Grandísimo mi deseo de complacer á mi amigo D. Miguel Moya, escribiendo
algo sobre la Nochebuena y la guerra de Cuba para un número
extraordinario de _El Liberal_; pero mientras más cavilo, menos cosas se
me ocurren. Sólo acuden á mi memoria y pronuncian mis labios las
hermosas palabras que en boca de los ángeles oyeron los pastores:
_Gloria á Dios en las alturas y paz en la tierra á los hombres de buena
voluntad_. Paz anhelamos todos, y ahora que la Nochebuena se aproxima,
debemos repetir la exclamación angélica, pidiendo paz al cielo. Y no
sólo porque con la guerra exponemos á las enfermedades y á la muerte á
lo más lozano de la juventud española y nos exponemos nosotros á la
miseria, sino también porque con la duración de la guerra, á par de la
vida de muchos de nuestros hermanos, y á par del dinero y hasta de la
esperanza de ganarle que vamos perdiendo, es de recelar que perdamos
también la paciencia, el juicio y el corto ingenio que Dios haya tenido
la bondad de darnos.
Aun prescindiendo de todos los enormes males que la guerra trae consigo,
sólo porque no se volviese á hablar de tan trillado, sobado y fastidioso
asunto, debiéramos rezar para impetrar del Altísimo que la guerra
terminase, aunque fuera por virtud de un milagro, como el de la botadura
del _Princesa de Asturias_.
En suma; yo no sé ya qué decir sobre la guerra, y lo que es sobre la
Nochebuena, con decir _gloria á Dios en las alturas y paz en la tierra á
los hombres de buena voluntad_, está dicho todo. Pero esto no es cuento,
ni artículo, ni composición poética inédita, y por consiguiente, si no
digo más, me quedaré con el disgusto de no complacer al Sr. D. Miguel
Moya.
Sólo veo un medio de salir de mi apuro: referir aquí con brevedad y
tino, si soy capaz de tanto, la discusión que acaban de tener en mi casa
dos señores que han venido á visitarme, y por dicha se han hallado
juntos en ella. Es el uno, D. Valentín León y Bravo, capitán de
caballería retirado, y el otro, el hábil diplomático D. Prudencio
Medrano y Cordero, retirado también, ó dígase jubilado. Ambos desean la
paz con el mismo fervor que yo; pero la buscan por muy diverso camino.
Suponen cada uno de ellos que, si se hubiera seguido el que él traza, ya
gozaríamos de la paz en esta Nochebuena, y así nosotros en la Península,
como nuestro valiente ejército en Cuba, la celebraríamos
regocijadamente, después de haber oído la Misa del Gallo, con
suculentas cenas, en que consumiríamos multitud de pavos, que desde su
patria de origen, y no menor, multitud de jamones, que desde Chicago y
desde otros lugares de la Unión, donde abundan los cerdos, nos enviarían
de presente Cullon, Morgan, Sherman y algunos senadores más.
Baste de introducción y empiece el diálogo. El arrogante D. Valentín
habló primero y dijo:
--Vamos, hombre; confiese usted que no hemos debido sufrir tantas
ofensas y amenazas de intervenir con las armas en nuestras discordias
civiles; jactanciosa seguridad de acogotarnos en un dos por tres,
derrotando nuestro ejército y echando á pique nuestra flota; y envío
incesante de aplausos á los insurrectos, de insultos feroces á los
leales, y de armas, municiones, dinero, víveres y toda clase de auxilios
á los que devastan, incendian, saquean y destruyen la riqueza de Cuba,
para pedirnos luego indemnización por los mismos estragos y ruinas, que
sin el favor de los _yankees_ jamás se hubieran causado. Crea usted, que
lo que hubiera convenido y lo que todo esto hubiera merecido, es que
nosotros hubiéramos imitado á Agatocles.
--¿Y quién fué ese caballero?--preguntó don Prudencio.
--Pues Agatocles--contestó D. Valentín--fué un célebre tirano de
Siracusa, con quien se condujeron los cartagineses sobre poco más ó
menos, como los _yankees_ con nosotros. Pero Agatocles se hartó de
sufrirlos, embarcó 5.000 soldados en unas cuantas naves, cruzó el mar
con ellos burlando la vigilancia de la poderosa escuadra enemiga, y
desembarcó en el territorio de la gran República: para verse obligado á
vencer ó á morir, destruyó los barcos en que había venido, como hicieron
más tarde el renegado cordobés Abu Hafaz en Creta, los catalanes en
Galípoli y Hernán Cortés en México; entró á saco en muchas ciudades
púnicas, y aun estuvo á punto de apoderarse de la capital. ¿Por qué no
habíamos de haber nosotros declarado la guerra á los _yankees_, pasado
en un periquete con más de 100.000 combatientes desde Cuba á la tierra
de ellos y quizás llegado hasta el Capitolio de Washington, arrojando de
allí á culatazos á los senadores y yendo luego, por la _avenida_ de
Pensylvania, hasta donde está el Palacio del Tesoro todo lleno de dinero
y apuntalado para que no se hunda, aliviarle de aquel peso, y plantarnos
por último en la Casa Blanca, que está á tres pasos de allí, y hacer á
Cleveland cautivo?
--Todo eso--replicó D. Prudencio--me parecería muy bien si para dejarme
frío no acudiese á mi mente esta frase proverbial: tú que no puedes,
llévame á cuestas. No bastan doscientos mil soldados para acorralar y
domar á los mulatos y negros cimarrones, y sueña usted con que basten
cien mil para llegar al Capitolio de la Gran República. Créame usted: lo
digo con gran dolor, pero es menester decirlo; _consumatun est_.
