Como al llegar al Escorial nos encontramos sorprendidos por la noticia
de gravísimos acontecimientos, no estará de más que mencione lo que por
el camino me contó el mayordomo de la marquesa, pues a sus palabras dio
profético sentido lo que ocurrió después.
--Me parece que en el Real Sitio pasa algo que va a ser sonado --me
dijo--. Esta mañana se decía en Madrid... Pero lo que haya lo hemos
de saber pronto, pues dentro de tres horas y media, si Dios quiere,
daremos fondo en la lonja.
--¿Y qué se decía en Madrid?
--Allí todos quieren al Príncipe y aborrecen a los Reyes Padres, y como
parece que sus majestades se han propuesto mortificar al muchacho,
apretándole de su lado... Eso, yo lo he visto, y el Príncipe tiene una
cara que da compasión... Se dice que sus padres no le quieren, lo cual
está muy mal hecho: a mí me consta que ni una sola vez le lleva el Rey
a las cacerías, ni le sienta a la mesa, ni le muestra aquel cariño que
parece natural en un buen padre.
--¿Será que el Príncipe anda metido en conspiraciones y enredos? --dije.
--Ello bien pudiera ser. Según oí la semana pasada en el Real Sitio, el
Príncipe se da unas encerronas, que ya, ya... no habla con nadie, está
como quien ve visiones, y se pasa las noches en vela. Con esto la Corte
anda muy alarmada, y parece que acordaron vigilarle hasta averiguar lo
que traía entre manos.
--Pues ahora caigo en que me dijeron que el Príncipe era algo literato,
y se pasaba las noches traduciendo del francés o del latín, que esto no
lo recuerdo bien.
--Sí, en el Escorial se cree eso; pero sabe Dios... Hay quien asegura
que lo que el Príncipe trae entre manos es cosa gorda; que las tropas
de Napoleón que han entrado en España lo que menos piensan es guerrear
con Portugal, y parece que vienen a apoyar a los partidarios del
Príncipe.
--Esas son patrañas; quizás el pobre Fernandito no piense más que en
traducir sus libros...
--Parece que el que tradujo hace poco no gustó a los papás, porque
hablaba de no sé qué revoluciones, y ahora está con otro: como no sea
alguna endiablada tramoya para pescar el trono...
Así continuó poco más o menos nuestra conversación hasta que llegamos
al Real Sitio. El diplomático y su hermana se apearon de su coche y
nosotros del nuestro. Como los dos viajeros debían aposentarse en
Palacio y en las habitaciones de Amaranta, que ya había llegado el
día anterior, desde luego el mayordomo nos encaminó allá, haciéndonos
recorrer medio mundo en escaleras, galerías, patios y pasillos. Todo
indicaba que ocurría algo extraordinario en la regia morada, porque
se veía por los pasillos y salas de tránsito más gente que la que
acostumbraba estar en pie a aquella hora, que era la de las diez.
Preguntó la marquesa, mas le contestaron de un modo tan vago, que nada
pudo sacar en claro.
Instalados en las habitaciones de mi ama, donde me ocupé en acomodar
los equipajes, según las órdenes que se me daban, al poco rato entró
Amaranta tan inmutada, que fue preciso aguardar un poco para que,
repuesta de su zozobra, pudiese explicar lo que pasaba.
--¡Ay! --exclamó cediendo a las reiteradas preguntas de sus tíos--; lo
que pasa es terrible. ¡Una conjuración, una revolución! ¿En Madrid no
ocurría nada cuando ustedes salieron?
--Nada; todo estaba tranquilo.
--Pues aquí... es una cosa tremenda, y quién sabe si estaremos vivos
mañana.
--Pero hija, dínoslo claramente.
--Parece que se ha descubierto que querían asesinar a los Reyes; todo
estaba preparado para un movimiento en Palacio.
--¡Qué horror! --exclamó el diplomático--. decía yo que bajo la capita
de servidores del Rey se escondían aquí muchos jacobinos.
--No es nada de jacobinos --continuó mi ama--. Lo más extraño es que el
alma de la conjuración es el Príncipe de Asturias.
--No puede ser --dijo la marquesa, que era muy afecta a S. A.--. El
Príncipe es incapaz de tales infamias. Justo y cabal lo que yo decía.
Sus enemigos han ideado perderle por la calumnia, ya que no lo han
conseguido por otros medios.
--Pues la revolución preparada, que por lo que dicen, iba a ser peor
que la francesa --prosiguió Amaranta--, se ha fraguado en el cuarto del
Príncipe, a quien se han encontrado unos papelitos que ya... Dícese
que están complicados el canónigo D. Juan de Escóiquiz, el duque del
Infantado, el conde de Orgaz y Pedro Collado, el aguador de la fuente
del Berro, hoy criado del Príncipe.
--Creo que tú, sobrina --dijo el marqués, ofendido de que mi
ama contase cosas que él no sabía--, te dejas arrastrar por tu
impresionable imaginación. Tal vez lo que ocurre no tenga importancia
alguna, y pueda yo esclarecerlo con datos y noticias de índole muy
reservada, que se me han trasmitido de cierta parte que debo callar.
