La plaza de las Descalzas era entonces más bonita que ahora, pues no

tenía los edificios de ladrillo blancos y rojos del Monte de Piedad

que recuerdan los trajes de baño. Estaba también más animada. En la

fuente de la Mariblanca había siempre aguadores tomando agua o sentados

en sus cubas, y en el resto de la plaza se estacionaban un sinnúmero de

carros, y los carreteros formaban sus corrillos al aire libre.

No se veía mucha gente por esta plazuela irregular y triste; sólo

algunos desventurados, que marchaban a empeñar algo y que buscaban

para su comisión las horas del anochecer, y los domingos y los días de

fiesta, los vecinos del barrio, que iban a misa.

La casa de los Capellanes, antigua propiedad de las monjas, era una

casa vieja; pero no tenía aire decrépito; su vejez era una vejez

fuerte y sana; estaba pintada de ocre, con grandes desconchaduras, y

tenía un piso bajo con rejas; el principal, con cinco balcones anchos

espaciosos, y el segundo, con balconcillos; sobre el tejado, saliente,

se destacaban guardillas con sus ventanas de cristales verdosos y

chimeneas antiguas de ladrillo, medio derruídas, y otras modernas, de

hierro, que echaban tenues columnas de humo en el aire, siempre claro,

de Madrid.

Por las rejas de la calle de la Misericordia y de la de Capellanes

se veían sacos y bolas de sal, menos en una de una encuadernación,

donde se divisaban montones de papel y una prensa de madera; en el

piso primero, a través de los cristales, aparecían unas cortinas rojas

desteñidas, y en el segundo, visillos amarillentos.

Hacia 1823, esta casa fué vendida por el Estado, y en 1835 era dueño

de ella don Tomás Manso, que vivía en el primer piso y tenía el bajo

dedicado a almacenes de sal.

Desde entonces, entre la gente, el nombre de la casa de los Capellanes

se iba sustituyendo por el de Casa de la Sal.

Le habían quedado a este edificio varias servidumbres, de cuando

era anejo a la iglesia, y por su escalera pasaban el capellán y el

sacristán de las Descalzas para sus habitaciones respectivas, y dos

frailes franciscanos, confesores de las monjas clarisas del convento

inmediato. Esta casa tenía una puerta grande de dos hojas, con clavos

pequeños, y un postigo en una de ellas. El zaguán, empedrado con losas,

era espacioso, y del centro del techo colgaba un farol; a un lado,

próximo a la calle, había un puesto de zapatero remendón, y en el

fondo, una covacha de madera pintada de amarillo. A mano izquierda de

la covacha comenzaba una escalera vieja y apolillada, y a mano derecha

había una mampara de cristales con una puerta, por la que se pasaba

a un patio con arcos. Este patio tenía en una esquina una puerta que

daba a los almacenes, y en la otra, un pasillo obscuro que conducía a

otro patio pequeño, con un arbolito enclenque. El patio grande estaba

enlosado, y tenía en una de sus paredes una parra, que regaba con un

bote el encuadernador, que vivía en uno de los cuartuchos interiores

del piso bajo. Esta parra daba al patio cierto aire aldeano. Toda la

planta baja estaba formada por sótanos, crujías y almacenes negros y

abandonados, con las paredes salitrosas. Uno de estos almacenes, en el

que no entraba nadie, tenía una fuentecilla rota que representaba una

cabeza de Medusa. La Gorgona, de piedra, estaba borrosa, a fuerza de

golpes.

En los cuartos interiores, a los que se llegaba por una escalera

obscura, vivían gentes raras: un medio mendigo, que andaba por las

iglesias; una señora y su hija, venidas a menos, que cosían para fuera,

y una vieja pequeña, arrugada y negra, que cuidaba de las sillas de las

Descalzas.

II

FAUNA Y FLORA DE LA CASA

Yo soy misántropo y odio el

género humano. En lo que te

concierne, siento que no seas

un perro; quizá podría amarte

algún poco.

SHAKESPEARE: _Timón de Atena_.

EL que entraba en el viejo caserón de los Capellanes y subía desde el

portal a las guardillas, he aquí lo que iba viendo:

El primer encuentro, naturalmente, era el del portero y zapatero

remendón Francisco Cuervo, un antiguo soldado del ejército de la Fe,

del año 23, donde se había reunido la flor y nata de los bandidos y

criminales de todas las Españas.

