tenía los edificios de ladrillo blancos y rojos del Monte de Piedad
que recuerdan los trajes de baño. Estaba también más animada. En la
fuente de la Mariblanca había siempre aguadores tomando agua o sentados
en sus cubas, y en el resto de la plaza se estacionaban un sinnúmero de
carros, y los carreteros formaban sus corrillos al aire libre.
No se veía mucha gente por esta plazuela irregular y triste; sólo
algunos desventurados, que marchaban a empeñar algo y que buscaban
para su comisión las horas del anochecer, y los domingos y los días de
fiesta, los vecinos del barrio, que iban a misa.
La casa de los Capellanes, antigua propiedad de las monjas, era una
casa vieja; pero no tenía aire decrépito; su vejez era una vejez
fuerte y sana; estaba pintada de ocre, con grandes desconchaduras, y
tenía un piso bajo con rejas; el principal, con cinco balcones anchos
espaciosos, y el segundo, con balconcillos; sobre el tejado, saliente,
se destacaban guardillas con sus ventanas de cristales verdosos y
chimeneas antiguas de ladrillo, medio derruídas, y otras modernas, de
hierro, que echaban tenues columnas de humo en el aire, siempre claro,
de Madrid.
Por las rejas de la calle de la Misericordia y de la de Capellanes
se veían sacos y bolas de sal, menos en una de una encuadernación,
donde se divisaban montones de papel y una prensa de madera; en el
piso primero, a través de los cristales, aparecían unas cortinas rojas
desteñidas, y en el segundo, visillos amarillentos.
Hacia 1823, esta casa fué vendida por el Estado, y en 1835 era dueño
de ella don Tomás Manso, que vivía en el primer piso y tenía el bajo
dedicado a almacenes de sal.
Desde entonces, entre la gente, el nombre de la casa de los Capellanes
se iba sustituyendo por el de Casa de la Sal.
Le habían quedado a este edificio varias servidumbres, de cuando
era anejo a la iglesia, y por su escalera pasaban el capellán y el
sacristán de las Descalzas para sus habitaciones respectivas, y dos
frailes franciscanos, confesores de las monjas clarisas del convento
inmediato. Esta casa tenía una puerta grande de dos hojas, con clavos
pequeños, y un postigo en una de ellas. El zaguán, empedrado con losas,
era espacioso, y del centro del techo colgaba un farol; a un lado,
próximo a la calle, había un puesto de zapatero remendón, y en el
fondo, una covacha de madera pintada de amarillo. A mano izquierda de
la covacha comenzaba una escalera vieja y apolillada, y a mano derecha
había una mampara de cristales con una puerta, por la que se pasaba
a un patio con arcos. Este patio tenía en una esquina una puerta que
daba a los almacenes, y en la otra, un pasillo obscuro que conducía a
otro patio pequeño, con un arbolito enclenque. El patio grande estaba
enlosado, y tenía en una de sus paredes una parra, que regaba con un
bote el encuadernador, que vivía en uno de los cuartuchos interiores
del piso bajo. Esta parra daba al patio cierto aire aldeano. Toda la
planta baja estaba formada por sótanos, crujías y almacenes negros y
abandonados, con las paredes salitrosas. Uno de estos almacenes, en el
que no entraba nadie, tenía una fuentecilla rota que representaba una
cabeza de Medusa. La Gorgona, de piedra, estaba borrosa, a fuerza de
golpes.
En los cuartos interiores, a los que se llegaba por una escalera
obscura, vivían gentes raras: un medio mendigo, que andaba por las
iglesias; una señora y su hija, venidas a menos, que cosían para fuera,
y una vieja pequeña, arrugada y negra, que cuidaba de las sillas de las
Descalzas.
II
FAUNA Y FLORA DE LA CASA
Yo soy misántropo y odio el
género humano. En lo que te
concierne, siento que no seas
un perro; quizá podría amarte
algún poco.
SHAKESPEARE: _Timón de Atena_.
EL que entraba en el viejo caserón de los Capellanes y subía desde el
portal a las guardillas, he aquí lo que iba viendo:
El primer encuentro, naturalmente, era el del portero y zapatero
remendón Francisco Cuervo, un antiguo soldado del ejército de la Fe,
del año 23, donde se había reunido la flor y nata de los bandidos y
criminales de todas las Españas.