--Yo contaré lo que me han dicho. Desde algún tiempo llamaba la
atención que el Príncipe pasase las noches encerrado en su cuarto sin
compañía, aunque los Reyes creían que se ocupaba en traducir un libro
francés. Pero ayer se encontró S. M. en su cuarto una carta cerrada,
cuyo sobre no tenía más que estas palabras: _luego, luego, luego_.
Abriola el Rey y leyó un aviso sin firma, en que le decían:
«Cuidado, que se prepara una revolución en Palacio. Peligra el Trono
y la Reina María Luisa va a ser envenenada.»
--¡Jesús, María y José! --exclamó la marquesa, que como mujer nerviosa
estuvo a punto de desmayarse--. Pero, ¿qué demonio del infierno se ha
metido en el Escorial?
--Figúrense ustedes cómo se quedaría el pobre Rey. Al punto sospecharon
del Príncipe y decidieron ocuparle sus papeles. Dudaron mucho tiempo
sobre el modo de hacerlo; pero al fin el Rey se decidió a reconocer
él mismo en persona el cuarto de su hijo. Fue allá con pretexto de
regalarle un tomo de poesías, y según dicen, Fernando se turbó de tal
modo al verle entrar, que descubrió con su mirar medroso y azorado el
sitio en que estaban los papeles. El Rey los cogió todos, y parece
que padre e hijo se dijeron algunas cosas un poco fuertes; después de
lo cual, Carlos salió indignado, ordenándole que permaneciese en su
cuarto sin recibir a persona alguna... Esto fue ayer; enseguida vino el
ministro Caballero, y entre él y los Reyes examinaron los papeles. No
sabemos lo que pasó en esta conferencia, pero debió de ser cosa fuerte,
porque la Reina se retiró a su cuarto llorando. Después se dijo que
los papeles encontrados en poder del Príncipe contenían la clave de
terribles proyectos, y según afirmó Caballero después de hablar con los
Reyes, el Príncipe Fernando debía ser condenado a muerte.
--¡A muerte! --exclamó la marquesa--. ¡Pero esa gente está loca!
¡Condenar a muerte a todo un Príncipe de Asturias!
--No hay que apurarse todavía --dijo el diplomático con su acostumbrada
suficiencia--. Tal vez se nos muestren esos papeles para saber nuestro
dictamen, y haremos luminoso examen de todos ellos para resolver lo que
convenga.
--Pero ¿no se sabe lo que contenían esos papeles? --preguntó la
marquesa.
--Se cuentan tantas cosas en Palacio, que no se puede saber la verdad.
La Reina no nos ha dicho nada, y ha pasado toda la noche llorando a
lágrima viva, lamentándose de la ingratitud de su hijo. También dice
que no permitirá que se le persiga, porque él no tiene la culpa de lo
que ha hecho, sino esos dos o tres pícaros ambiciosos que le rodean.
--Dejémonos de anticipar juicios sobre estos sucesos --dijo el
marqués--. Ya lo averiguaré yo todo, y sabré si es un complot de
los enemigos del Príncipe o simplemente una verdadera y efectiva
conjuración; mas cuando yo lo sepa, guárdense ustedes de preguntarme,
pues ya conocen mis ideas...
--Parece que han decidido formar causa para averiguar quiénes son los
delincuentes --continuó Amaranta--, y esta noche va el Príncipe a
declarar a la Cámara regia.
A este punto llegaban de tan interesante conversación, cuando sentimos
cierto rumor como de gente que se agolpaba en sitio cercano a la
habitación en que estábamos. Como no tenía gran cosa que hacer cerca
de mi ama, y además la curiosidad me llamaba fuera, salí, bajé una
escalera y halleme en una anchurosa pieza tapizada, que correspondía
por ambos lados a otras de igual tamaño y parecidos adornos. Recorrí
dos o tres siguiendo la dirección de las personas que se encaminaban a
un lugar determinado, y no vi nada digno de llamar la atención más que
algunos grupos de palaciegos que cuchicheaban por lo bajo con mucho
calor.
Yo me enorgullecía de encontrarme en Palacio, creyendo que solo por
el contacto del suelo que pisaban mis pies, tenía nuevos títulos a la
consideración del género humano; y como cuantos llevamos la generosa
sangre española en nuestras venas, somos propensos a la fatuidad, no
pude menos de creerme un verdadero y genuino personaje, y hubiera
deseado encontrar al paso a alguno de mis antiguos conocimientos de
Madrid o Cádiz para mostrarle en gestos y palabras el convencimiento de
mi respetabilidad. Felizmente no conocí alma de Dios entre tanta gente,
y me libré de ponerme en ridículo.
