XII

Como al llegar al Escorial nos encontramos sorprendidos por la noticia

de gravísimos acontecimientos, no estará de más que mencione lo que por

el camino me contó el mayordomo de la marquesa, pues a sus palabras dio

profético sentido lo que ocurrió después.

--Me parece que en el Real Sitio pasa algo que va a ser sonado --me

dijo--. Esta mañana se decía en Madrid... Pero lo que haya lo hemos

de saber pronto, pues dentro de tres horas y media, si Dios quiere,

daremos fondo en la lonja.

--¿Y qué se decía en Madrid?

--Allí todos quieren al Príncipe y aborrecen a los Reyes Padres, y como

parece que sus majestades se han propuesto mortificar al muchacho,

apretándole de su lado... Eso, yo lo he visto, y el Príncipe tiene una

cara que da compasión... Se dice que sus padres no le quieren, lo cual

está muy mal hecho: a mí me consta que ni una sola vez le lleva el Rey

a las cacerías, ni le sienta a la mesa, ni le muestra aquel cariño que

parece natural en un buen padre.

--¿Será que el Príncipe anda metido en conspiraciones y enredos? --dije.

--Ello bien pudiera ser. Según oí la semana pasada en el Real Sitio, el

Príncipe se da unas encerronas, que ya, ya... no habla con nadie, está

como quien ve visiones, y se pasa las noches en vela. Con esto la Corte

anda muy alarmada, y parece que acordaron vigilarle hasta averiguar lo

que traía entre manos.

--Pues ahora caigo en que me dijeron que el Príncipe era algo literato,

y se pasaba las noches traduciendo del francés o del latín, que esto no

lo recuerdo bien.

--Sí, en el Escorial se cree eso; pero sabe Dios... Hay quien asegura

que lo que el Príncipe trae entre manos es cosa gorda; que las tropas

de Napoleón que han entrado en España lo que menos piensan es guerrear

con Portugal, y parece que vienen a apoyar a los partidarios del

Príncipe.

--Esas son patrañas; quizás el pobre Fernandito no piense más que en

traducir sus libros...

--Parece que el que tradujo hace poco no gustó a los papás, porque

hablaba de no sé qué revoluciones, y ahora está con otro: como no sea

alguna endiablada tramoya para pescar el trono...

Así continuó poco más o menos nuestra conversación hasta que llegamos

al Real Sitio. El diplomático y su hermana se apearon de su coche y

nosotros del nuestro. Como los dos viajeros debían aposentarse en

Palacio y en las habitaciones de Amaranta, que ya había llegado el

día anterior, desde luego el mayordomo nos encaminó allá, haciéndonos

recorrer medio mundo en escaleras, galerías, patios y pasillos. Todo

indicaba que ocurría algo extraordinario en la regia morada, porque

se veía por los pasillos y salas de tránsito más gente que la que

acostumbraba estar en pie a aquella hora, que era la de las diez.

Preguntó la marquesa, mas le contestaron de un modo tan vago, que nada

pudo sacar en claro.

Instalados en las habitaciones de mi ama, donde me ocupé en acomodar

los equipajes, según las órdenes que se me daban, al poco rato entró

Amaranta tan inmutada, que fue preciso aguardar un poco para que,

repuesta de su zozobra, pudiese explicar lo que pasaba.

--¡Ay! --exclamó cediendo a las reiteradas preguntas de sus tíos--; lo

que pasa es terrible. ¡Una conjuración, una revolución! ¿En Madrid no

ocurría nada cuando ustedes salieron?

--Nada; todo estaba tranquilo.

--Pues aquí... es una cosa tremenda, y quién sabe si estaremos vivos

mañana.

--Pero hija, dínoslo claramente.

--Parece que se ha descubierto que querían asesinar a los Reyes; todo

estaba preparado para un movimiento en Palacio.

--¡Qué horror! --exclamó el diplomático--. decía yo que bajo la capita

de servidores del Rey se escondían aquí muchos jacobinos.

--No es nada de jacobinos --continuó mi ama--. Lo más extraño es que el

alma de la conjuración es el Príncipe de Asturias.

--No puede ser --dijo la marquesa, que era muy afecta a S. A.--. El

Príncipe es incapaz de tales infamias. Justo y cabal lo que yo decía.

Sus enemigos han ideado perderle por la calumnia, ya que no lo han

conseguido por otros medios.

--Pues la revolución preparada, que por lo que dicen, iba a ser peor

que la francesa --prosiguió Amaranta--, se ha fraguado en el cuarto del

Príncipe, a quien se han encontrado unos papelitos que ya... Dícese

que están complicados el canónigo D. Juan de Escóiquiz, el duque del

Infantado, el conde de Orgaz y Pedro Collado, el aguador de la fuente

del Berro, hoy criado del Príncipe.

--Creo que tú, sobrina --dijo el marqués, ofendido de que mi

ama contase cosas que él no sabía--, te dejas arrastrar por tu

impresionable imaginación. Tal vez lo que ocurre no tenga importancia

alguna, y pueda yo esclarecerlo con datos y noticias de índole muy

reservada, que se me han trasmitido de cierta parte que debo callar.

