IX

Al despertar en la mañana siguiente, acudieron en tropel a mi

pensamiento todas las ideas y las imágenes que me habían agitado

la noche anterior. La inclinación hacia mi persona que suponía en

Amaranta, me trastornaba el juicio como verá el amigo lector, si

le cuento los disparates que dije y las locuras que imaginé en las

reflexiones y monólogos de aquella mañana.

«No veo la hora --decía para mí-- de presentarme a esa señora. No me

queda duda de que le he caído en gracia, lo cual no es extraño, pues

algunas personas me han dicho que no tengo mal ver. Como dice doña

Juana, de hombres se hacen los obispos, y quién sabe si a vuelta de

una media docena de añitos, me encuentro hecho en dos palotadas duque,

conde o almirante, como otros que yo me sé y que deben lo que son

a haber caído en gracia a esta o la otra persona. Hablemos claro,

Gabriel. ¿No estás oyendo mentar todos los días a cierto personaje

que antes era un pobre pelambrón, y ahora es todo cuanto puede ser un

hombre? ¿Y todo por qué? Por la inclinación de una elevada señora. Y

¿quién dice que lo que puede pasar a un hombre, no le pueda suceder

a otro? Verdad es que el tal personaje es un gallardo mozo; pero yo

bien sabido me tengo que no soy saco de paja, pues muchas personas

me han dicho que les gusto, y que no puede negarse que tengo unos

ojillos picarescos, capaces de trastornar a todo el sexo femenino...

Ánimo, Sr. Gabrielito. Mi ama ha dicho que Amaranta es la mujer más

poderosa de toda la Corte, y quién sabe si será de sangre real. ¡Oh,

divina Amaranta! ¿Qué haré para merecerte? Por supuesto, que si

llego a verme desempeñando esos elevados cargos, juro por Dios y mi

salvación, que he de ser el hombre más formal que jamás haya gobernado

en el mundo. A buen seguro que nadie me acuse, como acusan al otro de

haber hecho tantas picardías. Lo que es eso... yo tendré las cosas

bien arregladitas, y en mi persona no gastaré sino lo muy preciso. Lo

primero que voy a disponer es que no haya pobres, que España no vuelva

a unirse con Francia, y que en todas las plazuelas del Reino se fije

el precio de los comestibles, para que los pobres compren todo muy

barato. Veremos si sé yo mandar o no sé... ¡y que tengo un geniecillo!

Como no hagan lo que mando, nada, nada... no me andaré con chiquitas.

Al que no obedezca, cortarle la cabeza y se acabó... así andarán todos

derechos como un huso. Y lo dicho, dicho. Nada con los franceses,

Napoleón que se entienda solo; nosotros haremos lo que nos dé la gana,

y que no me busque el genio, porque yo tengo malas moscas... ¡Oh! si

esto sucediera, cómo se había de alegrar la pobre Inés: entonces sí

que no repetiría aquello de la tortuga y del águila. Se me figura que

Inés es algo corta de alcances; sin embargo, es tan buena, que la

amaré siempre... pero debo amar a Amaranta... pero ¿cómo puedo dejar

de amar a Inés?... Pero es preciso que adore sobre todas las cosas a

Amaranta... pero Inés es tan sencilla, tan buena, tan... pero Amaranta

me subyuga, me fascina, me vuelve loco... pero Inés... pero Amaranta...»

Esto decía yo, despeñado, como corcel salvaje, por los derrumbaderos

de mi fantasía; y ya habrá observado el lector que, al suponerme

amado por una mujer poderosa, mis primeras ideas versaron sobre mi

engrandecimiento personal y el ansia de adquirir honores y destinos. En

esto he reconocido después la sangre española. Siempre hemos sido los

mismos.

Levanteme, cogí el cesto para ir a la compra, y cuando recorría los

puestos de la plazuela regateando las patatas y las coles, consideré

cuán inconveniente y deshonroso era que se ocupase en tan bajos

menesteres un joven destinado a ser dentro de algún tiempo generalísimo

de los ejércitos de mar y tierra, gran almirante, ministro, y quién

sabe si rey de algún reinito chico que le caería por chiripa en los

repartos europeos.

