--¡Qué quiere usted! Todos los pueblos son desagradecidos.
--Pero, ¿qué aspiran? ¿Qué desean?
--Siempre hay algo más que aspirar y que desear.
--Es la anarquía que se nos echa encima. Nosotros tenemos la culpa,
Aviraneta--exclamó--. ¡Oh, si ahora empezara a vivir!
--Yo no me arrepiento de nada--le dije--. Creo que he hecho lo que
debía hacer.
--No hay justicia, Aviraneta, no hay justicia--murmuró él.
--Naturalmente. En la política no puede haber justicia. En la política,
como en la vida, no hay mas que fuerza y éxito--repliqué yo con
dureza--. Se manda y se hace lo que se quiere; no se manda, y ¡buenas
noches!
Saludé a Istúriz fríamente. Y me marché a la calle pensando que el
hombre no me había ofrecido su casa para que descansara en ella un
momento.
Como tenía ya todos mis posibles recursos agotados fuí a la iglesia de
San Ginés y me senté en un banco, dispuesto aunque fuera a pasarme allí
el día entero.
Estuve al lado de un matrimonio joven con un niño, que hablaban y
sonreían y no tenían más preocupación que la de ir por la tarde a casa
de una pariente suya. Oí dos o tres misas y me quedé solo.
¡Cuán distinto hubiera sido mi destino si en vez de decidirme a
defender con tesón las ideas liberales hubiera ingresado en la juventud
entre los moderados o entre los absolutistas!
--Ahora hubiera sido general, ministro o arzobispo de Toledo. Su
Excelencia Aviraneta, monseñor Aviraneta, no hubiera estado mal.
Pensaba mil cosas para entretenerme y pasar el rato.
A las primeras horas de la tarde el sacristán se me acercó, mirándome
con recelo, y me dijo que iba a cerrar la iglesia. Tenía entonces yo
la impresión que debe experimentar el animal acosado y perseguido. Ya
no era el hombre joven que puede discurrir con precisión y seguridad y
a quien se le ocurren ideas y proyectos rápidamente; tenía ya sesenta
años y mi inteligencia funcionaba con más pesadez que en mis tiempos
juveniles de conspirador. No encontraba en mí mismo mas que pobres
recursos, y muchas veces el miedo me turbaba y me inspiraba soluciones
desesperadas, como la de presentarme al Gobierno revolucionario para
que hiciera de mí lo que quisiera.
Salí de la iglesia a la plazoleta que hay en la parte de atrás de San
Ginés, y estuve vacilando en tomar por la calle de Coloreros, o por la
de Bordadores.
--¡Pensar que el ir por una o por otra puede influír en mi destino!--me
dije.
Estaba así vacilando cuando recordé que en la calle de Coloreros había
una taberna y tienda de comestibles de un asturiano conocido mío.
--Voy a ir a allí.
Al salir por la callejuela me encontré con un estudiante de Medicina
que visitaba al médico vecino de mi casa. Este muchacho era ayudante de
un doctor afamado. Nos saludamos.
--¿Ha comido usted ya?--le pregunté.
--No.
--¿Quiere usted que comamos aquí en un figón de un asturiano que yo
conozco?
--Vamos.
El asturiano me recibió bien y nos llevó al estudiante y a mí a un
cuarto muy limpio y bien arreglado. Mientras comíamos le conté al
estudiante la situación en que me encontraba; le pregunté dónde
vivía él, y me dijo que en una casa de huéspedes de la Carrera de
San Francisco que tenía como pupilos algunos seminaristas que, por
entonces, estaban de vacaciones.
--Ahora mi patrona no tiene más huéspedes que yo.
--Cree usted que me tomaría a mí?--le pregunté.
--Sí, hombre, ya lo creo.
--Yo necesitaría pasar diez o doce días escondido hasta que la
efervescencia revolucionaria vaya decreciendo.
--Pues yo le llevaré a usted a esa casa; pero ahora mismo, no, porque
tengo que ir al Hospital General.
--Bueno, entonces yo le esperaré a usted aquí mismo.
Volvió el estudiante a eso de las siete. Me dijo que habían fusilado a
Chico y al Cano en la plaza de la Cebada, delante de la Fuentecilla.
Chico había muerto con un valor extraordinario. Al parecer, en Madrid
no se hablaba de otra cosa. Mucha gente protestaba de que Pucheta
ordenara ejecuciones, como pudiera haberlo hecho Calomarde.
--¿Qué quiere usted hacer ahora?--me preguntó el estudiante--.
