Contado este suceso, muy anterior a los que son objeto del presente
libro, empezaré mi narración, la cual irá al compás de ciertos hechos
ocurridos en el otoño de 1807, año que en la mente de los madrileños
quedó marcado con el recuerdo de la famosa conspiración y causa del
Escorial.
No quiero escribir una palabra más, sin daros a conocer a una persona
que desde aquellos días ocupó lugar privilegiado en mi corazón, siendo
a la vez, como se verá por este relato, lección viva de mi existencia,
pues la enseñanza que de su conocimiento me provino contribuyó de un
modo poderoso a formar mi carácter.
Todas las ropas de teatro y de calle que usaba mi ama, eran
confeccionadas por una costurera de la calle de Cañizares, excelente
y honradísima mujer, joven aún, aunque desmejorada por el trabajo,
discreta y afable, en tales términos que por entre la corteza de su
malestar presente parecían distinguirse nacimiento y condición muy
superiores. Esto no era más que apariencia, pero a la citada persona
le pasaba lo contrario de lo que a otros pasa, y es que son nobles sin
parecerlo. Doña Juana, que este era el nombre de aquella santa mujer,
tenía una hija llamada Inés, de quince años de edad, la cual le ayudaba
en sus tareas, con más solicitud de la que podía esperarse de su
delicado organismo y edad temprana.
Enaltecía a esta muchacha, además de las gracias de su persona,
un buen sentido, cual no he visto jamás en criaturas de su mismo
sexo ni aun del nuestro, amaestrado ya por los años. Inés tenía el
don especialísimo de poner todas las cosas en su verdadero lugar,
viéndolas con luz singular y muy clara, concedida a su privilegiado
entendimiento, sin duda para suplir con ella la inferioridad que le
negó la fortuna. No he visto en mi larga vida otra muchacha que a
aquella se asemejase, y estoy seguro de que a muchos parecerá este
tipo invención mía, pues no comprenderán que haya existido, entre las
infinitas hijas de Eva, una tan diferente de las demás. Pero créanlo
bajo mi palabra honrada.
Si ustedes hubieran conocido a Inés, y notado la imperturbable
serenidad de su semblante, imagen del espíritu más tranquilo, más
equilibrado, más claro, más dueño de sí mismo que ha animado el
corporal barro, no pondrían en duda lo que digo. Todo en ella era
sencillez, hasta su hermosura, no a propósito para despertar mundano
entusiasmo amoroso, sino semejante a una de esas figuras simbólicas,
que no están materialmente representadas en ninguna parte; pero que
vemos con los ojos del alma, cuando las ideas agitándose en nuestra
mente, pugnan por vestirse de formas visibles en la oscura región del
cerebro.
Su lenguaje era también la misma sencillez; jamás decía cosa alguna que
no me sorprendiese como la más clara y expresiva verdad. Sus razones,
trayéndome al sentido equitativo y templado de todas las cosas daban
a mi entendimiento un descanso, un aplomo, de que carecía obrando
por sí mismo. Puedo decir, comparando mi espíritu con el de Inés, y
escudriñando la radical diferencia entre uno y otro, que el de ella
tenía un centro y el mío no. El mío divagaba llevado y traído por
impresiones diversas, por sentimientos contradictorios y repentinos:
mis facultades eran como meteoros errantes que tan pronto brillan como
se oscurecen, tan pronto marchan como chocan, según la influencia
recibida de superiores cuerpos; mientras las suyas eran un completo y
armónico sistema planetario, atraído, puesto en movimiento y calentado
por el gran sol de su pura conciencia.
Alguien se burlará de estas indicaciones psicológicas que yo quisiera
fuesen tan exactas como las concibe mi oscura inteligencia; alguien
encontrará digna de risa la presentación de semejante heroína, y harán
mil aspavientos al ver que he querido hacer una irrisoria _Beatrice_
con los materiales de una modistilla; pero estas burlas no me importan
y sigo.