Dejando aparte por ahora lo que se refiere a mi persona, voy a dar una

idea de la opinión pública en aquellos días, con motivo de los sucesos

políticos. En la plazuela advertí que se hablaba del asunto, y por las

calles las personas se paraban preguntándose noticias, y regalándose

mutuamente las mentiras de que cada cual era forjador o inocente

vehículo. Yo hablé del caso con varias personas conocidas, y voy a

copiar imparcialmente el parecer de algunas, pues siendo las más de

diversa condición y capacidad, el conjunto de sus observaciones puede

ofrecer exactamente una muestra del pensamiento público.

Un hortera de ultramarinos que era nuestro abastecedor, y hombre muy

aficionado a mover la sin hueso, me pareció más alegre que de ordinario

y en extremo jovial con sus parroquianos.

--¿Qué nuevas corren por ahí? --le pregunté.

--¡Oh! grandes nuevas. Los franceses han entrado en España. Yo estoy

contentísimo.

Luego, bajando la voz, dijo con semblante risueño:

--¡Van a conquistar a Portugal! Es para volverse loco de alegría.

--Hombre, no lo entiendo.

--¡Ah! Gabrielillo: tú como eres un pobre chico, no entiendes estas

cosas. Ven acá, mentecato. Si conquistan a Portugal, ¿para qué ha de

ser sino para regalárselo a España?

--¿Y un reino se conquista y se regala, como si fuera una libra de

nísperos, señor de Cuacos?

--Pues es claro. Napoleón es un hombre que me gusta. Quiere mucho a

España y se desvive por hacernos felices.

--Vaya con el hombre. ¿Y nos quiere por nuestra linda cara o porque

le conviene, para sacarnos dinero, barcos, tropas y cuanto le da la

gana? --dije yo cada vez más resuelto a romper con Francia cuando fuese

ministro.

--Nos quiere porque sí, y sobre todo ahora va a quitar de en medio al

Sr. Godoy, que ya nos tiene hasta el tragadero.

--¿Querrá usted decirme qué es lo que ha hecho ese caballero para que

todos le quieran tan mal?

--¡Bicoca! Ahí es nada lo del ojo. ¿No sabes que es un embustero,

atrevido, lascivo, tramposo y enredador? Ya sabemos todos a qué debe

su fortuna, y la verdad es que la culpa no la tiene él, sino quien lo

consiente. Ya sabes tú que vende los destinos, ¡y de qué manera! Los

que tienen mujer guapa o hija doncella, son los que consiguen de Su

Alteza cuanto solicitan. Pues ahora trata de que se vayan a América

los príncipes para quedarse él de rey de España... Pero no echó muy

bien las cuentas, y a lo mejor se presenta Napoleón para desbaratar sus

planes... Sabe Dios lo que ocurrirá dentro de algunos días: yo creo que

Napoleón, como amigo y admirador que es de nuestro gran Príncipe de

Asturias, nos lo va a poner en el trono, sí señor... y el Rey Carlos,

con la buena pieza de su mujer, se irá adonde mejor le convenga.

No hablamos más del asunto. Entré luego en la tienda de doña Ambrosia,

a comprar un poco de seda que me había encargado la doncella, y vi tras

el mostrador a la grave tendera, acariciando su gato, sin dejar por eso

de atender a la conversación entablada entre D. Anatolio, el papelista

de la acera de enfrente, y el abate D. Lino Paniagua, que estaba

escogiendo unas cintas verdes y azules.

--No le quede a usted duda, señora doña Ambrosia --decía el

papelista--; de esta vez nos veremos libres del _choricero_.

--No puede ser menos --contestó la tendera-- sino que alguna buena alma

ha ido a Francia y le ha contado a ese bendito Emperador todas las

picardías que aquí hace Godoy, por lo cual este ha mandado un ejército

entero para quitarle de en medio.

--Pues, con perdón de ustedes --dijo el abate Paniagua alzando la

vista--, yo, que frecuento la sociedad de etiqueta, puedo asegurar

que las intenciones de Napoleón son muy distintas de lo que se cree

vulgarmente. Napoleón no manda sus tropas contra Godoy, sino para

Godoy; porque han de saber ustedes que en un tratado secreto (y esto lo

digo con reserva) se ha convenido echar de Portugal a los Braganzas, y

repartirse aquel reino entre tres personas, de las cuales una será el

Príncipe de la Paz.

