Descalzas, le dió un desmayo y cayó al suelo. La llevaron a casa y
llamaron al médico, y después a don Bernardo, el capellán. Don Bernardo
pasó largo tiempo con la enferma, que a cada instante decía en voz
baja: «¡Miguel! ¡Miguel!» Unas horas después, Soledad había muerto.
Don Tomás se retiró a Lerma y vendió la Casa de la Sal. Esta pasó a
diversas manos, hasta que el último dueño decidió tirarla y alinear la
calle de Capellanes.
VIII
LA ESCUELA DE CRISTO
El sueño de la razón produce
monstruos.
GOYA: _Caprichos_.
DON Tomás y el Cuervo se retiraron a Lerma y vivieron algunos años
juntos. El Cuervo no era capaz de permanecer tranquilo y sin mezclarse
en los asuntos públicos y privados, y durante la guerra civil denunció
a la partida del Cura Merino algunos ciudadanos liberales, que fueron
fusilados. Poco después, unos parientes de éstos cogieron al Cuervo en
el campo y lo apalearon de tal manera que murió a consecuencia de la
paliza.
Don Tomás, al verse sin su criado, sintió más bien tranquilidad que
pena; la mirada irónica y dura del Cuervo le recordaba la cueva del
almacén de la calle de la Misericordia.
Al verse solo fué para el una tregua, pero una tregua que duró poco
tiempo, porque sus terrores volvieron de nuevo.
Don Tomás se hallaba entregado a la religión; constantemente estaba en
la iglesia rezando y confesándose.
Había por entonces en el pueblo una casa pequeña y ruinosa que casi
siempre estaba cerrada. Sólo al anochecer solía abrirse para el paso
de algunas personas. Si se entraba en el estrecho zaguán y se subía
al único piso, se encontraba primero una sala pintada de negro, con
un ventanillo enrejado que daba a la calle. En medio de la sala había
un féretro, cubierto de paño negro, con cuatro cirios apagados. Este
cuarto se comunicaba por una puerta estrecha con una capilla obscura y
sin luz. La capilla tenía en medio un altar, con un Nazareno coronado
de espinas y lleno de sangre, y alrededor, unos armarios de sacristía,
y encima de los armarios, varias calaveras y varias disciplinas. En
la pared había un marco con un papel, en donde se leía una lista de
nombres.
Esta casa pequeña con su cuarto fúnebre y su capilla constituía la
Escuela de Cristo. Formaban parte de ella varias personas religiosas
cuyos nombres constaban en el cuadro de la pared. De noche entraban
allí diez o doce hombres a hacer penitencia, y después de rezar delante
del féretro, cubierto de paño negro, iban pasando uno detrás de otro a
la capilla, y allí se cubrían con una capucha.
Cuando estaban todos reunidos y en círculo delante del altar, se
apagaban las luces y se ponía en el suelo un gran farol de hoja de
lata, sin cristales, que tenía unos agujeros por los cuales pasaban
tenues raros de luz. Entonces uno se destacaba, se desnudaba y se
colocaba en medio del círculo de los encapuchados; luego tomaba una
calavera en la mano izquierda y las disciplinas en la derecha, y
comenzaba a azotarse, mientras el siniestro coro rezaba en voz alta.
Don Tomás pertenecía a la Escuela de Cristo, se disciplinaba, usaba
cilicios, y en su casa rezaba tirado en el suelo cuan largo era y dando
grandes alaridos. Aquel último gemido de Miguel al caer al subterráneo
lo oía en su cerebro a cada paso; el suspiro del viento, el toque
de una campana, el chirriar de una lechuza, el ruido de una ventana
movida por una ráfaga del cierzo, todo rumor de la tierra o del aire le
recordaba la queja postrera del joven muerto por él.
Muchas veces hubiera preferido perder la razón definitivamente, que no
vivir de una manera tan miserable y triste.
IX
EL FANTASMA
Ya oigo la voz del terror que
se levanta en mi corazón.
ESQUILO: _Las Coéforas_.
POCO después de la guerra civil se habló en Lerma de que en la Plaza
aparecían fantasmas a media noche. Algunos los habían visto claramente.
Los serenos, por más que vigilaban, no podían dar con ellos. No se
sabía si eran duendes, espectros o almas en pena; pero se aseguraba que
uno de estos fantasmas tenía una mano de plomo y otra de estopa, y que
gozaba del poder de avisar la próxima muerte al que había de morir.