¿Prefiere usted ir a mi casa por donde hay mucha gente, o quiere usted
que salgamos por la Cuesta de la Vega y, dando la vuelta por la ronda,
subamos por las Vistillas a la Carrera de San Francisco?
--Me parece mejor ir por dentro del pueblo. Salir y entrar será
peligroso.
--Yo creo que es preferible marchar por donde haya mucha gente. En las
calles solitarias es donde es más fácil que una ronda le detenga a uno.
--Bueno; pues vamos por la Plaza Mayor.
Salimos de la taberna y entramos en la plaza por la calle del Siete de
Julio. Había por todas partes grandes grupos de gente armada que iba
y venía por en medio. Entonces no había jardinillos, ni fuentes, como
ahora. Temía yo que alguien me conociera, pero pude cruzar la plaza sin
obstáculo.
Vacilamos el estudiante y yo en tomar por la calle de Toledo o bajar
por la escalerilla de piedra a la calle de Cuchilleros. Debíamos haber
tomado por la de Toledo, siguiendo siempre el principio que era mejor
marchar entre la gente que por sitios extraviados; pero me pareció que
hacia la calle de Cuchilleros no había nadie y comenzamos a bajar por
la escalera.
Ibamos por la calle de Cuchilleros cuando tres paisanos nos dieron el
alto:
--¡Alto!
--¿Qué pasa?--pregunté yo.
--¿Quiénes son ustedes?
--Yo soy un médico--dije--, y este joven es mi ayudante.
--Bueno, vengan ustedes con nosotros.
Nos hicieron subir de nuevo la escalera de piedra y nos llevaron a la
taberna que había en el ángulo de la plaza, que se llamaba el Púlpito.
Convidé yo a aquellos hombres a unas copas y nos hicimos amigos.
Iban a dejarnos libres cuando apareció el revendedor del Teatro Real,
el Mosca, a quien el día anterior había visto en compañía de Castelo, y
por la mañana en la calle Atocha. El Mosca, además de revendedor, era
dueño de una barbería de la calle de las Fuentes. Yo le conocía algo y
sabía que había estado en el campo carlista.
--Este es Aviraneta--gritó el Mosca al verme--, un amigo de María
Cristina. Hay que llevarle a la Junta.
Se reunieron con el Mosca algunos granujas y desocupados, comparsas de
todos los alborotos populares, y nos llevaron al Ayuntamiento.
VI
EN EL SALADERO
Era de ver dormir algunos
envainados, sin quitarse nada
de lo que traían de día; otros,
desnudarse de un golpe todo
cuanto traían encima.
QUEVEDO: _El Buscón_.
ENTRAMOS en la casa de la Panadería y nos condujeron, al estudiante y a
mí, ante un grupo de personas constituídas en tribunal. Era una junta
revolucionaria. Nos interrogaron, e inmediatamente el estudiante fué
puesto en libertad. Yo dije mi nombre, y no oculté mis amistades ni mi
historia política.
Aquella Junta estaba formada por personas sensatas, y el presidente
dijo que no había el menor motivo para mi detención.
--Puede usted retirarse--me indicó el presidente.
--¡Muchas gracias!
El Mosca salió detrás de mí y gritó:
--Hay que detener a este hombre. Es un cristino, un confidente de
Sartorius, un consejero de la Piojosa.
--¡Señores!--clamé yo con todas mis fuerzas dirigiéndome al público--.
El hombre que quiere detenerme es un carlista, un miserable que ha
estado en la facción. Me odia, porque yo soy liberal, liberal de
siempre. Yo fuí ayudante del Empecinado; yo hice el Convenio de
Vergara, en que se dominó para siempre el carlismo. ¿Me vais a entregar
a mí al capricho de un esbirro de la reacción?
Al mismo tiempo, el Mosca gritaba que yo era un traidor, amigo de
Sartorius, de Salamanca y de Chico.
El público se dividió; yo iba ganando terreno cuando un desconocido
propuso que nos llevaran, al Mosca y a mí, a la Casa de Correos, donde
estaba reunida la Junta Suprema Revolucionaria.
En medio de un grupo de desharrapados llegamos a la Puerta del Sol
y entramos en el Principal. Pronto vi que se tenía bien distinto
procedimiento con el Mosca que conmigo, pues a él se le dejó en
libertad en seguida. Llevado delante de la Junta, la ira que me
devoraba me hizo pronunciar un discurso violento, en el cual dije que
aquella revolución era una farsa, que estaba dirigida por moderados y
hasta por carlistas, y que así podía darse el caso de que a un hombre
como yo, que había peleado por la libertad con el general Empecinado
y había sufrido persecuciones como liberal, se le quisiera encarcelar
por la denuncia de un miserable que había peleado en las filas de Don
Carlos.