--Eso se dijo hace tiempo --observó con desdén D. Anatolio--; pero

ahora no se trata de tal reparto. La verdad pura y neta es que Napoleón

viene a quitar el Portugal a los ingleses, lo cual está muy retebién

hecho; sí señor.

--Pues a mí me han dicho --añadió doña Ambrosia--, que lo que quiere

Godoy es mandar al Príncipe a América con sus hermanos, para quedarse

él solito de rey de España. Eso no lo habíamos de consentir. ¿Verdá

usté, D. Anatolio? Miren qué ideas de hombre. Pero ¿qué se puede

esperar de quien está casado con dos mujeres?

--Y creo que las dos se sientan con él a la mesa, una a la derecha y

otra a la izquierda --dijo D. Anatolio.

--Por Dios, hablemos bajo --indicó con timidez D. Lino Paniagua--. Esas

cosas no se deben decir.

--Nadie nos oye, y sobre todo... Si van a poner a la sombra a cuantos

hablan de estas cosas, pronto se quedará Madrid sin gente.

--Verdad --dijo doña Ambrosia bajando la voz--. Mi difunto esposo, que

santa gloria haya, y era el hombre de más verdad que ha comido nabos en

el mundo, aseguraba... (y crean ustedes que lo sabía de buena tinta)

que cuando el _choricero_ quiso que el Consejo de Estado habilitase a

la Reina para ser Regenta... pues, no sé si me explico... era porque

tenían el proyecto de despachar para el otro barrio a mi señor D.

Carlos, de modo que...

--¡Qué abominaciones se dicen hoy! --exclamó el abate.

--Como que es la pura verdad --dijo don Anatolio--. Yo también lo supe

por persona que estaba en el ajo.

--Pero esto no se dice, señores, esto se calla --respondió Paniagua--.

Yo, francamente, no gusto de oír tales cosas. Me da miedo; y si llega a

oídos del señor Príncipe de la Paz, figúrense ustedes qué disgusto.

--Como no nos ha dado prebendas, ni le pedimos congruas...

--En fin, despácheme usted, señora doña Ambrosia, que tengo prisa. Esas

cintas verdes son de etiqueta; pero lo que es las azules, no me atrevo

a presentárselas a la señora condesa de Castro-Limón.

Despacharon al abate, y luego a mí, con más presteza de la que habría

querido, pues de buen grado me hubiera detenido más para oír los

comentarios políticos que tanto me agradaban. Ya iba derecho a la casa,

cuando acerté a tropezar con el reverendo padre fray José Salmón, de

la orden de la Merced, el cual era un sujeto excelente que visitaba

a doña Dominguita (la abuela de mi ama) con tanta frecuencia como

exigían el arte de Hipócrates y el piadoso anhelo de bien morir; pues

para administrar lo primero y preparar el ánima a lo segundo era un

águila el buen mercenario Salmón, a quien solo faltaba una _o_ en su

apellido para llamarse como el portento de la sabiduría. Detúvome, e

interpelándome con afabilidad y cortesía, dijo:

--¿Y esa incomparable doña Dominga, cómo está? ¿Qué tal efecto le

ha hecho el cocimiento de cáscaras de frambuesa, o sea _tetragonia

ficoide_, que llama Dioscórides?

--¡Magnífico efecto! --respondí, aunque estaba en completa ignorancia

del asunto.

--Ya le llevaré esta tarde unas pildoritas... --prosiguió-- con las

cuales, o yo no soy el padre Salmón de la orden de la Merced, o esa

señora ha de recobrar la agilidad de sus piernas... Pero chico: qué

buenas peras llevas ahí --añadió metiendo la mano en el cesto, y

sacando la fruta indicada--. Tú tienes buena mano derecha para comprar

peras.

Y acto continuo se la guardó, después de olerla, en la manga del luengo

hábito, sin pedir permiso para ello, pues aunque siguió hablando, fue

para añadir lo siguiente:

--Dile que iré esta tarde por allá a contarle las grandes novedades que

ocurren en España.

--Usted que sabe tanto --dije impulsado por mi curiosidad--, ¿podrá

explicarme a qué vienen esos ejércitos franceses?

