FÁBULA PRIMERA.

_FAETON SUBE AL PALACIO DEL SOL, Y CONSIGUE GOBERNAR SU CARRO POR UN

DIA._

El palacio del Sol era elevado por sus altas colunas, insigne por

el oro que brillaba en él por todas partes, y por el carbunclo que

centelleaba. Su techo estaba cubierto de marfil bruñido, y las

puertas resplandecian con el brillo de la plata: la obra excedia á

la preciosidad de la materia; porque Vulcano[78] habia esculpido en

ella los mares que rodean la mitad de la tierra; la redondez de esta,

y el cielo que la sirve de bóveda; en el agua estaban cinceladas sus

divinidades; el sonoro Triton;[79] el desconocido Proteo;[80] Egeon[81]

oprimiendo con sus brazos monstruosas ballenas; Doris[82] con sus

hijas, unas nadando, otras sentadas en las rocas como enxugando sus

mojados cabellos, y otras conducidas por los mismos peces. Estas

Ninfas no tienen el mismo semblante, aunque no es tan desemejante que

no se las pueda conocer por hermanas. La tierra tenia de relieve los

hombres, ciudades, selvas, fieras, rios, Ninfas y demas Deidades del

campo. Sobre todo esto estaba puesta la brillante esfera del cielo y

los doce signos del Zodiaco,[83] seis á las puertas de la derecha, y

seis á las de la izquierda. Luego que Faeton llegó al palacio por un

árduo camino, y entró en la casa de su dudoso padre, inmediatamente

se dirige á su presencia; bien que se quedó algo distante porque no

podia sufrir mas de cerca su resplandor. Estaba sentado Febo, vestido

de púrpura, sobre un trono resplandeciente con brillantes esmeraldas:

tenia á sus costados los dias, los meses, los años, los siglos, y las

horas dispuestas á igual distancia. La Primavera estaba allí coronada

de flores: el Estío desnudo con corona de espigas: el Otoño sucio

en accion de pisar las uvas; y el erizado Invierno con su cabellera

plateada. El Sol, colocado en medio de esta corte, vió con aquellos

ojos con que todo lo registra al jóven Faeton, que estaba atónito con

la novedad de todas aquellas maravillas, y le dice: „¿Qual es la causa

de tu venida? ¿Qué buscas en este alcázar, Faeton, hijo querido de tu

amante padre? ¡Ó luz comun de todo el mundo! responde el jóven: ¡ó

padre Febo! si me permites usar de este nombre, y si Climene no oculta

su culpa con mentidas apariencias, te suplico me des pruebas seguras

que hagan conocer á todo el universo que soy tu hijo, y desvanece

esta duda de mi corazon.” Habia dicho esto el jóven, quando el padre,

deponiendo los resplandecientes rayos que rodeaban su cabeza, le mandó

acercarse mas, y abrazándole: „No mereces, le dice, que yo niegue que

eres mi hijo: Climene te ha dicho tu verdadero nacimiento; y para

que no te quede duda alguna, pídeme la gracia que quieras, seguro de

conseguirla: y tú, formidable laguna,[84] por quien juran los Dioses,

y que mis rayos jamas han descubierto, sé testigo de mis promesas.”

Apénas habia acabado de hacer este juramento, quando Faeton le pide

que le permita manejar su carro, el mando y señorío de los alados

caballos por solo un dia. Se arrepintio el padre de haber jurado; y

moviendo tres y quatro veces la venerable cabeza, dixo; „He sido un

temerario en concederte lo que me has pedido. ¡Oxalá pudiese no cumplir

lo prometido! lo confieso, hijo: esto solo te negaria; pero aun me es

permitido disuadirte. Tu deseo es arriesgado: grandes cosas pides,

Faeton; y unos dones superiores á tus fuerzas y á tus cortos años.

Tu condicion es mortal; lo que deseas es permanente;[85] é ignorante

solicitas lo que no es permitido á los Dioses mismos conseguir.

