XXII

Llegó la noche y la función de la marquesa era preparada con mucha

actividad. Cuando dejé las ropas de mi ama en el cuarto que se le había

destinado para vestirse, por la escalera pequeña subí al sotabanco, y

encontré a Inés muy apesadumbrada porque los dolores de la enferma se

habían recrudecido y mostraba la buena mujer mucha inquietud. Yo estuve

allí para consolar a mi amiga y a su buen tío todo el tiempo de que

pude disponer; pero al fin me fue forzoso abandonarlos, y bajé a casa

de la marquesa muy afligido.

Describiré aquella hermosa mansión para que ustedes puedan formarse

idea de su esplendor en tan célebre noche. D. Francisco Goya había sido

encargado del ornato de la casa, y casi es excusado elogiar lo que

corría por cuenta de tan sabio maestro. Desde el recibimiento hasta la

sala había adornado las paredes con guirnaldas de flores y festones de

ramaje, hechas aquella con papel y estos con hojas de encina, ambas

obras tan perfectas, que nada más bello podía apetecer la vista. Las

lámparas y candelillas habían sido puestas con mucho arte, también

en forma de guirnaldas y festones de diversos colores, y su vivo

resplandor daba fantástico aspecto a la casa toda.

El primer salón, de cuyas paredes las modas nuevas no habían desterrado

aún aquellos hermosos tapices, que pasaban de generación a generación,

entre los tesoros vinculados, no perdía con tan espléndidas luminarias

su grave aspecto; antes bien, las luces, dando extraños reflejos

a las armaduras de cuerpo entero que ocupaban los ángulos, visera

calada y lanza en mano, como centinelas de acero, parecían imprimir

el movimiento y el calor de la vida a los imaginarios cuerpos que

se suponían dentro de ellas. Alegres cuadros de toros disipaban la

tristeza producida en el ánimo por otros, en cuyo oscuros lienzos

habían sido retratados dos siglos antes por Pantoja de la Cruz o por

Sánchez Coello, hasta una docena de personajes ceñudos y sombríos,

conquistadores de medio mundo.

Con estas joyas del arte nacional contrastaban notoriamente los muebles

recién introducidos por el gusto neoclásico de la revolución francesa,

y no puedo detenerme a describiros las formas griegas, los grupos

mitológicos, las figuras de Hora o de Neira o de Hermes, que relucían

sobre los relojes, al pie de los candelabros y en las asas de los vasos

de flores sus académicas actitudes. Todos aquellos dioses menores, que

jabelgados de oro, renovaban dentro de los palacios los esplendores

del viejo Olimpo, no se avenían muy bien con la desenvoltura de los

toreros y las majas que el pincel y el telar habían representado con

profusión en tapices y cuadros; pero la mayor parte de las personas no

paraban mientes en esta inarmonía.

El salón donde estaba el teatro era el más alegre. Goya había pintado

habilísimamente el telón y el marco que componían el frontispicio. El

Apolo que tocaba no sé si lira o guitarra en el centro del lienzo, era

un majo muy garboso, y a su lado nueve manolas lindísimas demostraban

en sus atributos y posiciones que el gran artista se había acordado

de las musas. Aquel grupo era encantador, pero al mismo tiempo la más

aguda y chistosa sátira que echó al mundo con sus mágicos colores D.

Francisco Goya; porque hasta el buen Pegaso estaba representado por un

poderoso alazán cordobés que, cubierto de arreos comunes, brincaba en

segundo término. En el marco menudeaban los amorcillos, copiados con

mucho donaire de los pilluelos del Rastro. No era aquella la primera

vez que el autor de los _Caprichos_ se burlaba del Parnaso.

Pero dejemos los salones y penetremos entre bastidores, donde el

movimiento y la confusión eran tales que no nos podíamos revolver. Se

habían dispuesto varios cuartos para que los actores se vistieran: a

Máiquez se señaló uno, otro a mi ama, y en el tercero nos vestíamos,

sin distinción de sexos, todos los demás representantes venidos del

teatro. Lesbia tenía por tocador el mismo de la señora marquesa, y

los dos galanes aficionados se vestían en las habitaciones del amo

de la casa. Creo que yo fui el primero que se arregló, trocándome

de festivo Gabrielillo en el sombrío Pésaro, que es el Yago de la

inmortal tragedia. El traje que me pusieron creo que no pertenecía a

época alguna de la historia, y era como todos los que usaron los malos

cómicos en las pasadas edades. Hubiera servido para hacer de paje; pero

con las barbas que me aplicaron a las quijadas, me trasformé de tal

modo, que los sastres allí presentes me dieron por el más tétrico y

espantable traidor que había salido de sus manos.