--Si tú tuvieras la mitad del talento que yo tengo --repuso--, te

pondría al tanto de las diversas razones que me hacen estar alegre

considerando la llegada de esos señores. ¿Por ventura no sabes que

Napoleón fue quien estableció el culto en Francia, después de los

horrores y herejías de la revolución? ¿No sabes también que entre

nosotros no falta algún endiablado personaje en cuya mente bullen

atrevidos proyectos contra la santa Iglesia? Pues sabiendo esto, ¿a

quien no se alcanza que el objeto de la entrada de esos ejércitos no

es ni puede ser otro que dar merecido castigo al insolente pecador, al

polígamo desvergonzado, al loco enemigo de los derechos eclesiásticos?

--Luego ese Sr. Godoy, ¿no solo es un bribón y un acá y un allá, sino

que también es enemigo de la religión y los religiosos? --pregunté,

asombrado de ver cómo aumentaba el capítulo de las culpas del favorito.

--Sin duda --dijo el fraile--. Y si no, ¿qué nombre tiene el proyecto

de reformar las órdenes mendicantes, quitándoles la vida conventual

y obligando a esos buenos religiosos a servir en los Hospitales

generales? También agita en su diabólica mente el proyecto de sacar

de las granjas que nos pertenecen lo necesario para fundar unas a

modo de escuelas de agricultura; que sabe Dios lo que serán las tales

escuelitas. ¡Oh! Y si fuera cierto lo que se dice --añadió alargando

la mano para hacer segunda exploración en mi cesto--, si fuera cierto

lo que se dice respecto a la enajenación de parte de los bienes que

ellos llaman de manos muertas... Pero no nos ocupemos de esto, que más

bien causa risa que indignación, y fijemos la vista en el astro de las

Galias que, cual divino campeón, viene a libertarnos de la tiranía

de un necio valido, poniendo en el Trono al augusto Príncipe en cuya

sabiduría y prudencia fiamos.

Al concluir esto había trasportado desde el cesto a las mangas de su

hábito otra pera y hasta media docena de ciruelas, dando después

rienda suelta a los encomios de mi destreza en el comprar. Yo me

apresuré a separarme de un interlocutor que me salía tan caro, y le di

los buenos días, renunciando a las lecciones de su sabiduría.

No había sacado en limpio gran cosa, ni disipado mis dudas, sobre lo

que hoy llamaríamos la situación política, y lo único que vi con alguna

claridad fue la general animadversión de que era objeto el Príncipe

de la Paz, a quien se acusaba de corrompido, dilapidador, inmoral,

traficante de destinos, polígamo, enemigo de la Iglesia, y, por

añadidura, de querer sentarse en el Trono de nuestros Reyes, lo cual

me parecía el colmo de la atrocidad. También vi de un modo clarísimo

que todas las clases sociales amaban al príncipe de Asturias, siendo de

notar, que cuantos anhelaban su próxima elevación al Trono, fiaban tal

empresa a la amistad de Bonaparte, cuyos ejércitos estaban entrando ya

en España, para dirigirse a Portugal.

Volví a la plazuela para reponer las bajas hechas en el cesto por

su paternidad, y allí encontré... ¿no adivinan ustedes a quién? El

infeliz, acompañado de su hija Joaquinita, a quien Natura había hecho

_poetisa entre dos platos_, se ocupaba en comprar al fiado no sé qué

piltrafas y miserables restos, que eran su ordinario alimento. El pedía

las cosas, la jorobadilla las regateaba, y entre los dos cargaban la

ración, cuyo peso no hubiera fatigado a un niño de cinco años. La

miseria había pintado sus más feos rasgos en el semblante de la hija y

del padre, el cual era tan flaco y amarillo, que se dudaba cómo podía

existir y moverse cuerpo tan endeble, no siendo galvanizado por el

misterioso fluido del numen poético. ¿Necesito nombrarle? Era Comella.

--¡Sr. D. Luciano, usted por aquí! --dije saludándole con mucho afecto,

porque aquel hombre me inspiraba la más viva compasión.

--¡Ah, Gabriel! --contestó--, ¿y Pepita, y doña Dominga? Tiempo hace

que no las veo. Pero ya saben que aunque no las visito, porque el

trabajo me lo impide, les estoy muy agradecido.