Estos podrán confiar de sí mismos quanto quieran; pero el conducir

el ardiente carro que alumbra al mundo, está reservado á mí solo. El

mismo Júpiter, siendo el que gobierna todo el universo, y que arroja

los rayos con su terrible diestra, no le podrá manejar; ¿y quién es

superior á Júpiter? Es tan áspero el principio del camino, que aun

á mis caballos, quando salen de refresco por la mañana,[86] les es

dificultoso superarlo; y es altísima la bóveda del cielo, desde donde

me da miedo muchas veces mirar á la tierra y al mar, y me palpita el

corazon de sobresalto. El fin de la jornada está cuesta abaxo, y por

esta causa se necesita de un mas diestro y especial manejo; y este

peligro es tan grande que aun la misma Tetis,[87] que me recibe en

sus ondas,[88] suele temer no me precipite. Á todo esto has de juntar

el continuo movimiento con que el cielo es arrebatado, y arrastrando

consigo las mas altas estrellas[89] las hace dar vuelta aceleradamente:

yo, aunque con algun esfuerzo, tomo un movimiento contrario, y no me

lleva tras sí el ímpetu que á los demas; ántes bien hago un rumbo del

todo opuesto á la rapidez del orbe. Figúrate que te he confiado la

direccion de mi carro; ¿qué harás? ¿Tendrás fuerzas para resistir á los

volubles polos,[90] y evitar que te arrebate su precipitado exe?[91]

¿Acaso imaginas, que hallarás en este camino bosques, ciudades, casas

y templos? No es así, porque el camino está lleno de asechanzas, y de

figuras de horribles fieras. Y aunque sigas el camino sin extraviarte,

es forzoso que pases por entre los cuernos del contrapuesto Toro, por

los arcos Hemonios,[92], por la boca del furioso Leon, por entre el

Escorpion, que encorva sus nocivos brazos ocupando un largo espacio,

y por el Cancer, que tuerce los suyos de distinta manera. Por otra

parte no será fácil que tú puedas gobernar mis fogosos caballos, que

siempre ardientes arrojan fuego por boca y narices. Apénas se sujetan

á mí quando llegan á acalorarse, y se resisten al freno. Así que, hijo

mio, no pretendas que yo te conceda una gracia tan perjudicial: muda de

designio, supuesto que aun tienes tiempo. Tú me pides señales ciertas

que te aseguren ser mi hijo; no puedo darte otras mas infalibles que

el temor que me inspira el riesgo á que quieres exponerte. Con un

temor paternal te pruebo ser tu padre. Mira, observa mi semblante; ¡y

oxalá que pudiesen tus ojos penetrar mi corazon, para que vieses en

su interior los sobresaltos paternales! Por último, hijo mio, exâmina

todo lo mas exquisito que hay en el mundo, y pide lo mas apreciable

que en sí contienen la tierra, el mar, y el mismo cielo, seguro de

obtenerlo; solo una cosa te prevengo, y es que esto mas seguramente es

castigo que honor: una pena pides por gracia, Faeton. ¡Ah! ¿para qué

me abrazas con tanto cariño, ignorante? Tendrás lo que pides, no lo

dudes; lo he jurado por la Estigia; pero tú, hijo mio, sé mas cuerdo

en tus peticiones.” Con esto dexó de reconvenirle; pero Faeton no mudó

por lo tanto de resolucion; y oponiéndose á todas las razones de su

padre, se mantiene en su propósito, y arde en deseos de conducir el

carro. El padre, pues, deteniéndose quanto pudo, lleva á su hijo al

sitio en donde estaba el carro, que era obra de las manos de Vulcano.