Desde que conocí a Inés, la amé del modo más extraño que pueden
ustedes imaginar: una viva inclinación arrastraba mi corazón hacia
ella: pero esta inclinación era como el culto que tributamos a una
superioridad indiscutible, como la fe que nos ocupa sublimando lo
más noble de nuestro ser; pero dejando siempre libre una parte de él
para las pasiones del mundo. Así es que, sin dejar de ser Inés para
mí la primera de todas las mujeres, yo creía poder amar a otras con
amor apropiado a las circunstancias de cada momento de la vida. Yo he
observado que los que se consagran a un ideal, casi nunca lo hacen
por entero, dejan una parte de sí mismos para el mundo, a que están
unidos aunque solo sea por el suelo que pisan. Hago esta observación
fastidiosa por si contribuye a esclarecer el peculiar estado de mi alma
ante tan noble criatura. ¡Y era una modista, una modistilla! Reíd si os
place.
El tercer individuo de aquella honesta familia era el padre Celestino
Santos del Malvar, hermano del difunto esposo de doña Juana, tío
por lo tanto de Inés, clérigo desde su mocedad, varón simplísimo y
benévolo, pero el más desgraciado de su clase, pues no tenía rentas,
ni capellanía, ni beneficio alguno. Su modestia, su buena fe y su
candor inagotable fueron sin duda parte a tenerle en la miseria por
tanto tiempo; y él, aunque era un gran latino, jamás pudo conseguir
colocación alguna. Pasaba la vida escribiendo memoriales al Príncipe de
la Paz, de quien era paisano y fue allá en la niñez amigo; mas ni el
Príncipe ni nadie le hacía caso.
Cuando Godoy subió al ministerio prometiole una canonjía o ración, y
en la época de este relato hacía catorce años que D. Celestino del
Malvar estaba esperando lo prometido: mas sin que la tardanza del favor
hiciese desmayar su ingenua confianza. Siempre que se le preguntaba,
respondía:
--La semana que viene recibiré el nombramiento: así me lo ha dicho el
oficial de la secretaría.
De este modo pasaron catorce años, y la _semana que viene_ no venía
nunca.
Siempre que yo iba a aquella casa con recados de mi ama, me detenía
todo el tiempo posible, y a ella acudía también en mis ratos de
ocio, gozando mucho en contemplar la apacible existencia de una
familia, cuyos tres individuos tan honda simpatía habían despertado
en mi corazón. Doña Juana y su hija siempre cosiendo, cosiendo con
eterna aguja una tela sin fin. De esto vivían los tres, pues el padre
Celestino, tocando la flauta, haciendo versos latinos, o consumiendo
tinta y papel en larguísimos memoriales, no ganaba más caudal que el de
sus esperanzas, siempre colocadas a interés compuesto.
Nuestras conversaciones eran siempre entretenidas y amenas. Yo les
contaba mi breve historia, y les hacía reír dándoles a conocer
los locos proyectos que imaginaba para lo porvenir. Nos reíamos
discretamente y sin saña de la buena fe de D. Celestino, y este después
de salir a informarse de su asunto, volvía lleno de júbilo, dejaba
sobre una silla el sombrero de teja y el manteo, y restregándose las
manos, decía al sentarse junto a nosotros:
--Ahora sí que va de veras. La semana que entra, sin falta. Me han
dicho que ocurrieron ciertas dilacioncillas; pero ya están vencidas, a
Dios gracias. La semana que entra, sin falta.
Cierto día le dije:
--Usted, D. Celestino, no ha conseguido ya lo que desea, porque es
hombre encogido y no se lanza... pues... no se lanza.
--¿Qué es eso de lanzarse, chiquillo? --me preguntó.
--Pues... a mí me han dicho que hoy conviene pedir veinte para que den
cinco. Además, váyase el mérito con mil demonios: lo que conviene es
tener desvergüenza para meterse en todas partes, buscar la amistad de
personas poderosas; en fin, hacer lo que los demás han hecho para subir
a esos puestos en que son la admiración del mundo.
