Al día siguiente se reunieron a comer en casa de Amaranta, Lesbia, el
diplomático y su digna hermana. He hablado poco de esta buena señora,
que no figura gran cosa en los acontecimientos referidos, lo cual
es sensible, porque por su carácter y excelentes prendas, merecería
mención muy detallada. La marquesa era una dama ya de avanzada edad,
mujer orgullosa, de modestas costumbres, española rancia por los
cuatro costados, de carácter franco y sin artificios, muy natural, muy
caritativa, enemiga de trapisondas y aventuras, muy cariñosa para todo
el mundo; en fin, era la honra de su clase. Su lado flaco consistía
en creer que su hermano tenía mucho talento. Aunque era modesta en
su trato privado, gustaba de dar grandes fiestas, prefiriendo las
representaciones dramáticas a que tenía mucha afición. Su teatro era el
primero de la Corte, y para la representación de _Otello_ había gastado
considerables sumas. Protegía y trataba a los cómicos; pero siempre a
mucha distancia.
También estaba convidado a comer aquel día con mi ama el Sr. D.
Juan de Mañara; pero cuando fui a llevarle la invitación, contestó
excusándose, por tocarle entrar de guardia a la misma hora. Y a
propósito del pisaverde, no debo pasar en silencio la circunstancia
de que le vi por la mañana en compañía de Lesbia, ambos en traje que
parecía indicar regresaban de uno de esos crepusculares y campestres
paseos, siempre anhelados por los amantes. En la tarde de aquel mismo
día le vi paseando muy cabizbajo por el patio grande, y la mañana
siguiente me detuvo en el mismo paraje suplicándome que llevase una
carta a la señora duquesa. Negueme a esto, y allí quedó. Indudablemente
algo le pasaba al Sr. de Mañara.
Amaranta pareció muy contrariada de que no se sentase a la mesa el
joven mencionado. Cuando volví con la respuesta estaba de visita en el
cuarto de Amaranta un caballero de los que la noche anterior vi en la
procesión descrita. Conferenciaron más de hora y media: cuando él se
retiró le examiné bien, y por cierto que pocas veces he visto facha más
desagradable. No le daría un puesto en la serie de mis recuerdos, si
aquel no fuera uno de los personajes más célebres de su tiempo, razón
por la cual me resuelvo, no solo a mencionarle, sino a describirle,
para edificación de los tiempos presentes. Era el marqués Caballero,
ministro de Gracia y Justicia.
No vi a semejante hombre más que una vez, y jamás lo he olvidado. Era
de edad como de cincuenta años, pequeño y rechoncho el cuerpo, turbia
y traidora la mirada de uno de sus ojos, pues el otro estaba cerrado
a toda luz; con el semblante amoratado y granulento, como de persona
a quien envilece y trastorna el vino; de andar y gestos sumamente
ordinarios: en tanto grado repugnante y soez toda su persona, que era
preciso suponerle dotado de extraordinarios talentos para comprender
cómo se podía ser ministro con tan innoble estampa. Pero no, señores
míos. El marqués Caballero era tan despreciable en lo moral como en lo
físico, pudiendo decirse que jamás cuerpo alguno encarnó de un modo
tan fiel los ruines sentimientos y bajas ideas de un alma. Hombre
nulo, ignorante, sin más habilidad que la de la intriga, era el tipo
del leguleyo chismoso y tramoyista que funda su ciencia en conocer, no
los principios, sino los escondrijos, las tortuosidades y las fórmulas
escurridizas del derecho, para enredar a su antojo las cosas más
sencillas.
Nadie podía explicarse su encumbramiento, tanto más enigmático cuanto
que el omnipotente Godoy no pasaba por amigo suyo, mas debió aquel
consistir en que habiéndose introducido en Palacio y héchose valer,
merced a viles intrigas de escaleras abajo, usó como instrumento de
su ambición cerca del Rey, la defensa de los intereses de la Iglesia;
y adulando la religiosidad del pobre Carlos, pintándole imaginarios
peligros y haciendo depender la seguridad del Trono de la adopción
de una política restrictiva en negocios eclesiásticos, logró hacerse
necesario en la corte. El mismo Godoy no pudo apartarle del Gobierno ni
poner coto a las medidas dictadas por el bestial fanatismo del ministro
de Gracia y Justicia, quien después de haber perseguido a muchos
ilustres hombres de su época, y encarcelado a Jovellanos, remató su
gloriosa carrera contribuyendo a derribar al mismo Príncipe de la Paz
en marzo de 1808.
Damos estas ligeras noticias respecto a un hombre que gozaba entonces
de justa y general antipatía, para que se vea que la elevación de los
tontos y ruines y ordinarios, no es, como algunos creen, desdicha
peculiar de los modernos tiempos.