--No sólo es el Mosca el que le denuncia a usted como amigo y cómplice
de María Cristina--dijo uno de la Junta--; hay otros que afirman lo
mismo.
--¿Quiénes son esos otros?--grité yo--. Que vengan, que muestren su
cara.
--¿Niega usted su amistad con María Cristina?
--Niego la complicidad.
--Retírese usted--dijo el presidente.
Me tomaron por su cuenta dos andrajosos, me ataron en el patio en una
cuerda de presos y nos llevaron al Saladero, rodeados por bayonetas.
--¡Son de la camarilla de la Piojosa!--decía la gente al vernos por la
calle.
--Son los amigos de Sartorius.
--¡Mueran! ¡Mueran!--Y nos insultaban y nos tiraban piedras. Llegamos
al Saladero.
Me metieron en un calabozo húmedo y obscuro, y estuve allí encerrado
cerca de un mes. La vida para mí, en aquellos días, fué horrible.
Dormía en el suelo, comía el rancho de la cárcel, y no podía hablar con
nadie, mas que con algunos desdichados como yo que, pasajeramente, me
hicieron compañía.
¡Qué miseria! ¡Qué pobreza! ¡Qué gente harapienta! Y, en medio de esta
miseria, ¡qué modo de adaptarse y de vivir allí como en su propia
casa! Había industriales que seguían dirigiendo su industria desde la
cárcel; falsificadores que preparaban sus falsificaciones; un editor de
periódico carlista que corregía sus pruebas.
La mayoría de los presos eran ladrones; pero había también
conspiradores y revolucionarios. Entre ellos, conocí dos que me
dijeron que se habían hecho prender a propósito, para ponerse de
acuerdo con un preso que estaba en el Saladero.
Estos eran republicanos, y tenían preparado el complot de matar al
general Espartero, a su entrada en Madrid, a tiros, desde una casa de
la Carrera de San Jerónimo, que tenía salida por la calle del Pozo, y
proclamar la República.
Yo conocía la casa, porque en ella habíamos tenido, en 1822, una venta
carbonaria. Encontré el proyecto bien tramado en su primera parte;
pero su segunda parte me pareció absurda. Les intenté convencer a
los republicanos de que la República que ellos pudieran proclamar no
duraría mas que horas. Se persuadieron y abandonaron el proyecto.
Cuando me sacaron de aquel calabozo me pusieron en comunicación, y mi
mujer vino a verme; empezó a llorar al encontrarme en tal lastimoso
estado. Me hallaba flaco, enfermo, sin poder tenerme en pie, con los
ojos inflamados, lleno de parásitos, con la ropa interior sucia y casi
podrida.
Empezó el juez a tomarnos declaración a las personas presas durante
el período revolucionario, y la mayoría no teníamos la menor culpa
ni la menor relación con los hechos que se nos imputaban. Habíamos
sido casi todos enviados al Saladero por sospechas, por capricho de
los sublevados; algunos eran, indudablemente, víctimas de venganzas
particulares.
Le indiqué a mi mujer que fuera a casa de Istúriz y de otros amigos, y
que se enterara de la situación en que había quedado la política.
Don Evaristo San Miguel fué nombrado por entonces ministro de la
Guerra. Después de su nombramiento había tres núcleos revolucionarios
importantes y rivales que trataban de anularse los unos a los otros.
Estos eran: la Junta de Salvación, Armamento y Defensa, con San Miguel
de presidente, lazo de unión entre el Palacio y los revolucionarios de
Madrid; el Cuartel General de O'Donnell, que obraba por cuenta propia,
y la Junta de Espartero, que radicaba en Zaragoza.
En cada grupo de estos había un sinfín de escisiones, y los mismos
revolucionarios de Madrid no obedecían siempre a la Junta de Salvación.
Ya enterado de quiénes eran los personajes más influyentes, escribí una
carta al general Espartero y otra a don Joaquín Francisco Pacheco, que
no me contestaron.
Mandé también un documento a don Evaristo San Miguel exponiéndole los
hechos, y una esquela recordándole nuestra antigua amistad y nuestra
fraternidad como masones, y San Miguel, inmediatamente que recibió mi
esquela, mandó ponerme en libertad.
