Ignoro si fueron las conversaciones de aquel día u otras causas las que
enfriaron el entusiasmo de que yo estaba poseído por la mañana. ¡Cuánto
he desvariado! --decía para mí--, y lo más seguro es que Amaranta
habrá visto solamente en mí un chico dispuesto a servirla mejor que
otro.
Sin embargo, mi curiosidad era tan viva, que no podía ocuparme en cosa
alguna ni estar con calma en ninguna parte. Aquel día ni aun pude
visitar a Inés; y cuando cumplí las obligaciones de la casa, me dispuse
a acudir a la cita. Vestime con el mayor esmero, dedicando el conjunto
de las fuerzas de mi inteligencia a conseguir que la persona de un
servidor de ustedes fuese el dechado de todas las gracias, y el resumen
de cuantas perfecciones concedió Naturaleza a la juventud. El pedazo de
espejo que limpié desde por la mañana aduló mi amor propio, confirmando
ante mí la enfática presunción de que no escaseaban en el semblante
del criado de la González ciertos agradables rasgos, dignos de hacer
fijar la atención. Fue aquella la primera vez que me sentí presumido:
después, recordándolo, he sentido ganas de abofetearme.
Yo habría deseado tener entonces el vestido más rico, más lujoso, más
elegante, más luciente que pudieran hacer los sastres del planeta que
habitamos; pero tuve que contentarme con el mío humildísimo, sin más
adorno que el del aseo, la pulcritud y esmero de mi peinado. Mi traje
era modesto; pero a pesar de ello, yo conocía que estaba bien, y que
mi persona y aire predisponían en favor mío. Con esto y con pensar
durante un breve rato frases delicadas y elegantes que me parecían muy
propias para contestar a los obsequios de la diosa, di por terminados
los preparativos, y salí de la casa, sin dar cuenta a nadie de mi
expedición.
Llegué a la casa de la calle de Cañizares, residencia de la señora
marquesa, de quien era hermano el diplomático; pregunté por doña
Dolores, apareció esta, y sin decirme nada, me condujo por largos y
oscuros pasadizos, hasta que al fin dio conmigo en un camarín muy
lujoso, donde me ordenó que esperase. Mientras así lo hacía, creí
sentir en la pieza inmediata algunas voces de señoras que hablaban y
reían, y también creí escuchar la voz desentonada del diplomático.
Amaranta no me hizo aguardar mucho tiempo. Cuando sentí el ruido de la
puerta, cuando vi entrar a la hermosa dama, cuando se adelantó hacia
mí sonriendo con bondad, pareciome que un ente sobrenatural se me
acercaba, y temblé de emoción.
--Has sido puntual --me dijo--. ¿Estás dispuesto a entrar en mi
servicio?
--Señora --contesté sin poder recordar ninguna de las frases que traía
preparadas--; estoy con mucho gusto a las órdenes de usía para cuanto
se digne mandarme.
--O yo me engaño mucho --dijo la dama sentándose junto a mí--, o tú
eres un chico bien nacido, hijo de alguna noble familia, y te hallas
hoy en posición más baja de lo que te corresponde.
--Mi padre era pescador en Cádiz --respondí, sintiendo por primera vez
en mi vida no ser noble.
--¡Qué lástima! --exclamó Amaranta--; sin embargo, no importa. Pepa
me ha dicho que cumples lo que se te encarga con mucha puntualidad, y
sobre todo con gran reserva; que eres formal a toda prueba; me ha dicho
también que tienes imaginación, y que podrías ser en otra esfera un
hombre de provecho.
--Mi ama --dije disimulando mi orgullo-- me hace demasiado favor.
--Bueno --continuó la diosa--. Ya comprendes que entrar en mi servicio
sin más recomendación que el propio mérito, es más de lo que pudieras
desear. Pero me parece que tú tienes disposición para más altos
empleos, y... creo que no serás desfavorecido por la fortuna. ¿Quién
sabe lo que llegarás a ser?