Francisco Cuervo, alias Paco, don Paco, Paquito, don Paquito, Cuervo,
el Cuervo y el Chepa, porque tenía la espalda de jorobado, era hombre
de unos cuarenta y cinco años, de aire frío y siniestro.
El Cuervo manifestaba cierta mala sangre y cierto ingenio. Era un
misántropo. Tenía réplicas incisivas y ocurrentes. Una vez uno de los
carreteros que llevaban la sal a la casa le contaba con un gran lujo
de detalles sus infortunios conyugales. El Cuervo, después de oírle
burlonamente, le dijo:
--¿Sabe usted lo que le digo?
--¿Qué?
--Que vale más que eso le haya pasado a usted que no a otro.
--¿Por qué?
--Porque otro no hubiera tenido su paciencia.
Y el Cuervo dió una puntada al zapato que estaba componiendo. Al Cuervo
le gustaba mortificar a la gente. Cuando fué cabo de voluntarios
realistas se distinguió por su maldad más que por su valor. A su mujer,
de aspecto débil y enfermizo, la dominaba y martirizaba con saña.
El Cuervo tenía un perro tan malo como él. Era un perrillo viejo,
sarnoso, que mordía a los chicos y gruñía a todo el mundo. El zapatero
le había puesto por nombre _Rodil_, para expresar su desprecio por el
general que había perseguido a don Carlos.
El remendón azuzaba a _Rodil_, que perseguía a los gatos. El perro era
menos cruel que el amo: cuando cogía una rata la mataba; en cambio,
el Cuervo, cuando cogía una rata la rociaba con petróleo y la pegaba
fuego, riendo a carcajadas. El zapatero no faltaba a ninguna corrida de
toros ni a ninguna ejecución.
El Chepa tenía una gran admiración y un gran respeto por el amo de la
casa, don Tomás Manso, que había sido su jefe entre los voluntarios
realistas.
El Cuervo se manifestaba como hombre de gran inteligencia y de astucia,
sobre todo para lo que fuera intriga y maldad. Debía tener algún temor
que le inquietaba, porque siempre andaba mirando, desde el portal, a
derecha y a izquierda de la calle, y no salía nunca solo. Si salía
solo, esperaba al anochecer y marchaba embozado en la capa.
En el entresuelo de la casa vivía un dependiente antiguo apellidado
Gómez. Narciso Gómez era un hombre insignificante, gordito, tirando a
rubio, casado con una mujer muy chismosa y muy coqueta que se llamaba
Juana. Juanita era una mujer pálida, blanca, con los ojos claros y un
aire de avispa.
Juanita tocaba la guitarra y cantaba. Solía tener grandes éxitos con la
canción del _Triste Chactas_, que acababa con el estribillo de «Sin mi
Atala no puedo vivir».
Juanita solía visitar una casa de huéspedes que había en la vecindad, y
estaba enredada con uno que vivía allí de pupilo, un tal Luis, empleado
en un Banco. Este Luis era un hombre guapo, de unos treinta años,
muy satisfecho de su barba, de sus manos y de sus uñas. Fuera de sus
cuentas, de los cuidados de su barba, de sus manos y de sus uñas, era
un pobre imbécil.
Juanita le engañaba a Gómez, a su marido, con don Luis; pero si hubiera
estado casada con éste, le hubiese engañado con Gómez.
Se decía por las malas lenguas de la calle de la Misericordia, 2, que
Juanita había tenido algo que ver con don Tomás, el amo de la casa.
--Es falso--decían los que negaban este rumor--. Ella es capaz de eso y
de mucho más; pero él, no.
Juanita unía a su descoco una mala intención señalada y mordía cuanto
podía y como podía en la fama de las mujeres de la vecindad.
En el primer piso de la casa vivía el dueño, don Tomás. Este hombre
tenía ya cerca de sesenta años y estaba casado con una mujer joven
y bonita. Don Tomás era hombre alto, delgado, pálido, afeitado
cuidadosamente, con el pelo cano, siempre vestido de negro.
Su perfil era de medalla antigua; tenía una cara de esas que parecen de
plata, una cara reconcentrada y grave. Don Tomás era gran trabajador,
gran madrugador, muy ordenado y meticuloso. Prestaba dinero a rédito
de una manera un tanto usuraria; pero era capaz de hacer un favor y de
dar dinero sin interés. Había favorecido en repetidas ocasiones a la
familia suya del pueblo; pero estaba convencido de que había hecho mal,
porque no había obtenido más que olvidadizos y desagradecidos.
