Pasado mañana, 15 de agosto, hay función de toros, y da el piquete

de la Plaza la Milicia. Este piquete, en vez de disolverse al

llegar a la Puerta del Sol, hará que sus tambores toquen generala,

esparciéndose por la población. Los individuos de la Milicia,

avisados, se irán reuniendo en la Plaza Mayor; se ocuparán las

casas y se harán barricadas en las avenidas de los arcos. También

se ocupará el telégrafo para impedir se avise al Gobierno. Una

compañía se posesionará de la Puerta de Hierro e impedirá el paso

al Sitio (La Granja), Hecho esto, se pondrá inmediatamente en

libertad a Aviraneta, que dirá lo demás que debe ejecutarse.

AVISO A LOS ISABELINOS

Se avisará a las centurias de la Isabelina para que asistan el

día 15 de agosto, día de la Asunción, a la corrida de toros. A la

salida rodearán al piquete de la Guardia Urbana y provocarán todo

el escándalo posible. Se alarmará al vecindario.

AVISO A LOS DIPUTADOS

Inmediatamente se avisará a los diputados liberales para que vayan

a la Plaza Mayor y formen una Junta de Gobierno.

DISPOSICIONES INMEDIATAS

Si las tropas del Gobierno no se oponen, la Milicia se apoderará lo

más rápidamente posible de la casa de Oñate, en la calle Mayor, de

la Imprenta Real y del Principal.

Se fueron los militares y yo me quedé en la cárcel. Aquellos días

estuve leyendo el _Diablo Cojuelo_, de Vélez de Guevara, que me prestó

un preso, y pensando en la idea original del autor.

La tarde y la noche del 15 de agosto las pasé en una gran angustia. Al

anochecer me pareció oír desde mi cuarto gritos y ruido de tambores;

luego cesó todo rumor y volvió el silencio. Cuando a las diez de la

noche vi que no venía nadie a buscarme, creí que el pronunciamiento

habría fracasado. Yo pensaba--y en estas cosas se equivoca uno

siempre--que podía fracasar el movimiento; lo que no se me ocurría es

que, después de hecho con éxito, mis amigos no vinieran en seguida a

sacarme de la cárcel. Sin embargo, así fué. Un pelotón de milicianos,

pertenecientes a la Isabelina, quisieron venir; pero los centinelas no

les dejaron pasar. Otros me dijeron que no habían ido a la cárcel por

no molestarme. ¡Por no molestar a un preso retardar su libertad! ¡y

retardarla creyéndolo necesario! ¡Qué absurdo!

Al día siguiente, domingo, a las nueve de la mañana, vinieron a

buscarme a la Cárcel de Corte.

II

LO OCURRIDO

Una vez que no se entendían en

una disputa de la Academia,

dijo M. de Mairan: «Caballeros:

¡si no habláramos más de cuatro

a la vez!»

CHAMFORT: _Caracteres y

anécdotas_.

EL pronunciamiento se había hecho y estaba ya vencido. Al terminar la

corrida del día de la Asunción, dos compañías de milicianos volvían

formados por la calle de Alcalá, con la música al frente, tocando

himnos patrióticos. El _Himno de Riego_ producía entre la muchedumbre

tempestades de aplausos. La gente daba vivas y mueras, a cada momento

más estrepitosos. Al llegar a la Puerta del Sol la algazara subió de

pronto; comenzaron a oírse gritos de «¡Viva la libertad!», «¡Mueran los

carlistas!», «¡Viva la Soberanía Nacional!». Al acercarse a la Plaza

Mayor la Milicia había perdido las filas y se había mezclado con los

paisanos.

