Nota del Transcriptor:
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PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
_El aprendiz de conspirador._
_El escuadrón del Brigante._
_Los caminos del mundo._
_Con la pluma y con el sable._
_Los recursos de la astucia._
_La ruta del aventurero._
_Los contrastes de la vida._
_La veleta de Gastizar._
_Los caudillos de 1830._
_La Isabelina._
_El sabor de la venganza._
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
EL SABOR DE LA VENGANZA
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1921
Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
EL SABOR DE
LA VENGANZA
SEGUNDA EDICIÓN
[Ilustración]
RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID
PRÓLOGO
Hablemos un poco.
GOETHE.
ESTAS historias violentas de sangre--dice nuestro amigo Leguía--me las
contó Aviraneta en San Leonardo, un pueblo de la provincia de Soria,
adonde don Eugenio iba a veranear los últimos años de su vida. Yo solía
ir a ver a Aviraneta con frecuencia cuando estaba en Madrid y vivía en
la calle del Barco. Aviraneta era ya viejo en este tiempo: andaba cerca
de los ochenta años; y yo, aunque más joven que él, sentía que también
para mí había pasado la época de la acción y del entusiasmo. Los dos,
solitarios y olvidados, recordábamos nuestros tiempos, que nos parecían
mejores que aquellos en que vivíamos.
Josefina, la mujer de don Eugenio, una francesa de Toulouse, con la
que se había casado, ya viejo, me decía que no dejara de visitar a su
marido.
--El pobre se aburre y a usted le quiere como a un hijo--me indicaba la
francesa.
--Yo voy a verle siempre que puedo.
--¡Está tan abandonado!--añadía ella.
En la época de la guerra francoprusiana, Josefina me escribió que don
Eugenio estaba en San Leonardo, un poco delicado de salud, y que se
quedaba allí hasta reponerse.
Fuí a verle a don Eugenio al pueblo y lo encontré ya bien.
Pensaba volver en seguida a Madrid; pero me sorprendió una gran
borrasca de frío y nieve y tuve que quedarme allí unos días hasta que
pasara.
San Leonardo es un pueblo entre pinares, al lado de un cerro coronado
por las ruinas de un castillo. Don Eugenio vivía en casa del nieto de
un guerrillero del Cura Merino, a quien llamaban el tío Chaparro.
El tío Chaparro era dueño de grandes rebaños y tenía una hermosa casa
de piedra con una cocina ancha, que cogía casi la mitad del piso bajo.
El hijo del guerrillero miraba a don Eugenio como a un héroe, y más que
como a un héroe, como a un sabio: le escuchaba religiosamente, mandaba
que todo el mundo le obedeciese y le ponía un gran sillón de cuero al
lado de la lumbre. De noche, en la cocina, solía haber gran reunión de
cabreros y de zagales que, por sus indumentarias toscas, sus túnicas
como dalmáticas y sus capotes de lana cruda con capucha, me parecían
pastores de nacimiento. Aviraneta y yo solíamos tener largas charlas al
lado del fuego, en las que recordábamos sucesos políticos, y nuestras
conversaciones las escuchaban con gran curiosidad los pastores.
Aviraneta se entretenía escribiendo una relación de sus aventuras
de guerrillero de la guerra de la Independencia, las que pensaba
cándidamente ofrecer como ejemplo a los franceses, para que viesen la
manera de rechazar la invasión alemana.
Yo, entonces, estaba leyendo por primera vez la Biblia, en la
traducción de Cipriano de Valera, y hacía comentarios acerca de sus
máximas y de sus reflexiones, y, a pesar de que soy un espíritu
muy poco bíblico, me entretenía la lectura, aunque muchas veces me
repugnaba.
Un día le dije a don Eugenio:
--No me ha contado usted nunca con detalles su vida en la Cárcel de
Corte el año 1834.
--¿Qué voy a contar de allí? Era la mía una vida monótona y siempre
igual. En la cárcel los días se parecen demasiado uno a otro. Se vive
recordando lo que ha pasado y pensando en lo que se va a hacer al salir
de la prisión.
--Cuénteme usted con detalles todo cuanto recuerde de la cárcel y de su
vida en ella.
--No creo que sea muy interesante, pero te lo contaré.
Los datos que me dió Aviraneta de su estancia en la Cárcel de Corte no
fueron ni muy nuevos ni de gran interés.
Si los menciono aquí es porque la Cárcel de Corte sirve de marco a las
historias sangrientas que siguen después.
* * * * *
Y ahora una advertencia:
Como los chicos cuando terminan un castillo de arena le adornan con
unas banderolas vistosas para que tengan más apariencia, así he hecho
yo poniendo después de acabada mi obra frases literarias de escritores
célebres al frente de los capítulos.
Así he pretendido dar a éstos cierto aire de pompa y de solemnidad que,
naturalmente, no tienen; porque yo nunca he sido ni pomposo ni solemne.
De esta manera, al que no le guste el texto se puede entretener con las
banderolas.
LA CÁRCEL DE CORTE
I
EL CALAMAR
Sobre mi cabeza, ¡escuchad!
Escuchad los gritos prolongados
y frenéticos de aquellos
cuyo cuerpo y cuya alma son
igualmente cautivos.
LORD BYRON: _La lamentación del
Taso_.
DENUNCIADO por Francisco Civat y preso por el inspector Luna--comenzó
diciendo Aviraneta--ingresé el 24 de julio de 1834 en la Cárcel de
Corte.
Martínez de la Rosa, que me tenía por un hombre peligroso, tomó
precauciones para impedir que me escapara. A mi ingreso en la
cárcel fueron destituídos el alcaide, un llavero y otros carceleros
considerados como liberales y que pertenecían a la Milicia Urbana,
y reemplazados por ex voluntarios realistas. El poeta granadino no
era torpe, y comprendió que nada mejor para guardar a un conspirador
liberal que unos carceleros absolutistas.
A poco de entrar en la cárcel se comenzó mi proceso en el juzgado del
teniente corregidor don Pedro Balsera.
Martínez de la Rosa eligió para juez de la causa a un tal Regio,
absolutista exaltado, y le previno que estaba entendiendo en un proceso
de alta traición; y de fiscal nombró a don Laureano de Jado, antiguo
afrancesado del tiempo del rey José, después protegido de Calomarde y,
por último, amigo de Rosita la pastelera.
