Al fin tuve que ir a casa de la lavandera que me había avisado que

estaba perseguido, y allí encontré un rincón seguro para pasar unos

días. La señora Isidra, la lavandera, vivía en una guardilla de la

calle de la Espada, y su hijo era un cabecilla revolucionario de los

Barrios Bajos: Manolo, el papelista. La señora Isidra tenía muy poco

sitio y muchos nietos, y en su casa se estaba con gran incomodidad.

Manolo, el papelista, me contó cómo habían peleado él y sus amigos en

la Cuesta de Santo Domingo con los cazadores, y luego en la calle de

Jacometrezo. Manolo estaba muy satisfecho por haber tomado parte en

estas jornadas.

Me solía traer papeles que se publicaban en la calle y números de _El

Murciélago_, de _La Mentira_ y de _El Miliciano_.

Seguía yo la marcha de la revolución por los periódicos y por las

conversaciones.

A pesar de que el movimiento parecía completamente liberal, no

lo era del todo. Había entre los impulsores de aquellas jornadas

revolucionarias progresistas, demócratas, republicanos, militares de la

Unión Liberal, moderados y hasta carlistas. Este origen mixto hacía que

el movimiento tuviera un carácter turbio y su dirección fuera confusa y

mal definida.

Cuando creí que la violencia revolucionaria había ya pasado salí de la

guardilla de la lavandera para visitar a algunos amigos que estaban,

como yo, considerados como sospechosos, para ver qué es lo que habían

hecho y tomar una orientación.

Sabía que se cacheaba y se identificaba a la gente en la calle.

Me acerqué al centro entre la gente huyendo de los barullos: fuí por la

Concepción Jerónima, calle de Atocha y plaza de Santa Ana a la calle

del Prado, a ver al dueño de una casa de la calle del Lobo, donde había

vivido. En la desembocadura de esta calle con la del Prado había una

barricada defendida por toreros, casi todos de la cuadrilla de Cúchares.

Intenté entrar por la calle de la Visitación, pero estaba también

cortada.

Volví a la plaza de Santa Ana y seguí por la calle del Príncipe.

Iba por la calle de Sevilla a la de Alcalá cuando me encontré detenido

en la esquina por una barricada alta formada por carros, muebles,

tablones y adoquines. Estaba la barricada vigilada por un grupo de

paisanos armados, entre los que abundaban tipos de torero con traje

corto y calañés y mozos de café de los cafés próximos.

El volverme de repente hubiera parecido sospechoso; me reuní al grupo

de los paisanos, repartí unos cuantos cigarros puros, y a un hombre

andrajoso, con un morrión en la cabeza greñuda, que estaba sentado

sobre unas piedras con un gran trabuco, le pregunté:

--Oiga usted, compadre, ¿quién manda esta barricada?

--Un brigadier que vive en esa casa--y me señaló una de la calle de

Sevilla, esquina a la de Alcalá.

--¿Cómo se llama ese brigadier?

--No sé. ¡Eh, tú, Charpa! ¿Cómo se llama ese brigadier que viene aquí

vestido de uniforme?

--No _ze_--dijo el aludido, que tenía aire de picador--; quizá lo

_zepa_ Currito o el Lebrijano.

--Ese brigadier se llama don Mauricio Castelo--dijo Currito, que era un

chulo con aire de monosabio.

--¡Hombre! ¡Castelo! Lo conozco. Es muy amigo mío. Voy a verle.

II

MAL PASO

¿Por qué ultraje comenzar; por

qué ultraje terminar?

EURÍPIDES: _Electra_.

VACILÉ; pero como había dicho delante de aquellos hombres que conocía

a Castelo, entré en la casa que me indicaron. Se me ocurrió que quizá

Castelo podría protegerme y darme un salvoconducto para salir de Madrid.

Subí la escalera de la casa hasta el piso principal.

--¿Vive aquí don Mauricio Castelo?

--Sí, señor. Por lo menos, aquí está.

