Cuando regresé a la sala, la escena continuaba la misma, pero la
llegada de un nuevo personaje iba a variarla por completo. Oímos ruido
de alegres voces y como preludios de guitarra en el portal, y después
entró un joven a quien diferentes veces había yo visto en el teatro.
Acompañábanle otros; pero se despidieron en la puerta, y él subió
solo, mas haciendo tanto ruido, que no parecía sino que un ejército se
nos metía en la casa. Me acuerdo de que aquel joven vestía el traje
popular, esto es, un rico marsellés, gorra peluda de forma semejante
a la de los sombreros trípicos, pero mucho más pequeña, y capa de
grana con forros de felpa manchada. Al verlo con esta facha, no crean
ustedes que era algún manolo de Lavapiés o chispero de Maravillas, pues
los arreos con que lo he presentado cubrían la persona de uno de los
principales caballeros de la corte; solo que este, como otros muchos de
su época, gustaba de buscar pasatiempo entre la gente de baja estofa,
y concurría a los salones de _Polonia la Aguardentera_, _Juliana la
Naranjera_, y otras célebres majas de que se hablaba mucho entonces. En
sus nocturnas correrías usaba siempre aquel traje que, en honor de la
verdad, le caía a las mil maravillas.
Pertenecía aquel joven a la Guardia Real, y sus conocimientos no
traspasaban más allá de la ciencia heráldica, en que era muy experto,
del arte del toreo y la equitación. Su constante oficio era la
galantería arriba y abajo, en los estrados y en los bailes de candil.
Parecían escritos expresamente para él los famosos versos:
Ves, Arnesto, aquel majo en siete varas
de pardomonte envuelto...
--¡Oh, D. Juan! --exclamó Amaranta, al verle entrar--. Bienvenido sea
el Sr. de Mañara.
Animose la reunión como por encanto con la entrada de aquel joven, cuyo
carácter jovial y bullanguero se manifestó desde el primer momento.
Advertí que el rostro de Amaranta adquiría de súbito extraordinaria
viveza y malicia.
--Sr. de Mañara --dijo con gran desenfado--, llega usted a tiempo.
Lesbia le echaba a usted de menos.
Lesbia miró a su amiga de un modo terrible, mientras Isidoro parecía
dominado por violenta cólera.
--Aquí, D. Juan, siéntese usted a mi lado --indicó mi ama con alegría,
señalando a Mañara la silla que tenía a la izquierda.
--No creí encontrar a usted aquí, señora duquesa --dijo el petimetre
dirigiéndose a Lesbia--. He venido, sin embargo, impulsado por la voz
de mi corazón; ya veo que el corazón no se equivoca siempre.
Lesbia estaba bastante turbada, mas no era mujer a quien arredraban las
situaciones críticas, así es que entre ella y Mañara hubo un verdadero
tiroteo de dichos agudos, risas y epigramas. Máiquez estaba cada vez
más intranquilo.
--Esta es noche de suerte para mí --dijo D. Juan sacando un bolsillo de
seda--. He estado en casa de la Primorosa, y allí he ganado cerca de
dos mil reales.
Diciendo esto, vació el oro sobre la mesa.
--¿Había allí mucha gente? --preguntó Amaranta.
--Mucha; mas la marquesita no pudo ir porque estaba con dolor de
muelas. ¡Ah! nos hemos divertido.
--Para usted --dijo Amaranta con verdadero ensañamiento en su malicia--
no hay diversión allí donde no está Lesbia.
Esta volvió a dirigir a su amiga terrible mirada.
--Por eso he venido.
--¿Quiere usted seguir probando fortuna? --dijo mi ama--. La baraja,
Gabriel; trae la baraja.
Hice lo que se me mandaba, y los oros, las espadas, los bastos y las
copas se entremezclaron bajo los dedos del petimetre, que barajaba con
toda la rapidez que da la experiencia.
--Sea usted banquero.
--Bien; ahí va.
Cayeron las primeras cartas: todos los personajes sacaron su dinero;
fijáronse ansiosas miradas en los terribles signos, y comenzó el juego.
Por un momento no se oyeron más que estas breves y elocuentes frases:
«¡Tres duros al caballo... Yo no abandono a mi siete de espadas...
