El hecho es anterior a los sucesos que me propongo narrar aquí; pero
no importa. _El sí de las niñas_ se estrenó en enero de 1806. Mi ama
trabajaba en los _Caños del Peral_, porque el Príncipe, incendiado
algún tiempo antes, no estaba aún reedificado. La comedia de Moratín,
leída varias veces por este en las reuniones del Príncipe de la Paz
y de Tineo, se anunciaba como un acontecimiento literario que había
de rematar gloriosamente su reputación. Los enemigos en letras, que
eran muchos, y los envidiosos, que eran más, hacían correr rumores
alarmantes, diciendo que la tal obra era un comedión más soporífero
que _La mojigata_, más vulgar que _El barón_, y más antiespañol que
_El café_. Aún faltaban muchos días para el estreno, y ya corrían de
mano en mano sátiras y diatribas, que no llegaron a imprimirse. Hasta
se tocaron registros de pasmoso efecto entonces, cuales eran excitar
la suspicacia de la censura eclesiástica, para que no se permitiera
la representación; pero de todo triunfó el mérito de nuestro primer
dramático, y _El sí de las niñas_ fue representado el 24 de enero.
Yo formé parte, no sin alborozo, porque mis pocos años me autorizaban a
ello, de la tremenda conjuración fraguada en el vestuario de los Caños
del Peral, y en otros oscuros conciliábulos, donde míseramente vivían
entre _cendales arachneos_ algunos de los más afamados dramaturgos del
siglo precedente. Capitaneaba la conjuración un poeta, de cuya persona
y estilo pueden ustedes formarse idea si recuerdan al omnímodo escritor
a quien Mercurio escoge entre la gárrula multitud para presentarlo
a Apolo. No recuerdo su nombre, aunque sí su figura, que era la de
un despreciable y mezquino ser constituido moral y físicamente como
por limosna de la maternal Naturaleza. Consumido su espíritu por la
envidia, y su cuerpo por la miseria, ganaba en fealdad y repulsión de
año en año; y como su numen ramplón, probado en todos los géneros,
desde el heroico al didascálico, no daba ya sino frutos a que hacían
ascos los mismos sectarios de la escuela, estaba al fin consagrado a
componer groseras diatribas y torpes críticas contra los enemigos de
aquellos a cuya sombra vivía sin más trabajo que el de la adulación.
Este hijo de Apolo nos condujo en imponente procesión a la cazuela de
la Cruz, donde debíamos manifestar con estudiadas señales de desagrado
los errores de la escuela clásica. Mucho trabajo nos costó entrar en el
coliseo, pues aquella tarde la concurrencia era extraordinaria; pero
al fin, gracias a que habíamos acudido temprano, ocupamos los mejores
asientos de aquella región paradisíaca, donde se concertaban todos los
discordes ruidos de la pasión literaria, y todos los malos olores de un
público que no brillaba por su cultura.
Ustedes creerán que el aspecto interior de los teatros de aquel tiempo
se parece algo al de nuestros modernos coliseos. ¡Qué error tan
grande! En el elevado recinto donde el poeta había fijado los reales
de su tumultuoso batallón, existía un compartimiento que separaba los
dos sexos, y de seguro el sabio legislador que tal cosa ordenó en
los pasados siglos, se frotaría con satisfacción las manos y daríase
un golpe en la augusta frente creyendo adelantar gran paso en la
senda de la armonía entre hombres y mujeres. Por el contrario, la
separación avivaba en hembras y varones el natural anhelo de entablar
conversación, y lo que la proximidad hubiera permitido en voz baja,
la pérfida distancia lo autorizaba en destempladas voces. Así es que
entre uno y otro hemisferio se cruzaban palabras cariñosas o burlonas
o soeces; observaciones que hacían desternillar de risa a todo el
ilustre concurso; preguntas que se contestaban con juramentos, y
agudezas cuya malicia consistía en ser dichas a gritos. Frecuentemente
de las palabras se pasaba a las obras, y algunas andanadas de castañas,
avellanas, o cáscaras de naranjas, cruzaban _de polo a polo_, arrojadas
por diestra mano, ejercicio que si interrumpía la función, en cambio
regocijaba mucho a entrambas partes.
