Cuando intimé más con él me convencí de que el padre Anselmo

Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Páginas en blanco han sido eliminadas.

Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)

han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

_El aprendiz de conspirador._

_El escuadrón del Brigante._

_Los caminos del mundo._

_Con la pluma y con el sable._

_Los recursos de la astucia._

_La ruta del aventurero._

_Los contrastes de la vida._

_La veleta de Gastizar._

_Los caudillos de 1830._

_La Isabelina._

_El sabor de la venganza._

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

EL SABOR DE LA VENGANZA

ES PROPIEDAD

DERECHOS RESERVADOS

PARA TODOS LOS PAÍSES

COPYRIGHT BY

RAFAEL CARO RAGGIO

1921

Establecimiento tipográfico

de Rafael Caro Raggio

PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

EL SABOR DE

LA VENGANZA

SEGUNDA EDICIÓN

[Ilustración]

RAFAEL CARO RAGGIO

EDITOR

MENDIZÁBAL, 34

MADRID

PRÓLOGO

Hablemos un poco.

GOETHE.

ESTAS historias violentas de sangre--dice nuestro amigo Leguía--me las

contó Aviraneta en San Leonardo, un pueblo de la provincia de Soria,

adonde don Eugenio iba a veranear los últimos años de su vida. Yo solía

ir a ver a Aviraneta con frecuencia cuando estaba en Madrid y vivía en

la calle del Barco. Aviraneta era ya viejo en este tiempo: andaba cerca

de los ochenta años; y yo, aunque más joven que él, sentía que también

para mí había pasado la época de la acción y del entusiasmo. Los dos,

solitarios y olvidados, recordábamos nuestros tiempos, que nos parecían

mejores que aquellos en que vivíamos.

Josefina, la mujer de don Eugenio, una francesa de Toulouse, con la

que se había casado, ya viejo, me decía que no dejara de visitar a su

marido.

--El pobre se aburre y a usted le quiere como a un hijo--me indicaba la

francesa.

--Yo voy a verle siempre que puedo.

--¡Está tan abandonado!--añadía ella.

En la época de la guerra francoprusiana, Josefina me escribió que don

Eugenio estaba en San Leonardo, un poco delicado de salud, y que se

quedaba allí hasta reponerse.

Fuí a verle a don Eugenio al pueblo y lo encontré ya bien.

Pensaba volver en seguida a Madrid; pero me sorprendió una gran

borrasca de frío y nieve y tuve que quedarme allí unos días hasta que

pasara.

San Leonardo es un pueblo entre pinares, al lado de un cerro coronado

por las ruinas de un castillo. Don Eugenio vivía en casa del nieto de

un guerrillero del Cura Merino, a quien llamaban el tío Chaparro.

El tío Chaparro era dueño de grandes rebaños y tenía una hermosa casa

de piedra con una cocina ancha, que cogía casi la mitad del piso bajo.

El hijo del guerrillero miraba a don Eugenio como a un héroe, y más que

como a un héroe, como a un sabio: le escuchaba religiosamente, mandaba

que todo el mundo le obedeciese y le ponía un gran sillón de cuero al

lado de la lumbre. De noche, en la cocina, solía haber gran reunión de

cabreros y de zagales que, por sus indumentarias toscas, sus túnicas

como dalmáticas y sus capotes de lana cruda con capucha, me parecían

pastores de nacimiento. Aviraneta y yo solíamos tener largas charlas al

lado del fuego, en las que recordábamos sucesos políticos, y nuestras

conversaciones las escuchaban con gran curiosidad los pastores.

Aviraneta se entretenía escribiendo una relación de sus aventuras

de guerrillero de la guerra de la Independencia, las que pensaba

cándidamente ofrecer como ejemplo a los franceses, para que viesen la

manera de rechazar la invasión alemana.

Yo, entonces, estaba leyendo por primera vez la Biblia, en la

traducción de Cipriano de Valera, y hacía comentarios acerca de sus

máximas y de sus reflexiones, y, a pesar de que soy un espíritu

muy poco bíblico, me entretenía la lectura, aunque muchas veces me

repugnaba.

Un día le dije a don Eugenio:

--No me ha contado usted nunca con detalles su vida en la Cárcel de

Corte el año 1834.

--¿Qué voy a contar de allí? Era la mía una vida monótona y siempre

igual. En la cárcel los días se parecen demasiado uno a otro. Se vive

recordando lo que ha pasado y pensando en lo que se va a hacer al salir

de la prisión.

--Cuénteme usted con detalles todo cuanto recuerde de la cárcel y de su

vida en ella.

--No creo que sea muy interesante, pero te lo contaré.

Los datos que me dió Aviraneta de su estancia en la Cárcel de Corte no

fueron ni muy nuevos ni de gran interés.

Si los menciono aquí es porque la Cárcel de Corte sirve de marco a las

historias sangrientas que siguen después.

* * * * *

Y ahora una advertencia:

Como los chicos cuando terminan un castillo de arena le adornan con

unas banderolas vistosas para que tengan más apariencia, así he hecho

yo poniendo después de acabada mi obra frases literarias de escritores

célebres al frente de los capítulos.

Así he pretendido dar a éstos cierto aire de pompa y de solemnidad que,

naturalmente, no tienen; porque yo nunca he sido ni pomposo ni solemne.

De esta manera, al que no le guste el texto se puede entretener con las

banderolas.

LA CÁRCEL DE CORTE

I

EL CALAMAR

Sobre mi cabeza, ¡escuchad!

Escuchad los gritos prolongados

y frenéticos de aquellos

cuyo cuerpo y cuya alma son

igualmente cautivos.

LORD BYRON: _La lamentación del

Taso_.

DENUNCIADO por Francisco Civat y preso por el inspector Luna--comenzó

diciendo Aviraneta--ingresé el 24 de julio de 1834 en la Cárcel de

Corte.

Martínez de la Rosa, que me tenía por un hombre peligroso, tomó

precauciones para impedir que me escapara. A mi ingreso en la

cárcel fueron destituídos el alcaide, un llavero y otros carceleros

considerados como liberales y que pertenecían a la Milicia Urbana,

y reemplazados por ex voluntarios realistas. El poeta granadino no

era torpe, y comprendió que nada mejor para guardar a un conspirador

liberal que unos carceleros absolutistas.

A poco de entrar en la cárcel se comenzó mi proceso en el juzgado del

teniente corregidor don Pedro Balsera.