Después de la conferencia indicada principió la comida que yo serví.
--Ya sé --dijo Amaranta al sentarse y sin disimular su intención de
mortificar a Lesbia--, ya sé lo que contenían esos papeles cogidos a S.
A. Caballero me lo ha dicho, encargándome la reserva; pero puesto que
pronto se ha de saber...
--Sí, dínoslo. No lo confiaremos más que a nuestras amigas --indicó la
marquesa.
--Pues yo opino que no se diga --objetó el diplomático, que siempre se
incomodaba cuando alguien revelaba secretos que él no conocía.
--Entre los papeles --dijo Amaranta-- hay una exposición al Rey que se
supone hecha por D. Juan Escóiquiz, aunque la letra es de Fernando.
Parece que en ella se pintan las malas costumbres del Príncipe de la
Paz, con las frases más indecentes. Allí han salido a relucir sus dos
mujeres y también lo que dicen de los destinos, pensiones y prebendas
que concede a cambio de...
--¡Y tan cierto como es! --dijo la marquesa--. Yo sé de un señor a
quien el Príncipe de la Paz ofreció...
La buena señora cayó en la cuenta de que estaba yo delante, y se
contuvo. Pero a mí siempre me han bastado pocas palabras para entender
las cosas, y supe pescar al vuelo lo que querían decir.
--En esa exposición --continuó la duquesa-- ponen a la pobre Tudó de
vuelta y media, y aconsejan al Rey que la encierre en un castillo. Por
último, se pretende que el de la Paz sea destituido, embargados todos
sus bienes, y que desde el mismo momento no se separe el Príncipe
heredero del lado de su padre.
--Todo eso está muy puesto en razón --dijo la marquesa asombrada de
cómo concordaban las ideas de los conjurados con sus propias ideas--;
aunque me guardaré muy bien de decirlo fuera de aquí.
--Pues aquí no temo decirlo --continuó Amaranta--. Caballero no guarda
muy bien el secreto, sé que lo ha dicho ya a varias personas. Otro de
los papeles es graciosísimo, y parece un sainete; pues todo él está
en diálogo y se creería que lo habían escrito para representarlo en
el teatro. Cada uno de los personajes que hablan tienen allí nombre
supuesto, así es que el Príncipe se llama _Don Agustín_, la Reina _Doña
Felipa_, el Rey _Don Diego_, Godoy _D. Nuño_, y la Princesa con quien
dicen han tratado de casar al heredero es una tal _Doña Petra_.
--¿Y qué objeto tiene esa comedia?
--Es un proyecto de conversación con la Reina, y suponiendo las
observaciones que esta ha de hacer, se le responde a todo según un plan
combinado para convencerla de las picardías del Príncipe de la Paz.
También aquí abundan las frases soeces, y por último, el _D. Agustín_
parece que se niega redondamente a casarse con _Doña Petra_, la cuñada
del ministro y hermana del cardenal y de la de Chinchón.
--También eso está bien pensado --dijo la marquesa--; y si ese
sainetillo se representara, yo lo aplaudiría. Pues ¿por qué han de
querer casar al pobre muchacho con la cuñada del otro? ¿No es mejor que
le busquen mujer en cualquiera de las familias reinantes, que a buen
seguro todas ellas se darían con un canto en los pechos por entroncar
con nuestros reyes, casando a cualquiera de sus mozuelas con semejante
Príncipe?
--¿Cómo se atreven ustedes a juzgar cosas tan graves? --dijo con
displicencia el diplomático--. Y en cuanto a los documentos citados,
extraño que una persona tan discreta como mi sobrina les dé publicidad
imprudentemente.
--Vamos, usted dudaba antes que existieran, y ahora, creyendo que no
deben revelarse, los da como ciertos.
--Sí que los doy --repuso el diplomático--, y ya que otra persona ha
descubierto hechos que yo me obstinaba en callar...
El diplomático, no pudiendo negar aquellos secretos, resolvió
apropiárselos, fingiendo tener ya noticias de los papeles del proceso.
--¿De modo que ya tú lo sabías todo? --le preguntó su hermana--. Bien
decía yo que tú no podías menos de estar al tanto de estas cosas. La
verdad es que no se te escapa nada, y bien puedes afirmar que eres de
los que ven los mosquitos en el horizonte.
--Desgraciadamente así es --contestó el diplomático con la mayor
hinchazón--. Todo llega a mis oídos, a pesar de mis repetidos
propósitos de no intervenir en nada y huir de los negocios. ¡Como ha de
ser! Es preciso tener paciencia.
--Hermano, tú debes saber algo más y te lo callas --dijo la marquesa--.
Vamos a ver. ¿Napoleón tiene alguna parte en este negocio?