Mientras se vestían los demás, di un paseo por el escenario,

entreteniéndome en mirar al través de los agujeros del telón la

vistosa concurrencia que ya invadía la sala. A quien primero vi fue al

joven Mañara, sentado en primera fila junto al telón. Luego advertí

que hombres y mujeres dirigieron la vista a la puerta principal,

apartándose para dar paso a alguna persona que en aquel momento

entraba, y cuya presencia produjo en el alegre concurso general

silencio, seguido después de un murmullo de admiración. Una mujer

arrogante y hermosísima entró en la sala y avanzaba hacia el centro

recibiendo los saludos de amigos y amigas. Vestía de blanco, con uno de

aquellos trajes ligeros y ceñidos, que llamaban _volúbilis_, llevando

sobre el pecho una banda de rosas que la moda designaba con el nombre

de _croissures à la victime_. Su peinado, de estilo griego, era el

que en la tecnología del arte capilar se llamaba entonces _toilette

Iphigénie_. A su hermosura, a la belleza de su vestido, daba mayor

realce la artística profusión de diamantes que encendían mil luces

microscópicas en su cabeza y en su seno. ¿Necesitaré decir que era

Amaranta?

Viéndola no tardaron en encenderse dentro de mí, en los oscuros

centros de la imaginación aquellos fuegos vaporosos y tenues, que

se me representan como si una llama alcohólica bailase caracoleando

dentro de mi cerebro. Mientras la contemplaba, no traje a la memoria

el envilecimiento en que habría caído siguiendo en su servicio.

Su hermosura era tan hechicera, tan abrumadora; su actitud tan

orgullosamente noble, el imperio de sus miradas tan irresistible y

despótico, que valía la pena de doblar por un momento la terrible

hoja que yo había leído en el libro de su misterioso carácter. Con

tal fijeza la miraba, que parecía clavado tras el telón: mis ojos

trataban de buscar el rayo de los suyos, seguían los movimientos de su

cabeza, y observándole las facciones y el casi imperceptible modular

de sus labios, querían adivinar cuáles eran sus palabras, cuáles sus

pensamientos en aquel instante. Dentro de poco se alzaría el telón;

en mí se fijarían las miradas de toda aquella brillante muchedumbre y

especialmente de Amaranta; atenderían a mis estudiadas palabras; y el

desarrollo de la acción en que yo tomaba parte, despertaría sin duda

la sensibilidad, el interés, el entusiasmo de tan escogido auditorio.

Estos razonamientos fueron el aguijón que acabó de despabilar la

adormecida vanidad dentro de mí, y lleno de los más necios humos pensé

que hacerse aplaudir de tantas señoras y caballeros era una gloria

cuyos rayos debían proyectar clarísima luz sobre la vida entera.

La orquesta, comenzando de improviso la sonata que había de preceder

a la representación, hizo llegar al último grado la excitación de mi

cerebro. La sangre circulaba velozmente por mis venas, dándome una

actividad devoradora; y me ocurrió que tener una casa como aquella,

convidar a tantos y tan nobles amigos, recibir, obsequiar a tal

conjunto de bellas damas, debía ser la mayor satisfacción concedida al

mortal sobre la tierra. Pero la tragedia iba a empezar; el apuntador

estaba en la concha, Isidoro había salido de su cuarto, y la misma

Lesbia, menos asustada de lo que yo suponía, se preparaba a salir a

la escena. Esto me distrajo y ya no sentí sino miedo. Pasaron algunos

minutos y se alzó el telón.

La tragedia _Otello o el Moro de Venecia_ era una detestable

traducción, que D. Teodoro La Calle había hecho del Otello de Ducis,

arreglo muy desgraciado del drama de Shakespeare. A pesar de la inmensa

escala descendente que aquella gran obra había recorrido desde la

eminente cumbre del poeta inglés hasta la bajísima sima del traductor

español, conservaba siempre los elementos dramáticos de su origen, y

la impresión que ejercía sobre el público era asombrosa. Supongo que

todos ustedes conocerán la tragedia primitiva, y así me costará poco

darles a conocer las variantes. Los personajes estaban reducidos a

siete. Otelo era el mismo. Los caracteres de Casio y Roderigo habían

sido fundidos en una figura de segundo término llamada Loredano, que

se presentaba como hijo del Dux. El senador Brabantio era Odalberto

y tenía más intervención en la fábula. Desdémona no había cambiado

más que de nombre, pues se llamaba Edelmira; Emilia se trocaba en

Hermancia, y Yago, el traidor y falso amigo del moro, tenía por nombre

Pésaro. La acción estaba muy simplificada, y los recursos escénicos

del pañuelo habían desaparecido, sustituyéndolos con una diadema y una

carta, que debían pasar de las manos de Edelmira a las de Loredano para

que adquiridas luego por Pésaro y presentadas a Otelo, confirmaran la

calumnia de aquel. Pero aparte de estas modificaciones y del estilo,

y de la expresión y energía de los afectos que desde la obra inglesa

a la española ponían tanta distancia como del cielo a la tierra, el

drama en su estructura íntima era el mismo, y sus escenas se repartían

igualmente en cinco actos. Para abreviar intermedios, Máiquez dispuso

que en aquella representación se reuniesen los actos segundo y tercero,

y el cuarto con el quinto, de modo que la obra quedó en tres jornadas.