De pronto sonaron unos cuantos tiros, se oyeron toques estridentes de

corneta, y se inició el pánico en la ciudad. Se cerraron las puertas y

ventanas de las casas, y los tambores comenzaron a tocar generala por

las calles desiertas de Madrid, en distintos puntos de la capital. Se

les había avisado a los milicianos que estuviesen preparados para el

toque de generala, y se les vió que cruzaban presurosos las calles y

corrían a reunirse a sus respectivos batallones, en los puntos que se

les tenía señalados para caso de alarma. Luego, los batallones fueron a

la Plaza Mayor y formaron a lo largo de sus cuatro frentes.

Se ocupó la casa de la Panadería y la de Oñate, en la calle Mayor, y se

empezaron a hacer zanjas en los arcos. Se trajeron de los almacenes del

Ayuntamiento maderos y carros y se cerraron las distintas calles que

rodean a la plaza.

El segundo batallón de milicianos no entró en la Plaza Mayor, sino

que quedó en la del Rey, con su comandante don Rodrigo Aranda,

probablemente más inclinado a obedecer al Gobierno que a hacer causa

común con los sublevados.

De noche se le avisó y se le envió hacia Puerta de Moros para que

observara lo que pasaba con la tropa en el cuartel de San Francisco.

A las nueve de la noche se presentaron en la Plaza Mayor don Fermín

Caballero, Chacón, el conde de las Navas, don Joaquín María López,

Gaminde, Calvo de Rozas, y otros muchos, a proponer que se formara

inmediatamente una Junta de Gobierno; pero Borrego, Espronceda,

González Brabo, Ventura de la Vega, Olózaga y otros jóvenes dijeron

que había que esperar la llegada del general Quesada; que éste era el

director del movimiento y que él tenía que dar las órdenes.

Los liberales, en vez de obrar inmediatamente, se dejaron convencer.

A la misma hora Quesada había sido llamado por el secretario del

Ministerio de lo Interior, don Mariano Zea, al Principal. Estaban

allí el corregidor marqués de Pontejos y el capitán general conde de

Ezpeleta. Se decía, sin duda, que Quesada tenía participación en el

movimiento de los milicianos.

Zea y Ezpeleta, que estaban desprevenidos y no contaban en aquel

momento con fuerzas, le dijeron a Quesada que debía ir a la Plaza Mayor

a verse con los sublevados y a preguntarles qué es lo que deseaban y

cuál era la causa de su movimiento.

Fueron Quesada, Pontejos y el concejal Roca a la Plaza Mayor, donde

les esperaban Olózaga y Borrego. Quesada se quejó de que en el Arco de

Platerías hubiese atravesados carros y maderos. Borrego le dijo que se

quitarían. Subieron a una habitación alta del Ayuntamiento y se celebró

una reunión. Quesada y Pontejos esperaron el resultado en un cuarto

próximo.

En la reunión estaban los jefes de la Milicia: el duque de Abrantes,

Gálvez, Castaño y José María Sanz; otros oficiales, como el capitán

Ríos, el capitán Nocedal y muchos paisanos: Chacón, Espronceda, Gaminde

y los diputados liberales.

Entonces Borrego dijo que el general Quesada conocía el origen del

movimiento; que no pretendía ser mas que una manifestación de la

Milicia Urbana; que después de dirigir una petición a la Reina se

disolvería.

Los liberales quedaron extrañados. ¿Entonces, para qué nos han

llamado?, se preguntaban. Chacón y el conde de las Navas insistieron

en la formación de una Junta. Espronceda y Borrego replicaron que era

desvirtuar el movimiento y que se había dado palabra al general de no

ir más allá.

Se discutió entre unos y otros, y se apeló a los jefes de la Milicia, y

éstos, en su mayoría, afirmaron que los milicianos no querían mas que

hacer la petición a la Reina y disolverse.

Como no había unanimidad se dijo que convenía llamar a todos los jefes

y oficiales de la Milicia Urbana y consultarles. En general, todos

fueron partidarios de la exposición, seguida de la disolución inmediata.

Ante esto, los partidarios de la Junta cedieron, y Olózaga y Borrego

entraron en un salón e hicieron como que redactaban un escrito, que

ya tenían redactado. Después fueron a ver al general Quesada y le

entregaron la exposición para que la llevara al ministro.