Francisco Cuervo, alias Paco, don Paco, Paquito, don Paquito, Cuervo,

el Cuervo y el Chepa, porque tenía la espalda de jorobado, era hombre

de unos cuarenta y cinco años, de aire frío y siniestro.

El Cuervo manifestaba cierta mala sangre y cierto ingenio. Era un

misántropo. Tenía réplicas incisivas y ocurrentes. Una vez uno de los

carreteros que llevaban la sal a la casa le contaba con un gran lujo

de detalles sus infortunios conyugales. El Cuervo, después de oírle

burlonamente, le dijo:

--¿Sabe usted lo que le digo?

--¿Qué?

--Que vale más que eso le haya pasado a usted que no a otro.

--¿Por qué?

--Porque otro no hubiera tenido su paciencia.

Y el Cuervo dió una puntada al zapato que estaba componiendo. Al Cuervo

le gustaba mortificar a la gente. Cuando fué cabo de voluntarios

realistas se distinguió por su maldad más que por su valor. A su mujer,

de aspecto débil y enfermizo, la dominaba y martirizaba con saña.

El Cuervo tenía un perro tan malo como él. Era un perrillo viejo,

sarnoso, que mordía a los chicos y gruñía a todo el mundo. El zapatero

le había puesto por nombre _Rodil_, para expresar su desprecio por el

general que había perseguido a don Carlos.

El remendón azuzaba a _Rodil_, que perseguía a los gatos. El perro era

menos cruel que el amo: cuando cogía una rata la mataba; en cambio,

el Cuervo, cuando cogía una rata la rociaba con petróleo y la pegaba

fuego, riendo a carcajadas. El zapatero no faltaba a ninguna corrida de

toros ni a ninguna ejecución.

El Chepa tenía una gran admiración y un gran respeto por el amo de la

casa, don Tomás Manso, que había sido su jefe entre los voluntarios

realistas.

El Cuervo se manifestaba como hombre de gran inteligencia y de astucia,

sobre todo para lo que fuera intriga y maldad. Debía tener algún temor

que le inquietaba, porque siempre andaba mirando, desde el portal, a

derecha y a izquierda de la calle, y no salía nunca solo. Si salía

solo, esperaba al anochecer y marchaba embozado en la capa.

En el entresuelo de la casa vivía un dependiente antiguo apellidado

Gómez. Narciso Gómez era un hombre insignificante, gordito, tirando a

rubio, casado con una mujer muy chismosa y muy coqueta que se llamaba

Juana. Juanita era una mujer pálida, blanca, con los ojos claros y un

aire de avispa.

Juanita tocaba la guitarra y cantaba. Solía tener grandes éxitos con la

canción del _Triste Chactas_, que acababa con el estribillo de «Sin mi

Atala no puedo vivir».

Juanita solía visitar una casa de huéspedes que había en la vecindad, y

estaba enredada con uno que vivía allí de pupilo, un tal Luis, empleado

en un Banco. Este Luis era un hombre guapo, de unos treinta años,

muy satisfecho de su barba, de sus manos y de sus uñas. Fuera de sus

cuentas, de los cuidados de su barba, de sus manos y de sus uñas, era

un pobre imbécil.

Juanita le engañaba a Gómez, a su marido, con don Luis; pero si hubiera

estado casada con éste, le hubiese engañado con Gómez.

Se decía por las malas lenguas de la calle de la Misericordia, 2, que

Juanita había tenido algo que ver con don Tomás, el amo de la casa.

--Es falso--decían los que negaban este rumor--. Ella es capaz de eso y

de mucho más; pero él, no.

Juanita unía a su descoco una mala intención señalada y mordía cuanto

podía y como podía en la fama de las mujeres de la vecindad.

En el primer piso de la casa vivía el dueño, don Tomás. Este hombre

tenía ya cerca de sesenta años y estaba casado con una mujer joven

y bonita. Don Tomás era hombre alto, delgado, pálido, afeitado

cuidadosamente, con el pelo cano, siempre vestido de negro.

Su perfil era de medalla antigua; tenía una cara de esas que parecen de

plata, una cara reconcentrada y grave. Don Tomás era gran trabajador,

gran madrugador, muy ordenado y meticuloso. Prestaba dinero a rédito

de una manera un tanto usuraria; pero era capaz de hacer un favor y de

dar dinero sin interés. Había favorecido en repetidas ocasiones a la

familia suya del pueblo; pero estaba convencido de que había hecho mal,

porque no había obtenido más que olvidadizos y desagradecidos.