Era aquello un círculo de recreo, una casa de juego. Estaba la puerta

abierta y entraban y salían hombres que hablaban a gritos y fumaban

grandes puros.

Vacilé de nuevo pensando si no sería una imprudencia el seguir

adelante; pero me decidí.

Avancé, cruzando una sala con dos mesas de billar y otras de mármol,

hasta una sala de lectura con un armario, en el que se veían varios

libros.

Castelo estaba rodeado de un grupo de hombres armados con escopetas

y trabucos, gente la mayoría desharrapada, con zamarra y calañés,

entreverada con algunos elegantes de levita de color, corbatín y

pantalones de trabilla.

Varios de aquellos hombres, a pesar del calor sofocante de los días de

julio, llevaban capa.

La mayoría eran tipos de matones, de esos que se ven en las escaleras

de las chirlatas embozados en la pañosa y con un garrote en la mano.

Estaba yo en la puerta del salón de lectura cuando entró el torero

Pucheta con un periodista, pequeño y pálido, picado de viruelas y con

anteojos, y un revendedor del Teatro Real a quien llamaban el Mosca.

Los tres se acercaron a Castelo y hablaron con él largo tiempo.

Pucheta empleaba las grandes frases de la época: la democracia, la

soberanía nacional; el periodista se mostraba acre y lleno de odio

contra todos.

Cuando acabaron su conferencia, toda la gente se marchó con Pucheta.

Castelo quedó solo, y entonces me acerqué a él y le saludé:

--Siéntese usted--me dijo amablemente--. Yo voy a comer. ¿Quiere usted

comer conmigo?

--Muchas gracias. He comido ya.

Castelo abrió una mampara del saloncito, llamó a voces, vino su

asistente y le dijo:

--Tráeme la comida.

Contemplé a Castelo. Había envejecido muchísimo desde que yo le había

conocido. Tenía un aire de intranquilidad y al mismo tiempo de estupor.

Estaba encorvado. Vestía pantalones de militar, chaqueta de paisano y

gorra de cuartel. Fumaba sin ganas; más bien mascaba un cigarro puro.

Me chocó hallarle tan decaído. Creí adivinar en él un sentimiento de

descontento al verse entre Pucheta y su mesnada y le pregunté:

--¿Quién era esta gente? ¿Qué es lo que quiere?

--Estos son los jefes de la revolución al menudeo--contestó con

disgusto--. Alguno que otro es un cándido. Los demás son gandules y

asesinos que debían estar en presidio.

--Sí, por su aspecto no parecen muy de fiar.

--Todos, o la mayoría de estos revolucionarios de pega, son tahures,

jugadores de oficio; los otros, revendedores de alhajas, y algunos,

toreros.

--¿Y el periodista?

--Ese es el mayor canalla de todos. ¡Si yo tuviera poder!

--Ese torero que toma aires de director de las turbas es el célebre

Pucheta, ¿verdad?

--Sí; es un tiranuelo de los Barrios Bajos.

--Y ¿cómo se ha mezclado usted con esa gente, amigo Castelo?

Yo le hice esta pregunta como si le considerara más en mi campo que en

el de los amigos de Pucheta.

--¿Qué quiere usted?--me dijo él revelando su inquietud--; me han

comprometido; me han nombrado jefe de esta barricada, lo que consideran

un puesto de honor y de peligro. Hoy han venido a invitarme a que

presida una gran comida que van a dar en un colmado de esta calle para

celebrar el triunfo de la Revolución.

--¿Y usted va a ir?

--Sí; si no parecería sospechoso. La cosa no está sosegada todavía,

sino sólo aplazada.

--¿Pues qué se quiere?

--Cada uno quiere una cosa diferente: unos, a Espartero; otros, a

O'Donnell; hay quien piensa en la República.

--¡Bah! Todavía falta mucho para eso.

--Todos quieren prender y juzgar a María Cristina.

--¿Y dónde está María Cristina?

--Está en Palacio.