--Hoy espero ir por allá a llevarles a ustedes algún recadito --dije

respondiendo verbalmente a las tristes suplicantes miradas de la hija

del poeta, cuyos ojos me hablaban el lenguaje del hambre.

--Es preciso que vayas por casa --continuó el poeta tomándome el

brazo, e indicando en su gravedad que lo que iba a confiarme era

importantísimo--. Como me has dicho que presenciaste lo de Trafalgar,

quiero consultarte sobre ciertos detalles... pues...

--Ya. Escribe usted la historia de aquella batalla.

--No: historia no; un dramita que va a dejar bizcos a los señores.

Verás qué pieza. Se titula _El tercer Gran Federico y combate del 21_.

--Buen título --respondí--; pero no entiendo qué es eso del _tercer

Federico_.

--¡Qué tonto eres! El _tercer Gran Federico_ es Gravina, y como ya

hubo en Prusia un Gran Federico que era Segundo, ¿no comprendes que es

ingenioso y llamativo y tónico poner a nuestro almirante en la lista de

los Grandes Federicos que ha habido en el mundo?

--Ciertamente. Es una idea que solo a usted se le hubiera ocurrido.

--Ya Joaquina ha escrito las primeras escenas, que son preciosísimas.

En primer término aparece la cubierta del _Santísima Trinidad_, a la

derecha el navío de Nelson, y a lo lejos Cádiz con sus castillos y

torreones. Debo advertirte que figuro a Nelson enamorado de la hija de

Gravina, el cual se niega a dársela en matrimonio. La escena empieza

con una sublevación de los marineros españoles que piden pan, porque

en todo el barco no hay una miga. El almirante se enfurece y les dice

que son unos cobardes, porque no tienen alma para resistir tres días

sin comer, y les da el ejemplo de la más plausible sobriedad mandándose

servir un pedacito de maroma asada. Nelson se presenta a decir que todo

se acabará al fin si le dan la niña para llevársela a Inglaterra: la

muchacha sale de la cámara bordando un pañuelo, y...

No dijo más, porque la violenta risa en que prorrumpí, sin poderme

contener, le desconcertó un poco, aunque yo para que no se enojara le

aseguré que me reía por cierto recuerdo despertado en mi memoria.

--La escena del hambre está escrita, y si he de decirte la verdad, no

tiene pero.

--No dudo que esa escena puede ser admirable --dije con malicia--,

sobre todo si ha puesto la mano en ella la señorita Joaquina.

--Ya hemos escrito a todos los teatros de Italia, que se disputarán

como siempre el derecho de traducirla --dijo Joaquinita.

--¡Ah! Aquí no se recompensa el verdadero mérito. Bien dicen, que nadie

es profeta en su patria: verdad es que la posteridad hace justicia;

pero entre tanto que esa justicia llega, los hombres superiores

arrastramos miserable existencia y nos morimos como cualquier

pelafustán, sin que nadie se acuerde de nosotros. Vamos a ver: ¿de qué

me valen ahora a mí los mausoleos, las inscripciones, las estatuas

con que han de honrarme en tiempos futuros, cuando la envidia calle

y a nadie quede duda del mérito de mis obras? Y si no, ahí tienes a

Cervantes, que es otro ejemplo como este mío. ¿No vivió en la miseria?

¿No murió abandonado? ¿Acaso tocó las ventajas positivas de ser el

primer escritor de su siglo? Pues a mí me pasa dos cuartos de lo

mismo: por supuesto, que si algo me consuela, es considerar cuánto se

avergonzará la España futura al saber que el autor de _Catalina en

Cromstadt_, de _Federico II en Glatz_, de _El negro sensible_, de _La

enferma fingida por amor_, de _Cadma y Sinoris_, de _La escocesa de

Lambrun_ y de otras muchas obras, ha vivido algún tiempo almorzando dos

cuartos de sangre frita y otras cosas que no nombro por respeto al arte

de la poesía, pues no lo quiero denigrar, denigrándome a mí mismo...

Pero no hablemos de estas cosas, que dan tristeza, y obligan a renegar

de una patria que no sabe premiar el mérito, y de unos tiempos en que

los magnates protegen la envidia y persiguen la inspiración.

