--No; vive en la casa donde yo trabajo, pero no tengo nada que ver con

él, ni comparto sus sentimientos.

El joven y el viejo le estrecharon efusivamente la mano. Miguel no

quiso presenciar la ejecución. El joven y el viejo se unieron a Miguel

y subieron calle de Toledo arriba. El joven era alto, flaco, con

melenas, y vestía gabán y sombrero de copa; el viejo, más bajo, llevaba

sombrero ancho y capa.

Al pasar por un café de la calle Imperial, el joven les invitó a entrar

a Miguel y al viejo; pero éste dijo que no, y les llevó a una taberna

próxima. Era la taberna del hermano de Balseiro, ladrón que tuvo luego

gran fama y que estuvo complicado en el proceso de Candelas.

El joven y el viejo, al encontrarse dentro de la taberna, hablaron con

violencia y desfogaron su furor.

El Rey, según el joven, era un miserable, un malvado, un hombre vil,

sin corazón, sin conciencia, dominado por una camarilla de lacayos y

por los frailes.

El viejo habló de la miserable farsa que suponía el condenar a un

hombre a muerte y ponerle una estampa de Cristo en las manos; como si

no fueran ellos, los que se decían representantes de Cristo, los que le

condenaban. Miguel les oyó con gusto, porque aquellos hombres tenían

sus ideas; luego se despidió de ellos para llegar a tiempo al almacén.

Al entrar en la casa oyó contar al Cuervo la ejecución de Miyar, con

todos sus detalles, riendo, como si se tratara de una de las cosas más

divertidas y chuscas que se pudiera contemplar.

Cuando Miguel habló de esta cuestión vió que todos los de la casa,

comenzando por don Tomás y siguiendo por el padre Cecilio, aseguraban

que el librero Miyar estaba bien castigado, porque era un hereje y

había que hacer un escarmiento con ellos.

Había poca misericordia en aquella casa de la calle de la Misericordia,

2.

Miguel Rocaforte tuvo que disimular sus ideas, con gran desesperación

suya. Sabía que don Tomás era carlista, pero no lo creía tan fanático;

luego averiguó que había sido administrador del duque del Infantado, y

que era por entonces uno de los hombres de más influencia del partido

apostólico.

Unos años después contaba Miguel en su Diario, cuando la matanza de

frailes, vió al joven y al viejo a quienes había encontrado en la plaza

de la Cebada en la ejecución de Miyar aplaudiendo a las turbas en la

calle de Toledo, mientras quemaban los muebles sacados de San Isidro y

llevaban en un carro los cadáveres de los frailes.

Al principio de llegar a Madrid, Miguel se mezcló en las algaradas

callejeras y habló de política con entusiasmo; luego el amor borró

estas preocupaciones y le absorbió por completo.

Miguel cometió la torpeza, de que luego se arrepintió, de tomar como

confidente de sus amores a su paisano León Zapata y de presentarle a

éste a don Plácido, el huésped de Burguillos.

IV

SOLEDAD

Non olvides la dueña, dicho te lo e desuso.

Muger, molyno e huerta syempre quieren el uso.

ARCIPRESTE DE HITA: _Libro de Buen Amor_.

A los tres meses de vivir allí, Miguel era un elemento importante de la

casa. Las muchachas de don Tomás, doña Juanita, la Pepa de Burguillos,

le buscaban y le hablaban. Se hizo amigo de don Plácido y fué con

éste a visitar al cura don Bernardo y a oír sus sabias disertaciones

históricas.

Iba Miguel con frecuencia a la casa de Burguillos y charlaba allí con

la Pepa. Los desplantes chulescos de ésta no llegaron a entusiasmar al

joven Miguel. Por otra parte, don Plácido le dió malos informes de la

hija del manchego.

Don Plácido tenía poca simpatía por las mujeres, en general, y menos

por la hija de su patrón, a la que acusaba de egoísta, de interesada y

de coqueta.

Gómez, el empleado, le llevó también a Miguel algunos días a su casa.

Narciso Gómez no le tenía simpatía a Rocaforte; pensaba que el patrón

favorecería al joven por ser su sobrino. Mientras don Tomás no hizo la

menor distinción por Miguel, Gómez tampoco la hizo; pero cuando vió que

el muchacho entraba en la casa del principal, se apresuró a llevarle a

la suya.

Juanita, la mujer de Gómez, coqueteó con Miguel y le dió broma por las

conversaciones que tenía con la Pepa Burguillos. A su vez, la Pepa le

dijo a Miguel que ya sabía que iba a casa de Gómez y que charlaba con

la Juanita.

