A los cinco o seis días apareció en el locutorio de la cárcel el inglés

profesor de idiomas amigo de Miguel. Habló conmigo: me dijo que el

muchacho era un exaltado de ideas absurdas, pero absolutamente incapaz

de robar a nadie. Sin embargo, en la conducta observada por el joven

Rocaforte encontraba él algo misterioso.

El profesor Brandon había presenciado la escena en la librería.

--¿Qué pasó?--le pregunté yo--. Porque él no me lo ha contado con

detalles.

--Pues sucedió lo siguiente--dijo Brandon--: un capitán, llamado

Sánchez Castelo, estaba aquel día en el gabinete de lectura de Monnier,

y al salir a la calle notó que le faltaba la cartera del gabán. El

dueño del gabinete, para demostrar que ninguno de sus abonados era

capaz de sustraer nada a nadie, invitó a éstos a que se dejaran

registrar; todos aceptaron la proposición, más o menos a regañadientes;

pero Miguel se negó con violencia a este registro; y poniéndose la mano

en el pecho, como para impedir que nadie pudiera intentar reconocer el

bolsillo interior de su americana, dijo que a él no le tocaba nadie, y

que sólo delante del juez se dejaría registrar.

--¡Ah! ¿Pasó eso? De aquí que hubiesen tomado cuerpo las sospechas de

la policía.

--Claro.

--A pesar de esto, ¿usted le cree a Miguel inocente?--le pregunté a

Brandon.

--Sí, sí. Completamente inocente.

--¿Y por qué cree usted que se negara con tanta violencia al registro?

¿Por baladronada? ¿Por tomar una actitud?

--¡Qué sé yo! Quizá Miguel llevaba algo en el bolsillo que no quería

que viese su principal, algún papel político. El principal es un

absolutista...

--No me parece que sea eso.

--¿Por qué?

--Yo he hablado con Miguel y no tiene preocupaciones políticas.

--Sin embargo...

--¿Usted le conoce al principal?

--No.

--Pues entérese usted de si está casado y si tiene mujer guapa.

--¿Usted cree que esa sea la clave?

--Sí.

--Es posible; yo le tengo a Miguel por hombre serio.

--¿Y eso qué importa?

Me chocó que el principal de Miguel, y pariente, no fuera ni una vez a

visitar al preso. Esto me hizo pensar que entre tío y sobrino no debía

reinar la mejor armonía.

IV

UN ASUNTO EMBROLLADO

En vano más de una vez

se sigue al crimen la huella,

por no preguntar al juez

quién es ella.

BRETÓN DE LOS HERREROS: _¿Quién

es ella?_

A los dos o tres días se presentó de nuevo en la Cárcel de Corte el

inglés Brandon. Había hablado con un paisano de Miguel, León Zapata,

dependiente de una ferretería, y éste le había insinuado que Miguel

tenía amores con la mujer de su principal. Brandon me dijo que la causa

de haberse negado a dejarse registrar Miguel podía ser, como yo creía,

el que llevara, cuando estaba en el gabinete de lectura, cartas que

hubieran podido poner a su principal sobre la pista.

--¿Quién es ese Zapata?--le pregunté a Brandon.

--Es un petulante, un majadero--me contestó el inglés--. Un joven que

se cree el centro del mundo.

Una semana después de esta visita se me presentó el inspector Luna.

Luna se había encargado del asunto de Miguel, y quería que yo le

orientara. Me pidió que olvidara la parte que él había tomado en mi

prisión.

--Ya sé que no ha hecho usted mas que cumplir las órdenes que le han

dado--le dije.

--¿Así que no me guarda usted rencor?

--De ninguna manera.

--Luna y yo hablamos largamente del asunto de Miguel Rocaforte, y él me

dió más detalles de lo ocurrido.

--Hace un par de semanas, próximamente--dijo--, el capitán de reemplazo

don Mauricio Sánchez Castelo se presentó al inspector de policía del

distrito del Centro, don Carlos de San Sernín, y le dijo: «Ayer, mi

amigo el teniente Macías de Aragón, antes de tomar la diligencia para

el Norte, me dejó cinco mil duros para que se los guardase hasta la

vuelta de su viaje. Cogí la cartera con los billetes, la metí en

el bolsillo del gabán y me fuí a la librería de Monnier. Allí, sin

darme cuenta, me quité el gabán, porque hacía calor, y lo puse en el

respaldo de una butaca. Al salir del gabinete de lectura me volví a

poner el gabán, y al llevarme la mano al bolsillo del pecho noté que me

faltaba la cartera». Castelo contó al jefe de policía que había vuelto

inmediatamente al gabinete de lectura; que le había explicado al dueño

lo ocurrido; que éste invitó a sus abonados a que se dejaran registrar,

y que un joven se opuso con palabras y ademanes violentos.

