Todos los que tomaron parte en aquellas intrigas amorosas de Palacio

progresaron con rapidez. Ronchi llegó a marqués y a propietario; Teresa

Valcárcel se hizo rica; el joven Franco ascendió de capitán a teniente

coronel. El favor real bañó, como agua lustral, a los amigos de Muñoz;

pero no llegó a Paca, que, inquieta y descontenta, quiso tomar la parte

del león, con lo que se hizo antipática y acabó por cerrarse la entrada

en Palacio.

VIII

HACIA EL ABISMO

El abismo, llama al abismo.

_Salmos_, de DAVID.

LUNA me dió más tarde informes de la vida íntima de Paca.

Paca Dávalos era de la aristocracia. Su padre, un hombre gastador,

estúpido, de los que pierden las preocupaciones y el decoro de la clase

a que pertenecen, y no adquieren nada en cambio, encontró su casa medio

arruinada y la acabó de arruinar.

Se jactaba de ser descendiente del marqués de Pescara, el vencedor de

Pavía, don Fernando de Ávalos; pero éste, descendiente de un vencedor,

no pasó nunca de ser un pobre derrotado. La madre de Paca fué una mujer

perturbada y siempre enferma.

Paca era a los diez y seis años una belleza extraordinaria: tenía unos

ojos claros, melancólicos, que arrebataban, y un cuerpo provocativo,

excitante. Había en ella un contraste entre sus ojos dulces, humanos,

unos ojos para inspirar madrigales como el de Gutierre de Cetina, y su

cuerpo, de felino, ágil como el de una pantera. Muy coqueta, muy poco

cuidada por sus padres, había tenido novios desde los catorce años y le

había gustado uncir a todos los hombres a su carro.

Entre los novios, un capitán, Luján, un tanto bruto, violentó a la

muchacha; luego se casó con ella, y a los cinco o seis meses de

matrimonio, Paca tuvo una niña.

Marido y mujer anduvieron de guarnición en guarnición, hasta que se

establecieron en Madrid. Luján era un hombre violento, avaro, de

malhumor, de genio desigual, cominero y desagradable. A cada paso

armaba un escándalo a su mujer; muchas veces, con razón, por las

coqueterías de ella; otras, sin más motivo que su malhumor.

La Paca aguantaba esta vida por su hija, por la que tenía un entusiasmo

ciego. La niña, Estrella, prometía ser una gran belleza. Era, además

de bonita, muy amable, muy dócil; tenía mucho gusto por la música y

una voz angelical. Paca la adoraba, y su amor por la niña era el único

freno, la única defensa de la honestidad de su vida.

Pensando en ella se prometía a sí misma ser buena para no dejarla un

estigma difícil de borrar; pero, a pesar de sus propósitos, no los

cumplía siempre. Ante los hombres que la galanteaban se olvidaba de

todo, y lo mismo le pasaba con las gasas, las sedas, los teatros y

las diversiones. Paca hacía gastos excesivos y, para ocultarlos a su

marido, engañaba, trampeaba, mentía, y, al último, generalmente se

descubrían sus enredos.

Luján, siempre malhumorado y caprichoso, en el momento en que su mujer

parecía volver a una vida recogida y casera, pensó que Paca iba a

dar un ejemplo deplorable a Estrella, que ya tenía doce años, y para

sustraerla a esta influencia, sin decir nada a la madre, llevó a la

niña a un colegio de monjas de Toledo.

Paca, desesperada, averiguó dónde estaba la niña, y hasta preparó un

rapto; pero una de las monjas del colegio, pariente del coronel Luján,

impidió que la niña saliera de la casa.

La Dávalos no pudo resistir esta separación; se desesperó, suplicó a

su marido que trajera a su hija; él la dijo que no. Paca sintió desde

entonces la impresión del que se hunde en el abismo.

Pocos días después abandonó a su marido y se fué a vivir con Castelo.

Luján juró que se vengaría; pero no hizo nada. La Paca y Castelo

pusieron casa y tuvieron una época de entusiasmo y de amor, en la cual

creyeron regenerarse y volver a la vida ordenada y honesta; pero pronto

se cansaron de ella.

Castelo comenzó a jugar y a beber, y ella hizo lo mismo. Naturalmente,

la casa iba de este modo de mal en peor, y concluyeron por cerrarla e

irse a una de huéspedes. Cuando tenían un buen momento vivían bien;

pero cuando llegaba la mala, los dos se echaban en cara su respectiva

miseria.

