FÁBULA IX.

_EL DILUVIO UNIVERSAL._

Pereció en verdad una casa; pero no es sola la que debe arruinarse:

por todo el mundo reyna la impiedad y el furor; y parece que se

han comprometido todos los hombres con un sacrílego juramento para

practicar la maldad. „Ea, paguen todos prontamente su merecido.” Esta

es la sentencia que fulminó. Parte de los Dioses aprueba de palabras el

parecer de Júpiter, y le estimulaban mucho para que se executase: otros

daban con gestos y acciones señales suficientes de su consentimiento;

pero á todos era sensible la pérdida del género humano; y preguntaban á

Júpiter, ¿cómo se encontraria la tierra no quedando en ella un linage

tan ilustre? ¿Quién ha de ofrecer sacrificios al pie de los altares?

¿Acaso piensas abandonarla á la ferocidad de las bestias? Queda de mi

cargo todo, responde el Rey de los Dioses á los que le preguntaban

esto: no paseis pena por nada, que yo os prometo una generacion

desemejante al pueblo primero, nacida de un modo maravilloso. Ya estaba

para vibrar sus rayos sobre la tierra; pero se detuvo, temiendo que

tanto fuego como era necesario para asolarla subiese hasta el cielo,

y abrasase los exes en que se sostiene. Acordóse asimismo que estaba

escrito en el libro de los destinos,[37] que vendria tiempo en que

arderian el mar, la tierra, y aun los sagrados alcázares del cielo, y

que padeceria mucho la costosa máquina del universo. Dexa los rayos

que los Cíclopes[38] acababan de fabricar; forma el contrario designio

de destruir á los hombres entre las aguas, y enviar de todo el cielo

copiosas lluvias. Encierra al punto en las grutas de Eolo[39] al

Aquilon, y demas vientos que disipan las nubes, dexando en libertad al

del mediodia. Vuela este con húmedas alas, cubierto el rostro de una

nube obscura, y la barba poblada de nieblas. Las nubes hacen asiento en

su frente; sus alas y vestidos despedian un continuo rocío; y apénas

este tempestuoso viento oprimió con sus manos las nubes suspendidas por

toda la extension del ayre, se oyó un gran ruido, y el agua principió

á caer fuerte y copiosamente. Iris,[40] mensagera de Juno, adornada

de diversos colores, trae nuevas aguas, y va renovando la humedad de

las nubes. Abátense las mieses; quedan sin efecto las súplicas de los

labradores, y en un momento perece el trabajo de todo un año. No se

aplaca la ira de Júpiter con las aguas que despide desde el cielo;

acude su hermano Neptuno á socorrerle con las aguas de su cargo.

Convoca en su palacio á los rios, y luego que se le presentan: „No hay

necesidad de muchas palabras, les dice: dad libre curso á vuestras

aguas, esto es necesario: abrid vuestras urnas;[41] y apartando

qualquier obstáculo, soltad las riendas á sus torrentes.” Apénas les

habia dado esta órden, quando se retiran los rios á sus mansiones; y

quitando todo impedimento á las fuentes, corren con precipitado curso

por la dilatada llanura de los campos.

El mismo Neptuno hirió la tierra con su tridente, con cuyo movimiento

tembló esta, y abrió paso á las aguas que ocultaba en sus senos. Los

rios, fuera de sus madres, inundan los espaciosos campos, destruyen

los sembrados, los árboles, los ganados, los hombres, las casas, y aun

los mismos templos; y si alguna cosa pudo resistir á tanto mal sin

arruinarse, la sobrepuja enteramente el agua, y las torres mas altas

quedan sepultadas debaxo de las corrientes. Ya no habia diferencia

alguna entre el mar y la tierra: todo era un dilatado mar, y este

no conocia ya sus antiguas riberas. Unos huyen al collado: otros se

sientan en la cóncava barca, y reman por el mismo sitio que acababan de

arar: estos navegan sobre sus mieses, ó sobre las alturas de su aldea

ya anegada: aquellos hallan peces en la altura de los olmos. Si alguno

echa casualmente el áncora, se clava en el verde prado: los baxeles

reman sobre las viñas; y donde poco ántes paciéron las hambrientas

cabrillas, descansan las monstruosas focas:[42] las Nereydas se

admiran de ver debaxo de las aguas las grandes casas, las ciudades y

los bosques: los delfines habitan las selvas, corren por las altas

ramas, y sacuden los agitados robles: el lobo nada entre las ovejas:

las olas arrastran tras sí á los leones y tigres. De nada sirven al

jabalí sus fuerzas poderosas como las de un rayo, ni al arrebatado

ciervo su ligereza para libertarse del naufragio. Caen al mar las aves,

despues de tener sus alas cansadas, buscando inútilmente tierra en que

descansar. Ya la inundacion cubria las montañas, y las nuevas olas

batian en sus cumbres. Los mas de los mortales perecieron entre las

olas, y los que no fuéron sumergidos en ellas viniéron á fenecer á los

impulsos de la hambre.

La Fócida, que divide la Beocia del Ática, pais fértil quando era

tierra, se convierte en un brazo de mar, y en un dilatado campo de

agua.[43] Hay en ella un monte llamado Parnaso, que se eleva hasta el

cielo por sus dos extremos, y cuya altura se empina hasta mas allá

de las nubes. Luego que Deucalion con su muger llegáron conducidos

de una pequeña barca á este sitio, que era el único á quien habian

dexado descubierto las aguas, adoráron á las ninfas Corycidas,[44] á

las deidades de aquel monte,[45] y á Temis, que entónces pronunciaba

los oráculos. No hubo hombre mejor ni mas amante de la justicia que

Deucalion; ni muger mas virtuosa y temerosa de los Dioses que Pirra.

[Ilustración: (15) Neptuno sosiega las olas y manda á Triton que toque

su Concha.]

Metamorfóseos o Transformaciones (1 de 4) · 第 63 / 101 题