Llegó la noche y la función de la marquesa era preparada con mucha
actividad. Cuando dejé las ropas de mi ama en el cuarto que se le había
destinado para vestirse, por la escalera pequeña subí al sotabanco, y
encontré a Inés muy apesadumbrada porque los dolores de la enferma se
habían recrudecido y mostraba la buena mujer mucha inquietud. Yo estuve
allí para consolar a mi amiga y a su buen tío todo el tiempo de que
pude disponer; pero al fin me fue forzoso abandonarlos, y bajé a casa
de la marquesa muy afligido.
Describiré aquella hermosa mansión para que ustedes puedan formarse
idea de su esplendor en tan célebre noche. D. Francisco Goya había sido
encargado del ornato de la casa, y casi es excusado elogiar lo que
corría por cuenta de tan sabio maestro. Desde el recibimiento hasta la
sala había adornado las paredes con guirnaldas de flores y festones de
ramaje, hechas aquella con papel y estos con hojas de encina, ambas
obras tan perfectas, que nada más bello podía apetecer la vista. Las
lámparas y candelillas habían sido puestas con mucho arte, también
en forma de guirnaldas y festones de diversos colores, y su vivo
resplandor daba fantástico aspecto a la casa toda.
El primer salón, de cuyas paredes las modas nuevas no habían desterrado
aún aquellos hermosos tapices, que pasaban de generación a generación,
entre los tesoros vinculados, no perdía con tan espléndidas luminarias
su grave aspecto; antes bien, las luces, dando extraños reflejos
a las armaduras de cuerpo entero que ocupaban los ángulos, visera
calada y lanza en mano, como centinelas de acero, parecían imprimir
el movimiento y el calor de la vida a los imaginarios cuerpos que
se suponían dentro de ellas. Alegres cuadros de toros disipaban la
tristeza producida en el ánimo por otros, en cuyo oscuros lienzos
habían sido retratados dos siglos antes por Pantoja de la Cruz o por
Sánchez Coello, hasta una docena de personajes ceñudos y sombríos,
conquistadores de medio mundo.
Con estas joyas del arte nacional contrastaban notoriamente los muebles
recién introducidos por el gusto neoclásico de la revolución francesa,
y no puedo detenerme a describiros las formas griegas, los grupos
mitológicos, las figuras de Hora o de Neira o de Hermes, que relucían
sobre los relojes, al pie de los candelabros y en las asas de los vasos
de flores sus académicas actitudes. Todos aquellos dioses menores, que
jabelgados de oro, renovaban dentro de los palacios los esplendores
del viejo Olimpo, no se avenían muy bien con la desenvoltura de los
toreros y las majas que el pincel y el telar habían representado con
profusión en tapices y cuadros; pero la mayor parte de las personas no
paraban mientes en esta inarmonía.
El salón donde estaba el teatro era el más alegre. Goya había pintado
habilísimamente el telón y el marco que componían el frontispicio. El
Apolo que tocaba no sé si lira o guitarra en el centro del lienzo, era
un majo muy garboso, y a su lado nueve manolas lindísimas demostraban
en sus atributos y posiciones que el gran artista se había acordado
de las musas. Aquel grupo era encantador, pero al mismo tiempo la más
aguda y chistosa sátira que echó al mundo con sus mágicos colores D.
Francisco Goya; porque hasta el buen Pegaso estaba representado por un
poderoso alazán cordobés que, cubierto de arreos comunes, brincaba en
segundo término. En el marco menudeaban los amorcillos, copiados con
mucho donaire de los pilluelos del Rastro. No era aquella la primera
vez que el autor de los _Caprichos_ se burlaba del Parnaso.
Pero dejemos los salones y penetremos entre bastidores, donde el
movimiento y la confusión eran tales que no nos podíamos revolver. Se
habían dispuesto varios cuartos para que los actores se vistieran: a
Máiquez se señaló uno, otro a mi ama, y en el tercero nos vestíamos,
sin distinción de sexos, todos los demás representantes venidos del
teatro. Lesbia tenía por tocador el mismo de la señora marquesa, y
los dos galanes aficionados se vestían en las habitaciones del amo
de la casa. Creo que yo fui el primero que se arregló, trocándome
de festivo Gabrielillo en el sombrío Pésaro, que es el Yago de la
inmortal tragedia. El traje que me pusieron creo que no pertenecía a
época alguna de la historia, y era como todos los que usaron los malos
cómicos en las pasadas edades. Hubiera servido para hacer de paje; pero
con las barbas que me aplicaron a las quijadas, me trasformé de tal
modo, que los sastres allí presentes me dieron por el más tétrico y
espantable traidor que había salido de sus manos.