--¿Por qué te he seguido?--exclamaba ella.

--Eso me pregunto yo--decía él--. ¿Para qué me has seguido? Para

hundirme para siempre.

La Paca se separó de Castelo, tuvo otros amantes y volvió a

reconciliarse con él. En la segunda separación llegaron a pegarse.

La Paca, entonces, recurrió a sus amistades cortesanas; pero al ver que

la Reina y sus amigas la cerraban la puerta de Palacio, se indignó y

comenzó a manifestarse republicana. Cuando bebía y se exaltaba decía

que había que ahorcar a la familia real y a toda la aristocracia.

En uno de esos momentos de miseria, la Paca conoció a una corredora

de alhajas y Celestina, a la que llamaban la Sorda y la Garduña. Esta

mujer era dueña de un burdel de la calle de Barcelona y del garito de

la calle de la Fresa. La Garduña vivía con un usurero, el Silverio.

La Garduña era una mujer gruesa, empaquetada, vestida con colores

chillones, de cara dura, abultada, y con unas bolsas moradas debajo de

los ojos. Esta Garduña era muy inteligente en sus negocios y se iba

enriqueciendo con gran rapidez.

El Silverio, su amante, un tipo raído y siniestro, con una nube en un

ojo y un aire de suspicacia, era un hombre muy religioso, de varios

oficios y ninguno honrado: cantinero, prestamista, ropavejero y dueño

de garitos.

La Garduña se entendía muy bien con él.

La Garduña acabó por prostituír a la Dávalos; explotaba su pasión

desenfrenada por el juego, y le hacía pagar las deudas llevándola a las

casas de citas.

Castelo seguía también su marcha hacia el abismo; todavía podía pasar

por joven, aunque mirándole de cerca se notaban los ultrajes del tiempo

en su rostro; su pelo rubio iba blanqueando con hebras de plata, y

su labio colgante parecía hacerse más flácido. Tenía, entre otras, la

condición de la intriga, y sabía disimular su crápula y darle un aire

sentimental. Este chulo sensible era muy hábil. Sin haber estado en

ninguna batalla, lucía una buena hoja de servicios. Era cobarde, y

daba la impresión de valiente, fanfarrón, insultador, procaz y de una

audacia extraordinaria.

Su fantasía le hacía darse aires de héroe, y convencía a la gente de

que los sueños de su imaginación eran algo real.

Castelo tenía una vanidad alucinada: la hija sin padre de los desvanes

del mundo, que dice Gracián, dominaba por completo su espíritu;

criticaba con acritud a todos los políticos y, sobre todo, a los

generales, que le parecían de una ineptitud tan completa, que afirmaba

que el uno no sabía leer, que el otro era incapaz de hacer maniobrar a

cincuenta hombres, etc. Se manifestaba también, a consecuencia de su

vanidad y de su cobardía, muy rencoroso.

Castelo y Paca Dávalos, después de muchas riñas y separaciones,

llegaron a un acuerdo y se asociaron con la Garduña para establecer

varias timbas en Madrid.

Uno de los socios era doña Anita, la italiana, que había sido querida

de Castelo y que acabó casándose con un francés y poniendo una tienda

de antigüedades.

El negocio de las timbas era tan lucrativo, que, a base de la que

existía en la calle de la Fresa, se instalaron otras casas de juego en

distintos sitios de Madrid.

A la Paca y a Castelo los tenían los socios como elemento decorativo.

La Paca Dávalos, a pesar de ser empresaria, era una jugadora

empedernida. Las emociones del juego borraban sus recuerdos. Cuando

estaba triste y pensaba en su hija, la idea le producía tal dolor, que

se emborrachaba hasta quedar como muerta.

IX

CHICO Y CASTELO

Se cree, en general, a los

hombres más peligrosos de lo

que son.

GOETHE: _Las afinidades

electivas_.

PASARON años y más años--dijo Aviraneta--. Yo me había resignado a no

llegar a nada, y me contentaba con ser un espectador y un comentador de

los sucesos políticos. Casi todos los meses, María Cristina me llamaba

a su palacio y me consultaba sobre sus asuntos particulares.

La Reina estuvo siempre muy celosa de Muñoz, y más que las cuestiones

políticas le preocupaban las aventuras de su marido. La italiana quería

sujetar al antiguo guardia de Corps, a quien había elevado al tálamo

real, y muchas de sus actitudes, que parecían maniobras obscuras, no

dependían mas que de los celos. La misma marcha a Francia, cuando

dejó a España entregada al general Espartero, no fué a causa de un

despecho político, sino de los celos que sentía al saber que su marido

frecuentaba la casa de una bailarina.