--¿Ya comienzan las preguntitas? --repuso el viejo con retozona
sonrisa--. Déjense ustedes de preguntas, porque les juro que no me han
de sacar una sílaba. Ya conocen la rigidez de mi carácter en estas
materias.
A todas estas, Lesbia no decía una palabra.
--Pues voy a acabar mi cuento --añadió mi ama--. Aún me falta decir
cuál es el otro papel que se encontró al Príncipe.
--Más valdría que lo callaras, querida sobrina --dijo el diplomático.
--No; que lo diga, que lo diga.
--Pues se ha encontrado la cifra y clave de la correspondencia que el
heredero sostiene con su maestro D. Juan Escóiquiz, y además... esto es
lo más grave.
--Sí, lo más grave --indicó el diplomático--, y por eso debe callarse.
--Por lo mismo debe decirse.
--Pues se encontró una carta en forma de nota, sin sobrescrito, firma
ni nombre, en que manifiesta estar dispuesto a elevar al Rey la
exposición por medio de un religioso. Lo más notable de este papelito
es que el Príncipe asegura que está decidido a tomar por modelo al
Santo mártir Hermenegildo; que se dispone a pelear... óiganlo ustedes
bien... a pelear por la justicia. Esto es hablar clarito de una
revolución. Pide después a los conjurados que le sostengan con firmeza;
que preparen las proclamas, y que...
--¡Ah, las mujeres, las mujeres! ¿No aprenderán nunca a tener
discreción? --interrumpió el marqués--. Me admiro de ver con cuánta
frivolidad te ocupas de asuntos tan peligrosos.
--En este papel --prosiguió la condesa sin atender a las fastidiosas
amonestaciones del diplomático-- se indica a los Reyes y a Godoy con
nombres godos. _Leovigildo_ es Carlos IV, la Reina es _Goswinda_ y
el de la Paz _Sisberto_. Pues bien: el Príncipe, que se atribuye el
papel de _San Hermenegildo_, dice a los conjurados que la tempestad
debe caer sobre _Sisberto_ y _Goswinda_, y que traten de embobar a
_Leovigildo_ con vítores y palmadas.
--¿Y eso es todo? --preguntó la marquesa--. Pues no hay cosa más
inocente.
--Está bien claro --indicó Amaranta con ira--, que se trata de
destronar a Carlos IV.
--No lo veo yo así.
--Pues yo sí --repuso la condesa--. La tempestad debe caer sobre
_Sisberto_ y _Goswinda_. De modo que el heredero y sus amigos, no solo
tratan de mandar a paseo al guardia, sino que también quieren hacer
alguna picardía con la Reina, cuando menos llevarla a la guillotina
como a la pobre María Antonieta. Todos saben cuánto ama el Rey a su
esposa. Cualquier ofensa que a esta se le haga, la considera como hecha
a su propia persona.
--Pues lo que digo es que si algo les pasa, bien merecido se lo tienen
--fue la contestación de la marquesa.
--Y yo sostengo --añadió mi ama alterándose más-- que el Príncipe
podía haber intentado cuantas conjuraciones quisiera para echar del
ministerio a Godoy; pero escribir exposiciones al Rey, poniendo en
duda el honor de su madre, y hablando de arrojar tempestades sobre
_Sisberto_ y _Goswinda_, lo cual equivale a atentar contra la vida
de la Reina, me parece conducta indigna de un Príncipe español y
cristiano... Al fin es su madre: cualesquiera que hayan sido las faltas
de esta (y yo estoy segura de que no son tantas ni tan grandes como
las de quien las publica), no es propio de un hijo el reconocerlas o
mencionarlas, ni menos fundarse en ellas para perseguir a un enemigo.
--Hija, no estás poco melindrosa --dijo con acrimonia la tía de
Amaranta--. Yo creo que el Príncipe hace muy retebién, y si a alguien
le pesa, más valiera no haber dado motivos con lo que todos sabemos, a
lo que está pasando. Y si no, hermano, tú que lo sabes todo, dinos tu
opinión.
--¡Mi opinión! ¿Creéis que es fácil dar opinión sobre asunto tan
espinoso? Y lo que yo pueda pensar, conforme a mi experiencia y luces,
¿puedo acaso decirlo en conferencia de mujeres, que al punto van
diciéndolo por cámaras y antecámaras a todo el que las quiera oír...?
--No hay quien te saque una palabra. Si yo supiera la mitad de lo que
tú sabes, hermano, gustaría de instruir a los ignorantes.
--Para formar exacto juicio, vengan datos --dijo el marqués--. ¿Alguna
de ustedes sabe la opinión de la Reina sobre estas cosas?