Pasaba el tiempo, y los milicianos en la plaza iban perdiendo el

entusiasmo al ver que no se tomaban determinaciones rápidas. Algunos

isabelinos empezaron a reforzar las barricadas de los arcos; pero el

comandante Sanz y Borrego, con un grupo de oficiales, mandaron que se

quitaran los obstáculos, pues se había prometido a Quesada dejar las

puertas francas.

Con la exposición de los milicianos en el bolsillo entró en la sala

Quesada, donde se discutió.

Borrego explicó lo ocurrido; dijo cómo se había escrito una exposición

a la Reina; que una copia se había dado a Quesada para que la mostrara

al Gobierno, y que los jefes de la Milicia querían ir a la Granja a

entregarla a la Regente.

Quesada habló. Dijo las vulgaridades de cajón.

Que desaprobaba los tumultos de la fuerza armada contra el Gobierno

constituído; que la Milicia Urbana no debía salirse del campo de la

ley; que aquel acontecimiento favorecía a los partidarios de Don

Carlos, y que él llevaría la exposición al Ministerio.

Con esto se retiró.

Chacón replicó que había ido engañado a la reunión, pues le habían

avisado que se quería formar una Junta de Gobierno; que, puesto que se

trataba de otra cosa, se retiraba, no sin advertir que la exposición

tendría la eficacia de los paños calientes y del agua de cerrajas. Por

otra parte, él no podía creer que el general Quesada fuera siempre tan

atento con los Gobiernos constituídos, pues todo el mundo recordaba

que el general, ahora tan respetuoso con lo establecido, había sido un

faccioso y un rebelde en los años 22 y 23, en los cuales había mandado

el Ejército de la Fe, que era una gavilla de asesinos.

Borrego y Espronceda no supieron qué decir, y Chacón y los suyos se

marcharon. Su marcha fué un desencanto para los exaltados.

A media noche comenzaron en la plaza las discusiones y las riñas.

Estaban encendidos los faroles y se habían hecho algunas hogueras.

Hubo grandes peleas entre exaltados y pacíficos; los exaltados eran de

Madrid, y a los pacíficos los llamaban de Guadalajara. Los exaltados

decían que era una vergüenza haber servido de comparsas a Espronceda

y a Borrego, con los cuales Quesada estaba jugando; los pacíficos

respondían que no se habían comprometido mas que a aquello. Los

exaltados insultaban a los pacíficos, y añadían que deshonrarían la

Milicia si soltaban las armas. Entre conversaciones y discursos se

bebió mucho y la exaltación volvió a los ánimos.

Mientras los milicianos discutían y reñían con furia en la Plaza

Mayor, el Gobierno, representado por el capitán general de Madrid, el

superintendente de policía, el secretario Zea, el alcalde, Pontejos, y

el concejal Roca, discutieron la exposición de la Milicia llevada al

Principal por el general Quesada y Olózaga.

Zea dijo que el Gobierno no podía resolver acerca de la mayoría de las

peticiones sin las Cortes. Que en la exposición había que borrar estos

puntos, para resolver los cuales no tenía atribuciones el Ministerio.

Volvió Quesada a la plaza a las cuatro, y Borrego redactó una nueva

exposición, suprimiendo todos los puntos importantes de la anterior,

y Quesada se encargó de llevarla al Ministerio. Al salir dijo que

quitaran las barricadas, porque era inútil y peligroso dejarlas.

Salió Quesada de la plaza para el Ministerio, y tras él, una comisión

de seis oficiales milicianos, con el duque de Abrantes a la cabeza,

que iban a pedir al Gobierno que les diera pasaporte para llegar hasta

la Reina y entregarle a aquella exposición tan venida a menos.

Estando los jefes en el Ministerio llegó una proclama, impresa en la

Imprenta Real, con este título: «La Milicia Urbana de Madrid, al pueblo

y benemérita guarnición».