La Reina llegó a las más absurdas precauciones, y, para que su marido

no saliera, le preparó en la plaza de Palacio una azotea con persianas

verdes para que paseara sin que le vieran. La gente llamaba en chunga a

la azotea: la jaula de Muñoz.

Muñoz era hombre guapo, tenía ocho o diez años menos que Cristina,

y ella sentía por él esa pasión un poco exclusiva de las mujeres

ardientes y machuchas.

Ya en 1834, antes de entrar yo en la cárcel, un periódico titulado

_La Crónica_ dió esta noticia: «Ayer se presentó Su Majestad la Reina

Gobernadora en un _char avant_, cuyos caballos dirigía uno de sus

criados. En el asiento del respaldo iba el capitán de guardias duque de

Alagón».

La Reina se indignó de tal manera, al ver que le llamaban criado a

Muñoz, que no paró hasta que Martínez de la Rosa y el jefe de policía,

Latre, suprimieron el periódico y desterraron a su editor, Jiménez, y

al director, Iznardi.

Los celos le duraron a la Reina Cristina hasta la vejez, y más tarde

le entró el ansia de hacerse con una fortuna de cualquier manera y por

cualquier medio. Entonces fué cuando se alió con Salamanca; y comenzó

sus combinaciones financieras y sus negocios, y acabó de desacreditarse.

Yo había intimado con la Reina Madre en París, cuando vivía en su

palacio de la calle de Courcelles, y le había intentado convencer de

que un Gobierno fuerte y liberal era la salvación de España.

En Madrid, María Cristina me llamaba al palacio de la calle de las

Rejas, me preguntaba mi opinión acerca de las cuestiones políticas,

y quería que yo le dijera lo que se murmuraba en la calle sobre los

amores de su hija y sobre los milagros de sor Patrocinio.

María Cristina había perdido influencia en su hija Isabel, que, como se

sabe, vivió entregada a una serie de favoritos, serie que comenzó por

Serrano, el General Bonito.

María Cristina no tenía ninguna simpatía por su yerno, y le despreciaba

por su debilidad y por dejarse embaucar por la monja milagrera.

María Cristina sabía que yo vivía pobremente, y me decía:

--Aviraneta, han sido muy ingratos para ti. Si necesitas dinero, vete a

verle a Pepe Salamanca, de mi parte. Yo le escribiré.

--Señora--le contestaba yo--, tengo lo bastante para vivir.

María Cristina me envió de regalo cuadros y estatuas, y alhajas para mi

mujer. A pesar de esto, yo no la quería. Aquella ansia de hacer dinero

a todo trance, de considerar a España como una finca, me molestaba.

Esto debía haberlo aprendido de su amigo Luis Felipe.

Nunca pasé de ahí, de tener amistad con la Reina Madre; pero como todo

se sabe en Madrid, y se sabía que yo frecuentaba su palacio, se creyó

que era uno de sus consejeros políticos, lo que no era cierto.

Si hubiese querido hubiese podido aprovechar esta amistad, pero ya era

viejo y estaba desengañado.

Además, la Reina Madre y González Bravo, y después Sartorius,

pretendían mermar, y hasta abolir, la Constitución, cosa que para mí no

podía ser simpática, porque era la negación de toda mi vida política. A

los sesenta años ya uno no se vende, o se ha vendido ya, o ha tomado la

honradez por costumbre.

No me quedaba, como he dicho, mas que la curiosidad de enterarme y de

saber lo que pasaba.

Cuando el general Lersundi fué presidente y Egaña ministro de la

Gobernación, estuvo éste en mi casa a decirme que de parte de la Reina,

del general y de la suya, venía a verme para que pidiese un cargo.

--Yo ya no quiero ser nada--le dije.

Durante estos años intermedios entre la guerra civil y la revolución

del 54 oí hablar mucho de Chico en todas partes, sobre todo cuando

comenzaron las prisiones y las deportaciones; pero no le llegué a

encontrar ni una vez. Chico se hizo célebre como jefe de policía de

Madrid. Era un hombre muy odiado por el pueblo. Todo el mundo contaba

horrores de él, y se le consideraba como un esbirro capaz de los

mayores atropellos y violencias.