--¡Oh, sí señora, quién sabe! --dije sin contener el entusiasmo que en
mí producían aquellas palabras.
Amaranta estaba sentada frente a mí, como he dicho: su mano derecha
jugaba con un grueso medallón pendiente del cuello, y cuyos diamantes,
despidiendo mil luces, deslumbraban mis ojos. Tanta era mi gratitud y
admiración hacia aquella mujer, que no sé cómo no caí de rodillas a sus
plantas.
--Por de pronto no te exijo sino una grande fidelidad en mi servicio.
Yo acostumbro recompensar bien a los que bien me sirven, y a ti más que
a nadie, porque me han cautivado tu orfandad, tu abandono y la modestia
y circunspección que hallo en tu persona.
--Señora --exclamé en la efusión de mi gratitud--, ¿cómo pagaré tantos
sacrificios?
--Siéndome fiel y haciendo puntualmente lo que te mande.
--Seré fiel hasta la muerte, señora.
--Ya ves que exijo poco. En cambio, Gabriel, yo puedo hacer por ti lo
que no has soñado ni podrías soñar. Otros con menos mérito que tú, se
han elevado a alturas inconcebibles. ¿No te ha ocurrido que podrías tú
subir lo mismo, encontrando una mano que te impulsara?
--¡Sí, señora! Sí me ha ocurrido, y ese pensamiento me ha vuelto loco
--contesté--. Viendo que usía se dignaba fijar en mí sus ojos, llegué
a creer que Dios había tocado su buen corazón, y que todo lo que hasta
ahora me ha faltado en el mundo, iba a recibirlo de una sola vez.
--Has pensado bien --dijo Amaranta sonriendo--. Tu adhesión a mi
persona y tu obediencia a mis órdenes te harán merecedor de lo que
deseas. Ahora escucha. Mañana voy al Escorial, y es preciso que vengas
conmigo. Nada digas a tu ama: yo me encargo de arreglarlo todo, de
manera que consienta en el cambio de servidumbre. No digas tampoco a
nadie que me has hablado, ¿entiendes? Pasado mañana irás a mi casa,
desde donde puedes hacer el viaje en los coches que saldrán al medio
día. Estaremos en el Escorial pocos días, porque regresaremos para ver
la representación que ha de darse en esta casa, y entonces, quizás
vuelvas por unos días al servicio de Pepa.
--¡Otra vez allá! --dije admirado.
--Sí; ya sabrás más adelante todo lo que tienes que hacer. Conque
retírate ya: no faltes mañana.
Prometí ser puntual y me despedí de ella. Diome a besar su mano con
tan dulce complacencia que me sentí electrizado al poner mis labios en
su blanca y fina piel. Ni sus modales, ni sus miradas, ni ninguno de
los accidentes de su comportamiento para conmigo eran los de una ama
para con su criado. Más bien parecía tratarme como de igual a igual,
y en cambio yo, ciego ya para todo lo que no fuera la protección de
Amaranta, me lancé en la esfera de la atracción de aquel astro que
inundaba mi alma de luz y calor.
Salí a la calle... ¿a quién comunicar mi alegría? Al punto me acordé
de Inés, y subí la escalerilla que conducía a su sotabanco, pues no sé
si he dicho que la habitación de mis amigos estaba en la misma casa.
Encontré a Inés muy triste, y habiendo preguntado la causa, supe que
doña Juana, cuya naturaleza se desmejoraba con el continuo trabajar,
había caído enferma.
--¡Inés, Inesilla! --exclamé encontrándome solo en la sala con la
muchacha--. Quiero hablarte. ¿Sabes que me voy?
--¿A dónde? --me preguntó con viveza.
--A Palacio, a la corte, a correr fortuna. ¡Ah, picarona; ahora no te
reirás de mí; ahora va de veras!
--¿Qué va de veras?