--¿Quiénes estaban en la librería?--le pregunté al inspector Luna.

--Estaban un capitán de Caballería retirado, don Francisco García

Chico, que ha pertenecido a la policía.

--Lo conozco. Era de la Isabelina. De ese no se puede sospechar.

--Estaba también un joven catalán desconocido, el profesor de inglés

Brandon, un comisionista francés, Miguel Rocaforte y su principal. San

Sernín tomó informes de todos. El librero, Monnier, dió buenos informes

de Chico y de Brandon. Al joven catalán no le conocía; al comisionista

francés, tampoco, y a Rocaforte y a su principal los tenía por personas

honradas. Unos días después se ha sabido que el muchacho catalán es

un joven rico y de buena conducta. Así que, por ahora, no hay mas que

dos posibles ladrones: el comisionista francés, que no se sabe dónde

anda, y Miguel Rocaforte, que indujo a sospechar porque se opuso

terminantemente a que se le registrara.

--Pero, según su lógica, el comisionista francés debía de estar libre

de sospechas porque se dejó registrar.

--Sí, pero pudo esconder la cartera.

--¿Y de Rocaforte, qué se sabe? ¿Qué antecedentes hay de él?

--Dicen que han dado malos informes de ese muchacho, que es republicano

y carbonario.

--¡Bah! ¡Qué estupidez!

Luna sonrió.

--Para usted, que es revolucionario, eso es poca cosa; para mí, que soy

jefe de policía, no.

--Usted se ríe de eso.

--Hombre, no. Del inglés Brandon, amigo suyo, se dice que es

sansimoniano.

--Otra tontería.

--¿Qué opinión tiene usted de este asunto, Aviraneta? Me interesa

saberlo. Castelo es amigo mío y le debo algunos favores.

--Me parece--le dije yo--, que Rocaforte no tiene facha de ladrón. Es

más, aseguraría que no es ladrón.

--¿Y por qué no se ha dejado registrar?

--No lo sé; pero me figuro que hay por debajo alguna cuestión de

mujeres. Miguel estaba con su principal; el principal tiene una mujer

guapa; Miguel, quizá la ha escrito; ella, quizá le ha contestado, y él

podía no querer que los papeles que llevaba los viera su principal.

--Es una suposición...

--Lógica.

--Cierto. Es muy posible que sea esto. Me enteraré. ¿Y, entonces, usted

supone más bien que el comisionista francés...?

--Mire usted, yo conozco a Castelo y a Macías. Los he tratado en

Tampico y los he visto en compañía de Paula Mancha y de otros tramposos

y jugadores de garito que abundaban en el ejército que desembarcó en

las costas de Méjico con el general Barradas. Uno y otro me parecen

capaces de toda clase de artimañas, y yo, tanto como la posibilidad de

un robo, aceptaría la tesis de que haya habido entre los dos compadres

una combinación inventada con algún fin que no conocemos.

Luna se calló.

--Me pone usted en un mar de confusiones--dijo después--.

Verdaderamente es un poco extraño que un hombre a quien le han

entregado cinco mil duros para que los guarde, en vez de ir a su casa y

meterlos en un cajón, los lleve en el bolsillo del abrigo a un gabinete

de lectura, se dedique a leer periódicos y deje el gabán con el dinero

dentro sobre una butaca. ¡Cinco mil duros! Vale la pena de tener

cuidado con ellos, y en estos tiempos.

--Todo eso es muy raro, amigo Luna.

--Cierto; pero esto de que el joven Rocaforte se haya opuesto a dejarse

registrar de una manera tan violenta también es raro.

--Bueno, vamos por partes. ¿Usted le conoce a Miguel?

--Sí.

--¿Qué cree usted, que es un hombre inteligente o un tonto?

--Me inclino a creer que es un hombre inteligente.

--¿Usted supone que un hombre inteligente hace lo que se cree que hizo

Miguel en la librería?

--No sé a qué se refiere usted.