Mientras se vestían los demás, di un paseo por el escenario,
entreteniéndome en mirar al través de los agujeros del telón la
vistosa concurrencia que ya invadía la sala. A quien primero vi fue al
joven Mañara, sentado en primera fila junto al telón. Luego advertí
que hombres y mujeres dirigieron la vista a la puerta principal,
apartándose para dar paso a alguna persona que en aquel momento
entraba, y cuya presencia produjo en el alegre concurso general
silencio, seguido después de un murmullo de admiración. Una mujer
arrogante y hermosísima entró en la sala y avanzaba hacia el centro
recibiendo los saludos de amigos y amigas. Vestía de blanco, con uno de
aquellos trajes ligeros y ceñidos, que llamaban _volúbilis_, llevando
sobre el pecho una banda de rosas que la moda designaba con el nombre
de _croissures à la victime_. Su peinado, de estilo griego, era el
que en la tecnología del arte capilar se llamaba entonces _toilette
Iphigénie_. A su hermosura, a la belleza de su vestido, daba mayor
realce la artística profusión de diamantes que encendían mil luces
microscópicas en su cabeza y en su seno. ¿Necesitaré decir que era
Amaranta?
Viéndola no tardaron en encenderse dentro de mí, en los oscuros
centros de la imaginación aquellos fuegos vaporosos y tenues, que
se me representan como si una llama alcohólica bailase caracoleando
dentro de mi cerebro. Mientras la contemplaba, no traje a la memoria
el envilecimiento en que habría caído siguiendo en su servicio.
Su hermosura era tan hechicera, tan abrumadora; su actitud tan
orgullosamente noble, el imperio de sus miradas tan irresistible y
despótico, que valía la pena de doblar por un momento la terrible
hoja que yo había leído en el libro de su misterioso carácter. Con
tal fijeza la miraba, que parecía clavado tras el telón: mis ojos
trataban de buscar el rayo de los suyos, seguían los movimientos de su
cabeza, y observándole las facciones y el casi imperceptible modular
de sus labios, querían adivinar cuáles eran sus palabras, cuáles sus
pensamientos en aquel instante. Dentro de poco se alzaría el telón;
en mí se fijarían las miradas de toda aquella brillante muchedumbre y
especialmente de Amaranta; atenderían a mis estudiadas palabras; y el
desarrollo de la acción en que yo tomaba parte, despertaría sin duda
la sensibilidad, el interés, el entusiasmo de tan escogido auditorio.
Estos razonamientos fueron el aguijón que acabó de despabilar la
adormecida vanidad dentro de mí, y lleno de los más necios humos pensé
que hacerse aplaudir de tantas señoras y caballeros era una gloria
cuyos rayos debían proyectar clarísima luz sobre la vida entera.
La orquesta, comenzando de improviso la sonata que había de preceder
a la representación, hizo llegar al último grado la excitación de mi
cerebro. La sangre circulaba velozmente por mis venas, dándome una
actividad devoradora; y me ocurrió que tener una casa como aquella,
convidar a tantos y tan nobles amigos, recibir, obsequiar a tal
conjunto de bellas damas, debía ser la mayor satisfacción concedida al
mortal sobre la tierra. Pero la tragedia iba a empezar; el apuntador
estaba en la concha, Isidoro había salido de su cuarto, y la misma
Lesbia, menos asustada de lo que yo suponía, se preparaba a salir a
la escena. Esto me distrajo y ya no sentí sino miedo. Pasaron algunos
minutos y se alzó el telón.
La tragedia _Otello o el Moro de Venecia_ era una detestable
traducción, que D. Teodoro La Calle había hecho del Otello de Ducis,
arreglo muy desgraciado del drama de Shakespeare. A pesar de la inmensa
escala descendente que aquella gran obra había recorrido desde la
eminente cumbre del poeta inglés hasta la bajísima sima del traductor
español, conservaba siempre los elementos dramáticos de su origen, y
la impresión que ejercía sobre el público era asombrosa. Supongo que
todos ustedes conocerán la tragedia primitiva, y así me costará poco
darles a conocer las variantes. Los personajes estaban reducidos a
siete. Otelo era el mismo. Los caracteres de Casio y Roderigo habían
sido fundidos en una figura de segundo término llamada Loredano, que
se presentaba como hijo del Dux. El senador Brabantio era Odalberto
y tenía más intervención en la fábula. Desdémona no había cambiado
más que de nombre, pues se llamaba Edelmira; Emilia se trocaba en
Hermancia, y Yago, el traidor y falso amigo del moro, tenía por nombre
Pésaro. La acción estaba muy simplificada, y los recursos escénicos
del pañuelo habían desaparecido, sustituyéndolos con una diadema y una
carta, que debían pasar de las manos de Edelmira a las de Loredano para
que adquiridas luego por Pésaro y presentadas a Otelo, confirmaran la
calumnia de aquel. Pero aparte de estas modificaciones y del estilo,
y de la expresión y energía de los afectos que desde la obra inglesa
a la española ponían tanta distancia como del cielo a la tierra, el
drama en su estructura íntima era el mismo, y sus escenas se repartían
igualmente en cinco actos. Para abreviar intermedios, Máiquez dispuso
que en aquella representación se reuniesen los actos segundo y tercero,
y el cuarto con el quinto, de modo que la obra quedó en tres jornadas.