Yo no recordaba bien a Chico; me lo pintaban como un tagarote de

taberna, ordinario y bestial, y yo tenía de él la idea de un tipo

casi elegante, fino, con unos ojos muy vivos e inteligentes, la nariz

un poco aplastada, los labios delgados, el color pálido y el cuerpo

esbelto.

Chico, al menos en el tiempo que yo le conocí, leía bastante, le

gustaba mucho la pintura y hablaba con gracia, con un acento un poco

andaluzado.

Cosa extraña. La casualidad y la mala voluntad de un ministro hizo que

yo apareciera unido a Chico en un asunto en que no teníamos nada de

común.

En 1847 me prendieron a mí y le prendieron a Chico, y nos deportaron,

a mí a Alicante y a él a Almería. Cualquiera hubiera dicho que había

relación entre nosotros dos; pero no había ninguna.

Yo había recibido carta de un amigo y secretario de María Cristina,

desde París, pidiéndome noticias de Madrid, y yo le contesté burlándome

de los puritanos que entonces ocupaban el Poder, y la carta la

interceptó el Gobierno.

Respecto a Chico, tenía, en abril de 1847, una letra de veinticinco

mil francos del duque de Riansares, aceptada por el ministro de la

Gobernación, Benavides, para cobrar. Por entonces hubo una algarada

de unos cuantos jóvenes que vitorearon a la Libertad y a la Reina, al

paso de Isabel II, en coche, por la Puerta del Sol, la calle Mayor y

la plaza de Oriente. El ministro pensó: «Vamos a prender a Chico y a

Aviraneta; a Aviraneta le castigamos por sus correspondencias, y a

Chico no le pago la letra hasta que tenga dinero, y, de paso, se da la

impresión a la gente de que ha habido un complot». ¿Qué complot iba a

haber para vitorear a la Reina? Era ridículo; pero la gente lo cree

todo.

Naturalmente, nos levantaron el destierro en seguida, pero la idea de

que había algo de común entre Chico y yo quedó flotando en el aire.

También oí hablar, repetidas veces, de Mauricio Castelo, cuyo nombre

aparecía entre los progresistas radicales con la aureola de un político

austero.

¡Qué se va a hacer! Este será siempre uno de los escollos de la

democracia: el que el pueblo no se pueda enterar bien de las

condiciones de sus servidores. A una colectividad se le engaña siempre

mejor que a un hombre.

El año 1851 fué nombrado jefe político de Madrid mi amigo el general

Lersundi. Yo visitaba mucho su casa, adonde iba de tertulia un día a la

semana. Fuí a felicitarle por su nombramiento, hablamos y me preguntó:

--¿Conoce usted personalmente a Chico, el jefe de policía?

--Le conozco desde que era capitán de Caballería retirado; pero hace

más de veinte años que no le he visto.

--¿Qué opinión tiene usted de él?

--Opinión personal, ninguna. Estuvo afiliado a la sociedad Isabelina

que yo fundé. Era, por entonces, un hombre enérgico y atrevido.

--¿Y desde esa época no le ha vuelto usted a ver?

--Nunca. Siempre estoy oyendo hablar de él y no me lo he encontrado

jamás. Yo hago una vida especial. No salgo de noche, no voy al teatro.

--¿Sabe usted que le vamos a prender a Chico?

--Pues, ¿por qué?

--Tiene una fama pésima. Se afirma que está en relación con los

ladrones y que lleva su parte en lo que se roba en Madrid. Se sabe que

ha cometido mil atropellos.

--Respecto a los atropellos--dije yo--, no cabe duda que deben ser

verdad; pero tanta culpa como él la tienen los jefes del Gobierno, que

le han dado órdenes o que le han consentido; respecto a que esté en

connivencia con los ladrones, no lo creo.

--Pues parece que es cierto. Es indudable que Chico tiene palacios,

criados, una galería de cuadros magnífica; que sostiene mujeres...

--¿Y hay pruebas contra él?

--Sí, hay pruebas.

--Me parece extraño que un hombre listo haya dejado un rastro

comprobable de sus fechorías.

--Pues no cabe duda. En este momento se está haciendo un expediente

documentado contra Chico.

--¿Y quién lo hace?

--Una persona respetable: el coronel Castelo.

--¿Don Mauricio Castelo?

--El mismo. ¿Le conoce usted?

--Sí.

No dije más. Solía encontrar de cuando en cuando en la plaza del

Progreso, tomando el sol, al inspector Luna, que paseaba con su

nietecillo. Luna estaba retirado y vivía en una casa de la calle de

Barrio Nuevo. Un día, al encontrarle, le conté lo que me había dicho el

general Lersundi.