--Que se me ha entrado por las puertas la fortuna, chiquilla. ¿Te
acuerdas de lo que hablamos el otro día? Bien te lo decía yo, y tú no
me hacías caso. ¿Pero no ves, reinita, que eso se cae de su peso?
--¿Qué se cae de su peso?
--Que así como otros han llegado a la mayor altura sin mérito propio,
y solo porque a alguna gran persona se le antojó protegerles, nada
tendría de extraño que a mí me aconteciera dos cuartos de lo mismo, sí,
señorita.
--Eso es muy claro: avisa cuando llegues arriba. De modo que mañana te
tendremos de general o ministro cuando menos.
--No te burles, ¿estamos? Tanto como mañana, no; pero ¿quién sabe?
Inés empezó a reír, dejándome bastante confuso.
--Pero, ven acá, tonta --dije con una seriedad, cuyo recuerdo me hace
morir de risa--; tú no estás oyendo hablar todos los días de un hombre
que no era nada, y hoy lo es todo; de un hombre que entró a servir en
la Guardia española, y de la noche a la mañana...
--¡Hola, hola! --dijo Inés burlándose de mí con más crueldad--. Esas
tenemos, Sr. D. Gabriel. ¡Qué callado lo tenía usted! ¿Se puede saber
quién es la dama que se ha enamorado de usted?
--Tanto como enamorarse, no, tonta --respondí cortado--; pero... ya
ves. Como uno no es saco de paja... qué quieres. Todo el mundo, aunque
no valga nada, encuentra una persona a quien le gusta...
Inés continuó riendo; pero yo conocí que después de mis últimas
palabras, la pobre necesitaba muchos esfuerzos para aparentar alegría.
Como su carácter no era apto para el disimulo, luego cesó de reír y se
puso muy seria.
--Bien, excelentísimo señor --dijo haciéndome una grave cortesía--; ya
sabemos a qué atenernos.
--La cosa no es para enfadarse --dije yo sintiéndome repuesto de mi
turbación--; lo que hay es, que si una persona me quiere proteger, no
he de hacerle ascos. ¡Y si tú la conocieras, Inesilla; si tú vieras qué
mujer, qué señora!... Todo lo que te diga es poco; así es que no te
digo nada.
--¿Y esa señora se ha enamorado de ti?
--Dale con el enamoramiento; no es eso, mujer. Es que entro a servirla;
aunque quién sabe lo que podrá pasar... Si vieras cómo me trata... Como
de igual a igual, y se interesa mucho por mí... y es muy rica... y vive
en un palacio muy grande cerca de aquí... y tiene muchos criados...
y lleva en el cuello un medallón con un diamante como un huevo... y
cuando le mira a uno, se queda uno atortolado... y es muy guapa... y en
Palacio puede tanto como el Rey... y se llama...
Recordé de pronto que Amaranta me había prohibido revelar su entrevista
con ella, y callé.
--Bueno --dijo Inés--. Ya veo que dentro de poco le tendremos a usía
hecho un archipámpano, con muchos galones y cintajos, dando que hablar
a la gente, y teniendo el gusto de oírse llamar ladrón, enredador,
tramposo y cuanto malo hay.
--Mira tú lo que es no entender las cosas --dije algo incomodado--.
¿De dónde sacas tú que todos los hombres célebres y poderosos, sean
ladrones y pícaros? No, señor, también pueden ser buenos; y lo que es
yo... supón, chiquilla, que por arte del demonio llegara yo a ser... no
te rías, que de menos hizo Dios a Cañete; y todos somos hijos de Adán;
y tan de carne y hueso es Napoleón Bonaparte como yo. Pues suponte que
llego a ser... no te rías. Si te ríes me callo.
