FÁBULA III.

_LAS HERMANAS DE FAETON TRANSFORMADAS EN ÁRBOLES, Y CICNO EN CISNE._

Las Ninfas de la Hesperia[125] dan sepultura al cuerpo, que aun humeaba

con la llama de tres puntas, entallando en su sepulcro este epitafio.

AQUÍ YACE FAETON, COCHERO DEL CARRO DE SU PADRE, QUE AUNQUE NO LE

RIGIÓ CON FELICIDAD, LO EMPRENDIÓ SIN EMBARGO CON ARROGANCIA JUVENIL.

Entre tanto su miserable padre habia inundado su rostro con el triste

llanto;[126] y si se ha de creer la tradicion, no hubo sol un dia, y el

mismo incendio sirvió de luz al mundo, hallándose de este modo alguna

utilidad en medio de tanta desolacion. Pero Climene,[127] despues de

prorumpir en todo lo que es propio de una madre sitiada de semejantes

penas, recorre todo el mundo, llorosa, loca, rasgando sus vestidos

y seno. Buscaba primeramente los miembros muertos de su hijo, y

despues eran sus cuidados los huesos, que halló por último casualmente

sepultados en tierra extraña. Sentóse en aquel sitio, y leyendo el

nombre que estaba grabado en el mármol, le regó con sus lágrimas,

calentándole despues con su desnudo pecho. Lúgubres llantos tributan á

la muerte tambien las Heliadas;[128] consolándose de este modo vana é

inútilmente, é hiriéndose el pecho con las manos, llaman de dia y noche

á Faeton, que ya no puede escuchar sus compasivas quejas, y permanecen

postradas sobre su sepulcro. Quatro veces habia iluminado la luna toda

su redondez, uniendo sus puntas brilladoras,[129] y ellas continuaban

sus lamentos (pues el uso se habia trocado ya en naturaleza) quando

Faetusa, que era la mayor de las hermanas, queriendo sentarse en

tierra, se quejó de habérsele endurecido los pies. Fué detenida, al ir

á socorrerla la blanca Lampecia, con raices nacidas repentinamente; la

tercera arranca hojas con sus manos, quando solo intentaba arrancarse

los cabellos. Una se queja de que sus piernas se transforman en

troncos: otra de que sus brazos se vuelven ramas; y miéntras estan

admiradas con este prodigio, empiezan á cubrirse los muslos de corteza,

que por grados ocupa el vientre, pecho, hombros y manos; solo les

falta por cubrir la boca con que llaman á su madre. ¿Pero qué habia de

hacer esta desdichada sino discurrir por acá y acullá como una loca, y

miéntras puede, juntar sus labios amorosos con los de las hijas? No se

contenta con esto, se empeña en arrancar sus cuerpos de las raices, y

dividir con las manos las tiernas ramas; pero en vano, porque manan de

ellas gotas de sangre, como de una herida. No hagas eso, madre, claman

ellas heridas. Madre, rogámoste no lo hagas, porque nuestro cuerpo es

despedazado en el árbol con los esfuerzos que haces. Quédate ya con

Dios. Á estas últimas palabras acabó de cubrirse su boca con corteza.

Corren lágrimas de estos árboles;[130] y el ámbar,[131] que destilan

sus ramas, se endurece con el sol; la cristalina corriente le recibe,

y lleva para uso de las matronas Romanas.

Presenció este prodigio Cicno, hijo de Esteneleo, quien, aunque estaba

unido á Faeton, por el parentesco materno, lo estuvo mas por la

amistad. Este Príncipe, Señor de muchas poblaciones de Liguria,[132]

y de populosas ciudades, dexando sus Estados, se fué á las riberas

del Erídano, y las llenaba de quejas, como igualmente á las selvas

aumentadas por las hermanas de Faeton, quando la voz se le disminuye,

y sus cabellos se le mudan en blancas plumas; del pecho le sale el

cuello largo, y la juntura liga á los roxos dedos; y un pico redondo

ocupa la boca; en una palabra, Cicno se transforma en cisne, ave nueva;

pero acordándose del fuego, que tan injustamente arrojó Júpiter, no

mira al cielo, ni á aquel; habita los estanques y espaciosos lagos,

eligiendo por su morada á los rios, cosa contraria al fuego, que tanto

aborrecia.[133]

Entre tanto Febo, desaliñado y privado de su hermosura, como quando

se ve eclipsado, se aborrece á sí mismo, á la luz y al dia: se

entrega á la tristeza; con ésta aumenta su ira, y no quiere alumbrar

al mundo: bastante, dice, he trabajado desde el principio de él,

y estoy pesaroso de un no interrumpido trabajo, que no me sirve de

honor. Gobierne qualquiera otro el carro que lleva la luz; y si no hay

ninguno, y confiesan todos los Dioses que no pueden, gobiérnele el

mismo Júpiter, para que á lo ménos, y miéntras maneja mis riendas, dexe

los rayos, que han de privar á los padres de los hijos. Pues quando vea

por la experiencia el ímpetu de los ardientes caballos, conocerá que no

fué digno de muerte el que no los gobernó bien. Á estas palabras rodean

al sol todos los Dioses, y con rendidas voces le suplican no quiera

introducir en el mundo las tinieblas. Tambien Júpiter se disculpa de

haber arrojado el rayo, é imperiosamente añade las amenazas á los

ruegos. El Sol recoge los caballos furiosos, y aun sobresaltados del

terror, y castigándolos con la espuela y el látigo, se enfurece, y les

da en rostro con la suerte desventurada de su hijo, imputándoles su

muerte.

Metamorfóseos o Transformaciones (1 de 4) · 第 76 / 101 题