--¡Ah, Gabriel! --dijo doña Juana--. Tú eres un ambiciosillo a quien
alguien ha trastornado el juicio. Lo que menos crees tú es que te has
de ver por ensalmo en la corte, cubierto de galones y mandando y
disponiendo desde la Secretaría del Despacho.
--Justo y cabal, señora mía --dije yo riendo y atento a lo que
expresaba el semblante de Inés, con quien repetidas veces había hablado
del mismo asunto--. Aunque estoy en el mundo sin padre ni madre, ni
perro que me ladre, yo creo que bien puedo esperar lo que otros han
tenido sin ser más sabios que yo. De menos hizo Dios a Cañete a quien
hizo de un puñete.
--Tú tienes disposición, Gabriel --dijo gravemente D. Celestino--;
y mucho será que de un día para otro no te veamos convertido en
personaje. Entonces no te dignarás hablarnos, ni vendrás a casa;
pero hijo, es preciso que aprendas los clásicos latinos, sin lo
cual no hallarás abierta ninguna de las puertas de la fortuna; y
además te aconsejo que aprendas a tañer la flauta, porque la música
es suavizadora de las costumbres, endulza los ánimos más agrios, y
predispone a la benevolencia para con los que la manejan bien. Y si no,
ahí me tienes a mí, que de seguro nada habría conseguido si de antiguo
no cultivara mi entendimiento en aquellas dos divinísimas artes.
--No echaré en saco roto la advertencia --repuse--, pues todos sabemos
a qué debe su encumbramiento el hombre más poderoso que hay hoy en
España después del Rey.
--¡Calumnias! --exclamó irritado el sacerdote--. Mi paisano, amigo y
mecenas, el señor Príncipe de la Paz, debe su elevación a su gran
mérito, a su sabiduría y tacto político, y no a supuestas habilidades
en la guitarra y en las castañuelas, como dice el estólido vulgo.
--Sea lo que quiera --añadí yo--, lo cierto es que ese hombre, de
humildísimo guardia ha subido a cuanto hay que subir. Bien claro está.
--Pues no dudes que tú harás otro tanto --dijo con ironía doña Juana--.
De hombres se hacen los obispos, como dijo el otro.
--Verdad es --repuse siguiendo la broma--, y juro que he de hacer a D.
Celestino arzobispo de Toledo.
--Alto allá --dijo el clérigo seriamente--. No acepto yo un cargo para
el que me reconozco sin méritos. Bastante tendré yo con una capellanía
de Reyes Nuevos o el arcedianato de Talavera.
Así siguió entre veras y burlas la conversación, hasta que saliendo de
la salita doña Juana y el buen presbítero, nos dejaron solos a Inés y a
mí.
--Cómo se ríen de mis proyectos, niñita mía --le dije--. Pero tú
comprenderás que un muchacho como yo no debe contentarse con servir
a cómicos por toda su vida. A ver: de todo lo que yo puedo ser, Dios
mediante, ¿qué te gusta más? Escoge: ¿te gustaría que fuese capitán
general, príncipe coronado, con vasallos y ejército, señor de muchas
tierras, primer ministro que quite y ponga los empleados a su antojo,
obispo?... No, obispo no, porque entonces no podría casarme contigo,
para hacerte llevar en carroza de doce caballos...
Inés se puso a reír, como quien oye un cuento de esos cuyo chiste
consiste en la magnitud de lo absurdo.
--Ríete de mí, pero contesta: ¿qué quieres más?
--Lo que quiero --dijo con dulce voz y suspendiendo la costura--, es
verte general, primer ministro, gran duque, emperador o arzobispo; pero
de tal modo que cuando te acuestes por la noche en tu colchoncito de
plumas puedas decir: hoy no he hecho mal a nadie ni nadie ha muerto por
mi causa.
--Pero, reinita --dije yo interesándome más cada vez en aquel
coloquio--, si llego a ser eso que dices (pues bien podría suceder),
¿qué importa que mueran por mí o por el bien del Estado tres o cuatro
prójimos que nada significan en el mundo?
--Bueno --repuso ella--, pero que los maten otros. Si tú llegas a ser
eso que has dicho, y para mantenerte en un puesto que no mereces,
necesitas sacrificar a muchos desgraciados, buen provecho te haga.