--Suponga usted que una persona inteligente robe a otro en las

condiciones en que se piensa que Miguel robó a Castelo. Lo lógico

es que el ladrón oculte la cartera en un sitio que no sea fácil de

encontrar a primera vista, lo ponga en una carpeta o en un libro, o si

lo guarda él mismo lo meta en el sombrero o en la faja...; pero no en

el bolsillo del pecho, donde todo el mundo lleva el dinero; Miguel se

opone a que le registren los bolsillos y, sobre todo, el bolsillo del

pecho. Para mí, cada vez que pienso en ello, lo veo más claro; Miguel

es absolutamente inocente de ese robo.

--Yo también por instinto lo creo así; pero hay que comprobarlo.

--¿Qué va usted a hacer?

--El hermano de Macías me ha dicho que le va a visitar a García Chico

y a pedirle que tome cartas en el asunto. Chico estaba en la librería

cuando el supuesto robo; conoce a Castelo y debe tener idea de lo que

ha podido ocurrir.

--Sí--dije yo--, ese García Chico es un terrible sabueso. Para la

Isabelina nos hizo unos informes admirables de precisión. Si hay algún

misterio él lo aclarará, porque creo que conoce a Castelo y a Macías.

Pocos días después se presentó Luna en la Cárcel de Corte, me llamó al

locutorio y me dijo:

--¿Sabe usted que se aclaró el misterio?

--¿Qué misterio?

--El del joven Rocaforte.

--¿Había un misterio?

--Sí, tenía usted razón: no había tal robo. Ha sido una trampa de

Castelo, que se ha jugado el dinero de Macías perdiéndolo y, para

sincerarse, inventó la historia del robo del gabinete de lectura.

--¿Y quién ha descubierto el enredo?

--Lo ha descubierto Chico, a quien parece que van a hacer jefe de la

ronda de Seguridad.

El inspector Luna, con el hermano de Macías, fué a casa de don

Francisco Chico y le contó el asunto con todos los detalles.

--Ya veré si averiguo lo que hay en el fondo de esa cuestión--les dijo

Chico--; vengan ustedes dentro de tres o cuatro días.

A la salida de casa de Chico dió la casualidad de que Macías y Luna se

encontraron con Mauricio Castelo. Castelo oyó, con visible malhumor, la

noticia de que habían consultado el asunto con Chico, y de pronto dijo

al inspector Luna que toda la gente que formaba parte de la policía era

una canalla, en connivencia con los ladrones, y que llevaba parte en

los robos que se consumaban en Madrid. Luna, que era hombre prudente,

no replicó a Castelo. Al parecer, tenía motivos para no reñir con él;

pues el inspector le debía algún dinero al militar y no había podido

pagárselo.

Tres días después Luna fué a casa de García Chico. Chico, al verle,

sonrió con una sonrisa de tigre.

--¿Ha averiguado usted algo?--le preguntó Luna.

--Lo he averiguado todo.

--¿Qué ha ocurrido?

--Ha ocurrido que el tal robo ha sido, sencillamente, una simulación.

--¿Macías no le ha entregado ese dinero a Castelo?

--Sí, se lo ha entregado; pero ese dinero, Castelo lo ha perdido

jugando, y parte se lo ha dado a su querida Paca Dávalos.

--¿Pero esto está comprobado?

--Perfectamente comprobado.

V

LO OCURRIDO

¡Cosa extraña el hombre, y más

extraña aún la mujer! ¡Qué

torbellino en su cabeza! ¡Qué

abismo profundo y peligroso en

su corazón!

BYRON: _Don Juan_.

CHICO le dijo a Luna que había sospechado inmediatamente algún

gatuperio. Conocía a fondo a Castelo y sabía que era jugador y hombre

de pocos escrúpulos.

Chico hizo una investigación en las principales casas de juego, y, al

poco tiempo, averiguó lo ocurrido. Castelo había jugado muy fuerte en

un círculo de la Carrera de San Jerónimo que se titulaba el Círculo

Universal. Castelo solía frecuentar esta timba, jugando siempre poco,

cuatro o cinco duros a lo más, porque tenía la paga empeñada y no

contaba mas que con escasos recursos.

Días antes del supuesto robo, Castelo se presentó en el círculo con la

cartera llena de billetes, puso la banca y perdió una gran cantidad.

Tres noches seguidas hizo lo mismo, siempre con mala suerte.

Chico se las arregló para enterarse de quiénes jugaban en el círculo

las noches en que Castelo puso la banca, y averiguó que estaban, entre

otros, el comandante Las Heras, el teniente Zamora y el capitán Soto.

Fué a ver a estos militares y ellos le dieron toda clase de informes.