Bien, por el rey... Gané... Perdí... Diez a mí... Maldita sota!»
--Mala suerte tiene usted esta noche, Máiquez --dijo Mañara, recogiendo
el dinero del actor, que ni una vez apuntaba sin perder cuanto ponía.
--¡Y yo qué buena! --dijo mi ama recogiendo sus monedas, que ascendían
ya a una respetable cantidad.
--¡Oh, Pepa; para usted es toda la suerte! --exclamó el banquero--.
Pero dice el refrán: «Afortunado en el juego, desgraciado en amores.»
--En cambio, usted --dijo Amaranta-- puede decir que es afortunado en
ambos juegos. ¿Verdad, Lesbia?
Y luego, dirigiéndose a Isidoro, que perdía mucho, añadió:
--Para usted, pobre Máiquez, sí que no se ha hecho aquel refrán; porque
usted es desgraciado en todo. ¿Verdad, Lesbia?
El rostro de esta se encendió súbitamente. Me pareció que la vi
dispuesta a contestar con violencia a su amiga; pero se contuvo y la
tempestad quedó conjurada por algún tiempo. El marqués perdía siempre,
pero no paró de jugar mientras tuvo una peseta en su bolsillo. No así
Máiquez, que una vez desvalijado, recibió un préstamo del banquero,
y así siguió el juego hasta más de la una, hora en que comenzaron a
hablar de retirarse.
--Debo a usted treinta y siete duros --dijo Máiquez.
--Y por fin --preguntó el petimetre--, ¿cuál es la función escogida
para representarse, en casa de la señora marquesa?
--Ya está acordado que sea _Otello_.
--¡Oh! me parece bien, amigo Isidoro. Me entusiasma usted en el papel
de celoso --dijo Mañara.
--¿Querría usted hacer el de Loredano? --preguntó el actor.
--No, es papel muy desairado. Además, no sirvo para el teatro.
--Yo le enseñaré a usted.
--Gracias. ¿Ya ha enseñado usted a Lesbia su papel?
--Lo sabe perfectamente.
--Cuánto deseo que llegue esa noche --dijo Amaranta--. Pero diga usted,
Isidoro, si le ocurriera a usted un lance como el de _Otello_, si se
viera engañado por la mujer que ama, ¿sentiría usted aquel terrible
furor? ¿Sería capaz de matar a su Edelmira?
Esta flecha iba dirigida a Lesbia.
--¡Quiá! --exclamó Mañara--. Eso no pasa nunca sino en el teatro.
--No mataría a Edelmira; pero sí a Loredano --repuso Máiquez con
firmeza, clavando enérgica mirada en el petimetre.
Hubo un momento de silencio, durante el cual pude advertir
perfectamente las señales de la más reconcentrada rabia en el rostro de
Lesbia.
--Pepa, no me has obsequiado esta noche --dijo Mañara--. Verdad es que
he cenado; pero son las dos, hija mía.
Serví de beber al joven, y habiéndome retirado, oí desde fuera el
siguiente diálogo. Mañara, alzando una copa llena hasta los bordes,
dijo:
--Señores: brindo por nuestro querido Príncipe de Asturias: brindo por
que la santa causa que representa tenga dentro de pocos días el éxito
más completo: brindo por la caida del favorito y el destronamiento de
los Reyes Padres.
--Muy bien --exclamó Lesbia aplaudiendo.
--Creo que estoy entre amigos --continuó el joven--. Creo que un fiel
súbdito del nuevo Rey puede sin recelo manifestar aquí alegría y
esperanza.
--¡Qué horror! ¿Está usted loco? Prudencia, joven --dijo el diplomático
escandalizado--. ¿Cómo se atreve usted a revelar?...
--Cuidado --dijo Lesbia con mucha viveza--, cuidado, Sr. Mañara, está
delante una confidenta de S. M. la Reina.
--¿Quién?
--Amaranta.
--Tú también lo eres, y según dicen posees los secretos más graves.
--No tanto como tú, hija mía --dijo Lesbia sintiendo reponerse su
osadía--; tú, que, según se asegura, eres hoy depositaria de todas las
confianzas de nuestra amada soberana. Esto es una gran honra para ti.