El exe, la lanza y las ruedas eran de oro, y los rayos de plata: los

crisólitos y piedras preciosas colocadas con simetría, daban nuevo

resplandor al reflexo de Febo. Miéntras se admira de todo el animoso

Faeton, y registra aquella magnífica obra, he aquí que la vigilante

Aurora abre las purpúreas puertas del Oriente, y sus atrios sembrados

de rosas.[93] Desaparecen las estrellas[94] que recogió el lucero de

Vénus,[95] retirándose el último. Pero el Sol, viendo que la tierra y

el mundo se ponian roxos, y que la Luna se iba retirando, mandó á las

veloces horas[96] que unciesen los caballos. Lo executan prontamente

las Diosas, y sacan de los altos pesebres á estos exhalando fuego,

satisfechos de ambrosía, y les ponen los frenos resonantes. Entónces

el padre ungió el rostro de su hijo con sagrado ungüento, llenándole

de fortaleza, para que no le incomodasen las llamas; ciñó su cabeza

con los rayos; y repitiendo en su solícito pecho muchos suspiros, como

presagios del llanto, le habló de esta manera: „Si puedes someterte á

lo ménos ya á los últimos consejos de tu padre, no uses ¡ó jóven! de

espuelas; maneja fuertemente las bridas, porque ellos por sí mismos se

adelantan; la dificultad consiste en refrenar su fogosidad. No camines

por alguna de las cinco zonas[97] por estar derechas; hay allí una

senda obliqua[98] cercada de tres círculos, y que se aparta de los

polos Árctico y Antárctico, que está junto al Aquilon. Por ella has de

ir, como podrás observarlo en las señales que las ruedas han dexado

estampadas. Y para que el cielo y la tierra participen igualmente del

calor, es necesario que ni baxes ni subas demasiado el carro. Haciendo

lo primero quemarás el cielo, y con lo segundo abrasarás la tierra:

irás mas seguro por el camino del medio; y para que ni la rueda de la

derecha te lleve hácia el dragon torcido,[99] ni la de la izquierda te

guie á la ara oprimida,[100] camina entre estas dos constelaciones.

Todo lo demas lo dexo á la fortuna, la que te deseo favorable: y quiero

que tenga mas cuenta contigo, que tú la tienes de tu propia persona.

Pero miéntras hablo, la noche ha terminado su carrera en la playa

Hesperia;[101] no puedo detenerme mas, porque soy llamado. La Aurora

resplandece ya, disipadas las tinieblas: toma las riendas en la mano;

y si aun tu corazon puede mudarse, prefiere mis sabios consejos al

deseo de conducir mi carro; todavía puedes, y aun te hallas en lugar

seguro, y puesto que no oprimes los exes, que temerariamente deseas,

dexa que yo alumbre la tierra, que tú puedes mirar seguro.” Faeton,

sin escuchar las advertencias de su padre, ocupa el carro, ligero con

un cuerpo tan liviano; se sienta en él, y gozoso de tomar las riendas

en la mano, le da gracias de un favor que contra su voluntad le habia

concedido.

Entre tanto los quatro alados caballos del Sol, Piroó, Eóo, Eton y

Flegon, llenan el ayre de ardientes relinchos, é inquietos sacuden

con los pies el pavimento de las caballerizas. Luego que los arrojó

Tetis, sin prever la triste suerte de su nieto, y se manifestó todo

el universo, tomáron velozmente el camino, y moviendo sus pies por

los ayres, separan las nieblas que se les oponian; y sostenidos de

las alas, pasan los Euros,[102] que nacian de la misma parte. Pero la

carga era demasiado ligera, tanto que los caballos del Sol no la podian

sentir, por carecer del yugo de su acostumbrado peso; y á la manera que

las corvas naves, que no tienen el lastre suficiente, andan vacilantes

por las olas, del mismo modo salta en el ayre el carro, falto de la

acostumbrada carga, y se levanta en alto como si estuviera vacío. Luego

que los caballos sintiéron esto, saltan y dexan el camino ordinario,

corriendo desordenadamente. Se atemoriza Faeton; desconoce el manejo

de las riendas que le habia entregado su padre, y el camino por donde

debia guiarles, y aun quando lo supiera, no sabia como gobernarles.