Martínez de la Rosa eligió para juez de la causa a un tal Regio,

absolutista exaltado, y le previno que estaba entendiendo en un proceso

de alta traición; y de fiscal nombró a don Laureano de Jado, antiguo

afrancesado del tiempo del rey José, después protegido de Calomarde y,

por último, amigo de Rosita la pastelera.

Don Laureano era un lechugino muy peripuesto. Se hallaba indignado

contra mí porque entre los papeles que me cogió la policía había dos

circulares, en una de las cuales decía que el Estatuto Real estaba

formado por una amalgama de afrancesados, anilleros y desertores del

carlismo, y en la otra recomendaba la prisión y el destierro en bloque

del gran Consistorio de abates renegados formado por Hermosilla, Lista,

Miñano y sus amigos, que se entendían con Luis Felipe para impedir toda

tentativa liberal en España.

A don Laureano, que había formado parte de la Comisión Militar de

Madrid en tiempo del terror de Calomarde y Chaperón, le parecía mucha

severidad la nuestra con la Junta de abates afrancesados, que siempre,

vanagloriándose de su cultura, tenían que influír a favor de la rutina

y del absolutismo.

Para escribano de la causa eligieron a don Juan José García, ex

sargento realista, que pasados unos años figuró como secretario de la

Junta facciosa de Morella.

Así, un liberal como yo, preso por un Gobierno liberal, estaba

vigilado por furibundos absolutistas.

Al entrar en la cárcel se dijo que yo me había comido la lista de los

comprometidos en la Isabelina, cosa absurda, porque una lista de dos

mil nombres no se la come uno por buen estómago que tenga. Me batí con

el juez y con el fiscal y les mareé con declaraciones contradictorias.

Hice como el calamar, que enturbia el agua para escaparse.

Tan pronto aparecía la Isabelina como una sociedad secreta, de la que

formaban parte la infanta Luisa Carlota, el infante don Francisco,

Palafox y el conde de Parcent, como era un proyecto que no había pasado

de utopía acariciada en mi imaginación.

Entre otras cosas le dije al juez que tenía guardados documentos

importantísimos, y que si moría en la cárcel estos documentos se

publicarían inmediatamente en París después de mi muerte.

La amenaza dió grandes resultados.

El juez me decía:

--Pruebe usted sus asertos, presente usted esos documentos.

--No presentaré documento alguno si no me dejan libre.

--¿Qué miedo puede usted tener?

--Miedo de que me quiten los documentos para poderme aplastar

impunemente.

Le dije también al juez, en confianza, que el infante don Francisco y

su mujer pretendían la expulsión de María Cristina y de sus hijas para

quedarse ellos con la Regencia de España. Que después pensaban elevar

al trono al infante don Francisco, y que se habían acuñado monedas

con esta leyenda: «Francisco I, rey por la gracia de Dios y de la

Constitución».

--¿Estos proyectos no se los habrán contado a usted los mismos

infantes?--me dijo el juez con sorna.

--Sí.

--¿Es que ha hablado usted con ellos?

--Sí, señor.

--¡Bah!

--¡No lo crea usted! El ex ministro don Javier de Burgos y el inspector

de policía Luna me encontraron en la antecámara de Palacio la primera

vez que fuí a ver a los infantes, llamado por ellos. Pregúnteles usted

a Burgos y a Luna: lo podrá usted comprobar.

El juez no sabía a qué carta quedarse. Yo le daba mezcladas la mentira

y la verdad, y él no sabía separarlas. Indignado el hombre, en uno de

sus escritos me llamó malvado y miserable, y dijo públicamente que yo

acusaba al infante don Francisco y a Palafox.

Estas declaraciones mías, que se conocieron en Palacio, me valieron el

odio de la infanta Luisa Carlota y de su marido, y luego la amistad de

María Cristina, porque llegaron las dos hermanas a odiarse de tal modo,

que los amigos de una eran sólo por esto enemigos de la otra.

El general Palafox se debió ver en un apuro; afirmó que no tenía

relación alguna con la Isabelina y que no me conocía a mí, aunque por

otra parte me creía persona de honor e incapaz de una impostura. Dijo

que el plan revolucionario mío era una fantasía, y aseguró que el

capitán Civat era un agente carlista que me había engañado a mí, sin

decir que el primer engañado había sido él.

El mismo día Palafox envió a su sobrino a casa de mi hermana con el

encargo de decirla que él pondría en juego sus altas influencias para

sacarme lo más pronto posible de la cárcel.

A Palafox se le ordenó que quedara arrestado en un cuartel, y luego,

con la benevolencia que se tiene siempre con los poderosos, se le dejó

detenido en su propia casa, en comunicación con su familia y sus amigos.

Después, cuando se supo que yo no acusaba a nadie, sino que afirmaba

que el único conspirador de la Isabelina era yo, y que, por lo tanto,

no había conspiración, los que tenían miedo de aparecer complicados

se tranquilizaron. El conde de las Navas, en las Cortes, interpeló al

Gobierno por la prisión de Palafox; y Martínez de la Rosa contestó

dando a entender que lo sabía todo.

Al mismo tiempo que yo fueron presos varios otros individuos que

formaban parte de la Isabelina: Nogueras, Beraza, Calvo de Rozas,

Olavarría, Romero Alpuente, Espronceda, García Villalta. Todos ellos

ingresaron en la Cárcel de Corte. En provincias se hicieron también

muchas prisiones.

A las dos o tres semanas no quedábamos allí mas que Beraza, Romero

Alpuente y yo. Beraza no sé cómo se las arregló para salir pronto.

Espronceda y García Villalta, a pesar de su fachenda byroniana,

cantaron la palinodia de una manera humilde, y se les sacó de la

prisión y se les llevó desterrados a Badajoz.

Me quedé con el compañero peor, Romero Alpuente, viejo decrépito y sin

ánimo.

Romero Alpuente se quejaba de la Soledad, de la tristeza, de la falta

de aseo y de los parásitos de la cárcel; después, cuando invadió

el cólera la prisión, el pobre hombre se pasaba la vida en la cama

escribiendo memoriales a la Reina.

II

SOLO

Desgracia al hombre solo.

EL ECLESIASTÉS.

POCO a poco todos los complicados en aquella causa, por entonces

célebre, quedaron libres. Yo solo permanecí en la cárcel vigilado

estrechamente durante meses y meses, hasta que pude escapar, gracias a

un pronunciamiento.

