Al entrar en casa de la González, esta acudió presurosa a mi encuentro,
y me causó sorpresa el verla muy alegre, con esa alegría inquieta y
febril de los niños, que ríen, cantan, golpean y destrozan cuanto
encuentran al paso. Mi ama me habló lo que después diré, y a cada frase
se interrumpía para cantar alguna tonada o estribillo de los infinitos
que enriquecían su repertorio de sainetes.
--¿Qué pasa para tanta alegría, señora?
--He tenido carta de la señora marquesa --me contestó--, la cual viene
mañana a preparar la función. Yo estoy encargada de dirigir la escena.
Sal quiere el huevo
y el demonio del gato
vertió el salero.
--Buen provecho --dije--. ¿Y qué cuenta de la señora Lesbia?
--Que la pusieron en libertad a la media hora conociendo que nada
resultaba contra ella. También dejaron libre a D. Juan. Pronto les
tendremos aquí, y la función no se retrasará. ¡Qué placer! Yo dirijo la
escena.
Madre, y qué gusto
es ver a dos gitanos
trocar de burros.
--Pues sea enhorabuena.
--Pero hay un inconveniente, Gabriel --prosiguió--. Ya sabes que
ninguno de esos señores quiere hacer el papel de Pésaro por ser muy
desairado. Perico Rincón, mi compañero, dijo que lo haría, si le daban
mil reales; pero cátate que ha caído con una pulmonía, y si la función
es para el 6, no sé cómo nos compondremos. ¿Quieres tú hacer el papel
de Pésaro?
--¡Yo, yo representar! --exclamé con espanto--. No quiero ser cómico.
--Pero representas de aficionado, tontuelo, y el honor de salir a
las tablas en un teatro como el de la marquesa es tal, que muchos
currutacos se desvivirían por obtenerlo. ¡Y yo dirijo la escena!
En mi casa me dicen
que soy usía, que soy usía,
porque amo a un escribiente
de lotería.
Conque, chico, vas a aprender ese papel; que aunque es superior a tu
edad, con unas barbas postizas, arregladas por mí, y teniendo tú
cuidado de ahuecar la voz, quedarás que ni pintado. Además, no olvides
que la señora marquesa ha ofrecido dos mil reales a todas las partes
de por medio que trabajan en esta representación. Juanica, que hace de
Hermancia, no cobra más que mil.
La noche de San Pedro
te puse un ramo
y amaneció florido
como mil mayos.
¿Conque aceptas, chiquillo, sí o no?
No pude menos de discurrir que sería muy tonto si renunciaba a poseer
aquellos dineros, que me venían como anillo al dedo para ofrecer a
Inés un auxilio en su tribulación. Sin embargo, me repugnaba el oficio
de cómico, y más aún la idea de verme nuevamente entre personas a
quienes había cobrado cierta repugnancia. Con todo, después de pesar
los inconvenientes y las ventajas, me decidí al fin, y hasta (debo
confesarlo) el pícaro demonio de la vanidad intentó de nuevo asaltar
mi alma poniendo ante los ojos de mi imaginación la honra, el lustro,
el tono que me daría alternando con tanta gente aristocrática en
aquellas magníficas salas cuyas alfombras no era dado pisar a todos los
mortales. Pero lo que principalmente me indujo a aceptar fue el premio
ofrecido, que era para mí una cantidad fabulosa, un sueño de oro.
«La Providencia divina me envía esos dos mil reales que son diez duros,
y otros diez, y otros diez, y otros diez, etc... ¡quiá! si no se
pueden contar. Buen tonto seré si no los cojo.»
Dejé a mi ama, que al retirarme yo cantaba:
Alons, madamusella,
asamble reunión
a tour de la butella
ferán le rigodón.
Y volví a casa de Inés, a quien participé la riqueza que me aguardaba,
prometiendo regalársela. Pasé allí largas horas entristecido por el
espectáculo que ofrecía la pobre y enferma doña Juana, cada vez más
empeorada. Al salir a la calle, y cuando pasaba junto al gran portal,
vi que de un enorme carro sacaban telones pintados y otros aparatos de
teatro, los cuales trastos venían, según me dijo el portero, de casa de
D. Francisco Goya.
--Dentro de tres o cuatro días --añadió-- es la función. Ya es seguro
que vendrá la señora duquesa a hacer el papel de Edelmira.
Oído esto, me retiré pensando en que tal vez alcanzaría un triunfo
escénico si tenía serenidad suficiente para no asustarme ante público
tan distinguido.
Los ensayos de mi papel empezaron con gran actividad, y el mismo
Isidoro me dio varias lecciones, haciéndome declamar trozo a trozo
los principales y más difíciles pasajes. Entonces pude comprender
mejor que nunca el violento y arrebatado carácter del célebre actor,
pues cuando yo no aprendía un verso tan pronto y tan bien como él
deseaba se enfurecía, llamándome torpe, necio, estúpido, sin omitir
otros calificativos algo más duros y mal sonantes. Ensayando, tuve
muy presente la máxima que corría muy válida entre los cómicos del
Príncipe, y era que, representando con Máiquez, convenía trabajar bien,
aunque no demasiado bien, pues en este caso el gran maestro se enojaba
tanto como en el caso contrario.