VII
EL HOSPITAL
Tú, Señora,
dame agora
la tu gracia toda ora
que te sirva todavía.
ARCIPRESTE DE HITA:
_Libro de Buen Amor_.
TRAS de la cárcel fuí a San Sebastián con mi mujer; alquilé una casa en
el barrio de San Martín y pasé allí cuatro años viviendo obscuramente,
ocupado en leer libros y periódicos, escribir mis recuerdos y hacer una
colección de insectos de conchas y de caracoles. El Gobierno me había
dado el retiro, y mi sueldo era pequeño.
Tenía dos o tres casas en San Sebastián adonde iba de tertulia: la
de Goñi, la de Alzate y la de Errazu, que eran parientes míos, y
solía pasar largos ratos en la imprenta de Baroja. Aquí se reunían
con frecuencia el general don Nazario Eguía, el manco; el intendente
Arizaga, que influyó en el Convenio de Vergara; el general Van-Halen,
Antonio Flores, el autor de _Ayer, hoy y mañana_, y otros.
Solíamos tener grandes discusiones, y varias veces me dijo el general
Eguía:
--Aviraneta: ¡con qué gusto le hubiera fusilado a usted si le llego a
coger en tiempo de la guerra!
Yo solía acompañarle al viejo general a tomar el coche de Tolosa hasta
la fonda del Parador Real.
Unos años después, sintiendo de nuevo la nostalgia de la vida agitada
de la Corte, volví a Madrid y me instalé con Josefina en un piso de la
calle del Barco. Josefina tenía algunas amigas y pertenecía a una Junta
de Caridad.
Un día, a una señora amiga de mi mujer le oí hablar de Paca Dávalos.
--La he conocido--dije yo--. ¿Qué le pasa?
--Es toda una novela.
La señora contó la historia con detalles.
Desde hacía algún tiempo, la Dávalos estaba enferma en el hospital de
San Juan de Dios, en una sala, triste y obscura, que daba a la calle de
Atocha, mal iluminada por unas rejas cubiertas de tela metálica.
Daba horror el ver a la pobre mujer: se hallaba cubierta de úlceras
y de costras, sin pelo y con los ojos inflamados. Su enfermedad, la
embriaguez y los últimos años de miseria habían hecho de aquella
belleza espléndida un monstruo. Era algo horrible; pero más horrible
que su aspecto, según la señora que la había visto, era su estado
moral. Gritaba, cantaba coplas indecentes.
La mujer más tirada, la rabanera más desvergonzada, no hablaba como
hablaba ella: tenía el prurito de lo escandaloso y de lo lúbrico.
La castigaron varias veces a pasar días enteros en la guardilla a pan y
agua, castigo brutal, no muy propio para enfermas desdichadas; pero el
castigo no le hizo mella, y al volver a la sala insultaba al médico y a
las monjas, y gritaba indecencias a todo el mundo.
Un día se presentó en el hospital una hermana de la Caridad, sor María
de la Consolación. Era una mujer pálida, en el esplendor de la belleza.
La hermana se acercó a la cama de la Dávalos, se arrodilló delante de
ella y abrazó y besó a la enferma.
Esta se incorporó en la cama, contempló a la monja, dió un grito
terrible, desgarrador, y se desmayó.
La monja era la hija de Paca, a la que hacía veinte años que no había
visto, y era su vivo retrato; la misma corrección en el rostro, los
mismos ojos profundos, humanos, la misma expresión de pureza y de
dulzura.
Al recobrar el sentido la enferma creyó que la visita de su hija había
sido un sueño; pero no, allá estaba Estrella, ahora sor María, que la
acariciaba y la besaba como en otro tiempo.
El contraste era violento: la enferma, un montón de carne sin forma
humana, llagada, horrible; su hija, una belleza pálida, serena, con un
aire de fuerza y de dulzura.
En los días siguientes Paca Dávalos comenzó a llorar, y cuando venía su
hija a verla le besaba la mano y le decía:
--Perdóname, he sido mala madre.
--No, no, no has sido mala madre para mí, y yo siempre te he querido.
Ella escondía la cabeza entre las sábanas y lloraba con la mano de su
hija apretada en la suya.
El capellán del hospital le dijo a la Paca que su hija había querido
sacrificarse y dejar el mundo para redimir los pecados de la madre.