Nadie fué castigado en serio, y el denunciador de la Isabelina, don

Francisco Civat, fué agraciado poco después por el ministerio, contra

el dictamen del ministro, Moscoso de Altamira, con el empleo de vista

de la aduana de Barcelona. Lo disfrutó poco tiempo, porque en el primer

movimiento revolucionario que hubo allí tuvo que esconderse y fugarse a

Francia, en donde tomó partido por Don Carlos.

Después de muchas declaraciones mías, el fiscal don Laureano de Jado

declaró inocentes a todos los procesados, y consideró que el único

culpable era yo. Mientras el proceso duró, la preocupación por lo que

tenía que decir y que contestar me tuvo en tensión el espíritu; luego

pasé una temporada aburrido y desesperado.

Se comenzó a olvidar mi causa. De tarde en tarde se hablaba de mí

en los periódicos. Don Fermín Caballero, que no era de mi cuerda, y

que tenía cierta rabia por los que nos sentíamos capaces de jugarnos

la vida en una conspiración como la fraguada en julio, dijo que la

Isabelina era una sociedad formada por calaveras y gente del trueno,

que no tenía más misión que la de alborotar.

Cuando me nombraba a mí en el _Eco del Comercio_ me llamaba el

atolondrado Aviraneta. ¡Atolondrado! Claro es, porque yo había expuesto

el pellejo y él no lo había expuesto nunca.

Hay demócratas--y al decir esto don Eugenio sonreía con cierto

desprecio--, que creen que el mundo puede hacer desaparecer con el

tiempo a los héroes y a los aventureros.

Esta idea me parece una idea falsa y ridícula. Siempre habrá un

desequilibrio entre la realidad y la utopía que permita una aventura al

que tenga fondo de aventurero.

¿Además, es apetecible que desaparezca todo lo que sea esfuerzo,

improvisación y energía? No veo por qué el ideal de la vida haya de

ser llegar a una existencia mecanizada y ordenada como una oficina de

comercio. No creo que se pueda alcanzar esto. ¿Cuándo se han hecho

cosas admirables sin esfuerzo y sin heroísmo? ¿Se harán alguna vez? Yo

creo que nunca.

Por más que quieran cerrar, alambrar el recinto social, siempre habrá

boquetes libres para escaparse; por más que los Gobiernos decreten que

los hombres deben ser unos buenos cerdos tranquilos cuyo ideal sea el

pesar muchas arrobas, siempre habrá jabalíes entre ellos.

Por esta época del cólera, el partido cristino tuvo el primer

quebranto, al hacerse público que la Reina se había enredado con Muñoz

y que había tenido un hijo. Todo Madrid debía estar comentando con

fruición el caso, y la noticia llegó hasta la cárcel.

Se habló de las citas, en la Granja de Quitapesares, entre María

Cristina y el guardia de Corps; se habló de la tía Eusebia, del

estanquero de Tarancón, de la niña Gertrudis Magna Victoria, que, según

los chuscos, podía poner con el tiempo en su escudo los lirios de los

Borbones al lado de las cajetillas de tabaco de los Muñoces.

Se contó que estando de caza en el Pardo María Cristina con la Corte,

la Reina le dijo a Muñoz, al ver saltar una pieza: «Para ti, Muñoz»; y

que él contestó: «No; para ti, Cristina».

Se contó también que se había reunido el Gabinete con el objeto de

discutir la cuestión de los amores de la Reina, y se habló en broma

de lo que habían aconsejado los unos y los otros. Se decía que los

más conspicuos del partido moderado estaban de acuerdo en aconsejar

moderación a aquella italiana, ardiente y fogosa.

Martínez de la Rosa decía que Zarco del Valle, como militar galante,

era el más a propósito para llevar a buen término, y de una manera

delicada, esta gestión de índole moderada; Toreno aseguraba que

Garelly era el más insinuante y jesuítico, y Garelly objetaba que el

más indicado de todos era el duque de Rivas, puesto que podía dar a la

observación un aire de poesía y de lirismo.

III

LA CÁRCEL

Allí están los alegres y los

tristes; allí hay hombres

muriendo; allí hay hombres

nacidos, hay hombres orando; al

lado de un tabique de ladrillo

hay hombres maldiciendo, y, en

torno de todos ellos, está la

noche inmensa y vacía.

CARLYLE: _Sartor Resartus_.

LA Cárcel de Corte de Madrid estaba formada, en parte, por ese edificio

de la plaza de Santa Cruz, que luego ha sido Ministerio de Ultramar, y,

en parte, por otro, anejo a él, que fué en tiempo pasado hospedería de

los Padres del Salvador.

La Cárcel de Corte, con sus dos cuerpos, formaba un paralelogramo largo

y estrecho. Los lados cortos los componían: uno, la fachada de la

plaza de Santa Cruz, en donde había entonces una fuente, la fuente de

Orfeo, y el otro, varias casuchas que daban a la calle de la Concepción

Jerónima. Por los lados largos pasaban, casi paralelas, la calle del

Salvador y la de Santo Tomás.

Una parte estaba dedicada a cárcel de mujeres, y muchas de éstas tenían

sus hijos pequeños con ellas. Era muy difícil darse cuenta clara de la

topografía de la cárcel, porque todo el edificio se hallaba dividido

con tabiques, que formaban rincones y pasillos, y en aquellos recovecos

se desorientaba uno en seguida.

En la cárcel había mucha más gente que la que buenamente cabía en

ella; faltaba luz y ventilación, y, sobre todo en el verano, no se

podía respirar por el mal olor. Cuando entraban los magistrados de la

Audiencia solían quemar incienso y plantas aromáticas.

Los pobres lo pasaban horriblemente; muchos no tenían ropas ni mantas,

y dormían en pleno invierno sobre el suelo, de piedra. Los alcaides

solían arrendar los distintos servicios a pequeños industriales, que

explotaban a los presos de una manera miserable.

El día de Jueves Santo se asomaban los presos a las rejas que daban a

la plaza de Santa Cruz, y pedían limosna a los transeúntes, gimoteando

y haciendo sonar sus cadenas.

El domingo y los días de fiesta los ladrones se exhibían en los patios

de la cárcel y se daban tono. Había cantos, guitarreo y a veces riñas,

en las cuales salían a relucir navajas y estoques.

Los empleados de la cárcel eran: un alcaide, un capellán, tres

porteros, seis demandaderos, una demandadera, un llavero, un

escribiente, un enfermero, un cocinero, un mayordomo, un médico y un

cirujano. Los cuartos costaban: los de primera, siete reales al día;

los de segunda, cuatro, y los de tercera, dos. La sección de políticos

era más limpia y más cuidada que el resto. Yo tenía un cuarto bastante

regular, con una mesa, una cama y una butaca. A los pies de la cama

ponía cuatro cacharritos llenos de agua para que no subieran las

chinches, porque a estos huéspedes no había manera de exterminarlos.