Don Tomás creía firmemente en la maldad humana. De ahí que fuera un

absolutista fiero. Para él el hombre debía estar siempre sujeto y atado

como un perro de presa para que no mordiese.

Solía vérsele a don Tomás, de día, recorriendo el almacén, y por las

noches, armado de una linterna, en compañía del Cuervo, registrando

la casa. La habitación donde vivía don Tomás representaba muy bien

el carácter de su dueño. Era una casa lóbrega, obscura, en que

constantemente estaban cerrados los cuartos; tenía una sala de respeto

de color rojo, con una sillería de damasco, con todas las sillas

pegadas a las paredes, y en el techo, una araña de cristal. El comedor

era triste, recibía la luz por la cocina, y las alcobas, sin luz y

sin ventilación, estaban llenas de armarios, de cómodas y de baúles,

de estampas de santos y de algún Niño Jesús metido en un fanal, con

falditas y una bola de plata en la mano.

De unas habitaciones a otras se pasaba subiendo o bajando varios

escalones.

El despacho de don Tomás era un cuarto grande con una ventana al

patio de vidrios pequeños y emplomados y un papel amarillo desteñido.

Tenía un armario alacena hecho en el hueco de la gruesa pared, con

unas cortinillas verdes sobre los cristales, un buró de caoba, sillas

también de caoba y una caja de caudales de hierro. Sobre la mesa, y en

la pared, había un crucifijo de marfil y una estampa con la imagen del

infante don Carlos.

El suelo del despacho era de baldosas rojas y solía estar cubierto por

una estera amarilla en invierno. En un ángulo, sobre un estante, había

varios libros de comercio, de pasta verde, con las cantoneras de cobre.

En este despacho, triste y frío, don Tomás trabajaba invierno y verano,

vestido siempre de negro y con un gorro también negro. Don Tomás no

tenía nunca fuego en la casa.

Don Tomás guardaba el dinero en unos capachos pequeños, donde ponía los

duros, las pesetas y los cuartos, y tenía una gran cartera para los

billetes de Banco.

Desde la puerta mampara del corredor se le veía escribiendo con una

pluma de ave, con una letra española de finos gavilanes, dedicándose

a estas fórmulas tan queridas por los españoles: «Mi querido amigo y

dueño: Su majestad el Rey, que Dios guarde, etc., etc.»

Don Tomás no salía casi nunca de día. Al anochecer se vestía con cierta

elegancia, se ponía camisa y cuello limpio, la capa, el sombrero de

copa alta, el bastón, y se marchaba a la calle, siempre muy serio y

grave.

Al volver a casa encendía una vela y volvía a su despacho, donde solía

estar escribiendo.

Don Tomás trataba de convencer a todos que el mundo había degenerado de

tal manera que nada era digno de interés.

En el piso segundo, en la parte que daba a la calle, tenía una casa de

huéspedes una señora gruesa, doña Leonarda, casada con un francés. Era

una casa de huéspedes de gente acomodada, en donde se comía bien. El

pupilo más antiguo era un tal don Jacinto, un viejo currutaco, agente

de negocios, que iba a todos los teatros y fiestas y visitaba a don

Tomás. En esta casa vivía también don Luis, el amante de la Juanita.

Un poco más arriba que la casa de doña Leonarda, la escalera se

bifurcaba y había un arco que daba a la habitación de los frailes.

Después, más arriba, volvía a bifurcarse la escalera, y por otro arco

se pasaba al cuarto del capellán de las Descalzas. Estos dos arcos

constituían la servidumbre de la casa.

Unas escaleras más arriba había un cuarto grande y largo, con tres

ventanas, que abarcaba una de las paredes del patio.

Este sotabanco se hallaba hecho primitivamente sobre el tejado y

estaba sin baldosas y sin cielo raso. Había allí relojes parados,

cajas cerradas, sacos y, en un estante, una porción de instrumentos de

platero.

El padre de don Tomás había tenido este oficio, y el mismo don Tomás lo

había practicado en su juventud.

Por la parte de atrás el sotabanco tenía una puerta pequeña, con un

montante que daba a una escalera estrecha.

