XVI

Seguí hablando con el pinche, por no perder tan buena coyuntura de

entablar relaciones con la gente de escalera abajo, y pregunté a mi

abastecedor cuál era la opinión más extendida en las reales cocinas

sobre los sucesos del día. Afortunadamente se aproximaba la hora de

cenar; y llevándome mi amigo al aposento destinado al efecto, me hizo

ver que el cuerpo de cocineros seguía a todo el país en la senda

trazada por los directores del partido fernandista.

Nada más patriótico, nada más entusiasta que la actitud de aquel puñado

de valientes en cuyas cacerolas estaba por decirlo así el paladar

de los reyes de España, y que era árbitro hasta cierto punto de su

bienestar, si no de su existencia. Aunque muchos de los hombres que

allí vi eran antiguos y pacíficos servidores, que no participaban de

la rebelde inquietud de la gente moza, la mayor parte habían sido

deslumbrados por la perruna y grotesca elocuencia de Pedro Collado,

el aguador de la fuente del Berro, ya empleado en la servidumbre de

Fernando. Este hombre, que con las gracias de su burdo y ramplón

ingenio se había conquistado preferente lugar en el corazón del

heredero, desempeñaba al principio las funciones de espía en todas las

regiones bajas de palacio, vigilaba la servidumbre, la cual a poco

empezó por temerle y concluyó por someterse dócilmente a sus mandatos.

De este modo llegó a ser Pedro Collado respecto a los cocineros,

pinches y lacayos un verdadero cacique, al modo de los que hoy son alma

y azote de las pequeñas localidades en nuestra península.

Cuando Pedro Collado bajaba contento, el regocijo se difundía

como don celeste entre toda la servidumbre: cuando Pedro Collado

bajaba taciturno y sombrío, melancólico silencio sustituía a la

anterior algazara. Cuando alguno perdía la gracia del aguador, ya

podía encomendarse a Dios, y los que tenían la suerte de merecer su

benevolencia o de servir de objeto a sus bromas, ya podían considerarse

con un pie puesto en la escala de la fortuna.

Aquella noche fue para mí muy interesante, porque presencié la prisión

de Pedro Collado, contra quien habían resultado cargos muy graves

en las primeras actuaciones de la causa. El favorito del Príncipe

comunicaba a los más autorizados entre sus amigos las impresiones del

día, cuando un alguacil, seguido de algunos soldados de la guardia

española, entró a prenderle. No hizo resistencia el aguador, antes bien

con la frente erguida y provocativo ademán, siguió a sus guardianes

que le condujeron a la cárcel del Sitio, porque a causa de su baja

condición no podía alternar con el duque de San Carlos, ni con el del

Infantado, presos en las buhardillas de la parte del edificio llamado

el Noviciado.

La prisión del aguador produjo en la cocina cierto terror y sepulcral

silencio. Interrumpiéronlo después las voces de mando, que cual la de

los generales en la guerra, sirven para dirigir la estrategia de las

cocinas reales, no menos complicada que la de los campos de batalla.

Una voz decía: «Cena del señor infante D. Antonio Pascual.» Y al punto

la más rica menestra que ha incitado el humano apetito pasó a manos de

los criados que servían en el cuarto del infante. Después se oyó la

siguiente orden: «La sopa hervida y el huevo estrellado de la señora

infanta doña María Josefa.» Luego, «El chocolate del señor infante D.

Francisco de Paula», y nuevos movimientos seguían a estas palabras.

Hubo un instante de sosiego, hasta que el cocinero mayor exclamó con

voz solemne: «¿Está la polla asada de su eminencia el señor cardenal?»

Al instante funcionaron las cacerolas, y la polla asada con otros

sustanciosos acompañamientos fue trasmitida al cuarto del arzobispo.

Por último, un señor muy obeso, y vestido de uniforme con galones, que

era designado con el estrambótico nombre de _guardamangier_, se paró

en la puerta y dirigiendo su mirada de águila hacia los cocineros,

exclamó: «La cena de Su Majestad el Rey.» Era cosa de ver la multitud

de platos que se destinaron a aliviar la debilidad estomacal,

diariamente producida en la naturaleza de Carlos IV por el ejercicio de

la caza. Como yo no podía apartar mis ojos de aquella rica colección de

manjares, cuyo aromático vapor convidaba a comer, mi amigo el pinche me

dijo:

--Descuida, Gabrielillo, que ya probaremos algo de aquellos platos. Al

Rey le gusta ver muchos platos en su mesa; pero de cada uno no come más

que un poquito. Algunos vuelven como han ido. Voy a preparar el agua

helada.