Al principio no quisieron dejarme tener libros, ni papel, ni tinta;

pero luego, sí.

En los primeros días de cárcel, el alcaide me vigilaba de una manera

molesta; no me permitía hablar con nadie sin estar él delante. Me

trataba con gran consideración y me decía que no hacía mas que cumplir

con su deber.

Don Paco, el alcaide, era uno de los mayores bribones de España: robaba

a los presos y los explotaba de una manera inicua. Eso sí, lo hacía

todo con una gran finura: no se le oía jamás un insulto o una palabra

soez.

Don Paco había sido lego en un convento y tambor de una partida

realista.

Era el tal don Paco, por entonces, hombre de unos cuarenta años,

muy alto, muy encorvado, muy flaco, un verdadero espectro. Tenía la

nariz aguileña, los dientes muy blancos, los ojos negrísimos, de

extraña expresión; la piel obscura, y el pelo, como decían los autores

románticos, del color del ala del cuervo. Iba siempre muy pulcro, muy

bien afeitado, y tenía la costumbre de restregarse las manos haciendo

un ruido como de huesos.

Su vigilancia sonriente me llegó a exasperar.

Al principio, iracundo por verme tan vigilado, para encontrarme solo

comencé a no salir de mi calabozo.

Con aquella vida sedentaria y la humedad del cuarto se me exacerbaron

los dolores reumáticos y tuve que guardar cama. El médico me visitó,

y dijo que era indispensable para mí el hacer ejercicio, pues si no

mi enfermedad se agravaría. Esta prescripción facultativa me obligó

a salir al patio con frecuencia, y a dar vueltas y más vueltas, y a

conocer a los detenidos.

La mayoría de los presos políticos de la Cárcel de Corte eran

furibundos realistas; había también algunos liberales, sospechosos de

haber tomado parte en la matanza de frailes. Los realistas eran casi

todos de fuera de Madrid: curas, frailes, abogados, guerrilleros de la

Mancha llevados a la corte para declarar en procesos de conspiración.

La sección de políticos rebosaba, y su personal era el más extraño y

heterogéneo: había allí, desde carbonarios hasta absolutistas rabiosos;

desde apóstoles hasta asesinos.

Por ser los carlistas presos gente de más fuste que los liberales,

y por tener la protección decidida del alcaide y de los principales

celadores, los absolutistas disfrutaban en la Cárcel de Corte de

preeminencias y de ventajas que no disfrutábamos los demás.

El abogado carlista Selva, y algunos frailes amigos suyos, llevaban

allí la voz cantante y dirigían y mandaban no sólo en el patio de los

políticos, sino también en el de los detenidos por delitos comunes.

En éstos se verificó una división parecida a la de los políticos, y

hubo un grupo liberal y otro carlista, con sus pasiones, sus odios,

su intolerancia y su fanatismo. Unos cuantos carlistas valencianos,

capitaneados por un arriero, llamado el Roch, y por un esterero de

Crevillente, apodado el Tate, entraron por instigación de los frailes y

de Selva en el segundo patio, con el asentimiento del alcaide don Paco,

y se dedicaron a hacer prosélitos.

Mis dos ayudantes en la cárcel eran Román, el hijo del librero de viejo

de la calle de la Paz, y Gasparito, un zapatero remendón, hombre de muy

buen sentido.

Además de estos dos tenía como compañeros y correligionarios al Mingo y

al señor Bruno, que eran albañiles; al Mulato, que era albeitar, y al

Sanguijuelero, que tenía esta profesión unida a la de sangrador y la

de herbolario. Todos estos habían sido detenidos durante la matanza de

frailes por excitaciones al pueblo.

Entre los carlistas presos, la mayoría eran campesinos, y tenían, en

general, buen aspecto.

Había gran diferencia entre los carlistas, casi todos del campo, y los

revolucionarios madrileños. Eran mejores tipos aquéllos, más fuertes,

más nobles, más enteros; daban una impresión de mayor energía.

--Hoy lo mejor del pueblo es carlista--pensaba yo--; pero dentro de

cincuenta años no pasará lo mismo.

Había también gran diferencia entre los presos políticos y los

ladrones. Sólo a primera vista, por su aspecto, podían distinguirse

los unos de los otros; los políticos tenían un aire más recogido, más

ensimismado; los otros alardeaban de la fanfarronería y del cinismo

que caracterizan a los criminales de profesión. Como estábamos los

liberales en minoría, yo pensé que me convendría frecuentar el patio de

los presos de delitos comunes para hacer prosélitos.

Un día encontré en la cárcel al célebre ladrón Candelas, a quien

conocía y había tenido como agente de la Isabelina. Reconocimos ambos

que estábamos metidos en un callejón sin salida. Candelas abrigaba

la esperanza de escaparse. Me propuso un plan de fuga, pero no tenía

condiciones para llevarlo a la práctica.

El alcaide, que vió que charlábamos Candelas y yo, no sospechó que

pudiéramos conocernos de antemano; Candelas me indicó que me dirigiera

a Francisco Villena (Paco el Sastre), por ser éste amigo suyo y

hombre de recursos; y, efectivamente, me vi con él y conseguí que él

intrigara en el patio de presos de delitos comunes para impedir que los

absolutistas se hicieran dueños de la cárcel.

Poco después Candelas fué trasladado a otra prisión.

IV

El PADRE ANSELMO

Feliz el que nunca ha visto

más río que el de su patria, y

duerme, anciano, a la sombra do

pequeñuelo jugaba.

ALBERTO LISTA: _Entre las cimas

del Alpe_.

ENTRE los clérigos y frailes que estaban en la cárcel había un cura

de pueblo, viejo, sordo, de sotana raída, que se llamaba don Anselmo

Adelantado. Yo, al principio de conocerle, desconfié de él; se me

acercaba, me saludaba y me mareaba a preguntas.

Yo pensé: éste es un espía, un echadizo. Y, naturalmente, con esa idea

le daba informes falsos.

Luego empecé a sospechar que el padre Anselmo era un simple, un pobre

de espíritu; sus compañeros y correligionarios presos le daban siempre

de lado.

Cuando intimé más con él me convencí de que el padre Anselmo era

un hombre de esos de espíritu angelical que pasan por la vida sin

enterarse de las miserias de la Humanidad.