--Ya lo sé--me contestó él.

--Sin duda, Castelo hace este expediente llevado por el odio contra

Chico, que le descubrió la artimaña del supuesto robo hecho a Macías.

--No, no sólo es por eso--replicó Luna--. Chico hizo una canallada a

Castelo.

--¿Pues?

--No sé si le conté a usted que Chico guardó la confesión de Castelo.

--Sí me lo contó usted.

--Chico--siguió diciendo Luna--guardó aquel documento con la idea de

utilizarlo, en cualquier ocasión, contra Castelo. Dos o tres años

después del supuesto robo, y en el tiempo en que acababa de ser

nombrado Chico jefe de la policía, se encontró en un baile de máscaras

del Circo con Paca Dávalos. Ella estaba todavía en el apogeo de su

belleza. Paca quiso darle broma y divertirse a costa del terrible jefe

de policía, de quien sabía algunos secretos amorosos por Castelo.

Chico la conoció, la llevó al ambigú y la convidó a cenar. Ella aceptó

el convite y coqueteó con Chico; pero al salir del baile le dijo que

no tomara en serio sus coqueterías, porque estaba enamorada de otro

hombre. Chico, enfurecido, le replicó que si no le acompañaba a su casa

aquella noche, al día siguiente le llevaría a Castelo a la cárcel y le

desacreditaría, porque tenía un documento que le comprometía.

--¿Y ella qué hizo?

--Ella fué a su casa.

--¡Demonio!

--Sí, y Castelo lo supo, porque esas cosas se saben siempre. Al

principio, Castelo no hizo nada en contra de Chico. Había reñido muchas

veces con la Paca, que hacía una vida relajada, y, ciertamente, no

estaban legitimados los celos. Además, la posición de Chico como jefe

de policía era muy fuerte, y no era fácil el medirse con él. Cuando la

reputación de Chico comenzó no sólo a decaer, sino a hacerse siniestra,

Castelo, como si en un momento sintiera revivir los agravios inferidos

por su antiguo camarada, se puso a la cabeza de los enemigos del jefe

de la Ronda.

--Se comprende que una cosa así no es para olvidarla, y menos pensando

que el autor de la ofensa es un amigo de la infancia--le dije yo.

--Castelo siente hoy un odio profundo contra Chico. El recuerdo de

la antigua amistad que tuvo con él hace su rencor más violento y más

venenoso.

--Me explico que un hombre frenético, como Castelo, haya hecho muy mala

sangre pensando en Chico.

--El odio de Castelo se lo ha comunicado a la Dávalos, y los dos han

empleado todos los medios para hundir a Chico; han seducido a los

agentes de la Ronda Secreta y a una porción de ladrones que conocen por

intermedio de los «ganchos» de las casas de juego de la Garduña y del

Silverio, y toda esa gente maleante ha declarado contra Chico, contando

parte de verdad y parte de mentira. El partido progresista le ayuda a

Castelo en su campaña.

--¿Y será verdad que Chico se entendía con los ladrones?

--¡Hombre, don Eugenio!--dijo Luna con una sonrisa cínica--. Todos los

policías se entienden más o menos con los ladrones; pero no son los

robos los que pueden dar más dinero a un hombre que tenga el cargo de

Chico. ¡Figúrese usted! Hay líos en la Corte, hay grandes negocios,

hay jugadas de Bolsa, hay Salamanca; se puede salvar a un político

de una campaña de difamación; se puede salvar la fama de una señora

comprometida, hacer desaparecer favoritos, como un Mirall o un Pollo

Real. Todo eso da.

--¿Y usted qué va a hacer si le llaman, amigo Luna?

--¿A mí? ¿Quién me va a llamar? Nadie me conoce. Soy una sombra,

vivo en mi rincón obscuramente, con mi hija y mis nietos, y no tengo

personalidad mas que para ellos.

--¿Y si le llamaran, a pesar de eso?

--No diría nada ni en pro ni en contra, don Eugenio.

--¿Nada?

--Nada. Cualquiera se pone a defender a Chico a estas alturas.

Le dejé al inspector Luna con su nietecillo, y le hablé unos días

después al general Lersundi y le conté lo que sabía de Castelo y de su

hostilidad contra Chico.

--El proceso se ha de ver pronto--me dijo el general--. Allí se

aclarará la cuestión.

Días después, Lersundi fué nombrado ministro de la Guerra, y le

sustituyó en el Gobierno Civil don Melchor Ordóñez.