--Seguramente --repuso Amaranta, dominando su cólera--. Sigo al lado de
mi bienhechora. La ingratitud es vicio muy feo, y no he querido imitar
el ejemplo de las que insultan a quien les ha favorecido. ¡Ah! es muy
cómodo hablar de las faltas ajenas para que no se fije la vista en las
propias.
Lesbia, después de un momento de vacilación iba a contestar. El diálogo
tomaba alguna gravedad, y de seguro se habrían oído cosas bastante
duras, si el diplomático, interviniendo con su tacto de costumbre, no
hubiera dicho:
--Señoras, por Dios... ¿qué es esto? ¿No son ustedes íntimas amigas?
¿Una diferencia de opinión puede turbar el cielo purísimo de la
amistad? Dense las manos, y bebamos todos el último vaso a la salud de
Lesbia y Amaranta enlazadas en dulce y amorosa fraternidad.
--Estoy conforme; esta es mi mano --dijo Amaranta alargando la suya con
gravedad.
--Ya hablaremos de esto --añadió Lesbia estrechando con desabrimiento
la mano de la otra dama--. Por ahora seremos amigas.
--Bien: ya hablaremos de esto.
En aquel momento entré yo y la expresión del semblante de una y otra
no me pareció indicar predisposiciones a la concordia. Con aquel
desagradable incidente, que por fortuna no tomó proporciones, tuvo
fin la tertulia, y la aparente reconciliación fue señal de partida.
Levantáronse todos, y mientras el diplomático y Mañara se despedían de
mi ama, Amaranta se llegó a mí con disimulo, acercó su boca a mi oído,
y me dijo con una vocecita que parecía resonar dentro de mi cerebro:
--Tengo que hablarte.
Dejome aturdido; pero mi sorpresa subió de punto un poco después,
cuando acompañé a la comitiva por la calle, precediéndola con un farol,
según costumbre, porque en aquel tiempo el alumbrado público, si en
alguna calle existía, era digno émulo de la oscuridad más profunda.
Llegamos a la calle de Cañizares, a una suntuosa casa, que era la misma
en cuyo sotabanco vivía Inés, aunque se subía por distinta escalera.
En el patio de aquella casa, que era la del marqués diplomático, o
mejor dicho, de su hermana, esperaban las literas que debían conducir
a las dos damas a sus respectivas mansiones. Antes de entrar en la
litera, Amaranta me llamó aparte, y díjome que al día siguiente fuese
a buscarla a aquella misma casa, preguntando por una tal Dolores, que
luego supe era doncella o confidenta suya, cuyo mandato me alegró
mucho, porque en él vi el fundamento de mi fortuna.
Volví a casa apresuradamente, y encontré a mi ama muy agitada, paseando
con precipitación en la estrecha sala, y departiendo consigo misma,
como si no tuviera el juicio muy sano.
--¿Observaste --me dijo-- si Isidoro y Mañara disputaban por la calle?
--No reparé, señora --le respondí--. ¿Pues qué motivo tienen esos dos
caballeros para enemistarse?
--¡Ah! no sabes cuán alegre estoy, Gabriel; estoy satisfecha --me dijo
la González con extraviados ojos y tan febril inquietud, que me impuso
miedo.
--¿Por qué, señora? --pregunté--. Ya es hora de descansar, y usted
parece necesitar descanso.
--No tonto, yo no duermo esta noche --dijo--. ¿No sabes que yo no puedo
dormir? ¡Ah, cuánto gozo considerando su desesperación!
--No entiendo a usted.
--Tú no entiendes de esto, chiquillo, vete a acostar... Pero no, no,
ven acá y escucha. ¿Verdad que parece castigo de Dios? El muy simple no
conoce la víbora que tiene entre sus brazos.
--Creo que se refiere usted a Isidoro.
--Justo. Ya sabes que está enamorado de Lesbia. Está loco, como nunca
lo ha estado. ¡Ah! Con todo su orgullo, ¡qué vilmente se arrastra a los
pies de esa mujer! Él, acostumbrado a dominar, es dominado ahora, y su
impetuoso amor servirá de diversión y chacota en el teatro y fuera de
él.
--Pero me parece que el Sr. Máiquez es correspondido.