Entónces se abrasáron primeramente los helados Triones,[103] y tentáron

en vano sumergirse en el Océano, donde no les es permitido entrar; y

el Dragon, vecino al helado polo,[104] siempre entorpecido de frio,

y á quien nadie habia jamas temido, sintió los efectos del calor, y

se enfureció con sus ardores. Dicen que tú tambien huistes turbado,

Bóotes,[105] aunque eras tardo, y tu carro te detenia. Luego, pues,

que el infeliz Faeton vió desde el alto cielo la tierra, descubierta

por una y otra parte, se explayó en su rostro la palidez, y de repente

empezáron á temblarle sus rodillas, y á cubrirle sus ojos las

tinieblas nacidas de tanta luz.[106] Ya quisiera no haber tocado los

caballos de su padre; ya le pesa haberle conocido, y haber alcanzado

lo que le pidió; y ya finalmente quisiera llamarse hijo de Merope. Es

llevado así como la nave arrebatada del furioso Boreas, cuyo piloto

ha desamparado el timon, dexándola encomendada á los ruegos y á los

Dioses. ¿Qué haria en tal situacion? Mucha parte del cielo dexaba ya

á las espaldas; pero era mayor la que tenia ante los ojos; mide en su

interior estos dos espacios: unas veces mira al ocaso, adonde no le

permiten llegar los Hados, otras, por último, mira al Oriente; y sin

saber que hacer, se pasma, no suelta las riendas, ni puede refrenarlas,

ni se acuerda de los nombres de los caballos; y ve tambien, trémulo,

cosas estupendas á cada paso esparcidas por el cielo, y los simulacros

de las grandes fieras.

Hay un lugar donde el Escorpion[107] doblega sus brazos en dos arcos

semejantes, y los extiende por todo el espacio de dos signos[108]

que forma, encorvando la cola y brazos por una y otra parte. Quando

el jóven Faeton vió á este monstruo cubierto del negro veneno que

exhalaba, y que amenazaba herirle con la punta de la cola, perdió

enteramente el sentido, y afloxó las riendas con un frio temor; luego

que estas tocáron las anchurosas espaldas de los caballos, se separan;

y viéndose sin conductor, se van por los vientos de desconocida region:

se precipitan desordenadamente por donde el ímpetu los lleva; y se

remontan hasta las estrellas, que estan fixadas debaxo del alto cielo,

arrebatando por extravíos al carro: unas veces caminan por las alturas,

otras por lugares baxos y caminos pendientes, ó mas inmediatos á la

tierra. La Luna se admira de ver correr los caballos de su hermano por

el orbe inferior al suyo, y las nubes abrasadas empiezan á despedir

humo. La tierra mas encumbrada se quema con las llamas, y dividida,

hace aberturas, secándose con la falta de humedad. Los pastos se ponen

roxos, los árboles se queman con sus hojas, y las áridas mieses dan

materia á su daño; pero todo esto es nada. Las ciudades perecen con sus

muros, y el incendio reduce á cenizas todas las gentes con sus pueblos:

arden las selvas y montes: arde el Atos, el Tauro de Cilicia, el Tmolo,

el Oeta, el monte Ida, ahora seco, y ántes célebre por sus fuentes; el

virgíneo Helicon, el Hemo, que aun no habia visto á Orfeo.[109] Arde

inmensamente el Etna[110] con el fuego interior y exterior, el Parnaso

con sus dos cumbres, el Erix, el Cintio y el Otris; el Rodope, que vió

entónces derretirse sus nieves, el Mimas, el Didimo, el Micale y el

Citeron, hecho para los sacrificios. De nada sirven á la Escitia sus

frios: arde el Cáucaso y el Osa con el Pindo, arde el Olimpo, superior

á entrambos, los encumbrados Alpes, y el Apenino cubierto de nubes.

Entónces mira Faeton al universo encendido por todas partes: no puede

sufrir tanto ardor; percibe con el aliento el aura encendida como

quando sale de un profundo horno; siente que su carro se quema; ya no

puede resistir las cenizas y pavesas que saltaban de todas partes; ya

se halla rodeado de ardiente humo; y cubierto de una negra obscuridad,

no sabe donde está, ó adonde vaya, y es arrebatado al arbitrio de los

alados caballos. Creese que los pueblos de los Etíopes traen el color

negro de la sangre que entónces salió á la superficie del cuerpo.

Entónces fué tambien quando la Libia se volvió árida, consumida su

humedad con el calor, y las Ninfas, con los cabellos sueltos, lloráron

la pérdida de las fuentes y lagos. La Beocia lamentó á Dirce, Argos á

Antimon, Corinto á las ondas Pirenidas. Tampoco los rios, que lográron

riberas distantes de este sitio, quedan exêntos: humeó el Tanais

en medio de sus aguas, el viejo Penéo, el Teutrantéo, el Caico, el

ligero Ismeno y el Erimanto, como igualmente Xanto,[111] que habia

de arder segunda vez. El roxo Licormas, el Meandro, que se divierte

en las torcidas ondas, el Melas, que corre en Mygdonia, el Eurotas,

vecino del Tenario, el Eufrates,[112] que atraviesa por Babilonia;