Encontrábame en aquella larga serie de habitaciones tapizadas que,
recorriendo toda la extensión del Palacio por la parte interior,
sirve de lazo de unión a las moradas regias, cuyas luces se abren en
la fachada oriental del inmenso edificio. Seguí la dirección de los
demás sin reparar si debía aventurar mis pasos por aquellos sitios;
mas como nadie me dijo nada, continué muy impávido. Las salas estaban
muy débilmente alumbradas, y en la dulce penumbra las figuras de los
tapices parecían sombras detenidas en las paredes, o débiles reflejos
luminosos enviados por escondido foco sobre el oscuro fondo de las
cámaras. Paseé mi vista por aquella multitud de figuras mitológicas,
con cuya desnudez provocativa se habían adornado las negras murallas
construidas por Felipe, y ya consagraba mi atención a contemplarlas,
cuando pasó la extraña procesión de que voy a dar cuenta.
El Príncipe de Asturias, a quien se había comenzado a instruir sumaria
por el delito de conspiración, volvía de la Cámara real, donde
acababa de prestar declaración. No olvidaré jamás ninguna de las
particularidades de aquella triste comitiva, cuyo desfile ante mis
asombrados ojos, me impresionó vivísimamente aquella noche, quitándome
el sueño. Iba delante un señor con un gran candelero en la mano, como
alumbrando a todos, y para esto lo llevaba en alto, aunque tan poca
luz servía solo para hacer brillar los bordados de su casacón de
gentilhombre. Luego seguían algunos guardias españoles; tras ellos
un joven en quien al instante reconocí no sé por qué al Príncipe
heredero. Era un mozo robusto y de temperamento sanguíneo, de rostro
poco agradable, pues la espesura de sus negras cejas y la expresión
singular de su boca hendida y de su excelente nariz le hacían bastante
antipático, por lo menos a mis ojos. Iba con la vista fija en el suelo,
y su semblante alterado y hosco indicaba el rencor de su alma. A su
lado iba un anciano como de sesenta años, y al principio no comprendí
que pudiera ser el rey Carlos IV, pues yo me había figurado a este
personaje como un hombrecito enano y enteco, siendo lo cierto que tal
como le vi aquella noche era un señor de mediana estatura, grueso, de
rostro pequeño y encendido, y sin rasgo alguno en su semblante que
mostrase las diferencias fisonómicas establecidas por la Naturaleza
entre un rey de pura sangre y un buen almacenista de ultramarinos.
En los personajes que le acompañaban, y eran, según después supe,
los ministros y el gobernador interino del Consejo, me fijé más que
en la real persona, y después daré a conocer a alguno de aquellos
esclarecidos varones. Cerraba, por último, la procesión el zaguanete
de la guardia española, y nada más. Mientras pasó la comitiva,
sepulcral silencio reinó en todo el tránsito, y tan solo se oyeron
las pisadas que se perdían de cámara en cámara hasta llegar a las que
formaban el cuarto de Su Alteza. Cuando entraron en este la cháchara
comenzó de nuevo entre los circunstantes, y vi a Amaranta que, habiendo
salido a buscarme, hablaba con un caballero vestido de uniforme.
--Creo que al declarar --dijo el caballero-- Su Alteza ha estado un
poco irreverente con el Rey.
--¿De modo que está preso? --preguntó Amaranta con curiosidad.
--Sí, señora. Ahora quedará detenido en su cuarto con centinelas de
vista. Vea usted, ya salen. Deben haberle recogido su espada.
La comitiva volvió a pasar sin el Príncipe, y precedida del
gentilhombre con el candelabro que iba abriendo camino. Cuando el Rey
y sus ministros se alejaron, los palaciegos que habían salido a las
galerías fueron desapareciendo también en sus respectivas madrigueras,
y por mucho tiempo no se oyó más que el violento cerrar de multitud
de puertas. Se apagaron las pocas luces que alumbraban tan vastos
recintos, y las hermosas figuras de los tapices se desvanecieron en
la oscuridad, como fantasmas a quienes el canto del gallo llama a sus
ignotas moradas.
Yo subí con mi ama a nuestro departamento, y me asomé por una de
las ventanas que caían hacia el interior, para reconocer como de
costumbre, el sitio en que estaba. Era oscurísima la noche y no vi más
que una masa negra e informe de la cual se destacaban altos tejados,
cúpulas, torres, chimeneas, paredones, aleros, arbotantes y veletas que
desafiaban el firmamento como los topes de un gran navío. Tal imponente
vista causaba cierto terror al espíritu, despertando meditaciones que
se mezclaban a las sugeridas por lo que acababa de ver; mas no pude
ocuparme mucho en trabajos del pensamiento, porque un sutilísimo ruido
de faldas, y un ligero _ce ce_ con que se me llamaba me hizo volver la
cabeza y apartarme de la ventana.
La transición fue extremadamente brusca, cuando distrayéndome de la
sombría perspectiva exterior, apareció ante mis ojos la figura de
Amaranta y su celestial sonrisa. Reinaba profundo silencio: el marqués
diplomático y su hermana se habían retirado ya. Amaranta había cambiado
su traje de camino por una vestidura blanca y suelta que aumentaba
su hermosura, si su hermosura fuera susceptible de aumento. Cuando
me llamó, aún no se había apartado su doncella; pero esta salió sin
tardanza, y luego nuestra seductora dueña, cerrando por sí misma la
puerta que daba a la galería, me hizo señas para que me acercase.