--Esa no dice a nadie que no--acabó diciendo la chulona de la

guardilla--; cuando se le va un cortejo, toma otro. Pobre marido.

Miguel, que se vió solicitado por las dos mujeres, se dió tono y no se

decidió por ninguna de las dos.

Don Tomás, al saberlo, comenzó a tener alguna confianza con Miguel y a

convidarle a comer los domingos por la noche.

No era un anfitrión muy amable don Tomás. Hablaba poco. Leía la

_Gaceta_ o algún periódico moderado y hacía comentarios sobre la marcha

política de España, siempre desde un punto de vista terriblemente

absolutista y ultramontano. Miguel tenía que ocultar sus ideas y estaba

obligado a rezar el rosario al despedirse para irse a dormir.

A veces, en la conversación, haciéndose el cándido, intentaba dar una

opinión liberal; pero don Tomás le hacía callar con desdén, como si no

mereciera la idea expuesta el ser examinada en serio.

Cuando iba de tertulia el padre Cecilio, éste definía desde lo alto

de su sapiencia, y sus opiniones eran dogmas. Lo había dicho el

padre Cecilio, no se podía volver sobre el asunto. Miguel tenía que

violentarse y morderse los labios para no protestar de las opiniones

del fraile. Más que la opinión en sí le molestaba el tono sin réplica

con que la emitía el padre franciscano.

La mujer de don Tomás, Soledad, era una mujer joven, bonita, con una

cara de virgen resignada y triste. Soledad tenía el óvalo de la cara

muy alargado, los ojos grandes, obscuros, la expresión melancólica y el

color pálido; se tocaba con sencillez, sin coquetería, y vestía siempre

de negro.

La madre de Soledad, mujer enferma, medio paralítica, vivía encerrada

en su cuarto, cuidada por su hija. Soledad se había casado con don

Tomás, a pesar de que le doblaba la edad, pensando en su madre enferma,

porque madre e hija antes de casarse ésta vivían en una pobreza rayana

en la miseria.

Don Tomás creyó que había hecho bastante con librar de la miseria a

Soledad y a su madre, y no se ocupaba gran cosa de su mujer. Suponía

que Soledad debía ser su ama de llaves, y que este cargo le tenía que

bastar para estar satisfecha y contenta.

Miguel, al principio, no se ocupó de Soledad, ni Soledad de Miguel;

pero llegó un día en que empezaron a observarse el uno al otro, y él

fué viendo que, a pesar de su aire encogido y triste, ella era una

mujer bonita, y Soledad notó que Miguel era un guapo mozo que le miraba

a hurtadillas siempre que podía.

La confianza entre Soledad y Miguel se fué estableciendo muy

lentamente, y de repente brotó entre ellos el amor como una llama.

Quizá Miguel tenía ideas falsas acerca de las mujeres, y decía muchas

veces insensateces y locuras; pero Soledad sabía, sin duda, desprender

toda la broza literaria de la conversación de Miguel y no ver en sus

palabras mas que el entusiasmo que se transparentaba en ellas, como en

su actitud y en su expresión.

Por otra parte, Soledad tenía horror por el adulterio y por el

escándalo; pensaba a todas horas en el infierno; pero Miguel le

inspiraba confianza.

Durante el día Miguel solía ver algunas veces a Soledad asomada a los

cristales desde las rejas de su despacho, y llegó un tiempo en que

sabía las horas exactas en que ella se asomaba.

Un domingo, por la mañana, Miguel escribió una carta de amor y se la

mostró a Soledad desde la ventana del sotabanco. Ella hizo desde dentro

un signo de asentimiento. Miguel metió la carta en un libro, lo ató

con un bramante y fué bajándolo hasta que ella pudo coger el libro. Al

día siguiente Soledad contestaba, y una correspondencia apasionada se

cruzaba entre los dos.

Miguel inventó una porción de procedimientos ingeniosos para que no se

descubriese la correspondencia, y durante algún tiempo nadie se enteró.

Sin duda alguna, Miguel vió en la iniciación de aquellos amores un

triunfo personal, un triunfo de soberbia contra la estupidez satisfecha

de don Tomás y el dogmatismo categórico y cerril del padre Cecilio;

Miguel pensó más en su vanidad satisfecha que en la mujer que por él

se comprometía; después fué perdiendo la satisfacción de su orgullo y

se encontró preocupado con la situación en que se hallaba y con la que

había dejado a la mujer que quería.