En la primera noche, Castelo perdió dos mil pesetas; en la segunda,

tres mil, y en la tercera, diez mil. Había muchos puntos esta última

noche en el círculo. Castelo, que bebía mientras jugaba, al perder las

últimas pesetas comenzó a decir, a voz en grito, que le habían hecho

trampa y que le tenían que devolver su dinero. En su desesperación

acusó al teniente Zamora y al capitán Soto de haberle engañado, y sacó

una pistola del bolsillo para amenazarles; pero el comandante Las Heras

le arrancó la pistola de la mano y le obligó a salir a la calle.

Su campaña en la timba, donde dejó el resto del dinero, fué más

lamentable aún.

Castelo había ido al garito en compañía del capitán Escalante, para

que éste vigilara las jugadas; había hablado con dos ganchos de la

chirlata, que le aseguraron que todo se hacía allí con la mayor

corrección.

La timba estaba en la calle de la Fresa, y era conocida, entre los

puntos, con el nombre de la tertulia de la Sorda o de la Garduña.

Esta tertulia se hallaba establecida en el piso principal de una casa

pequeña, con un zaguán angosto y sucio, maloliente y tan lleno de

basura, sobre todo líquida, que ni con zancos podía atravesarse. De

este zaguán subía una escalera de trabuco, y, en el primer rellano, dos

hombres de guardia, embozados en la capa, escondían, bajo ella, sendos

garrotes.

Se cruzaba un vestíbulo estrecho, con una mesa, en donde solía estar

sentado el conserje; luego, un pasillo con un colgador lleno de capas,

mantas y bufandas, y se desembocaba en una sala irregular y mugrienta,

tapizada de papel amarillo, con dos mesas de juego, con su tapete

verde, separadas por una mampara, y en el techo, unas lámparas de

aceite. Un vaho de humo de tabaco y de aguardiente solía haber allí de

continuo.

Castelo puso la banca de cinco mil pesetas. Había, al poco rato, mucho

dinero en la mesa. A pesar de que la mayoría de los puntos eran tahúres

y de que intentaban levantar muertos y hacer mil trampas, Castelo

ganaba con una suerte loca, e iba resarciéndose de las pérdidas del

círculo de la Carrera de San Jerónimo. Tenía el banquero un montón

de billetes, de monedas de oro y de plata delante, cuando entraron

varios hombres capitaneados por un escapado de presidio a quien

llamaban Seisdedos, y por un matón apodado el Largo. Aquellos hombres

venían embozados hasta los ojos, y uno de ellos, con la cara tiznada.

Seisdedos sacó un trabuco debajo del embozo de la capa, y los demás

desenvainaron el bastón de estoque. Seisdedos, dando con el trabuco

sobre la mesa, gritó con voz terrible.

--¡Copo! Que nadie toque este dinero si no quiere verse muerto.

El capitán Escalante sacó una pistola del bolsillo y disparó contra

Seisdedos. Alguien pegó un garrotazo a la lámpara, y la habitación

quedó a obscuras. Se tiraron las sillas, forcejearon los puntos para

apoderarse del dinero que estaba encima de la mesa, se armó un terrible

zafarrancho de gritos, palos y tiros, y cuando entró el comisario de

policía gritando: «Abran en nombre de la Reina», y pasó a la sala a

restablecer el orden, Castelo vió que había perdido todo su dinero.

VI

SE ECHA TIERRA AL ASUNTO

Cuanto más menospreciado es un

hombre, menos freno tiene su

lengua.

SÉNECA: _De la constancia del

sabio_.

¿USTED tiene inconveniente en declarar ante testigos lo que me ha

dicho?--preguntó Luna a Chico.

--Ninguno; y Las Heras, Zamora y Soto confirmarán mis palabras.

--¿Querría usted ir pasado mañana a las doce a la Comisaría, donde

estoy de guardia?

--Sí, señor.

--¿Vendrían esos señores?

--Seguramente.

--Pues yo le citaré a Castelo y liquidaremos esa cuestión.

El día señalado llegaron Chico, Macías, Las Heras, Zamora y Soto

al despacho del inspector de policía; y Luna les invitó a pasar a

un cuarto próximo. Poco después apareció Castelo. Luna le saludó

amablemente y le hizo sentarse en un sillón frente a su mesa.

--A ver cuándo me paga usted ese dinero--dijo Castelo de malhumor.

--Le pagaré a usted en seguida que pueda, como ya le he dicho.

--Bueno, pero que no sea muy tarde. ¿Y del robo, qué hay?