Al parecer, algunos serenos no sentían gran interés en encontrarse con
aquellos seres misteriosos, porque cuando les decían que andaban por
un lado, iban por el opuesto; otros más decididos y valientes llevaban
una pistola y un garrote, y afirmaban que no se les escaparían los
fantasmas sin un estacazo o sin un tiro.
Don Tomás había oído hablar de estas apariciones, considerándolas como
chiquilladas, sin darles más importancia. Una noche en que el viejo,
después de rezar sus oraciones, se dirigía a la cama, oyó en la calle
pasos quedos. Desde hacía algún tiempo, don Tomás tenía un oído de
enfermo. Escuchó las pisadas de lejos y abrió un ventanillo de su
alcoba. Vió una cosa blanca que se acercaba por la acera de enfrente.
Era el fantasma.
Don Tomás, maravillado y confundido, quedó en el ventanillo, y,
trastornado, preguntó:
--¿Quién eres? ¿Qué deseas?
Entonces el fantasma, con voz sepulcral, dijo:
--¡Asesino! Yo soy el alma de Miguel Rocaforte, condenada por tu culpa.
Don Tomás se retiró de la ventana temblando y se tiró en el suelo
a rezar. Al día siguiente lo encontraron desmayado, moribundo; lo
llevaron a la cama y ya no volvió a levantarse.
Unos días después, los serenos cogieron a uno de los fantasmas, que
resultó un sargento de milicianos nacionales que tenía amores con la
mujer de un tendero de la plaza.
El otro fantasma, a quien no lograron coger, se supo que era León
Zapata, el compañero de Miguel Rocaforte.
Madrid, diciembre, 1920.
ADÁN EN EL INFIERNO
I
ADÁN
No se gana nada violentando
a la sensibilidad en sus
inclinaciones; es preciso
engañarla y, como dice Swift,
divertir la ballena con una
barrica para salvar el barco.
KANT: _Antropología_.
EN la época de la matanza de frailes, cuando fueron ingresando en la
Cárcel de Corte una porción de gente cogida en las calles de Madrid,
llevaron a ella a un muchacho joven, guapo, recién venido de un pueblo
de la Alcarria, Andrés Lafuente.
Este alcarreño vino con Román, el hijo del librero de la calle de la
Paz, y con un zapatero joven llamado Gaspar, a quien todos conocían por
Gasparito y de quien te hablé antes.
A aquel muchacho alcarreño se le consideraba como un mozo ingenuo e
inocente, y se le compadecía por haber caído en el infierno de la
cárcel.
El poeta Espronceda, en los pocos días que estuvo en la cárcel, le
llamaba Adán, y probablemente pensando en él ideó el personaje de su
poema el _Diablo mundo_, que debía publicar unos años más tarde; Andrés
(alias Adán) era un muchacho fuerte, guapo, muy lúcido y muy inocente.
Gasparito el zapatero se constituyó en uno de sus defensores.
Gasparito el remendón era liberal, pequeño, rubio, muy leído, amigo del
hijo del librero de viejo de la calle de la Paz, y se mostraba como
hombre de buena fe y de buenas intenciones.
Yo tomé bajo mi protección a Gasparito y quise proteger también a Adán,
aunque veía que a un muchacho, sin experiencia como aquél, metido en
el segundo patio, entre ladrones, la corrupción de la cárcel le había
de contagiar rápidamente. El padre Anselmo creyó también que con sus
sermones apartaría al mozo del mal camino; pero Adán se reía de él.
II
LA CUADRILLA DEL FORTUNA
¿Es posible--dijo Andrenio--,
que jamás nos hemos de ver
libres de monstruos ni de
fieras, que toda la vida ha de
ser arma?
GRACIÁN: El _Criticón_.
LOS presos del segundo patio se dividían para comer en cuadrillas, que
llevaban el nombre del que las dirigía. Adán fué a parar a la cuadrilla
del Fortuna. El Fortuna era un matón de casa de juego que tenía gran
influencia.
El Fortuna era un hombre fuerte, atrevido, moreno, de bigote, con un
lunar en la mejilla, tipo desvergonzado y cínico. Cobraba el barato
en la cárcel; pero no era un valiente de verdad. Era de los que allí,
en el segundo patio, se decía que madrugaban. No afrontaba con calma,
sereno y tranquilo, las situaciones difíciles; sino que las capeaba.
Eso sí, tenía indudablemente el hábito de la audacia.
