Al siguiente día, 30 de octubre, ocurrieron grandes y conmovedoras
novedades, si algo podía ya ocurrir capaz de aumentar la turbación de
los ánimos. Desde por la mañana me había despedido mi ama, diciéndome
que fuera a dar un paseo por la octava maravilla del mundo, y al
mismo tiempo me mandó visitase en su celda al padre jerónimo que
había de instruirme en las letras sagradas y profanas. Ambas cosas
me contentaron mucho, y más que nada el ocio de que disfrutaba
para recorrer a mi antojo el edificio y sus alrededores. El primer
espectáculo que se ofreció a mi curiosidad, fue la salida del Rey
a caza, lo cual no dejó de causarme extrañeza, pues me parecía que
atribulado y pesaroso S. M. por lo que estaba pasando, no tendría humor
para aquel alegre ejercicio. Pero después supe que nuestro buen monarca
le tenía tan viva afición, que ni en los días más terribles de su
existencia dejó de satisfacer aquella su pasión dominante, mejor dicho,
su única pasión.
Yo le vi salir por la puerta del Norte, acompañado de dos o tres
personas, entrar en su coche, y partir hacia la sierra, con tanta
tranquilidad como si en palacio dejase la paz más perfecta. Sin duda
debía de ser en extremo apacible su carácter, y tener la conciencia
más pura y limpia que los frescos manantiales de aquellas montañas. Sin
embargo, aquel buen anciano, a pesar de su alta posición y de la paz
que yo suponía en su interior, más me inspiraba lástima que envidia.
Aquella se aumentó cuando vi que la gente del pueblo, reunida en torno
al edificio, no mostraba a su Rey ningún afecto, y hasta me pareció oír
en algunos grupos murmullos y frases mal sonantes, que hasta entonces
creo no se habían aplicado a ningún soberano de esta honrada nación.
Recorriendo después las galerías bajas del palacio y las antecámaras
altas, vi a otros individuos de la regia familia, y me maravilló
observar en todos la misma forma de narices colgantes, que
caracterizaba la casta de los Borbones. El primero que tuve ocasión
de admirar fue el cardenal de la Escala, don Luis de Borbón, célebre
después por haber recibido el juramento de los diputados en la isla
de León, y por otros hechos menos honrosos que irán saliendo a
medida que avancen estas historias. No era el señor cardenal hombre
grave, cubierto de canas, prenda natural de la edad y del estudio,
ni representaba su rostro aquella austeridad que parece ha de ser
inherente a los que desempeñan cargos tan difíciles: antes bien era un
jovenzuelo que no había llegado a los treinta años, edad en la cual
Lorenzana, Albornoz, Mendoza, Silíceo y otras lumbreras de la Iglesia
española no habían aún salido del seminario.
Verdad es que existía la costumbre de consagrar al cardenalato a los
príncipes menores que no podían alcanzar ningún reino grande ni chico,
y el señor D. Luis de Borbón, primo del Rey Carlos IV, fue en esto uno
de los mortales más afortunados, porque con la leche en los labios
empezó a disfrutar las rentas de la mitra de Sevilla, y no cumplidos
aún los 23, y mal digeridas las _Sentencias_ de Pedro Lombardo, tomó
posesión de la silla de Toledo, cuyas fabulosas rentas habría envidiado
cualquier Príncipe de Alemania o de Italia.
Pero cada cosa en su tiempo y los nabos en adviento. Lo que hemos dicho
era costumbre propia de la edad, y no es justo censurar al infante
porque tomase lo que le daban. Su eminencia, tal y como le vi descender
del coche en el vestíbulo de palacio, me pareció un mozo coloradillo,
rubicundo, de mirada inexpresiva, de nariz abultada y colgante,
parecida a las demás de la familia, por ser fruto del mismo árbol, y
con tan insignificante aspecto, que nadie se fijara en él, si no fuera
vestido con el traje cardenalicio. D. Luis de Borbón subió con gran
priesa a las habitaciones regias, y no le vi más.
Pero mi buena estrella, que sin duda me tenía reservado el honor de
conocer de una vez a toda la familia real, hizo que viera aquel mismo
día al infante D. Carlos, segundo hijo de nuestro Rey. Este joven aún
no aparentaba veinte años, y me pareció de más agradable presencia que
su hermano el Príncipe heredero. Yo le observé atentamente, porque en
aquella época me parecía que los individuos de sangre real habían de
tener en sus semblantes algo que indicase la superioridad; pero nada de
esto había en el del infante D. Carlos, que solo me llamó la atención
por sus ojos vivarachos y su carita de Pascua. Este personaje varió
mucho con la edad en fisonomía y carácter.
También vi aquella misma tarde en el jardín al infante D. Francisco de
Paula, niño de pocos años que jugaba de aquí para allí, acompañado de
mi Amaranta y de otras damas; y por cierto que el Infante, saltando y
brincando con su traje de mameluco completamente encarnado, me hacía
reír, faltando con esto a la gravedad que era indispensable cuando se
ponía el pie en parajes hollados por la regia familia.
