_EUROPA ROBADA POR UN TORO._
Dexa la tierra, nombrada de Palas,[181] el nieto de Atlante, despues
de haber castigado aquellas palabras y ánimo sacrílego, y batiendo
sus alas, entra por fin en el cielo. Llámale á parte su padre,[182]
y sin confesarle la causa de su amor: „hijo, le dice, fiel ministro
de mis órdenes, no te detengas; y baxando con la ligereza que te es
propia, camina á la provincia de Sidonia, y conduce á la ribera del
mar una torada real, que verás paciendo en los montes.” Dicho esto,
inmediatamente conduxo el ganado á las orillas que se le habian
prescrito, y en las que acostumbraba divertirse la hija del gran Rey
Agenor, acompañada de muchas jóvenes Fenicias. No se concilian bien,
ni pueden de ordinario estar en un mismo sugeto la magestad y el amor.
Aquel padre y rector de los Dioses, cuya diestra está armada de rayos,
y á cuya voluntad se estremece todo, toma la figura de toro, y mezclado
con los novillos, berrea, y se pasea hermoso por la tierna yerba.
[Ilustración: (38) Júpiter transformado en toro roba á Europa y la
lleva á la Isla de Creta.]
Su color era tan blanco como la nieve, á la que ni ha manchado el
duro pie, ni derretido el húmedo austro. El cuello sobresale con los
hermosos músculos; cuelga de la garganta la papada: sus cuernos, aunque
pequeños, parecian hechos á torno, y mas lucidos que una pura piedra
preciosa. Ningun ayre amenazador se observaba en su frente, ni sus ojos
eran crueles; la paz habitaba en su semblante. Se admira la hija de
Agenor de su hermosura, y de verle tan pacífico y manso; pero temia al
principio tocarle, aunque le veia tan dócil: mas ya despues se acerca,
y presenta flores á su blanca boca. Se regocija el amante, y esperando
el complemento de su voluptuosidad, besa sus manos: ¡ah! ¡ah! ¡con qué
dificultad difiere sus intentos! Ya se divierte con su amada, y salta
regocijado en la verde yerba: ya se echa de espaldas en la refulgente
arena; y perdiendo poco á poco el miedo, unas veces presenta su pecho
para que lo palpen aquellas manos virginales, otras los cuernos, para
que los entreteja con nuevas guirnaldas. Atrevióse tambien la real
doncella, no sabiendo á quien oprimia, á subir á las espaldas del
toro; y entónces, dexando el Dios poco á poco la tierra y seca ribera,
introduce sus mentidos pies en las aguas. De allí pasa mas adelante,
y lleva la presa por medio de las olas. Se llena ella de temor; y
viéndose robada, vuelve la vista á la playa que habia dexado, asiéndose
con una mano al cuerno, y con la otra á la espalda; y sus vestidos se
arrugan tremolados del viento.