Fué un nuevo motivo de dolor para la enferma. Llorando suplicó a su
hija que no se sacrificara por ella, que volviera al mundo, que fuera
feliz; ella no merecía el sacrificio de un ángel; ella tenía muy
merecidos el abandono, la deshonra, la enfermedad y la muerte en un
hospital hediondo. Estrella la tranquilizaba y la decía que la vida de
hermana de la Caridad era la que más le ilusionaba.
La madre lloraba acongojada, y cuanto más lloraba, estaba más triste
y más resignada a morir. La Dávalos pidió perdón a todos y quiso que,
al menos, una vez su hija le cantase una canción que solía cantar en
la infancia. Sor María le preguntó al capellán del hospital si podía
satisfacer este deseo de su madre.
--Sí, sí, ¿por qué no?
Estrella cantó, y parece que fué un espectáculo extraordinario en
aquella sala triste, maloliente, iluminada por la luz turbia de los
cristales verdosos de las ventanas enrejadas, ver a las mujeres
enfermas con las entrañas carcomidas y quemadas que se incorporaban
anhelantes en la cama y oían llorando la canción que cantaba la monja,
que se elevaba sobre las miserias del mundo.
Unas horas después, Paca Dávalos moría dulcemente.
VIII
LA LOCURA
¡Atrás! El negro demonio me
persigue.
SHAKESPEARE: _El Rey Lear_.
A la señora que me contó el final de la Dávalos le pregunté:
--¿Y no fué a verla alguna vez el brigadier Castelo?
--No; ya hacía tiempo que se habían separado.
Un año después volvía de casa de Istúriz, una tarde de invierno, por
la calle del Arenal, al anochecer, cuando me encontré con el Mosca, el
revendedor.
Se me acercó, sin conocerme, a ofrecerme una localidad para el Real, y
al fijarse en mí quedó inmutado.
--¿Le ha sorprendido a usted el verme?--le dije.
--Sí.
--¿Qué, pensaba usted que los que usted enviaba al Saladero ya no
salían de allí?
--No; ya sabía que había usted salido de allí hace tiempo.
--¿Todavía sigue usted actuando de revolucionario?--le pregunté con
sorna.
El se calló.
--Diga usted, ¿por qué tenía usted tanto interés en prenderme en
la Plaza Mayor? ¿Era, de verdad, el odio del carlista al que había
trabajado, como yo, en el Convenio de Vergara?
--Yo no soy carlista. Si estuve en la facción fué por compromiso.
--Entonces, ¿por qué tanto ahinco en prenderme?
--Nos había recomendado la prisión de usted el brigadier Castelo.
--¿Y por qué?
--¿No se incomodará usted si le digo la verdad?
--No.
--Decía que usted era un enemigo del pueblo, un confidente de la
policía.
--¡Canalla! Quería desprenderse de los que sabíamos que era un ladrón.
El fué el que instigó al populacho para que mataran a Chico, no porque
Chico hubiese cometido atropellos, sino porque era testigo de uno de
sus robos. ¿Y qué ha hecho ese tunante de Castelo?
--Acaba de suicidarse en una guardilla de Barrios Bajos.
--¿Qué me dice usted?
--Lo que oye. Desde la muerte de Chico le vino la mala suerte. Le
expulsaron del Ejército, y el partido progresista le abandonó; ya no
le servía de instrumento. Castelo comenzó a andar por las tabernas y a
servir de hazmerreír a la gente. Decía que él había hecho la Revolución
y que había acabado con Chico. Luego creo que alguno de los hombres de
la ronda de Chico le amenazó y le asustó.
Poco después a Castelo se le metió en la cabeza que Chico vivía aún,
que le perseguía y le acechaba en las esquinas. Cuando tenía esta
alucinación echaba a correr hasta que se caía de cansancio.
Una noche, sin duda, la alucinación fué tan espantosa que se ahorcó
con un trozo de cuerda en el montante de una puerta. Su asistente y yo
hemos sido los únicos que hemos acompañado su cadáver a la fosa común.
--¡Qué final!--exclamé yo; y seguí andando en dirección de mi casa.
IX
ALIMAÑAS
Quien mal anda, mal acaba.
PROVERBIO.
HABÍAMOS quedado todos los oyentes de la cocina esperando que Aviraneta
dijera algo más; pero se calló pensativo.
--Quien mal anda, mal acaba--exclamó el tío Chaparro, y luego,
dirigiéndose a sus hijos y a los cabreros que estaban alrededor de la
lumbre, añadió--: Bueno, muchachos, vamos a dormir, y demos gracias
a Dios por vivir honradamente en nuestra pobreza y no en compañía de
locos y de alimañas.
