acabar la tonadilla, y poco

después entró en su cuarto radiante de júbilo, con el rostro encendido

por la emoción, y tan sofocada que al punto dio con su cuerpo en un

sofá.

La corte de Carlos IV · 第 37 / 47 题