--Yo contaré lo que me han dicho. Desde algún tiempo llamaba la

atención que el Príncipe pasase las noches encerrado en su cuarto sin

compañía, aunque los Reyes creían que se ocupaba en traducir un libro

francés. Pero ayer se encontró S. M. en su cuarto una carta cerrada,

cuyo sobre no tenía más que estas palabras: _luego, luego, luego_.

Abriola el Rey y leyó un aviso sin firma, en que le decían:

«Cuidado, que se prepara una revolución en Palacio. Peligra el Trono

y la Reina María Luisa va a ser envenenada.»

--¡Jesús, María y José! --exclamó la marquesa, que como mujer nerviosa

estuvo a punto de desmayarse--. Pero, ¿qué demonio del infierno se ha

metido en el Escorial?

--Figúrense ustedes cómo se quedaría el pobre Rey. Al punto sospecharon

del Príncipe y decidieron ocuparle sus papeles. Dudaron mucho tiempo

sobre el modo de hacerlo; pero al fin el Rey se decidió a reconocer

él mismo en persona el cuarto de su hijo. Fue allá con pretexto de

regalarle un tomo de poesías, y según dicen, Fernando se turbó de tal

modo al verle entrar, que descubrió con su mirar medroso y azorado el

sitio en que estaban los papeles. El Rey los cogió todos, y parece

que padre e hijo se dijeron algunas cosas un poco fuertes; después de

lo cual, Carlos salió indignado, ordenándole que permaneciese en su

cuarto sin recibir a persona alguna... Esto fue ayer; enseguida vino el

ministro Caballero, y entre él y los Reyes examinaron los papeles. No

sabemos lo que pasó en esta conferencia, pero debió de ser cosa fuerte,

porque la Reina se retiró a su cuarto llorando. Después se dijo que

los papeles encontrados en poder del Príncipe contenían la clave de

terribles proyectos, y según afirmó Caballero después de hablar con los

Reyes, el Príncipe Fernando debía ser condenado a muerte.

--¡A muerte! --exclamó la marquesa--. ¡Pero esa gente está loca!

¡Condenar a muerte a todo un Príncipe de Asturias!

--No hay que apurarse todavía --dijo el diplomático con su acostumbrada

suficiencia--. Tal vez se nos muestren esos papeles para saber nuestro

dictamen, y haremos luminoso examen de todos ellos para resolver lo que

convenga.

--Pero ¿no se sabe lo que contenían esos papeles? --preguntó la

marquesa.

--Se cuentan tantas cosas en Palacio, que no se puede saber la verdad.

La Reina no nos ha dicho nada, y ha pasado toda la noche llorando a

lágrima viva, lamentándose de la ingratitud de su hijo. También dice

que no permitirá que se le persiga, porque él no tiene la culpa de lo

que ha hecho, sino esos dos o tres pícaros ambiciosos que le rodean.

--Dejémonos de anticipar juicios sobre estos sucesos --dijo el

marqués--. Ya lo averiguaré yo todo, y sabré si es un complot de

los enemigos del Príncipe o simplemente una verdadera y efectiva

conjuración; mas cuando yo lo sepa, guárdense ustedes de preguntarme,

pues ya conocen mis ideas...

--Parece que han decidido formar causa para averiguar quiénes son los

delincuentes --continuó Amaranta--, y esta noche va el Príncipe a

declarar a la Cámara regia.

A este punto llegaban de tan interesante conversación, cuando sentimos

cierto rumor como de gente que se agolpaba en sitio cercano a la

habitación en que estábamos. Como no tenía gran cosa que hacer cerca

de mi ama, y además la curiosidad me llamaba fuera, salí, bajé una

escalera y halleme en una anchurosa pieza tapizada, que correspondía

por ambos lados a otras de igual tamaño y parecidos adornos. Recorrí

dos o tres siguiendo la dirección de las personas que se encaminaban a

un lugar determinado, y no vi nada digno de llamar la atención más que

algunos grupos de palaciegos que cuchicheaban por lo bajo con mucho

calor.

Yo me enorgullecía de encontrarme en Palacio, creyendo que solo por

el contacto del suelo que pisaban mis pies, tenía nuevos títulos a la

consideración del género humano; y como cuantos llevamos la generosa

sangre española en nuestras venas, somos propensos a la fatuidad, no

pude menos de creerme un verdadero y genuino personaje, y hubiera

deseado encontrar al paso a alguno de mis antiguos conocimientos de

Madrid o Cádiz para mostrarle en gestos y palabras el convencimiento de

mi respetabilidad. Felizmente no conocí alma de Dios entre tanta gente,

y me libré de ponerme en ridículo.