Don Tomás creía firmemente en la maldad humana. De ahí que fuera un
absolutista fiero. Para él el hombre debía estar siempre sujeto y atado
como un perro de presa para que no mordiese.
Solía vérsele a don Tomás, de día, recorriendo el almacén, y por las
noches, armado de una linterna, en compañía del Cuervo, registrando
la casa. La habitación donde vivía don Tomás representaba muy bien
el carácter de su dueño. Era una casa lóbrega, obscura, en que
constantemente estaban cerrados los cuartos; tenía una sala de respeto
de color rojo, con una sillería de damasco, con todas las sillas
pegadas a las paredes, y en el techo, una araña de cristal. El comedor
era triste, recibía la luz por la cocina, y las alcobas, sin luz y
sin ventilación, estaban llenas de armarios, de cómodas y de baúles,
de estampas de santos y de algún Niño Jesús metido en un fanal, con
falditas y una bola de plata en la mano.
De unas habitaciones a otras se pasaba subiendo o bajando varios
escalones.
El despacho de don Tomás era un cuarto grande con una ventana al
patio de vidrios pequeños y emplomados y un papel amarillo desteñido.
Tenía un armario alacena hecho en el hueco de la gruesa pared, con
unas cortinillas verdes sobre los cristales, un buró de caoba, sillas
también de caoba y una caja de caudales de hierro. Sobre la mesa, y en
la pared, había un crucifijo de marfil y una estampa con la imagen del
infante don Carlos.
El suelo del despacho era de baldosas rojas y solía estar cubierto por
una estera amarilla en invierno. En un ángulo, sobre un estante, había
varios libros de comercio, de pasta verde, con las cantoneras de cobre.
En este despacho, triste y frío, don Tomás trabajaba invierno y verano,
vestido siempre de negro y con un gorro también negro. Don Tomás no
tenía nunca fuego en la casa.
Don Tomás guardaba el dinero en unos capachos pequeños, donde ponía los
duros, las pesetas y los cuartos, y tenía una gran cartera para los
billetes de Banco.
Desde la puerta mampara del corredor se le veía escribiendo con una
pluma de ave, con una letra española de finos gavilanes, dedicándose
a estas fórmulas tan queridas por los españoles: «Mi querido amigo y
dueño: Su majestad el Rey, que Dios guarde, etc., etc.»
Don Tomás no salía casi nunca de día. Al anochecer se vestía con cierta
elegancia, se ponía camisa y cuello limpio, la capa, el sombrero de
copa alta, el bastón, y se marchaba a la calle, siempre muy serio y
grave.
Al volver a casa encendía una vela y volvía a su despacho, donde solía
estar escribiendo.
Don Tomás trataba de convencer a todos que el mundo había degenerado de
tal manera que nada era digno de interés.
En el piso segundo, en la parte que daba a la calle, tenía una casa de
huéspedes una señora gruesa, doña Leonarda, casada con un francés. Era
una casa de huéspedes de gente acomodada, en donde se comía bien. El
pupilo más antiguo era un tal don Jacinto, un viejo currutaco, agente
de negocios, que iba a todos los teatros y fiestas y visitaba a don
Tomás. En esta casa vivía también don Luis, el amante de la Juanita.
Un poco más arriba que la casa de doña Leonarda, la escalera se
bifurcaba y había un arco que daba a la habitación de los frailes.
Después, más arriba, volvía a bifurcarse la escalera, y por otro arco
se pasaba al cuarto del capellán de las Descalzas. Estos dos arcos
constituían la servidumbre de la casa.
Unas escaleras más arriba había un cuarto grande y largo, con tres
ventanas, que abarcaba una de las paredes del patio.
Este sotabanco se hallaba hecho primitivamente sobre el tejado y
estaba sin baldosas y sin cielo raso. Había allí relojes parados,
cajas cerradas, sacos y, en un estante, una porción de instrumentos de
platero.
El padre de don Tomás había tenido este oficio, y el mismo don Tomás lo
había practicado en su juventud.
Por la parte de atrás el sotabanco tenía una puerta pequeña, con un
montante que daba a una escalera estrecha.
Por esta escalera se llegaba a una azotea abandonada, con unos palos
podridos y unos trozos de cuerdas de esparto.