--¡Qué escrupulosa eres, Inesilla! --dije--. Si te hiciera caso, mi
vida se encerraría entre cuatro paredes. ¿Qué es eso de sacrificar
desgraciados? Yo voy a mi negocio, y los demás... como yo no he de
matar a nadie. Y sobre todo, si hago daño a alguno serán tantos los
que reciban beneficios de mi mano, que todo quedará compensado, y mi
conciencia en santa paz. Veo que tú no te entusiasmas como yo, ni
piensas lo que yo pienso. ¿Quieres que te sea franco? Pues oye. A mí se
me ha metido en la cabeza que cuando tenga más años, he de ocupar una
posición... qué sé yo... me mareo pensando en esto. No te puedo decir
ni cómo he de llegar a ella, ni quién me dará la mano para subir de un
salto tantos escalones; pero ello es que yo cavilo en esto, y me figuro
que ya me estoy viendo elevado a la más alta dignidad por una dama
poderosa que me haga su secretario, o por un joven que me crea listo
para ayudarle en sus asuntos...; no te enfades, chiquilla, que cuando
tales cosas se ocurren y uno tiene la cabeza llena a todas horas de los
mismos pensamientos, al fin tiene que salir cierto, como este es día.
Inés no se enfadaba, sino que reía. Después, marcando con su aguja el
compás gramatical de su discurso, me dijo:
--Pues mira: si tú hubieras nacido en cuna de príncipes, no te digo
que no. Pero has de saber que si tú, que eres un pobrecillo hijo de
pescadores y no tienes más ciencia que leer mal y escribir peor, llegas
a ser hombre ilustre y poderoso, no porque saques talento y sabiduría,
sino porque a una señora caprichosa o a un vejete rico se le ocurra
protegerte, como otros muchos de quienes cuentan maravillas; has de
saber, digo, que tan fácilmente como subas volverás a caer, y hasta los
sapos se reirán de ti.
--Eso será lo que Dios quiera --respondí--. Caeremos o no, pues aunque
ignorantes, no nos faltará nuestra gramática parda.
--¡Qué necio eres! Mira: a mí me han dicho... no, nadie me lo ha dicho:
pero lo sé... que en el mundo al fin y al cabo, pasa siempre lo que
debe pasar.
--Reinita --dije--, en eso te equivocas, porque nosotros deberíamos ser
ricos, y no lo somos.
--Todos creerán lo mismo, hijito, y es preciso que alguno esté
equivocado. Pues bien: todas las cosas del mundo concluyen siempre como
deben concluir. No sé si me explico.
--Sí, te entiendo.
--A mí me han dicho... no, no me lo han dicho: lo sé desde hace mil
años...: yo sé que en el mundo todo lo que pasa es según la ley...,
porque chiquillo, las cosas no pasan porque a ellas les da la gana,
sino porque así está dispuesto. Las aves vuelan y los gusanos se
arrastran, y las piedras se están quietas, y el sol alumbra, y las
flores huelen, y los ríos corren hacia abajo y el humo hacia arriba,
porque así es su regla... ¿me entiendes?
--Lo que es eso todos lo sabemos --respondí menospreciando la ciencia
de Inesilla.
--Bien, muchacho --continuó la profesora--: ¿crees tú que una tortuga
puede volar, aunque esté meneando toda la vida sus torpes patas?
--No, seguramente.
--Pues tú pensando en ser hombre ilustre y poderoso, sin ser noble, ni
rico, ni sabio, eres como una tortuga que se empeñara en subir volando
al pico más alto de Guadarrama.
--Pero, reinita y emperatriz --dije yo--, si no pienso subir solo, sino
que pienso encontrar, como otros que yo me sé, una personita que me
suba en un periquete. Hazme el favor de decirme cuál era la sabiduría y
la riqueza _del otro_, cuando le hicieron duque y generalísimo.