Quesada les reconvino a los jefes urbanos por la proclama, y éstos

protestaron de que no habían sido ellos los inspiradores de este papel.

Pensaban que serían los amigos de don Fermín Caballero y de Chacón los

que habían impreso aquello. Zea, entonces, haciéndose el enérgico, dijo

que de ninguna manera podía dar los pasaportes a los que miraba como

rebeldes, y el capitán general le dió la razón.

Zea supo en aquel momento que tenía la guarnición de Madrid segura, y

por esto se sintió valiente.

Los oficiales, ya asustados, dijeron a Quesada que volviera a la plaza,

y que entre todos convencerían a los urbanos para que se retiraran sin

más exigencias.

Fueron de nuevo a la plaza Quesada, acompañado del coronel de la plana

mayor de la Guardia Real, don Cayetano Urbina, y del teniente de

caballería Pezuela.

En la habitación donde se habían celebrado las anteriores conferencias

entraron los jefes, los soldados urbanos y los amigos de Espronceda y

Borrego.

Quesada les recriminó por la proclama dirigida al pueblo, y Espronceda

y Borrego dijeron que ellos no la habían escrito.

--Es la expresión de los sentimientos de la mayoría de la Milicia

Urbana--saltó diciendo uno del público.

--No es cierto.

--Sí, sí; lo es. ¡Bravo!

Quesada, que iba incomodándose, dijo que era necesario que los

sublevados quitasen las barricadas, pues si no, él se pondría a la

cabeza de la Guardia Real y les dejaría sepultados bajo las ruinas de

la plaza.

Quesada puso su cara de pocos amigos para decir esto. Borrego y

Espronceda, agarrándose a la última tabla de salvación, afirmaron que

se quitarían los obstáculos si la tropa se retiraba a sus cuarteles y

se cumplía lo pedido en la exposición.

El general dió por terminada la conferencia y comenzó a bajar las

escaleras refunfuñando, diciendo que iba a hacer una de las suyas.

Quesada apareció en los soportales de la plaza rodeado de los dos

oficiales de la Guardia Real, de uniforme, y seguido de Espronceda,

Borrego, Ventura de la Vega, Luis González Brabo, y otros.

Al ver que había obstáculos en el callejón del Infierno gritó a uno de

los comandantes:

--¿No habíamos quedado en que desaparecerían las barricadas y que los

milicianos se retirarían a sus casas?

--Mi general--contestó el comandante Sanz--, parte de los milicianos se

opone a retirarse.

--Se les desarma--dijo Quesada.

En esto algunos isabelinos se acercaron al grupo del general y sus

amigos y comenzaron a increparles.

--¡Fuera los traidores!--gritó uno.

--¡Viva la Constitución de 1812!

--¡Viva la Niña!

--Quesada levantó el bastón en el aire con intención de descargarlo

sobre la cabeza de los milicianos, que gritaban. La rabia de éstos se

volvió contra él:

--¡Muera Quesada!

--¡Muera!

--¡Abajo los absolutistas!

--¡Abajo!

Los milicianos fueron a coger sus armas; y todo el grupo de Quesada y

sus amigos lo hubiese pasado mal si los milicianos de Guadalajara no

hubieran formado en los arcos para defenderles. Quesada, con los suyos,

se dirigió corriendo hacia el Arco de Platerías, y saltando por una

barricada salió a la calle Mayor. Con él salieron los dos oficiales y

Espronceda, Borrego y los paisanos.

Quesada iba echando espuma por la boca, de rabia, e inmediatamente

se presentó al Gobierno a ofrecerse para atacar inmediatamente a los

sublevados.

A las seis de la mañana las tropas del Gobierno, dirigidas por Latre,

Ezpeleta y Quesada, salían de los cuarteles y ocupaban la plaza de

Oriente y la de los Consejos, y poco después, la calle de Santiago y la

del Sacramento, hasta la plaza del Conde de Barajas. A esta hora los

sublevados pensarían en mí.

