XXI

Al entrar en casa de la González, esta acudió presurosa a mi encuentro,

y me causó sorpresa el verla muy alegre, con esa alegría inquieta y

febril de los niños, que ríen, cantan, golpean y destrozan cuanto

encuentran al paso. Mi ama me habló lo que después diré, y a cada frase

se interrumpía para cantar alguna tonada o estribillo de los infinitos

que enriquecían su repertorio de sainetes.

--¿Qué pasa para tanta alegría, señora?

--He tenido carta de la señora marquesa --me contestó--, la cual viene

mañana a preparar la función. Yo estoy encargada de dirigir la escena.

Sal quiere el huevo

y el demonio del gato

vertió el salero.

--Buen provecho --dije--. ¿Y qué cuenta de la señora Lesbia?

--Que la pusieron en libertad a la media hora conociendo que nada

resultaba contra ella. También dejaron libre a D. Juan. Pronto les

tendremos aquí, y la función no se retrasará. ¡Qué placer! Yo dirijo la

escena.

Madre, y qué gusto

es ver a dos gitanos

trocar de burros.

--Pues sea enhorabuena.

--Pero hay un inconveniente, Gabriel --prosiguió--. Ya sabes que

ninguno de esos señores quiere hacer el papel de Pésaro por ser muy

desairado. Perico Rincón, mi compañero, dijo que lo haría, si le daban

mil reales; pero cátate que ha caído con una pulmonía, y si la función

es para el 6, no sé cómo nos compondremos. ¿Quieres tú hacer el papel

de Pésaro?

--¡Yo, yo representar! --exclamé con espanto--. No quiero ser cómico.

--Pero representas de aficionado, tontuelo, y el honor de salir a

las tablas en un teatro como el de la marquesa es tal, que muchos

currutacos se desvivirían por obtenerlo. ¡Y yo dirijo la escena!

En mi casa me dicen

que soy usía, que soy usía,

porque amo a un escribiente

de lotería.

Conque, chico, vas a aprender ese papel; que aunque es superior a tu

edad, con unas barbas postizas, arregladas por mí, y teniendo tú

cuidado de ahuecar la voz, quedarás que ni pintado. Además, no olvides

que la señora marquesa ha ofrecido dos mil reales a todas las partes

de por medio que trabajan en esta representación. Juanica, que hace de

Hermancia, no cobra más que mil.

La noche de San Pedro

te puse un ramo

y amaneció florido

como mil mayos.

¿Conque aceptas, chiquillo, sí o no?

No pude menos de discurrir que sería muy tonto si renunciaba a poseer

aquellos dineros, que me venían como anillo al dedo para ofrecer a

Inés un auxilio en su tribulación. Sin embargo, me repugnaba el oficio

de cómico, y más aún la idea de verme nuevamente entre personas a

quienes había cobrado cierta repugnancia. Con todo, después de pesar

los inconvenientes y las ventajas, me decidí al fin, y hasta (debo

confesarlo) el pícaro demonio de la vanidad intentó de nuevo asaltar

mi alma poniendo ante los ojos de mi imaginación la honra, el lustro,

el tono que me daría alternando con tanta gente aristocrática en

aquellas magníficas salas cuyas alfombras no era dado pisar a todos los

mortales. Pero lo que principalmente me indujo a aceptar fue el premio

ofrecido, que era para mí una cantidad fabulosa, un sueño de oro.

«La Providencia divina me envía esos dos mil reales que son diez duros,

y otros diez, y otros diez, y otros diez, etc... ¡quiá! si no se

pueden contar. Buen tonto seré si no los cojo.»

Dejé a mi ama, que al retirarme yo cantaba:

Alons, madamusella,

asamble reunión

a tour de la butella

ferán le rigodón.

Y volví a casa de Inés, a quien participé la riqueza que me aguardaba,

prometiendo regalársela. Pasé allí largas horas entristecido por el

espectáculo que ofrecía la pobre y enferma doña Juana, cada vez más

empeorada. Al salir a la calle, y cuando pasaba junto al gran portal,

vi que de un enorme carro sacaban telones pintados y otros aparatos de

teatro, los cuales trastos venían, según me dijo el portero, de casa de

D. Francisco Goya.

--Dentro de tres o cuatro días --añadió-- es la función. Ya es seguro

que vendrá la señora duquesa a hacer el papel de Edelmira.

Oído esto, me retiré pensando en que tal vez alcanzaría un triunfo

escénico si tenía serenidad suficiente para no asustarme ante público

tan distinguido.

Los ensayos de mi papel empezaron con gran actividad, y el mismo

Isidoro me dio varias lecciones, haciéndome declamar trozo a trozo

los principales y más difíciles pasajes. Entonces pude comprender

mejor que nunca el violento y arrebatado carácter del célebre actor,

pues cuando yo no aprendía un verso tan pronto y tan bien como él

deseaba se enfurecía, llamándome torpe, necio, estúpido, sin omitir

otros calificativos algo más duros y mal sonantes. Ensayando, tuve

muy presente la máxima que corría muy válida entre los cómicos del

Príncipe, y era que, representando con Máiquez, convenía trabajar bien,

aunque no demasiado bien, pues en este caso el gran maestro se enojaba

tanto como en el caso contrario.