Don Laureano era un lechugino muy peripuesto. Se hallaba indignado
contra mí porque entre los papeles que me cogió la policía había dos
circulares, en una de las cuales decía que el Estatuto Real estaba
formado por una amalgama de afrancesados, anilleros y desertores del
carlismo, y en la otra recomendaba la prisión y el destierro en bloque
del gran Consistorio de abates renegados formado por Hermosilla, Lista,
Miñano y sus amigos, que se entendían con Luis Felipe para impedir toda
tentativa liberal en España.
A don Laureano, que había formado parte de la Comisión Militar de
Madrid en tiempo del terror de Calomarde y Chaperón, le parecía mucha
severidad la nuestra con la Junta de abates afrancesados, que siempre,
vanagloriándose de su cultura, tenían que influír a favor de la rutina
y del absolutismo.
Para escribano de la causa eligieron a don Juan José García, ex
sargento realista, que pasados unos años figuró como secretario de la
Junta facciosa de Morella.
Así, un liberal como yo, preso por un Gobierno liberal, estaba
vigilado por furibundos absolutistas.
Al entrar en la cárcel se dijo que yo me había comido la lista de los
comprometidos en la Isabelina, cosa absurda, porque una lista de dos
mil nombres no se la come uno por buen estómago que tenga. Me batí con
el juez y con el fiscal y les mareé con declaraciones contradictorias.
Hice como el calamar, que enturbia el agua para escaparse.
Tan pronto aparecía la Isabelina como una sociedad secreta, de la que
formaban parte la infanta Luisa Carlota, el infante don Francisco,
Palafox y el conde de Parcent, como era un proyecto que no había pasado
de utopía acariciada en mi imaginación.
Entre otras cosas le dije al juez que tenía guardados documentos
importantísimos, y que si moría en la cárcel estos documentos se
publicarían inmediatamente en París después de mi muerte.
La amenaza dió grandes resultados.
El juez me decía:
--Pruebe usted sus asertos, presente usted esos documentos.
--No presentaré documento alguno si no me dejan libre.
--¿Qué miedo puede usted tener?
--Miedo de que me quiten los documentos para poderme aplastar
impunemente.
Le dije también al juez, en confianza, que el infante don Francisco y
su mujer pretendían la expulsión de María Cristina y de sus hijas para
quedarse ellos con la Regencia de España. Que después pensaban elevar
al trono al infante don Francisco, y que se habían acuñado monedas
con esta leyenda: «Francisco I, rey por la gracia de Dios y de la
Constitución».
--¿Estos proyectos no se los habrán contado a usted los mismos
infantes?--me dijo el juez con sorna.
--Sí.
--¿Es que ha hablado usted con ellos?
--Sí, señor.
--¡Bah!
--¡No lo crea usted! El ex ministro don Javier de Burgos y el inspector
de policía Luna me encontraron en la antecámara de Palacio la primera
vez que fuí a ver a los infantes, llamado por ellos. Pregúnteles usted
a Burgos y a Luna: lo podrá usted comprobar.
El juez no sabía a qué carta quedarse. Yo le daba mezcladas la mentira
y la verdad, y él no sabía separarlas. Indignado el hombre, en uno de
sus escritos me llamó malvado y miserable, y dijo públicamente que yo
acusaba al infante don Francisco y a Palafox.
Estas declaraciones mías, que se conocieron en Palacio, me valieron el
odio de la infanta Luisa Carlota y de su marido, y luego la amistad de
María Cristina, porque llegaron las dos hermanas a odiarse de tal modo,
que los amigos de una eran sólo por esto enemigos de la otra.
El general Palafox se debió ver en un apuro; afirmó que no tenía
relación alguna con la Isabelina y que no me conocía a mí, aunque por
otra parte me creía persona de honor e incapaz de una impostura. Dijo
que el plan revolucionario mío era una fantasía, y aseguró que el
capitán Civat era un agente carlista que me había engañado a mí, sin
decir que el primer engañado había sido él.
El mismo día Palafox envió a su sobrino a casa de mi hermana con el
encargo de decirla que él pondría en juego sus altas influencias para
sacarme lo más pronto posible de la cárcel.
A Palafox se le ordenó que quedara arrestado en un cuartel, y luego,
con la benevolencia que se tiene siempre con los poderosos, se le dejó
detenido en su propia casa, en comunicación con su familia y sus amigos.
Después, cuando se supo que yo no acusaba a nadie, sino que afirmaba
que el único conspirador de la Isabelina era yo, y que, por lo tanto,
no había conspiración, los que tenían miedo de aparecer complicados
se tranquilizaron. El conde de las Navas, en las Cortes, interpeló al
Gobierno por la prisión de Palafox; y Martínez de la Rosa contestó
dando a entender que lo sabía todo.
Al mismo tiempo que yo fueron presos varios otros individuos que
formaban parte de la Isabelina: Nogueras, Beraza, Calvo de Rozas,
Olavarría, Romero Alpuente, Espronceda, García Villalta. Todos ellos
ingresaron en la Cárcel de Corte. En provincias se hicieron también
muchas prisiones.
A las dos o tres semanas no quedábamos allí mas que Beraza, Romero
Alpuente y yo. Beraza no sé cómo se las arregló para salir pronto.
Espronceda y García Villalta, a pesar de su fachenda byroniana,
cantaron la palinodia de una manera humilde, y se les sacó de la
prisión y se les llevó desterrados a Badajoz.
Me quedé con el compañero peor, Romero Alpuente, viejo decrépito y sin
ánimo.
Romero Alpuente se quejaba de la Soledad, de la tristeza, de la falta
de aseo y de los parásitos de la cárcel; después, cuando invadió
el cólera la prisión, el pobre hombre se pasaba la vida en la cama
escribiendo memoriales a la Reina.
II
SOLO
Desgracia al hombre solo.
EL ECLESIASTÉS.
POCO a poco todos los complicados en aquella causa, por entonces
célebre, quedaron libres. Yo solo permanecí en la cárcel vigilado
estrechamente durante meses y meses, hasta que pude escapar, gracias a
un pronunciamiento.
Nadie fué castigado en serio, y el denunciador de la Isabelina, don
Francisco Civat, fué agraciado poco después por el ministerio, contra
el dictamen del ministro, Moscoso de Altamira, con el empleo de vista
de la aduana de Barcelona. Lo disfrutó poco tiempo, porque en el primer
movimiento revolucionario que hubo allí tuvo que esconderse y fugarse a
Francia, en donde tomó partido por Don Carlos.