Más arriba, y al otro lado del sotabanco, estaban las guardillas, en
donde dos dependientes de don Tomás, Burguillos y el Morenito, tenían
sus viviendas.
Burguillos, ex sargento realista, había establecido sobre el tejado una
azotea de tablas, con un barandado de madera, y puesto luego unas cajas
con plantas en su terraza, que cuidaba y consideraba como los jardines
colgantes de Nínive.
Vigilante de esta terraza era el gato Manolo, que cazaba golondrinas y
vencejos, y era tan listo como su amo.
Desde la azotea de Burguillos, hecha de contrabando, pues las monjas de
la vecindad, de saber que había allí un observatorio, no lo hubieran
permitido, se abarcaba el jardín de las Clarisas, que tenía un
estanque, y se veía pasear a las profesas y trabajar al jardinero.
Burguillos era manchego, hombre de cara dura y juanetuda, bigote entre
cano, orejas como aventadores, frente pequeña y estrecha y color
cetrino. Burguillos, flor de pedantería castellana, hablaba siempre _ex
cathedra_, con esa perfección que a algunos encanta y que, en general,
no consiste mas que en el uso de lugares comunes. La frase, el refrán,
el como dice el otro, estaban siempre en sus labios. Burguillos se
creía la ciencia infusa, sabía hacer de todo; pero de todo mal, por
lo que sus enemigos le motejaban de chapucero. Hablaba por sentencias
y era extraordinariamente dogmático. Este manchego tenía una hija
muy guapa, la Pepa, una mujer con ideas de manola, tan redicha como
su padre, de quien, al parecer, había heredado su manera de hablar
recortada y sabihonda. La Pepa era costurera y aficionada a toda clase
de desplantes.
La Pepa, moza vistosa, morena, tenía unos ojos negros, grandes,
brillantes, de estos ojos que parecen reflejar mejor el mundo exterior
que la vida del espíritu.
Burguillos albergaba un huésped, un empleado del Monte de Piedad, don
Plácido del Moral. Don Plácido, hombre de unos cincuenta años, seco,
espartoso, vivía muy humildemente.
Don Plácido era soltero, económico y avaro. Decía a todo el mundo
alguna frase amable; cerraba su guardillita, como decía él, y no
permitía que nadie entrara en ella.
Era hombre bastante ilustrado, de buena memoria, que sabía latín. Le
hacía copias de documentos al capellán mayor de las Descalzas. Compraba
la ropa y los sombreros en el Rastro, y leía las Odas de Horacio, en
latín, en un viejo ejemplar grasiento.
Don Plácido había sido un gran aventurero: había estado en América y
tomado parte en la guerra de la Independencia y en las luchas de los
años constitucionales. Su falta de imaginación extraña le hacía contar
con tan poco encanto lo visto por él que, al oírle, su vida de militar
no parecía mas que una serie de fechas de salida de un pueblo y entrada
en otro. La guerra para él era una cosa burocrática y aburrida.
El otro empleado de la casa, el Morenito, era un hombre muy callado;
tenía la cara amarilla, los ojos pequeños, brillantes, como granos de
café tostado, el bigote negro y el traje negro. Daba la impresión de
una urraca.
De los frailes franciscanos que vivían en la casa y eran confesores de
las monjas, el más constante era el padre Cecilio, un fraile grueso,
abultado, poco inteligente y, por eso quizá, predicador favorito de las
monjas.
Le solía acompañar un lego, el hermano Félix, un hombre grueso,
grasiento, como derrengado, con una manera de andar de pato, unos
ademanes afeminados y una voz atiplada. El hermano Félix había estado
largo tiempo rasurado; pero después de la matanza de frailes se dejaba
la barba, negra y cerrada. Este hermano Félix era un tipo repulsivo e
inquietante.
El capellán mayor, don Bernardo, tenía una cara de aldeano castellano,
dura y ceñuda; pero era buen hombre. No trataba apenas con nadie, no
miraba de frente y estaba dedicado a estudios históricos.
Cuando alguno lo visitaba le veía escribiendo en una mesa pequeña,
rodeado de manuscritos y de libros viejos, en un pequeño despacho con
estantes llenos de tomos en pergamino. Por entonces estaba componiendo
la historia de algunas comunidades religiosas.