Al Fortuna le habían preso por matar a traición a un hombre. Afiliado
en la cárcel al grupo de los absolutistas, era de nuestros enemigos
más acérrimos. Sin duda, el encontrar nuestra gente menos terne, menos
enérgica, que los absolutistas, le había dado una gran hostilidad
contra ella.
A mí me tenía mucho odio; una vez, en el segundo patio, se echó encima
de mí; pero yo le di con toda mi fuerza un puñetazo en un costado que
lo dejé sin aliento.
El Fortuna era hombre petulante y cínico, que dejaba una estela de
vicio allí por donde pasaba. Hacía alarde de sus instintos crapulosos;
vestía chaquetilla con caireles de colores, gran reloj de plata, con
la cadena llena de dijes, y calañés en la cabeza. El Fortuna buscaba
la amistad de los muchachos jóvenes, les brindaba su protección;
según algunos, les conseguía tener comunicaciones con la sección de
mujeres; según otros, había algo peor en sus maniobras. De la misma
cuadrilla era Cadedis, un gascón aventurero, que estaba procesado por
robo, y un caballero de industria. El gascón aseguraba a todas horas
que España era un país sin civilización y sin cultura. A pesar de su
cultura, el francés era muy supersticioso. Creía en la quiromancia,
en la magia y en que las brujas hacían ovillos con las lanas de los
colchones de una cama de tal modo, que si no se les atajaba en su obra
le ahogaban al que dormía en ella. Afirmaba también que en el barrio de
Saint-Esprit, de Bayona, se vendían diablos metidos en una caña, que
llamaban familiares, con los que se hacían prodigios. El había tenido
uno de éstos. Un gitano, ladrón de caballos, le engañaba a Cadedis y
le sacaba el dinero. El gitano era saludador y, según decía, tenía la
rueda de Santa Catalina en el cielo de la boca, y una cruz debajo de la
lengua.
El otro personaje era un caballero de industria de quien ya te he
hablado, el señor Pérez de Bustamante.
Este señor se hacía llamar conde de Otero, marqués de la Vega, etc.
Gastaba unas tarjetas llenas de títulos y condecoraciones.
Tenía, según decía, grandes amistades con los oficiales de las
secretarías, con aristócratas y ministros; todo lo facilitaba, y
ofrecía empleos con la condición precisa de que se le anticipara
algunas cantidades para recompensar los servicios de sus favorecedores.
Contaba que había viajado por toda Europa y América.
A mí me dijo que me había conocido en Méjico y en Madrid, en la fonda
del Caballo Blanco, de la calle del Caballero de Gracia, donde yo no
había estado nunca. La cuadrilla del Fortuna, formada por él, el gascón
y el caballero de industria, se había completado con Adán. El Fortuna
adulaba al señor Pérez de Bustamante, y éste protegía al Fortuna; el
matón y el caballero de industria se entendían perfectamente.
El Pinturas joven y otros solían acercarse a esta cuadrilla, que
manejaba dinero y convidaba a café y a aguardiente.
Ninguno de los que formaban esta cuadrilla se había afiliado a los
liberales. No querían, sin duda, comprometerse mientras no llegaran a
ver claro las ventajas que aquello les podía reportar.
III
EL ODIO
¡La unción! ¡Favor! ¡Me han
herido!
ESPRONCEDA: _El Diablo mundo_.
GASPARITO, el zapatero, había querido preservar de la corrupción del
ambiente a su amigo Andrés, a quien nosotros, y en toda la cárcel,
llamábamos Adán.
Quiso enseñarle a leer y escribir; pero el Fortuna, unido con Pérez de
Bustamante, _Doña Paquita_ y Cadedis, estaban empeñados en estorbar los
proyectos de Gasparito.
Durante algún tiempo se entabló una lucha de influencias para captar la
simpatía de Adán.
Gasparito le dejaba libros y periódicos, le daba algún dinero, hacía
que Andrés viniera a verme; por su parte, el Fortuna le daba cigarros,
le enseñaba a jugar a las cartas, a hacer pillerías y a tirar la navaja.
El matón le decía al muchacho:
«Fortuna te dé Dios, hijo, que el saber poco, te basta».
El Pinturas le explicaba procedimientos de falsificación, y Pérez de
Bustamante, las intrigas y enredos donde se había metido.