En aquel momento se olvidó de su actitud literaria, romántica, y

comenzó a adquirir una idea de responsabilidad.

Entonces se le ocurrió el proyecto de ponerse a estudiar francés e

inglés, e irse al extranjero con Soledad.

A otro quizá la reflexión le hubiera echado atrás; pero Miguel tenía

alma de conquistador, de guerrillero y más bien amaba el peligro que lo

rehuía.

Soledad había vivido en un ambiente completamente hostil; cuidaba de su

madre, hacía los quehaceres de la casa y estaba espiada por todos los

vecinos y vecinas, comenzando por la Pepa y la Juanita. Si alguna vez

se quejaba de que su vida era triste y aburrida, los pocos contertulios

que visitaban a don Tomás caían sobre ella, y la decían, entre ironías

y sarcasmos, que la vida ideal para una mujer consistía en estar unida

a una persona respetable y religiosa. Todo lo demás no valía nada, eran

únicamente tonterías y romanticismos de la época. En este todo lo demás

entraba lo único agradable que puede tener la vida.

Soledad llevaba una existencia triste, cuidaba de su madre, hacía los

quehaceres y apenas salía de casa. No había estado nunca en el teatro

ni leído mas que libros de religión. No tenía amigas; los días de

fiesta iba a la iglesia de las Descalzas, y después daba una vuelta

para hacer algunas compras.

Miguel, en su exaltación romántica, convenció pronto a Soledad que

la vida no era esta triste rutina; que el amor resplandece en la

existencia como la Vía láctea en las noches estrelladas, y que cuando

el corazón ha hablado se puede y se debe saltar por encima de las

preocupaciones sociales.

Ella se dejó convencer rápidamente; él seguía escribiéndola cartas, que

ella leía y que contestaba robando horas al sueño. Miguel y Soledad

tuvieron un domingo una cita, y luego varias. El solía esperarla en el

claustro de las Descalzas, y en una de las ventanas dejaba escrito con

lápiz el sitio de la cita donde debían reunirse.

A pesar de todas sus precauciones, los amores trascendieron. La Pepa,

la Juanita y el Cuervo habían formado, alrededor de ellos, una red de

espionaje.

Don Tomás se manifestaba impasible, sin la menor sospecha, de una

ecuanimidad extraordinaria. Soledad sentía un gran terror, que iba

aumentando por momentos al encontrarse frente a su marido, y este

terror se lo comunicó a su amante.

Su esposo era hombre de una frialdad terrible y de unas pasiones

reconcentradas, le decía a Miguel. Ella le había visto algunas veces,

aunque no muchas, perder su aire tranquilo y convertirse en una fiera.

La posibilidad de que su marido, enterado ya de cuanto ocurría, se

manifestara tan impasible, redoblaba su terror. Soledad temía que su

marido lo supiera todo y estuviera preparando una venganza terrible.

--Que caiga la venganza sobre mí, que soy la más culpable--decía ella.

Miguel quería creer que don Tomás era un pobre hombre que no se

enteraba de nada, ni era violento. Sin embargo, iba sabiendo que su

patrón había tenido negocios peligrosos de contrabando, que se había

manifestado como un guerrillero audaz, y que en sus tentativas de

conspiración con los absolutistas había sido tan atrevido como enérgico.

Don Tomás guardaba secretos de sus correligionarios; la cueva de su

casa, según se decía, estaba llena de cajas con papeles y documentos.

El era el único que sabía lo que había dentro. Si alguno conocía parte

de sus secretos, era el portero, el Cuervo, su hombre de confianza.

Muchos le tenían a este antiguo soldado del ejército de la Fe por

cómplice de su amo. ¿Cómplice de qué? No se sabía; pero la idea de

que entre los dos habían hecho algún desmán, se imponía al verlos. El

Cuervo estaba entregado a su amo en cuerpo y alma.

Soledad, al pasar por el portal, temía la mirada de aquel zapatero

siniestro.

Don Tomás solía ir con frecuencia a la librería de Monnier, con

Miguel, a leer periódicos realistas franceses, cuyas noticias le

interesaban.

Cuando la cuestión del supuesto robo de Castelo, y cuando Miguel no

quiso dejarse registrar y fué llevado a la cárcel, don Tomás, a pesar

de su impasibilidad, quedó sorprendido. La energía de su dependiente le

admiró, y comprendió que era un hombre de fibra. Miguel llevaba en el

bolsillo las cartas de Soledad y su Diario.