Don Bernardo era gran latinista e historiador concienzudo, con lo cual
no ganaba favores ni amistades.
--Antes que nada, la verdad--solía decir rudamente y mascullando las
palabras.
Con este espíritu verídico no quería meterse en cuestiones de moral y
de dogma, comprendiendo que podía venirse abajo su fe.
Don Bernardo decía misa en las Descalzas, pero por cualquier motivo
se quedaba en casa y no iba a la iglesia. Siempre inclinado a la
transigencia en cuestiones de moral, contrastaba con el padre Cecilio,
que era intransigente y fanático. Don Bernardo encontraba precedente
para todo; así que él y el fraile franciscano de la vecindad no se
tenían la menor simpatía.
Había quien aseguraba que el padre Cecilio odiaba profundamente a don
Bernardo, y que don Bernardo despreciaba en general a los frailes, y
sobre todo a los de la vecindad.
La casa de los Capellanes, antes como un pólipo unido a la iglesia y al
convento, tenía su vida propia.
Se dice que cada casa es un mundo. Aquella lo era. Había sus
preocupaciones, sus enredos amorosos y sus misterios. La Pepa de
Burguillos, la Juanita y las muchachas de casa de don Tomás y de la
casa de huéspedes daban pábulo a la murmuración.
Se hablaba de que don Tomás guardaba secretos; se decía que debajo
de uno de los almacenes de sal, del que tenía en la pared una fuente
de alabastro con una cabeza de Medusa, había una cueva con grandes
subterráneos, y que estos subterráneos comunicaban por galerías con el
convento de las Descalzas y con el Palacio Real.
Burguillos, que a veces trabajaba de albañil, aseguraba haber recorrido
parte de estos subterráneos.
Como moluscos agarrados a una roca vivía aquella parte de humanidad en
el viejo caserón.
Era por dentro una casa siniestra esta casa del barrio de las
Descalzas, Misericordia, 2; una casa buena para crímenes, para duendes,
para toda clase de intrigas y de misterios.
III
LA EJECUCIÓN DE MIYAR, EL LIBRERO
Y también pronto, en son triste,
lúgubre voz sonará:
¡Para hacer bien por el alma
del que van a ajusticiar!
ESPRONCEDA: _El reo de muerte_.
A principio de 1831, don Tomás Manso puso en su casa, como dependiente,
a un sobrino suyo en segundo o tercer grado, llegado de Lerma, llamado
Miguel Rocaforte. Miguel, cuando vino a Madrid, era un joven cándido,
violento, lleno de ilusiones.
Entró a trabajar en el despacho de la calle de la Misericordia, a
las órdenes de Narciso Gómez, el casado con doña Juanita; y como su
tío no quería que Miguel fuera a una casa de huéspedes, ni tampoco
llevarlo a vivir con él, porque era celoso, hizo que a su sobrino le
pusieran la cama en el sotabanco grande y largo, en donde había relojes
descompuestos y herramientas de platero.
Miguel trabajaba con don Narciso en el piso bajo, en un rincón
estrecho y húmedo, con una ventana con rejas que daba al patio. Este
despacho tenía una puerta al pasillo, largo y obscuro, que comunicaba
con almacenes, en donde se veían montones de sal y bolas también de
sal, algunas tan grandes, que parecían las bombas de los parques de
Artillería.
El ambiente de aquel piso bajo era muy húmedo, parte porque no tenía
ventilación, y parte por la eflorescencia de la sal.
Los primeros meses de estar allí Miguel, los pasó aburrido y
desesperado, haciendo proyectos para marcharse a otra parte; luego,
cuando conoció al encuadernador, que vivía y tenía un pequeño taller
en el piso bajo y que le prestaba libros, se dedicó a leer; después se
acomodó a su vida de empleado, le tomó gusto a su sotabanco, en donde
estaba solo e independiente, salió a la calle y tuvo amigos y fué al
teatro.
Cuando Miguel entró en casa de don Tomás tenía diez y nueve años. Era
un joven romántico y alocado, que en su pueblo había comenzado a hacer
calaveradas, a leer versos y a escribirlos.
El y un rival suyo en aventuras, León Zapata, habían escandalizado el
pueblo, haciendo de fantasmas por las calles de Lerma y cantando el
_Trágala_ delante de la casa de los absolutistas.