--Calma, calma, Sr. D. Luciano --dije yo mostrándome interesado por el

triunfo de la inspiración sobre la envidia--; tras esos tiempos vendrán

otros. ¡Quién sabe lo que pasará mañana!

--Eso me han dicho, sí --repuso Comella bajando la voz y con sonrisa de

satisfacción--. ¿Será cierto que Napoleón es del partido del Príncipe

de Asturias? ¿Caerá Godoy?

--Eso no tiene duda. ¿Pues qué quiere Napoleón más que el bien de los

españoles?

--Justo; y aunque él y Godoy han sido muy amigotes, ya parece que

el otro ha conocido sus malas mañas, y sabe que todos queremos al

heredero, con lo cual dicho se está que nos hará el gusto. En cuanto

a Godoy, yo estoy en que no existe hombre peor en toda la redondez

de la tierra. Pueden perdonársele los medios de su elevación; puede

perdonársele que sea polígamo, ateo, verdugo, venal, y otras faltas

por el estilo; pero lo que no tiene nombre y prueba mejor que nada la

corrupción de las costumbres, es que proteja a los malos poetas, dando

cordelejo a los que son buenos y además nacionales, españoles como

yo, y no admitimos ese fárrago de reglas ridículas y extranjeras con

que Moratín y otros poetastros de polaina embaucan a los tontos. ¿No

piensas como yo?

--Lo mismito que usted --respondí--. Y ahora verá el Sr. D. Luciano

cómo los franceses, cuando hayan arreglado lo de Portugal, arreglarán a

España y se acabará la protección a los malos poetas.

--Dios lo quiera así... Pero nos vamos, que antes de almorzar hemos de

concluir la escena entre Nelson y la hija de Gravina.

--¿Tanta prisa corre?

--Para fin de mes ha de estar en la Cruz. Tendrá un éxito atroz. Ya

verás, Gabrielillo. Es preciso que vayas a aplaudir, porque me temo

mucho que los de Estala, Melón y Moratinillo han de querer silbarla.

Hay que estar con cuidado, y si ellos tienen la protección del

Gobierno, no hay que asustarse por eso, la posteridad juzgará. Conque

adiós.

Se marcharon a prisa, y yo me quedé pensando en la serie de maldades

que habría cometido el Príncipe de la Paz, para tener también en contra

suya a los malos poetas. Hasta mucho tiempo después no conocí que entre

los infinitos actos reprensibles de aquel monstruo de la fortuna había

algunos que la posteridad, por el contrario, debía recordar siempre con

agradecimiento...

X

Aún me faltaba oír, antes de volver a casa, otra opinión muy distinta

de las anteriores, y era la para mí respetabilísima de Pacorro

Chinitas, el amolador, personaje que tenía establecida su portátil

industria en la esquina de nuestra calle. Me parece que aún estoy

viendo la piedra de afilar, que en sus rápidas evoluciones despedía por

la tangente, al contacto del acero, una corriente de veloces chispas,

semejantes a la cola de un pequeño cometa; y como era mi costumbre

no apartar la vista de la máquina mientras hablaba con el Júpiter

de aquellos rayos, el fenómeno ha quedado vivamente impreso en mi

imaginación.

Era Pacorro Chinitas un hombre que aparentaba más edad de la que

realmente tenía, merced a los disgustos domésticos de que era autora

su mujer, célebre buñolera del Rastro, a quien llamaban la _Primorosa_.

No puedo menos de dar algunas noticias sobre este ejemplar matrimonio,

porque los dos seres que lo formaban figuran algo en acontecimientos

posteriores, y que he de contar, si para entonces tengo vida y el

lector paciencia, como espero.