Después de muchas declaraciones mías, el fiscal don Laureano de Jado
declaró inocentes a todos los procesados, y consideró que el único
culpable era yo. Mientras el proceso duró, la preocupación por lo que
tenía que decir y que contestar me tuvo en tensión el espíritu; luego
pasé una temporada aburrido y desesperado.
Se comenzó a olvidar mi causa. De tarde en tarde se hablaba de mí
en los periódicos. Don Fermín Caballero, que no era de mi cuerda, y
que tenía cierta rabia por los que nos sentíamos capaces de jugarnos
la vida en una conspiración como la fraguada en julio, dijo que la
Isabelina era una sociedad formada por calaveras y gente del trueno,
que no tenía más misión que la de alborotar.
Cuando me nombraba a mí en el _Eco del Comercio_ me llamaba el
atolondrado Aviraneta. ¡Atolondrado! Claro es, porque yo había expuesto
el pellejo y él no lo había expuesto nunca.
Hay demócratas--y al decir esto don Eugenio sonreía con cierto
desprecio--, que creen que el mundo puede hacer desaparecer con el
tiempo a los héroes y a los aventureros.
Esta idea me parece una idea falsa y ridícula. Siempre habrá un
desequilibrio entre la realidad y la utopía que permita una aventura al
que tenga fondo de aventurero.
¿Además, es apetecible que desaparezca todo lo que sea esfuerzo,
improvisación y energía? No veo por qué el ideal de la vida haya de
ser llegar a una existencia mecanizada y ordenada como una oficina de
comercio. No creo que se pueda alcanzar esto. ¿Cuándo se han hecho
cosas admirables sin esfuerzo y sin heroísmo? ¿Se harán alguna vez? Yo
creo que nunca.
Por más que quieran cerrar, alambrar el recinto social, siempre habrá
boquetes libres para escaparse; por más que los Gobiernos decreten que
los hombres deben ser unos buenos cerdos tranquilos cuyo ideal sea el
pesar muchas arrobas, siempre habrá jabalíes entre ellos.
Por esta época del cólera, el partido cristino tuvo el primer
quebranto, al hacerse público que la Reina se había enredado con Muñoz
y que había tenido un hijo. Todo Madrid debía estar comentando con
fruición el caso, y la noticia llegó hasta la cárcel.
Se habló de las citas, en la Granja de Quitapesares, entre María
Cristina y el guardia de Corps; se habló de la tía Eusebia, del
estanquero de Tarancón, de la niña Gertrudis Magna Victoria, que, según
los chuscos, podía poner con el tiempo en su escudo los lirios de los
Borbones al lado de las cajetillas de tabaco de los Muñoces.
Se contó que estando de caza en el Pardo María Cristina con la Corte,
la Reina le dijo a Muñoz, al ver saltar una pieza: «Para ti, Muñoz»; y
que él contestó: «No; para ti, Cristina».
Se contó también que se había reunido el Gabinete con el objeto de
discutir la cuestión de los amores de la Reina, y se habló en broma
de lo que habían aconsejado los unos y los otros. Se decía que los
más conspicuos del partido moderado estaban de acuerdo en aconsejar
moderación a aquella italiana, ardiente y fogosa.
Martínez de la Rosa decía que Zarco del Valle, como militar galante,
era el más a propósito para llevar a buen término, y de una manera
delicada, esta gestión de índole moderada; Toreno aseguraba que
Garelly era el más insinuante y jesuítico, y Garelly objetaba que el
más indicado de todos era el duque de Rivas, puesto que podía dar a la
observación un aire de poesía y de lirismo.
III
LA CÁRCEL
Allí están los alegres y los
tristes; allí hay hombres
muriendo; allí hay hombres
nacidos, hay hombres orando; al
lado de un tabique de ladrillo
hay hombres maldiciendo, y, en
torno de todos ellos, está la
noche inmensa y vacía.
CARLYLE: _Sartor Resartus_.
LA Cárcel de Corte de Madrid estaba formada, en parte, por ese edificio
de la plaza de Santa Cruz, que luego ha sido Ministerio de Ultramar, y,
en parte, por otro, anejo a él, que fué en tiempo pasado hospedería de
los Padres del Salvador.
La Cárcel de Corte, con sus dos cuerpos, formaba un paralelogramo largo
y estrecho. Los lados cortos los componían: uno, la fachada de la
plaza de Santa Cruz, en donde había entonces una fuente, la fuente de
Orfeo, y el otro, varias casuchas que daban a la calle de la Concepción
Jerónima. Por los lados largos pasaban, casi paralelas, la calle del
Salvador y la de Santo Tomás.
Una parte estaba dedicada a cárcel de mujeres, y muchas de éstas tenían
sus hijos pequeños con ellas. Era muy difícil darse cuenta clara de la
topografía de la cárcel, porque todo el edificio se hallaba dividido
con tabiques, que formaban rincones y pasillos, y en aquellos recovecos
se desorientaba uno en seguida.
En la cárcel había mucha más gente que la que buenamente cabía en
ella; faltaba luz y ventilación, y, sobre todo en el verano, no se
podía respirar por el mal olor. Cuando entraban los magistrados de la
Audiencia solían quemar incienso y plantas aromáticas.
Los pobres lo pasaban horriblemente; muchos no tenían ropas ni mantas,
y dormían en pleno invierno sobre el suelo, de piedra. Los alcaides
solían arrendar los distintos servicios a pequeños industriales, que
explotaban a los presos de una manera miserable.
El día de Jueves Santo se asomaban los presos a las rejas que daban a
la plaza de Santa Cruz, y pedían limosna a los transeúntes, gimoteando
y haciendo sonar sus cadenas.
El domingo y los días de fiesta los ladrones se exhibían en los patios
de la cárcel y se daban tono. Había cantos, guitarreo y a veces riñas,
en las cuales salían a relucir navajas y estoques.
Los empleados de la cárcel eran: un alcaide, un capellán, tres
porteros, seis demandaderos, una demandadera, un llavero, un
escribiente, un enfermero, un cocinero, un mayordomo, un médico y un
cirujano. Los cuartos costaban: los de primera, siete reales al día;
los de segunda, cuatro, y los de tercera, dos. La sección de políticos
era más limpia y más cuidada que el resto. Yo tenía un cuarto bastante
regular, con una mesa, una cama y una butaca. A los pies de la cama
ponía cuatro cacharritos llenos de agua para que no subieran las
chinches, porque a estos huéspedes no había manera de exterminarlos.
Al principio no quisieron dejarme tener libros, ni papel, ni tinta;
pero luego, sí.