Antes de bajar al jardín habían llamado mi atención unos recios
golpes de martillo que sentí en las habitaciones inferiores: después
sucedieron a los golpes unos delicados sones de zampoña, con tal
arte tañida, que parecían haberse trasladado al Real Sitio todos
los pastores de la Arcadia. Habiendo preguntado, me contestaron que
aquellos distintos ruidos salían del taller del infante don Antonio
Pascual, quien acostumbraba matar los ocios de la vida regia alternando
los entretenimientos del oficio de carpintero o de encuadernador con
el cultivo del arte de la zampoña. Yo me admiré de que un Príncipe
trabajase, y me dijeron que el D. Antonio Pascual, hermano menor de
Carlos IV, era el más laborioso de los Infantes de España, después
del difunto D. Gabriel, celebrado como humanista y muy devoto de las
artes. Cuando el ilustre carpintero y zampoñista dejó el taller para
dar su paseo ordinario por la huerta del Prior en compañía de los
buenos Padres Jerónimos que iban a buscarle todas las tardes, pude
contemplarle a mis anchas, y en verdad digo que jamás vi fisonomía
tan bonachona. Tenía costumbre de saludar con tanta solemnidad como
cortesanía a cuantas personas le salían al paso, y yo tuve la alta
honra de merecerle una bondadosa mirada y un movimiento de cabeza que
me llenaron de orgullo.
Todos saben que D. Antonio Pascual, que después se hizo célebre por su
famosa despedida del valle de Josafat, parecía la bondad en persona.
Confieso que entonces aquel príncipe, casi anciano, cuya fisonomía se
habría confundido con la de cualquier sacristán de parroquia, era,
entre los individuos de la regia familia, el que me parecía de mejor
carácter. Más tarde conocí cuánto me había equivocado al juzgarle como
el más benévolo de los hombres. María Luisa, que le tachó de cruel,
en una de sus cartas profetizó lo que había de pasar a la vuelta de
Valencey, cuando el Infante congregaba en su cuarto lo más florido del
partido realista furibundo.
Este pobre hombre, lo mismo que su sobrino el Infante D. Carlos, eran
partidarios del Príncipe Fernando, y aborrecían cordialmente al de
la Paz; mas excusadas son estas advertencias, porque entonces ningún
español amaba a Godoy; empezando por los individuos de la familia.
Pero basta de digresiones, y sigamos contando. Quedó, si mal no
recuerdo, en el anuncio de ciertas novedades que dieron inesperado
giro a los sucesos; mas no dije cuáles fueran. Parece que a eso de la
una el ilustre prisionero, luego que se enteró de que su padre había
salido a caza, mandó a la Reina un recado, suplicándola que fuese a su
cuarto, donde le revelaría cosas muy importantes. Negose la madre; pero
envió al marqués Caballero, quien recogió de labios del Príncipe las
declaraciones de que voy a hablar.
No crean ustedes que tan estupendas nuevas eran del dominio de todos
los habitantes del Escorial. Yo las supe porque Amaranta las contó
al diplomático y a su hermana, y como por mi poca edad y aspecto de
mozuelo distraído y casquivano, creían que yo no había de prestar
atención a sus palabras, no se cuidaban de guardar reserva delante de
mí.
Conforme dijo Amaranta, todas las personas reales andaban azoradas y
aturdidas, porque, según las últimas declaraciones del Príncipe, se
sabía ya con certeza que los conjurados tenían de su parte a Napoleón
en persona, cuyas tropas se acercaban cautelosamente a Madrid con
objeto de apoyar el movimiento. También había denunciado Fernando
a sus cómplices llamándoles _pérfidos_ y _malvados_; y según las
indicaciones que hizo, los rumores tiempo ha propalados sobre proyecto
de atentar a la vida de la Reina, no carecían de fundamento. En
cuanto al Rey, los amigos del Príncipe no debían de tener muy buenas
intenciones respecto a él, porque este había nombrado generalísimo de
las tropas de mar y tierra al duque del Infantado en un decreto que
empezaba así: «_Habiendo Dios tenido a bien llamar para sí el alma del
Rey, nuestro Padre_, etc.»
No se fijaron bien en mi imaginación estos pormenores; pero habiendo
leído más tarde los incidentes de aquel proceso célebre, puedo
auxiliar mi memoria con tanta eficacia que resulte la narración de los
hechos tan viva como hija del recuerdo. Lo que sí me acuerdo es que
Amaranta, alarmada con lo de Bonaparte, tenía gran placer en hacer
consideraciones sobre la bajeza del Príncipe al denunciar vilmente a
sus amigos. La marquesa se resistía a creerlo, y los comentarios, que
no copio, por no ser molesto, duraron mucho tiempo.
No había aún oscurecido cuando volvió el Rey de caza, y hora y media
después un gran ruido en la parte baja del alcázar nos anunció la
llegada de otro importante personaje. Corrí al patio grande y ya no
pude verle, porque habiendo descendido rápidamente del coche, subió por
la escalera con prisa de llegar pronto arriba. Únicamente se distinguía
un bulto arrebujado en anchísima capa, como persona enferma que quiere
reservarse del aire; mas no fue posible ver sus facciones.
--Es él --dijeron algunos criados que había junto a mí.
--¿Quién? --pregunté con mucha curiosidad.
Entonces un pinche de la cocina, con quien había yo trabado cierta
amistad por ser el funcionario encargado de darme de comer, acercó su
boca a mi oído, y me dijo muy quedamente:
--El _choricero_.
Más adelante tuve ocasión de hablar con este personaje; pero su pintura
pertenece a otro libro.