En la segunda escena, después que el Dux recitó algunos versos, me

correspondía salir a mí, haciendo en un parlamento no muy largo la

relación de los triunfos militares de Otelo. Con voz muy temblorosa

dije los primeros versos.

¡Que no hayan sido vuestros mismos ojos

fieles testigos de su ardor bizarro!

Pero me fui reponiendo poco a poco, y la verdad es que no lo hice

tan mal, aunque no corresponda a mi pluma el describirlo. Después

entraban en escena Otelo y más tarde Edelmira. Nada puedo deciros de la

perfección con que Isidoro dijo ante el senado, el modo y manera con

que encendió la llama amorosa en el corazón de Edelmira; y en cuanto a

esta, debo desde luego señalarla como consumada actriz, porque en la

misma escena ante el senado, declamó con una sensibilidad que habría

envidiado Rita Luna.

En el primer entreacto debían recitar versos Moratín, Arriaza y Vargas

Ponce. El escenario se había llenado de personajes que deseaban

felicitar a la triunfante Edelmira. Allí vi al diplomático, que no

había desistido al parecer de hacer la corte a mi ama, pues corrió

presuroso tras ella, diciéndole:

--Puede usted estar segura, adorada Pepita, que _nuestra pasión_

quedará en secreto, pues ya se conoce mi reserva en estas delicadísimas

materias.

Junto con él había subido al escenario D. Leandro Moratín, el cual era

entonces un hombre como de cuarenta y cinco años, pálido y serio, de

mediana estatura, dulce y apagada voz, con cierta expresión biliosa

en su semblante, como hombre a quien entristece la hipocondría e

inquieta el recelo. En sus conversaciones era siempre mucho menos

festivo que en sus escritos; pero tenía semejanza con estos por la

serenidad inalterable en las sátiras más crueles, por el comedimiento,

el aticismo, cierta urbanidad solapada e irónica, y la estudiada

llaneza de sus conceptos. Nadie le puede quitar la gloria de haber

restaurado la comedia española, y _El sí de las niñas_, en cuyo estreno

tuve, como he dicho, parte tan principal, me ha parecido siempre una

de las obras más acabadas del ingenio. Como hombre, tiene en su abono

la fidelidad que guardó al Príncipe de la Paz, cuando era moda hacer

leña de este gran árbol caído. Verdad es que el poeta vivió y medró

bastante a la sombra de aquel cuando estaba en pie y podía cubrir

a muchos con sus frondosas ramas. Si mi opinión pudiera servir de

algo, no vacilaría en poner a D. Leandro entre los primeros prosistas

castellanos; pero su poesía me ha parecido siempre, exceptuando algunas

composiciones ligeras, un artificioso tejido, o mejor, un clavazón de

durísimos versos, a quienes no pueden dar flexibilidad y brillo todos

los martillos de la retórica. Moratín además, en materia de principios

literarios, tenía toda la ciencia de su época, que no era mucha; pero

aun así, más le hubiera valido emplearla en componer mayor número de

obras, que no en señalar con tanta insistencia las faltas de los

demás. Murió en 1828, y en sus cartas y papeles no hay indicio de que

conociera a Byron, a Goethe y Schiller, de modo que bajó al sepulcro

creyendo que Goldoni era el primer poeta de su tiempo.

Pido mil perdones por esta digresión, y sigo contando. En el escenario

leía Moratín el romance _Cosas pretenden de mí_, que hizo reír a los

concurrentes, porque en él pintaba con mucha gracia la perplejidad

en que le ponían sus amigos y sus detractores. El romance era a cada

momento interrumpido con afectuosas palmadas, especialmente al llegar

al pasaje en que está la conversación de los pedantes; ¿pero quién

negará que en aquella composición Moratín no hace otra cosa que una

apoteosis de su persona?

Dejemos al grande ingenio asfixiándose en el humo de los plácemes más

lisonjeros, y sigamos la intriga del drama que iba a representarse

entre bastidores, no menos patético que el comenzado sobre las tablas y

ante el público.

La corte de Carlos IV · 第 36 / 47 题