--He estudiado el caso--dijo Luna--, y creo que lo mejor sería echar

tierra al asunto.

--Hombre, ¿y por qué?

--Voy convenciéndome, cada vez más, de que ese joven a quien hemos

llevado a la cárcel es completamente inocente.

--¿Usted sabe que ese joven es inocente?--replicó Castelo con cierto

sarcasmo.

--Y usted también.

--¿Y entonces quién es el culpable?

--Es que es muy posible que en este caso no haya culpable--repuso Luna.

--¿Qué me quiere usted decir con eso?--exclamó Castelo--. ¿Es que puede

haber robo sin que haya ladrón?

--No; pero cuando no hay robo, no hay ladrón.

--Yo sabía que los policías estaban de acuerdo con los

ladrones--replicó Castelo con furor--; pero nunca había llegado a oír

cosa tan peregrina como ésta.

--¿Así que usted sigue afirmando que nosotros tenemos complicidad con

los ladrones?

--Sí; lo afirmo y lo afirmaré siempre.

--Puesto que usted lo toma de ese modo--dijo Luna--, le voy a demostrar

que está usted completamente equivocado. He estudiado el asunto, y

estoy convencido de que el robo de los cinco mil duros en la librería

de Monnier es una superchería inventada por usted. Ese dinero no se lo

han robado a usted del gabán, como usted ha afirmado; ese dinero se lo

ha jugado usted en un círculo de la Carrera de San Jerónimo y en un

garito de la calle de la Fresa. Parte de él se lo ha entregado usted a

una mujer.

--Bonita novela ha inventado usted.

--No es novela; es la realidad.

--Eso habría que probarlo.

--Se lo probaré a usted cuando guste.

--Vengan las pruebas.

--Que conste, Castelo, que yo he venido en son de paz.

--Basta de palabras. Las pruebas, las pruebas.

--Está bien.

Luna se levantó, se acercó al cuarto próximo y dijo:

--Tengan la bondad de pasar, señores.

Entraron en el despacho Chico, Macías, Las Heras, Zamora y Soto.

Castelo, al verlos, quedó anonadado, se puso lívido, y comenzó a

agitarse en la silla y a morderse los labios.

--Estoy descubierto--murmuró.

--Veo que la presencia de estos señores basta para confundirle a

usted--le dijo Luna.

--No me queda más recurso que pegarme un tiro--exclamó Castelo, con

acento dramático.

--¡Bueno, tú, nada de farsas!--le dijo Chico con dureza--. Aquí nadie

quiere que te pegues un tiro. Reconoce la deuda, haz que a ese muchacho

que han preso por tu culpa le dejen libre, paga a Macías, poco a poco,

y no se te pide más.

Castelo bajó el tono y, de una manera un tanto servil, pidió a Luna

que olvidara si le había dicho algo ofensivo. Luego, por consejo de

Chico, quedaron todos de acuerdo en que Castelo escribiera un documento

confesando que no había sido robado, y que la cantidad prestada por

Macías la había perdido en el juego.

--Ahora extiende varios pagarés a nombre del hermano de Macías, que los

irás pagando cuando puedas.

Terminado el asunto, Chico echó mano del documento firmado por Castelo

y se lo metió en el bolsillo.

--Alguno lo tiene que guardar; lo guardaré yo.

Castelo se mordió los labios. Chico, sin decir más, saludó, y se fué.

Castelo entonces se lamentó amargamente y de una manera sentimental de

que amigos suyos, como Las Heras y Macías, hubieran hecho con él lo que

habían hecho. Discutieron entre ellos y se marcharon todos del despacho

del inspector Luna. Antes de salir, Castelo dió a éste las gracias y le

dijo:

--No se ocupe usted de mi deuda.

--Hombre, no; yo haré lo posible por pagarle a usted.

El mismo día, Luna escribió al juez diciéndole que el capitán Castelo

había sufrido una equivocación y que no había sido robado.

A pesar de estar reconocida la inocencia de Miguel Rocaforte, éste

tardó bastante en salir de su encierro.

Un día se oyó la frase clásica empleada en la cárcel para poner en

libertad a los presos: «¡Miguel Rocaforte, con lo que tenga!» Miguel

salió a la calle. Uno que era amigo de Macías, el robado, contó a

éste lo ocurrido cuando volvió a Madrid. Castelo se vió con Macías y

le explicó lo que había pasado, pintándolo a su modo. Macías, también

jugador, tuvo por entonces una racha de buena suerte y, sintiéndose

generoso, perdonó la deuda a Castelo y rompió delante de él los pagarés

firmados por éste.