Por esta escalera se llegaba a una azotea abandonada, con unos palos

podridos y unos trozos de cuerdas de esparto.

Más arriba, y al otro lado del sotabanco, estaban las guardillas, en

donde dos dependientes de don Tomás, Burguillos y el Morenito, tenían

sus viviendas.

Burguillos, ex sargento realista, había establecido sobre el tejado una

azotea de tablas, con un barandado de madera, y puesto luego unas cajas

con plantas en su terraza, que cuidaba y consideraba como los jardines

colgantes de Nínive.

Vigilante de esta terraza era el gato Manolo, que cazaba golondrinas y

vencejos, y era tan listo como su amo.

Desde la azotea de Burguillos, hecha de contrabando, pues las monjas de

la vecindad, de saber que había allí un observatorio, no lo hubieran

permitido, se abarcaba el jardín de las Clarisas, que tenía un

estanque, y se veía pasear a las profesas y trabajar al jardinero.

Burguillos era manchego, hombre de cara dura y juanetuda, bigote entre

cano, orejas como aventadores, frente pequeña y estrecha y color

cetrino. Burguillos, flor de pedantería castellana, hablaba siempre _ex

cathedra_, con esa perfección que a algunos encanta y que, en general,

no consiste mas que en el uso de lugares comunes. La frase, el refrán,

el como dice el otro, estaban siempre en sus labios. Burguillos se

creía la ciencia infusa, sabía hacer de todo; pero de todo mal, por

lo que sus enemigos le motejaban de chapucero. Hablaba por sentencias

y era extraordinariamente dogmático. Este manchego tenía una hija

muy guapa, la Pepa, una mujer con ideas de manola, tan redicha como

su padre, de quien, al parecer, había heredado su manera de hablar

recortada y sabihonda. La Pepa era costurera y aficionada a toda clase

de desplantes.

La Pepa, moza vistosa, morena, tenía unos ojos negros, grandes,

brillantes, de estos ojos que parecen reflejar mejor el mundo exterior

que la vida del espíritu.

Burguillos albergaba un huésped, un empleado del Monte de Piedad, don

Plácido del Moral. Don Plácido, hombre de unos cincuenta años, seco,

espartoso, vivía muy humildemente.

Don Plácido era soltero, económico y avaro. Decía a todo el mundo

alguna frase amable; cerraba su guardillita, como decía él, y no

permitía que nadie entrara en ella.

Era hombre bastante ilustrado, de buena memoria, que sabía latín. Le

hacía copias de documentos al capellán mayor de las Descalzas. Compraba

la ropa y los sombreros en el Rastro, y leía las Odas de Horacio, en

latín, en un viejo ejemplar grasiento.

Don Plácido había sido un gran aventurero: había estado en América y

tomado parte en la guerra de la Independencia y en las luchas de los

años constitucionales. Su falta de imaginación extraña le hacía contar

con tan poco encanto lo visto por él que, al oírle, su vida de militar

no parecía mas que una serie de fechas de salida de un pueblo y entrada

en otro. La guerra para él era una cosa burocrática y aburrida.

El otro empleado de la casa, el Morenito, era un hombre muy callado;

tenía la cara amarilla, los ojos pequeños, brillantes, como granos de

café tostado, el bigote negro y el traje negro. Daba la impresión de

una urraca.

De los frailes franciscanos que vivían en la casa y eran confesores de

las monjas, el más constante era el padre Cecilio, un fraile grueso,

abultado, poco inteligente y, por eso quizá, predicador favorito de las

monjas.

Le solía acompañar un lego, el hermano Félix, un hombre grueso,

grasiento, como derrengado, con una manera de andar de pato, unos

ademanes afeminados y una voz atiplada. El hermano Félix había estado

largo tiempo rasurado; pero después de la matanza de frailes se dejaba

la barba, negra y cerrada. Este hermano Félix era un tipo repulsivo e

inquietante.

El capellán mayor, don Bernardo, tenía una cara de aldeano castellano,

dura y ceñuda; pero era buen hombre. No trataba apenas con nadie, no

miraba de frente y estaba dedicado a estudios históricos.

Cuando alguno lo visitaba le veía escribiendo en una mesa pequeña,

rodeado de manuscritos y de libros viejos, en un pequeño despacho con

estantes llenos de tomos en pergamino. Por entonces estaba componiendo

la historia de algunas comunidades religiosas.