--Si no me río --dijo Inés, conteniendo la hilaridad que de nuevo la
acometía--. Lo que dices está muy en razón, chiquillo. Si no hay más
que ponerse a ello. ¿Qué cuesta ser generalísimo, ministro, príncipe
o duque? Nada. Ni a qué viene el romperse los ojos estudiando por
aprender todas las cosas que se deben saber para gobernar? Si los
aguadores y los mozos de cuerda, y los horteras, y los monaguillos,
son unos tontos de camisón, cuando no se van todos a Palacio, sabiendo
que tienen seguro el sueldo de consejeros con solo guiñarle el ojo a
una dama. Y si todas no son tiernas de corazón, con tocarle el codo a
alguna de las cocineras de Palacio, está hecho todo.
--No es eso: veo que tú no entiendes --dije, no sabiendo cómo hacerme
comprender de Inés--. Eso que dices de aprender y saber gobernar, y lo
demás, no viene al caso. Verdad es, que antes se necesitaba ser hombre
de ciencia para medrar; pero hoy, chiquilla, ya ves lo que pasa. No es
solo Godoy, son cientos de miles los que ocupan altos puestos sin valer
maldita de Dios la cosa. Con un poco de despejo basta. Si sabré yo lo
que me digo.
--Ven acá, Gabriel --me dijo Inés, dejando su costura--. Las cosas del
mundo pasan siempre como deben pasar. Esto lo sé yo sin que nadie me lo
haya dicho. Los hombres que mandan a los demás, están en aquel puesto
por su nacimiento, pues... porque así está arreglado, de modo que los
reyes nacen de los reyes... Cuando algún hombre que no ha nacido en
cuna real, llega a gobernar el mundo, debe de ser porque Dios le ha
dado un talento, una cosa celestial que no tienen los demás. Y si no,
ahí me tienes a Napoleón, que es emperador de todo el mundo, y manda no
sé cuantos miles de millones de soldados; pero es porque él se lo ha
ganado, y porque desde chiquito aprendía cuanto hay que saber, y los
maestros se quedaban lelos, viendo que sabía más que ellos... El que
sube tanto sin tener mérito, es por casualidad, o por mil picardías,
o porque los reyes lo quieren así; ¿y qué hacen para tenerse arriba?
Engañan a la gente, oprimen al pobre, se enriquecen, venden los
destinos y hacen mil trampas. Pero buen pago les dan, porque todo el
mundo les aborrece, y lo que desean es verles por los suelos. ¡Ah,
chiquillo! Yo no sé cómo no entiendes esto, esto que es tan claro como
el agua...
A pesar de ser tan claro como el agua, yo no lo comprendía. Muy
lejos de eso, estaba tan obcecado, tan dominado por la vanidad, que
no vi sino impertinencias y majaderías en las juiciosas razones de
la modistilla. Aún fue más lejos mi soberbia, porque mi amor propio
se resintió; me sentí pavo real, erguí mi cuello, levanté la cola
tornasolada, y con mis feas patas de pájaro vanidoso pisoteé la
discreta paloma, diciéndole estas palabras:
--Inés, hablemos claro. Veo que tú no comprendes ciertas cosas... Tú
eres muy buena, y por eso te quiero y te estimo. No dudes, por lo
tanto, que de aquí en adelante haré en bien tuyo cuanto me sea posible.
Tú eres muy buena; pero es preciso confesar que tienes pocos alcances.
Al fin eres mujer, y las mujeres... como no sea de hacer calceta y de
poner el puchero a la lumbre, de nada entienden una higa. Este negocio
que tratamos no es para tu pobre cabecita. Los hombres son los que
los entendemos bien, porque tenemos un modo de ver las cosas más por
lo alto, porque en fin, tenemos más talento. No extraño lo que me has
dicho porque... ¿tú qué puedes entender?... Pero eres una chica muy
buena: te quiero, te quiero mucho, no te enfades. Puedes estar segura
de que jamás me olvidaré de ti.