El padre Anselmo era un hombre sin ninguna malicia, y, a pesar de esto,

se creía muy malicioso. Tomaba al pie de la letra todo lo que le decían.

Era de un pueblo próximo a Molina de Aragón.

Su historia se podría contar en pocas palabras. Le habían hecho cura,

le habían nombrado párroco de un pueblo y había estado allí cuarenta

años viviendo, primero con una hermana y luego con una sobrina.

Al comenzar la guerra, los carlistas le habían hablado de que era

indispensable que él les favoreciese y se pusiera de su lado; y como él

estaba convencido de que los liberales tenían pacto con el demonio y de

que la Reina Cristina era una masona, había ofrecido su concurso. Luego

le habían denunciado y le habían traído a Madrid, a la Cárcel de Corte.

El padre Adelantado era un hombre de más de sesenta años, con una cara

tosca y terrosa; la boca grande, las cejas, como pinceles blancos,

caídas sobre los ojos, y las manos cuadradas y fuertes. Tenía una

manera de hablar un poco ruda, entre castellana y aragonesa. Usaba en

la cárcel una sotanilla raída, de color de ala de mosca, y un bonete.

Tenía una sotana nueva y un manteo, que guardaba en su maleta, que le

parecían a él el colmo del lujo.

Las observaciones del padre Anselmo me regocijaban lo indecible.

Una vez había dos mujeronas de la vida airada en el locutorio esperando

a alguno.

--¡Pobres muchachas!--dijo el padre Anselmo--; habrán venido a ver a

sus padres o quizá a sus novios.

--Sí, seguramente.

Yo, cuando le oía alguna de estas cosas, hacía un gesto para no echarme

a reír, y él se reía también, porque decía que, aunque cura, era muy

malicioso.

Al padre Anselmo le gustaba fumar y yo le daba cigarros; pero él no

quería.

--Un cigarrito, bien; pero nada más. Ya sería vicio.

Un día, después de muchas vacilaciones, me dijo:

--Don Eugenio.

--¿Qué?

--Me han dicho una cosa muy grave.

--¿Qué le han dicho a usted?

--Que usted es liberal.

--¡Ah!; ¿pero no lo sabía usted?

--No. ¡Así que usted es liberal! ¡Ave María Purísima! ¡Y yo que le

creía a usted una buena persona!

--Y lo soy.

--Pero, bueno, dígame usted la verdad. ¿Usted ha hecho pacto con el

Demonio?

--No, no; puede usted creerme, padre Anselmo: no he hecho pacto con él.

--¡Ah, vamos! Así que usted sigue siendo cristiano.

--Sí, sí.

--Porque hay otros, ¿sabe usted?, que van a las logias masónicas, y

allí creo que hacen horrores. ¡Ave María Purísima!

El padre Anselmo me entretenía con su conversación, cándida e inocente.

Muchas veces me hablaba del campo, de lo que estarían haciendo por

aquellos días en su pueblo. Su charla tenía un sabor de aldea que me

encantaba. No hay sitio, ciertamente, en donde los recuerdos del campo

tengan más valor, ni más encanto, que en la cárcel; así que yo le oía

al cura viejo entretenidísimo.

V

LUCHAS

Tienen dos madres, las dos

madrastras: la ignorancia y la

miseria.

VÍCTOR HUGO: _Los Miserables_.

LA Cárcel de Corte tenía tres patios, que servían para que pasearan

los presos. El primero se hallaba dentro del edificio actual, y tenía

alrededor oficinas y cuartos para nosotros los políticos; el segundo

estaba entre los dos cuerpos del edificio, el que queda y el derribado,

que daba a la calle de la Concepción Jerónima.

A los lados de éste se levantaban unos pabellones abovedados,

horriblemente sucios y siniestros. A uno de ellos lo llamaban la

Grillera. Allí solían estar encerrados los ladrones, y, en una especie

de jaula, se metían todas las noches a los muchachos jóvenes y a los

niños, jaula que se llamaba la Gallinería. De este patio central se

pasaba a otro, pequeño y profundo, que daba hacia la calle de la

Concepción Jerónima, y que había sido el antiguo cementerio de los

Padres del Salvador. Cortando el edificio había un callejón estrecho,

el callejón del Verdugo, por el cual entraba el ejecutor de la Justicia

cuando tenía que acompañar a algún reo a la horca.

Hacia la Concepción Jerónima había calabozos irregulares, obscuros, que

se destinaban a los grandes criminales y asesinos, y más atrás, una

pequeña capilla para los condenados a muerte, en la cual se les tenía

tres días.

Los presos del segundo patio vivían horriblemente: a muchos no les

llegaba el rancho; si tenían algún dinero podían recurrir a una

cantina, donde estaba todo carísimo; si no, se quedaban sin comer. Un

preso murió de hambre en un calabozo. Aquel calabozo se le llamó el del

Olvido.

Era el tercer calabozo célebre de la cárcel; había otros dos que tenían

nombre: el de La Sed y el del Dragón.

Cuando yo visité el segundo patio, en el calabozo del Olvido había un

idiota vagabundo a quien tenían que traspasar al hospital. Este idiota

chillaba y cantaba y hacía reír a los presos, que le consideraban como

un hombre feliz.

Los criminales audaces conseguían allí lo que querían: comían bien,

bebían, tenían armas y hacían que les visitasen las mujeres del otro

departamento.

Paco el Sastre, a quien, como digo, Candelas me había recomendado, me

hizo conocer a dos raterillos a quienes exigió que me obedecieran como

a su jefe. Uno de éstos era el Gacetilla, un chico que llamaban así

porque sabía todo cuanto ocurría dentro y fuera de la cárcel, y el

otro, el Mambrú, un gimnasta que andaba con las manos y daba saltos

mortales.

Por estos muchachos pude comunicarme libremente con mis amigos de

fuera. Uno de los procedimientos que tenían era cantar. Un preso

cantaba una copla, en la que decía disimuladamente lo que quería, y

al día siguiente se ponía un ciego con la guitarra en la Concepción

Jerónima, y en la canción que entonaba venía la respuesta.

Con Paco el Sastre comencé a organizar una campaña contra el alcaide y

los carceleros carlistas. Los presos del segundo patio se dividieron

también en liberales y carlistas; pero aquí las fuerzas estaban

equilibradas.

Entre aquellos bandidos y estafadores, la influencia de un

lugarteniente de Candelas, como Paco el Sastre, era decisiva. Yo les

ayudé lo que pude a los que se vinieron al campo liberal.