Castelo salió del cuarto, y vino, poco después, con una botella de ron

y un vaso; tiró el cigarro al suelo, lo pisó y comenzó a beber el licor

como si fuera agua.

Yo le contemplé. Debía de estar completamente alcoholizado; parecía de

esos hombres que viven en una irritación constante interrumpida por

momentos de depresión.

Entró el viejo asistente con la comida y puso sobre una mesa el mantel

y los platos.

--¿Dónde está la señorita? ¿Por qué no viene?--le preguntó Castelo.

--¿Quiere usted que la llame?

--Sí; que venga en seguida, que la estoy esperando.

Yo estaba buscando una fórmula para marcharme cuando entró Paca Dávalos

en el saloncito vestida con una bata de color de rosa. De lejos

todavía hacía efecto; pero de cerca era una vieja decrépita. Estaba

torcida para un lado, iba pintada y empolvada. Tenía los ojos tiernos

y los párpados rojos y sin pestañas; en su cara, a través de la capa

de polvos de arroz, se veían manchas rojas como erisipelatosas. A cada

momento guiñaba los ojos y tenía unos tics nerviosos que le hacían

estremecer todo el rostro. Al hablar torcía la boca a un lado.

Era todavía felina; sus ojos soñadores habían perdido su brillo y su

encanto, pero le quedaba algo del tigre viejo y derrengado que bosteza

dentro de la jaula.

Me levanté para saludarla. Ella no me reconoció. Se sentó; tomó en

la mano el vaso lleno de ron que tenía Castelo delante y bebió unos

cuantos sorbos.

Le temblaba la mano como a un perlático.

De pronto me miró fijamente y me dijo:

--Yo le conozco a usted.

--Yo también a usted.

--¿De dónde?

--De casa de Celia.

--¡Ah! Es verdad.

Hablamos de la gente que iba a aquella casa; de Ronchi, de Nicolasito

Franco, de Fidalgo y de sus hermanas, del padre Mansilla.

La Dávalos se confundía con sus recuerdos; había perdido la memoria.

Tenía, de pronto, unas gesticulaciones bruscas. Aquella contracción de

la cara de la Dávalos hacia un lado, me chocaba. Daba la impresión de

algo grave y, a veces, tenía yo la evidencia de que aquella mujer era

una perturbada, una loca.

--¿Usted es todavía amigo de Cristina?--me preguntó tartamudeando.

--Sí.

--Pues lo va usted a pasar mal.

--¡Qué le vamos a hacer!

--¿Y cómo puede usted ser amigo suyo?

--Yo, por agradecimiento. ¡Qué quiere usted! Le debo la vida.

La Dávalos se exaltó al hablar de María Cristina, y empezó a decir de

ella porquerías y suciedades, llamándola constantemente zorra, piojosa

y la señora de Muñoz. La Paca usaba los juramentos y las blasfemias de

los tahures y matones con quien trataba y convivía.

--¿Le hizo a usted alguna mala pasada la Reina?--le pregunté yo.

--¡Si me hizo! Ya lo creo. Fuí su amiga; pero hoy daría mi vida por

devolverle el mal que me ha hecho y arrastrarla al fango donde debía

estar. La odio, la odio.

--¿Tanto...?

--Quisiera verla en un estercolero, sobre una estera podrida y devorada

por los gusanos.

La Paca dejó pronto su aire reconcentrado y vengativo y recitó estos

versos, que habían salido del campo carlista:

Clamaban los liberales

que Cristina no paría,

y ha parido más Muñoces

que liberales había.

--¡Muñoces!--exclamó luego la Paca--. Cualquiera sabe de quién son los

hijos de esa zorrona..., cochina.

Castelo intervino en la conversación y habló de lo que se decía en la

calle: de que la Reina Madre había tomado parte en todas las contratas

y en todos los negocios sucios de España y de Ultramar para hacer la

fortuna de los Muñoz.

¡Qué moralidad se había despertado en un tahur como Castelo!