Es, pues, el caso que Pacorro Chinitas, varón manso y discreto, no

podía hacer buenas migas con la _Primorosa_, cuya fama, extendida de

polo a polo, es decir, desde la calle de la Pasión hasta el pórtico

de San Bernardino, la acusaba de mujer pendenciera, batalladora y

que partía de un bofetón un par de quijadas, sin que estas y otras

hazañas la hicieran nunca caer en manos de la justicia. Chinitas se vio

obligado a pedir una separación, resignándose a no tener más compañera

que la rueda coronada de chispas, y en esta situación le conocí. Luego

que nos hicimos amigos contome las picardías de su antigua mitad, y así

como en otros temas era discretísimo, en este era muy pesado, pues no

pasaba día sin que me regalara un nuevo capítulo de la larga historia

de sus cuitas matrimoniales. Como yo encontrara en aquel hombre cierta

madurez de juicio, cierto sentido práctico que en los demás no hallaba,

resultó que me aficioné a su conversación, y cuanto él decía me parecía

entonces de perlas, sin que pudiera explicarme la razón de esta

preferencia por los juicios de un hombre ignorado y rudo. Después he

meditado bastante sobre las cosas de aquel tiempo, y sobre la opinión

general, y puedo deciros sin miedo de equivocarme, que el hombre de más

talento que conocí en aquellos días fue el amolador de la calle del

Baño.

Para muestra referiré mi conversación con él.

--¡Hola, Chinitas! ¿cómo va? ¿Qué es eso que cuentan por ahí? ¿Conque

tenemos a los franceses en España?

--Eso dicen --contestó--. Y la gente está contenta.

--Y parece que van a cogerse a Portugal.

--Pues ello... así dicen.

--Eso me parece muy bien. ¿Para qué sirve Portugal?

--Mira, Gabrielillo --dijo incorporándose, y apartando de la rueda las

tijeras, con lo cual cesaron por un momento las chispas--; tú y yo

somos unos brutos que no entendemos palotada de cosas mayores. Pero ven

acá: yo estoy en que esos señores que se alegran porque han entrado los

franceses, no saben lo que se pescan, y pronto vas a ver cómo les sale

la criada respondona. ¿No piensas tú lo mismo?

--¿Qué he de pensar? Como Godoy es tan malo de por sí, cátate ahí

que Napoleón viene a quitarle de en medio, y a poner en el trono al

Príncipe de Asturias, que dicen es un gerifalte para el gobierno.

Chinitas volvió a aplicar el acero a la piedra, dando movimiento con

el pie, y después de contestar a mis observaciones con un mohín muy

expresivo, añadió:

--Yo digo y repito que todos estos señores parece que están bobos.

Nosotros los que no sabemos leer ni escribir, acertamos a veces mejor

que ellos; y lo que ellos no pueden ver, porque les encandila el sol de

un poder que tienen tan cerca, lo vemos nosotros desde abajo; y si no,

di tú: ¿No es preciso estar ciego para comprender que Napoleón no dice

lo que tiene pensado? ¿Ese hombre no ha revuelto todas las partes del

mundo, no ha quitado de los tronos los reyes que ha querido para poner

a los mocosos de sus hermanos? Dicen que viene a poner al Príncipe de

Asturias y a quitar al _choricero_. De eso me río yo. Sí, porque Godoy

y él no están de compinche para hacer cualquier picardía... A mí con

esas. Lo que menos le importa a Napoleón es que reine Fernando o prive

D. Manuel; lo que él quiere es cogerse a Portugal para darle un pedazo

a Godoy, y otro pedazo a la infanta que han puesto de reina allá en

_Trucha_ o _Truria_...

--Pues que lo cojan y lo repartan --dije yo con gran crueldad para

nuestros vecinos--, ¿qué nos importa? Con tal que quiten a ese hombre

tan malo...

--Si cogen a Portugal, porque es un reino chiquito, mañana cogerán a

España, porque es grande. Yo me enfado cuando veo a esos bobalicones

que andan por ahí, petimetres, abates, frailes, covachuelistas, y hasta

usías muy estirados, que se ríen y se alegran cuando oyen decir que

Napoleón se va a embolsar a Portugal, y con tal de ver por tierra al

guardia, no les importa que el francés eche el ojo a un bocadito de

España, que no le vendrá mal para acabar de llenar el buche.

--Pero como dicen que no hay pecado que el _choricero_ no haya

cometido...

--Mira, chiquillo --contestó con aplomo probando con el dedo el filo

de las tijeras--; yo me río de todas las cosas que cuentan por ahí. Es

verdad que ese hombre es un ambicioso que no va más que a enriquecerse;

pero si ha llegado a ser duque, y general y príncipe y ministro, ¿de

quién es la culpa sino de quien le ha dado todo eso sin merecerlo? Si

vienen y te dicen a ti: «Gabriel, mañana vas a ser esto y lo otro,

porque me da la gana, y sin que necesites para ello quemarte las cejas

estudiando latín», ¿qué dirás tú? Dirías, «pues venga.»