Con motivo de la división entre carlistas y liberales se producían

riñas constantes; un día hubo en el segundo patio una gran pelea entre

un bandido que llamaban el Raspa, que había sido procesado a raíz de la

matanza de frailes, y un guerrillero carlista, el Ausell.

Se desafiaron: el Raspa le tiró una navajada y le cortó la cara,

mientras el otro le dió una cuchillada en el pecho que le dejó medio

muerto.

Yo hice un padrón de los presos liberales, de los carlistas y de los

indefinidos, y como prefacio al padrón, un ligero estudio acerca de

la psicología de los tipos desde el punto de vista del mayor o menor

valor que podían tener para una conspiración.

Aviraneta me confesó que en su tiempo pensó hacer, más o menos en

broma, el manual del perfecto conspirador.

VI

EL SEGUNDO PATIO

En el patio de la cárcel hay

escrito con carbón: «Aquí el

bueno se hace malo, y el malo

se hace peor».

CARCELERA.

YO no soy precisamente un sentimental, ni un poeta de delicadezas ni de

ternuras, y, sin embargo, la perspectiva del segundo patio, la primera

vez que entré en él, me hizo un efecto terrible. Era un cuadrado con

paredes altas y lleno de gente.

Aquel patio tenía algo de plazuela, de casa de juego, de manicomio, de

foro, de plaza de toros y de hospital.

Todas las aglomeraciones de hombres solos son, indudablemente,

malsanas, repugnantes; huelen a sentina, ya sean cárceles, cuarteles,

seminarios o conventos; pero la cárcel es la cloaca máxima.

Allí se reúne la basura humana, los detritos de la sociedad. Lo que no

está podrido se pudre pronto, y la infección envenena el ambiente con

sus miasmas.

La cárcel es como la imagen negativa de la vida moral. Allí la bajeza,

la fealdad, la maldad, el odio, todo lo más horrendamente humano, se

muestra a lo vivo.

Es un pantano en una fermentación constante que exhala vapores fétidos

bastantes para envenenar toda la atmósfera.

La cárcel es la universidad de lo perverso. La Naturaleza se divierte,

a veces, en formar monstruos con lo físico o con lo moral. Los

monstruos físicos vagan por el mundo; los monstruos morales tienden a

reunirse en la cárcel. Aquí se completan, se complican, se hacen más

perfectos en su monstruosidad.

En la Cárcel de Corte, por entonces, había de todo: políticos,

homicidas, lechuguinos, jovencitos elegantes y bien puestos, viejos

barbudos y enfermos, locos desnudos que lanzaban horribles lamentos,

reñidores desesperados que pasaban la vida entre gritos y blasfemias.

Allí el robo, el asesinato, la estafa, la locura, el cinismo, la

enfermedad, la miseria, la matonería, la sodomía se daban la mano y

bailaban una terrible danza macabra.

Esta fermentación de la cárcel, que acaba con los sentimientos nobles

del hombre, no sólo no acaba, sino que deja el egoísmo, el instinto de

vivir más ágil que nunca. Nada se parece tanto a un gallinero, a una

casa de fieras, a una selva virgen, a un bosque de bestias feroces,

como una cárcel. El preso vive allí como un piel roja, siempre en

acecho, dispuesto a destrozar al prójimo por la fuerza, por la malicia

o por el engaño.

Lo característico de la cárcel es esto: que no hay piedad. El valiente

allí muere o vence, el tímido sucumbe; para el desdichado sin energía

son todas las miserias, todos los horrores, todas las groseras

mixtificaciones.

El fuerte manda y gallea; el cobarde adula y se envilece. Allí no hay

que hacerse ilusiones. Hay que dejar toda esperanza; no hay mas que

miradas de odio, de rabia, de desesperación o de desprecio. El que

teme caer, sabe que si cae todos pasarán por encima de su cabeza; por

eso hay que pisar fuerte y no resbalar. En una cárcel no se puede ser

mas que un santo, un miserable o un misántropo. Vivir en una cárcel es

hacerse para siempre enemigo del hombre.

Al principio, al entrar en el segundo patio se creía notar que todos

los encerrados allí tenían una gran alegría: se cantaba, se jugaba, se

vociferaba; pronto se podía ver que la alegría era ficticia y que por

debajo de ella latía una sorda irritación.

Otra cosa se notaba, y es que no había nadie independiente; allí

ninguno podía apartarse de la acción común. Ya el lenguaje era especial

para la cárcel, mezcla de germanía y de caló. Jorge Borrow, el escritor

inglés, me explicó varias veces cómo la germanía y el caló no son

lo mismo, pues la germanía es una lengua figurada, como el _argot_

francés, y, en cambio, el caló es un idioma.

Además de la comunidad de lengua, había en la cárcel la comunidad

de la acción. Cuando se comía había que repartirse por cuadrillas;

al hacerse la limpieza del patio, unos la hacían; otros, no; al

jugar, unos tenían categoría para jugar; otros no podían ser mas

que espectadores, y otros ni eso; para dormir existían también sus

categorías. Había una disciplina cuya dirección se subastaba a cada

paso, y se daba al más audaz y al más valiente. Cuando entré por

primera vez en el segundo patio, me acompañaban Román y el padre

Anselmo. A éste le dirigieron las más innobles chacotas:

--Oiga usted, pae cura. Me tiene usted que dar el modelo de esa

sotanilla.

--La sotana es vieja--replicó el padre Anselmo--; pero los que no somos

ricos no podemos llevarlas mejores.

--Bien dicho--afirmé yo.

--Oiga usté, pae cura--le preguntó otro de los presos--,¿cuántos hijos

tiene usté en el pueblo?

--Yo no tengo hijos, porque soy cura--contestó él--; pero a todos mis

feligreses los considero como si fuesen hijos míos.

El pobre hombre contestó varias veces con prontitud y con gracia, y

llegó a hacerse respetar.

VII

LOS MATONES

Hallóse allí Calamorra

sobre si no mata siete,

bravo de contaduría,

de relaciones valiente.

QUEVEDO: _Romances_.

LOS matones del segundo patio eran Paco el Sastre, el Fortuna, el

Mandita y el Manchado, que compartían el poder con dos falsificadores

llamados los Pinturas, y con un caballero de industria, el señor Pérez

de Bustamante. Paco el Sastre, amigo y cómplice de Candelas, se había

escapado varias veces de distintas cárceles, lo que le daba gran

prestigio.

El Fortuna, guapo de casa de juego, fanfarrón y atrevido, estaba preso

por una muerte. El Mandita era ladrón, un tipo fino, de nariz larga,

ojos claros e inteligentes, labios muy delgados, cara afilada, bigote

ralo y mano de hierro.

