Seguí hablando con el pinche, por no perder tan buena coyuntura de
entablar relaciones con la gente de escalera abajo, y pregunté a mi
abastecedor cuál era la opinión más extendida en las reales cocinas
sobre los sucesos del día. Afortunadamente se aproximaba la hora de
cenar; y llevándome mi amigo al aposento destinado al efecto, me hizo
ver que el cuerpo de cocineros seguía a todo el país en la senda
trazada por los directores del partido fernandista.
Nada más patriótico, nada más entusiasta que la actitud de aquel puñado
de valientes en cuyas cacerolas estaba por decirlo así el paladar
de los reyes de España, y que era árbitro hasta cierto punto de su
bienestar, si no de su existencia. Aunque muchos de los hombres que
allí vi eran antiguos y pacíficos servidores, que no participaban de
la rebelde inquietud de la gente moza, la mayor parte habían sido
deslumbrados por la perruna y grotesca elocuencia de Pedro Collado,
el aguador de la fuente del Berro, ya empleado en la servidumbre de
Fernando. Este hombre, que con las gracias de su burdo y ramplón
ingenio se había conquistado preferente lugar en el corazón del
heredero, desempeñaba al principio las funciones de espía en todas las
regiones bajas de palacio, vigilaba la servidumbre, la cual a poco
empezó por temerle y concluyó por someterse dócilmente a sus mandatos.
De este modo llegó a ser Pedro Collado respecto a los cocineros,
pinches y lacayos un verdadero cacique, al modo de los que hoy son alma
y azote de las pequeñas localidades en nuestra península.
Cuando Pedro Collado bajaba contento, el regocijo se difundía
como don celeste entre toda la servidumbre: cuando Pedro Collado
bajaba taciturno y sombrío, melancólico silencio sustituía a la
anterior algazara. Cuando alguno perdía la gracia del aguador, ya
podía encomendarse a Dios, y los que tenían la suerte de merecer su
benevolencia o de servir de objeto a sus bromas, ya podían considerarse
con un pie puesto en la escala de la fortuna.
Aquella noche fue para mí muy interesante, porque presencié la prisión
de Pedro Collado, contra quien habían resultado cargos muy graves
en las primeras actuaciones de la causa. El favorito del Príncipe
comunicaba a los más autorizados entre sus amigos las impresiones del
día, cuando un alguacil, seguido de algunos soldados de la guardia
española, entró a prenderle. No hizo resistencia el aguador, antes bien
con la frente erguida y provocativo ademán, siguió a sus guardianes
que le condujeron a la cárcel del Sitio, porque a causa de su baja
condición no podía alternar con el duque de San Carlos, ni con el del
Infantado, presos en las buhardillas de la parte del edificio llamado
el Noviciado.
La prisión del aguador produjo en la cocina cierto terror y sepulcral
silencio. Interrumpiéronlo después las voces de mando, que cual la de
los generales en la guerra, sirven para dirigir la estrategia de las
cocinas reales, no menos complicada que la de los campos de batalla.
Una voz decía: «Cena del señor infante D. Antonio Pascual.» Y al punto
la más rica menestra que ha incitado el humano apetito pasó a manos de
los criados que servían en el cuarto del infante. Después se oyó la
siguiente orden: «La sopa hervida y el huevo estrellado de la señora
infanta doña María Josefa.» Luego, «El chocolate del señor infante D.
Francisco de Paula», y nuevos movimientos seguían a estas palabras.
Hubo un instante de sosiego, hasta que el cocinero mayor exclamó con
voz solemne: «¿Está la polla asada de su eminencia el señor cardenal?»
Al instante funcionaron las cacerolas, y la polla asada con otros
sustanciosos acompañamientos fue trasmitida al cuarto del arzobispo.
Por último, un señor muy obeso, y vestido de uniforme con galones, que
era designado con el estrambótico nombre de _guardamangier_, se paró
en la puerta y dirigiendo su mirada de águila hacia los cocineros,
exclamó: «La cena de Su Majestad el Rey.» Era cosa de ver la multitud
de platos que se destinaron a aliviar la debilidad estomacal,
diariamente producida en la naturaleza de Carlos IV por el ejercicio de
la caza. Como yo no podía apartar mis ojos de aquella rica colección de
manjares, cuyo aromático vapor convidaba a comer, mi amigo el pinche me
dijo:
--Descuida, Gabrielillo, que ya probaremos algo de aquellos platos. Al
Rey le gusta ver muchos platos en su mesa; pero de cada uno no come más
que un poquito. Algunos vuelven como han ido. Voy a preparar el agua
helada.