III

PARTIDA PERDIDA

Sólo a las temeridades

las sentencia la fortuna;

pues con juicio desigual

hace que el nombre les den:

de hazaña, si salen bien,

y de locura, si mal.

BANCES CANDAMO: _Por su rey

y por su dama_.

ESTABA la partida perdida cuando los sublevados pensaron en mí.

A eso de las nueve, un grupo de milicianos armados se presentaron en

la plaza de Santa Cruz delante de la Cárcel de Corte; entraron aquí,

llamaron al alcaide y le exigieron que me dejara en libertad. El

alcaide, naturalmente, se opuso; pero, ante la amenaza de soltar a

todos los presos, cedió.

Yo estaba preparado y el padre Anselmo también.

--Aprovéchese usted--le dije--y salga usted conmigo.

--Pero, ¿cómo?

--Nada, nada, coja usted sus bártulos y sígame usted.

El alcaide se quiso oponer; pero hice que nos rodearan a los dos los

milicianos y salimos a la plaza de Santa Cruz, y después, a la Plaza

Mayor.

El pobre cura, al ver tanta gente armada, estaba asombrado. Con su

maleta en la mano no sabía qué hacer.

Al entrar en la Plaza Mayor le vi a Bartolillo, el chico de la librería

de la calle de la Paz, que andaba curioseando por allá. Le llamé:

--¡Bartolo!

--¿Qué?

--¿Quieres acompañarle a este cura?

--Sí.

--Pues vete con él a la calle de Segovia; bajando a mano derecha, y

en una casa grande, entre la plaza de la Cruz Verde y la calle de la

Ventanilla, que tiene en el piso bajo una panadería, entráis, subís al

piso cuarto y preguntáis por doña Nacimiento. La dices a esa señora que

el cura va de parte de don Eugenio y que me esperará allí.

--Muy bien.

El cura quería llevarse la maleta.

--Deje usted la maleta aquí, yo se la mandaré dentro de un momento.

Se fueron el padre Anselmo y Bartolillo; guardé yo la maleta en una

taberna próxima a la Escalera de Piedra y me dediqué a examinar

tranquilamente la situación.

La partida estaba perdida.

Hablé con los jefes de la Milicia Urbana, y cada uno opinaba de

manera diferente. Le envié un recado a Palafox por si éste se atrevía

a ponerse a la cabeza del movimiento; pero a Palafox no le convenía

aparecer, y se eclipsó.

Entonces hablé con el capitán Miláns del Bosch, hombre enérgico, para

ver si él era capaz de erigirse en jefe del movimiento y asumir su

responsabilidad.

Le dije que parte de la Guardia Real se vendría con nosotros; que yo

me comprometía a verle a Urbina, y que le convencería o me fusilaría.

Luego supe que el oficial que le acompañaba a Quesada no era el Urbina

que conocía yo, sino otro; le dije también que el coronel don Antonio

Martín, hermano del Empecinado, sublevaría su regimiento de caballería.

--¿Cómo vamos a sostenernos en esta plaza?--me dijo Miláns--. ¿Dónde

están los víveres?

--Salgamos de aquí--le dije yo--. Cinco mil hombres y un regimiento de

caballería es mucho.

--Sí, si hubiera disciplina; pero no la hay. Estos hombres están

desmoralizados.

--Entonces la partida está perdida. Démosla como terminada.

Yo subí sobre un banco de la plaza y expliqué que no había mas que una

alternativa: o salir inmediatamente y atacar a las tropas en la Puerta

del Sol y seguir adelante, o abandonar la empresa.

--¡Vamos! ¡Vamos!--gritaron los exaltados.

Pero ya era imposible, y nadie dió el paso adelante.

Los cañones de la tropa comenzaron a acercarse a los arcos.