Sin embargo, bueno es advertir que este mismo público, a quien afeaban
tan groseras exterioridades, solía dar muestras de gran instinto
artístico, llorando con Rita Luna en el drama de Kotzebue _Misantropía
y arrepentimiento_, o participando del sublime horror expresado por
Isidoro en la tragedia _Orestes_. Verdad es también que ningún público
del mundo ha excedido a aquel en donaire, para burlarse de los autores
malos y de los poetas que no eran de su agrado. Igualmente dispuesto
a la risa que al sentimiento, obedecía como un débil niño a las
sugestiones de la escena. Si alguien no pudo jamás tenerle propicio,
culpa suya fue.
Mirado el teatro desde arriba parecía el más triste recinto que puede
suponerse. Las macilentas luces de aceite que encendía un mozo saltando
de banco en banco apenas lo iluminaban a medias y tan débilmente, que
ni con anteojos se descubrían bien las descoloridas figuras del ahumado
techo, donde hacía cabriolas un señor Apolo con lira y borceguíes
encarnados. Era de ver la operación de encender la lámpara central,
que, una vez consumada tan delicada maniobra, subía lentamente por
máquina, entre las exclamaciones de la gente de arriba, que no dejaba
pasar tan buena ocasión de manifestarse de un modo ruidoso.
Abajo también había compartimiento, y consistía en una fuerte viga,
llamada _degolladero_, que separaba las lunetas del patio propiamente
dicho. Los palcos o aposentos eran unos cuchitriles estrechos y
oscuros donde se acomodaban como podían las personas de pro; y como
era costumbre que las damas colgasen en los antepechos sus chales y
abrigos, el conjunto de las galerías tenía un aspecto tal, que parecía
decoración hecha exprofeso para representar las calles de Postas o de
Mesón de Paños.
El reglamento de teatros, publicado en 1803, tendía a corregir muchos
de estos abusos; pero como nadie se cuidaba de hacerlo cumplir, solo
la costumbre y el progreso de la cultura reformó hábitos tan feos.
Recuerdo que hasta mucho después de la época a que me refiero, las
gentes conservaban el sombrero puesto, aunque el reglamento decía
terminantemente en uno de sus artículos:
«En los aposentos de todos los pisos, y sin excepción de alguno, no
se permitirá sombrero puesto, gorro, ni red al pelo, pero sí capa o
capote para su comodidad.»
Mientras aguardábamos a que se alzase el telón, el poeta me hacía
minucioso relato del infinito número de obras que había compuesto,
entre dramáticas, cómicas, elegiacas, epigramáticas, venatorias,
bucólicas y del género sentimental y mixto. Me contó el argumento de
tres o cuatro tragedias que no esperaban más que la protección de un
mecenas para pasar de las musas al teatro, y como si mis culpas no
estuvieran aún bastantes purgadas con oír los argumentos, me espetó
algunos sonetos, que si no eran exactamente iguales a aquel famosísimo
Reverberante numen que del Istro
al Marañón sublimas con tu zurda,
le eran tan semejantes como una calabaza a otra.
Cuando la representación iba a empezar, el poeta dirigió su mirada
de gerifalte a los abismos del patio para ver si habían puntualmente
acudido otros no menos importantes caudillos de la manifestación
fraguada contra _El sí de las niñas_. Todos estaban en sus puestos, con
puntual celo por la causa nacional. No faltaba ninguno: allí estaba el
vidriero de la calle de la Sartén, uno de los más ilustres capitanes
de la mosquetería; allí el vendedor de libros de la Costanilla de los
Ángeles, hombre perito en las letras humanas; allí _Cuarta y Media_,
cuyo fuerte pulmón hizo acallar él solo a todos los admiradores de
_La mojigata_; allí el hojalatero de las Tres Cruces, esforzado
adalid, que traía bajo la ancha capa algún reluciente y ruidoso
caldero para sorprender al auditorio con sinfonías no anunciadas en el
programa; allí el incomparable Roque Pamplinas, barbero, veterinario
y sangrador, que con los dedos en la boca, desafiaba a todos los
flautistas de Grecia y Roma; allí, en fin, lo más granado y florido
que jamás midió sus armas en palenques literarios. Mi poeta quedó
satisfecho después de pasar revista a su ejército, y luego todos
dirigimos nuestra atención al escenario, porque la comedia había
empezado.