Encontrábame en aquella larga serie de habitaciones tapizadas que,

recorriendo toda la extensión del Palacio por la parte interior,

sirve de lazo de unión a las moradas regias, cuyas luces se abren en

la fachada oriental del inmenso edificio. Seguí la dirección de los

demás sin reparar si debía aventurar mis pasos por aquellos sitios;

mas como nadie me dijo nada, continué muy impávido. Las salas estaban

muy débilmente alumbradas, y en la dulce penumbra las figuras de los

tapices parecían sombras detenidas en las paredes, o débiles reflejos

luminosos enviados por escondido foco sobre el oscuro fondo de las

cámaras. Paseé mi vista por aquella multitud de figuras mitológicas,

con cuya desnudez provocativa se habían adornado las negras murallas

construidas por Felipe, y ya consagraba mi atención a contemplarlas,

cuando pasó la extraña procesión de que voy a dar cuenta.

El Príncipe de Asturias, a quien se había comenzado a instruir sumaria

por el delito de conspiración, volvía de la Cámara real, donde

acababa de prestar declaración. No olvidaré jamás ninguna de las

particularidades de aquella triste comitiva, cuyo desfile ante mis

asombrados ojos, me impresionó vivísimamente aquella noche, quitándome

el sueño. Iba delante un señor con un gran candelero en la mano, como

alumbrando a todos, y para esto lo llevaba en alto, aunque tan poca

luz servía solo para hacer brillar los bordados de su casacón de

gentilhombre. Luego seguían algunos guardias españoles; tras ellos

un joven en quien al instante reconocí no sé por qué al Príncipe

heredero. Era un mozo robusto y de temperamento sanguíneo, de rostro

poco agradable, pues la espesura de sus negras cejas y la expresión

singular de su boca hendida y de su excelente nariz le hacían bastante

antipático, por lo menos a mis ojos. Iba con la vista fija en el suelo,

y su semblante alterado y hosco indicaba el rencor de su alma. A su

lado iba un anciano como de sesenta años, y al principio no comprendí

que pudiera ser el rey Carlos IV, pues yo me había figurado a este

personaje como un hombrecito enano y enteco, siendo lo cierto que tal

como le vi aquella noche era un señor de mediana estatura, grueso, de

rostro pequeño y encendido, y sin rasgo alguno en su semblante que

mostrase las diferencias fisonómicas establecidas por la Naturaleza

entre un rey de pura sangre y un buen almacenista de ultramarinos.

En los personajes que le acompañaban, y eran, según después supe,

los ministros y el gobernador interino del Consejo, me fijé más que

en la real persona, y después daré a conocer a alguno de aquellos

esclarecidos varones. Cerraba, por último, la procesión el zaguanete

de la guardia española, y nada más. Mientras pasó la comitiva,

sepulcral silencio reinó en todo el tránsito, y tan solo se oyeron

las pisadas que se perdían de cámara en cámara hasta llegar a las que

formaban el cuarto de Su Alteza. Cuando entraron en este la cháchara

comenzó de nuevo entre los circunstantes, y vi a Amaranta que, habiendo

salido a buscarme, hablaba con un caballero vestido de uniforme.

--Creo que al declarar --dijo el caballero-- Su Alteza ha estado un

poco irreverente con el Rey.

--¿De modo que está preso? --preguntó Amaranta con curiosidad.

--Sí, señora. Ahora quedará detenido en su cuarto con centinelas de

vista. Vea usted, ya salen. Deben haberle recogido su espada.

La comitiva volvió a pasar sin el Príncipe, y precedida del

gentilhombre con el candelabro que iba abriendo camino. Cuando el Rey

y sus ministros se alejaron, los palaciegos que habían salido a las

galerías fueron desapareciendo también en sus respectivas madrigueras,

y por mucho tiempo no se oyó más que el violento cerrar de multitud

de puertas. Se apagaron las pocas luces que alumbraban tan vastos

recintos, y las hermosas figuras de los tapices se desvanecieron en

la oscuridad, como fantasmas a quienes el canto del gallo llama a sus

ignotas moradas.

Yo subí con mi ama a nuestro departamento, y me asomé por una de

las ventanas que caían hacia el interior, para reconocer como de

costumbre, el sitio en que estaba. Era oscurísima la noche y no vi más

que una masa negra e informe de la cual se destacaban altos tejados,

cúpulas, torres, chimeneas, paredones, aleros, arbotantes y veletas que

desafiaban el firmamento como los topes de un gran navío. Tal imponente

vista causaba cierto terror al espíritu, despertando meditaciones que

se mezclaban a las sugeridas por lo que acababa de ver; mas no pude

ocuparme mucho en trabajos del pensamiento, porque un sutilísimo ruido

de faldas, y un ligero _ce ce_ con que se me llamaba me hizo volver la

cabeza y apartarme de la ventana.

La transición fue extremadamente brusca, cuando distrayéndome de la

sombría perspectiva exterior, apareció ante mis ojos la figura de

Amaranta y su celestial sonrisa. Reinaba profundo silencio: el marqués

diplomático y su hermana se habían retirado ya. Amaranta había cambiado

su traje de camino por una vestidura blanca y suelta que aumentaba

su hermosura, si su hermosura fuera susceptible de aumento. Cuando

me llamó, aún no se había apartado su doncella; pero esta salió sin

tardanza, y luego nuestra seductora dueña, cerrando por sí misma la

puerta que daba a la galería, me hizo señas para que me acercase.

La corte de Carlos IV · 第 26 / 47 题