Rocaforte, al ingresar en la Cárcel, pensó que el peligro en que se

encontraba Soledad estaba conjurado; y se prometió no decir nada,

aunque tuviera que permanecer allí largo tiempo.

Don Tomás examinó la conducta de su dependiente y llegó a ver en claro

la causa por la cual no había querido dejarse registrar.

Le faltaba la prueba, y supuso que, tarde o temprano, la encontraría.

En el tiempo en que Miguel estuvo preso, Soledad sufrió grandemente; su

madre murió, y ella fué poniéndose cada vez más pálida y más triste.

Don Tomás decidió enviarla a Sigüenza, a casa de unos parientes.

V

ANÓNIMOS

Los malvados son como las

moscas, que recorren el cuerpo

del hombre y no se detienen mas

que sobre sus llagas.

LA BRUYERE: _Los caracteres_.

EN el tiempo en que Miguel estuvo preso en la Cárcel de Corte se

recibieron varios anónimos en casa de don Tomás. Uno de ellos era de

Juanita, la mujer de Gómez; los otros, de León Zapata, el paisano de

Miguel. La Juanita tenía gran odio por Soledad.

Zapata quería mortificar a don Tomás y de paso estorbar el éxito de

Miguel. Don Plácido le sirvió de apuntador y le dió datos de la gente

de la casa.

El anónimo de Juanita, que iba dirigido a don Tomás, decía así:

«Con gran sentimiento de mi parte, tengo que participarle a usted

que su mujer le engaña con Miguel Rocaforte, el que está ahora

en la cárcel. Pregunte usted en la calle de Peregrinos, 4, donde

Soledad y Miguel se han visto, y le darán noticias.

UN AMIGO.»

Los anónimos de Zapata se sucedieron durante largo tiempo y tenían otro

carácter. Fueron varios.

El primero decía así:

«En esa santa casa antigua de Capellanes hay una mujer que adorna

la frente de su marido. Es Juanita, la señora de Gómez. El señor

Gómez no puede ya con su cabeza. Cada año un asta más.

¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2!

EL DUENDE.»

Al día siguiente llegó otro anónimo:

«El joven Miguel Rocaforte se jacta en todas partes de haberle

puesto los cuernos a su principal. Estaba escrito: Manso has sido,

manso eres y manso serás.

¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2!

EL DUENDE.»

Al cabo de poco tiempo vino otro papel:

«En esa santa casa, hoy de la Sal, hay un Cuervo que debía graznar,

ya hace tiempo, en el patio de un presidio. Ese Cuervo, mal

zapatero, es un bandido, miserable y estafador, que engaña a todo

el mundo, empezando por su amo. ¡Buena está la casa de la calle de

la Misericordia, 2!

EL DUENDE.»

A los pocos días se recibió otro anónimo:

«En esa cristiana casa hay una Pepita que tiene dos cortejos a la

vez: uno para los días de fiesta, y otro para los días de labor.

Ahora la visita el cerdo del padre Cecilio. ¿Qué hace mientrastanto

Burguillos? Burguillos calla y otorga. ¡Buena está la casa de la

calle de la Misericordia, 2!

EL DUENDE.»

Por último, se recibió esta letanía, que decía así:

«_Letanía para recitar en la casa de la Sal._

De la mansedumbre de don Tomás Manso,

De la gracia del Cuervo,

De las visitas de los padres franciscanos,

De los chismes de las monjas Clarisas,

Líbranos, Señor;

Del ceño de don Bernardo,

Del vientre del padre Cecilio,

Del contravientre del hermano Félix,

De la charla de don Plácido,

Líbranos, Señor;

De los ardores de la Pepita,

De los malhumores de Juanita,

De los cuernos del buen Gómez,

De los flatos de Burguillos,

Líbranos, Señor;

Líbranos, Señor, de tanto bellaco, de tanto cornudo, de tanta

pécora como habita esa casa, Misericordia, 2. ¡Misericordia, Señor!

EL DUENDE.»

Don Tomás leyó con una terrible indignación estos anónimos. El primero

comprendió que partía de alguna de las mujeres de la casa, de la Pepa,

o de la Juanita; los otros, pensaba que debían ser de algún amigo de

Miguel; pero no podía suponer de quién.

VI

PREPARATIVOS

Que no quedara contenta

ni lograda mi esperanza

si no vieras la venganza

en donde viste la afrenta.

GUILLÉN DE CASTRO: _Las

mocedades del Cid_.