En los primeros días de cárcel, el alcaide me vigilaba de una manera
molesta; no me permitía hablar con nadie sin estar él delante. Me
trataba con gran consideración y me decía que no hacía mas que cumplir
con su deber.
Don Paco, el alcaide, era uno de los mayores bribones de España: robaba
a los presos y los explotaba de una manera inicua. Eso sí, lo hacía
todo con una gran finura: no se le oía jamás un insulto o una palabra
soez.
Don Paco había sido lego en un convento y tambor de una partida
realista.
Era el tal don Paco, por entonces, hombre de unos cuarenta años,
muy alto, muy encorvado, muy flaco, un verdadero espectro. Tenía la
nariz aguileña, los dientes muy blancos, los ojos negrísimos, de
extraña expresión; la piel obscura, y el pelo, como decían los autores
románticos, del color del ala del cuervo. Iba siempre muy pulcro, muy
bien afeitado, y tenía la costumbre de restregarse las manos haciendo
un ruido como de huesos.
Su vigilancia sonriente me llegó a exasperar.
Al principio, iracundo por verme tan vigilado, para encontrarme solo
comencé a no salir de mi calabozo.
Con aquella vida sedentaria y la humedad del cuarto se me exacerbaron
los dolores reumáticos y tuve que guardar cama. El médico me visitó,
y dijo que era indispensable para mí el hacer ejercicio, pues si no
mi enfermedad se agravaría. Esta prescripción facultativa me obligó
a salir al patio con frecuencia, y a dar vueltas y más vueltas, y a
conocer a los detenidos.
La mayoría de los presos políticos de la Cárcel de Corte eran
furibundos realistas; había también algunos liberales, sospechosos de
haber tomado parte en la matanza de frailes. Los realistas eran casi
todos de fuera de Madrid: curas, frailes, abogados, guerrilleros de la
Mancha llevados a la corte para declarar en procesos de conspiración.
La sección de políticos rebosaba, y su personal era el más extraño y
heterogéneo: había allí, desde carbonarios hasta absolutistas rabiosos;
desde apóstoles hasta asesinos.
Por ser los carlistas presos gente de más fuste que los liberales,
y por tener la protección decidida del alcaide y de los principales
celadores, los absolutistas disfrutaban en la Cárcel de Corte de
preeminencias y de ventajas que no disfrutábamos los demás.
El abogado carlista Selva, y algunos frailes amigos suyos, llevaban
allí la voz cantante y dirigían y mandaban no sólo en el patio de los
políticos, sino también en el de los detenidos por delitos comunes.
En éstos se verificó una división parecida a la de los políticos, y
hubo un grupo liberal y otro carlista, con sus pasiones, sus odios,
su intolerancia y su fanatismo. Unos cuantos carlistas valencianos,
capitaneados por un arriero, llamado el Roch, y por un esterero de
Crevillente, apodado el Tate, entraron por instigación de los frailes y
de Selva en el segundo patio, con el asentimiento del alcaide don Paco,
y se dedicaron a hacer prosélitos.
Mis dos ayudantes en la cárcel eran Román, el hijo del librero de viejo
de la calle de la Paz, y Gasparito, un zapatero remendón, hombre de muy
buen sentido.
Además de estos dos tenía como compañeros y correligionarios al Mingo y
al señor Bruno, que eran albañiles; al Mulato, que era albeitar, y al
Sanguijuelero, que tenía esta profesión unida a la de sangrador y la
de herbolario. Todos estos habían sido detenidos durante la matanza de
frailes por excitaciones al pueblo.
Entre los carlistas presos, la mayoría eran campesinos, y tenían, en
general, buen aspecto.
Había gran diferencia entre los carlistas, casi todos del campo, y los
revolucionarios madrileños. Eran mejores tipos aquéllos, más fuertes,
más nobles, más enteros; daban una impresión de mayor energía.
--Hoy lo mejor del pueblo es carlista--pensaba yo--; pero dentro de
cincuenta años no pasará lo mismo.
Había también gran diferencia entre los presos políticos y los
ladrones. Sólo a primera vista, por su aspecto, podían distinguirse
los unos de los otros; los políticos tenían un aire más recogido, más
ensimismado; los otros alardeaban de la fanfarronería y del cinismo
que caracterizan a los criminales de profesión. Como estábamos los
liberales en minoría, yo pensé que me convendría frecuentar el patio de
los presos de delitos comunes para hacer prosélitos.
Un día encontré en la cárcel al célebre ladrón Candelas, a quien
conocía y había tenido como agente de la Isabelina. Reconocimos ambos
que estábamos metidos en un callejón sin salida. Candelas abrigaba
la esperanza de escaparse. Me propuso un plan de fuga, pero no tenía
condiciones para llevarlo a la práctica.
El alcaide, que vió que charlábamos Candelas y yo, no sospechó que
pudiéramos conocernos de antemano; Candelas me indicó que me dirigiera
a Francisco Villena (Paco el Sastre), por ser éste amigo suyo y
hombre de recursos; y, efectivamente, me vi con él y conseguí que él
intrigara en el patio de presos de delitos comunes para impedir que los
absolutistas se hicieran dueños de la cárcel.
Poco después Candelas fué trasladado a otra prisión.
IV
El PADRE ANSELMO
Feliz el que nunca ha visto
más río que el de su patria, y
duerme, anciano, a la sombra do
pequeñuelo jugaba.
ALBERTO LISTA: _Entre las cimas
del Alpe_.
ENTRE los clérigos y frailes que estaban en la cárcel había un cura
de pueblo, viejo, sordo, de sotana raída, que se llamaba don Anselmo
Adelantado. Yo, al principio de conocerle, desconfié de él; se me
acercaba, me saludaba y me mareaba a preguntas.
Yo pensé: éste es un espía, un echadizo. Y, naturalmente, con esa idea
le daba informes falsos.
Luego empecé a sospechar que el padre Anselmo era un simple, un pobre
de espíritu; sus compañeros y correligionarios presos le daban siempre
de lado.
Cuando intimé más con él me convencí de que el padre Anselmo era
un hombre de esos de espíritu angelical que pasan por la vida sin
enterarse de las miserias de la Humanidad.
El padre Anselmo era un hombre sin ninguna malicia, y, a pesar de esto,
se creía muy malicioso. Tomaba al pie de la letra todo lo que le decían.
Era de un pueblo próximo a Molina de Aragón.