Don Eugenio sonrió, mirando el fuego.
Por la ventana se veía caer la nieve copiosamente, y el campo brillaba
triste y espectral a la luz de la luna. Aullaban los perros a lo lejos,
con un ladrido triste y agorero, con una rabia persistente e irritada,
como si previeran algún peligro próximo.
Nos levantamos de al lado de la lumbre, y Aviraneta y yo subimos las
escaleras hasta el primer piso precedidos por una criada, que nos
iluminaba con un farol.
Entré yo en mi cuarto, encendí la palmatoria, que dejé en la mesilla
de noche, me metí en la cama y seguí leyendo la Biblia. Estaba en el
_Eclesiastés_, y me detuve a reflexionar sobre este versículo: «El que
hiciere el hoyo caerá en él, y el que aportillare el vallado le morderá
la serpiente».
París, noviembre, 1920.
LA CASA DE LA CALLE
DE LA MISERICORDIA
... y tanta variedad de
sabandijas racionales en esta
arca del mundo.
VÉLEZ DE GUEVARA: _El Diablo
Cojuelo_.
OTRO día en que no estaba el tío Chaparro, a quien la relación anterior
había impresionado de una manera profunda y desagradable, Aviraneta
contó la historia del joven Miguel Rocaforte, su compañero de cárcel.
Una vez, los dos granujas de la Gallinería, el Gacetilla y el Mambrú,
que Candelas había recomendado a don Eugenio, y a quienes éste
utilizaba como criados y como instrumentos de espionaje contra el
alcaide, entraron en el cuarto de Miguel y le robaron un cuaderno en
que el joven escribía el Diario de su vida, y se lo dieron a Aviraneta.
Don Eugenio lo leyó rápidamente y, después de enterarse de lo que le
interesaba, mandó a los raterillos que volvieran a dejar el cuaderno en
el cuarto del preso. Miguel no notó el escamoteo.
Esta historia que me contó don Eugenio está hecha sobre los datos
autobiográficos que escribió Miguel, y sobre indicios, no del todo
claros ni completamente seguros, que he variado un tanto para dar a la
relación cierta unidad.
I
LA CASA DE LOS CAPELLANES
DE LAS DESCALZAS
Confesaré a usted que el
edificio que ocupo en un barrio
lejano es de los más antiguos
de Madrid, y que su aspecto
sombrío, sus balcones de gran
vuelo, la enorme ala del tejado
y toda su exterioridad están
anunciando a los transeúntes su
fecha de tres siglos.
MESONERO ROMANOS: _Escenas
Matritenses_.
HAY casas que por su aspecto dan una impresión siniestra e inclinan
a pensar que son propicias para crímenes, intrigas y misterios. Son
casas sombrías, obscuras, colocadas en callejones angostos, llenas de
pasillos y de encrucijadas, de cuartos irregulares y de guardillones
abandonados. Son casas para servir de base a folletines, a melodramas y
a comedias de capa y espada.
La casa de los Capellanes de las Descalzas Reales de Madrid,
Misericordia, 2, aunque por dentro era folletinesca, melodramática
y de capa y espada, por fuera era una casona grande, ancha y de buen
aspecto. Estaba contigua a la iglesia y hacía esquina a dos calles: a
la de la Misericordia, calle muy corta, puesto que no tenía mas que un
número por un lado, y ninguno por el otro, y a la de Capellanes, que
bajaba desde la calle de Preciados a la plaza de Celenque.
El barrio de las Descalzas era entonces, y es todavía, un islote
tranquilo y desierto, en medio de la animación de unas vías tan
frecuentadas como la del Arenal y la de Preciados.
En aquel tiempo, en la plaza de las Descalzas, enfrente del Monte de
Piedad primitivo, había una fuente con una estatua de Venus, la antigua
Mariblanca, trasladada a allá desde la Puerta del Sol, donde estuvo
muchos años.
El convento de las Descalzas Reales había sido el palacio del Emperador
Carlos V en el Campo de San Martín y abarcaba una gran extensión de
terreno.
El Monte de Piedad primitivo era un accesorio del palacio, luego
convertido en convento; antiguamente comunicaban los dos edificios por
medio de un arco que pasaba por encima de la calle de la Misericordia.
El Monte de Piedad tenía una portada de gusto plateresco, semejante
a la de las Descalzas, severa, de buen gusto, y a un lado, otra
construída en pleno siglo XVIII, de lo más exagerada y barroca en el
estilo churrigueresco.