Según Aviraneta, Miguel no podía servir para una vida tranquila y
ordenada. Don Eugenio le encontraba temperamento de guerrillero. Con
el Empecinado o con Mina, decía, hubiera llegado pronto a capitán o
a coronel. Era hombre mejor para manejar un sable que para trabajar
con la pluma. Impulsivo, valiente, atrevido, imprevisor y con una
vanidad absurda, era un tipo de estos, añadía Aviraneta, que tienen una
mentalidad de militares, de tenores de ópera, tipos para quienes la
vida es una sucesión de arias. Colocarse en una situación interesante,
y a poder ser dramática, y defender luego su papel de una manera
briosa, constituía la más grande preocupación de Miguel. Miguel, como
la mayoría de los hombres impulsivos que razonan ligeramente, iba a la
acción con una fuerza y una energía sorprendentes.
--Yo--decía Aviraneta--quise dar a aquel muchacho preocupaciones
políticas y hacerle en la cárcel un auxiliar mío; pero Miguel era
incapaz de someterse a nada.
Miguel, los primeros meses de estar en Madrid, no tenía más amigo que
Gómez, el empleado, y Gómez le desesperaba. Este era un hombrecito
insignificante y sonriente, contento con su suerte, a pesar de que todo
el mundo decía que su mujer le engañaba. De noche, a la luz de una
lamparilla de aceite, Miguel leía en su sotabanco poesías románticas y
novelas lacrimosas.
Un día, poco después de llegar a Madrid, supo por el portero de la
casa, el Cuervo, y por Burguillos, que iban a ejecutar a un librero
liberal en la plaza de la Cebada.
Los dos compadres le invitaron a acompañarles a presenciar la
ejecución, y al mediodía, después de trabajar en el almacén y de dejar
el zapatero remendón a su mujer al cuidado del puesto y de la portería,
marcharon los tres, cruzando calles, a salir a la de Toledo, y llegaron
a la plaza de la Cebada, que entonces se hallaba despejada y libre de
todo edificio.
Los soldados rodeaban el patíbulo y formaban el cuadro. Una multitud de
desharrapados se apiñaban para presenciar el suplicio, y los dragones
hacían caracolear los caballos y los llevaban para atrás, a meterlos
entre las filas de los curiosos. Tocaban las campanas a muerto en todas
las iglesias próximas: en San Isidro, en San Millán, en la Almudena, en
el Sacramento y en la capilla del Obispo; y los hermanos de la Paz y
Caridad, vestidos con sayones negros, recorrían las calles por parejas;
unos, haciendo sonar la campanilla, y otros, mostrando una caja de
hoja de lata y diciendo con voz triste y monótona: «Para hacer bien
por el alma del que van a ajusticiar». Miguel y sus dos compañeros se
detuvieron en medio de la multitud.
Miguel oyó decir que la mujer del librero Miyar había ido el día
anterior a Aranjuez a pedir gracia al Rey. La pobre mujer esperó a
Fernando VII; pero Fernando no salió porque llovía; quizá no salió por
temor a verse obligado a perdonar; cosa que debía ser desagradable para
un hombre bajo y rencoroso como él.
A las doce y media, próximamente, comenzó a aparecer la comitiva en la
plaza de la Cebada. Un hermano de la Paz y Caridad, llevando una gran
cruz, precedía el cortejo. Detrás marchaban dos filas de encapuchados,
con cirios amarillos en la mano, cantando una letanía; luego, un
piquete de alguaciles a caballo.
Inmediatamente después, montado en un burro, venía el librero Miyar,
entre dos curas. Vestía una hopa blanca y larga; estaba tan blanco como
la hopa y tenía las manos amoratadas, casi negras, por la presión de
la cuerda, que le martirizaba. Entre las manos agarrotadas llevaba una
estampa de Cristo.
Al ver la horca, el reo volvió la cabeza con horror y miró hacia el
público con los ojos dilatados por el espanto; pero los curas le
obligaron a seguir, poniéndole un crucifijo delante.
El Cuervo, entonces, dirigiéndose al reo, exclamó:
--¿Qué, creías que te iban a dar dulces?
Burguillos celebró la frase.
Miguel, indignado, hizo un gesto de disgusto y de molestia y se separó
bruscamente de sus compañeros. Este gesto lo notaron un joven y un
viejo, que se acercaron a él en seguida.
--¿Es usted amigo de ese jorobado?--le preguntó el viejo.