Don Bernardo era gran latinista e historiador concienzudo, con lo cual

no ganaba favores ni amistades.

--Antes que nada, la verdad--solía decir rudamente y mascullando las

palabras.

Con este espíritu verídico no quería meterse en cuestiones de moral y

de dogma, comprendiendo que podía venirse abajo su fe.

Don Bernardo decía misa en las Descalzas, pero por cualquier motivo

se quedaba en casa y no iba a la iglesia. Siempre inclinado a la

transigencia en cuestiones de moral, contrastaba con el padre Cecilio,

que era intransigente y fanático. Don Bernardo encontraba precedente

para todo; así que él y el fraile franciscano de la vecindad no se

tenían la menor simpatía.

Había quien aseguraba que el padre Cecilio odiaba profundamente a don

Bernardo, y que don Bernardo despreciaba en general a los frailes, y

sobre todo a los de la vecindad.

La casa de los Capellanes, antes como un pólipo unido a la iglesia y al

convento, tenía su vida propia.

Se dice que cada casa es un mundo. Aquella lo era. Había sus

preocupaciones, sus enredos amorosos y sus misterios. La Pepa de

Burguillos, la Juanita y las muchachas de casa de don Tomás y de la

casa de huéspedes daban pábulo a la murmuración.

Se hablaba de que don Tomás guardaba secretos; se decía que debajo

de uno de los almacenes de sal, del que tenía en la pared una fuente

de alabastro con una cabeza de Medusa, había una cueva con grandes

subterráneos, y que estos subterráneos comunicaban por galerías con el

convento de las Descalzas y con el Palacio Real.

Burguillos, que a veces trabajaba de albañil, aseguraba haber recorrido

parte de estos subterráneos.

Como moluscos agarrados a una roca vivía aquella parte de humanidad en

el viejo caserón.

Era por dentro una casa siniestra esta casa del barrio de las

Descalzas, Misericordia, 2; una casa buena para crímenes, para duendes,

para toda clase de intrigas y de misterios.

III

LA EJECUCIÓN DE MIYAR, EL LIBRERO

Y también pronto, en son triste,

lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

ESPRONCEDA: _El reo de muerte_.

A principio de 1831, don Tomás Manso puso en su casa, como dependiente,

a un sobrino suyo en segundo o tercer grado, llegado de Lerma, llamado

Miguel Rocaforte. Miguel, cuando vino a Madrid, era un joven cándido,

violento, lleno de ilusiones.

Entró a trabajar en el despacho de la calle de la Misericordia, a

las órdenes de Narciso Gómez, el casado con doña Juanita; y como su

tío no quería que Miguel fuera a una casa de huéspedes, ni tampoco

llevarlo a vivir con él, porque era celoso, hizo que a su sobrino le

pusieran la cama en el sotabanco grande y largo, en donde había relojes

descompuestos y herramientas de platero.

Miguel trabajaba con don Narciso en el piso bajo, en un rincón

estrecho y húmedo, con una ventana con rejas que daba al patio. Este

despacho tenía una puerta al pasillo, largo y obscuro, que comunicaba

con almacenes, en donde se veían montones de sal y bolas también de

sal, algunas tan grandes, que parecían las bombas de los parques de

Artillería.

El ambiente de aquel piso bajo era muy húmedo, parte porque no tenía

ventilación, y parte por la eflorescencia de la sal.

Los primeros meses de estar allí Miguel, los pasó aburrido y

desesperado, haciendo proyectos para marcharse a otra parte; luego,

cuando conoció al encuadernador, que vivía y tenía un pequeño taller

en el piso bajo y que le prestaba libros, se dedicó a leer; después se

acomodó a su vida de empleado, le tomó gusto a su sotabanco, en donde

estaba solo e independiente, salió a la calle y tuvo amigos y fué al

teatro.

Cuando Miguel entró en casa de don Tomás tenía diez y nueve años. Era

un joven romántico y alocado, que en su pueblo había comenzado a hacer

calaveradas, a leer versos y a escribirlos.

El y un rival suyo en aventuras, León Zapata, habían escandalizado el

pueblo, haciendo de fantasmas por las calles de Lerma y cantando el

_Trágala_ delante de la casa de los absolutistas.