EL Cuervo había tenido siempre gran antipatía por Miguel. Sin duda, la

juventud y la fuerza del joven excitaban su envidia.

El Cuervo había asegurado en la casa que Miguel no saldría de la

cárcel; cuando le vió que volvía sintió por él un gran odio.

Don Tomás recibió a Miguel con marcada frialdad e hizo que el Cuervo

registrara el cuarto y las ropas del joven. Este había dejado las

cartas de Soledad y su Diario en manos de Aviraneta, en un paquete

atado.

El Cuervo no encontró nada. Don Tomás pareció contentarse; pero el

Cuervo insinuó a su amo y, al último, le dijo claramente que no por eso

era menos cierto que Soledad se entendía con Miguel.

--¿Lo sabes tú?

--Lo sé todo.

--¿Te lo han dicho?

--Lo he visto.

--¿Qué has visto?

--He visto que se escribían cartas y luego se hablaban y se daban citas.

--¿Dónde se encontraban?

--Generalmente en el claustro de las Descalzas. Al principio, Miguel

escribía con lápiz, en una de las ventanas, el lugar de la cita; luego

iba ella y borraba lo escrito; después era un pobre que está a la

puerta de esta iglesia el que se encargaba de su correspondencia.

--¿Lo viste tú?

--Sí.

--¿Qué viste más?

--Vi también que uno de aquellos días, al salir de la iglesia de las

Descalzas, pasó por aquí doña Soledad como si fuera a hacer compras,

miró a derecha e izquierda y entró en la calle de Peregrinos, donde la

esperaba Miguel.

Don Tomás sintió que le sofocaba el ansia de vengarse; no le tenía gran

cariño a su mujer, pero consideraba que al querer a Miguel ofendía en

su dignidad al hombre que le había sacado de la miseria.

--Está bien--dijo don Tomás.

Para don Tomás la traición de Soledad y de Miguel era una prueba más de

la maldad humana, del espíritu envilecido y encanallado de los hombres.

Ante el Cuervo, el amo consideraba que debía tener una actitud

indiferente, como si hasta él no pudieran llegar las miserias humanas.

Los siguientes días, a pesar de su impasibilidad, don Tomás se

estremecía ante la mirada brillante e irónica del jorobado.

Miguel había vuelto a su trabajo y se manifestaba tranquilo y contento;

su tío le hablaba poco; Gómez le miraba sonriente; Burguillos le

contemplaba con atención, y el Cuervo le dirigía una mirada larga y

rencorosa.

Una vez don Tomás y el Cuervo tuvieron una nocturna conferencia. Al día

siguiente, por la tarde, era domingo y no había nadie en casa. Amo y

criado entraron en el almacén de la fuente con la cabeza de Medusa, y

estuvieron allí largo rato.

El almacén era bajo de techo, tenía rejas al patio y en el suelo

grandes losas. Entre ellas había dos con hendiduras, como saeteras, que

se podían levantar. Las levantó el Cuervo con una palanca y apareció

un agujero grande y obscuro. Metió el Cuervo una linterna encendida,

colgada de una cuerda, y se vió una oquedad hecha en tierra arenosa, en

parte revestida por una bóveda de ladrillo, con arcos medio derrumbados.

Don Tomás y el Cuervo bajaron al subterráneo por una escalera larga, y

lo reconocieron. Tenía una profundidad de ocho a diez metros. Estaba

completamente cerrado, y no había comunicación alguna con el exterior;

la única boca de galería que parecía haber existido en otro tiempo

estaba cerrada por una gran piedra de molino. En el centro de esta

piedra había un agujero. El Cuervo metió un hierro por él, sospechando

si tendría una salida, y sacó trozos de carbón y de huesos.

Después de reconocer el subterráneo y ver que no tenía ninguna

comunicación, volvieron amo y criado al almacén e hicieron entre los

dos varias y extrañas maniobras. Sirviéndose de la palanca, llevó el

Cuervo las dos piedras grandes que cerraban el boquete del suelo a un

rincón, y sobre el agujero que quedaba, de un metro en cuadro, puso una

esterilla ligera, que lo ocultaba perfectamente, sujeta en los bordes

por unas bolas de sal. Delante del boquete colocó una mesa.

El Cuervo tenía imaginación para el mal. Excitaba constantemente a su

amo. Don Tomás vacilaba; tan pronto consideraba la venganza como lógica

y justa, como la tenía por excesivamente severa.

El Cuervo, que era el espíritu maligno que se cernía sobre el alma

de don Tomás, le excitaba, le ponía a la vista la petulancia y la

fanfarronería de Miguel.