--¡Qué principio! --dijo oyendo el primer diálogo entre D. Diego y
Simón--. ¡Bonito modo de empezar una comedia! La escena es una posada.
¿Qué puede pasar de interés en una posada? En todas mis comedias, que
son muchas, aunque ninguna se ha representado, se abre la acción con un
_jardín corintiano, fuentes monumentales a derecha e izquierda, templo
de Juno en el fondo_, o con _gran plaza donde están formados tres
regimientos; en el fondo la ciudad de Varsovia, a la cual se va por un
puente..._ etc... Y oiga usted las simplezas que dice ese vejete. Que
se va a casar con una niña que han educado las monjas de Guadalajara.
¿Esto tiene algo de particular? ¿No es acaso lo mismo que estamos
viendo todos los días?
Con estas observaciones, el endiablado poeta no me dejaba oír la
función, y yo, aunque a todas sus censuras contestaba con monosílabos
de la más humilde aquiescencia, hubiera deseado que callara con mil
demonios. Pero era preciso oírle; y cuando aparecieron doña Irene y
doña Paquita, mi amigo y jefe no pudo contener su enfado, viendo que
atraían la atención dos personas, de las cuales una era exactamente
igual a su patrona, y la otra no era ninguna princesa, ni senescala, ni
canonesa, ni landgraviata, ni archidapífera de país ruso o mongol.
--¡Qué asuntos tan comunes! ¡Qué bajeza de ideas! --exclamaba de
modo que le pudieran oír todos los circunstantes--. ¿Y para esto se
escriben comedias? ¿Pero no oye usted que esa señora está diciendo las
mismas necedades que diría doña Mariquita o doña Gumersinda, o la tía
Candungas? Que si tuvo un pariente obispo; que si las monjas educaron
a la niña sin artificios ni embelecos; que la muy piojosa se casó a
los diez y nueve con D. Epifanio; que parió veintidós hijos... así
reventara la maldita vieja.
--Pero oigamos --dije yo, sin poder aguantar las importunidades del
caudillo--, y luego nos burlaremos de Moratín.
--Es que no puedo sufrir tales despropósitos --continuó--. No se viene
al teatro para ver lo que a todas horas se ve en las calles y en casa
de cada _quisque_. Si esa señora en vez de hablar de sus partos,
entrase echando pestes contra un general enemigo porque le mató en
la guerra sus veintiún hijos, dejándole solo el veintidós, que está
aún en la mamada, y lo trae para que no se lo coman los sitiados,
que se mueren de hambre, la acción tendría interés, y ya estaría el
público con las manos desolladas de tanto palmoteo... Amigo Gabriel,
es preciso protestar con gran fuerza. Golpeemos el suelo con los pies
y los bastones, demostrando nuestro cansancio e impaciencia. Ahora
bostecemos abriendo la boca hasta que se disloquen las quijadas, y
volvamos la cara hacia atrás, para que todos los circunstantes que
ya nos tienen por literatos, vean que nos aburrimos de tan sandia y
fastidiosa obra.
Dicho y hecho; comenzamos a golpear el suelo, y luego bostezamos en
coro, diciéndonos unos a otros: _¡qué fastidio!... ¡qué cosa tan
pesada!... ¡mal empleado dinero!..._ y otras frases por el mismo
estilo, que no dejaban de hacer su efecto: los del patio imitaron
puntualísimamente nuestra patriótica actitud. Bien pronto un general
murmullo de impaciencia resonó en el ámbito del teatro. Pero si había
enemigos, no faltaban amigos, desparramados por lunetas y aposentos,
y aquellos no tardaron en protestar contra nuestra manifestación, ya
aplaudiendo, ya mandándonos callar con amenazas y juramentos, hasta que
una voz fuertísima, gritando desde el fondo del patio: _¡afuera los
chorizos!_ provocó ruidosa salva de aplausos, y nos impuso silencio.