A pesar de las ilusiones de Gasparito, yo veía claramente que el
Fortuna y su grupo ganaban la partida. Adán tomaba un aire hipócrita
delante de mí; pero, por lo que me dijeron los del segundo patio,
el muchacho andaba con el Fortuna, con _Doña Paquita_ y con algunas
mujeres del otro departamento, jugaba a las cartas, fumaba, se había
tatuado los brazos y comenzaba a matonear.
El día de Carnaval de 1835, el Fortuna y los de su cuadrilla tuvieron
una comida espléndida, con pollos, un cochinillo asado y vino de
Valdepeñas.
Habían metido mucho aguardiente de contrabando y convidaron a todos los
amigos.
La gente se emborrachó, y se pidió al alcaide permiso para disfrazarse.
Entramos Gasparito, Román, el padre Anselmo y yo en el segundo patio a
presenciar la fiesta. Se reunió con nosotros el Pinturas joven y dimos
una vuelta por la Gallinería y llegamos hasta el último patio.
En esto, disfrazados de mujer, vimos a _Doña Paquita_, que venía en
medio de Adán y del Fortuna, agarrado a los dos del brazo. Habían
bebido de más y gritaban como locos.
El Fortuna abrazaba a Adán, y se puso a hacer ademanes obscenos.
Gasparito volvió la cabeza con un ademán de disgusto y nos alejamos del
grupo que formaban los tres borrachos; pero el Fortuna quiso mostrar
más su conquista y se presentó de nuevo frente a nosotros con Adán y
con _Doña Paquita_.
--¿Vienes, hermoso?--le dijo a Gasparito con una risa cínica y un
contoneo repugnante--. ¿Cuál de las tres te gusta más?
Gasparito, incomodado, viendo que el guapo se le echaba encima, le dió
un empujón y lo tiró rodando al suelo.
Yo vi que se nos venía la tormenta encima, y, agarrándole a Gaspar por
el brazo, le empujé hacia la salida del patio; pero había mucha gente
y Gaspar no quería salir rápidamente, quizá para que no se creyera que
tenía miedo.
El Fortuna había desaparecido. Ya estábamos a la salida del patio
cuando el matón se presentó con una navaja, oculta en la manga, y se
lanzó sobre Gasparito como un toro; Gasparito tuvo tiempo de escapar
a la acometida dando un salto rápido para atrás. Román, el hijo del
librero, agarró al matón del borde de la chaqueta, y Gasparito, con
gran valor, le arrancó la navaja de las manos.
El Fortuna, loco, enfurecido, le mordió en el brazo izquierdo.
Entonces, Gasparito, en un momento de terrible furia, empuñó la navaja
con toda su fuerza y dió tal navajada al matón en el vientre, que
el Fortuna dió un grito de becerro que matan, y cayó al suelo. Yo
vi brillar la hoja de la navaja como un relámpago y desaparecer en
el vientre del matón. Le salían las entrañas por la herida y se iba
desangrando rápidamente.
--¡Socorro! ¡Socorro!--gritó--. Me ha matado.
A los gritos vinieron el alcaide y los cabos de vara, prendieron a
Gasparito y llevaron al matón a la enfermería, el cual falleció poco
después, asistido por el padre Anselmo.
--¡A quién se le ocurre matar a la Fortuna!--dijo el Pinturas con
indiferencia.
Gaspar pasó unos días en el calabozo y tuvo un proceso. Yo declaré a
su favor; Pérez de Bustamente, en contra, y el tribunal le condenó al
zapatero a una pena ínfima.
Años después le vi en su tienda y le pregunté:
--¿Se acuerda usted de la Cárcel de Corte?
--No, don Eugenio; ¿y usted?
Me dijo que muy pocas veces había pensado en aquel bruto a quien había
matado, y, al parecer, recordaba el suceso sin remordimiento.
Adán, al salir de la cárcel, se hizo un criminal completo, y debió
acabar su vida en presidio.
Itzea, diciembre, 1920.
MI DESQUITE
Todo esto es salud, y otro
tanto ingenio.
QUEVEDO: _El Buscón_.
DURANTE mucho tiempo, no pudimos luchar con los presos carlistas. En
el cuarto del abogado Selva, el mejor de todos de la Cárcel de Corte,
se reunían cuatro o cinco frailes, dos o tres curas y otros tantos
guerrilleros, y en esta Junta apostólica se tomaban acuerdos que don
Paco, el alcaide, seguía al pie de la letra.