--Pero eso es lo de menos--añadió; y contó ciertos asesinatos

misteriosos que había ordenado Cristina y hecho ejecutar por Chico y

su gente, y de varios envenenamientos realizados por aquella nueva

Lucrecia Borgia. Castelo citaba nombres, fechas, circunstancias.

Lo daba todo esto como indiscutible. Yo me eché a temblar. Cuanto más

odio hubiese por María Cristina, más peligrosa era mi situación. La

verdad es que luego he oído hablar en serio de envenenamientos hechos

por gentes de Palacio, entre ellos el de la segunda mujer del infante

don Francisco.

--Pero, ¿usted cree que todo eso es verdad?--le pregunté a Castelo.

---¡Si es! Es el Evangelio.

--¡Demonio!

--Sí, sí, es usted cristino--dijo Castelo--; lo va usted a pasar mal.

Ahora va de veras; no debía usted salir a la calle, le pueden dar algún

disgusto.

--Por eso venía a verle a usted, que tiene influencia--le dije.

--¿Qué quiere usted que yo haga?

--Mi casa está cerca de la plaza del Progreso; y aquello es un ir y

venir de gente que se han constituído en amos, hacen lo que les da la

gana y han formado una lista de sospechosos.

--¿Dónde vive usted?

--En la calle de San Pedro Mártir.

--¿Hacia dónde está eso?

--Hacia Lavapiés.

--¡Toma, yo le creía a usted rico! De poco le ha servido su amistad con

Cristina.

--Tengo mi sueldo de intendente, y de él vivo.

--Bueno, yo le diré a los patriotas de Barrios Bajos, y sobre todo a

Pucheta, que no se metan con usted. Ahora, váyase usted, váyase cuanto

antes. Aquí no hace usted mas que comprometerme.

Castelo, a medida que iba ingiriendo alcohol, iba saliendo de su

abatimiento sombrío y excitándose cada vez más.

Me levanté, tomé mi sombrero y, haciendo de tripas corazón, saludé lo

más amablemente que pude a Paca Dávalos y a Castelo. Había dado un paso

en falso.

Al salir del cuarto de lectura a la sala de billar, Castelo gritó de

pronto:

--¡Oiga usted, oiga usted, señor cristino! Tengo entendido que en la

tertulia del general Lersundi se ha hablado mal de mí. ¿Usted debe

saber quién fué, porque usted iba a esa tertulia?

--Yo, no; yo no he oído hablar de usted.

--¿Usted no le conoce a Macías?

--A un Macías le conocí en Méjico; pero desde entonces no le he vuelto

a ver.

--Y a Luna, al inspector de policía Luna, ¿le conoce usted?

--A ese le conocí porque fué el que me prendió hace veinte años y me

llevó a la Cárcel de Corte; pero luego no he tenido noticias de él, ni

sé si vive.

--Pues sí vive, y yo lo he de encontrar para ajustar unas cuentas

antiguas. ¿Y a Chico, no le conoce usted tampoco?

--No, no le conozco. Cuando él comenzó a intervenir en la política, yo

me había retirado.

--¡Si este buen señor debe ser más viejo que Matusalén!--dijo la

Dávalos.

--Pues yo me he de vengar--exclamó Castelo--; tengo que averiguar quién

le dió malos informes de mí a Lersundi y después a Ordóñez. Algún amigo

de Chico ha sido. Bueno; a Chico yo le tengo que ahorcar con estas

manos, sí, con estas manos; y a Luna, si lo encuentro, lo moleré a

garrotazos.

--Bueno, Mauricio, cálmate--dijo Paca.

--No me quiero calmar: Sí, a Chico se le harán pagar sus crímenes, y

será pronto..., muy pronto..., quizá antes de veinticuatro horas.

A esto añadió Castelo gritos y blasfemias, accionando con violencia y

dando puñetazos en la mesa.

--Bueno. ¡Adiós!--dije yo.

--¡Adiós!

--Celebraré que no le rompan a usted un hueso--exclamó Paca Dávalos,

con su risa dolorosa, de enferma.