A vuelta de dos o tres días de trabajo ya sabía regularmente mi parte,

siendo mi principal empeño declamar bien el parlamento de salida,

cuando el dux de Venecia me dice:

Insigne amigo del valiente Otelo.

Hubo un ensayo general, a que asistieron todos, menos Lesbia, y

me parece que no lo hice mal. Por mí la representación no debía

retrasarse, y el día 5 ya recitaba del principio al fin mi papel sin

que se me escapara un verso. Según me dijo mi ama, la señora duquesa

había venido del Escorial el 4 por la noche.

--De modo que nada falta ya.

--Nada --me contestó con la bulliciosa jovialidad que la afectaba por

aquellos días--. ¡Y yo dirijo la escena!

Donde yo campo

nenguno campa.

A bailar el bolero

y asar castañas,

apuesto a todo el orbe

con la más guapa.

Dale que dale,

suenen las castañetas

rabie quien rabie.

Llegó por fin el día señalado, y desde por la mañana muy temprano me

puse en ejercicio, corriendo de aquí para allí en busca de mil cosas

que mi antigua ama necesitaba. Los afeites de la calle del Desengaño,

los trajes pintados en la de la Reina, las telas y cintas, cotonías,

muselinetas, pañuelos salpicados de doña Ambrosia de los Linos, todo

se puso en movimiento para dar cumplida satisfacción a los caprichos

de Pepita. Debo advertir que aunque esta no trabajaba más que como

directora de escena en la tragedia _Otello_, cantaba en el intermedio

una graciosa tonadilla; y por fin de fiesta el sainete titulado _La

venganza del Zurdillo_, del buen Cruz, corría también por cuenta de

aquella. Mientras desempeñaba yo por Madrid tantas y tan diferentes

comisiones, iba recitando de memoria los versos de la parte de Pésaro,

y cuando se me trascordaba algún pasaje, sacaba el papel del bolsillo,

y metido en un portal, leía en voz alta, llamando la atención de los

transeúntes.

Durante mi largo paseo por la villa, noté grande agitación. La gente

se detenía formando grupos, donde se hablaba con calor; y en alguno

de estos no faltaba quien leyese un papel, que al punto conocí era la

_Gaceta de Madrid_. En la tienda de doña Ambrosia encontré ¡oh rara

e inexplicable casualidad! a D. Lino Paniagua y a D. Anatolio, el

papelista de enfrente, cuyos personajes no ocultaban su inquietud por

los acontecimientos del día.

--Ya me esperaba yo tan inaudita perfidia --dijo este último--. ¡Cómo

se ve en este decreto la mano alevosa del _choricero_!

--Pero léanos usted de una vez el decreto --dijo doña Ambrosia--,

aunque sin oírle ya sé que el Sr. Godoy nos habrá hecho una nueva

trastada.

--No es más --continuó el papelista-- sino que se han ido a la prisión

del Príncipe, y poniéndole una pistola al pecho, le han obligado a

escribir estas herejías; sí, señores, porque es imposible que un joven

tan caballeroso, tan honrado y de tan buen entendimiento como es el

hijo de nuestros reyes, se rebaje y se humille hasta el extremo de

pedir perdón como un chico de escuela, y de acusar tan villanamente a

los que le han ayudado.

--Pero lea usted, Sr. D. Anatolio.

Entonces D. Anatolio limpió el gaznate, y con tono de pedagogo leyó el

famoso decreto de 5 de noviembre, que dice así:

«_La voz de la naturaleza desarma el brazo de la venganza, y cuando

la inadvertencia reclama la piedad, no puede negarse a ello un padre

amoroso..._»

Lo notable de este decreto, en que se anunciaba a la nación el

arrepentimiento del Príncipe conspirador, eran las dos cartas que

él había dirigido a la Reina y al Rey, y que casi puedo trascribir

aquí sin echar mano de la historia, donde están para _in æternum_

consignadas, porque las recuerdo muy bien; tan originales y gráficos

eran el lenguaje y tono en que estaban escritas. Decía así la primera:

«Papá mío: he delinquido, he faltado a V. M. como Rey y como padre;

pero me arrepiento y ofrezco a V. M. la obediencia más humilde. Nada

debía hacer sin noticia de V. M., pero fui sorprendido. He delatado

a los culpables, y pido a V. M. me perdone por haberle mentido la

otra noche, permitiendo besar sus reales pies a su reconocido hijo,

--_Fernando_.»

La segunda era como sigue:

«Mamá mía: estoy arrepentido del grandísimo delito que he cometido

contra mis padres y reyes, y así con la mayor humildad le pido a V.

M. se digne interceder con papá, para que permita ir a besar sus

reales pies a su reconocido hijo, --_Fernando_.»