La Junta de Selva se erigió en soberana de la cárcel: ella decidía lo
que se había de hacer; quién debía estar castigado; quién, no; quién
debía ser tratado con benevolencia, y quién con severidad.
--Yo, por entonces, tenía asegurada la comunicación con los de fuera, y
mis amigos de la Isabelina me mandaban cartas y papeles y me indicaban
el giro que iban tomando los asuntos políticos.
A pesar de que yo me quejaba constantemente de la situación en que nos
encontrábamos los liberales en la cárcel, los amigos no hacían nada por
nosotros. Entonces, desesperado, se me ocurrió enviar un escrito al
Gobierno, afirmando a rajatabla que en la Cárcel de Corte se fraguaba
una conspiración carlista.
El Gobierno no desconfió de mi denuncia, y envió en concepto de preso a
un coronel, don Andrés Robledo, con la misión de observar lo que pasaba
y de ver si era cierta mi denuncia.
Yo mismo no creía gran cosa en que allí se conspirase; pero cuando
Robledo comenzó sus investigaciones, vi que mi hipótesis era una
realidad, y que en la Cárcel de Corte se estaba tramando una de las
muchas intrigas carlistas que por entonces tuvieron Madrid por centro.
El coronel Robledo me contaba sus descubrimientos; yo le daba datos
acerca de los presos carlistas, y entre los dos redactábamos los partes
al Gobierno.
Tan graves hallaron el ministro y el jefe de policía el contenido de
estos partes, que enviaron a la cárcel a dos comisarios de policía,
uno de ellos Luna, auxiliados por sesenta miñones aragoneses y varios
celadores.
Luna conferenció conmigo y con Robledo, y dispusimos prender a don Paco
el alcaide y a sus dependientes, al abogado Selva, al escribano de mi
causa, García, y enviarlos a la cárcel de la Villa.
Se comenzó a instruír un voluminoso proceso acerca de esta causa, y
se le encargó de él a mi amigo el juez don Modesto Cortázar, a quien
conocía desde Aranda del año 20.
Los cargos de alcaide, de llavero y de carceleros se proveyeron en
personas de antecedentes liberales, y desde entonces pudimos estar los
constitucionales a nuestras anchas.
El fiscal que nombraron para esta causa fué don Laureano de Jado,
enemigo mío, que meses después decía a todo el que le quería oír:
--Estoy admirado del genio fecundo y de la travesura de Aviraneta.
El ha conseguido embrollar su proceso de tal manera, que ha sido
preciso a los Tribunales poner en libertad como inocentes a todos
sus cómplices, y, para complemento de su maquiavelismo, ha fraguado
este proceso de la conspiración de la Cárcel de Corte, que es la
concepción más revolucionaria que ha podido imaginar el cerebro de un
hombre para vengarse de los que él consideraba enemigos, y hasta del
juez Regio y del escribano de la causa. Este proceso está vestido con
tales declaraciones y pruebas, que me veo obligado a pedir contra los
presuntos reos, cuando menos, un presidio. Pues bien: si como fiscal
estoy en la obligación de obrar de esta manera, como particular me
hallo cada vez más convencido y casi seguro de que todo el proceso no
es mas que un solemnísimo embrollo fraguado por la fecunda imaginación
de Aviraneta.
Con razón o sin ella, conseguimos vernos libres de la dictadura de los
carlistas.
Yo quise influír en Cortázar para que dejara libre al padre Anselmo;
pero el cura estaba pendiente de la causa y no se le podía libertar.
Como la vida en la cárcel para nosotros se hizo más llevadera, yo
comencé a recibir visitas de los antiguos afiliados a la Isabelina,
que podían hablarme con completa libertad. La opinión de la gente
reaccionó a mi favor, y todo el mundo decía que era un absurdo que
permaneciera preso por una conspiración que no había existido nunca. Yo
me hacía la víctima y esperaba el desquite.
Unos días después supe que en un movimiento revolucionario que estalló
por entonces en Barcelona y que costó la vida al general Bassa, habían
destituído del cargo, que le dieron meses antes, a mi denunciador Civat.
Poco después, Martínez de la Rosa salía del Gobierno. Yo me consideraba
vengado, pero me faltaba conseguir mi libertad.
I
PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO
Yo pienso, pues, que vale más
ser impetuoso que circunspecto,
porque la fortuna es mujer,
y para subyugarla es mejor
batirla y atropellarla, porque
se deja más bien vencer por los
audaces que por los que obran
fríamente.