Su historia se podría contar en pocas palabras. Le habían hecho cura,
le habían nombrado párroco de un pueblo y había estado allí cuarenta
años viviendo, primero con una hermana y luego con una sobrina.
Al comenzar la guerra, los carlistas le habían hablado de que era
indispensable que él les favoreciese y se pusiera de su lado; y como él
estaba convencido de que los liberales tenían pacto con el demonio y de
que la Reina Cristina era una masona, había ofrecido su concurso. Luego
le habían denunciado y le habían traído a Madrid, a la Cárcel de Corte.
El padre Adelantado era un hombre de más de sesenta años, con una cara
tosca y terrosa; la boca grande, las cejas, como pinceles blancos,
caídas sobre los ojos, y las manos cuadradas y fuertes. Tenía una
manera de hablar un poco ruda, entre castellana y aragonesa. Usaba en
la cárcel una sotanilla raída, de color de ala de mosca, y un bonete.
Tenía una sotana nueva y un manteo, que guardaba en su maleta, que le
parecían a él el colmo del lujo.
Las observaciones del padre Anselmo me regocijaban lo indecible.
Una vez había dos mujeronas de la vida airada en el locutorio esperando
a alguno.
--¡Pobres muchachas!--dijo el padre Anselmo--; habrán venido a ver a
sus padres o quizá a sus novios.
--Sí, seguramente.
Yo, cuando le oía alguna de estas cosas, hacía un gesto para no echarme
a reír, y él se reía también, porque decía que, aunque cura, era muy
malicioso.
Al padre Anselmo le gustaba fumar y yo le daba cigarros; pero él no
quería.
--Un cigarrito, bien; pero nada más. Ya sería vicio.
Un día, después de muchas vacilaciones, me dijo:
--Don Eugenio.
--¿Qué?
--Me han dicho una cosa muy grave.
--¿Qué le han dicho a usted?
--Que usted es liberal.
--¡Ah!; ¿pero no lo sabía usted?
--No. ¡Así que usted es liberal! ¡Ave María Purísima! ¡Y yo que le
creía a usted una buena persona!
--Y lo soy.
--Pero, bueno, dígame usted la verdad. ¿Usted ha hecho pacto con el
Demonio?
--No, no; puede usted creerme, padre Anselmo: no he hecho pacto con él.
--¡Ah, vamos! Así que usted sigue siendo cristiano.
--Sí, sí.
--Porque hay otros, ¿sabe usted?, que van a las logias masónicas, y
allí creo que hacen horrores. ¡Ave María Purísima!
El padre Anselmo me entretenía con su conversación, cándida e inocente.
Muchas veces me hablaba del campo, de lo que estarían haciendo por
aquellos días en su pueblo. Su charla tenía un sabor de aldea que me
encantaba. No hay sitio, ciertamente, en donde los recuerdos del campo
tengan más valor, ni más encanto, que en la cárcel; así que yo le oía
al cura viejo entretenidísimo.
V
LUCHAS
Tienen dos madres, las dos
madrastras: la ignorancia y la
miseria.
VÍCTOR HUGO: _Los Miserables_.
LA Cárcel de Corte tenía tres patios, que servían para que pasearan
los presos. El primero se hallaba dentro del edificio actual, y tenía
alrededor oficinas y cuartos para nosotros los políticos; el segundo
estaba entre los dos cuerpos del edificio, el que queda y el derribado,
que daba a la calle de la Concepción Jerónima.
A los lados de éste se levantaban unos pabellones abovedados,
horriblemente sucios y siniestros. A uno de ellos lo llamaban la
Grillera. Allí solían estar encerrados los ladrones, y, en una especie
de jaula, se metían todas las noches a los muchachos jóvenes y a los
niños, jaula que se llamaba la Gallinería. De este patio central se
pasaba a otro, pequeño y profundo, que daba hacia la calle de la
Concepción Jerónima, y que había sido el antiguo cementerio de los
Padres del Salvador. Cortando el edificio había un callejón estrecho,
el callejón del Verdugo, por el cual entraba el ejecutor de la Justicia
cuando tenía que acompañar a algún reo a la horca.
Hacia la Concepción Jerónima había calabozos irregulares, obscuros, que
se destinaban a los grandes criminales y asesinos, y más atrás, una
pequeña capilla para los condenados a muerte, en la cual se les tenía
tres días.
Los presos del segundo patio vivían horriblemente: a muchos no les
llegaba el rancho; si tenían algún dinero podían recurrir a una
cantina, donde estaba todo carísimo; si no, se quedaban sin comer. Un
preso murió de hambre en un calabozo. Aquel calabozo se le llamó el del
Olvido.
Era el tercer calabozo célebre de la cárcel; había otros dos que tenían
nombre: el de La Sed y el del Dragón.
Cuando yo visité el segundo patio, en el calabozo del Olvido había un
idiota vagabundo a quien tenían que traspasar al hospital. Este idiota
chillaba y cantaba y hacía reír a los presos, que le consideraban como
un hombre feliz.
Los criminales audaces conseguían allí lo que querían: comían bien,
bebían, tenían armas y hacían que les visitasen las mujeres del otro
departamento.
Paco el Sastre, a quien, como digo, Candelas me había recomendado, me
hizo conocer a dos raterillos a quienes exigió que me obedecieran como
a su jefe. Uno de éstos era el Gacetilla, un chico que llamaban así
porque sabía todo cuanto ocurría dentro y fuera de la cárcel, y el
otro, el Mambrú, un gimnasta que andaba con las manos y daba saltos
mortales.
Por estos muchachos pude comunicarme libremente con mis amigos de
fuera. Uno de los procedimientos que tenían era cantar. Un preso
cantaba una copla, en la que decía disimuladamente lo que quería, y
al día siguiente se ponía un ciego con la guitarra en la Concepción
Jerónima, y en la canción que entonaba venía la respuesta.
Con Paco el Sastre comencé a organizar una campaña contra el alcaide y
los carceleros carlistas. Los presos del segundo patio se dividieron
también en liberales y carlistas; pero aquí las fuerzas estaban
equilibradas.
Entre aquellos bandidos y estafadores, la influencia de un
lugarteniente de Candelas, como Paco el Sastre, era decisiva. Yo les
ayudé lo que pude a los que se vinieron al campo liberal.
Con motivo de la división entre carlistas y liberales se producían
riñas constantes; un día hubo en el segundo patio una gran pelea entre
un bandido que llamaban el Raspa, que había sido procesado a raíz de la
matanza de frailes, y un guerrillero carlista, el Ausell.