A vuelta de dos o tres días de trabajo ya sabía regularmente mi parte,
siendo mi principal empeño declamar bien el parlamento de salida,
cuando el dux de Venecia me dice:
Insigne amigo del valiente Otelo.
Hubo un ensayo general, a que asistieron todos, menos Lesbia, y
me parece que no lo hice mal. Por mí la representación no debía
retrasarse, y el día 5 ya recitaba del principio al fin mi papel sin
que se me escapara un verso. Según me dijo mi ama, la señora duquesa
había venido del Escorial el 4 por la noche.
--De modo que nada falta ya.
--Nada --me contestó con la bulliciosa jovialidad que la afectaba por
aquellos días--. ¡Y yo dirijo la escena!
Donde yo campo
nenguno campa.
A bailar el bolero
y asar castañas,
apuesto a todo el orbe
con la más guapa.
Dale que dale,
suenen las castañetas
rabie quien rabie.
Llegó por fin el día señalado, y desde por la mañana muy temprano me
puse en ejercicio, corriendo de aquí para allí en busca de mil cosas
que mi antigua ama necesitaba. Los afeites de la calle del Desengaño,
los trajes pintados en la de la Reina, las telas y cintas, cotonías,
muselinetas, pañuelos salpicados de doña Ambrosia de los Linos, todo
se puso en movimiento para dar cumplida satisfacción a los caprichos
de Pepita. Debo advertir que aunque esta no trabajaba más que como
directora de escena en la tragedia _Otello_, cantaba en el intermedio
una graciosa tonadilla; y por fin de fiesta el sainete titulado _La
venganza del Zurdillo_, del buen Cruz, corría también por cuenta de
aquella. Mientras desempeñaba yo por Madrid tantas y tan diferentes
comisiones, iba recitando de memoria los versos de la parte de Pésaro,
y cuando se me trascordaba algún pasaje, sacaba el papel del bolsillo,
y metido en un portal, leía en voz alta, llamando la atención de los
transeúntes.
Durante mi largo paseo por la villa, noté grande agitación. La gente
se detenía formando grupos, donde se hablaba con calor; y en alguno
de estos no faltaba quien leyese un papel, que al punto conocí era la
_Gaceta de Madrid_. En la tienda de doña Ambrosia encontré ¡oh rara
e inexplicable casualidad! a D. Lino Paniagua y a D. Anatolio, el
papelista de enfrente, cuyos personajes no ocultaban su inquietud por
los acontecimientos del día.
--Ya me esperaba yo tan inaudita perfidia --dijo este último--. ¡Cómo
se ve en este decreto la mano alevosa del _choricero_!
--Pero léanos usted de una vez el decreto --dijo doña Ambrosia--,
aunque sin oírle ya sé que el Sr. Godoy nos habrá hecho una nueva
trastada.
--No es más --continuó el papelista-- sino que se han ido a la prisión
del Príncipe, y poniéndole una pistola al pecho, le han obligado a
escribir estas herejías; sí, señores, porque es imposible que un joven
tan caballeroso, tan honrado y de tan buen entendimiento como es el
hijo de nuestros reyes, se rebaje y se humille hasta el extremo de
pedir perdón como un chico de escuela, y de acusar tan villanamente a
los que le han ayudado.
--Pero lea usted, Sr. D. Anatolio.
Entonces D. Anatolio limpió el gaznate, y con tono de pedagogo leyó el
famoso decreto de 5 de noviembre, que dice así:
«_La voz de la naturaleza desarma el brazo de la venganza, y cuando
la inadvertencia reclama la piedad, no puede negarse a ello un padre
amoroso..._»
Lo notable de este decreto, en que se anunciaba a la nación el
arrepentimiento del Príncipe conspirador, eran las dos cartas que
él había dirigido a la Reina y al Rey, y que casi puedo trascribir
aquí sin echar mano de la historia, donde están para _in æternum_
consignadas, porque las recuerdo muy bien; tan originales y gráficos
eran el lenguaje y tono en que estaban escritas. Decía así la primera:
«Papá mío: he delinquido, he faltado a V. M. como Rey y como padre;
pero me arrepiento y ofrezco a V. M. la obediencia más humilde. Nada
debía hacer sin noticia de V. M., pero fui sorprendido. He delatado
a los culpables, y pido a V. M. me perdone por haberle mentido la
otra noche, permitiendo besar sus reales pies a su reconocido hijo,
--_Fernando_.»
La segunda era como sigue:
«Mamá mía: estoy arrepentido del grandísimo delito que he cometido
contra mis padres y reyes, y así con la mayor humildad le pido a V.
M. se digne interceder con papá, para que permita ir a besar sus
reales pies a su reconocido hijo, --_Fernando_.»