Según Aviraneta, Miguel no podía servir para una vida tranquila y

ordenada. Don Eugenio le encontraba temperamento de guerrillero. Con

el Empecinado o con Mina, decía, hubiera llegado pronto a capitán o

a coronel. Era hombre mejor para manejar un sable que para trabajar

con la pluma. Impulsivo, valiente, atrevido, imprevisor y con una

vanidad absurda, era un tipo de estos, añadía Aviraneta, que tienen una

mentalidad de militares, de tenores de ópera, tipos para quienes la

vida es una sucesión de arias. Colocarse en una situación interesante,

y a poder ser dramática, y defender luego su papel de una manera

briosa, constituía la más grande preocupación de Miguel. Miguel, como

la mayoría de los hombres impulsivos que razonan ligeramente, iba a la

acción con una fuerza y una energía sorprendentes.

--Yo--decía Aviraneta--quise dar a aquel muchacho preocupaciones

políticas y hacerle en la cárcel un auxiliar mío; pero Miguel era

incapaz de someterse a nada.

Miguel, los primeros meses de estar en Madrid, no tenía más amigo que

Gómez, el empleado, y Gómez le desesperaba. Este era un hombrecito

insignificante y sonriente, contento con su suerte, a pesar de que todo

el mundo decía que su mujer le engañaba. De noche, a la luz de una

lamparilla de aceite, Miguel leía en su sotabanco poesías románticas y

novelas lacrimosas.

Un día, poco después de llegar a Madrid, supo por el portero de la

casa, el Cuervo, y por Burguillos, que iban a ejecutar a un librero

liberal en la plaza de la Cebada.

Los dos compadres le invitaron a acompañarles a presenciar la

ejecución, y al mediodía, después de trabajar en el almacén y de dejar

el zapatero remendón a su mujer al cuidado del puesto y de la portería,

marcharon los tres, cruzando calles, a salir a la de Toledo, y llegaron

a la plaza de la Cebada, que entonces se hallaba despejada y libre de

todo edificio.

Los soldados rodeaban el patíbulo y formaban el cuadro. Una multitud de

desharrapados se apiñaban para presenciar el suplicio, y los dragones

hacían caracolear los caballos y los llevaban para atrás, a meterlos

entre las filas de los curiosos. Tocaban las campanas a muerto en todas

las iglesias próximas: en San Isidro, en San Millán, en la Almudena, en

el Sacramento y en la capilla del Obispo; y los hermanos de la Paz y

Caridad, vestidos con sayones negros, recorrían las calles por parejas;

unos, haciendo sonar la campanilla, y otros, mostrando una caja de

hoja de lata y diciendo con voz triste y monótona: «Para hacer bien

por el alma del que van a ajusticiar». Miguel y sus dos compañeros se

detuvieron en medio de la multitud.

Miguel oyó decir que la mujer del librero Miyar había ido el día

anterior a Aranjuez a pedir gracia al Rey. La pobre mujer esperó a

Fernando VII; pero Fernando no salió porque llovía; quizá no salió por

temor a verse obligado a perdonar; cosa que debía ser desagradable para

un hombre bajo y rencoroso como él.

A las doce y media, próximamente, comenzó a aparecer la comitiva en la

plaza de la Cebada. Un hermano de la Paz y Caridad, llevando una gran

cruz, precedía el cortejo. Detrás marchaban dos filas de encapuchados,

con cirios amarillos en la mano, cantando una letanía; luego, un

piquete de alguaciles a caballo.

Inmediatamente después, montado en un burro, venía el librero Miyar,

entre dos curas. Vestía una hopa blanca y larga; estaba tan blanco como

la hopa y tenía las manos amoratadas, casi negras, por la presión de

la cuerda, que le martirizaba. Entre las manos agarrotadas llevaba una

estampa de Cristo.

Al ver la horca, el reo volvió la cabeza con horror y miró hacia el

público con los ojos dilatados por el espanto; pero los curas le

obligaron a seguir, poniéndole un crucifijo delante.

El Cuervo, entonces, dirigiéndose al reo, exclamó:

--¿Qué, creías que te iban a dar dulces?

Burguillos celebró la frase.

Miguel, indignado, hizo un gesto de disgusto y de molestia y se separó

bruscamente de sus compañeros. Este gesto lo notaron un joven y un

viejo, que se acercaron a él en seguida.

--¿Es usted amigo de ese jorobado?--le preguntó el viejo.

El Sabor de la Venganza · 第 6 / 10 段