VII

EL CRIMEN

Madruga y mata primero.

CALDERÓN: _El monstruo de la

fortuna_.

DESPUÉS de muchas conferencias con el Cuervo, don Tomás se decidió. Un

día le dijo a Miguel:

--Tengo que enviar una persona con una comisión importante para

Zaragoza, y de paso para Sigüenza. ¿Quieres ir tú?

--Con mucho gusto.

--Te advierto que es una comisión para los carlistas.

--No me importa.

--Bueno; pues pide un pasaporte y un billete para la diligencia.

Miguel se entusiasmó con la idea de ver pronto a Soledad, y no se le

ocurrió la menor sospecha.

Dos días después le avisó a su tío y le dijo:

--Ya tengo todo en regla.

--Tienes que hacer el viaje con el máximo de prudencia. Es conveniente

que digas a todo el mundo que te marchas hoy, y no te vayas hasta

mañana. Ven esta noche a casa, a las doce; no subas a la habitación,

para que no oigan los pasos. Te daré la llave, entras y pasas al

almacén de la fuente, donde yo te esperaré.

--Está bien.

--También quiero que te confieses para salir de Madrid y hacer este

viaje, que puede estar lleno de peligros.

--Bueno.

Miguel no hizo gran caso de este consejo. Por la noche estuvo en el

Café Nuevo, y, poco antes de dar las doce, se acercó a la casa de la

calle de la Misericordia. Miguel iba muy embozado en la capa; hacía

una noche negra de invierno. El joven empujó el postigo de la puerta,

que se abrió sin ruido, y lo volvió a cerrar, pasó el zaguán, abrió

la puerta de la mampara de cristales, que comunicaba con el patio, y

luego, la del almacén de la fuentecilla.

--¡Adelante!--dijo don Tomás, con voz temblona.

Miguel no había estado nunca en este almacén, en el cual se decía que

don Tomás guardaba sus secretos. Vió en un rincón una caja de caudales

y sobre una mesa un velón.

--¿Te ha visto alguno entrar en la casa?--preguntó don Tomás.

--Nadie. La noche está muy negra y muy fría.

--¿Estás preparado?

--Sí.

--¿Ya te confesaste?

--Sí.

--Bueno.

Don Tomás, dando una larga vuelta, se acercó a la mesa, de manera que

la luz no le diera en el rostro. Así no podía verse el aire siniestro y

alterado de su fisonomía.

--Dale esta carta a Soledad cuando llegues a Sigüenza--dijo--, y lleva

este paquete a Zaragoza. En el papel está la dirección.

Miguel avanzó despacio hacia la mesa.

Don Tomás le contempló con una mirada anhelante.

--¿Por qué me mira así?--se preguntó Miguel.

--Si se salva--pensó, a su vez, don Tomás--, Dios lo habrá querido.

Miguel dió varios pasos y se aproximó a la mesa. De pronto se oyó que

la esterilla se hundía, arrastrando las bolas de sal que la sujetaban,

y el joven desapareció.

En el momento mismo, el Cuervo saltó por entre dos filas de sacos, y

apareció en medio del almacén.

Don Tomás se asomó al agujero y oyó un gemido ahogado de dolor.

El Cuervo, armado de la palanca, arrastró con brío, una tras otra, las

dos grandes losas y cerró el boquete del suelo.

--Ya no se oye nada--dijo, temblando, don Tomás.

--Habrá muerto con el golpe--repuso el Cuervo.

Don Tomás se dejó caer sobre una silla con el aire de un hombre

extenuado. El Cuervo comenzó a hacer una gran pirámide de bolas de sal

sobre las losas que ocultaban el agujero por donde se había cometido el

crimen.

Acabada la obra, los cómplices se miraron uno a otro. En el Cuervo

había una expresión de crueldad y de satisfacción. En don Tomás, una

mezcla de horror y de espanto. Los dos salieron del almacén al patio, y

luego, al portal. El Cuervo entró en su covacha y don Tomás subió las

escaleras hasta su cuarto.

Quince días después volvió Soledad a Madrid, sin haber mejorado de su

mal. No se atrevía a hacer ninguna pregunta. Su marido, indiferente e

impasible, nada le dijo. Así vivieron marido y mujer meses y meses.

Nadie tuvo la menor sospecha en la casa. El Cuervo siguió trabajando en

su portal.

* * * * *

El Sabor de la Venganza · 第 7 / 10 段