ardió el Oroste, el ligero Termedon, el Ganges,[113] el Fasis y el

Danubio. Hierve Alseo, arden las riberas del Esperquio, y con el fuego

corre el oro que el Tajo[114] arrastra en sus arenas. Se quemáron en

el Caistro los cisnes, que con su dulce canto habian hecho célebre

las riberas Meonias. Huye amedrentado el Nilo á las extremidades del

mundo, y ocultó su cabeza, que aun ahora se desconoce.[115] Sus siete

bocas quedáron reducidas á siete valles secos, y llenos de polvo. Toca

la misma suerte al Hebro y Estrymon,[116] que riegan la Tracia, y á

los rios occidentales, Rhin,[117] Ródano, Po y Tibre, á quien se le

habia concedido el imperio del mundo.[118] Es hendida la tierra por

todas partes; y la luz que penetró por las brechas que abrió hasta

los infiernos, amedrenta á Pluton y Proserpina. El mar se estrecha,

y se hace un campo de arena lo que poco ántes era agua: los montes,

que cubrian las olas, se viéron entónces, y aumentáron el número de

las apartadas Cicladas.[119] Se van á lo profundo los peces: y no se

atreven los delfines á levantarse á los vientos sobre la superficie del

mar, como acostumbraban. Nadan exânimes sobre las aguas los cuerpos

de las Focas.[120] Aseguran tambien que aun el mismo Nereo, Doris, y

sus hijas, se escondiéron en los cálidos retretes. Y que Neptuno, con

cruel semblante, tres veces intentó sacar los brazos de las aguas, y

otras tantas el ardor del ayre le obligó á esconderlos.

No obstante la sagrada Tierra, como estaba rodeada del mar entre las

aguas del Piélago, y las fuentes que se habian congregado de todas

partes para ocultarse en su seno, levantó seca hasta el cuello su

cabeza, que tan fecunda era en otro tiempo: se puso la mano en la

frente, é infundiendo en todas las cosas un horroroso temblor, se

sentó un poco, y se halló mas abaxo de lo que solia estar, y con voz

santa habló de este modo: „Si esta es tu voluntad, supremo Dios, y

yo lo he merecido; ¿para qué cesan tus rayos? Permítaseme, si he de

perecer á la fuerza del fuego, que perezca con el tuyo, y aliviaré

mi desgracia, recibiéndola de mano de mi Autor.” Apénas pudo abrir

la boca para articular estas solas palabras, porque el calor habia

desecado sus fauces. „Mira mis cabellos tostados, mis ojos cubiertos

de humo, y mi rostro de cenizas. ¿Es este el fruto que espero? ¿Esta

recompensa me das en premio de mi fertilidad, y del servicio que hago

en sufrir las hendiduras que me hace el corvo arado y los rastrillos,

viéndome combatida todo el año? Esta es la recompensa de suministrar

pastos á las bestias, al hombre frutos, y alimentos suaves, y á

vosotros el incienso. Haya yo merecido en hora buena esta destruccion;

pero ¿en qué la han merecido las aguas? ¿en qué mi hermano?[121]

¿Por qué se disminuyen los mares que le tocáron en suerte, y estan

mas distantes del cielo? Pero si no te conmovemos mi hermano y yo, á

lo ménos compadécete de tu cielo. Mira á una y otra parte, y verás

humear ámbos polos; y si el fuego llegare á apoderarse de ellos,

vendrá á ser reducido á ceniza tu mismo palacio. Mira padecer al mismo

Atlante,[122] y que apénas puede sostener en sus hombros el ardiente

cielo. Si perecen el mar, la tierra y los cielos, serémos confundidos

en el antiguo caos: si ha quedado aun alguna cosa, líbrala de las

llamas, y mira por el universo.” Este fué el discurso de la Tierra; y

no pudiendo resistir mas el calor, ni seguir hablando, ocultó su cabeza

en su centro hasta llegar á las cavernas mas inmediatas al profundo

infierno.

[Ilustración: (25) Júpiter hiere á Faeton con un rayo para evitar un

incendio universal.]

Metamorfóseos o Transformaciones (1 de 4) · 第 74 / 101 题