El Mandita rompía las nueces con los dedos.

El Manchado era hombre de cara dura y color terroso, pómulos

salientes, mandíbula grande y fuerte, los ojos torcidos, la boca

recta como una cortadura. El Manchado parecía un calmuco y tenía una

agresividad feroz. Durante la matanza de frailes se había exhibido,

lleno de sangre, en la taberna de Balseiro, y había intentado vender

ornamentos de iglesia. Estaba herido desde entonces y llevaba una venda

sucia en la frente.

El Fortuna le temía al Manchado. El Fortuna había llegado a matón por

inteligencia, por comprender la cobardía de los demás; el Manchado, no;

éste no discurría; se sentía bruto naturalmente, sin complicaciones ni

razonamientos.

Los Pinturas, padre e hijo, tenían mucha influencia. Los Pinturas eran

falsificadores. El padre, un viejo calvo, apacible y burlón, tenía

un aire de hombre frío y lleno de inteligencia, los ojos agudos y

perspicaces, la frente ancha y desguarnecida, la boca muy cerrada, de

labios finos.

El Pinturas joven parecía una araña, alto, delgado, sonriente, con cara

de polichinela y voz de lo mismo. Era muy burlón y satirizaba con mucha

gracia a todo el mundo. Tenía siempre a su disposición papel y pluma, y

servía de memorialista a los presos. Les escribía cartas con la letra

que quisieran. En un par de minutos de estudiar una letra, la adoptaba

como si fuera suya y seguía escribiendo con ella. Al Pinturas joven

le gustaba leer mucho; fabricaba juguetes con alambres y cartón, que

conseguía vender en las calles, y cuando no tenía nada que hacer hacía

juegos de manos.

Por lo que se decía, había falsificado escrituras, contratos,

testamentos, y seguía trabajando en la cárcel.

Respecto al señor Pérez de Bustamante, era un caballero de industria,

charlatán, mentiroso, que quería hacerse pasar por aristócrata.

Este hombre había vivido durante los primeros meses de la guerra

haciendo suscripciones para viudas de oficiales muertos en la campaña,

y cuando explotó el lado liberal pasó a cultivar el campo carlista.

Pérez de Bustamante era hombre osado y decidido.

Otro tipo curioso era _Doña Paquita_, el cinedo de la cárcel, joven

ambiguo que hacía ademanes de mujer. Este muchacho tenía la nariz

respingona, con las ventanas muy abiertas, la barba azul, del afeitado,

y la manera de hablar afeminada.

Algunos de los presos habían conseguido cierta independencia y hacerse

respetar del grupo que cobraba el barato.

Uno de ellos era un topista, que llamaban Mangas, afiliado al grupo

liberal. El Mangas tenía una cara de galgo, la nariz larga, la boca

como recogida, los ojos pequeños y claros y el pelo rubio. Vestía bien,

era gallego, aunque él decía que no. Se le había encontrado con unos

cálices, después de la matanza de Julio, en una taberna de una vieja a

quien llamaban la tía Matafrailes.

Entre los presos de delitos comunes que se decían carlistas había gente

bárbara y maleante, como entre los que se consideraban liberales.

Uno de los carlistas de quien todos se reían era un labriego, el

Paleto, que había robado una mula. El Paleto tenía la cara parada y

estúpida, la cabeza grande y la voz chillona. Solía servir de blanco a

las bromas de todos.

Otro carlista que se distinguía por su aire hipócrita era el

Seminarista, que había sido estudiante de cura y tenía la especialidad

de hacer digresiones místicas, en las que barajaba muchos latines. A

este truhán le habían encontrado varias veces desvalijando los cepillos

de las iglesias con una ballena untada de liga.

Al poco tiempo de entrar en el segundo patio, el alcaide se dió cuenta

de que yo iba allí para hacer propaganda entre los presos contra los

carlistas y contra él; entonces me prohibió el paso.

Yo tenía mis medios de comunicación asegurados.

Mi duelo con el alcaide acabó con la victoria mía; pues conseguí al año

que él se quedara preso y yo saliera libre.

LA MUERTE DE CHICO O LA

VENGANZA DE UN JUGADOR

PRIMERA PARTE

ANTECEDENTES

I

UNA NOCHE DE NIEVE

En la niebla y en la bruma,

en la nieve profunda, en el

bosque inculto, en la noche

de invierno oigo el aullido

hambriento del lobo y el grito

sombrío de la lechuza.

GOETHE: _Lied del bohemio_.

AL día siguiente en que don Eugenio nos contó su vida en la Cárcel de

Corte, comenzó a caer una gran nevada. Habían acudido a la cocina del

tío Chaparro más gente que la noche anterior, y los pastores y cabreros

fantaseaban acerca de las consecuencias de la nevada y de la aparición

de los lobos en la garganta de Covaleda y en los montes del Urbión.

Habían visto sus huellas en la nieve; habían dejado leña en las chozas,

y quesos y cecina sobre las ramas altas de los pinos para que no los

cogieran los lobos.

Aviraneta y yo estábamos al lado del fuego, sentados en dos grandes

sillones; él llevaba puesto un abrigo grueso y tenía sobre la espalda

un mantón de su mujer. Escuchábamos la conversación de los pastores,

oíamos el ladrido de los perros y, a veces, el chirrido de la lechuza.

De pronto, Aviraneta me dijo en voz baja:

--Relacionándola con aquella época de la Cárcel de Corte de que te

hablaba ayer noche, recuerdo una historia bastante siniestra en la

que figuró un tal Castelo y el policía Chico. Ya te la habré contado,

¿verdad?

--No.

--¿No te la he contado?

--No.

--Pues es raro.

--Cuéntela usted, don Eugenio--dijo el tío Chaparro, terciando en

la conversación--; mandaré traer un poco de café con aguardiente,

echaremos más leña al fuego y dejaré a los muchachos aquí a que le

oigan a usted, porque mañana es domingo y se pueden levantar un poco

más tarde que de costumbre.

Aviraneta hizo una señal de asentimiento. Se puso una cafetera grande

en las brasas y se trajo una botella de licor.

Por la pequeña ventana de la cocina se veía el campo nevado, y los

grandes copos de nieve que caían lenta y blandamente, como espesos

plumones blancos.

Aviraneta, que estaba empotrado en su sillón y mirando con sus ojos,

de un azul brillante, el fuego, se recogió un momento, tomó una gran

taza de café muy caliente que le sirvieron, contempló a su auditorio

sonriendo y comenzó su relación así:

II

UN PRESO NUEVO

El despertar que sigue a una

primera noche de prisión es una

cosa horrible.