El poetastro no cabía en su pellejo de indignación. Siguió haciendo
observaciones, conforme avanzaba la pieza, y decía:
--Ya, ya sé lo que va a resultar aquí. Ahora resulta que doña Paquita
no quiere al viejo, sino a un militarito, que aún no ha salido, y
que es sobrino del cabronazo de don Diego. Bonito enredo... Parece
mentira que esto se aplauda en una nación culta. Yo condenaba a
Moratín a galeras, obligándolo a no escribir más vulgaridades en
toda su vida. ¿Te parece, Gabrielillo, que esto es comedia? Si no hay
enredo, ni trama, ni sorpresa, ni confusiones, ni engaños, ni _quid
pro quo_, ni aquello de disfrazarse un personaje para hacer creer
que es otro, ni tampoco aquello de que salen dos insultándose como
enemigos, para después percatarse de que son padre e hijo... Si ese
D. Diego cogiera a su sobrino y matándolo bonitamente en la cueva,
preparara un festín e hiciera servir a su novia un plato de carne de
la víctima, bien condimentado con especias y hoja de laurel, entonces
la cosa tendría alguna malicia... ¿Y la niña por qué disimula? ¿No
sería más dramático, que se negase a casarse con el viejo, que le
insultara llamándolo tirano, o le amenazara con arrojarse al Danubio o
al Don, si osaba tocar su virginidad...? Estos poetas nuevos no saben
inventar argumentos bonitos, sino estas majaderías con que engañan
a los bobos, diciéndoles que son conformes a las reglas. Ánimo,
compañeros, prepararse todo el mundo. Pronunciemos frases coléricas y
finjamos disputar en corro, diciendo unos que esta obra es peor que _La
mojigata_, y otros que aquella era peor que esta. El que sepa silbar
con los dedos, hágalo _ad libitum_, y patadas a discreción. Apostrofar
a doña Irene cuando se retire de la escena, llamándola cada cual como
le ocurra.
Dicho y hecho: conforme a las terminantes órdenes de nuestro jefe,
armamos una espantosa grita al finalizar el acto primero. Como los
amigos del autor protestaran contra nosotros, exclamamos _¡afuera la
polaquería!_ y enardecidos los dos bandos por el calor de la porfía,
se cruzaron los más duros apóstrofes, entre el discorde gritar de la
cazuela y el patio. El acto segundo no pasó más felizmente que el
primero; y por mi parte ponía gran atención al diálogo, porque la
verdad era, con perdón sea dicho del poeta mi amigo, que la comedia me
parecía muy buena, sin que yo acertara a explicarme entonces en qué
consistían sus bellezas.
La obstinación de aquella doña Irene empeñada en que su hija debía
casarse con D. Diego porque así cuadraba a su interés, y la torpeza con
que cerraba los ojos a la evidencia, creyendo que el consentimiento de
su hija era sincero, sin más garantía que la educación de las monjas;
el buen sentido del D. Diego, que no las tenía todas consigo respecto
a la muchacha, y desconfiaba de su remilgada sumisión; la apasionada
cortesanía de D. Carlos, la travesura de Calamocha, todos los
incidentes de la obra, lo mismo los fundamentales que los accesorios,
me cautivaban, y al mismo tiempo descubría vagamente en el centro de
aquella trama un pensamiento, una intención moral, a cuyo desarrollo
estaban sujetos todos los movimientos pasionales de los personajes.
Sin embargo, me cuidaba mucho de guardar para mí estos raciocinios que
hubieran significado alevosa traición a la ilustre hueste de silbantes,
y fiel a mis banderas no cesaba de repetir con grandes aspavientos:
«¡Qué cosa tan mala!... ¡Parece mentira que esto se escriba!...