Yo volví al banco y grité:

--¡Señores! Esto está acabado. Yo no tengo la culpa. A mí me han

llamado tarde. Ahora cada cual que se vaya a su casa.

Al anochecer, los milicianos, en masa, dejaban sus fusiles y se

marchaban.

Los ex voluntarios realistas de los Barrios Bajos, al ver la derrota

de los milicianos, atacaron a los fugitivos a tiros y a palos, y no sé

si llegaron a matar a alguno. Sobre todo, las viejas se mostraron más

terribles, y esperaban a los liberales con la navaja en la mano. A una

de estas furias, que cosió a cuchilladas a un miliciano que pretendía

entrar en su casa, la prendieron, la juzgaron y la llevaron, pocos días

después, al patíbulo.

Así, el despecho de Quesada, la ambición de Espronceda y de Borrego,

los planes míos, concluyeron en que se ejecutara a una pobre vieja,

fanática, que creía seguramente que era una obra meritoria el matar a

un liberal.

IV

ESCAPATORIA

Que aquesto es el Castañar

que más estimo, señor,

que cuanta hacienda y honor

los reyes me pueden dar.

ROJAS: _García del Castañar_.

AL anochecer del día 16, cuando vi la Plaza Mayor desierta, entré en la

taberna próxima a la Escalerilla; saqué la maleta del padre Anselmo,

y me puse el manteo y la teja nueva. Metí mi sombrero en la maleta, y

bajé por la escalera a la calle de Cuchilleros. Llegué hasta Puerta

Cerrada y encontré allí una patrulla de voluntarios realistas.

--¿Se puede ir hacia la Plaza Mayor?--les pregunté.

--No; no vaya usted por allí, padre.

--Entonces tendré que volverme a casa.

Seguí hasta la calle de Segovia. En la escalera de casa de doña

Nacimiento me quité el manteo y me encontré con don Anselmo.

Pasamos el cura y yo seis días en aquella casa, sin salir una vez

siquiera, esperando el giro de los acontecimientos.

Supimos que al volver el Gobierno de la Granja, el presidente, el

conde de Toreno, ofreció doscientas onzas de oro y un empleo a quien

descubriera mi paradero, y la policía hizo los mayores esfuerzos para

cogerme.

El padre Anselmo y yo preparamos un plan de fuga. El padre Anselmo

tenía un sobrino y ahijado que vivía en Alcalá. Unos días después, el

24 de agosto, era la feria de este pueblo.

Saldríamos de Madrid en calesa hasta las Ventas del Espíritu Santo;

aquí esperaríamos una galera y entraríamos en Alcalá, confundidos con

carreteros y arrieros que fuesen a la feria, e iríamos a parar a casa

del ahijado del cura.

Doña Nacimiento conocía a un calesero y le llamó. El calesero era

liberal y se prestó a lo que le propusimos.

El chico del calesero se vestiría de muchacha; el padre Anselmo, con

traje de aldeano, y yo sería el calesero. Iríamos hasta las Ventas

del Espíritu Santo, esperaríamos allí, donde dejaríamos la calesa, y

marcharíamos en un carro camino de Alcalá, como si fuéramos a la gran

feria que se celebraba en la ciudad del Henares el día 24. Así lo

hicimos, y todo nos resultó bien.

El ahijado de don Anselmo, a quien le habíamos anunciado nuestra

llegada, nos esperó y nos llevó a una finca que tenía a una legua del

pueblo.

Era una propiedad no muy grande, pero muy bien cuidada. Juan, el

sobrino y ahijado del padre Anselmo, era un hombre joven, fuerte,

labrador, cazador y muy activo. La mujer, la Ambrosia, era una mujer

rozagante, que había echado al mundo nueve hijos y pensaba seguir

echando más.

Juan, con su escopeta y sus perros, marchando de caza al amanecer,

acostándose al hacerse de noche y contento con su suerte, me recordaba

a García del Castañar.