Castelo se echó a reír como un insensato, y debió tener algún propósito

agresivo contra mí, porque intentó levantarse y seguirme; pero el

asistente le detuvo. Yo bajé corriendo las escaleras y salí a la calle.

III

UNA NOCHE DE INSOMNIO

La enemistad de una sola

chinche menuda que se arrastre

por nuestra cama es más de

temer que la cólera de cien

elefantes.

HEINE: _Atta Troll_.

TOMÉ por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol, a mezclarme a los

grupos de revoltosos y de vagos que andaban por allá.

--Aviraneta--me dije a mí mismo--, has hecho una tontería en visitar a

Castelo. Has llamado la atención sobre ti. No tienes un rincón donde

poner tus huesos en seguridad y estás en peligro de que te rompan uno,

como decía Paca Dávalos hace un momento.

Y me froté las manos, como si estuviera muy satisfecho con mi suerte.

Aquella tarde, el centro de Madrid estaba en perpetua ebullición. No

me decidí a ir a mi barrio, porque temía que me conocieran, y me fuí a

un café de la calle Ancha. Me hice bastante amigo del mozo, le conté

una historia falsa y me recomendó una casa de huéspedes de la calle de

Silva.

Fuí a ella: la patrona tenía mal semblante, y a las pocas palabras que

cambié con ella comprendí que estaba recelosa y dispuesta a avisar a la

policía.

Hacía una noche de calor sofocante. Me metí en el cuarto que me

alquilaron y no pude dormir. Había chinches en la alcoba. Una procesión

de estos insectos salía de un ángulo del techo e iba avanzando, y

cuando llegaban encima de mi cama se dejaban caer uno a uno con una

precisión matemática.

--Por la mañana, al alba, me levanté y me vestí. Mi instinto me hacía

creer que no estaba muy seguro en aquella casa.

Me asomé al balcón y me senté en una silla. A eso de las cuatro vi que

mi patrona salía a la calle, y poco después volvía con un hombre.

--Maniobra sospechosa--me dije.

Abrí la puerta de mi cuarto y avancé por el pasillo de la casa, todavía

obscuro. La patrona y el hombre hablaban de mí. Habían dejado la puerta

abierta.

Inmediatamente me puse el sombrero y bajé las escaleras con rapidez,

con las botas en la mano. En el portal me las puse; salí a la calle,

entré por el callejón del Perro y me metí en un portal abierto e

iluminado de la calle de la Justa. Era un burdel. Había una vieja

harapienta, con un aire de lechuza, y dos muchachas feas, vestidas con

colores chillones. Una de ellas tenía una cara ancha, brutal, una cara

de rodaballo, con unos ojos saltones y la nariz chata. Las dos estaban

muy pintadas.

La vieja conoció, por mi actitud, que venía huyendo, y no se le ocurrió

explotarme. Me senté en un banco y charlamos. La vieja me habló del

Destino con un fatalismo tan estoico que me asombró.

--Cada cual su sino--decía a cada paso.

Convidé a las mujeres a tomar café con leche, y después de estar unas

tres o cuatro horas allí, por la calle de la Flor salí a la de San

Bernardo.

Subí a la plazuela de Santo Domingo, y en un café que hacía esquina,

cerca de una barricada, entré y encargué un almuerzo.

--Tardará un poco--me dijo el mozo--; todavía es temprano, y con estos

jaleos no viene nadie.

--Bueno; no tengo prisa. Traiga usted unas aceitunas, y esperaré.

Compré _La Iberia_ y unas hojas del _Boletín_ extraordinario del

ejército constitucional, que se vendían en las calles, y estuve

haciendo como que leía, pensando en dónde podría ocultarme, o si sería

mejor salir inmediatamente de Madrid.

Llegó el almuerzo y comí bien, pensando que quizá la cena se haría

esperar.

--Tiene uno buen apetito--me dije--. Eso demuestra que interiormente

todavía uno está sereno.

Tomé café y varias copas de coñac y le di al mozo una buena propina,

suponiendo que podría necesitarle.