SILVIO PELLICO: _Mis prisiones_.

LOS lectores de folletines y de novelas por entregas, en los cuales hay

con frecuencia odios sostenidos y venganzas a largo plazo, como en el

_Conde de Monte Cristo_, suelen discutir si estos sentimientos son o

no lógicos y verdaderos. Afirman unos, que la venganza es un instinto

natural del hombre, que perdura y no se borra jamás; y dicen otros, que

todo se olvida, hasta las mayores ofensas, con el transcurso de los

años.

Yo siempre me he inclinado a pensar que la mayoría de la gente llega a

perder el recuerdo de los agravios con el tiempo y que no se vengan mas

que rara vez.

El caso que les voy a contar demuestra un rencor profundo y sostenido,

terminado en una cruel venganza.

Como decía la otra noche, a los quince o veinte días de estar en la

cárcel tuve que guardar cama una temporada, porque se me exacerbaron

los dolores reumáticos.

Después se me permitió andar por la cárcel y entrar en el segundo

patio, en donde se hallaban los presos de delitos comunes.

Hacía dos meses que estaba en la cárcel cuando conocí a un nuevo preso,

de aspecto extraño.

Acababa de entrar. Era un muchacho joven, sombrío, moreno, de ojos

negros, cabello largo, a la moda de la época, y aire reconcentrado y

fuerte. Pasó por el primer patio vigilado por dos alguaciles. Subieron

los tres a una oficina donde se tomaba la filiación a los detenidos.

En la mesa había un empleado escribiendo, un hombre con el pelo rizado

y la mano llena de anillos.

Los alguaciles le hablaron en voz baja y le entregaron unos papeles,

que el escribiente leyó con gran indiferencia.

--Ahora viene don Paco--dijo uno de los alguaciles.

Don Paco era el alcaide. Efectivamente, llegó, tomó los papeles que

había traído el alguacil y los leyó con atención.

El alcaide interrogó al preso con una voz amable y una dulce sonrisa

que, para el que sabía cómo las gastaba aquel hombre, no eran nada

tranquilizadoras.

--Soy inocente--dijo el joven con aire dramático--. No tengo más dinero

que el que he ganado con mi trabajo.

El alcaide sonrió, porque consideraba como algo lógico y natural que

todo preso suyo y aun toda persona que tuviese que ver con él fuera un

perfecto granuja.

--Si ha guardado usted el dinero en alguna parte yo no pretendo que me

lo diga usted. Aquí sabemos también ser caballeros.

--Afirmo que soy inocente--replicó el joven.

El alcaide explicó a su nuevo huésped el precio de los cuartos que se

alquilaban en la cárcel y las diferencias que había entre las distintas

clases.

--Venga usted, caballero--le dijo después--; permita usted que le

acompañe. Puede usted tranquilizarse.

--No necesito tranquilizarme. Estoy tranquilo.

--Quiero decir--repuso el alcaide--que aquí nadie le quiere mal. Le voy

a llevar a su cuarto.

El joven preso siguió al alcaide hasta el fin de un corredor; un

carcelero descorrió el cerrojo de una puerta maciza, al lado de la cual

se veían dos mozos con un cabo de vara de aire siniestro.

Recorrieron otro corredor, salieron al segundo patio, y el alcaide

mandó abrir la puerta de un cuchitril obscuro, bajo de techo y con un

banco de madera.

--Aquí tiene usted su cuarto. Puede usted pedir a su casa unas mantas

para dormir. Si quiere usted le pueden traer una cama, una mesa y una

silla.

--Está bien--dijo el joven; y se sentó en el banco con un aire entre

resuelto y desesperado.

Los carceleros cerraron llaves y cerrojos, y el joven se quedó allí

dentro.

III

MIGUEL ROCAFORTE

Por ser muy propio de enfermos

no durar mucho en un estado,

tomando por remedio las

mudanzas.

SÉNECA: _De la tranquilidad del

ánimo_.

AL día siguiente, en compañía del padre Anselmo fuí al segundo patio

para ver qué hacía el nuevo detenido, que me había llamado la atención.

Su tipo y la expresión de su rostro me indujeron a creer en su

inocencia.

Nos acercamos a él a hablarle. El muchacho estaba asqueado de

encontrarse entre aquella canalla; pero no tenía miedo, porque a uno de

los raterillos que había querido robarle le había pegado un puntapié,

lo que hizo que los demás le miraran con cierto respeto.

Este muchacho era de Lerma, y se llamaba Miguel Rocaforte. Sus padres

tenían una buena hacienda; yo recordaba haberlos conocido y haber

estado en su casa con el Empecinado.

Miguel estudió en el Seminario tres años; luego perdió la vocación;

quiso ser militar y su padre le envió a Madrid a casa de un primo suyo,

dueño de un almacén de sal de la calle de la Misericordia.

Miguel llevaba cuatro años en la corte.

Estaba en la cárcel porque le acusaban de haber robado cinco mil duros

a un señor en un gabinete de lectura de la Carrera de San Jerónimo,

cosa que era falsa, completamente falsa, según afirmó.

Le dije que me explicara el caso con detalles para darme cuenta del

motivo por el cual podía haber provenido el error.

--Yo suelo ir muchos domingos a la librería que tiene don Casimiro

Monnier en la Carrera de San Jerónimo--me dijo--. Estoy estudiando

francés e inglés con un profesor de idiomas que se llama Brandon,

y éste me ha indicado que para perfeccionarme en la traducción lea

periódicos. La otra tarde, acompañado de mi principal, estuve en el

gabinete de lectura leyendo periódicos, y, de pronto, uno de los

abonados se lamentó de que le habían quitado la cartera del gabán. Yo

me marché a mi casa, y ayer, por la mañana, al ir al almacén donde

trabajo, me prendieron y me trajeron aquí, a la cárcel.

El caso me pareció bastante extraño. Le pedí detalles aclaratorios al

joven; pero éste no esclarecía los hechos ni protestaba, y parecía

dispuesto a aceptar su suerte con un estoico fatalismo.

Días después, en una larga conversación con Miguel, le interrogué

de nuevo. ¿No tenía enemigos? ¿Alguna mujer o algún hombre que le

quisiera mal? El joven se envolvía en obscuridades; estaba envenenado

con las ideas de la época, que por entonces comenzaban a llamarse

románticas.

El Sabor de la Venganza · 第 1 / 10 段