--Pero, señor duquillo --contestó ella jovialmente--, si esa personita
le sube a usted, será como si un águila o buitre cogiera por su concha
a la tortuga para llevársela por los aires. Sí, te levantará; pero
cuando estés arriba, el pájaro no va a estarse toda la vida con tanto
peso en las alas, te dirá: «Ahora, niño mío, mantente solo.» Tú moverás
las patucas; pero como no tienes alas, ¡pataplús! caerás en el suelo
haciéndote mil pedazos.
--¡Qué tonta eres! --dije con petulancia--. Eso pasa en las cosas que
se ven y se tocan; pero chica, lo que se piensa y lo que se siente es
otro mundo aparte. ¿Qué tiene que ver una cosa con otra?
--Estás lucido, sí --repuso Inés--. Todo debe ser así mismamente.
Cuando tú quieres a una persona o cuando la aborreces, no es porque se
te antoje. ¡Ah! chico: el corazón tiene también... pues... su ley, y
todo lo que pensamos con nuestra cabecita, va según lo que debe ser y
está mandado.
--Pero di, chiquilla, ¿de dónde sabes tú todo eso? --le pregunté.
--¿Pero esto es saber? --respondió con naturalidad--. Pues esto lo
sabes tú y todos. De veras te digo que se me ocurrió cuando estabas
hablando, y que jamás había pensado en tales cosas.
--¡Picarona! Cuando menos, tienes escondido un rimero de libros, con
los cuales te vas a hacer doctora por Salamanca.
--No, hijito, no he leído más libros, fuera de los de devoción, que
_Don Quijote de la Mancha_. ¿Ves? A ti te va a pasar algo de lo de
aquel buen señor: solo que aquel tenía alas para volar, ¡pobrecillo! lo
que le faltaba era aire en que moverlas.
Inesilla no dijo más. Yo callé también, porque a pesar de mi
petulancia, no pude menos de comprender que las palabras de mi amiga
encerraban profundo sentido. ¡Y la que así hablaba era una modista, una
modistilla! _Ridete cives._
--Lo que yo sé --dije al fin sintiendo en mí un vivo arrebato de
afecto--, es que te quiero, que te amo, que te adoro, que me subyugas
y me dominas como a un papanatas, que eres una divinidad, y que juro
no hacer cosa alguna sin consultarte. Adiós, reinita: mañana te diré
lo que se me ocurra esta noche. Quién sabe, quién sabe si llegaremos a
ser... ¿Por qué no? Es preciso estar dispuesto, porque la escalera de
los honores es penosa, y si uno se rompe la crisma, como dices...
--Siempre quedará la del cielo --dijo inclinando otra vez la cabeza
sobre la costura.
--Tienes cosas que me hacen estremecer. Adiós, Inesilla, luz y
pensamiento mío.
Dicho esto, me despedí de ella y salí. Al abandonar la casa la sentí
cantar, y su armoniosa voz se mezclaba en extraña disonancia con los
ecos de la flauta que tañía en lo interior de la morada D. Celestino.
Siempre que salía de allí, mi espíritu experimentaba un reposo, una
estabilidad, no sé cómo expresarlo, una frescura, que luego destruía el
trato con personas de diversa condición. De esto hablaré enseguida; mas
ante todo me cumple manifestar que Inesilla tenía razón al burlarse de
mis locos proyectos. Es el caso que como a todas horas oía hablar de
personajes nulos, a quienes el cortesano favor elevó a honrosas alturas
sin mérito alguno, se me antojó que la Providencia me reservaba, como
en compensación de mi orfandad y pobreza, una de aquellas repentinas
y escandalosas mudanzas que por entonces ocurrían en nuestra España;
y de tal modo se encajó en mi cerebro semejante idea, que llegó a ser
artículo de fe. Me hallaba, por más señas, en la edad en que somos
tontos. No todos poseen el don de saber las cosas _desde hace mil
años_, como Inesilla.
Ahora verán ustedes la serie de circunstancias que llevaron mi necia
credulidad al último extremo. Para esto tengo que dar a conocer a otras
personas, a quienes espero recibirá el lector con gusto. Hablemos,
pues, de teatros.