IV

EL FINAL DE CHICO

Cuando se ha oído decir que

tal persona o tal otra es un

hombre malo, se cree leer la

maldad en su fisonomía, y

entonces la ficción se añade a

la experiencia para realizar

una sensación cuando el interés

y la pasión se mezclan.

Helvetius cuenta que una dama,

contemplando la luna con un

telescopio, veía la sombra de

dos amantes; un cura que quiso

comprobar el hecho le replicó

diciendo: No, señora, no; esas

sombras son las dos torres de

una catedral.

KANT: _Antropología_.

ESTABA dispuesto a salir del café, porque no tenía pretexto para seguir

en él, cuando los mozos se asomaron a la puerta y volvieron diciendo:

--Hay gran alboroto en la calle Ancha. La gente viene hacia aquí

gritando.

--¿Qué pasará?

El amo del café mandó cerrar inmediatamente la puerta y las ventanas.

--¿Usted quiere salir ahora?--me preguntó a mí.

--Esperaré a que pase el tumulto.

--Tiene usted razón. Con estos alborotos constantes no se sale ganando

nada.

Con el cierre de la puerta y de las ventanas el café había quedado casi

a obscuras.

--¿Quiere usted subir al billar?--me dijo el mozo que me había

servido--; desde allí puede usted ver muy bien lo que pasa.

Subí por una escalera de caracol a la sala de billar y me asomé a un

balconcillo del piso entresuelo. Venía de la calle Ancha una masa de

gente harapienta, zarrapastrosa, formada principalmente por mujeres

y chicos, que vociferaban y daban alternativamente vivas y mueras.

Algunos hombres armados con fusiles, pistolas y garrotes se veían entre

la multitud.

Después vimos un tipo mal encarado, con bigote y patillas, vestido con

andrajos, con una faja encarnada en la cintura y un sombrero catite en

la cabeza, que llevaba, como un estandarte, un retrato grande en un

palo.

--¿Quién es?--nos preguntamos todos--. ¿De quién es esa imagen?

Nadie lo sabía.

Luego, como un paso de Semana Santa, sentado en un colchón y sostenido

en unas parihuelas apareció en la plaza de Santo Domingo un hombre

flaco, amarillo, ictérico, como una momia, ya viejo, con patillas

grises.

Iba medio desnudo, cubierto con una camisa blanca y un pañuelo en el

cuello, un gorro de color en la cabeza y en la mano un abanico, con el

que se abanicaba tranquilamente. Su expresión era fosca, amarga y casi

burlona.

A no ser por los dicterios que le dirigían las turbas, se le hubiera

podido tomar, por su actitud tranquila y displicente, por un reyezuelo

de una tribu que se paseaba en andas entre sus vasallos.

--¿Quién es este hombre?--preguntamos varios.

Los gritos, ya distintos, que se oyeron a poco, de «¡Muera Chico!

¡A la horca! ¡A la horca!», nos hicieron comprender que el hombre

que llevaban en las parihuelas, como un paso de Semana Santa, era el

célebre jefe de policía de Madrid. Al lado suyo iba una mujer, que

dijeron era la de Chico, y detrás, el portero de su casa, a quien

llevaban a empujones.

Este era un ex policía apellidado Dendal y apodado el Cano, a quien se

había dirigido la gente para prender a Chico, y que había intentado

salvar al jefe.

Se le consideraba como uno de los sabuesos y de los confidentes de

Chico.

--¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!--volvió a vociferar la

multitud.

--¿Adónde lo llevan?--preguntó un mozo del café a uno de la calle.

--A la plaza de la Cebada, a quitarle la vida.

--Lo tiene muy merecido.

El amo del café hizo un gesto de molestia; pero no dijo nada.

El pueblo, con ese sentimiento simplista de las multitudes, creía, sin

duda, que bastaba con quitar de en medio a Chico para que todos los

atropellos desaparecieran.

Días antes habían matado las turbas a otro policía apodado el Pocito.