Se desafiaron: el Raspa le tiró una navajada y le cortó la cara,
mientras el otro le dió una cuchillada en el pecho que le dejó medio
muerto.
Yo hice un padrón de los presos liberales, de los carlistas y de los
indefinidos, y como prefacio al padrón, un ligero estudio acerca de
la psicología de los tipos desde el punto de vista del mayor o menor
valor que podían tener para una conspiración.
Aviraneta me confesó que en su tiempo pensó hacer, más o menos en
broma, el manual del perfecto conspirador.
VI
EL SEGUNDO PATIO
En el patio de la cárcel hay
escrito con carbón: «Aquí el
bueno se hace malo, y el malo
se hace peor».
CARCELERA.
YO no soy precisamente un sentimental, ni un poeta de delicadezas ni de
ternuras, y, sin embargo, la perspectiva del segundo patio, la primera
vez que entré en él, me hizo un efecto terrible. Era un cuadrado con
paredes altas y lleno de gente.
Aquel patio tenía algo de plazuela, de casa de juego, de manicomio, de
foro, de plaza de toros y de hospital.
Todas las aglomeraciones de hombres solos son, indudablemente,
malsanas, repugnantes; huelen a sentina, ya sean cárceles, cuarteles,
seminarios o conventos; pero la cárcel es la cloaca máxima.
Allí se reúne la basura humana, los detritos de la sociedad. Lo que no
está podrido se pudre pronto, y la infección envenena el ambiente con
sus miasmas.
La cárcel es como la imagen negativa de la vida moral. Allí la bajeza,
la fealdad, la maldad, el odio, todo lo más horrendamente humano, se
muestra a lo vivo.
Es un pantano en una fermentación constante que exhala vapores fétidos
bastantes para envenenar toda la atmósfera.
La cárcel es la universidad de lo perverso. La Naturaleza se divierte,
a veces, en formar monstruos con lo físico o con lo moral. Los
monstruos físicos vagan por el mundo; los monstruos morales tienden a
reunirse en la cárcel. Aquí se completan, se complican, se hacen más
perfectos en su monstruosidad.
En la Cárcel de Corte, por entonces, había de todo: políticos,
homicidas, lechuguinos, jovencitos elegantes y bien puestos, viejos
barbudos y enfermos, locos desnudos que lanzaban horribles lamentos,
reñidores desesperados que pasaban la vida entre gritos y blasfemias.
Allí el robo, el asesinato, la estafa, la locura, el cinismo, la
enfermedad, la miseria, la matonería, la sodomía se daban la mano y
bailaban una terrible danza macabra.
Esta fermentación de la cárcel, que acaba con los sentimientos nobles
del hombre, no sólo no acaba, sino que deja el egoísmo, el instinto de
vivir más ágil que nunca. Nada se parece tanto a un gallinero, a una
casa de fieras, a una selva virgen, a un bosque de bestias feroces,
como una cárcel. El preso vive allí como un piel roja, siempre en
acecho, dispuesto a destrozar al prójimo por la fuerza, por la malicia
o por el engaño.
Lo característico de la cárcel es esto: que no hay piedad. El valiente
allí muere o vence, el tímido sucumbe; para el desdichado sin energía
son todas las miserias, todos los horrores, todas las groseras
mixtificaciones.
El fuerte manda y gallea; el cobarde adula y se envilece. Allí no hay
que hacerse ilusiones. Hay que dejar toda esperanza; no hay mas que
miradas de odio, de rabia, de desesperación o de desprecio. El que
teme caer, sabe que si cae todos pasarán por encima de su cabeza; por
eso hay que pisar fuerte y no resbalar. En una cárcel no se puede ser
mas que un santo, un miserable o un misántropo. Vivir en una cárcel es
hacerse para siempre enemigo del hombre.
Al principio, al entrar en el segundo patio se creía notar que todos
los encerrados allí tenían una gran alegría: se cantaba, se jugaba, se
vociferaba; pronto se podía ver que la alegría era ficticia y que por
debajo de ella latía una sorda irritación.
Otra cosa se notaba, y es que no había nadie independiente; allí
ninguno podía apartarse de la acción común. Ya el lenguaje era especial
para la cárcel, mezcla de germanía y de caló. Jorge Borrow, el escritor
inglés, me explicó varias veces cómo la germanía y el caló no son
lo mismo, pues la germanía es una lengua figurada, como el _argot_
francés, y, en cambio, el caló es un idioma.
Además de la comunidad de lengua, había en la cárcel la comunidad
de la acción. Cuando se comía había que repartirse por cuadrillas;
al hacerse la limpieza del patio, unos la hacían; otros, no; al
jugar, unos tenían categoría para jugar; otros no podían ser mas
que espectadores, y otros ni eso; para dormir existían también sus
categorías. Había una disciplina cuya dirección se subastaba a cada
paso, y se daba al más audaz y al más valiente. Cuando entré por
primera vez en el segundo patio, me acompañaban Román y el padre
Anselmo. A éste le dirigieron las más innobles chacotas:
--Oiga usted, pae cura. Me tiene usted que dar el modelo de esa
sotanilla.
--La sotana es vieja--replicó el padre Anselmo--; pero los que no somos
ricos no podemos llevarlas mejores.
--Bien dicho--afirmé yo.
--Oiga usté, pae cura--le preguntó otro de los presos--,¿cuántos hijos
tiene usté en el pueblo?
--Yo no tengo hijos, porque soy cura--contestó él--; pero a todos mis
feligreses los considero como si fuesen hijos míos.
El pobre hombre contestó varias veces con prontitud y con gracia, y
llegó a hacerse respetar.
VII
LOS MATONES
Hallóse allí Calamorra
sobre si no mata siete,
bravo de contaduría,
de relaciones valiente.
QUEVEDO: _Romances_.
LOS matones del segundo patio eran Paco el Sastre, el Fortuna, el
Mandita y el Manchado, que compartían el poder con dos falsificadores
llamados los Pinturas, y con un caballero de industria, el señor Pérez
de Bustamante. Paco el Sastre, amigo y cómplice de Candelas, se había
escapado varias veces de distintas cárceles, lo que le daba gran
prestigio.
El Fortuna, guapo de casa de juego, fanfarrón y atrevido, estaba preso
por una muerte. El Mandita era ladrón, un tipo fino, de nariz larga,
ojos claros e inteligentes, labios muy delgados, cara afilada, bigote
ralo y mano de hierro.