Ahí sale otra vez la viejecilla... Bien por el viejo ñoño... ¡Qué
aburrimiento! ¡Miren la gracia!», etc., etc.
El segundo acto pasó, como el primero, entre las manifestaciones de
uno y otro lado; pero me parece que los amigos del poeta llevaban
ventaja sobre nosotros. Fácil era comprender que la comedia gustaba
al público imparcial, y que su buen éxito era seguro, a pesar de las
indignas cábalas, en las cuales tenía yo tanta parte. El tercer acto
fue sin disputa el mejor de los tres: yo le oí con religioso respeto,
y luchando con las impertinencias de mi amigo el poeta, que en lo
mejor de la pieza creyó oportuno desembuchar lo más escogido de sus
disparates.
Hay en el dicho acto, tres escenas de una belleza incomparable.
Una es aquella en que doña Paquita descubre ante el buen D. Diego
las luchas entre su corazón y el deber impuesto por una indiscreta
hipócrita conformidad con superiores voluntades: otra es aquella en
que intervienen D. Carlos y don Diego, y se desata, merced a nobles
explicaciones, el nudo de la fábula; y la tercera es la que sostienen
del modo más gracioso don Diego y doña Irene, aquel deseando dar por
terminado el asunto del matrimonio, y esta interrumpiéndola a cada paso
con sus importunas observaciones.
No pude disimular el gusto que me causó esta escena, que me parecía
el colmo de la naturalidad, de la gracia y del interés cómico; pero
el poeta me llamó al orden injuriándome por mi deserción del campo
_chorizo_.
--Perdone usted --le dije--, me he equivocado. Pero ¿no cree usted que
esa escena no está del todo mal?
--¡Cómo se conoce que eres novato, y en la vida has compuesto un
verso! ¿Qué tiene esa escena de extraordinario, ni de patético, ni de
historiográfico...?
--Es que la naturalidad... Parece que ha visto uno en el mundo lo que
el poeta pone en escena.
--Cascaciruelas: pues por eso mismo es tan malo. ¿Has visto que en
_Federico II_, en _Catalina de Rusia_, en _La esclava de Negroponto_ y
otras obras admirables, pase jamás nada que remotamente se parezca a
las cosas de la vida? ¿Allí no es todo extraño, singular, excepcional,
maravilloso y sorprendente? Pues por eso es tan bueno. Los poetas de
hoy no aciertan a imitar a los de mi tiempo, y así está el arte por los
mismos suelos.
--Pues yo, con perdón de usted --dije--, creo que... la obra es
malísima, convengo; y cuando usted lo dice, bien sabido se tendrá
por qué. Pero me parece laudable la intención del autor que se ha
propuesto aquí, según creo, censurar los vicios de la educación que dan
a las niñas del día, encerrándolas en los conventos, y enseñándolas a
disimular y a mentir... Ya lo ha dicho D. Diego: las juzgan honestas,
cuando les han enseñado el arte de callar, sofocando sus inclinaciones,
y las madres se quedan muy contentas cuando las pobrecillas se prestan
a pronunciar un sí perjuro, que después las hace desgraciadas.
--¿Y quién le mete al autor en esas filosofías? --dijo el pedante--.
¿Qué tiene que ver la moral con el teatro? En _El mágico de Astracán_,
en _A España dieron blasón las Asturias y León y Triunfos de D.
Pelayo_, comedias que admira el mundo, ¿has visto acaso algún pasaje en
que se hable del modo de educar a las niñas?
--Yo he oído o leído en alguna parte que el teatro sirve de
entretenimiento y de enseñanza.
--¡Patarata! Además el Sr. Moratín se va a encontrar con la horma de
su zapato, por meterse a criticar la educación que dan las señoras
monjas. Ya tendrá que habérselas con los reverendos obispos y la santa
Inquisición, ante cuyo tribunal se ha pensado delatar _El sí_, y se le
delatará, sí señor.
--Vea usted el final --dije atendiendo a la tierna escena en que D.