VII

CASTELO Y PACA DÁVALOS

¿Qué importa que ella sea rica,

que tenga muchos litereros, que

traiga costosas arracadas, que

ande en ancha y costosa silla?

Pues, con todo esto, es un

animal imprudente, y si no se

le arrima mucha ciencia y mucha

erudición es una fiera que no

sabe enfrenar sus deseos.

SÉNECA: _De la constancia del

sabio_.

POR entonces, y sabiendo que existía gran odio entre Castelo y Chico,

le pregunté varias veces a Luna qué es lo que había podido ocurrir

entre los dos.

Luna me explicó la razón del odio, haciendo comentarios a los hechos,

con su manera de hablar bonachona y su filosofía tranquila y un poco

cínica.

Por lo que me contó, Chico y Castelo habían tenido durante la infancia

y la juventud gran amistad. Fueron juntos a la escuela en el pueblo

de la Mancha, donde vivieron, y casi se consideraban como hermanos.

Después, los azares de la política les llevaron a los dos a servir

en el mismo regimiento de Caballería, al uno de capitán y al otro de

teniente. La intimidad más estrecha había reinado entonces entre ellos.

Los dos, en tiempo de la segunda época constitucional, se abrazaron al

liberalismo y soñaron con ser héroes populares. Impurificados, luego

aceptados en el Ejército, estaban de reemplazo en 1833. ¡Quién les

había de decir en su juventud que, andando el tiempo, el uno iba a

acabar en un miserable tahur, y el otro, en un jefe de policía odiado y

despreciado por la plebe!

--Es cosa triste--dijo don Eugenio--, cuando se piensa en los asesinos

y en los grandes canallas, despreciados y odiados por todo el mundo, el

considerar que sus madres creyeron que, con el tiempo, sus hijos serían

los mejores, los más buenos, y darían ejemplos de honradez y de virtud.

Afortunadamente, no se puede predecir lo que será la vida. Si no, ¡qué

terror sería el de la madre, cuando acaricia a su niño pequeño, verlo

después en su imaginación robando, o asesinando, o subiendo al patíbulo!

El odio entre Chico y Castelo vino de una rivalidad amorosa. Los dos

conocieron al mismo tiempo a Paca Dávalos, la mujer del coronel Luján,

que tuvo por entonces una tertulia de las más celebradas en Madrid.

Paca era una mujer llena de encanto, esbelta, graciosa, con unos ojos

claros muy expresivos. Chico y Castelo hicieron la corte a Paquita,

porque se decía que la mujer del coronel no era una virtud intratable.

Castelo llegó pronto al corazón de la Dávalos. Era éste jacarandoso,

petulante, hablador, mentiroso; tenía una bonita voz y cantaba romanzas

al piano. Pasaba por hombre de gran valor, que había tenido aventuras

extraordinarias; pero los que le conocían a fondo sabían que era muy

cobarde.

Chico, en cambio, seco, duro, violento, de pocas palabras, fué

desdeñado y vió pronto el éxito de su rival. El hombre se enfureció por

dentro y juró no olvidar lo ocurrido.

Yo conocía bastante a Paca Dávalos. Antes de mi ingreso en la cárcel

intrigaba con los amigos de María Cristina y Muñoz. Le había visto

varias veces en casa de Celia y en compañía de una italiana, Anita, que

fué la amante de Castelo.

Esta italiana, que quería hacerse pasar por una descendiente de sangre

real y que tenía todos los vicios imaginables, había hecho de Castelo,

que ya era borracho y jugador, un perfecto crapuloso.

Paca Dávalos y Anita eran amigas de Teresa Valcárcel, la mediadora en

los amores de la Reina con Muñoz, y solían reunirse en casa de Domingo

Ronchi con Nicolasito Franco, el amante de Teresa; el clérigo Marcos

Aniano, paisano de Muñoz; el marqués de Herrera y el escribiente del

Consulado, Miguel López de Acevedo.

Por entonces, Paca era una rubia elegantísima, con un cuerpo de

muchacha soltera y mucha gracia en la conversación.

Paca Dávalos, que llegó a entrar en Palacio y a tener confianza con la

Reina, intervino en el traslado desde Segovia a París del primer hijo

de Cristina y de su amante, y fué a Francia en compañía del presbítero

Caborreluz.

El Sabor de la Venganza · 第 2 / 10 段