Lector: cuando leas esto te suplico que te despojes de toda
benevolencia para conmigo. Sé justiciero e implacable, y ya que no me
tienes, por ventaja mía, al alcance de tus honradas manos, descarga en
el libro tu ira, arrójalo lejos de ti, pisotéalo, escúpelo... ¡ay!
pero no: él es inocente, déjalo, no lo maltrates, él no tiene culpa de
nada; su único crimen es haber recibido en sus irresponsables hojas
lo que yo he querido poner en él, lo bueno y lo malo, lo plausible y
lo irrisorio, lo patético y lo tonto que al escribir esta historia
he ido sacando, escarbador infatigable, de los escombros de mi vida.
Si algo encuentras que me desfavorezca, tan mío es como lo que te
parezca laudable. Ya habrás conocido que no quiero ser héroe de novela:
si hubiera querido idealizarme, fácil me habría sido conseguirlo,
cuidando de encerrar con cien llaves todas mis flaquezas y necedades,
para que solo quedasen a la vista del público los hechos lisonjeros,
adicionados con lindísimas invenciones, que en caso de apuro no me
habrían de faltar. Pero repito que no quiero idealizarme: bien sé que a
los ojos de muchos, mi personalidad estaría cien codos más alta, si yo
representase en mí a un mozuelo desvergonzado, pendenciero y atrevido,
que en los diez y seis años de su edad hubiese tenido tiempo y fortuna
para matar en duelo a dos docenas de semejantes, y quitar la honra a
igual número de doncellas, casadas o viudas, esquivando la persecución
de la justicia y la venganza de celosos padres o maridos. Todo esto
sería muy bonito; pero diré con el latino: _sed nunc non erat his
locus_.
Como prueba de mi modestia, no he vacilado en copiar el diálogo con
Inés que me favorece tan poco, atreviéndome a esperar que, si el
lector no me adorase romántico, podrá apreciarme sincero. Hagamos,
pues, las paces y continuaré la narración en el mismo punto en que
la dejé; y es que, habiendo espetado las palabras referidas y aun
algunas más, hijas de mi estólida vanidad, dejé a Inés, creyendo que
debía buscar interlocutor más conforme a la alteza y sublimidad de mis
pensamientos. Inés no me dijo una palabra más, y yo, atraído por los
alegres sones de la flauta tocada por D. Celestino, fui a buscarle a su
cuarto, y con las manos juntas atrás, y el aire de persona protectora,
le hablé así:
--¿Cómo van esos asuntos, señor mío?
--¡Oh, divinamente! --contestó con su optimismo de siempre--. Al fin
se me hará justicia, y según me ha dicho esta mañana el oficial de la
secretaría, no puede pasar de la semana que viene.
--Me parece que a usted no le vendría mal un arciprestazgo de buena
renta o cosa así... Dígolo, porque aunque a usted le sorprenda, tal vez
exista alguna persona que se lo pueda conseguir.
--¿Quién, hijo mío, quién, a no ser mi paisano y amigo el Serenísimo
Príncipe de la Paz?
--En donde menos se piensa salta una liebre... Ya veremos, ya veremos
--dije yo haciendo todo lo posible para que la expresión de mi
semblante fuera la más misteriosa y grave.
Quedose aturdido con mis palabras, y volví al lado de Inés, de quien
no quería despedirme dejándola enojada. Con gran sorpresa mía,
la muchacha no conservaba enfado alguno, y me habló con aquella
incomparable ecuanimidad, que siempre fue su principal atractivo.
Despedime prometiendo que la recordaría siempre, y ella se mostró tan
afable, tan cariñosa como si nada hubiera pasado. Su espíritu, cuya
elevación y superioridad desconocía yo entonces, confiaba firmemente
sin duda en mi pronta vuelta.
A los dos días mi ama me dijo que había convenido con Amaranta en que
yo pasara a servir a esta. Arreglé mi pequeño ajuar, y fui a la casa de
mi nueva ama. Allí me pusieron una librea, y subiendo al coche de la
servidumbre, el cual seguía a otro ocupado por la marquesa y su hermano
el diplomático, emprendí el camino del Escorial, a donde llegamos por
la noche.