En la segunda escena, después que el Dux recitó algunos versos, me
correspondía salir a mí, haciendo en un parlamento no muy largo la
relación de los triunfos militares de Otelo. Con voz muy temblorosa
dije los primeros versos.
¡Que no hayan sido vuestros mismos ojos
fieles testigos de su ardor bizarro!
Pero me fui reponiendo poco a poco, y la verdad es que no lo hice
tan mal, aunque no corresponda a mi pluma el describirlo. Después
entraban en escena Otelo y más tarde Edelmira. Nada puedo deciros de la
perfección con que Isidoro dijo ante el senado, el modo y manera con
que encendió la llama amorosa en el corazón de Edelmira; y en cuanto a
esta, debo desde luego señalarla como consumada actriz, porque en la
misma escena ante el senado, declamó con una sensibilidad que habría
envidiado Rita Luna.
En el primer entreacto debían recitar versos Moratín, Arriaza y Vargas
Ponce. El escenario se había llenado de personajes que deseaban
felicitar a la triunfante Edelmira. Allí vi al diplomático, que no
había desistido al parecer de hacer la corte a mi ama, pues corrió
presuroso tras ella, diciéndole:
--Puede usted estar segura, adorada Pepita, que _nuestra pasión_
quedará en secreto, pues ya se conoce mi reserva en estas delicadísimas
materias.
Junto con él había subido al escenario D. Leandro Moratín, el cual era
entonces un hombre como de cuarenta y cinco años, pálido y serio, de
mediana estatura, dulce y apagada voz, con cierta expresión biliosa
en su semblante, como hombre a quien entristece la hipocondría e
inquieta el recelo. En sus conversaciones era siempre mucho menos
festivo que en sus escritos; pero tenía semejanza con estos por la
serenidad inalterable en las sátiras más crueles, por el comedimiento,
el aticismo, cierta urbanidad solapada e irónica, y la estudiada
llaneza de sus conceptos. Nadie le puede quitar la gloria de haber
restaurado la comedia española, y _El sí de las niñas_, en cuyo estreno
tuve, como he dicho, parte tan principal, me ha parecido siempre una
de las obras más acabadas del ingenio. Como hombre, tiene en su abono
la fidelidad que guardó al Príncipe de la Paz, cuando era moda hacer
leña de este gran árbol caído. Verdad es que el poeta vivió y medró
bastante a la sombra de aquel cuando estaba en pie y podía cubrir
a muchos con sus frondosas ramas. Si mi opinión pudiera servir de
algo, no vacilaría en poner a D. Leandro entre los primeros prosistas
castellanos; pero su poesía me ha parecido siempre, exceptuando algunas
composiciones ligeras, un artificioso tejido, o mejor, un clavazón de
durísimos versos, a quienes no pueden dar flexibilidad y brillo todos
los martillos de la retórica. Moratín además, en materia de principios
literarios, tenía toda la ciencia de su época, que no era mucha; pero
aun así, más le hubiera valido emplearla en componer mayor número de
obras, que no en señalar con tanta insistencia las faltas de los
demás. Murió en 1828, y en sus cartas y papeles no hay indicio de que
conociera a Byron, a Goethe y Schiller, de modo que bajó al sepulcro
creyendo que Goldoni era el primer poeta de su tiempo.
Pido mil perdones por esta digresión, y sigo contando. En el escenario
leía Moratín el romance _Cosas pretenden de mí_, que hizo reír a los
concurrentes, porque en él pintaba con mucha gracia la perplejidad
en que le ponían sus amigos y sus detractores. El romance era a cada
momento interrumpido con afectuosas palmadas, especialmente al llegar
al pasaje en que está la conversación de los pedantes; ¿pero quién
negará que en aquella composición Moratín no hace otra cosa que una
apoteosis de su persona?
Dejemos al grande ingenio asfixiándose en el humo de los plácemes más
lisonjeros, y sigamos la intriga del drama que iba a representarse
entre bastidores, no menos patético que el comenzado sobre las tablas y
ante el público.