--Cuando se leyó en consejo el último de los papeles que he citado
--respondió la condesa--, Caballero dijo que el Príncipe merecía la
pena de muerte por siete capítulos. La Reina, indignada al oírle,
respondió: «_¿Pero no reparas que es mi hijo? Yo destruiré las pruebas
que le condenan; le han engañado, le han perdido_», y arrebatando el
papel lo escondió en su seno, y se arrojó llorando en un sillón. ¡Vean
ustedes qué generosidad! Francamente aunque nunca me ha sido simpática
la causa del Príncipe, desde que sé sus proyectos contra los Reyes, me
parece un joven digno de lástima, si no de otro sentimiento peor.
--¡Qué tontería! --exclamó la marquesa--. Ahora vienen los lloriqueos
y los dengues después de haber sido causa de tantos males. ¿Pues qué,
ocurrirían estas cosas, si no se hubieran cometido ciertas faltas...?
Lesbia, que hasta entonces había permanecido en silencio, con cierta
confusión y amilanamiento, no quiso callar más y apoyó las últimas
frases de la marquesa. Amaranta entonces se volvió a ella, y con acento
tan amargo como desdeñoso le dijo:
--¡Cuánto hablar de faltas ajenas! Esa persona no esperaba ser
injuriada públicamente, como lo ha sido, por quien tantos favores
recibió de ella, por quien se ha sentado a su mesa y se ha honrado con
su amistad.
--¡Ah! el sermoncito no está mal --dijo Lesbia con esa forzada
jovialidad, que a veces es la más terrible expresión de la ira--. Ya
lo esperaba: desde que me negué a ciertas condescendencias; desde que
cansada de un papel, admitido con ligereza e impropio de mí, lo cedí
a otras, que lo desempeñan con perfección, se me censura suponiéndome
divulgadora de lo que todo el mundo sabe. Ciertas personas no pueden
hacerse pasar por víctimas de la calumnia aunque lloren y giman, porque
sus vicios, en fuerza de ser tantos y tan grandes, han llegado a
vulgarizarse.
--Es verdad --repuso Amaranta con perversa intención--. No falta quien
sea prueba viva de ello. Pero hija, el vicio más feo es el de la
ingratitud.
--Sí, pero ese es el vicio en que menos fácilmente pueden sentenciar
los hombres.
--¡Oh, no! También sentencian, y pronto lo veremos. Precisamente
la causa del Príncipe es obra pura y simplemente consumada por la
ingratitud. Ya verás cómo esta se castiga.
--Supongo --dijo Lesbia con malicia-- que no querrás poner en la cárcel
a todos los que estamos aquí, por haber cometido el crimen de desear el
triunfo del Príncipe.
--Yo no pongo a nadie en la cárcel; y los que aquí estamos, pueden
vivir tranquilos; pero quizás no esté muy segura otra persona muy amada
de alguien que me escucha.
--¡Ah! --dijo imprudentemente el diplomático--, me han dicho que
también Mañara está complicado en la causa.
--Creo que sí --añadió Amaranta cruelmente--; pero él fía mucho en el
arrimo de elevadas personas. Y como resulten complicadas las que se
sospecha, es de esperar que no les valga ninguna clase de apoyo.
--Eso es --dijo la duquesa--. ¡Duro en ellos! Falta todavía conocer el
giro que tomará este negocio; falta saber si algún suceso inesperado
cambiará de improviso los términos, convirtiendo a los acusadores en
acusados.
--¡Ya... confían en Bonaparte! --afirmó Amaranta con despecho.
--¡Alto, allá! --exclamó el diplomático--; entran ustedes, señoras
mías, en un terreno peligroso.
--Se hará justicia --dijo mi ama--, aunque no como se desea; pues no
será posible descubrirlo. Por ejemplo: hay gran empeño en averiguar
quién se encargaba de trasmitir a los conjurados la correspondencia
del Príncipe, y hasta ahora no se sabe nada. Hay sospechas de que
sea alguna de las muchas damas intrigantes y coquetuelas que hay en
palacio... hasta se han fijado en alguna; pero aún no hay suficientes
pruebas.
Lesbia no dijo una palabra; pero la pícara se sonreía como quien está
libre de todo temor. Después hasta se atrevió a mortificar a su enemiga
de esta manera:
--Quizás por lo mismo que es intrigante y coquetuela, tenga los medios
de burlar a sus perseguidores. Tal vez las circunstancias le hayan
proporcionado medios de desafiar y provocar a sus enemigos... Tengo
deseos de saber quién es esa buena pieza. ¿Nos lo podrías decir?
--Ahora no --repuso mi ama--, pero mañana, tal vez sí.
Lesbia rio a carcajadas. Amaranta mudó de conversación, la marquesa
volvió a lamentar la suerte de Príncipe, y el diplomático aseguró que
por nada del mundo descorrería el velo que ocultaba los designios del
capitán del siglo, con lo cual dio fin la comida, y todos, menos mi
ama, se retiraron a dormir la siesta.