Diego casa a los dos amantes, bendiciéndoles con el cariño de un padre.
--¡Qué desenlace tan desabrido! Al menos lerdo se le ocurre que D.
Diego debe casarse con doña Irene.
--¡Hombre! ¿D. Diego con doña Irene? Si él es una persona discreta y
seria, ¿cómo va a casarse con esa impertinente vieja?
--¿Qué entiendes tú de eso, chiquillo? --exclamó amostazado el
pedantón--. Digo que lo natural es que D. Diego se case con doña
Irene, D. Carlos con Paquita y Rita con Simón. Así quedaría regular
el fin, y mucho mejor si resultara que la niña era hija natural de D.
Diego, y D. Carlos hijo espúreo de doña Irene, que le tuvo de algún
Rey disfrazado, comandante del Cáucaso, o bailío condenado a muerte.
De este modo, tendría mucho interés el final, mayormente si uno salía
diciendo: _¡padre mío!_ y otro, _¡madre mía!_ con lo cual después de
abrazarse, se casaban para dar al mundo numerosa y masculina sucesión.
--Vamos, que ya se acaba. Parece que el público está satisfecho --dije
yo.
--Pues apretar ahora, muchachos. Manos a la boca. La comedia es pésima,
inaguantable.
La consigna fue prontamente obedecida. Yo mismo, obligado por la
disciplina, me introduje los dedos en la boca y... ¡Sombra de Moratín!
¡Perdón mil veces...! No lo quiero decir; que comprenda el lector mi
ignominia y me juzgue.
Pero nuestra mala estrella quiso que la mayor parte del público
estuviese bien dispuesta en favor de la comedia. Los silbidos
provocaron una tempestad de aplausos, no solo entre la gente de los
aposentos y lunetas, sino entre los de la cazuela y tertulia.
El justiciero pueblo que nos rodeaba, y que en su buen instinto
artístico comprendía el mérito de la obra, protestó contra nuestra
indigna cruzada, y algunos de los más ardientes de la falange se
vieron aporreados de improviso. Lo que tengo más presente es la mala
aventura que ocurrió al alumno de Apolo en aquella breve batalla por
él provocada. Usaba un sombrero trípico de dimensiones harto mayores
que las proporcionadas a su cabeza, y en el momento en que se volvía
para contestar a las injurias de cierto individuo, una mano vigorosa,
cayendo a plomo sobre aquella prenda hiperbólica, se la hundió hasta
que las puntas descansaron sobre los hombros. En esta actitud estuvo el
infeliz manoteando un rato sin ton ni son, incapaz para sacar a luz su
cabeza del tenebroso recinto en que había quedado sepultada.
Por fin, los amigos le sacamos con gran esfuerzo el sombrero, y él
echando espumarajos por la boca, juró tomar venganza tan sangrienta
como pronta; pero no pasó de aquí su furor, porque todos los
circunstantes se reían de él, y a ninguno se dirigió para vengarse.
Le sacamos a la calle, donde se serenó algún tanto, y nos separamos,
prometiendo juntarnos otra vez al día siguiente en el mismo sitio.
Tal fue el estreno de _El sí de las niñas_. Aunque la primera tarde
fuimos derrotados, aún había esperanza de hundir la obra en la segunda
o la tercera representación. Se sabía que el ministro Caballero la
desaprobaba, jurando castigar a su autor, y esto daba esperanza al
partido de los silbantes, que ya veían a Moratín en poder del Santo
Oficio, con coroza de sapos, sambenito y soga al cuello. Pero la
segunda tarde vinieron de un golpe a tierra las ilusiones de los más
ardientes anti-Moratinistas, porque la presencia del Príncipe de la Paz
impuso silencio a las chicharras, y nadie osó formular demostraciones
de desagrado. Desde entonces el autor de _El sí_, a quien se dijo que
la conspiración había sido fraguada en el cuarto de mi ama, interrumpió
la tibia amistad que con esta le unía. La González pagó este desvío con
un cordial aborrecimiento.