MAQUIAVELO: _El Príncipe_.
LO que tengo que contar ahora no es ninguna novedad para ti--me dijo
Aviraneta--, porque pertenece en parte a la historia del tiempo.
Una mañana de agosto se presentaron en la Cárcel de Corte el capitán
Ríos, ayo de los hijos del conde de Parcent, con otro oficial de la
Milicia Urbana, de paisano. El alcaide me dejaba gran libertad y me
permitió hablar con ellos largamente.
Los dos oficiales venían nada menos que a pedirme un Plan de
sublevación, hecho a base de la Milicia Urbana.
--Señores--les dije yo--, no creo, claro es, que ustedes hayan venido
aquí a tenderme un lazo, ni mucho menos; pero ustedes pueden muy bien
engañarse respecto al espíritu del pueblo y de la Milicia, y yo, antes
de idear un plan y de ser responsable de él, quisiera cerciorarme de lo
que ustedes dicen.
Ríos me contestó que traerían una carta de tres comandantes de la
Milicia Urbana corroborando lo que decían ellos, y que vendría al día
siguiente un agente de Bolsa amigo mío llamado Robles. Vino Ríos con la
carta y con Robles, y hablamos.
Robles me dijo que reinaba, efectivamente, gran descontento en el
pueblo liberal; que las noticias de la guerra eran malas; que se
acusaba al Gobierno de inactivo; que la Corte en la Granja se dedicaba
a divertirse, y que todo el mundo decía que tenía que venir un cambio
en la política. Era una época en la que había entusiasmo y fe en las
nuevas ideas, entusiasmo y fe que luego han ido decayendo.
Ríos añadió que estaba todo preparado para un pronunciamiento de la
Milicia; que el pueblo secundaría el movimiento, y que Andrés Borrego
había visitado al general Quesada, y que éste daba su palabra de que la
Guardia Real no atacaría a los sublevados.
--¿Cómo puede asegurar esto Quesada?--pregunté yo--. El está de
reemplazo.
--Sí; pero tiene de su parte toda la oficialidad de la Guardia Real.
--¿Han pactado algo Borrego y Quesada?
--No.
--¿Está usted seguro?
--Sí.
Luego se supo que Borrego había conferenciado con Quesada y con dos
jefes de la Guardia Real, el general Soria y el conde de Cleonart. En
esta conferencia, que yo no conocía, se había pactado que la Milicia
Urbana haría una manifestación. Borrego y Olózaga escribirían una
petición a la Reina, firmada por los cuatro jefes de la Milicia Urbana,
y, presentada la petición, la Milicia dejaría las armas.
Si yo hubiera sabido que Quesada estaba en el ajo, no entro en la
combinación.
Quesada era un militar ordenancista, bárbaro e incomprensivo. Era muy
valiente y de costumbres rudas, arrebatado, ajeno a todo miramiento;
decía que no sabía mas que mandar y obedecer, declaración que basta
para juzgar cualquiera. Muy duro en el mando, muy destemplado en el
lenguaje, a pesar de creerse muy fijo en sus ideas, era completamente
voluble.
Muchas veces dijo, refiriéndose a los liberales: «He de ser peor que
Atila con esa canalla».
Un hombre como Quesada, que tenía por norma el no razonar, no podía
ser hombre de ideas; así se le vió figurar en una época con los
absolutistas, después hacerse masón, sentirse medio liberal y, al mismo
tiempo, enemigo de la Constitución. Para él todas estas volubilidades e
inconsecuencias se velaban con la disciplina.
Sólo a Borrego, a Espronceda y a González Brabo, gente que quería
medrar sin esfuerzo, se les pudo ocurrir apoyarse en un hombre como
Quesada.
Quesada en esta época, 1835, estaba de cuartel en Madrid. Le habían
separado de la Capitanía General en enero, lo que consideraba como una
ofensa a su persona.
Si, como digo, hubiese tenido conocimiento de la participación de
Quesada en el asunto, hubiese llevado éste de otra manera muy diferente.
Hablamos Robles y Ríos, y quedamos de acuerdo en que el objeto de la
sublevación sería:
1.º Apoderarse de Madrid.
2.º Nombrar una Junta Revolucionaria.
3.º Ponerse en relación con los sublevados de Zaragoza.
De acuerdo en esto, les dije que al día siguiente les daría mi plan.
Fué el siguiente:
PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO
(_Orden general para la Milicia._)