En estas cartas aparecía el pobre Príncipe como el más despreciable

de los seres, pues demostrando no tener ni asomo de dignidad en la

desgracia, confesaba que _había mentido_, y después de _delatar a los

culpables_, pedía perdón a sus papás, como un niño de seis años que ha

roto una escudilla. Pero entonces los honrados y crédulos burgueses de

Madrid no comprendían que ocurriera nada malo sin que fuera causado

por el atrevido Príncipe de la Paz, y hasta las malas cosechas, los

pedriscos, los naufragios, la fiebre amarilla y cuantas calamidades

podía enviar el cielo sobre la península, se atribuían al favorito.

Así es que nadie veía en las citadas cartas una manifestación

espontánea del Príncipe, sino antes bien una denigrante confesión

arrancada por sus carceleros, para ponerle en ridículo a los ojos del

país entero. Si esta fue la intención de la corte, produjo efecto muy

contrario al que se proponían, pues conocido el decreto, el público

se puso de parte del prisionero, y abrumó al valido con su ardiente

maledicencia, suponiéndole autor, no solo del decreto, sino de las

cartas.

--¿Necesita esto comentarios? --dijo don Anatolio, dejando la _Gaceta_

sobre el mostrador.

--Pues yo --dijo doña Ambrosia-- quisiera estar oyendo por el agujero

de una llave lo que dice Napoleón de todas estas cosas.

--Eso --indicó con malicioso gesto don Anatolio-- no necesitamos oírlo,

pues bien claro es que ya tiene decidido quitar del trono a los reyes

padres, para ponernos en él a nuestro Príncipe querido. Sí... que no

sabrá hacerlo en menos que canta un gallo el buen señor.

--¡Qué escándalo! --exclamó con timidez D. Lino Paniagua--. Y eso se

dice en voz alta, donde pudieran oírlo personas allegadas al gobierno.

--¡Bah, bah! --respondió el papelista--. Amigo D. Lino, esto se va por

la posta. Dentro de un mes no queda aquí ni rastro de _choricero_, ni

reyes padres, ni escándalos, ni picardías, ni otras cosas que callo por

respeto a la nación.

--Ojalá tenga usted boca de ángel, señor D. Anatolio --añadió la

tendera--, y quiera Dios tocarle pronto en el corazón al señor de

Bonaparte, para que venga a arreglar las cosas de España.

El abate D. Lino no quiso oír más y se marchó; despacháronme a mí, y

allí quedaron ambos comerciantes arreglando los asuntos de España.

No quise entrar en casa sin hablar un poco con Pacorro Chinitas, que

estaba en su sitio de costumbre, afilando cuchillos y tijeras.

--¡Hola, Chinitas! --le dije--. ¡Cuánto tiempo que no nos vemos! Anda

la gente muy alarmada por ahí.

--Sí: la _Gaceta_ trae hoy no sé qué papel. En la tienda del buñolero

le oí leer y decían todos que era preciso colgar al _choricero_ por los

pies.

--¿De modo que creen ha sido escrito por él?

--¿Y a mí qué más me da? --respondió incorporándose--. Lo que digo es

que todos son buenas piezas, y si no vengan acá. Dicen que el ministro

sacó de su cabeza esas cartas y obligó al Príncipe a firmarlas. ¿Pues

para qué las firmó? ¿Es acaso algún niño que todavía está en planas

de primera? ¿No tiene veintitrés años? Pues con veintitrés años a la

espalda se puede saber lo que se firma y lo que no se firma.

Las razones de Chinitas me parecían de un buen sentido incontestable.

--Aunque no sabes leer ni escribir --le dije--, me parece, Chinitas,

que tú tienes más talento que un papa.

--Pues los tenderos, los frailes, los currutacos, los usías, los

abates, los covachuelistas y toda esa gente que anda por ahí, están muy

entusiasmados creyendo que Napoleón va a venir a poner al Príncipe en

el trono. Dios nos la depare buena.

--Y tú, ¿qué crees, insigne amolador...?

--Creo que somos unos archipámpanos si nos fiamos de Napoleón. Este

hombre que ha conquistado la Europa como quien no dice nada, ¿no tendrá

ganillas de echarle la zarpa a la mejor tierra del mundo, que es

España, cuando vea que los reyes y los príncipes que la gobiernan andan

a la greña como mozas del partido? Él dirá y con razón: «Pues a esa

gente me la como yo con tres regimientos.» Ya ha metido en España más

de veinte mil hombres. Ya verás, ya verás, Gabrielillo, lo que te digo.

Aquí vamos a ver cosas gordas, y es preciso que estemos preparados,

porque de nuestros reyes nada se debe esperar y todo lo hemos de hacer

nosotros.

Mucho meollo encerraban, como conocí más tarde, estas palabras, las

últimas que en aquella ocasión oí a Pacorro Chinitas. Él solo había

previsto los acontecimientos con ojo seguro, y en cambio el héroe del

siglo, que conocía a España por sus reyes, por sus ministros y por sus

usías, quería saberlo todo y no sabía nada. Su equivocación acerca del

país que iba a conquistar se explica fácilmente: supo sin duda lo que

decían doña Ambrosia, D. Anatolio, el hortera, el padre Salmón y otros

personajes; pero ¡ay! no oyó hablar al amolador.

La corte de Carlos IV · 第 35 / 47 题