El matrimonio nos recibió muy amablemente al cura y a mí.

Viví yo en aquella casa una semana, y, pasada ésta, me despedí del

padre Anselmo y de sus sobrinos y me fuí a Zaragoza.

Aquí publiqué un folletito sobre el Estatuto Real, en la imprenta de

Ramón León, y esperé hasta que Mendizábal me llamó y me dió un encargo

para Barcelona; pero esto--terminó diciendo Aviraneta--es otro capítulo

de mi vida.

EPÍLOGO

Todo es hecho del polvo, y todo

se tornará en el mismo polvo.

EL ECLESIASTÉS.

POR la época de la guerra de Cuba--dice Leguía--, solía ir yo a

Madrid a un hotel de la calle del Arenal, y visitaba las librerías de

viejo próximas. Me detenía con frecuencia a charlar con un librero de

viejo que tenía su tienda en una rinconada que había en la calle de

Capellanes, al acercarse a la calle de Preciados.

Le había encargado a este librero, como a otros, que me guardase lo que

encontrara de papeles históricos y de estampas españoles del siglo XIX.

El librero era un viejo, muy viejo, y me proporcionaba lo que le pedía.

Cuando subía desde la calle del Arenal por la de Capellanes solía echar

una mirada por una ventana enrejada que daba al horno de una panadería,

y recordaba la historia de don Tomás Manso y de su sobrino. Unos años

más tarde de la guerra de Cuba, el librero de la rinconada me dijo que

tiraban la casa grande de los Capellanes y que él iba a traspasar su

tiendecilla.

Cuatro o cinco meses después vi la casa de la calle de la Misericordia

derribada y la alineación de la calle de Capellanes hecha.

El librero me dijo que al derribar la casa, en un sótano, debajo de un

almacén que tenía en la pared una fuentecilla con una cabeza de Medusa,

se encontró un esqueleto de un hombre y unos huesecillos de feto.

Los anticlericales de la vecindad supusieron que estos serían de alguna

monja del convento vecino; respecto al esqueleto del hombre no se pudo

saber de quién era.

El día en que el librero me contaba esto entró un trapero, un tuerto

desharrapado de cara alegre, barbas enmarañadas y la nariz roja, con un

gran lío de papeles.

--No los quiero--dijo el librero--; te los puedes llevar, Tuerto, yo ya

me retiro.

--A ver que trae usted ahí--le indiqué yo.

--Lo daré muy barato--me dijo el trapero, dejando el paquete en una

silla y quitándole una lía hecha con bramantes viejos y balduques.

Había un tomo del _Palacio de los Crímenes_, de Ayguals de Izco; la

_Historia de la revolución del 54_, por Ribot y Fontseré; dos folletos

de Aviraneta, varios _Ecos del Comercio_, amarillos, y la proclama de

los nacionales en agosto de 1835.

Ni el librero ni el trapero habían oído hablar nunca de Chico, ni de

Aviraneta, y mucho menos del pronunciamiento de los Urbanos.

A mí, que había visto durante tanto tiempo carteles pintados con la

muerte de Chico, del Cura Merino y de los hermanos Marina, que un

hombre mostraba con un puntero en las plazas, me chocaba que todo esto

hubiera desaparecido tan completamente del recuerdo de las gentes.

Y, sin embargo, así era.

--Todo esto que traes aquí--dijo el librero--no vale nada. Cosas

pasadas, sin importancia.

--Nosotros también somos viejos--repuso el trapero y se nos ha pasado

el tiempo.

--Todo pasa, amigo trapero--le dije yo--. La hoja del árbol cae, la

hoja de rosa se marchita, la hoja de papel se arruga y la comen los

lepismas. El lepisma devora el papel; la carcoma y la polilla devoran

la madera; las penas nos devoran a nosotros hasta que entregan su presa

a los gusanos.

--Todo no es mas que miseria--dijo el librero.

El Sabor de la Venganza · 第 9 / 10 段