Yo estaba inquieto; pero haciéndome el hombre tranquilo e indiferente,

me senté en una silla en el balcón, encendí un cigarro y me puse a

fumar.

La comitiva esperó unos minutos en la plaza de Santo Domingo, sin saber

qué dirección tomar, hasta que debió venir la orden de seguir por la

Costanilla de los Ángeles.

Noté, con sorpresa, que los que capitaneaban a los amotinados eran casi

todos los que se encontraban el día anterior en compañía de Castelo.

Estaban Pucheta, el Mosca y el periodista, pequeño y pálido, picado de

viruelas y con anteojos. De su grupo partían más rabiosos los gritos de

«¡Muera Chico!»

Pero no sólo estaban ellos. Castelo y la Paca Dávalos se hallaban

agazapados en la esquina de la calle de Tudescos contemplando el paso

de la multitud. Yo los veía de cerca. Se habían disfrazado; él llevaba

pantalón corto y calañés; ella, un mantón obscuro.

¡Qué expresión de ansiedad, de odio, de triunfo había en sus miradas!

¡Qué momento de pasión estaban viviendo ambos!

Veían correr en su imaginación la sangre del hombre que les había

ofendido e inundar el suelo y el aire y convertirse en una aurora

boreal. Quizá creían también que esta venganza les había de bastar para

ser felices.

Durante un momento creí que Chico veía a sus enemigos desde lo alto de

las andas; pero si los vió apartó de ellos la vista con indiferencia y

siguió abanicándose con su aire frío y desdeñoso.

Daba Chico la impresión de un hombre que había llegado a un tal

desprecio por la vida, que la muerte se le presentaba como un accidente

de poca importancia.

--¡Canalla! ¡Granuja!--decía la gente.

--Mira cómo mira--añadía una comadre.

--Tiene cara de pocos amigos.

--Cara de Judas.

--Dios nos libre de un hombre así.

--¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!

--Eres un valiente--dije yo en mi imaginación dirigiéndome a él--;

podrás tener tú la culpa, y el pueblo la razón; pero mi simpatía va

hacia el hombre templado que marcha al suplicio con la sonrisa en los

labios más que a la turba aulladora y cobarde.

Pasó la procesión y la multitud se derramó por la Costanilla de los

Ángeles y por la Cuesta de Santo Domingo. Castelo y la Paca Dávalos,

agarrándose del brazo, se alejaron por la calle de Tudescos. Parecían

dos viejos; él, raído y encorvado; ella, torcida, con una manera de

andar de paralítica.

Les miraba alejarse y me parecían los supervivientes de un naufragio;

más aún: me parecían los restos del barco que las olas echan sobre la

playa.

Casi encontraba mejor acabar la vida como Chico, llevado en unas

parihuelas sobre el odio popular, que perderse así, encorvados y

renqueando, por la sombra de una callejuela.

V

ACOSADO

Se sufre más cuando se sufre

solo y se deja tras de sí los

dichosos.

SHAKESPEARE: _El Rey Lear_.

CUANDO se despejó la plaza, bajé del billar al café y salí a la calle.

Los alrededores habían quedado desiertos. La comitiva de Chico barrió

los lugares adyacentes, llevando a todo el mundo tras ella.

Se me ocurrió entrar en casa de Istúriz, que vivía allí cerca, en

la Cuesta de Santo Domingo. Tardaron mucho en abrirme la puerta. El

hombre estaba trastornado, temiendo que le asaltasen la casa. Había

presenciado en los días anteriores la lucha de los sublevados y la

tropa, en la misma calle, y aquel día, el paso de Chico entre la

multitud.

Le expliqué la situación en que me encontraba, sin poder volver a casa,

y a esta circunstancia le di un carácter cómico.

--¿Y qué va usted a hacer?--me preguntó Istúriz.

--Estoy dispuesto a sufrir la muerte con paciencia. Ya he vivido

bastante.

El Sabor de la Venganza · 第 4 / 10 段