--¿Qué es eso de agua helada? --pregunté--. ¿Y quién se alimenta con
manjar de tan poca sustancia?
--El Rey --me contestó--, una vez que llena bien el buche, pide un vaso
de agua helada como la misma nieve; coge un panecillo, le quita la
corteza, empapa bien la miga en el agua, y se la come después. Jamás
toma más postre que ese.
Un buen rato después de haberse pedido la cena del Rey, pidieron la
de la Reina, y esta diferencia de tiempo llamó tanto mi atención, que
pregunté a mi amigo la razón de que no comieran juntos los Reyes y sus
hijos.
--Calla, tonto --me dijo--, eso no puede ser. En las casas de todo el
mundo, comen padres e hijos en una misma mesa. Pero aquí no: ¿no ves
que eso sería faltar a la etiqueta? Los Infantes comen cada uno en su
cuarto, y S. M. el Rey solo en el suyo, servido por los guardias. La
Reina es la única persona que podría comer con el Rey, pero ya sabes
que acostumbra comer sola, por lo que callo.
--¿Por qué? dímelo a mí. Es que tendrá alguna persona que la acompañe
_de ocultis_.
--¡Quiá! No come delante de alma viviente ni que la maten.
--¿Ni tampoco delante de sus damas?
--Solo la camarera que la sirve la ve comer. Te diré por qué --añadió
en voz baja--. ¿Ves aquellos dientes tan bonitos que enseña la Reina
cuando se ríe? Pues son postizos, y como tiene que quitárselos para
comer, no quiere que la vean.
--Eso sí que está bueno.
En efecto, lo que me dijo el pinche era cierto, y en aquellos tiempos
el arte odontológico no había adelantado lo suficiente para permitir
las funciones de la masticación con las herramientas postizas.
--Ya ves tú --continuó el pinche-- si tienen razón los que critican a
la Reina porque engaña al pueblo, haciendo creer lo que no es. ¿Y cómo
ha de hacerse querer de sus vasallos una soberana que gasta dientes
ajenos?
Como yo no creía que las funciones de los Reyes fueran semejantes a las
de un perro de presa, no pensé lo mismo que mi amigo, aunque me callé
sobre el particular.
Luego pidieron la cena de S. A. el Príncipe de la Paz, y la de los
Consejeros de Estado, lo cual me decidió a subir, creyendo llegada
la hora de servir también la de mi ama. Se acercaba para mí el dulce
momento de verla, de hablarla, de escuchar sus mandatos, de pasar junto
a ella rozando mi vestido con el suyo, de embelesarme con su sonrisa
y con su mirada. Ausente de ella, mi imaginación no se apartaba de
tan hermoso objeto, como mariposa que rodea sin cesar la luz que la
fascina. Pero muy contra mi voluntad aquella noche Amaranta no se dignó
ponerme al corriente de lo que deseaba saber respecto a mis servicios.
Estaba escrito que fuera a la noche siguiente.
Aunque aún no me había acontecido en Palacio nada digno de notarse,
yo estaba un si es no es descorazonado. ¿Por qué? No podía decirlo.
Encerrado en mi cuarto, y tendido sobre el angosto lecho, rebelde mi
naturaleza al sueño, me puse a pensar en mi situación, en el carácter
de Amaranta que empezaba a parecerme muy raro, y en la clase de fortuna
que a su lado me aguardaba. Acordeme de Inés, a quien por aquellos
días tenía muy olvidada, y cuando su memoria, refrescando mi mente, me
predispuso a un dulce sueño, sentía (no sé si fue engañoso efecto del
sueño) unos golpecitos en mi pecho, producidos por vivas y dolorosas
palpitaciones, como si una mano amiga, perteneciente a persona que
deseaba entrar a toda costa, estuviese tocando a las puertas de mi
corazón.