--¿Qué es eso de agua helada? --pregunté--. ¿Y quién se alimenta con

manjar de tan poca sustancia?

--El Rey --me contestó--, una vez que llena bien el buche, pide un vaso

de agua helada como la misma nieve; coge un panecillo, le quita la

corteza, empapa bien la miga en el agua, y se la come después. Jamás

toma más postre que ese.

Un buen rato después de haberse pedido la cena del Rey, pidieron la

de la Reina, y esta diferencia de tiempo llamó tanto mi atención, que

pregunté a mi amigo la razón de que no comieran juntos los Reyes y sus

hijos.

--Calla, tonto --me dijo--, eso no puede ser. En las casas de todo el

mundo, comen padres e hijos en una misma mesa. Pero aquí no: ¿no ves

que eso sería faltar a la etiqueta? Los Infantes comen cada uno en su

cuarto, y S. M. el Rey solo en el suyo, servido por los guardias. La

Reina es la única persona que podría comer con el Rey, pero ya sabes

que acostumbra comer sola, por lo que callo.

--¿Por qué? dímelo a mí. Es que tendrá alguna persona que la acompañe

_de ocultis_.

--¡Quiá! No come delante de alma viviente ni que la maten.

--¿Ni tampoco delante de sus damas?

--Solo la camarera que la sirve la ve comer. Te diré por qué --añadió

en voz baja--. ¿Ves aquellos dientes tan bonitos que enseña la Reina

cuando se ríe? Pues son postizos, y como tiene que quitárselos para

comer, no quiere que la vean.

--Eso sí que está bueno.

En efecto, lo que me dijo el pinche era cierto, y en aquellos tiempos

el arte odontológico no había adelantado lo suficiente para permitir

las funciones de la masticación con las herramientas postizas.

--Ya ves tú --continuó el pinche-- si tienen razón los que critican a

la Reina porque engaña al pueblo, haciendo creer lo que no es. ¿Y cómo

ha de hacerse querer de sus vasallos una soberana que gasta dientes

ajenos?

Como yo no creía que las funciones de los Reyes fueran semejantes a las

de un perro de presa, no pensé lo mismo que mi amigo, aunque me callé

sobre el particular.

Luego pidieron la cena de S. A. el Príncipe de la Paz, y la de los

Consejeros de Estado, lo cual me decidió a subir, creyendo llegada

la hora de servir también la de mi ama. Se acercaba para mí el dulce

momento de verla, de hablarla, de escuchar sus mandatos, de pasar junto

a ella rozando mi vestido con el suyo, de embelesarme con su sonrisa

y con su mirada. Ausente de ella, mi imaginación no se apartaba de

tan hermoso objeto, como mariposa que rodea sin cesar la luz que la

fascina. Pero muy contra mi voluntad aquella noche Amaranta no se dignó

ponerme al corriente de lo que deseaba saber respecto a mis servicios.

Estaba escrito que fuera a la noche siguiente.

Aunque aún no me había acontecido en Palacio nada digno de notarse,

yo estaba un si es no es descorazonado. ¿Por qué? No podía decirlo.

Encerrado en mi cuarto, y tendido sobre el angosto lecho, rebelde mi

naturaleza al sueño, me puse a pensar en mi situación, en el carácter

de Amaranta que empezaba a parecerme muy raro, y en la clase de fortuna

que a su lado me aguardaba. Acordeme de Inés, a quien por aquellos

días tenía muy olvidada, y cuando su memoria, refrescando mi mente, me

predispuso a un dulce sueño, sentía (no sé si fue engañoso efecto del

sueño) unos golpecitos en mi pecho, producidos por vivas y dolorosas

palpitaciones, como si una mano amiga, perteneciente a persona que

deseaba entrar a toda costa, estuviese tocando a las puertas de mi

corazón.

La corte de Carlos IV · 第 30 / 47 题