El Mandita rompía las nueces con los dedos.
El Manchado era hombre de cara dura y color terroso, pómulos
salientes, mandíbula grande y fuerte, los ojos torcidos, la boca
recta como una cortadura. El Manchado parecía un calmuco y tenía una
agresividad feroz. Durante la matanza de frailes se había exhibido,
lleno de sangre, en la taberna de Balseiro, y había intentado vender
ornamentos de iglesia. Estaba herido desde entonces y llevaba una venda
sucia en la frente.
El Fortuna le temía al Manchado. El Fortuna había llegado a matón por
inteligencia, por comprender la cobardía de los demás; el Manchado, no;
éste no discurría; se sentía bruto naturalmente, sin complicaciones ni
razonamientos.
Los Pinturas, padre e hijo, tenían mucha influencia. Los Pinturas eran
falsificadores. El padre, un viejo calvo, apacible y burlón, tenía
un aire de hombre frío y lleno de inteligencia, los ojos agudos y
perspicaces, la frente ancha y desguarnecida, la boca muy cerrada, de
labios finos.
El Pinturas joven parecía una araña, alto, delgado, sonriente, con cara
de polichinela y voz de lo mismo. Era muy burlón y satirizaba con mucha
gracia a todo el mundo. Tenía siempre a su disposición papel y pluma, y
servía de memorialista a los presos. Les escribía cartas con la letra
que quisieran. En un par de minutos de estudiar una letra, la adoptaba
como si fuera suya y seguía escribiendo con ella. Al Pinturas joven
le gustaba leer mucho; fabricaba juguetes con alambres y cartón, que
conseguía vender en las calles, y cuando no tenía nada que hacer hacía
juegos de manos.
Por lo que se decía, había falsificado escrituras, contratos,
testamentos, y seguía trabajando en la cárcel.
Respecto al señor Pérez de Bustamante, era un caballero de industria,
charlatán, mentiroso, que quería hacerse pasar por aristócrata.
Este hombre había vivido durante los primeros meses de la guerra
haciendo suscripciones para viudas de oficiales muertos en la campaña,
y cuando explotó el lado liberal pasó a cultivar el campo carlista.
Pérez de Bustamante era hombre osado y decidido.
Otro tipo curioso era _Doña Paquita_, el cinedo de la cárcel, joven
ambiguo que hacía ademanes de mujer. Este muchacho tenía la nariz
respingona, con las ventanas muy abiertas, la barba azul, del afeitado,
y la manera de hablar afeminada.
Algunos de los presos habían conseguido cierta independencia y hacerse
respetar del grupo que cobraba el barato.
Uno de ellos era un topista, que llamaban Mangas, afiliado al grupo
liberal. El Mangas tenía una cara de galgo, la nariz larga, la boca
como recogida, los ojos pequeños y claros y el pelo rubio. Vestía bien,
era gallego, aunque él decía que no. Se le había encontrado con unos
cálices, después de la matanza de Julio, en una taberna de una vieja a
quien llamaban la tía Matafrailes.
Entre los presos de delitos comunes que se decían carlistas había gente
bárbara y maleante, como entre los que se consideraban liberales.
Uno de los carlistas de quien todos se reían era un labriego, el
Paleto, que había robado una mula. El Paleto tenía la cara parada y
estúpida, la cabeza grande y la voz chillona. Solía servir de blanco a
las bromas de todos.
Otro carlista que se distinguía por su aire hipócrita era el
Seminarista, que había sido estudiante de cura y tenía la especialidad
de hacer digresiones místicas, en las que barajaba muchos latines. A
este truhán le habían encontrado varias veces desvalijando los cepillos
de las iglesias con una ballena untada de liga.
Al poco tiempo de entrar en el segundo patio, el alcaide se dió cuenta
de que yo iba allí para hacer propaganda entre los presos contra los
carlistas y contra él; entonces me prohibió el paso.
Yo tenía mis medios de comunicación asegurados.
Mi duelo con el alcaide acabó con la victoria mía; pues conseguí al año
que él se quedara preso y yo saliera libre.
LA MUERTE DE CHICO O LA
VENGANZA DE UN JUGADOR
PRIMERA PARTE
ANTECEDENTES
I
UNA NOCHE DE NIEVE
En la niebla y en la bruma,
en la nieve profunda, en el
bosque inculto, en la noche
de invierno oigo el aullido
hambriento del lobo y el grito
sombrío de la lechuza.
GOETHE: _Lied del bohemio_.
AL día siguiente en que don Eugenio nos contó su vida en la Cárcel de
Corte, comenzó a caer una gran nevada. Habían acudido a la cocina del
tío Chaparro más gente que la noche anterior, y los pastores y cabreros
fantaseaban acerca de las consecuencias de la nevada y de la aparición
de los lobos en la garganta de Covaleda y en los montes del Urbión.
Habían visto sus huellas en la nieve; habían dejado leña en las chozas,
y quesos y cecina sobre las ramas altas de los pinos para que no los
cogieran los lobos.
Aviraneta y yo estábamos al lado del fuego, sentados en dos grandes
sillones; él llevaba puesto un abrigo grueso y tenía sobre la espalda
un mantón de su mujer. Escuchábamos la conversación de los pastores,
oíamos el ladrido de los perros y, a veces, el chirrido de la lechuza.
De pronto, Aviraneta me dijo en voz baja:
--Relacionándola con aquella época de la Cárcel de Corte de que te
hablaba ayer noche, recuerdo una historia bastante siniestra en la
que figuró un tal Castelo y el policía Chico. Ya te la habré contado,
¿verdad?
--No.
--¿No te la he contado?
--No.
--Pues es raro.
--Cuéntela usted, don Eugenio--dijo el tío Chaparro, terciando en
la conversación--; mandaré traer un poco de café con aguardiente,
echaremos más leña al fuego y dejaré a los muchachos aquí a que le
oigan a usted, porque mañana es domingo y se pueden levantar un poco
más tarde que de costumbre.
Aviraneta hizo una señal de asentimiento. Se puso una cafetera grande
en las brasas y se trajo una botella de licor.
Por la pequeña ventana de la cocina se veía el campo nevado, y los
grandes copos de nieve que caían lenta y blandamente, como espesos
plumones blancos.
Aviraneta, que estaba empotrado en su sillón y mirando con sus ojos,
de un azul brillante, el fuego, se recogió un momento, tomó una gran
taza de café muy caliente que le sirvieron, contempló a su auditorio
sonriendo y comenzó su relación así:
II
UN PRESO NUEVO
El despertar que sigue a una
primera noche de prisión es una
cosa horrible.