En estas cartas aparecía el pobre Príncipe como el más despreciable
de los seres, pues demostrando no tener ni asomo de dignidad en la
desgracia, confesaba que _había mentido_, y después de _delatar a los
culpables_, pedía perdón a sus papás, como un niño de seis años que ha
roto una escudilla. Pero entonces los honrados y crédulos burgueses de
Madrid no comprendían que ocurriera nada malo sin que fuera causado
por el atrevido Príncipe de la Paz, y hasta las malas cosechas, los
pedriscos, los naufragios, la fiebre amarilla y cuantas calamidades
podía enviar el cielo sobre la península, se atribuían al favorito.
Así es que nadie veía en las citadas cartas una manifestación
espontánea del Príncipe, sino antes bien una denigrante confesión
arrancada por sus carceleros, para ponerle en ridículo a los ojos del
país entero. Si esta fue la intención de la corte, produjo efecto muy
contrario al que se proponían, pues conocido el decreto, el público
se puso de parte del prisionero, y abrumó al valido con su ardiente
maledicencia, suponiéndole autor, no solo del decreto, sino de las
cartas.
--¿Necesita esto comentarios? --dijo don Anatolio, dejando la _Gaceta_
sobre el mostrador.
--Pues yo --dijo doña Ambrosia-- quisiera estar oyendo por el agujero
de una llave lo que dice Napoleón de todas estas cosas.
--Eso --indicó con malicioso gesto don Anatolio-- no necesitamos oírlo,
pues bien claro es que ya tiene decidido quitar del trono a los reyes
padres, para ponernos en él a nuestro Príncipe querido. Sí... que no
sabrá hacerlo en menos que canta un gallo el buen señor.
--¡Qué escándalo! --exclamó con timidez D. Lino Paniagua--. Y eso se
dice en voz alta, donde pudieran oírlo personas allegadas al gobierno.
--¡Bah, bah! --respondió el papelista--. Amigo D. Lino, esto se va por
la posta. Dentro de un mes no queda aquí ni rastro de _choricero_, ni
reyes padres, ni escándalos, ni picardías, ni otras cosas que callo por
respeto a la nación.
--Ojalá tenga usted boca de ángel, señor D. Anatolio --añadió la
tendera--, y quiera Dios tocarle pronto en el corazón al señor de
Bonaparte, para que venga a arreglar las cosas de España.
El abate D. Lino no quiso oír más y se marchó; despacháronme a mí, y
allí quedaron ambos comerciantes arreglando los asuntos de España.
No quise entrar en casa sin hablar un poco con Pacorro Chinitas, que
estaba en su sitio de costumbre, afilando cuchillos y tijeras.
--¡Hola, Chinitas! --le dije--. ¡Cuánto tiempo que no nos vemos! Anda
la gente muy alarmada por ahí.
--Sí: la _Gaceta_ trae hoy no sé qué papel. En la tienda del buñolero
le oí leer y decían todos que era preciso colgar al _choricero_ por los
pies.
--¿De modo que creen ha sido escrito por él?
--¿Y a mí qué más me da? --respondió incorporándose--. Lo que digo es
que todos son buenas piezas, y si no vengan acá. Dicen que el ministro
sacó de su cabeza esas cartas y obligó al Príncipe a firmarlas. ¿Pues
para qué las firmó? ¿Es acaso algún niño que todavía está en planas
de primera? ¿No tiene veintitrés años? Pues con veintitrés años a la
espalda se puede saber lo que se firma y lo que no se firma.
Las razones de Chinitas me parecían de un buen sentido incontestable.
--Aunque no sabes leer ni escribir --le dije--, me parece, Chinitas,
que tú tienes más talento que un papa.
--Pues los tenderos, los frailes, los currutacos, los usías, los
abates, los covachuelistas y toda esa gente que anda por ahí, están muy
entusiasmados creyendo que Napoleón va a venir a poner al Príncipe en
el trono. Dios nos la depare buena.
--Y tú, ¿qué crees, insigne amolador...?
--Creo que somos unos archipámpanos si nos fiamos de Napoleón. Este
hombre que ha conquistado la Europa como quien no dice nada, ¿no tendrá
ganillas de echarle la zarpa a la mejor tierra del mundo, que es
España, cuando vea que los reyes y los príncipes que la gobiernan andan
a la greña como mozas del partido? Él dirá y con razón: «Pues a esa
gente me la como yo con tres regimientos.» Ya ha metido en España más
de veinte mil hombres. Ya verás, ya verás, Gabrielillo, lo que te digo.
Aquí vamos a ver cosas gordas, y es preciso que estemos preparados,
porque de nuestros reyes nada se debe esperar y todo lo hemos de hacer
nosotros.
Mucho meollo encerraban, como conocí más tarde, estas palabras, las
últimas que en aquella ocasión oí a Pacorro Chinitas. Él solo había
previsto los acontecimientos con ojo seguro, y en cambio el héroe del
siglo, que conocía a España por sus reyes, por sus ministros y por sus
usías, quería saberlo todo y no sabía nada. Su equivocación acerca del
país que iba a conquistar se explica fácilmente: supo sin duda lo que
decían doña Ambrosia, D. Anatolio, el hortera, el padre Salmón y otros
personajes; pero ¡ay! no oyó hablar al amolador.