Este dispuso la prisión de Chico, que estuvo nueve meses en el

Saladero, hasta que vino el sobreseimiento de la causa por falta de

pruebas.

Castelo declaró varias veces en el proceso, y dijo a todos los que

quisieron oírle que no pararía hasta verle a Chico colgando de la horca.

A las acusaciones de Castelo contestó Chico con una información

detallada de la vida de su enemigo. Lo pintó como un intrigante, como

soldado traidor y jugador de ventaja, que explotaba alternativamente

los garitos y las mujeres.

La lucha entre los dos fué ruda y sin tregua. Ambos echaron mano de

todos los expedientes imaginables.

Chico tenía la opinión adversa y se agitaba en el vacío; los resortes

de que podía echar mano estaban gastados; en cambio, Castelo encontraba

apoyo en todo el mundo político y periodístico.

--Por entonces--siguió diciendo Aviraneta--, alguna que otra vez solía

ver en la calle a Castelo, que ascendió, por sus intrigas y manejos

obscuros, a brigadier. Castelo andaba acompañado de un hombre de buen

aspecto que me dijeron era un viejo asistente suyo. Castelo y yo nos

saludábamos al vernos, y yo le tenía por un hombre que estaba en buenas

relaciones conmigo.

SEGUNDA PARTE

CONSECUENCIAS

I

LA REVOLUCIÓN DEL 54

¿Cuál de vuestros sistemas

filosóficos es otra cosa que el

teorema de un sueño, un puro

cociente, confidencialmente

obtenido donde el divisor y el

dividendo son desconocidos?

CARLYLE: _Sartor Resartus_.

EN tal estado de cosas llegó la revolución de julio de 1854. Yo, la

verdad, y confieso que era un error de perspectiva, no creía en ella.

Es un achaque de los viejos desconfiar del presente. ¿A quién no le

ocurre esto? A mí me pasó como a todo el mundo. Cuando en junio de

aquel año mi amigo Leguía, aquí presente, me indicó que iba a estallar

un movimiento revolucionario, yo le dije: «¡Bah! No pasará nada».

El movimiento llegó, los generales se sublevaron en Vicálvaro, y los

días que la revolución anduvo suelta por las calles, yo me dediqué

a curiosear. Presencié el saqueo del palacio de María Cristina y el

de la casa de Salamanca a los gritos de «¡Muera Sartorius! ¡Mueran

los polacos! ¡Muera la Piojosa!» Yo tenía más miedo en casa que en la

calle. Había gente que sabía que yo era amigo de María Cristina y, por

tanto, sospechoso para el pueblo, que en aquella época tenía un odio

profundo por esta reina, a quien hacía veinte años consideraba como un

ídolo.

Yo vivía en la calle de San Pedro Mártir, en el barrio de la Comadre,

ya al comenzar los Barrios Bajos.

El día 22 de julio supe, por la lavandera de casa, que los amigos

del célebre torero Pucheta, dictador de aquellos andurriales, habían

señalado mi casa y mi persona a las iras del pópulo como cristino.

Indagué y pude comprobar que, efectivamente, me encontraba en la

lista de sospechosos. Los Barrios Bajos formaban entonces una pequeña

república autónoma bajo las órdenes del señor Muñoz (alias Pucheta).

Así teníamos un Muñoz arriba (el marido de Cristina), y otro Muñoz

abajo (Pucheta). La revolución del 54 era un conflicto entre dos

Muñoces.

Tuve que tomar mis medidas y pensé en buscar un asilo seguro. Mi mujer

se refugió en casa de un médico joven de la vecindad que nos visitaba.

Este médico vivía con su madre, y por entonces hacía oposiciones a una

cátedra de San Carlos.

Entre mi mujer y yo sacamos de noche de nuestra habitación los papeles,

los cuadros regalados por María Cristina y algunos muebles, y los

llevamos a la casa del médico; luego cerramos la puerta con llave.

Yo fuí a visitar a algunos amigos y conocidos para ver si me daban

albergue por unos días, y obtuve una absoluta negativa.

En los momentos de peligro la mayoría se siente inclinada a pensar sólo

en sus intereses y a no preocuparse de los amigos ni de los allegados.

Había por aquellos días un miedo terrible, y los que me conocían a mí

creían que yo no era sólo un cristino, sino que debía estar complicado

en todas las intrigas de los polacos. Se decía que María Cristina

estaba encerrada en un convento.

El Sabor de la Venganza · 第 3 / 10 段