SILVIO PELLICO: _Mis prisiones_.
LOS lectores de folletines y de novelas por entregas, en los cuales hay
con frecuencia odios sostenidos y venganzas a largo plazo, como en el
_Conde de Monte Cristo_, suelen discutir si estos sentimientos son o
no lógicos y verdaderos. Afirman unos, que la venganza es un instinto
natural del hombre, que perdura y no se borra jamás; y dicen otros, que
todo se olvida, hasta las mayores ofensas, con el transcurso de los
años.
Yo siempre me he inclinado a pensar que la mayoría de la gente llega a
perder el recuerdo de los agravios con el tiempo y que no se vengan mas
que rara vez.
El caso que les voy a contar demuestra un rencor profundo y sostenido,
terminado en una cruel venganza.
Como decía la otra noche, a los quince o veinte días de estar en la
cárcel tuve que guardar cama una temporada, porque se me exacerbaron
los dolores reumáticos.
Después se me permitió andar por la cárcel y entrar en el segundo
patio, en donde se hallaban los presos de delitos comunes.
Hacía dos meses que estaba en la cárcel cuando conocí a un nuevo preso,
de aspecto extraño.
Acababa de entrar. Era un muchacho joven, sombrío, moreno, de ojos
negros, cabello largo, a la moda de la época, y aire reconcentrado y
fuerte. Pasó por el primer patio vigilado por dos alguaciles. Subieron
los tres a una oficina donde se tomaba la filiación a los detenidos.
En la mesa había un empleado escribiendo, un hombre con el pelo rizado
y la mano llena de anillos.
Los alguaciles le hablaron en voz baja y le entregaron unos papeles,
que el escribiente leyó con gran indiferencia.
--Ahora viene don Paco--dijo uno de los alguaciles.
Don Paco era el alcaide. Efectivamente, llegó, tomó los papeles que
había traído el alguacil y los leyó con atención.
El alcaide interrogó al preso con una voz amable y una dulce sonrisa
que, para el que sabía cómo las gastaba aquel hombre, no eran nada
tranquilizadoras.
--Soy inocente--dijo el joven con aire dramático--. No tengo más dinero
que el que he ganado con mi trabajo.
El alcaide sonrió, porque consideraba como algo lógico y natural que
todo preso suyo y aun toda persona que tuviese que ver con él fuera un
perfecto granuja.
--Si ha guardado usted el dinero en alguna parte yo no pretendo que me
lo diga usted. Aquí sabemos también ser caballeros.
--Afirmo que soy inocente--replicó el joven.
El alcaide explicó a su nuevo huésped el precio de los cuartos que se
alquilaban en la cárcel y las diferencias que había entre las distintas
clases.
--Venga usted, caballero--le dijo después--; permita usted que le
acompañe. Puede usted tranquilizarse.
--No necesito tranquilizarme. Estoy tranquilo.
--Quiero decir--repuso el alcaide--que aquí nadie le quiere mal. Le voy
a llevar a su cuarto.
El joven preso siguió al alcaide hasta el fin de un corredor; un
carcelero descorrió el cerrojo de una puerta maciza, al lado de la cual
se veían dos mozos con un cabo de vara de aire siniestro.
Recorrieron otro corredor, salieron al segundo patio, y el alcaide
mandó abrir la puerta de un cuchitril obscuro, bajo de techo y con un
banco de madera.
--Aquí tiene usted su cuarto. Puede usted pedir a su casa unas mantas
para dormir. Si quiere usted le pueden traer una cama, una mesa y una
silla.
--Está bien--dijo el joven; y se sentó en el banco con un aire entre
resuelto y desesperado.
Los carceleros cerraron llaves y cerrojos, y el joven se quedó allí
dentro.
III
MIGUEL ROCAFORTE
Por ser muy propio de enfermos
no durar mucho en un estado,
tomando por remedio las
mudanzas.
SÉNECA: _De la tranquilidad del
ánimo_.
AL día siguiente, en compañía del padre Anselmo fuí al segundo patio
para ver qué hacía el nuevo detenido, que me había llamado la atención.
Su tipo y la expresión de su rostro me indujeron a creer en su
inocencia.
Nos acercamos a él a hablarle. El muchacho estaba asqueado de
encontrarse entre aquella canalla; pero no tenía miedo, porque a uno de
los raterillos que había querido robarle le había pegado un puntapié,
lo que hizo que los demás le miraran con cierto respeto.
Este muchacho era de Lerma, y se llamaba Miguel Rocaforte. Sus padres
tenían una buena hacienda; yo recordaba haberlos conocido y haber
estado en su casa con el Empecinado.
Miguel estudió en el Seminario tres años; luego perdió la vocación;
quiso ser militar y su padre le envió a Madrid a casa de un primo suyo,
dueño de un almacén de sal de la calle de la Misericordia.
Miguel llevaba cuatro años en la corte.
Estaba en la cárcel porque le acusaban de haber robado cinco mil duros
a un señor en un gabinete de lectura de la Carrera de San Jerónimo,
cosa que era falsa, completamente falsa, según afirmó.
Le dije que me explicara el caso con detalles para darme cuenta del
motivo por el cual podía haber provenido el error.
--Yo suelo ir muchos domingos a la librería que tiene don Casimiro
Monnier en la Carrera de San Jerónimo--me dijo--. Estoy estudiando
francés e inglés con un profesor de idiomas que se llama Brandon,
y éste me ha indicado que para perfeccionarme en la traducción lea
periódicos. La otra tarde, acompañado de mi principal, estuve en el
gabinete de lectura leyendo periódicos, y, de pronto, uno de los
abonados se lamentó de que le habían quitado la cartera del gabán. Yo
me marché a mi casa, y ayer, por la mañana, al ir al almacén donde
trabajo, me prendieron y me trajeron aquí, a la cárcel.
El caso me pareció bastante extraño. Le pedí detalles aclaratorios al
joven; pero éste no esclarecía los hechos ni protestaba, y parecía
dispuesto a aceptar su suerte con un estoico fatalismo.
Días después, en una larga conversación con Miguel, le interrogué
de nuevo. ¿No tenía enemigos? ¿Alguna mujer o algún hombre que le
quisiera mal? El joven se envolvía en obscuridades; estaba envenenado
con las ideas de la época, que por entonces comenzaban a llamarse
románticas.