--Lo fue; pero los favores de Lesbia pasan pronto. ¡Oh! Bien merecido
le está. Lesbia es la misma inconstancia.
--No lo hubiera creído en una persona tan simpática y tan linda.
--Con esa carita angelical, con su sonrisa inalterable y su aire de
ingenuidad, Lesbia es un monstruo de liviandad y coquetería.
--Tal vez ese Sr. Mañara...
--Eso no tiene duda. Mañara es hoy el favorecido, y si habla con
Isidoro es para divertirse a su costa, jugando con el corazón de ese
desgraciado. Sí, el corazón de Isidoro está hoy como un ovillo de
algodón entre las patas de una gata traviesa. ¿Pero no es verdad que le
está bien merecido?... ¡Oh, rabio de placer!
--Por eso la señora Amaranta no cesaba de decir aquellas cosas...
--indiqué, deseando que mi ama esclareciera mis dudas sobre muchos
sucesos y palabras de aquella noche.
--¡Ah! Lesbia y Amaranta, aunque vienen juntas aquí, se aborrecen, se
detestan, y quisieran destruirse una a otra. Antes se llevaban muy
bien; mas de algún tiempo a esta parte... yo creo que algo ocurrido en
Palacio es la causa de esta inquina que ha empezado hace poco, y será
pronto una guerra a muerte.
--Bien se conoce que no se llevan bien.
--En Palacio, según me han dicho, arden pasiones encarnizadas e
implacables. Amaranta es muy amiga de los Reyes Padres, mientras que
Lesbia parece que es de las damas que más intrigan en el bando de los
amigos del Príncipe de Asturias. Tan irritadas están hoy la una contra
la otra, que ya no saben disimular el odio que se profesan.
--¿Y es Amaranta mujer de tan mala condición como su amiga? --pregunté
deseando inquirir noticias de la que ya consideraba como mi protectora.
--Todo lo contrario --repuso--. Amaranta es una gran señora, tan
discreta como hermosa, y de conducta intachable. Gusta de proteger a
los desvalidos: su sensible y tierno corazón es inagotable para los
menesterosos que necesitan de su ayuda; y como es poderosísima en la
corte, porque su valimiento casi excede al de los mismos Reyes, el que
tenga la dicha de caerle en gracia, ya se puede considerar puesto en
los cuernos de la luna.
--Ya me lo parecía a mí --dije muy contento por tan lisonjeras
noticias.
--Espero que Amaranta --prosiguió mi ama con la misma calenturienta
agitación-- me ayudará en mi venganza.
--¿Contra quién? --pregunté alarmado.
--Creo que se ha aplazado la función de la marquesa --continuó sin
atender a mi pregunta--. Nadie quiere hacer el desairado papel de
Pésaro, y esto será ocasión de un lamentable retraso. ¿Querrás
desempeñarlo tú, Gabriel?
--¡Yo, señora!... no sirvo para el caso.
Quedose luego muy meditabunda, con el ceño fruncido y los ojos fijos en
el suelo, y por fin volvió a su primer tema.
--Estoy satisfecha --dijo con esa hilaridad dolorosa, que indica las
grandes crisis de la pasión--. Lesbia le es infiel, Lesbia le engaña,
Lesbia le pone en ridículo, Lesbia le castiga... ¡Oh, Dios mío! Veo que
hay justicia en la tierra.
Después serenándose un poco me mandó retirar, y cuando me hallé fuera,
dejándola con su doncella, la sentí llorar con lágrimas francas y
abundantes, que debían templar la irritación de su espíritu y poner
calma en su excitado cerebro. A los consuelos y ruegos de su criada
para que se retirase a descansar, no respondía más que esto:
--¿Para qué me acuesto, si sé que no he de dormir en toda la noche?
Retireme a mi cuarto, que era un estrecho dormitorio donde jamás
entraban ni en pleno día importunas luces. Me acosté bastante afligido
al considerar la triste pasión de mi ama; pero estos pensamientos se
enlazaron con otros relativos a mi propio estado, los cuales, lejos
de ser tristes alborozaban mi alma; y acompañado por la imagen de
Amaranta, que iluminaba mi mezquino asilo como un rayo de luna, me
dormí profundamente pensando en la fábula de Diana y Endimión, que
conocía por una de las estampas de la sala.