--Eso no tiene duda.

--Y aunque ese hombre es una buena pieza, y ha hecho muchas maldades,

la mitad de lo que dicen es mentira. También habrás visto que hoy le

escupen muchos que antes le adulaban; es que saben que va a caer, y

la sombra del árbol carcomido no le gusta a la gente. ¡Ah! me parece

que aquí vamos a ver grandes cosas, sí, señor, grandes cosas. Digo y

repito, que de esto va a resultar lo que nadie piensa, y muchos que hoy

se restregan las manos de contento, llorarán mañana a moco y baba; y si

no, acuérdate de lo que te digo.

Aquellas razones, que me parecían encerrar profunda verdad, me

hicieron pensar; y como persona que ya se preciaba de saber escoger

los hombres, pensé que aquel sabio amolador era digno de ocupar un

puesto de consideración a mi lado, cuando yo fuera generalísimo, primer

secretario de Estado, archipámpano, y tuviera todas las jerarquías que

esperaba de la protección y ayuda de mi divina Amaranta.

--Pues yo lo que deseo --dije-- es que venga de una vez ese príncipe

tan bueno, que todo lo ha de arreglar a pedir de boca. ¿No cree usted

lo mismo?

--Mira, chiquillo --repuso Chinitas con sibilítico tono--, yo me tengo

tragado que el heredero no vale para maldita la cosa, y esto no se

puede decir sino acá para entre los dos, porque si algunos nos oyeran,

lloverían almendradas. Cuando vivía la señora princesa de Asturias,

que en gloria esté, todos decían que Fernandito era enemigo de los

franceses y de Napoleón, porque este ayudaba a Godoy, y ahora resulta

que los franceses son la mejor gente del mundo y Napoleón tan bueno

como pan bendito, solo porque parece arrimarse al partido del Príncipe

de Asturias. Esa no es gente formal, Gabrielillo; y yo lo que veo es

que el heredero tiene muchas ganas de serlo, antes de que muera su

padre, aunque es de creer que el canónigo de Toledo y otros personajes

le tienen sorbidos los sesos, y serían capaces de obligarle a ser mal

hijo, con tal que ellos pudieran después echarse al cuerpo los mejores

destinos. Esa gente de arriba es muy ambiciosa, y hablando mucho del

bien del reino, lo que quiere es mandar; tenlo presente. Yo, aunque

no me han enseñado a leer ni a escribir tengo mi gramática parda; sé

conocer a los hombres, y aunque parece que somos bobos y nos tragamos

todo lo que nos dicen, ello es que a veces columbramos la verdad mejor

que otros muy sabihondos, y vemos clarito lo que va a venir. Por eso te

digo que veremos cosas gordas, muy gordas; y si no, acuérdate de lo que

te digo.

Así habló Chinitas. Cuando me separé de él para entrar en casa,

recuerdo que iba resumiendo las distintas conferencias de aquella

mañana, y lo mucho y vario que sobre un mismo asunto había oído en

anteriores días. Cada cual juzgaba los sucesos según sus pasiones, y

como yo no podía formarme idea exacta de la importancia de aquellos

hechos, en mi juvenil ignorancia y equivocado patriotismo, creía muy

justo que el conquistador del siglo se apoderara de un pequeño reino,

que a mi juicio no servía más que de estorbo. En cuanto a Godoy, no

había duda de que los comerciantes, los nobles, los petimetres, el

pueblo, los frailes y hasta los malos poetas anhelaban su caida,

unos con razón, otros sin ella; unos por convicción de la ineptitud

del valido; bastantes por la envidia, y muchos porque creían a pie

juntillas que habíamos de estar mejor cuando nos gobernara el heredero

de la Corona. Fue singular cosa que todos se equivocaran respecto a la

marcha de los futuros sucesos, esperando el próximo arreglo de todos

los trastornos; fue singular cosa que el optimismo ciego de la mayoría

no alcanzase a comprender lo que penetró con su ruda desconfianza el

buen juicio del amolador. Cada vez estoy más convencido de que Pacorro

Chinitas fue una de las más grandes notabilidades de su época.

La corte de Carlos IV · 第 24 / 47 题