_EL DILUVIO UNIVERSAL._
Pereció en verdad una casa; pero no es sola la que debe arruinarse:
por todo el mundo reyna la impiedad y el furor; y parece que se
han comprometido todos los hombres con un sacrílego juramento para
practicar la maldad. „Ea, paguen todos prontamente su merecido.” Esta
es la sentencia que fulminó. Parte de los Dioses aprueba de palabras el
parecer de Júpiter, y le estimulaban mucho para que se executase: otros
daban con gestos y acciones señales suficientes de su consentimiento;
pero á todos era sensible la pérdida del género humano; y preguntaban á
Júpiter, ¿cómo se encontraria la tierra no quedando en ella un linage
tan ilustre? ¿Quién ha de ofrecer sacrificios al pie de los altares?
¿Acaso piensas abandonarla á la ferocidad de las bestias? Queda de mi
cargo todo, responde el Rey de los Dioses á los que le preguntaban
esto: no paseis pena por nada, que yo os prometo una generacion
desemejante al pueblo primero, nacida de un modo maravilloso. Ya estaba
para vibrar sus rayos sobre la tierra; pero se detuvo, temiendo que
tanto fuego como era necesario para asolarla subiese hasta el cielo,
y abrasase los exes en que se sostiene. Acordóse asimismo que estaba
escrito en el libro de los destinos,[37] que vendria tiempo en que
arderian el mar, la tierra, y aun los sagrados alcázares del cielo, y
que padeceria mucho la costosa máquina del universo. Dexa los rayos
que los Cíclopes[38] acababan de fabricar; forma el contrario designio
de destruir á los hombres entre las aguas, y enviar de todo el cielo
copiosas lluvias. Encierra al punto en las grutas de Eolo[39] al
Aquilon, y demas vientos que disipan las nubes, dexando en libertad al
del mediodia. Vuela este con húmedas alas, cubierto el rostro de una
nube obscura, y la barba poblada de nieblas. Las nubes hacen asiento en
su frente; sus alas y vestidos despedian un continuo rocío; y apénas
este tempestuoso viento oprimió con sus manos las nubes suspendidas por
toda la extension del ayre, se oyó un gran ruido, y el agua principió
á caer fuerte y copiosamente. Iris,[40] mensagera de Juno, adornada
de diversos colores, trae nuevas aguas, y va renovando la humedad de
las nubes. Abátense las mieses; quedan sin efecto las súplicas de los
labradores, y en un momento perece el trabajo de todo un año. No se
aplaca la ira de Júpiter con las aguas que despide desde el cielo;
acude su hermano Neptuno á socorrerle con las aguas de su cargo.
Convoca en su palacio á los rios, y luego que se le presentan: „No hay
necesidad de muchas palabras, les dice: dad libre curso á vuestras
aguas, esto es necesario: abrid vuestras urnas;[41] y apartando
qualquier obstáculo, soltad las riendas á sus torrentes.” Apénas les
habia dado esta órden, quando se retiran los rios á sus mansiones; y
quitando todo impedimento á las fuentes, corren con precipitado curso
por la dilatada llanura de los campos.
El mismo Neptuno hirió la tierra con su tridente, con cuyo movimiento
tembló esta, y abrió paso á las aguas que ocultaba en sus senos. Los
rios, fuera de sus madres, inundan los espaciosos campos, destruyen
los sembrados, los árboles, los ganados, los hombres, las casas, y aun
los mismos templos; y si alguna cosa pudo resistir á tanto mal sin
arruinarse, la sobrepuja enteramente el agua, y las torres mas altas
quedan sepultadas debaxo de las corrientes. Ya no habia diferencia
alguna entre el mar y la tierra: todo era un dilatado mar, y este
no conocia ya sus antiguas riberas. Unos huyen al collado: otros se
sientan en la cóncava barca, y reman por el mismo sitio que acababan de
arar: estos navegan sobre sus mieses, ó sobre las alturas de su aldea
ya anegada: aquellos hallan peces en la altura de los olmos. Si alguno
echa casualmente el áncora, se clava en el verde prado: los baxeles
reman sobre las viñas; y donde poco ántes paciéron las hambrientas
cabrillas, descansan las monstruosas focas:[42] las Nereydas se
admiran de ver debaxo de las aguas las grandes casas, las ciudades y
los bosques: los delfines habitan las selvas, corren por las altas
ramas, y sacuden los agitados robles: el lobo nada entre las ovejas:
las olas arrastran tras sí á los leones y tigres. De nada sirven al
jabalí sus fuerzas poderosas como las de un rayo, ni al arrebatado
ciervo su ligereza para libertarse del naufragio. Caen al mar las aves,
despues de tener sus alas cansadas, buscando inútilmente tierra en que
descansar. Ya la inundacion cubria las montañas, y las nuevas olas
batian en sus cumbres. Los mas de los mortales perecieron entre las
olas, y los que no fuéron sumergidos en ellas viniéron á fenecer á los
impulsos de la hambre.
La Fócida, que divide la Beocia del Ática, pais fértil quando era
tierra, se convierte en un brazo de mar, y en un dilatado campo de
agua.[43] Hay en ella un monte llamado Parnaso, que se eleva hasta el
cielo por sus dos extremos, y cuya altura se empina hasta mas allá
de las nubes. Luego que Deucalion con su muger llegáron conducidos
de una pequeña barca á este sitio, que era el único á quien habian
dexado descubierto las aguas, adoráron á las ninfas Corycidas,[44] á
las deidades de aquel monte,[45] y á Temis, que entónces pronunciaba
los oráculos. No hubo hombre mejor ni mas amante de la justicia que
Deucalion; ni muger mas virtuosa y temerosa de los Dioses que Pirra.
[Ilustración: (15) Neptuno sosiega las olas y manda á Triton que toque
su Concha.]