Menester es que nos resignemos y nos achiquemos. Cuba no nos ha
producido nunca una peseta. Cada una de las que ha podido traerse de
allí algún empleado poco limpio, nos ha costado mil pesetas al conjunto
de los demás peninsulares y nos cuesta además y nos costará muchas
lágrimas. ¿Qué mejor venganza podemos tomar de los cubanos rebeldes que
concederles la libertad por que combaten? Una vez Cuba libre, Cuba se
volvería _merienda de negros_.
--Pues para que no se vuelva _merienda de negros_ debemos seguir
combatiendo en la Grande Antilla--dijo entonces D. Valentín.--Los
cubanos, ni con mucho, son todos rebeldes, y tenemos el deber de
defenderlos de los foragidos y de salvarlos de la rapacidad y de la
insolencia tiránica de los aventureros que quieren apoderarse de la
isla. Contra estos aventureros y aun contra todo el poder de los
_yankees_ que los protegen debemos luchar, ya que es inevitable la
lucha.
--Confieso--dijo entonces D. Prudencio--que me hace bastante fuerza eso
de que no debemos abandonar á los cubanos fieles y pacíficos. Por eso
vacilo yo. Si no fuera por eso no vacilaría en afirmar que para que
hubiésemos tenido paz en la Nochebuena, que se acerca á grandes pasos,
hubiéramos debido, en vez de imitar las locuras del Sr. Agatocles, hacer
lo que yo me sé.
--¿Y qué es lo que usted se sabe? ¿Acaso plantear las reformas ya
votadas, concederlas mayores aún y hasta llegar á la autonomía para que
depusiesen las armas los insurrectos? ¿No vé usted que ellos achacarían
á debilidad actos tan generosos, se ensoberbecerían más, pedirían
independencia ó muerte, y antes que darse á nosotros se darían al
diablo?
--Pues dáos al diablo, les diría yo--contestó D. Prudencio.--Lo que es
por mí ya serían independientes con una condición: con la condición de
que cargasen con el pago de la deuda de Cuba. Aunque se elevase á
cuatrocientos millones de pesos fuertes, todavía sería muchísimo menos
de lo que Cuba nos ha costado en los cuatrocientos años que la hemos
poseído, sin duda por nuestra desgracia, pero también por nuestra
gloria, como monumento y espléndido recuerdo del hecho más brillante y
transcendental de nuestra historia y aun de la historia de todo el
linaje humano.
--También digo yo--exclamó D. Valentín--lo mismo que decía usted hace
poco cuando me oyó hablar de la imitación de Agatocles: _todo eso me
parecería muy bien si para dejarme frío no acudiese á mi mente esta
frase proverbial: tú que no puedes, llévame á cuestas_. ¿Cómo quiere
usted que paguen nada los cubanos libres? Lo menos durante dos siglos,
sobrevendría allí con la libertad la más estupenda anarquía. Aquello
sería el Puerto de Arrebatacapas.
La isla libre no valdría por lo pronto ni produciría un ochavo. Mal
andamos nosotros de dinero, pero todavía los acreedores se fiarían más
de nosotros. Yo doy por cierto que si Cuba se comprometiese á pagar, los
acreedores no aceptarían la sustitución y exigirían que España les
pagase.
--Eso tiene remedio--dijo D. Prudencio.--Mal hemos hecho con no haber
contraído alianza ninguna, con estar aislados y sin apoyo entre las
grandes potencias europeas; pero esto no mitiga la acusación de egoísmo
y hasta de imprevisora flaqueza que podemos lanzar contra ellas,
viéndolas inertes y tranquilas sufrir que los Estados Unidos, sin razón
y sin derecho, nos traten como nos tratan, fiados en su poder y en su
riqueza é imaginándonos débiles, pobres y solos. Como quiera que sea,
repito que el mal tiene remedio. Yo se le daría con mi grande habilidad
diplomática, si no estuviese ya jubilado: conseguiría que los Estados
Unidos, tan filantrópicos y tan fervorosos amantes de la libertad de
Cuba, garantizasen el pago de su deuda, y aun la pagasen, mientras Cuba
no pudiese pagarla. Hasta sería esto poderoso estímulo para que ellos
procurasen y aun lograsen la prosperidad de Cuba, con la cual crecería
la fama póstuma de Antonio Maceo hasta la altura de la de Jorge
Washington y de la de Simón Bolívar. Todo depende del éxito final del
nuevo Estado que se funda.
Cuando se cansaron de hablar mis dos visitantes, me preguntaron mi
parecer. Yo, con todas las perífrases cultas que me inspiró la cortesía,
les dí á entender que los pareceres de ellos se me antojaban igualmente
disparatados y que era menester buscar un término medio.
--¿Y quién le busca?--dijeron ambos.
--Todos--contesté yo--pero nadie le ha encontrado todavía. Esperemos que
Dios, con su infinita bondad y misericordia, suscite pronto en Cuba un
caudillo, sea quien sea, que logre estar no menos acertado como general
en jefe, que Cirujeda como comandante, y todo terminará pronto y bien,
sin imitar á Agatocles, y sin imitar tampoco al cura de Gavia. Cuando
veamos aparecer este caudillo, no habrá viejo en toda España que no haga
el papel de Simeón y que no le remede diciendo: _Nunc dimittis servum
tuum Domine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei
salutare tuum_: pero ni los viejos podremos hacer el papel de Simeones
en la próxima Nochebuena, ni los mozos podrán gozar de la paz deseada.
Contentémonos con la esperanza de tener esta paz en la Nochebuena de
1897.
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